Un hombre observador

La miraba sin que ella se percatara, fingía ver los rulos de su pelo; me detenía en los signos de incomodidad. Sonreía y decía lo feliz que era conmigo. Mentía.  No se percataba que después de su sonrisa, fruncía el entrecejo. Las últimas veces al despedirnos, notaba su urgencia por darme las buenas noches. Y ésta aunque se oculte un hombre sensible lo percibe.

Tuve momentos de alegría, cosas pequeñas como el hecho de tener su mano entre mi mano. Las veces que la conducía sobre las grandes  avenidas donde la muchedumbre se arrebataba para cruzar la calle, ella caminaba o se detenía a la sutil orden de mi palma. Recordé la luz de su mirada cuando ésta respondía a mi sonrisa. Poco a poco se fue apagando. Tal  vez ella  no lo sabía, o lo disimulaba. Nunca me lo dijo.

Muy en la mañana la niebla reptaba en el piso. la reconocí por su forma de caminar. En una mano llevaba su equipaje, en la otra su bolso; subía y bajaba en  desorden como lo hace las mariposa con el ala rota. Se iba de viaje cuando apenas ayer con su índice me dibujaba en la mejilla  su labio.

El tren partía, me miraba incrédula. La saludé moviendo el pañuelo. aquel que me regaló en un cumpleaños y que estaba bordado con las iniciales de mi nombre.

Monet

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El cuadro

En el cuadro se veía un hombre maduro, el traje gris contrastaba con la oscuridad de la corbata. Su cabeza altiva, sus ojos tenían una luz que parecía diluirse en las sombras. ¿Has visto esas carreteras rectas que parecen seguir a la nada? Así lo sentí.
Pensé que el deseo de romper en llanto era sólo mío, ¡pero no! con el pañuelo enjugaban una lágrima en aquella sala de remates. El cuadro fue vendido. Cuando el dueño  llevaba bajo el brazo, no podíamos soportar.
Al día siguiente amanecimos con la almohada apretada contra el pecho.

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Del recuerdo

Pasé mi niñez en en el trópico, con venero de petróleo. Los directores de la empresa vivían en en casas de lujo edificadas en los hombros de la loma; los obreros calificados vivían en casas de madera canadiense en la planicie, en las afueras habitaban los indígenas, en chozas que tenían paredes de barro y techo de palma. Mi casa era de madera con piso de color ladrillo y un patio sombreado por árboles. Recuerdo a mi madre arrodillada con escobeta y jabón fregando el piso para que sacará su color rojizo. Color de atardecer que miraba encaramado  sobré las ramas de un viejo almendro que le daba por desnudarse dos veces al año.

 

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pasaste de largo

No me diste agua de tus ojos,

luna llena,
un latido.
Pedí ser hilandero de silabas
humus
y atisbar estrellas.
Lavar alboradas,
colorear atardeceres;
Ser niño y jugar con la Osa mayor
Quise ser poeta y pasaste de largo.

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El cielo es el mismo

Después del estallido siguió el de las ametralladoras con golpes de muerte. Luego hubo un silencio hiriente que ocupó el espacio de las almas. Se oían sollozos y lágrimas que rodaban por los pómulos sepia de las mujeres. Gritos de muerte cabalgaban en aquellas tierras de oración y fe. Y entre el desierto y la montaña incrédulos se miraban Mahoma y Moisés.

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Los recuerdos

Mientras asean el auto, reconozco la geografía y estoy en la certeza que algunos árboles y casas saben que hay ayeres de mí que aún retozan. Ella es un compendio de años del cual tomó una brevedad. Siempre te pienso.

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De la familia

Poco les importó que Noé no las invitara,se instalaron. Hoy son parte de la familia y no saben de etiquetas, van de la mierda a la torta.

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Aromas de pan y agua

Empieza a llover,
la tierra que rascaron las gallinas,
esparce aromas de tiempo.
Huele a pan milenario.
Es el mismo olor
que arroparon en su memoria,
viejos abuelos.
 
El olor hace cosquillas
en alguna parte de mi pensamiento.
Saber que mi padre llenó su corazón de tierra mojada,
o que, a millones de kilómetros,
alguien lo hace,
y que está escribiendo cómo lo hago.
¿Escribirá que el olor abre el apetito del alma?
o agradecerá a la lluvia que su mal humor
se haya esparcido entre los zacatales de alguna estepa.
No sé, la lluvia me hace niño y abuelo el corazón,
por eso me inclino a besar el agua que moja el pan del tiempo.
 
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El primer beso

era un chamaco.
Ella mujer de veinte años,
pelo castaño que brincaba saltando la cuerda sobre sus hombros.
Un día le pedí un beso,
y ella movió la cabeza.
La miraba en silencio,
y convertía mis luces en palabras de pedimiento.
Una tarde me llevó a su oficina
Te daré el beso,
ya no soporto tu insistencia.
Cerré mis ojos.
Sus labios llegaron  a la frente
y la decepción crispó mis manos.
a punto de abrirlos, rodaron y encontraron con los míos.
Su cabello largo
y mis manos que tiemblan sobre sus caderas.
Saltos del corazón,
cuando el vaho rodaba en mi cuello.
Me recuerdo en su boca;
y mi cuerpo saborea la inminencia de su embestida final.

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Gripe española

!Larga vida al rey! Exclamaron los presentes, cuando el rey estornudó.

leer la epidemia olvidada millones de gentes murieron

Gripe-Espanola

La Epidemia olvidada de Octavio Gómez Dantés