Yo era un chamaco. Ella una mujer de veinte años. Recuerdo su pelo castaño que al caminar le brincaba como saltando la cuerda sobre sus hombros. Un día le pedí un beso, y ella ladeó la cabeza.
La miraba en silencio y convertía mis luces en palabras.
Una tarde en su oficina, seria me dijo: -Te voy a dar el beso. Cerré mis ojos. Sus labios llegaron al cuerpo de mi frente y la decepción crispó. Después a punto de abrirlos, rodaron y se encontraron con los míos.
Fue mi primer beso.
Un día se fue. Sólo la veía en mis noches púberes: mis manos en sus caderas y esperando la inminencia de su embestida.