En la oscuridad y el silencio de una tarde en la caballeriza de la hacienda coincidimos. Sobrevino la indiferencia. Como vaquero me emplee en otros ranchos. Años después te vi sobre una yegua fina con nuestro hijo en tu regazo. Un hijo mío inocultable por el lunar entintado que ambos tenemos en el brazo. Atrás, tu esposo sobre un fino alazán.
De nadie me despedí, solo tomé el primer autobús que salía del poblado. Es cierto soy un cobarde, ¿pero, que haría usted, en mi lugar, amigo lector?.
Aquel tipo declaró que mató a más de cuarenta. En un acto de remordimiento aceptó donar una cornea, un riñón, una porción de hígado. Así cuando Dios lo llame a cuentas, la deuda será menos.
Al mirarte, me imaginó, que para ti doblar y desdoblar nubes te es cotidiano. Así como tomo mi almohada, que le doy de golpecitos para hacerla confortable a mi cabeza, así harás eso con los celajes. Si me acomodara en tus ojos vería pasar de cerca gusanos presurosos, vacas echadas a la holganza o dinosaurios imponentes que avientan llamaradas de cobre y oro en los ocasos. Por la noche en ese campo de iridiscencias quizá jueges ajedrez con la osa mayor. Podrías decirme que aroma tienen las estrellas, o cuantos secretos te ha contado la luna. No me cabe la menor duda que eres un ser celestial que todos los días miras a Dios. ¡qué terrible debe de ser para ti! Cuando la sed te agobia, tu cuerpo de pino esbelto, con su cuello de mujer ha de inclinarse para beber el agua terrenal.
Platicando con mamá dedicado a María Estela García García
A donde se fuera la mirada había vida, volaba con las garzas, pelícanos, gaviotas, y entre los aguáchales me sumaba al escándalo de los patos, chachalacas y cotorros. Elvira, mi hermana, era capaz de descifrar el rumor del río y cuando mamá le iba mal en la venta del pan y no teníamos que comer, Elvira se llevaba la cubeta y la traía llena de langostinos. El monte era inmenso y de todos. Cuando regresaba apenas si podía con mi morral de tomate silvestre y mangos que el viento había hecho caer. Eso era en los días que el dinero se volvía ojo de hormiga.
En cada uno de estos haikus se perciben dos «polos de tensión», los cuales han sido estirados por cada poeta a su manera (¡he ahí el estilo!). Entonces, hay contrapeso: en el primero existe un «juego de posiciones» (el cuclillo en lo alto y el agua sobre la superficie); en el segundo, un juego sonoro (el fino tintineo de la lluvia y el ronco croar de uno o más sapos); y, finalmente, en el tercero tenemos un juego de texturas o dimensiones (la inmensidad del bosque y la pequeñez de una hoja). Todos son contrastes y el haiku está en «lo que no se dice», es decir, en todo eso que los «polos» sugieren. Bueno pues, creo que tu composición necesita justamente eso: una imagen que ayude a la «tensión» como si el poema fuera la cuerda de un instrumento musical. Pienso: ya tienes una parte amarrada al clavijero, ahora falta la parte amarrada al hueso cerca a la boquilla para generar el sonido que buscas (puede ser grave, medio, agudo… eso ya queda a criterio tuyo).
Ayer cumplió ochenta años y hace más de cincuenta que tolera un dolor de cabeza que se le instala por unas horas y se va. Agrega: «Ay de mí, él siempre tan puntual, que, si no llegara, me preguntaría :¿qué le habrá pasado? Por la noche me despierta y se va. ¡Duermo tan bien! Yo creo que el día que se ausente, me muero.
El viento oscuro levanta las hojas que caen. En el árbol hay un rumor y en la cripta un niño que sueña, y corre tras el remolino que se pierde. A su lado, en la misma cripta la madre le dice que se sosiegue, que a los trompos no se les persigue, solamente se les mira y se les disfruta en su brevedad.