Ultraje

Todo mundo cree que tiene pacto con el diablo, porque se mira como la moza que fue hace cincuenta años. Hartos de tanta insolencia, la desnudaron y encontraron las cuarteaduras y aridez que se ve en las tierras que circundan al oasis.

Gulliver

La sociedad lo excluía y respondió forjando un mundo de brevedades. En días de hastío, se acostaba al lado de los bonsái e imaginaba que de un mar de olas pequeñas llegaban cientos de hombrecitos y lo sujetaban. Entonces, sonreía el enano.

El retrato

En el cuadro había un hombre maduro, de cabeza altiva, con traje gris y corbata azul intenso. Sus ojos desprendían una luz que se diluía en las sombras. ¿Has visto esas carreteras rectas que parecen seguir a la nada? Así lo sentí.

Pensé que el deseo de llorar era sólo mío, pero no, todos, con el pañuelo, enjugaban una lágrima en aquella sala de remates. El cuadro fue vendido. Cuando el dueño lo llevaba bajo el brazo, rompimos en sollozos. Al día siguiente, amanecí apretando la almohada contra mi pecho.

Las garzas

En la cima de la montaña, hice una pila de los poemas escritos en mi vida. Allí corría el agua levitando sobre la arena, el rubí sobre la espuma, el collar de semillas, la noche sobre las hojas y el río tallando los tejos. Los besos fueron fuga antes de que el viento Los dispersara. Bajé con un siglo de edad, pero dispuesto a sonreír por la llegada de las garzas.

Epístola

Puesta-del-sol--Campos-de-trigo-cerca-de-Arles…me gusta contarte, narrar los pormenores de mi ajetreo, cosas sin importancia: cómo baño a mis hijos y cómo tallaría con la esponja tu piel morocha. Me complace que sepas lo que cuentan mis compañeras de oficina, las que no me dejan escribirte porque rondan como palomitas a mi alrededor.
Me gustaría arroparte en mi regazo, hacerte caricias, morder tus cachetes y meterte en mi pecho. Amo escribirte, es un placer que me energiza porque soy yo. Me estremece nombrarte, gritarte en silencio y fantasear que eres quien levanta mis piernas y se desploma dejando en mi cuello un te amo y en mis surcos la agricultura de tu ser.

Tu perfil

Siempre paso por tu perfil. Desde lejos, veo que recuestas la cabeza en la almohada elevando tu mirada hacía el horizonte. Cabello de caoba lacio  que se desplaza como Dios le da a entender. Me complace tu nuca que enmarco en un acercamiento. Tu espalda es abismo, besos que alimentan el no retroceso. Atracaderos son tus hombros que me acercan. No digas que no te visito: siempre recorro tu perfil.

¡Llegaron las aguas!

          ¡Llegaron las aguas! En la mañana, aún con el sol, anunciaron su llegada. Fue un trueno tumbador que erizó las antenas de las hormigas. El sol se hizo menos como la gente que, al despedirse, mete por debajo de su sombrero el mechón rizado.

Llegaron las aguas con su cohorte de damiselas para confeccionarle al cielo una capa de grises y lúgubres azules. Aaahhh… mi corazón se rinde ante septiembre, y salgo disparado a quitarme las ropas porque llegaron las aguas.

                                                                                                                                                                    

La lluvia

Cuando se dio cuenta, un paraguas abierto la cubrió de la lluvia. Vio a la persona que amablemente la resguardó, y no pudo menos que sonreír y decirle:
-No se moleste.
—No es molestia- contestó.
Ella intentó salirse del paraguas, pero él volvió.
—Así me enseñaron. No desconfíe.
Ella de nuevo sonrió y aceptó contrariada. Le dio las gracias tímidamente.
—Me llamo Roberto, para servirle.
—Soy Estela. Estela Romero
— ¿Espera el transporte, al parque América?
—Sí.
—Está tardando mucho
—Sí.
— ¿Por allá trabaja?
—Sí.
—Seguro que me aceptará un café
—Y… ¿qué le hace pensar eso?
—Que a todo dice sí.
Ella intentó salirse del paraguas, a pesar de que la lluvia arreciaba.
—Por favor, es una broma, no se moleste, no quise…
Ella con seriedad respondió:
— ¡No me gustan mucho las bromas! Así que ahora… invíteme a ese café.

Tu ombligo

amadeo_modigliani1Tu ombligo
redondo,
profundo,
con una muesca que parece un pétalo curvado.

Mi aliento es un carro de fuego que vuelca en tu cadera.
Abajo del precipicio: la flor.
Con mi papila
la envolveré como la luna hace con la hierba.

Sobre tu rocío titilan húmedas luciérnagas,
se agitan en la oscura enramada.
Seré arete que la fiebre mece y mece.

El vecino

Tengo un nuevo vecino que martillea sin parar la pared de su casa. Peina un copete y cuando intento verlo, se esconde. Estoy dispuesto a visitarlo y a hacerle comprender que tanto ruido es molesto. ¿Estará recién casado? Se ve joven, fuerte. A ella no la he visto. ¿Y si la hubiese robado y la oculta? ¡Pero, qué digo!

Escucho el golpeteo que hace con el martillo, nada raro sería que tuviera otros arreos. No tengo duda, es un carpintero. A mí me encantan los carpinteros, son gente paciente. Trabajan la madera con amor, la sopesan, la miran, vigilan su humedad, su peso y si está lista, sonríen; son creadores, hacedores de cosas útiles. Tendré que hablar frente a frente para decirle que no se pase. Quizá, sea tímido. No bien lo veo, se escabulle, no es capaz de sostenerme la mirada y salta tras el bulto de las hojas y los vericuetos del árbol de mango. Al rato, golpea de nuevo, como diciéndome: “No estoy para atenderte”

El naranjo

Y se vino el invierno, aún cuando es mayo. La lluvia perezosa y afilada cae sobre el naranjo, ¡qué olvidadizo!, no encuentra la gabardina. Esperaba un chubasco que le sacara el polvo cotidiano y nunca la migaja fría que lo estremece hasta las raíces.
El pájaro verde- limón brincotea entre sus ramas y canta como si el mundo estuviese sordo, siempre lo tolera, pero con este jodido frío, sus pisadas leves duelen. Llegó la pájara,  y viene de afilarse las uñas, bailan un tango, vuelan y se posan bajo los paraguas del papayo.
El naranjo se enrama sobre sí, tirita, cierra las hojas y, a lo lejos, escucha el parloteo de las aves.
casa

El agua no pide permiso

El cielo arde, y del río quedan mojones de agua. No hay nubes. Sueñan los sapos bajo tierra con la lluvia, sólo sol y un maíz cabizbajo, pero en un estornudo… el día abre encharcado.

Los sapos dejan de soñar, y el maíz baila huapango con el viento.En ausencia de los santos, en el silencio de las lenguas, el agua llegó despertando los tambores dormidos del tejado. Todos salieron a mojarse y a sentirse purificados.

El regreso

Lejos de ti.
Miro a distancia la piedra,
traerla y construir un nuevo puente…
tardaría.
Necesito dos corazones
para levantar los muros
y darle silueta de pájaro.
Sé que tardaría
pero volvería por ti.

La abuela

images (11)La tarde se hacía noche. Desde mi azotea atisbaba el cielo apelotonado de  gris humo. El árbol espléndido dejaba ver una baraja de mangos verde amarillentos, húmedos por una microscópica lluvia, el viento ágil los mecía. Bajo el gigante está la vivienda cubierta por las láminas de zinc. La vieja mujer, con la escoba, recogía la hojarasca y la fruta.
-Buena mujer -murmuran abajo. No tiene, pero siempre tiende la mano.

La vieja avienta la escoba a un lado, levanta la cabeza como si buscase algo en el ramaje y para la oreja. Sale con prisa hacia la calle y se suma a otros vecinos que miran un tornado que de la nada, se ha formado. Cae sobre el mango, lo envuelve con su remolino. Se oye el crujido de las ramas y la estridencia de las láminas de zinc.

Cuando se hace el silencio, el árbol está caído con su esqueleto quebrado. El tornado se disipó, sólo eso hizo, ningún vecino, fue afectado, sólo a la buena señora: Doña Elvira.

Elvira reía, los vecinos la miraban con extrañeza. Una vieja que le dijo comadre, le tomó de los hombros.
-¿Cómo puede reír si perdió la casa y por poco se muere?
– Río porque mis tres nietos tenían poco de haberse ido, y los destrozos son pocos comparados con la vida de lo que más amo.

La esfinge

Cuando camino por la arboleda percibo que una estatua me observa. Giro la cabeza con rapidez para sorprenderla; acepto que su mirada es más dura que la mía, desvío mis ojos y un sabor de hojas removidas me abraza.
Caminaba con mi novia por el malecón, enlazado de las manos y en un clic se desató. Un segundo después, la vi recostada en una banca imitando a una esfinge que era abanicada por el mar. Nunca supe de ella, y sólo caía en mi recuerdo al testerear mi pelo el viento húmedo del Pacífico.

Me llené de herrumbre por la carcoma de los años y cada vez que transitaba por la enramada, la estatua me veía insistente. Un día, cansado de la persistencia, la enfrenté cara a cara, ojo a ojo y reconocí, en su frente, la historia de mi fugacidad. Me quedé a su lado y, de lejos, vi cómo mi cuerpo se perdía entre el otoño de las hojas.