Eratóstenes cultivó no sólo las ciencias, sino también la poesía, la filología y la filosofía, por lo que fue llamado por sus coetáneos «pentatleta», o sea campeón de muchas especialidades. Vivió en Atenas hasta que fue llamado a Alejandría (245 a.J.C.) para educar a los hijos de Tolomeo III y para dirigir la biblioteca de la ciudad.
Fue célebre en matemáticas por la criba que lleva su nombre, utilizada para hallar los números primos, y por su mesolabio, instrumento de cálculo usado para resolver la media proporcional. Consideró tan importante la invención del mesolabio que regaló un ejemplar de él a un templo como ofrenda votiva, con un texto en verso que explicaba su utilidad.
Pero Eratóstenes es particularmente recordado por haber establecido por primera vez la longitud de la circunferencia de la Tierra (252.000 estadios, equivalentes a 40.000 kilómetros) con un error de sólo 90 kilómetros respecto a las estimaciones actuales.
Eratóstenes sabía que, cuando en la ciudad egipcia de Siene (actual Asuán), el Sol llegaba su punto más alto (mediodía), se encontraba en la vertical del observador. Y observó que en Alejandría, ciudad situada a mayor latitud, el Sol formaba un ángulo de aproximadamente 70º con la vertical cuando se encontraba en su punto más alto. Valiéndose de la distancia existente entre Siene y Alejandría, estimó que la circunferencia de la Tierra superaba en 70 veces tal longitud y dedujo fácilmente su medida mediante una cualificada ecuación.
También calculó la oblicuidad de la eclíptica por medio de la observación de las diferencias existentes entre las altitudes del Sol durante los solsticios de verano e invierno, y además elaboró el primer mapa del mundo basado en meridianos de longitud y paralelos de latitud. Al final de su vida se quedó ciego, lo que le llevó al suicidio ante la imposibilidad de proseguir con sus lecturas.
n el año 2013 se hace presente en el panorama literario de Francia una poeta que además de escribir en búlgaro, su lengua materna, lo hace en francés. Y para mayor desconcierto escribe poemas de amor, un género que por su excesiva explotación ha perdido atractivo en nuestros días. No obstante y para asombro del jurado del prestigioso premio Guillaume Apollinaire, Ciel à perdre(Cielo por perder) demostró poseer virtudes propias: “poder expresivo y una sensibilidad que evita todas las trampas de este tipo de textos: pathos, sentimentalismo y cursilería”. La recepción de este galardón —por primera vez otorgado a un poeta extranjero— vino a difundir la obra de Aksinia Mihaylova en la literatura de habla francesa contemporánea. Seis años más tarde confirmó su talento con Le baiser du temps (Gallimard, 2019), su segundo volumen en lengua francesa, el cual obtuvo el premio Max Jacob 2020. Estos cinco poemas brindan un breve testimonio de la voz poética de Aksinia Mihaylova, quien espera que su obra llegue a más lectores de poesía en nuestra lengua.
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A la espera del viento
Aprendo a lanzar cometas
igual que aprendo a ser madre:
desde ayer, desde semanas atrás,
trece años ya.
No voy a lograrlo; ni los libros
ni los consejos ayudan.
Tirones repentinos a la cuerda,
si la aflojas demasiado,
el sol chamuscará la cola
de la cometa.
Un corte sangriento en el índice,
sobre la colina,
entre los cardos
por lo escarpado
se eleva, cae
el triángulo anaranjado,
atrapo por un instante
el viento
y me entrego a él,
antes de perderme
entre la bandada de cigüeñas que está llevándose
agosto y la cometa detrás de la colina.
Con un pie en la infancia,
tantas cicatrices en las rodillas
y en las fotografías blanco y negro,
vas a lograrlo,
me susurra el ángel de la guarda,
lanzar cometas
es igual que poblar tu alma
de nuevos cielos,
hasta que tú mismo te conviertas
en viento.
Asesino inocente
Me desnudé de todas las inquietudes.
Me desabroché todos los amores antes de ti
y los dejé en el armario.
Aquí me tienes: desnudo e inocente.
Creía que estábamos en el umbral
de un viaje infinito tras la larga espera,
cuando uno de los innumerables cajones
en su memoria de improviso se abrió
y el nombre de otra mujer se hundió en mi espalda
como cuchillada negligente.
Mas yo sigo viva,
porque vivo en una calle
que no cruza su vida diaria.
Paso al otro lado
de las cosas visibles
y finjo no haber oído.
Té
La montaña hace girar sus últimas piedras calientes
y abajo en el llano las murallas de la noche crecen.
Serpenteo entre los sosegados lagos
de lavanda con una bolsa de hierbas a la espalda
y mientras pienso dónde pasan la noche tus manos,
un pájaro retrasado derrama
con las alas el violeta de la lavanda
y las salpicaduras llegan hasta el cielo.
Tenderé a secar las hierbas,
hay suficiente té para todo el invierno,
también atiborraré con ellas las almohadas,
dispersas por todas partes en la casa,
así no habrás de recordar
cuando vuelvas,
en cuál de ellas has cosido la risa de la mujer
por quien te desvestiste tres veces
en un largo amanecer.
Estaciones de la libertad
Se arrastran
por encima del suelo
tus pensamientos
como antes de una tormenta.
Al final de agosto
se precipitarán hacia el sur
y de nuevo te internarás en el otoño
con la cabeza
como un nido de golondrinas vacío.
Este es un momento,
donde ni las abigarradas plumas
de la libertad
ni sus redes de alambre que brotan
son relevantes.
El azul del cielo
fue prometido a otros.
CLASES PARTICULARES EN MAYO
Intento enseñarte
los olores en alfabeto cirílico:
que el geranio del balcón de enfrente
es más que una flor,
que el tilo en junio
es más que un árbol,
pero no hacemos grandes progresos.
Tu pulgar sigue la sombra de la vela
que un vientecillo mece ligeramente
sobre la página abierta,
trazando límites movedizos
entre tú y yo,
como si te defendiera,
como si tú fueras aquel chiquillo
que alguna vez perdiera sus pinturas de acuarela
al volver de las clases
y que continuara dibujando
el cielo perdido de su infancia
y las colinas
del mismo color.
Traducción del búlgaro: Reynol Pérez Vázquez.
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Aksinia Mihaylova nació el 13 de abril de 1963 en Rákevo, un pequeño pueblo en el noroeste de Bulgaria. Poeta y traductora, escribe en búlgaro y en francés. Es una de las fundadoras de la revista literaria Ah, María. Autora de seis poemarios en búlgaro y dos en francés. Tiene cinco libros de poemas escogidos en eslovaco, árabe, italiano, rumano y letón. Sus poemas se han publicado en 19 idiomas europeos, también en Canadá, Estados Unidos, México, Colombia, Chile, Australia, Egipto, Japón y China. Ha traducido más de 35 libros de poesía y prosa. Ganadora de los premios nacionales de poesía Jristo Fótev y Milosh Ziápkov por Desabrochar el cuerpo (2011), Iván Nikólov por Cambio de espejos (2015), así como de dos de los galardones de poesía de mayor prestigio en Francia: Guillaume Apollinaire 2014 por Ciel à perdre (Gallimard) y Max Jacob 2020 por Le baiser du temps (Gallimard, 2019). Distinguida con la mayor condecoración de la República de Letonia Caballero de la Orden de las Tres estrellas. En el 2021 apareció Изкуството да се сбогуваш (El arte de despedirse), tomo de sus poemas escogidos que incluye también poemas recientes. El año pasado recibió el galardón “Corona de Orfeo” por su contribución a la poesía búlgara contemporánea. Vive y trabaja en Sofía.
«¿Por qué te dejas patito?». «Es que son muchos, suman más de diez». Al patito feo le daban cargada sus hermanos ya fuesen patos o gansos. Era un ir y venir de un extremo a otro de la laguna. «¿Y tu mamá no te protege?» «ni la una, ni la otra, ignoran los picotazos que me dan mis hermanos».
Convocaron a una competencia de nado para las aves infantes. Serían mil metros de nado libre, fue una lucha entre los patos y los gansos, pero salió triunfador al que nadie quería. Él levantó el trofeo y diez kilos de mosquitos deshidratados. A los clics de los fotógrafos, a lado de él se encontraban mamá pato y mamá ganso, levantándole cada quien una ala.
Takahama Kyoshi (高浜虚子) fue autor de casi 50 000 haikus, algunas novelas y varios tratados críticos sobre poesía, teatro y estética. Dirigió la revista Hototogisu (ホトトギス), la cual heredó tras la muerte de su maestro, el gran Masaoka Shiki (正岡子規); desde ahí, impulsó el reconocimiento de las nuevas voces del haiku y emprendió la defensa del estilo realista-objetivo (fiel al tema estacional y la naturaleza) en contra los poetas del Shinkō Haiku (新興俳句), movimiento que abogaba por una escritura más libre (en forma y contenido), contracorriente y moderna. Se convirtió en una de las figuras más importantes del género durante la primera mitad del siglo XX, así como en una de las más polémicas.
Aquí una breve muestra de los haikus de Kyoshi.
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彼一語我一語秋深みかも
kare ichigo ware ichigo aki fukami kamo
Él, una palabra, yo, otra palabra. ¡El otoño avanza!
«Mamá, ¿qué tanto gritaba anoche doña Delia?» «Nada que tú debas de saber. Son cosas de mayores» La vecina cantaba y removía la tierra del jardín. Un jardín acolchado por el pasto y una colección de rosas de variados colores. La escuchaba tararear y más de alguna vez movía sus caderas y hombros siguiendo el compás. Su voz juvenil irrumpía en mi cuarto cuando regaba el pasto. Me sonreía en mi cama de solo escucharla. Una barda de poco más de un metro nos separaba. Los padres murieron. Allí hizo vida con el Capitán. Hombre de bigote ancho. Lo recuerdo con el uniforme cubierto de insignias, y por su zapateo. Cada pisada era firme, tronadora, como diciendo: ya llegué. Su trabajo en el ejercito consistía en viajar hacia la sierra. Sabía que el capitán la mitad del mes estaba fuera. De los quince días restantes, siete eran de felicidad, otros cinco de indiferencia, enojo y explosión; los tres restantes aparecía una paz y él se iba a la montaña con una sonrisa en la boca. La casa la enmarcaban amplios corredores en donde vivían frondosos helechos. Al estar en la planicie de un cerro el viento iba y venía como niño con juguetes. Cuando escuchaba el ronroneo de la camioneta Pawer, salía a recibirlo con abrazos y besos para animarle a que dejase el ceño fruncido. De esos siete días los tres primeros era de mucho cariño. Muy temprano salía del baño y antes de que él se levantase, ya tenía el desayuno. Lo sabía porque los olores se filtraban hasta mi dormitorio. Algunas veces comían en el corredor entregados a la sonrisa y el mimo. Lo mecía en la hamaca y cuando dormía, ella se acomodaba. Una noche, mamá me ordenó regar el jardín. El agua llegaba después de medianoche, Estaban acostados en el pasto, iluminados por un débil foco, más por la luna llena. Escuché que ella decía: ¿Dime que me quieres? —Sabes que sí. —Dímelo, anda quiero oírlo. —Te quiero. —Dímelo de nuevo, más fuerte. —Te quiero. —Esa boca dice que me ama y me siento hinchada. No te puedo negar nada, eres mi bebe. No. Eres mi santo de adoración. Nunca puedo decirte no. Tómame. Quedaron en silencio, sólo el chasquido de besos. Ella sobre él y el reflejo de la luna sobre los rulos de su cabellera que subía y bajaba. Me quedé en silencio. Sabía lo que estaban haciendo. Después entraron a su casa, Delia abrazándolo, él tomado de sus caderas. Para el quinto día el entusiasmo se mantenía, pero sin llegar al furor de los primeros. Salían de compras. Ella atendía la casa y él pasaba más tiempo en el cuartel, de tal manera que llegaba hasta entrada la noche. Seguía solícita y cuando él hablaba de inmediato atendía su deseo. El décimo día era pobre en caricias. Regaba el jardín y por la tarde veía el televisor. Y si cantaba salía la voz sin aquella cadencia de los primeros días. Lo atendía a secas, como si fuese algún visitante. En la mudez de la noche se escuchaban sus voces alteradas: gritos, reclamos. —Me dijeron que te vieron con otra mujer. —Son chismes. —A mí no me vas a ver la cara de pendeja. Ahora sé porque anoche te hiciste el dormido. —Estás loca. Sólo tuve reunión con mi general y tomamos unos tragos. Las voces daban paso al silencio, pero más tarde volvían a la carga. Dos o tres noches se repetía la escena, hasta que explotaban en gritos. Eran como diez minutos de refriega. Ruidos como si arrastraran los muebles. Golpes a mano limpia, forcejeo. El zumbido del cinturón y la voz suplicante. —Ya no me pegues. —ya no. —luego la mudez. Al día siguiente el capitán salía temprano y ordenaba: —¡Alista la maleta! Ella volvía a la quietud, volvía a ser la misma, amorosa, servicial y a él se le pasaba el enojo y mientras ella regaba las glicinas bajo la luz de la luna, él volvía a meter mano y ella caminaba hacia la recámara preguntándole. —¿Compraste el gel de fresa? Salí de mi ciudad para continuar los estudios en la capital. Regresé para las fiestas de navidad y pregunté por ella. —Se fue para México. —¿Se fue con el capitán? -No, se fue sola. El capitán no regresó. Dice el periódico que hubo muchos muertos en la sierra. Primero venían soldados a entregarle cartas o razones, pero desde hace seis meses que no sabe nada de él. Dos años después llegó a visitarnos con su nueva pareja. Eran días de asueto, de vacaciones de semana santa, semana para divertirse en la playa. En la noche la casa se llenó de luz y la música se escuchaba hasta después de la media noche. Desde mi ventana vi que estaba sobre el pecho de su pareja, acariciándolo. —¿Verdad que me quieres? —Claro… claro. —Pero dilo, me llena escuchar un te quiero en tus labios. —Te quiero… —Mmmm … lo dices sin ganas, como si te obligaran. ¡Dilo fuerte! Anda dilo. Porque cuando lo dices en voz alta, mi corazón se hincha. Así, esa boca dice que me ama y yo me siento inflamada y nada puedo negarte.
Elena Garro, una mujer de letras Narradora, poeta, periodista y dramaturga mexicana, Elena Garro nació el 11 de diciembre de 1916 en la ciudad de Puebla. En 1936 realizó estudios de letras en la UNAM. Se desempeñó como coreógrafa y actriz del Teatro de la Universidad bajo la dirección de Julio Bracho. En 1937 contrajo matrimonio con Octavio Paz, con quien viajó a España; en ese viaje conoció artistas e intelectuales como César Vallejo y Luis Cernuda. A finales de la década de 1940, durante su estancia en Europa, hizo amistad con diversos artistas e intelectuales, entre los que destacan André Breton, José Bianco y Bioy Casares. Su primera novela, Los recuerdos del porvenir, tejida en torno a los problemas de la guerra cristera, obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia en 1963. En su amplio haber literario se encuentran novelas, cuentos, obras de teatro y guiones cinematográficos. A lo largo de una obra compleja y extensa, Garro rompe con violencia la continuidad del realismo mexicano, mezclado a la vez lo político con lo fantástico. Es autora también de las novelas Testimonios sobre Mariana (Premio Grijalbo, 1981), La casa junto al río (1983), Y Matarazo no llegó… (1991) y Un corazón en un bote de basura (1996). Escribió varias obras teatrales: en Un hogar sólido (1958) yuxtapone y evoca varias realidades; en Felipe Ángeles (1979) dramatiza con una conciencia política ejemplar un episodio de la Revolución Mexicana poco analizado. https://www.cultura.gob.mx/recursos/sala_prensa/pdf/201308/elena_garro.pdf
Confiesa Vicente Haya que se «encontró» con el haiku por casualidad y que ha continuado con él «por fidelidad», tanto que ha hecho de esta manifestación poética nipona un eje importante de su vida. Ayer se presentó en Sevilla «El espacio interior del haiku», un libro de un centenar de páginas en el que se desvela el fondo de esta expresión breve y esencial, cuya importancia «va extendiéndose poco a poco sin que se esté explicando adecuadamente», señala el autor, que lleva doce años estudiando este tipo de poesía en la que en el año 2000 centró su tesis doctoral en Filosofía por la Hispalense abordando «La expresión de lo sagrado en el haiku japonés».
Vicente Haya opina que, «salvo gloriosas excepciones», existe mucho desconocimiento sobre el auténtico significado de esta poesía y «los poetas se lanzan a escribirla sin saber lo fundamental». Según explica, en el haiku el autor tiene que estar presente en la escena, «es como una notaría de la vida, como una instantánea de la realidad. A diferencia de la poesía a la que estamos aquí acostumbrados, en Japón el poeta no refleja su sentimiento sino que plasma el mundo, ya que lo que tiene auténtica importancia es lo que está fuera de la persona, con lo que el yo desaparece». De esta manera, cualquier pequeño elemento de la Naturaleza puede ser «trascendental» teniendo en cuenta esa ley nipona interna de lo divino, «donde lo sagrado organiza el mundo». «El japonés -añade el autor- va vaciándose de todo el contenido de su historia personal y se va impregnando de todo lo que le rodea, del vuelo de una libélula, de un pájaro, de la luna llena…».
Vicente Haya propone en su libro 47 claves para construir un buen haiku, añadiendo a las ya conocidas algunas nuevas como la necesidad de un eje emocional o la capacidad de mezclar ingredientes poéticos para que el resultado final sea óptimo. Con todo ello, también pretende desmitificar esta expresión lírica porque «el haiku no es un hermético arcano al alcance sólo de especialistas. Esta poesía nunca usa palabras complicadas y no exige ningún conocimiento literario sino ser sincero con lo que se siente, por eso los haikus más asombrosos son los realizados por niños. Cualquier persona -apunta- puede escribirlos, siempre que se haga con el debido respeto».
La clave principal del haiku reside, en su opinión, «en la conmoción que se siente ante el mundo» y, en este sentido, critica las pretensiones de algunos escritores como Mario Benedetti. «En su libro «Rincón de haikus» no aparece ninguno de verdad, lo que ha hecho -argumenta Haya- es lo que en Japón se llama «zappai», pues la persona del escritor no interesa al mundo del haiku sino, por ejemplo, la gota de rocío que éste haya podido percibir».
Destacado experto
Entregado por completo a la publicación y traducción de esta expresión poética, Vicente Haya está considerado uno de sus más destacados especialistas, aunque él se siente heredero, sobre todo, de las enseñanzas de su maestro Nagakawa, «que tradujo al japonés el «Ulises», de Joyce, y que también conoció el profesor sevillano Fernando Rodríguez-Izquierdo», una de las máximas autoridades en materia de haikus en nuestro país.
Próximamente verá la luz un nuevo título de este autor que desde hace más de una década se encuentra inmerso en el estudio de estos poemas cortos de 17 sílabas distribuidas en tres versos. En «Poetas de corazón japonés», Haya presentará una selección de haikus en castellano -en la que tres de los autores que figuran son sevillanos-, demostrando que esta poesía «no es algo del pasado sino la manifestación de cómo los japoneses nos han enseñado que puede hablar el alma humana».
Soñaron las lagartijas con un cinturón magenta, que resaltaría el verde untado de las piernas. Tomaron su baño de sol y colgaron en su cuello argollas violetas.
Se fueron hacía el desfiladero, cruzaron las dunas, los cactus, y esperaron sobre las piedras, en las partes bajas del río muerto.
Después de los relámpagos vibró la tierra. El agua corrió ruidosa hinchando las rocas. Y con la avalancha se sumó el de las moscas zumbadoras sobre la espuma del río. Son miríadas de dípteros que nacían en milésimas de segundo.
Las lagartijas saltan y bailan. Comen hasta hartarse. El río difunto resucitó llenándose de agua y de insectos. Bailan y devoran. Las lagartijas que ayer en la noche soñaban con un cinturón magenta, ahora es el verde danzón de sus piernas que con sus lenguas consumieron miles de moscas. Mañana el río volverá a ser difunto.
Gracias por amamantarnos. Por darnos la caricia, el canto de tu nana, el cuento antes de dormir; por levantarse a deshoras y asegurarse que la noche transcurre con bondad. Por cultivar la fantasía y preocuparte en los días de fiebre y tos. Gracias por los hijos y enseñarles la majestuosidad de la luna y las estrellas. Gracias porque aun siendo hombres los sigues amando como niños. Gracias por apretar mi mano, por estar a mi lado en mis horas grises. Sin tu quehacer mi mundo sería opaco. Intento la empatía con mis amigas de las que aprendo de su amistad y de su conocimiento. Adelante a perseverar en su lucha y desterrar la violencia machista. Muchos abrazos y un enorme ramo de rosas.
El living todavía es una pileta. Flotan dos colchonetas que yo misma inflé. Hace un calor de trópico y el camisón se me pega a la espalda. En la fiesta de anoche, agarré la manguera y llené el living de agua. Qué genial, me gritaste con los ojos grandes desde la otra punta y me sonreíste como cuando éramos novios y me mirabas bailar. Ni vos, ni yo, ni nadie esperaba que hiciera esa locura. Pero desde nuestra separación yo me había quedado sin guion y era libre de hacer lo que se me cantara. El piso tiene ese desnivel profundo, un rectángulo enorme sumergido dos metros. En los escalones yo ponía almohadones para sentarnos cuando éramos muchos, ¿te acordás? Nunca me gustó. Un capricho de un arquitecto de los setenta para dividir espacios. Los invitados se tiraron vestidos y nadamos fascinados sobre el piso de pinotea. Una pileta adentro. Nadar era lo único que nos faltaba hacer en la casa. Nos merecíamos un buen chapuzón de enero antes de que la tiraran abajo.Sabía que iba a funcionar perfecto por la inundación de hacía unos años. Un diluvio tupido y los desagües no habían dado abasto. El agua había entrado en oleadas desde el jardín por el ventanal. El desnivel formó una pileta y los muebles se ahogaron. Vos estabas de viaje; yo rescaté tu sillón Berger y lo subí a nuestro cuarto. Los chicos lloraban desde la escalera.
Ahora Lore y Maxi descansan transpirados sobre colchones en el que fue nuestro cuarto. Los veo tan largos, tan universitarios. Quisimos dormir los tres juntos. Ya mudamos los muebles y la casa se llenó de huecos.
Levanto descalza los platos del piso y pienso en el trabajo que me dieron estos listones de madera que había que encerar. Ya no importa: en unos días las topadoras van a demoler la casa para construir un condominio. Puedo ver las grúas violentas, la que tiene una boca con dientes de dinosaurio para triturar y la de la bola negra que destruye con saña. Romper todo. La casa como nuestra historia.
Traé a quien quieras, te había dicho, haciéndome la canchera. Después me arrepentí. Me hubiera muerto de verte llegar con una pendeja a la casa. No confiaba en tu criterio, tan desintonizado del mío en el último tiempo. No me animaba a preguntar si estabas con alguien. Te imaginaba con una pendeja para sentirte predecible, de libro. Me hubiera dolido más que vinieras con una mujer de mi edad. Apareciste solo, con un cajón de cerveza. Fue un alivio.
Bailamos, comimos y nos zambullimos hasta las seis de la mañana. Ayudaste a acomodar las mesas al final con Maxi y un par de amigos. Me pareció que querías quedarte a dormir con nosotros y me dio pena. Pero era nuestra nueva realidad. Lore lloró un poco antes de dormirse y la abracé.
Salgo al jardín a apilar sillas contra la pared. Maxi tocó con su banda en la fiesta y nos invitó a hacer un par de temas. Vos con tu guitarra jugaste a ser Cerati y yo canté Nada es para siempre con la emoción de los veinte. Los tablones del escenario asfixian el pasto que tanto nos empeñamos en cuidar. Me acuerdo de cuando los chicos mataban grillos topos con chorros de detergente y cuchillos. Nos tirábamos panza arriba en el jardín a contar pájaros blancos que volaban hacia el río. De noche vos regabas en patas y tarareabas canciones en un inglés inventado.
Reúno al costado de la galería los frascos con velas que decoró Lore. No sé adónde los voy a meter en el departamento. Parece más grande recién pintado. Te encantaría la luz que entra por el balcón. Pateo aerosoles que Lore trajo para que cada uno escribiera donde quisiera, daba igual. Leo los mensajes. Hay corazones y nombres de amigos, hay historia sobre las paredes. Veo mi grafiti: Chau, casita. Gracias por estos dieciocho años. Paso mi mano por las letras y no tengo fuerzas para seguir ordenando sola. Voy a esperar que se despierten los chicos. Podemos desayunar las tortas que sobraron de la fiesta y jugo de naranja.
Con un colador de fideos pesco vasos rojos que navegan en la pileta del living. Me siento en el borde y se me moja el camisón. Hundo mis pies. Está tibia. El agua habita, el agua sostiene, el agua transforma. Maxi me encuentra dibujando rayas fugaces sobre la superficie con las yemas de los dedos. Se sienta al lado mío: ¿Estás bien, ma? Voy a estar bien, le digo. Nademos.
FINALISTAS
Apenas un nombre
María Rosa Gainza
Le gustaba ver, desde el andén, cómo se organizaban las familias del barrio para llegar a tiempo a la estación de Garín. Algunas madres se juntaban en la puerta de la escuela esperando que sonara el timbre, y así poder sacar a sus chicos. Entre retos y risas, corrían a tomar el tren que los dejaría a todos en la estación de Victoria, para comer en el galpón de la Obra de Don Orione, una construcción de ladrillos rojos y techo de chapa cedida por los ferrocarriles a la iglesia. Algunos días ella también se quedaba a almorzar ahí. No siempre, porque los encargados le hacían demasiadas preguntas. Son recaretas, les decía a las madres del barrio, no quiero que me sicologeen.Cuando las familias volvían a la estación, todos subían al otro ramal que los dejaba en Barrancas de Belgrano. Allí se despedían y la Sole, como la llamaban en el barrio, caminaba hasta su parada, el paso nivel de la calle Pampa donde ganaba algunos pesos limpiando los vidrios de los autos que esperaban frente a la barrera.
La gente rica es buena, se repetía mientras circulaba con su enorme panza entre el calor y el vapor de los motores encendidos. La conocían. Sabían su nombre. Si necesitaba descansar o ir al baño, lo que era cada vez más seguido por el peso de su vientre, se corría unas cuadras hasta la estación de servicio. Allí también se habían encariñado con ella. Le regalaban la comida —aunque tenía plata para el sándwich y la gaseosa—, la dejaban pasar al baño y siempre le hacían chistes que la ponían de buen humor.
Una tarde del mes de julio aparecieron por su parada unas señoras muy amables y bien vestidas. Estaban recorriendo las calles con termos de chocolatada y facturas. Se quedaban conversando con los chicos de las esquinas y con las familias que llegaban de Garín. Sentados en la vereda, en una plaza o en el andén, compartían la merienda y la charla. Esas visitas se repitieron durante muchos miércoles. Luego de varias semanas los invitaron a un templo de la zona a jugar, hacer la tarea de la escuela o aprender costura. Un día de lluvia y frío, con la plata ganada ya en su monedero, ella decidió ir. A partir de entonces, todos los miércoles iba al templo judío. No era que le gustara coser, pero las señoras la trataban muy bien y no preguntaban. La acompañaban a los controles en el hospital, le compraron la medicación para la sífilis, le enseñaron a hacerse ropa y hasta le habían conseguido un cochecito y una cuna nueva. Los miércoles la Sole se olvidaba de la tristeza.
Recordó todo esto cuando amanecía. Los dolores eran cada vez más intensos y se achicaban las pausas entre contracción y contracción. Mejor no despertar a su mamá y a sus hermanas. De ellas solo había recibido insultos y golpes en los últimos meses. Que era una puta, que por qué no se lo había sacado, que una boca más para comer, que el pibito la había infectado, que había que hacerlo plata. Juntó la poca ropa que tenía para Abril —así llamaría a su bebé—, algunos pañales, el monedero con los ahorros y un papel con los números de teléfono de las señoras del Templo para darles la noticia. Cargó su bolso hasta la estación. No había nadie a esa hora. Niebla sobre el campo, escarcha y oscuridad. Frente a la estación habían abierto una agencia de remís. El dolor ya no la dejaba respirar. Tenía la opción de tomar el primer auto destartalado que esperaba pasajeros en la puerta, o tener a su bebé en el andén, pero no hubo que pensar demasiado: el chofer, al verla, le agarró el bolsito y la ayudó a subir a un coche, tratando de calmarla. Ella no dejaba de gritar y llorar.
Entró a la sala de parto a las seis de la mañana. La Sole Ríos tenía quince años cuando nació Abril. La sostuvo, la olió, la acarició, le besó la cara, deteniéndose en los ojos, la nariz, la boca y las orejas; la apretó contra su cuerpo. La oyó llorar cuando se la llevaron. Un murmullo de voces, pasos rápidos y nerviosos la pusieron en guardia, pero el sueño pudo más.
Cuando despertó, le dijeron que su hijita había nacido muerta.
Esa misma tarde salió del hospital. Junto al puesto de diarios de la esquina vio a su madre contando unos billetes. Con las fuerzas que le quedaban, la Sole corrió hacia ella, gritándole que le devolviera a Abril. Pero entonces apareció el custodio del hospital, un tipo grandote que la agarró del brazo y le dijo que se fuera o llamaba a la policía. Soledad Ríos supo que estaban arreglados el hospital con la policía y su familia. Otra lucha empezaba. Cargaba el peso de su nombre, un futuro que parecía marcado en ella desde siempre y la ilusión de borrarlo alguna vez.
***
Las dos grietas del poema XXIII
Pepe Llopis Manchón
La dulcísima mañana en que Washigton Irving escuchó el poema XXIII de Nazhūn bint al-Qa‘ala, glosado por el poeta Ibn al-Yayyab, después de una arrítmica lectura que no pudo envilecer el candor de sus palabras, la fugitiva historia de un amor encerrada en aquellos versos encontró de nuevo un corazón sencillo en el que descansar algunos años más.Era un abril templado, y el escritor americano paseaba con sus acompañantes por las callejas de la Alhambra contemplando las delicias de su arquitectura. A su paso, las milenramas y la flor de acanto parecían abrirse con algo de flojera, y el traqueteo del agua en los estanques devolvía un sol menguado, tan agradable a la piel blanquísima de la comitiva, que todos querían quedarse en Granada por un siglo, siempre que en ese siglo el mismo abril no dejara jamás de repetirse.
Al llegar a una fuente algo accesoria, Irving se percató de una pequeña grieta en la base de la misma de la que fluía, constante, una sola gota de agua. Deslizándose por el mármol veteado, la larga gota iba a parar justamente al fondo de otra grieta, esta vez ubicada en un pálido azulejo. De la comunión de ambas ranuras, como un secreto verdecido, nacía un brote intimidado de una muy honda hermosura.
Empujado por su astucia de escritor, y después de haber descubierto (tras los numerosos cuentos) que cada cosa en la Alhambra tiene su porqué, Washington Irving interrogó a su grupo sobre qué podría significar aquel prodigio minúsculo de la naturaleza y la técnica del hombre en perfecta armonía. Fue Pablo Hodar (nacido Bawlus b. Ilyās al-Haddā) quien contestó, gozoso, a su pregunta.
Arabista total, Hodar había quedado ya prendado en Coimbra, siendo apenas un estudiante, de la obra de Nazhūn bint al-Qa‘ala. Entre otros motivos que no cabe investigar aquí, fue la figura mítica de la poeta andalusí la que lo trajo a la Alhambra, confiriéndole la posibilidad así de intimar con Irving, y de hacerle conocer la dulcísima y triste historia del poema XXIII.
Canta Nazhūn bint al-Qa‘ala —cuenta Hodar— al amor de dos mujeres ilustradas, que vivieron sobre aquellos mismos empedrados de la Alhambra, muchos años ha. La primera de ellas, astrónoma, gran conocedora de las estrellas y de todos los cuerpos superiores de la bóveda celeste. La segunda, mística, en contacto directo con Al-lāh y las fuerzas telúricas de aquel espacio sagrado en el que ahora se encontraban. Desde niñas —explica Hodar—, ambas mujeres habían cultivado el arte de la palabra, la poesía, la retórica; habían dominado la matemática, se habían dejado aliviar por los encantos de la música; pero ante todo, ambas habían sucumbido a los preciosos tesoros del amor. Siempre juntas, una y otra conocieron los secretos más oscuros de la arquitectura andalusí, accedieron a cámaras que nunca volverá a pisar un hombre en esta tierra, leyeron grabados que nunca volverán a ser encontrados por ojo alguno que los busque; y conocieron así mismo los secretos más cándidos del violento amor. No obstante —dice Hodar—, una felicidad y una dicha tan puras son difíciles de soportar por el mundo de los hombres. El sultán del reino nazarí, de la misma edad que las dos ilustres, se reveló obsesionado por una de ellas, así como enervado por la pureza de su amor. Pasó por su cabeza la posibilidad de acabar con la vida de su contrincante, pero pronto entendió que eso no sería sino acabar con la vida de las dos. Así pues, una tarde cualquiera, les hizo llegar un mensaje con su mandamiento: al alba, la buscada se convertiría en su concubina y la otra marcharía de la Alhambra, o las dos beberían de la copa de la muerte.
Cuenta Hodar que la angustia sobrevino a las dos jóvenes. Su amor, su más preciado tesoro, tan poderoso, tan fuerte, viéndose amenazado por el dedo codicioso del poder. Pensaron en huir juntas, pero nadie podía escapar del sultán en el reino nazarí. Pensaron en condescender sus deseos, pero qué era sería entonces la vida sino un amargo sufrimiento. Desesperadas, acudieron a las mil estrellas del firmamento, a Al-lāh y a todos los ancestrales poderes de la Alhambra.
Y al llegar a este punto, Hodar hace silencio.
—¿Y entonces, amigo Hodar? —pregunta Washington Irving.
—¿Y entonces? Las súplicas fueron escuchadas —dice Pablo Hodar—. Ahí las tiene, amigo Irving. Dos grietas, una al lado de la otra; que a través de una mísera gota siguen perpetuando por siempre el hechizo de su dulce amor.
Hubo un tiempo que el gato se le reconocía como el rey de la selva. Los felinos lo veían con temor, respeto. El tigre era un cazador inútil que caminaba desgarbado, tambaleante.
Un día quedaron frente a frente y el tigre balbuceó.
– Gato enséñame a cazar.
El rey lo vio y no pudo evitar un maullido de lástima.Con paciencia inculcó su destreza. El tigre seguía al gato, lamía su piel, velaba su sueño, a cambio fue entrenado en el acecho, en otear el viento, en camuflarse entre la vegetación. En la estrategia y el ataque.
Ahora, el tigre lucía diferente. La buena caza le restituyó la vitalidad perdida. Se sintió poderoso.
«Gato estoy satisfecho de lo aprendido. Estoy en condiciones de valerme por mi mismo. También quiero ser rey de la selva. No lo tomes a mal, me caes bien, solo acepta que estoy en todo mi derecho. No lo tomes personal».
El tigre saltó sobre el gato y éste subió a una palmera con rapidez. El tigre lo miró enfadado.
«No me dijiste como subir a los árboles y menos a las palmeras».
»No tigre, un maestro nunca enseña todo, y menos si es un pariente»