El chacal de bata blanca

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Cari redondo, de ojos café, pequeños; cejas pobladas y un bigote parecido a un cepillo de alambre. Responsable del servicio de urgencias de una clínica en la periferia de la ciudad. La enfermera pequeña,  de color moreno, seria, con hoyuelos al sonreírse que pocas veces lucia. Lo que si mostraba era una verruga en el mentón. Era un día de perros, lluvia insistente, helada; las sillas de la sala de espera se encontraban vacías.

—Enfermera.  Dijo con voz grave el médico.

 —Dígame.

—Por favor ponga agua a calentar.

—¿Para?

—¿No le caería bien un café calientito? Se hace uno y de paso me lo hace a mí.

—Hágaselo usted. Soy enfermera, no sirvienta.

Nada nuevo desde que se conocieron, siempre enojados, si llegaba un herido lo atendían en profundo silencio sin dirigirse la palabra. “Pinche india le voy a dar un susto que se va a acordar de mí».

El turno era sábados y domingos, durante doce horas, y para todo el personal de la clínica era de conocimiento su enemistad.

Están como perros y gatos, decían, cuando tenían que asistir a obligados eventos clínicos. Era tan evidente.

La sala de urgencias, amplia, de 8 a 10 cubículos, una sala de inyecciones, curaciones y al fondo, baño para el personal.

El hombre de la bata blanca tenía un libró que leía con simulada atención. Ella pasó a su lado, entonando una canción de moda, haciendo sonar el roce de la tela almidonada. Entró al servicio sanitario. Cuando quiso gritar, la mano cerró su boca; hábil, bajó su ropa interior y dijo:

—¡Vas a saber lo que es un hombre!—Te quitaré la cara de seria que siempre tienes conmigo. Veras que de hoy en adelante me respetarás, sonreirás; dejaremos de ser comidilla.

El agua arreció, truenos lejanos. Dentro, el forcejeo fue substituido por caricias, besos que fueron correspondidos. Nadie se dio cuenta, no llegó urgencia alguna. Dos horas después llegó el carro del señor director. Cuando entró al servicio, saludó a la enfermera que mostró sus hoyuelos, levantó ambos manos, y el médico hizo el mismo gesto, indicando que todo estaba en orden.  A diario sobre el escritorio, en el florero aparecía un clavel rojo y en la mesita de ella, escondido entre las jeringas desechables,  un sobre y dentro, una barra de chocolate. Tomaban café en silencio, pero había un parloteo con los ojos que era un jardín floreando.

Las semanas siguientes el cotilleo en los pasillos era que el mejor equipo estaba en el servicio de urgencias, según referencia del comité de evaluación médica.

La esperanza

la muerte

Rumbo al entierro. A la mitad del camino, él ordenó detener el cortejo. Quienes cargaban el féretro lo depositaron en el suelo. Compañera de vida, fiesta y peleas de gallos. Pensamos que deseaba verla por última vez. ¡Rubén!, escuché que me llamaba. Acudí. Levantó las manos, e indicó con señas que abrieran el ataúd. Pasó su mano sobre mis hombros, mientras de su cara ajada, corría humedad.

—Fíjate, ¿dime si está muerta?

Me acuclillé, lo vi de abajo hacia arriba y sin palabras le dije que sí.

Pecho a pecho

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Imaginarme en tu noche.

Escuchar la lluvia

golpeando las ventanas.

La sombra de tu perfil

recostada en los ríos de mi piel.

Acaricio tu cabellera,

hago caminos imaginarios

para llegar a tu pensamiento.

Afuera el viento tuerce

los brazos de la magnolia,

por el silbido de la corriente.

Tu cuerpo se pega al mío;

hemos quedado

corazón a corazón.

Mañana será un día especial.

 

Desesperanza

crucifixionPoco antes de cumplir los cincuenta años, numeró las veces que la muerte había estado cerca de él. Fueron varias. Concluyó: “estoy predestinado a un fin grandioso”.Antes de morir, tuvo un último hijo, cuya vida fue paralela a la de él y al igual que su padre, presentía que la vida le tenía reservada una gran proeza. Murió viejo.
El suceso se repitió en muchas generaciones. El último de ellos no se cuestionaría tal evento, moriría en la cruz, en las afueras de Roma. Pensando que su esfuerzo para la nueva religión “de amaos unos a los otros” predicada siglos antes, había sido inútil.

Tanka

paul-cézanneSe van los pájaros

como la juventud.

Amor de otoño

vuelan hojas y flores

que ya nunca veré.

Tanka

paisajedescarga

la vida fluye

pasa sin ver atrás

desde el arroyo

que viene de la cima

hasta llegar al mar

Senryu

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La tentación.
Recorrer con mis labios
tu suavidad.

Insistencia

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Me acercaré a tu flor

hasta que la insistencia

la impulse a mirarme.

La   envolveré como la luna hace con la hierba.

lejos,

la barca en el atracadero mece, mece.

Volver, volver

52531980_100_0012 Todo se fue, pero un día volvió, como vuelven las mariposas y lo que nunca se pudre: con menos fuego, pero con eternidad.

Dime si aceptas

mujer-thank-you-for-beautiful-picturesTirémonos.

Vivo en tu interior y sueño en tu boca.

 Seamos viento y flauta.

Dobla tu cintura con la fuerza de un tango.

Seré barco en tu mar,

agitación en tu vientre.

Tu ombligo redondo, profundo,

almacigo del deseo.

Mi lengua un carro de fuego.

que perecerá en tu bosque de luciérnagas.

El gusano

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No te estremeces

como en aquellos años

en que transitabas del asombro al suspiro.

Hoy tienes un camino rodeado por claveles

pero subsiste la poesía del gusano

que levanta el cuello

reconoce tu zafra

olisquea tu vientre

tu espasmo

tu laguna

tu río.

El gusano deletrea tu chispa;

Y aunque lo niegues,

Acecha la nuca de tus sueños.

Los fantasmas no tallerean

Erin-Hanson-Prism-LightsCursaba la preparatoria, pregunté al subdirector ¿si yo terminase un libro, podría tener apoyo para publicarlo?

—Claro Rubén, faltaba menos, veríamos cómo, lo mandaríamos a la imprenta. Sería grato que la escuela contase con un escritor.

 Me río. Él sabía lo complicado que es hacer un libro; sólo fue una mentira piadosa.

Han pasado más de cincuenta años. Algunas de las historias forman parte de antologías, pero no he hecho un libro. Me inspira temor, respeto. Y es que para algunos es carta de presentación, estrella para el ego, parte curricular. No aspiro más a que el lector diga, está bien escrito, entretenido, me dio una idea. Si se vende o lo regalo es aparte. Si trasciende o no, está fuera de mi ámbito.

Espero decidirme. Recuerdo que los fantasmas no tallerean.

Muñequita de barro

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 La puerta minúscula abrió y pasé. El espacio reducido, con música de los setentas y ambiente impregnado de tabaco. Di con ella. Platicaba con sus compañeras, al verme sonrío y me hizo una seña. Joven, pequeña. Con una camisera de seda transparente que no ocultaba sus pechos circulares, simétricos y levantados. Era india, color canela, con ojos vivos, cejas alargadas y boca carnosa y sensual. Abajo sólo traía sus bragas oscuras, resaltando sus nalgas firmes.

 Me besó en la mejilla. Nos sentamos, me invitó de su refresco y apretó mi mano. Estas mujeres que ves, que son todo sonrisa, no son de confiar, harían cualquier cosa por dinero. Nunca te enamores de ninguna de ellas, ni de mí. Termina tus estudios, verás que vendrán las palomitas hacia ti. Nunca una de éstas. Las conozco por dentro y por fuera.

Había encontrado el sitio por pura casualidad. Vivía en una pocilga de dos por dos, escasamente cabía la cama, un buró, un foco que me permitía leer y hacer tareas. Gustaba estudiar por la noche, disminuía el bullicio de los carros, el griterío de los chamacos en las calles. A las dos o tres de la mañana, sentía asfixia y salía a vagar por las calles, fue así como encontré la casa de citas. Sólo pedía una cerveza, no me alcanzaba para más. Por mi juventud, las pupilas me tomaron confianza, después parte de sus bromas, se repegaban a mi pubis y con movimientos sensuales hacían que me erectara. Disfrutaba de las guasas. Poco a poco vieron que podía ser útil; estudiaba medicina, más de alguna preguntaba y entre plática les decía que comprar. Por suerte se curaban, empezaron a tomar aprecio.  Susana, la más guapa de todas ellas, se encabronaba que me hicieran bromas subidas de tono. Cierta vez me vio tan inquieto, que me dijo en secreto

–¿Qué tiempo tienes que no estás con una mujer?

–Tiene algo, dije.

Había un pasillo lateral que daba a unos pequeños cuartos

–Sígueme, dijo. Y fui tras ella.

–No tengo dinero, le dije nervioso.

–No importa, me simpatizas.  Media hora después salía sonriendo.

Mañana te espero en la iglesia de nuestra señora de las mercedes, como a las doce, te invitaré a comer a mi casa y sirve que te presento a mis padres. Le dirás que eres médico y que trabajamos en el mismo sanatorio.

No la reconocía. Vestía con una falda oscura, que le llegaba hasta el tobillo, una blusa de algodón de manga larga bordada con grecas de diferentes colores y un reboso gris que le tapaba la cabeza y envolvía su cuello. Aquella larga cabellera que bajaba por sus hombros hasta llegar a la mitad de su espalda que lucía en la casa de citas, se ocultaba. Fue difícil reconocerla, de hecho, fue ella quien me dijo aquí estoy. Tomamos el autobús y no podía entender la transformación.  No era ella, ella era otra indígena de las tantas que por la merced van y vienen o que con su canasta venden fruta en el mercado. La mujer que me quitaba el aliento y me daba consejos por las noches, era otra mujer.

La casa estaba en obra negra. Dijo sonriéndome. Esta casa la he construido con esfuerzo, tesón, la empecé hace dos años y al menos ya está el cascaron, ya sirve para que mis padres no pasen frío.

Todo resulto tal cual, sus padres se quedaron con la idea de que su hija trabajaba por las noches en un sanatorio y que yo era el médico de guardia, que habíamos hecho una buena amistad. Es una hija muy buena, me dijo la madre, ya para despedirme, cuídemela, pues es lo único que tengo.

Días después fui al “Bull” y encontré la puerta cerrada y sellada con papeles pegados que decían Clausurado.

Era india.

Muñequita de barro. Arde en mi memoria.

Un día de pesca

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Treinta años tiene que Pepe me invitó. llegamos al puerto con dos compañeros más. clareaba el día. El pescador esperaba en la ribera del río, nos instalamos en una lancha amplia. El aire fresco, gotas minúsculas se esparcían en la cara. El cielo, rayas blancas sobre un fondo rosa, las garzas en bandadas. A medio río el bote dejaba su estela de burbujas; chapoteo y ruido del motor. llegamos a la bocana y nos internamos en el mar.

 Había visto su bastedad, estando de pie sobre un acantilado, desde la playa, las olas mansas, nunca había estado cara a cara, asombra, enmudeces; abruma, empequeñeces ante tal inmensidad. Vuelves, al escuchar el graznido de las aves y te extasías al ver la marcha de los delfines o el vuelo mudo de los pelicanos, hay agua viva, percibes que abajo hay un cuerpo que respira.

El plan era adentrarnos, llegar a unos “bajos” atracar allí. Traíamos bocadillos del hogar a cambio llevaríamos pescado fresco. Me veía con el cordel en la mano y escuchando los fragmentos de agua y a lo lejos los barcos.

 Fueron quince minutos de ir mar adentro, percibimos algunos cambios; la cresta del mar se dividía rápido, el fondo parecía despertar. En el cielo el sol fue cubierto por algunas nubes que salieron de la nada y el día brillante se hizo denso. Lo que vi sólo lo había percibido en algún pueblo de la sierra.  llegaron en bandada sombras de neblina y acamparon sobre nuestra embarcación, en un instante nos vimos como figuras mal cortadas: como espectros. Nos quedamos mudos, hasta que el pescador rompió el silencio.

— No se asusten, esto pasa a veces.

Unos minutos, el sonido del motor se escuchaba menos y nuestra nave parecía subir y bajar entre el mar. Intentaba tranquilizarme. Los cambios causaron que mi pulso saltara desordenado.

¡Regresemos! —Exclamó Pepe.

 El pescador dio la media vuelta. Las briznas de agua no tan sólo procedían de la quilla del cayuco, sino que empezaba a llover fino. Quince minutos después nos dimos cuenta que el perfil de la costa no aparecía por ningún lado.

—Paremos. —dijo uno de los amigos. Tratemos de orientarnos, pues si seguimos sin saber, podríamos ir mar adentro. ¿Dónde tienes la brújula?

Nos quedamos viendo al pescador y éste balbuceó:

— No la traje.

 La pequeña embarcación parecía en ese momento una cuna zarandeada por el vaivén de olas encrespadas. Mientras la nave iba en movimiento, me había sentido bien, pero diez minutos después vomitaba y vomitaba, era una nausea que te copa y te rebalsa y la única respuesta era arquear de manera incontenible. Me daban, agua, me apretaron la cabeza con un pañuelo y el vómito parecía quitarse, pero volvía, siempre volvía. No sé cuánto tiempo pasó, y aún de que trataba de asumir fortaleza, sentía un trompo en mi panza, en mi cerebro. Muy cerca retumbó el silbato de un barco y un grito de alegría se escuchó.

— ¡Un barco! Sigámoslo y ellos nos podrán sacar de este apuro.

El Pescador echó mano al arranque del motor. Nada, solo tosía, no arrancó. Varias veces lo intentó. En silencio veía el barco cada vez más lejos.

— Deja descansar el motor; ya lo ahogaste. —Escuché.

Ignoro que le habrán hecho, pero minutos después arrancó. La voz cantada del pescador se escuchó de nuevo.

— Solamente tenemos un cuarto de tanque de gasolina.

 En mis adentros me preguntaba de los años cursados en la universidad ¡para qué madres sirven!, si en este momento no sé para donde está el norte, el oriente. Veía agua a mi alrededor, un agua que a cada momento se rompía en espumas que parecían vociferar. Veía los ojos de Pepe y se notaba preocupación, miraba al pescador y percibía indecisión y solo se rascaba la testa.

Pepe se puso de pie, se dilataron sus pupilas verdes y dijo

— Hay que tomar una decisión, Si viene tormenta las cosas se pondrán más difíciles. ¡Vayámonos por allá y que Diosito nos ayude!

Ya en marcha el vómito y la náusea cedieron, poco a poco la neblina dio paso a lluvia fina, persistente que nublaba la mirada. Diez minutos que se nos hicieron siglos, pues teníamos en el pensamiento la voz cantadita del pescador: “Sólo tenemos un cuarto de gasolina en el tanque” Escuché el sonido agudo de la gaviota y traté de seguirla, poco después, veíamos grotescamente el perfil de la costa, no se veía el puerto, sino el dibujo tenue de montes lejanos. Comprendimos que navegábamos paralelo a la costa.

Regresamos a nuestra ciudad, con más pena que gloria, pero antes de tomar carretera, fuimos a las bodegas de pescado y nos trajimos camarón, róbalo en suficiente cantidad; nuestras esposas esperaban a los “pescadores”

Caminos de agua y lodo

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La lluvia diminuta y fría, los caminos de lodo, la hierba tupida. Contraté a Zoila, delgada, de labios finos, dentadura blanca, cabello a la cintura. Aprendió a inyectar, notable paciencia para atender a los enfermos. Nada raro que se hiciese de amigas. llegaban de varias partes.

 Juana vendía tamales los domingos en la plaza. Arribaba de su ranchería salpicada de lodo hasta en los ojos. Con servilletas de algodón bordadas cubría la cesta. Me pedía permiso para cambiarse. Cuando salía, me percataba de que se había lavado con esmero sus pies y piernas, la cara polveada con retoque labial, su cabello peinado y de algún lugar oculto, sacaba un par de sandalias limpias.

—Andas de novia, ¿verdad? Le decía sonriéndome. Como no hablaba español mi secretaria traducía y ella avergonzada ponía sus ojos negros coquetos y al lado de las comisuras se le formaban dos hoyuelos.

 Se iba a vender como si hubiese salido de un salón de belleza. Luego, hablaba en totonaco a Zoila, y yo preguntaba, ¿qué te dijo?

—Me da las gracias, y a usted le deja dos bocadillos, para que se los coma.