El blog no tiene propósitos comerciales-Minificción-cuento-poesía japonesa- grandes escritores-epitafios
Archivo del autor: Rubén Garcia García - Sendero
Médico recién jubilado.Nací en Álamo, Veracruz, en 1946, vivo en la ciudad de Poza Rica,. Egresado de la UNAM. Trabajé en la facultad de medicina de la Universidad Veracruzana.
Las historias:
La danza de las fuerzas libro de ficción breve cuya autoría es Rubén García García
He sido antologado en Cien fictiminimos,( Edit.Ficticia)
Alebrije de la palabra, (Universidad Autónoma de Puebla)
Minibichiario, (edit. Ficticia)
Lectura de locos,( edit. GH)
Cuentos pequeños grandes lectores. 2015
Eros y afrodita Edit. Ficticia 2017
O dispara usted o disparo yo
Textos en libros de primaria de la editorial Sm de Puerto Rico y en revistas tanto de papel como electrónicas.
Hilos y héroes, ángeles y demonios, monstruos y pesadillas, todos provienen de nuestro inconsciente colectivo. La parapsicología, la alquimia y los conceptos religiosos ocultos pueden contribuir a nuestra comprensión del inconsciente colectivo. Estas ideas aparentemente marginales son la piedra angular de los modelos científicos de Carl Gustav Jung (1875-1961), el psiquiatra suizo que fundó la […]
La gran familia de Homo se divertía en África mucho más que otros animales y no se movía de allá aunque la migración de otras especies fue bastante exitosa. Pero como mínimo hace un millón ochocientos mil años atrás … mejor con el número — hace 1800000 años … esos ceros impresionan y permiten apreciar la grandeza de nuestra prehistoria. Entonces, hace todos estos miles de años, en Europa, en el Cáucaso, vivía el Homo habilis. Entendemos todos, que era nuestro pariente, el primer Homo, que lucía aproximadamente así como pueden ver en la imagen.
Homo habilis
Tenía más diferencias que las similitudes con nosotros, los Homo sapiens, pero se desplazaba con dos piernas, elaboraba las herramientas primitivas de trabajo y era un devoto omnívoro. Desde este Homo, nuestro cerebro empezó a crecer a costo de la disminución de la mandíbula. Los cráneos de los primeros Homo habilis europeos encontraron…
Cada noche se reunían para diseñar un final del mundo distinto. El gordo, los siameses y el tendero proponían remates apocalípticos y con rayos. Dulce, Anaïs y la Veleta abogaban, sin embargo, por un desenlace más sobrio, algo así como la retirada imprevista del crepúsculo de una bahía.
Yo me aficioné a ese juego y en mi entusiasmo arrastré a alguno de mis amigos, que a su vez vinieron acompañados.
Llegamos a ser tantos y tan perfectas nuestras visiones, que creímos inminente el fatal desenlace. Todos abandonamos rutinas y servidumbres diarias, para dedicarnos de lleno al goce de los últimos momentos.
Pasaron muchos años, el club fue disuelto, y cada uno de nosotros sigue disfrutando del fin de nuestro anterior mundo.
Posee una memoria perfecta. Todo es sexo. Va por su tercer matrimonio y ha dejado tres hijos por el camino, pero ninguno de su actual marido. Grita: «¡Escuchen mi pasado! Es más importante que mi presente. Déjenme que os cuente lo cerdo que era mi último marido (o amante).»
Su pasado es como una comida mal digerida, quizás indigestible, que se le ha quedado sentada en la boca del estómago. Uno desearía que pudiese vomitarla y olvidarla, sencillamente.
Escribe resmas contando cuántas veces ella, o su rival, se metieron en la cama con su marido. Y cómo ella se paseaba arriba y abajo, insomne –negándose virtuosamente el consuelo de una copa–, mientras su marido pasaba la noche con la otra mujer, flagrantemente, etc., y a la mierda lo que pensaran los amigos o los vecinos. Dado que los amigos y los vecinos eran incapaces de pensar o no les interesaba la situación, no importa lo que pensasen. Se diría que este es el momento para que un novelista emplee su inventiva, para crear un pensamiento y una opinión pública donde no existen, pero la novelista no se molesta en inventar. Todo es tan escueto como una cojonera.
Después de que tres amigas hayan visto y alabado el manuscrito, diciendo que es «real como la vida misma», y de haber cambiado cuatro veces los nombres de los personajes masculinos y femeninos, con considerable detrimento del aspecto del manuscrito, y después de que un amigo (posible amante) haya leído la primera página y se lo haya devuelto diciéndole que lo ha leído entero y le encanta, envía el manuscrito a un editor. Recibe una rápida y cortés negativa.
Comienza a ser más cautelosa, a obtener cartas de presentación de amigos escritores, vagas, indirectas recomendaciones logradas a costa de comidas y cenas regadas con vino.
Rechazo tras rechazo, a pesar de todo.
–¡Yo sé que mi historia es importante! –le dice a su marido.
–También lo es la vida del ratón, para él… o, quizás, para ella –contesta él. Es un hombre paciente, pero, con todo esto, está casi al límite de su resistencia.
–¿Qué ratón?
–Hablo con un ratón casi todas las mañanas mientras estoy en la bañera. Creo que su problema es la comida. Son dos. Uno u otro sale del agujero (hay un agujero en el rincón del cuarto de baño) y entonces les traigo algo de la nevera.
–Estás divagando. ¿Qué tiene eso que ver con mi manuscrito?
–Simplemente que a los ratones les preocupa un asunto más importante: la comida. No que tu marido te fuera infiel, o que tú sufrieras por ello, aunque fuese en un escenario tan maravilloso como Capri o Rapallo. Lo cual me sugiere una idea.
–¿Cuál? –pregunta ella, con cierta ansiedad.
Su marido sonríe por primera vez en varios meses. Experimentaba unos segundos de paz. No se oye en la casa el tecleo de la máquina de escribir. Su mujer lo está mirando de verdad, esperando oír lo que tiene que decir.
–Adivínalo. Tú eres la que tiene imaginación. No vendré a cenar.
Luego se marcha del departamento, llevándose su agenda y –con cierto optimismo– un pijama y un cepillo de dientes.
Ella se acerca a la máquina y se queda mirándola, pensando que quizá podría sacar otra novela de esto, simplemente de esta noche. ¿Debería hacer pedazos la novela por la que había alborotado durante tanto tiempo y empezar la nueva? ¿Quizá esta noche? ¿Ahora mismo? ¿Con quién iba a dormir él?
Veníamos caminando tomados de la mano cuando mi novia se soltó de mi mano y fue hacia una banca. Cruzó la pierna y veía al horizonte. Sonreí por la gracia que tuvo para imitar a una estatua. Nunca supe más de ella y su figura venía a mi recuerdo al transitar por las alamedas.
Me llené de años y percibía al caminar por un parque arbolado, que una efigie me miraba insistente. Un día, cansado de la persistencia la enfrenté cara a cara, ojo a ojo y reconocí en su frente la historia de mi fugacidad. Me quedé a su lado y dejé que mi cuerpo se perdiera entre los edificios de la ciudad.
Las diferencias cerebrales entre los géneros. Parte 2. Implicaciones
pedagógicas.
***
Las hormonas forman nuestros cerebros, y, posteriormente, influyen sobre èl
durante toda la vida, de una u otra manera. Los niños y niñas con el desarrollo
normal, nacen con cerebros ya diferentes y esto se observa desde primeros días
de la vida. Desde la cuna, las niñas están más interesadas en las personas: al
comparar con los niños, tienen la capacidad de fijarse en las caras de las
personas en su entorno y lo hacen dos veces más tiempo que los niños, reconocer
las caras en la edad muy temprana, estar atentas a las manifestaciones de la
presencia humana lo cual aparece en los niños más tarde y nunca llega al nivel
que alcanzan las niñas. Las niñas son más sensibles al tacto desde el momento
del nacimiento, se irritan más fácilmente al exponerse a los sonidos fuertes, pero…
Ya habréis observado que, por lo que respecta a LA PERSONA NARRATIVA, el uso de la segunda persona del singular no es muy frecuente en las narraciones; predomina el uso de la primera o de la tercera persona, pero no el uso del “tú”. Además, si lleváis a cabo el breve experimento de narrar dirigiéndoos a un “tú”, comprobaréis que en realidad cuando se convoca al tú en realidad quien muestra verdadero acto de presencia es el yo, es decir, nos remite a un yo que en principio comparte contexto e historia con el yo, lo cual no sucede forzosamente con la utilización de la tercera persona, que puede diluir totalmente la presencia de un yo de fondo… Por otra parte, podríamos añadir que, como en la vida real, en nuestras conversaciones más cotidianas, el exceso de esta técnica puede resultar harto molesta e incluso agresiva. Sin embargo, si lo manejamos con inteligencia, con un objetivo concreto, puede ofrecer gratas sorpresas. Tómese, por ejemplo, el cuento “Aura” de Carlos Fuentes donde el “tú” en realidad oculta al “yo”.
El siguiente fragmento de Janet Burroway nos puede ayudar a ampliar las funciones de este narrador:
Segunda persona
Primera y tercera persona son las más comunes en la narración; la segunda persona es experimental e idiosincrásica. Pero mejor mencionarla, porque varios autores del siglo XX se han interesado en sus posibilidades.
El concepto de narrador se refiere a los modos básicos de la narración. En tercera persona todos los personajes son llamados él, ella o ellos. En primera persona el personaje que cuenta la historia se refiere a sí mismo como yo, y a los demás personajes como él, ella o ellos. La segunda persona es un modo básico del relato sólo cuando un personaje es llamado tú o usted. Si un autor omnisciente se dirige al lector como tú o usted (Recuerda que fulano estaba en tal situación al comienzo…), esto no cambia el modo básico de la narración en primera o tercera persona. Sólo cuando “tú” se convierte en personaje, en actor del drama, la novela o el cuento está en segunda persona.
Julio Cortázar (1914-1984)
El río
Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de p
Julio Cortázar (Photo credit: Mondo Gasparotto)
lena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo.Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras.
Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.
(
Evidentemente, la propuesta narrativa que os hago aquí no puede ser otra que la de imitar este breve relato de Cortázar para que experimentéis en vuestra propia piel las posibilidades del tú. Para no perderos, haced un pequeño esquema de vuestra historia; escoged un yo y un tú en unas circunstancias concretas y determinadas, enmarcadas en un breve marco de tiempo; imaginad el antes y el después que no vais a narrar, pero que sí vais a tener en cuenta; decidid si vais a utilizar un periodo lineal para la narración de los hechos y un único espacio o vais a combinarlos con otros; y lanzaos alTÚ…
Pronuncio despacio tu nombre.
¡Qué escuche el golpe de mi lengua!
como el agua que golpea en las lajas
y humedece las estrellas.
¿Eres catarata,
o el toc toc del pájaro carpintero?
Quiero hacerte un regalo, hijo mío, pues la vida nos arrastra a la deriva.
El destino nos separará, y nuestro amor será olvidado.
Ya sé que sería demasiada ingenuidad creer que puedo comprar tu corazón con mis regalos.
Tu vida es aún joven, tu camino largo. Bebes de un sorbo la ternura que te ofrecemos, luego te vuelves y te vas de nuestro lado.
Tienes tus juegos y tus compañeros, y comprendo que no nos dediques ni tu tiempo ni tus pensamientos.
Pero a nosotros la vejez nos da ocasión de recordar los días pasados, de reencontrar en nuestro corazón lo que nuestras manos perdieron para siempre.
El río corre rápidamente y rompe, cantando, todos los obstáculos que se le presentan. Pero la montaña inmóvil lo ve pasar con amor y guarda su recuerdo.
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
¿El cerebro tiene sexo? Antes de escribir
este artículo, he revisado qué dice el internet sobre las diferencias
cerebrales entre mujeres y hombres. ¿Por qué el internet? Porque ahora es
nuestra memoria colectiva, nuestro archivo que sentimos parte orgánica de
nuestro ser de misma manera que percibimos el carro que manejamos años.
El internet dice: El cerebro tiene género.
Y también dice: El cerebro no tiene género. Otras alternativas no hay. Recuerdo
el libro que me aclaró muchas incógnitas sobre el tema en el lejano 1991 e
impulsó las indagaciones posteriores que me llevaron hoy a escribir las líneas
leídas por usted, mi querido lector.
El libro escrito por Anne Moir y David
Jessel apunta directamente a la pregunta Brain sex: the difference between
men and women. Posteriormente, tuve el placer de leer y escuchar a muchos
científicos que desde diferentes puntos de vista estudian el cerebro humano. Entre ellos…