Sospecha

Del árbol cuelgan las naranjas, también los chayotes. El cítrico mira sus frutos redondos y otros que no lo son. Está tentado a consultar un oncólogo.

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Pásifae, madre del minotauro.

Se levantó con la sensación que sería un día pésimo. Muy en la mañana el Rey Minos intentó despertarla. Contestó con un gruñido y regresó al sueño. Cuando los sirvientes la vieron, se encomendaron a los dioses. Por la tarde observó que el sol duro entristecía los jardines del palacio. Estaba por cumplir los cuarenta años y tenía la lozanía de un fruto recién cortado. Era espigada, piel dorada, un andar elegante. Cuando reposaba en el sofá parecía que la prole le había dado brotes de juventud y sensualidad.
Ella conocía de su carácter arrebatado, dominante, con días de mal humor, ahora había otro sentimiento que la inquietaba , que no podía definir. Respiró profundamente. deseando  modificar la sensación de «falta de aire». La ventana de su habitación en el palacio de Cnosos era amplia y desde allí contemplaba la nueva área de jardines que dirigía el arquitecto Dédalo. En ese momento no había nadie, ni viento, ni cantos de aves, solo un bochorno que pisoteaba la tarde.
—¡Fero! ¡Fero! ¿Dónde estás?
Se hizo presente un perro negro azulado que se le acercó. Ella acarició la testa y él lamió sus manos.
—Tú eres el único que soporta mis extravíos. —y volvió sus ojos azules hacía la ventana.
El palacio lo recordó como una construcción fría y húmeda, sin embargo fueron sus mejores años al lado de Minos. Atrás dejó a su padre Helios y a su madre Perséis, que la educaron para gobernar. Rápidamente tuvo a Acacálide, Ariadna, Androgeo, Glauco, Fedra y Catreo, dedicándose a ellos en cuerpo y alma, mientras Minos era reconocido por su juicio y marcialidad; era hijo de Zeus y Europa, que después casó con el Rey Asterión, adoptándole a Minos, Sarpedón y Radamantis. Recordó a su hermana Circe y de cómo ambas fueron instruidas en el manejo de lo oculto. Años después de casada se daría cuenta que su amado esposo perdía fácilmente la cabeza por cualquier fémina. Nunca le dijo nada a Minos del hechizo que sacó del arcabuz de su corazón: por cada eyaculación que vertiese en otra vagina distinta a la de ella, el semen se convertiría en serpientes, alacranes y tarántulas que agusanarían las vísceras del receptor. Así fueron cayendo sus amantes. Él se dio cuenta del hechizo al ver con horror los monstruos que eyaculaba, la vez que se masturbó. Sin embargo, guardó silencio. Ahora comprendía porqué las ninfas huían de él.
Algunas tardes se reunía con Dédalo bajo la sombra de una cabaña. Siempre colmado de ideas y atrapado entre la oreja y la testa un lápiz de carbón que utilizaba para dibujar en cualquier superficie. En ese tiempo, pretendía darle al palacio de Cnosos una nueva cara. Otras veces lo visitaba en su taller, encontraba en sus creaciones, el alma de un artista y el ingenio de una mente inquieta. Los juguetes con que se divertían sus hijos salían de su ingenio.
Cuando el Rey Asterión murió, sobrevinieron los problemas de la sucesión. Los hermanos se disputaron el reinado, pero congregados a puerta cerrada, los herederos, zanjaron el problema: Minos dijo que era el favorito de los dioses y para demostrarlo, Poseidón le enviaría un mensaje del mar. Los hermanos inconformes, dejaron que los resultados hablaran por sí mismos. Si en efecto los dioses apoyaban a Minos, poco podrían hacer ellos, así que optaron por esperar. Poco después de ofrendarle un templo al dios de los mares, en un día de verano, cuando la multitud estaba en el atracadero de la polis, divisaron que entre las olas del mar, un ser se abría paso. “…En un principio no se le encontraba forma, parecía una masa de espumas que se levantaba sobre las olas, pero a medida que se acercaba se fue dibujando su cara y las astas puras de los cuernos. Tenía un cuerpo enorme, donde las crestas del agua rompían en un hervidero de espumas. Cuando salió del mar, semejaba un macizo de nieve y su paso orgulloso levantaba exclamaciones entre la gente. Un toro albo que cautivo a todos” Escribiría más tarde el cronista Aximelon.
El miura fue el indicio de que los dioses querían que Minos gobernara. Él lo sacrificaría hasta que llegasen las fiestas, mientras, lo llevaría a los pastizales de su propiedad.
Cuando el toro albo sintió la mano de Minos sobre su testa consintió que lo acariciara, vio en sus ojos los cuatro elementos de la vida e imaginó sus campos con sementales de nieve. Al retirarse del establo, tomó la decisión de no sacrificarlo; a la distancia parecía un macizo albino cuya frente semejaba platicar con las estrellas. A su lado iba el fiel sabueso Laelaps, un perro que nunca dejaba escapar una presa, y bajo el brazo traía una jabalina que nunca erraba: regalos de Zeus y de Artemisa en el día de la boda de Europa con Asterión, que habían pasado a su poder a la muerte del Rey.
Partió Minos hacia un punto lejano donde se vería con Procris. En el trayecto recordó su cara de fuente, su voz de madera. Al principio despertó en él sentimientos paternos que después se tornaron confusos. Supo que había estado casada con Céfalos y que éste por la magia de la diosa de la aurora tomó la apariencia de otro varón y sedujo a su propia esposa, ofreciéndole una diadema de oro. Después de poseerla, Céfalo tornó de nuevo a su apariencia y se retiró desconsolado por la infidelidad de su esposa, refugiándose en los brazos de la diosa del Alba. Procris huyó avergonzada y llegó a la isla de Creta y aceptó el amparo de Minos y poco a poco las caricias paternales se transformaron en caminos de ardor y deseo.arte-impresionista-oleo
Un día que estuvieron próximos a ser parte del fuego, él se detuvo y con desesperación le confesó el hechizo que sufría.
— No te entiendo.
— Pasifae me ha embrujado y cada vez que mi semilla corre fuera de la vagina de ella, se transforma en veneno y mi compañera muere. Yo no quiero tu muerte.
Procris se acercó a él, lo abrazó y sus yemas rodaron primero por sus cabellos, por su mejilla; con voz breve le dijo:
—Me ha emocionado escucharte. Tus palabras sinceras se han mudado a mi corazón. ¡Ayudémonos! Sé de un brebaje que Circe receta para este tipo de asuntos.
— Cómo sé que me servirá.
— Tendrás que confiar en mí.
Él se acercó, la tomo de la cintura, escondió su barba en la curva de su oreja y después buscó sus labios. Ella se resistió, pero su corazón se dobló por la sinceridad de Minos y correspondió. Él se retiró aún emocionado y le susurró: Te deseo.
— También has encendido mi llama, pero el dolor de saberme sola me entristece.
— ¿Qué es lo que más quieres?
— Reconquistar mi matrimonio, sentirme cerca y unida a Céfalo como antes.
Días después antes de que la alborada llegase Minos tomó el brebaje de Procris y ella le susurró al oído «dentro de unas horas estarás curado».
— ¿Cómo lo sabré?
— Sólo espera en silencio y reza por tu salud a los diosa Afrodita. Espérame.
Regresó con una jarra de vino, ella le dio un trago, buscó sus labios y pasó a su boca un remanente del vino. Abrió su túnica y le ofreció su pecho con el pezón erecto. Volvió a besarle. Minos sintió sacudir su cuerpo, llevó su boca hacia la luna llena de sus senos. Ella montó sobre su piernas y sus labios trazaron otras líneas sobre su rostro, los besos rodaron sobre su cuello y sus pezones ocultos de varón se levantaron sobre el vello de su pecho. luego, con voz dulce: “Lo haré con mi boca así verás que tu germen viene vestido de blanco”.
La despidió de la isla de Creta obsequiándole el perro que nunca deja escapar una presa y una jabalina de caza que nunca yerra el blanco. Pasarían a la custodia de Procris, y serían el instrumento para recuperar a su marido que era un apasionado de la caza.
De regreso, Minos sólo pensaba en el toro espumeante de Poseidón.
Había una lista de adolescentes que ensayaban con religiosidad lo que sería esencial para la fiesta: estar frente al toro, correr hacia él, impulsarse y dar una vuelta en el aire y caer de manos sobre el lomo y después caer al suelo. Al final de la fiesta se realizaría el sacrificio del vacuno albino en honor al dios Poseidón. Todo sucedió de acuerdo a lo programado. Con excepción de que  El Rey Minos se quedó con el toro de Poseidón; y sacrificó uno parecido. El pueblo no se percató del cambio, pero Pasifae y el dios sí.
Parecía que el tiempo no se había movido, la ventana, los jardines, el bochorno. El perro mirándola. Ayer fue a los pastizales y vio al vacuno. Minos ordenó que toda vaca en celo fuera acercada al toro para que éste la montase. El animal tenía líneas de fuego entre la piel blanca; los cuernos parecían fulgir como dos medias lunas y su presencia de blancura le daba una orla de poderío cuasi brutal. Cuando montó a la vaca su estatura creció y de una poderosa embestida distendió las paredes de la vagina. Ésta mugió, aceptando la inutilidad de poner resistencia. Pasifae regresó apresurada a su habitación y en la noche el toro aparecía frente a ella, viéndole manso, tierno y en veces retador.
Sabía de buenas fuentes que el Rey Minos había vuelto a sus andadas de amante; pero sólo hizo un despectivo con los brazos. Recordó que su matrimonio con Minos fue en las fiestas de Afrodita y evocó con sofoco que su cuerpo era palma seca cuando el Rey lamía sus orejas. Pensó que no tenía nada de extrañó soñar con toros pues al fin y al cabo era el símbolo de la polis. Lo que no entendía era el brillo insolente en los ojos del miura y aquella imagen retadora en el momento de la cruza. Tuvo un presentimiento y fue temprano al corral. Sólo estaba el fiel Axto, que traía en ese instante una vaca en celo para ofrecerla al semental y enmudeció cuando se repitió la escena del sueño. En el momento del ayuntamiento la cabeza del toro volteó hacia ella. Después de la cruza, la reina dio la orden de que se abriese el corral, el vaquero dudo, pero la orden se desprendía de su mirada. Ella se acercó y él bajó la testa y pudo acariciarlo de la osamenta, después su cara y luego el lomo duro, como forjado en piedra. Aún sentía la agitación sexual del vacuno y sus manos sudaron; y súbitamente tuvo deseos de escapar, pero no lo hizo y siguió acariciando el pelo húmedo del miura. Por la noche sedujo a Minos y permaneció dormitando hasta el medio día que se levantó de un excelente humor.
Llegó una tarde al taller del maestro. De él se decía que había fabricado al hombre de bronce y de mil cosas más. Le habló en voz baja, él la escuchó sin proferir ningún juicio, movió la cabeza de arriba hacia abajo,  ella se retiró con los ojos mirando el suelo. Un mes después Dédalo le enseñó el encargo: ¡Era perfecta! Ese día el Rey saldría de la ciudad. En la noche, Pasifae entró desnuda al interior de la vaca fabricada por las manos artesanales de Dédalo. El maestro la acercó al semental albino y se retiró. Afuera la luna llena caía retozando entre los pastos y el murmullo de los animales nocturnos era interrumpido por algún relincho en la lejanía. Dentro, Pasifae esperaba ansiosa la embestida del toro. Una hora antes se había untado aceites inodoros en todo el cuerpo. El fuerte olor de hembra traspasaba muros y brincaba por los aires. La imagen de ser poseída por un toro leuco, forjado con espuma y nube, hacía que su media luna se inundara de ardor y de humedad. Cuando sintió su presencia accionó la palanca y las ruedas se inutilizaron para dar paso a las anclas. Exaltado puso las patas delanteras sobre el lomo de la vaca mecánica, ésta resistió la embestida y ella percibió en las sienes un corazón explotando en ansiedad y deseo. Un embolo húmedo y ardiente abrió su vagina y la empezó a llenar de carne y semen hasta sentir que su receptáculo era una nave inundada. Tuvo deseos de gritar y decir miles de cosas que llegaron del pensamiento, pero sólo recuerda haber sido un pastizal seco consumido por el fuego.
Nueve meses después nació el Minotauro, cuerpo de hombre y cabeza de miura y fue encerrado en una de las tantas habitaciones del palacio de Cnosos. En alguna ocasión, Minos le increpó duramente su relación con el vacuno de nieve, Ella contestó que Afrodita la había hechizado a solicitud de Poseidon.
– ¡Tú fuiste el culpable! Debiste sacrificar el toro que llegó del mar. La venganza del dios es para ti. Yo soy inocente. Sólo fui una pieza sin voluntad.
Después con dulzura acarició la testa de Fero y se metió entre los pasillos y puertas del palacio para dar de comer al Minotauro.
Frente al sol ardiente, cientos de trabajadores habían empezado a construir el Laberinto bajo la dirección del arquitecto Dédalo. Era tan confuso que algunos de ellos se perdieron en él , aún sin haberlo terminado.

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*Por error desparecí la entrada, la rehíce. Respeté los comentarios de la antigua entrada.

La margarita y el joven elefante

Al llegar fue envuelto por la tristeza. sus grandes orejas se doblaron; se arrodillaba.
Habían Sonado tambores. Su padre fue apartado de la manada. La madre herida de bala corría hacia el cementerio. La encontró sin colmillos. El joven elefante aflojaba piernas, latidos. Al rodar por el suelo sus ojos tropezaron con una margarita.
–¡No me aplaste! recién broté. ¡Quiero vivir!  ¡No me aplaste!
Abrió los ojos y caminó. Se fue en busca de la manada.

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Las sobrinas

Compré el libro de Inga en mi juventud. Años después quedó en los anaqueles; jamás imaginé que regresara por su fuero. Era uno más entre los adquiridos por tres generaciones. Había decidido remozar la biblioteca, por lo que habría que limpiar, seleccionar y resguardar los textos. Esta área se ubica en la parte alta, al fondo del extenso patio; independiente de la nave central de la casa. Colinda con un callejón poco transitado del pueblo en el que  mi abuelo fue uno de los fundadores. Hombre de trabajo, amante de las letras, construyó su espacio y se enclaustraba a leer. Decía a la abuela:
¡No estoy para nadie!
Estantes de cedro, con cientos de libros, abajo un sofá de piel suave, mullido. Un escritorio resistente, para soportar el peso de un elefante. Hay un baño completo, cuadros al oleo, y escaleras.
Una de las paredes del fondo, la que colinda con el callejón, tiene un deterioro, por el tiempo y la humedad. Se aprecia una grieta en forma de ele.
Pocas veces había estado allí, yo soy proclive a la fiesta, al convite. Mi padre en la capital, fue un político apreciado. Platiqué con mi esposa acerca de remozar la biblioteca.
—Es mejor que la tires y allí podemos construir un jardín de juegos para los nietos. El tiempo se va rápido.—Sin embargo, si vas a contratar gente para limpiar libros y quitar telarañas, entonces, le diré a mi sobrina, que necesita recursos para seguir estudiando.
—Dile que venga el próximo lunes.
El trabajo de limpieza no estaba exento de riesgos, por lo que deseaba una mujer apta. Cuando la entrevisté, calculé diecisiete años de edad, morena, cabello corto, cutis con acné; seria. Llamaba la atención una verruga que nacía en su hombro derecho y que trataba de ocultar con un saco de mezclilla. Ese día, traía una falda que dejaba ver unas rodillas con cicatrices profundas que hablaba de haber sido una niña inquieta. La contraté. Elen dijo llamarse.
Abandonaba su sitio de trabajo para tomar sus alimentos, o para retirarse. Al llegar a casa, veía el avance. Siempre la vi en su quehacer. Daba las buenas tardes quedo, y seguía su labor. No era una mujer para asombrarse, pero había en ella una sutil manera de ser que alteraba y sobrevenía el deseo de conocerla. Sin embargo, no lo permitía. Una tarde, la vi arriba de la escalera, de espaldas, absorta y, aunque llevaba un pantalón holgado, se definían sus formas. Aquella tarde no esperaba verla, la encontré sentada en el sofá, con la pierna cruzada y leyendo. Tan concentrada estaba, que no escuchó mis pasos cuando me acerqué por detrás. Leía a Inga.
Inga era una novela que fue un hallazgo. La compré en un tiradero de libros viejos cuando estaba en la capital estudiando. Trataba de una joven rubia, impetuosa, muy bella, que vivía en una ciudad sueca con una tía madura a quien confiaba buena parte de su vida, sus novios, sus dificultades. Novela que me llevó al cielo en noches de soledad y que casi memorice. Ella, seguramente, leía el capítulo tres, donde Inga conversaba en la sala con su tía:
— Deseo tener relaciones sexuales.
La tía no se inmutó; para su óptica, estas cosas eran parte de la vida; no tabú
— ¿Qué te ha motivado?
— Las lecturas, tus libros y, aunque eres discreta, me he dado cuenta de tus cambios de humor cuando llega Iván. En otras ocasiones, escucho tus quejas y suspiros. Y  deseo saber.
— Estás en edad. No puedo evitarlo si así lo has decidido, sólo debes de hacerlo con responsabilidad y cuidarte de un embarazo no deseado.
—Soy exacta en mis menstruaciones y puedo precisar el día que estoy ovulando. Así que reconozco cuando podría estar en riesgo de un embarazo.
— Imagino que tendrás candidato, procura ser cuidadosa en la elección y ya sabes, los feos no están permitidos —le dijo bromeando.
Lo que Inga no dijo a su tía fue que el candidato favorecido era Iván, el amante de ella.
Una Noche, cuando recién terminaban de preparar la cena, y esperaban a Iván, la Tía Romi recibió una llamada de su jefe para indicarle que pasaría por ella en media hora y que viajarían a la capital para resolver un negocio que estaba cayéndose. En un santiamén, la tía preparó maletas y encargó a la sobrina que recibiese a Iván.
Inga le abrió la puerta con una blusa holgada, sin corpiño. La falda, a través de la luz, dibujaba los muslos y ropa interior. Iván percibió el olor de la belleza y cuando supo que su compañera había tenido que viajar intempestivamente, quiso retirarse, pero Inga le dijo que la cena estaba servida.
— ¿Cómo deseas tu whisky? –Pregunto a Iván, desde el mueble donde guardaban las bebidas.
— Un poco de agua y dos hielos. Así sabe sabroso.
— ¿Qué te parece, si mientras busco la música me preparas el mío?
Iván se acercó a la cantina y en silencio, preparó la bebida. No se había percatado de la sobrina, pero, cuánto parecido tenía con Romi. Cuando Inga caminó hacia el aparato de sonido, se dio cuenta de la amplitud de la cadera y el andar sinuoso de una adolescente que empieza a sentirse parte del mundo.
Después de la cena, él consideró prudente retirarse. Le dio las gracias, elogió el sabor de los alimentos y al besarla en la mejilla, ella lo atrajo y le dijo cerca del oído:
—Quédate un rato más.fabian.perez
Supo, entonces, que un mundo de problemas vendría a su vida, pero la fragancia, peleo su lugar y en la indecisión, resonó la voz de ella.
—Es que me siento sola.
Ya no dijo nada, la abrazó dándole compañía, ella no se apartó; acercó su boca al oído y susurrándole en la oreja le dijo:
—No te arrepentirás.
Volvió con bocadillos. Se escuchaba un saxo.
— ¿Me sacas a bailar?
Él sabía, por su experiencia, en lo que terminaría. Ella no ocultaba su intención, y la ocasión era propicia. A él, le molestaba una idea, pero Inga la deshizo.
— Sólo sigo los consejos de mi tía, además, ella no tiene por qué enterarse, al menos que se lo digas tú.
— Explícame.
— Nada, no deseo que te sientas culpable, ni tampoco deseo que dejes de ser amante de mi tía.
— Debes de tener muchos amigos de tu edad.
— Son torpes, mal educados y bobos. Tú sabes tratar, veo y escucho como seduces y complaces a Romi.
Él siguió bailando, la atrajo más, y ella aceptó. Mucha de la tensión había desaparecido. Afloró en él un flujo cálido por piernas y manos. Tanto, que se atrevió a deslizarlas por las caderas y percibió en la yema de los dedos, el roce de la tela cuando los glúteos tensaban y aflojaban a cada paso del baile.
Cuando su respiración cuchicheo en su oído, percibió la respuesta. Ella mordía su labio y una secuencia de olas de rubor hacía surcos en sus mejillas. Ella sabía que esa noche dejaría de ser virgen. Él supo que ya no había retroceso.
Cuando me vio al lado de ella, se asustó en demasía; la calmé y le dije que siguiera la lectura, que leyera en voz alta, mientras iría a la cantina a preparar unas bebidas. El abuelo, había dejado muchas, así que no me fue difícil: una suave crema de almendras. Cuando regresé, apagué las luces generales y prendí una lámpara de pie, suficiente para continuar leyendo. Después de brindar y darle confianza, la insté a que siguiera la lectura en voz alta.
Iván era rodeado por los brazos de ella. La boca de él hacia recorridos desde el cuello hasta el lóbulo, se detenía en la mejilla y en la comisura. Ella abría la boca, esperando los labios, pero él –solamente- llegaba a los linderos. Así, cuando la boca estuvo muy cerca, abrió fuego.
—Bésame.
Obedeció a la palabra, pero antes de empalmarse a los de ella, los humedeció. Labios que mordisquearon, y de un beso sutil, pasó poco a poco a la sensación reciproca de unirse más, encontrarse con el calor, la textura, y admirarse de los hormigueos que recorren el cuerpo. Enlazadas las lenguas, se succionaron, movieron en la profundidad las fuerzas de lo inevitable, el no retroceso.
Se detuvieron en la mitad de la sala.
—Apriétame.
Ella percibió su erección entre sus piernas e, instintivamente, abrió el compás. Él la acompañó con movimientos suaves y encontrados, siguiendo los compases de la música. 
La voz de ella daba el acento adecuado a la lectura, pero entre silabas, se notaba otro tipo de inflexión. Percibí, pese a lo tenue de la luz, el enrojecimiento de sus labios y su blusa, apenas, si contenía la respiración. Sin pensarlo, puse mi mano sobre su muslo, si ella aceptaba, seguiría en la lectura, y si no, se levantaría indignada y afrontaría las consecuencias. Un Segundo después, la quité. Me levanté y fui de nuevo a la cantina. Al regresar con las copas, me acerqué a su oído y le cuchichee: continua. Si bien mis labios no tocaron su piel, pude percibir el temblor de su oreja, el calor que fluyó hacia mis labios y la evidencia de un pezón, levantando sus brazos. Un aroma dulce y ácido brotaba.
Decidí mantenerme de pie, detrás de ella, mientras seguía leyendo. Tenía a mi alcance la letra impresa del libro, el perfume, y la elevación acompasada de los pechos, que subían y bajaban. El silbido discreto, proveniente de las alas de la nariz que ocasionaba fugaces claudicaciones, atribuidas al fuego íntimo de la lectura, o bien a esa suave intensidad cuando se vierte el licor en la sangre. Puse ambas manos sobre sus hombros y las dejé allí.
Las manos de Iván eran dos abanicos delicados que acariciaban desde la cadera hasta la redondez, suaves yemas alisando terciopelo. Las bocas descansaban, ella en el cuello y él lamiendo el lóbulo de sus orejas. La voz del saxo caía y se levantaba.
—Apriétame con más fuerza.
La atrajo hacía él, las manos se volvieron más enérgicas y abarcaron la redondez de sus nalgas y apretándola y desapretando. Susurró: ¡así!
Ella suspiró, y él entendió que podía soportar las próximas envestidas.
Volví a su oído y le cuchicheé:
– ¡Qué bien lees!
Puse mis labios en el lóbulo de la oreja, bajando después hacia la curva del cuello, las manos deslizaron por los hombros y, sutilmente, acariciaron sus brazos. Ella tuvo que hacer un esfuerzo para no dejar la lectura.
Tienes unos pechos increíbles, mordisqueó la tela que los ocultaba.
Bésamelos. —Al mismo tiempo, se quitaba la blusa.
La orquesta acompañaba al saxo, el bajo, apenas, perceptible. Entrelazó sus manos sobre el pelo ondulado y rojizo de Iván y hacía una discreta presión para que captara la señal. Él bajo su testa y sus labios humedecieron la respiraron y lamieron la cereza rojiza que sobresalía de sus pechos. Se dio cuenta, en ese momento, que la excitación entraba por su piel, por sus ojos; y su oído era un receptáculo de placer cuando lo escuchaba gemir y decirle:
Tu ombligo hermoso y profundo.
Mis manos dejaron de acariciarle los brazos, subieron a los hombros y, lentamente, descendieron hasta llegar a la suavidad de sus pechos. Se le quebró la voz. Mi boca abrevó en sus oídos, mis labios apretaron uno de sus lóbulos. Subía los senos, para que mis manos pudiesen sopesarlos. Ella ya no era ella, yo tampoco. Éramos palabra, lectura; luz tibia que ardía entre libros, madera y olores que se despertaron de un tiempo ido.
La mano de Inga bajó hacía la entrepierna y bajó el cierre del jean. Metió la mano y palpó, lo que sólo conocía por imágenes de libro. No imaginaba que fuese así, tan duro, tan febril, como un pequeño ser vivo. Él ayudó, la destrabó del bóxer y dejó que saliera. Los dedos finos apretaron y se deslizaron para reconocer lo que ella sabía que estaría dentro. Recordó, entonces, los gritos de su tía y se estremeció. 
Ella leía con voz quebrada, yo arrodillado, mordisqueando sus muslos. Al tiempo que desabrochaba la blusa para liberar los pezones del sostén, mi boca buscaba la entrepierna, y la voz se calló cuando mis labios acoplaron a sus labios íntimos; y mi lengua atropellaba, delicadamente, sus interiores.
Recordé letra por letra de la novela, corría la humedad de mi sobrina.
Sentados en el sofá, era besada en sus areolas y ella aprisionaba con su mano el brillo, los latidos. Sintiéndose asfixiada, se levantó, quitó sus bragas con rapidez y se sentó en su regazo. Ella lo guió hasta su centro, cerró los ojos, sin pensarlo, dejó caer. Iván no daba crédito, al mirarla encontró en sus ojos un regato de lagrimas. Inga se dio cuenta que también se llora de placer y le dijo al oído: “no te muevas, que seré yo quién me desvirgue. 

pereja

 

Yo hacía, ella se dejaba y sólo las sombras confusas serían compañeras del desborde de una pasión que nunca había sentido. ¿Era Iván? ¿O era el estudiante que furioso se masturbaba en algún cuarto solitario de la ciudad? Mordisqueaba sus pechos, saboreando el olor de sus manos, pues ella en su arrebato, los tomaba y me invitaba a succionarlos, ofreciéndome el pezón alargado y rubiforme.
Acostados, desnudos, y a la breve luz de la lámpara, pude distinguir la finesa de sus formas: minúsculos pezones, duros los senos, como si estuviese dando de amamantar, piernas largas, gatunas que al sentirlas a los lados de la cintura, me abrazaban con tanta fuerza que nos hacía ser uno. Ella cerraba los ojos y me ofrecía la boca, la rudeza de su respiración y hondos suspiros que terminaban en gemidos. Quedamos en silencio, atarantados del exceso de placer y –aún- sin poder aterrizar la conciencia. Sonó el celular y ella presurosa contestó. Al tiempo que ella terminaba de hablar con su mamá, escuché que el portón de la casa se abría y por el ruido del motor, sabía que era mi esposa que llegaba de su sesión de los viernes con las damas de caridad. Sabía, también, que me buscaría y al no encontrarme en la sala de la televisión, vendría a la biblioteca. La realidad llegaba pateando las puertas.
Ella entró al baño a retocar su imagen. Yo veía – mentalmentelos movimientos de mi esposa y planeaba el escape de ella. Sobre la puerta había una rejilla de ventilación, apoyado sobre la escalera miré y tenía a mi vista la parte posterior de la casa. Bajé de la silla, fui al fondo, pues los ruidos del callejón se escuchaban vivos. Pegué mi oído al dintel deteriorado; y un apéndice, evitaba que mi oreja quedara plana a la pared. Vi que era una palanca oculta en las imperfecciones del revoque. La enganché con el dedo, tiré y tronó, como si hubiese jalado de un gatillo. Por gravedad, se deslizó la parte delgada de la pared, dejando una salida hacia el callejón.
Cuando salía del baño, entré para reacomodarme la figura. Al salir, le hice una seña de que no hablará y le mostré la puertecilla. La abrace con ternura, y al oído le dije: “toma un taxi”, mañana hablaremos y deslicé en su bolsa lo suficiente para que pagase el servicio.
Minutos después, tocaron a la puerta. Abrí. Era mi esposa. Regresé al escritorio, donde previamente había dejado varios libros.
¿Qué haces?
Revisó los libros del abuelo
¿Vas a cenar?
Claro. ¿Cómo te fue?
Bien, pero contaron cada cosa. Apúrate, porque la cena no tardo en servirla y deseo acostarme temprano. ¿Estuviste tomando?
—Sólo una crema y un whisky.
¿Y de cuando acá te gustan las cremas?
No le contesté, cerré la biblioteca y pensaba en Inga, en ella, en el abuelo y, también, en su deseo de acostarse temprano. Generalmente, se acostaba y ya. Cuando yo lo hacía, la mayor de las veces dormía profundamente. Despertarla, me costaba más sinsabores.
Con el baño me recuperé. Acostado, la luz de una pequeña lámpara conformaba el perfil de mi esposa.
Estuvieron contando cada cosa, que me puse inquieta y me retiré. Entendí que a ella se le habían despertado sus deseos y cuando estaba de lado metí mis labios en la nuca. Después de lo acontecido, no había perdido fortaleza. Le mordisqué la nuca y dije suspirando: Inga.
Ella se volteo y me dijo:
¿Y quién es Inga?
Inga es una adolescente que desea saber qué es el sexo y decide investigarlo con el amante de su tía.
-Ah es una novela, ¿y eso revisabas cuando fui a verte?
Sí.
Pues que abuelo tan caliente tuviste.
Le di la razón. Esa puertecita que da al callejón, debe de tener su historia.

Family Game – Poemas

Perturban los poemas pero hay poesía

Avatar de Marlene AyalaLiberoamérica

I

He visto la muerte en los ojos de mi madre.
Recuerdo gritos que atravesaban mi infancia
con los pies descalzos.
Había sangre en el vientre de mis muñecas,
temblores que me sorprendían en mitad del sueño,
una rosa como la aguja de una rueca,
dos cuerpos negados,
desnudos,
desiertos,
inmóviles…

II

Hay un pasillo que se pierde
en la cama de mis padres:
cada uno duerme con el enemigo,
cada uno piensa que el enemigo
está al final del pasillo…

III

Mamá acaricia un cuchillo
que descansa en el borde de mis ojos
y repite un mantra que comienza
y termina en no.
Mi hermano vierte tierra muerta sobre sus dedos
y me lava la cara.
Papá grita que la casa se incendia
y entonces se abandona al espanto
dejando al descubierto las uñas de mi madre.

IV

Hay un lobo que roe la cabeza de mi madre,
ella…

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Intimidades pedagógicas

«En verdad, en verdad os digo que serán bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Que serán bienaventurados los que tengan hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia porque de ellos es el Reino de los Cielos…»

Entonces se le interrumpió para decirle:
¿Tenemos que aprenderlo de memoria?
Y Andrés dijo:-¿Tenemos que escribirlo?
Y Santiago dijo:-¿Nos va a tomar prueba de esto?
Y Felipe dijo: -¡No tengo papiro!
Y Bartolomé dijo: -¿Tenemos que hacer una monografía?
Y Juan dijo:-¿Puedo ir al baño?
Y Judas dijo: -¿Y esto para qué sirve?
Entonces uno de los tantos fariseos presentes, que nunca había enseñado, pidió ver la planificación de Jesús, y ante el asombro del Maestro, le inquirió en estos términos:
-¿Cuál es el nombre del proyecto áulico?
-¿Cuáles son las expectativas de logro?
-¿Tiendes al abordaje del área en forma globalizada?
-¿Has seleccionado y jerarquizado los contenidos?
-¿Cuáles son las estrategias?
-¿Responden a las necesidades del grupo para asegurar la significatividad del proceso de Enseñanza – Aprendizaje?
-¿Has proporcionado espacios de encuentros a fin de coordinar acciones transversales?
-¿Cuáles son los contenidos conceptuales? ¿Cuáles los procedimentales?
-¿Cuáles los actitudinales?
Caifas, el mayor de los fariseos, le dijo:
-Después de la instancia compensatoria de marzo, me reservo el derecho a promover directamente a tus discípulos para que al rey Herodes Antipas no le fallen las encuestas.

sermon

 

Como no desear una noche contigo

Hace algunos años me prendí con la idea de narrar con mi voz algunos poemas, abrí un canal en youtube y lo puse en marcha, el paso siguiente fue ver mis cuentos grabados en video con el apoyo de una institución y la asesoría del director de cine Ricardo Benet fue posible, llevar dos cuentos breves, que hicieron un buen papel en los  concursos internacionales( Argentina y España) y de mi país.  Los videos  no los han subido a la red, espero que algún día me den la sorpresa.

Tomo la dirección y les ofrezco el poema.

El potro del 2018 ( Felicidades a los que sigo y a mis seguidores. Abrazo y rosas para mis amigas)

A este Potro que viene, hay que montarlo, domarlo y hacerlo a tu modo, pero si te tira. párate, vuelve a montar y hunde los talones a fondo, y que aprenda que eres tú el que decide.

potro