Llueve, llueve…
El sol glorioso adormece las montañas. Una nube camina en el desfiladero del cielo, otras parecen gigantes prehistóricos que recién han nacido. Platican y se amontonan, cubriendo de grises la inmensidad. El sol ardiente cubre los mosaicos de la colina y de reojo contempla a una luna que pende de almidones.
Caen gotas temerosas y poco a poco cambian a tejos líquidos que golpean la tierra. Los remolinos envuelven los arbustos. Los pájaros asustados brincotean sobre las ramas y chillan cuando el viento silba entre las hojas. Por un momento hay una quietud sospechosa que hace callar a las chicharras, y que los grillos guarden silencio: es la intemperie que tiembla.
Una luz repentina parece salir de la tierra y emerge del corazón de las montañas. Es un flash gigante que toma impresiones a la copa del cielo. La mudez termina y las gotas rompen en desbandada como caballos que irrumpen en la pradera.
Las hormigas esperan desde los subterráneos. Sabían del diluvio y precavidas pastorearon su rebaño, ordeñaron su dulce y ahora escuchan el chapoteo del agua y el canto angustioso de los grillos que se resguardan en un tronco viejo.
El sol es cercado por las nubes sucias y negruzcas, pero se mantiene como testigo oculto en la curva del arco. Rompen los truenos en el piso del cielo como si los gigantes corrieran de un lado a otro presintiendo el fin del mundo.
Todo regresa a su lugar. El sol se ha quedado impávido, enhebrando los colores, tirando al infinito el naranja, el violeta, el rojo para darle el vestido glorioso a la luna para que cuando baile, cuelgue sus velos sobre los picos de las montañas.
Monólogo
Por Asia llegamos a Europa montados en las ratas. Nuestro paso dejó huellas por el número de vidas que segamos. Qué grandes nos sentíamos al conducir a millones de roedores. La sangre de la rata era amarga y la del humano dulce. Por cada familia, sólo quedaba la mitad para contarlo. Si Atila fue el azote de Dios, nosotros lo fuimos de los hombres.
El presente
Mi deseo no se mueve. Este corazón sonríe y trota con el que no puede estar siempre conmigo. Obtengo momentos intensos compartiendo a tu lado; y cuando te vas, el vacío me consume. Todo desaparece cuando sonríes, y tu mano de letras tuerce la muñeca para escribir sobre mi pecho. Nunca sabré que es mejor: sí haberte conocido, o no, pero en este momento, mis días los llenas, y eso es enorme.
El ejecutor
El filo del machete reverberaba a la luz vieja del sol. Había diez en fila frente al ejecutor, brazos atrás y sujetados de las muñecas. A los primeros ocho, la cabeza seguía prendida al cuello, los ojos espantados y mirando el cielo. El noveno lo cercenó cuando imploraba, mas seguía implorando, hasta que tocó su frente y la testa rodó enrojeciendo el polvo del camino. El décimo lo dejó ir para que pregonase.
El monstruo
Hay tantas cosas que sopesar y nutrirse de ellas, que es un tormento ser capturado por la lengua de un monstruo. No lucharía contra él, tal vez lo escuchase con pena, invocando que aplaque sus instintos verbales. No puedo ni debo quitarle el teléfono, quizá en su momento le regale un pincel y la paleta de colores.
Mientras habla y yo hago que escucho, me instalo en la montaña que amplifica la respiración asmática del alpinista. Camino por la vieja ladera, colmada de árboles callosos, o me voy por el campo de flores que las mujeres del pueblo cuidan.
» Aun estás allí» -me dice- Y sigue relatando, las aventuras del portero, con la vecina del diez.
El viento frío me hiela y embellece.


Un día me invitaste a tu casa. Después del viaje, me instalé en tu hogar. Nos hicimos reales, caminamos por las calles, fuimos a fiestas. Por las noches, alargábamos el tiempo. En las mañanas, cuando ellos dormían, hacíamos el desayuno, como dos conocidos de años. Una noche, nos acostamos y la vida nos hizo vivir lo que nunca sucedió en los sueños.
Colecciono flores, y una de ellas, enorme, colecciona hombres. Ayer lo supe.
Todo mundo cree que tiene pacto con el diablo, porque se mira como la moza que fue hace cincuenta años. Hartos de tanta insolencia, la desnudaron y encontraron las cuarteaduras y aridez que se ve en las tierras que circundan al oasis.
En el cuadro había un hombre maduro, de cabeza altiva, con traje gris y corbata azul intenso. Sus ojos desprendían una luz que se diluía en las sombras. ¿Has visto esas carreteras rectas que parecen seguir a la nada? Así lo sentí.


Siempre paso por tu perfil. Desde lejos, veo que recuestas la cabeza en la almohada elevando tu mirada hacía el horizonte. Cabello de caoba lacio que se desplaza como Dios le da a entender. Me complace tu nuca que enmarco en un acercamiento. Tu espalda es abismo, besos que alimentan el no retroceso. Atracaderos son tus hombros que me acercan. No digas que no te visito: siempre recorro tu perfil.