La tía Daniela de Ángeles Mastreta

La tía Daniela se enamoró como se enamoran siempre las mujeres inteligentes: como una idiota. Lo Había visto llegar una mañana, caminando con los hombros erguidos sobre un paso sereno y había pensado: “Este hombre se cree Dios”. Pero al rato de oírlo decir historias sobre mundos desconocidos y pasiones extrañas, se enamoró de él y de sus brazos como si desde niña no hablara latín, no supiera lógica, ni hubiera sorprendido a media ciudad copiando los juegos de Góngora y Sor Juana como quien responde a una canción en el recreo.
Era tan sabia que ningún hombre quería meterse con ella, por más que tuviera los ojos de miel y una boca brillante, por más que su cuerpo acariciara la imaginación despertando las ganas de mirarlo desnudo, por más que fuera hermosa como la virgen del Rosario. Daba temor quererla porque algo había en su inteligencia que sugería siempre un desprecio por el sexo opuesto y sus confusiones.
Pero aquel hombre que no sabía nada de ella y sus libros, se le acercó como a cualquiera. Entonces la tía Daniela lo dotó de una inteligencia deslumbrante, una virtud de ángel y un talento de artista. Su cabeza lo miró de tantos modos que en doce días creyó conocer a cien hombres.
Lo quiso convencida de que Dios puede andar entre mortales, entregada hasta las uñas a los deseos y las ocurrencias de un tipo que nunca llegó para quedarse y jamás entendió uno solo de todos los poemas que Daniela quiso leerle para explicar su amor.
Un día, así como había llegado, se fue sin despedir siquiera. Y no hubo entonces en la redonda inteligencia de la tía Daniela un solo atisbo de entender qué había pasado.
Hipnotizada por un dolor sin nombre ni destino se volvió la más tonta de las tontas. Perderlo fue una larga pena como el insomnio, una vejez de siglos, el infierno.
Por unos días de luz, por un indicio, por los ojos de hierro y súplica que le prestó una noche, la tía Daniela enterró las ganas de estar viva y fue perdiendo el brillo de la piel, la fuerza de las piernas, la intensidad de la frente y las entrañas.
Se quedó casi ciega en tres meses, una joroba le creció en la espalda, y algo le sucedió a su termostato que a pesar de andar hasta en el rayo del sol con abrigo y calcetines, tiritaba de frío como si viviera en el centro mismo del invierno. La sacaban al aire como a un canario. Cerca le ponían fruta y galletas para que picoteara, pero su madre se llevaba las cosas intactas mientras ella seguía muda a pesar de los esfuerzos que todo el mundo hacía por distraerla.
Al principio la invitaban a la calle para ver si mirando las palomas o viendo ir y venir a la gente, algo de ella volvía a dar muestras de apego a la vida. Trataron todo. Su madre se la llevó de viaje a España y la hizo entrar y salir de todos los tablados sevillanos sin obtener de ella más que una lágrima la noche que el cantador estuvo alegre. A la mañana siguiente le puso un telegrama a su marido diciendo: “Empieza a mejorar, ha llorado un segundo”. Se había vuelto un árbol seco, iba para donde la llevaran y en cuanto podía se dejaba caer en la cama como si hubiera trabajado veinticuatro horas recogiendo algodón. Por fin las fuerzas no le alcanzaron más que para echarse en una silla y decirle a su madre: “Te lo ruego, vámonos a casa”.
Cuando volvieron, la tía Daniela apenas podía caminar y desde entonces no quiso levantarse. Tampoco quería bañarse, ni peinarse, ni hacer pipí. Una mañana no pudo siquiera abrir los ojos.
-¡Está muerta! – oyó decir a su alrededor y no encontró las fuerzas para negarlo.
Alguien le sugirió a su madre que ese comportamiento era un chantaje, un modo de vengarse en los otros, una pose de niña consentida que si de repente perdiera la tranquilidad de la casa y la comida segura, se las arreglaría para mejorar de un día para el otro. Su madre hizo el esfuerzo de abandonarla en el quicio de la puerta de la Catedral.
La dejaron ahí una noche con la esperanza de verla regresar al día siguiente, hambrienta y furiosa, como había sido alguna vez. A la tercera noche la recogieron de la puerta de la Catedral con pulmonía y la llevaron al hospital entre lágrimas de toda la familia.
Ahí fue a visitarla su amiga Elidé, una joven de piel brillante que hablaba sin tregua y que decía saber las curas del mal de amores. Pidió que la dejaran hacerse cargo del alma y del estómago de aquella náufraga. Era una creatura alegre y ávida. La oyeron opinar. Según ella el error en el tratamiento de su inteligente amiga estaba en los consejos de que olvidara. Olvidar era un asunto imposible. Lo que había que hacer era encauzarle los recuerdos, para que no la mataran, para que la obligaran a seguir viva.
Los padres oyeron hablar a la muchacha con la misma indiferencia que ya les provocaba cualquier intento de curar a su hija. Daban por hecho que no serviría de nada y sin embargo lo autorizaban como si no hubieran perdido la esperanza que ya habían perdido.
Las pusieron a dormir en el mismo cuarto. Siempre que alguien pasaba frente a la puerta oía a la incansable voz de Elidé hablando del asunto con la misma obstinación con que un médico vigila a un moribundo. No se callaba. No le daba tregua. Un día y otro, una semana y otra.
-¿Cómo dices que eran sus manos? – preguntaba. Si la tía Daniela no le contestaba, Elidé volvía por otro lado.
-¿Tenía los ojos verdes? ¿Cafés? ¿Grandes?
-Chicos – le contestó la tía Daniela hablando por primera vez en treinta días.
-¿Chicos y turbios?- preguntó la tía Elidé.
– Chicos y fieros – contestó la tía Daniela y volvió a callarse otro mes.
– Seguro que era Leo. Así son los de Leo – decía su amiga sacando un libro de horóscopos para leerle. Decía todos los horrores que pueden caber en un Leo. – De remate, son mentirosos. Pero no tienes que dejarte, tú eres de Tauro. Son fuertes las mujeres de Tauro.
– Mentiras sí que dijo – le contestó Daniela una tarde.
-¿Cuáles? No se te vayan a olvidar. Porque el mundo no es tan grande como para que no demos con él, y entonces le vas a recordar sus palabras. Una por una, las que oíste y las que te hizo decir.
-No quiero humillarme.
-El humillado va a ser él. Si no todo es tan fácil como sembrar palabras y largarse.
-Me iluminaron -defendió la tía Daniela.
– Se te nota iluminada – decía su amiga cuando llegaban a puntos así.
Al tercer mes de hablar y hablar la hizo comer como Dios manda. Ni siquiera se dio cuenta cómo fue. La llevó a una caminata por el jardín. Cargaba una cesta con fruta, queso, pan, mantequilla y té. Extendió un mantel sobre el pasto, sacó las cosas y siguió hablando mientras empezaba a comer sin ofrecerle.
– Le gustaban las uvas – dijo la enferma.
– Entiendo que lo extrañes.
Sí – dijo la enferma acercándose un racimo de uvas -. Besaba regio. Y tenía suave la piel de los hombros y la cintura.
-¿Cómo tenía? Ya sabes – dijo la amiga como si supiera siempre lo que la torturaba.
– No te lo voy a decir – contestó riéndose por primera vez en meses. Luego comió queso y té, pan y mantequilla.
– ¿Rico? – le preguntó Elidé.
– Sí – le contestó la enferma empezando a ser ella.
Una noche bajaron a cenar. La tía Daniela con un vestido nuevo y el pelo brillante y limpio, libre por fin de la trenza polvorosa que no se había peinado en mucho tiempo.
Veinte días después ella y su amiga habían repasado los recuerdos de arriba para abajo hasta convertirlos en trivia. Todo lo que había tratado de olvidar la tía Daniela forzándose a no pensarlo, se le volvió indigno de recuerdo después de repetirlo muchas veces. Castigó su buen juicio oyéndose contar una tras otra las ciento veinte mil tonterías que la había hecho feliz y desgraciada.
– Ya no quiero ni vengarme – le dijo una mañana a Elidé -. Estoy aburridísima del tema.
– ¿Cómo? No te pongas inteligente – dijo Elidé-. Éste ha sido todo el tiempo un asunto de razón menguada. ¿Lo vas convertir en algo lúcido? No lo eches a perder. Nos falta lo mejor. Nos falta buscar al hombre en Europa y África, en Sudamérica y la India, nos falta
encontrarlo y hacer un escándalo que justifique nuestros viajes. Nos falta conocer la galería Pitti, ver Florencia, enamorarnos en Venecia, echar una moneda en la fuente de Trevi. ¿Nos vamos a perseguir a ese hombre que te enamoró como a una imbécil y luego se fue?
Habían planeado viajar por el mundo en busca del culpable y eso de que la venganza ya no fuera trascendente en la cura de su amiga tenía devastada a Elidé. Iban a perderse la India y Marruecos, Bolivia y el Congo, Viena y sobre todo Italia. Nunca pensó que podría convertirla en un ser racional después de haberla visto paralizada y casi loca hacía cuatro meses.
– Tenemos que ir a buscarlo. No te vuelvas inteligente antes de tiempo – le decía.
– Llegó ayer – le contestó la tía Daniela un mediodía.
– ¿Cómo sabes?
– Lo vi. Tocó en el balcón como antes.
– ¿Y qué sentiste?
– Nada.
-¿Y qué te dijo?
– Todo.
– ¿Y qué le contestaste?
– Cerré.
-¿Y ahora? – preguntó la terapista.
– Ahora sí nos vamos a Italia: los ausentes siempre se equivocan.
Y se fueron a Italia por la voz del Dante: “Piovverà dentro a l’alta fantasía.”

 

Perdón de Rubén Abella

Epifanio quería irse en paz y con las cuentas bien hechas, así que, antes de que fuera demasiado tarde, decidió pedir perdón a todos aquellos a quienes, según los libros de su conciencia, había hecho daño durante su larga estancia en el mundo. Mano a mano con su memoria elaboró una’ lista, usando como criterio de prioridad el calibré, según su propia apreciación, del dolor infligido. Luego se acomodó en el sillón, abrió la agenda, cogió el teléfono y empezó a llamar.
Con Ramiro Pereda no pudo hablar porque ya estaba muerto. Su hijo, sin embargo, se despachó a gusto al caer en la cuenta de quién era.
-Su delación mandó a mi padre a la cárcel, me imagino que eso lo sabe. Lo que no creo que sepa es cómo lo torturaron, cómo lo humillaron, cómo lo rompieron por fuera y por dentro. Lo soltaron de milagro, gracias a la intervención de un amigo. Un amigo de verdad, no un traidor y un cobarde como usted. No vuelva a llamar, Epifanio. En lo que a esta familia respecta, usted no existe.
Con Pepa, su primera mujer, sí pudo hablar, aunque no con mejor suerte.
-Te perdono las broncas, los disgustos… Hasta las infidelidades te perdono, fíjate. Lo que no te puedo perdonar es que me dejases vivir engañada, haciéndome creer que a pesar de todo me querías. Eso no, Epifanio, eso no tiene perdón de Dios.
Consternado, Epifanio marcó otro número.
-¿Está borracho? -preguntó Octavio Márquez, atónito-. Porque hay que estar muy borracho para atropellar a alguien en la acera, como usted atropelló a mi hijo, pero mucho más para pedir perdón así, de repente, después de tantos años. Métase usted la culpa por donde le quepa, Epifanio -dijo, y colgó el teléfono.
Epifanio se quedó inmóvil, con la cabeza apoyada en el respaldo del sillón y la agenda abierta en las rodillas.
-Maldita conciencia -murmuró y, haciendo trizas la lista, se levantó y fue a tirarla a la papelera.

buitre

La indecisión

Se levantaba el pantalón de mezclilla, recomponía su camisa de cuadros de manga larga, veía con estilo la hora de su reloj plateado y se perdía en aceras pobladas. Veía sin ver los aparadores y detenía sus ojos en la mujer que tuviese un abultado trasero. Aquella noche la encontró. Con discreción se adelantó para mirarla de reojo, era muy hermosa. Ella le miró con sus ojos brillantes.
En el instante en el que iba abordarla, se detiene paralizado.
—¿Le digo un piropo? ¿La saludo? ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Si le pregunto y me contesta? ¿Si deja que la acompañe y con suerte acepta? ¿Después, con qué dinero podría invitarle un café?
¿y… si había química de dónde sacaría para el hotel? ¡Eso sería tener buena suerte! bien sabe que está en un lugar de putas, y dirá que le has caído bien y te cobrará barato.
Cabizbajo regresó al departamento de su tía.

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Ficticia es una ciudad virtual y yo soy un ficticiano

LA PASIÓN: SEGÚN FICTICIA
(Artículo publicado por la Dra. Dolores M. Koch, en «Revista Hostos Review. de la City Universty of New York, No. 6: Antes y después del dinosaurio: el microrrelato en América Latina.»Mayo 2009 )

 Alfonso Pedraza Pérez.

Creador y coordinador del

 Taller de minicuento de Ficticia

ABSTRACT
 Trata del nacimiento, evolución y logros en seis años de actuación del taller de minicuento de www.ficticia.com. De su razones de existir, sus frutos y los principios que infunde entre sus participantes.
EN EL PRINCIPIO…
El nacimiento del Taller de minicuento, del portal de internet Ficticia (http://www.ficticia.com), es resultado de un cúmulo de pasiones, casi al grado de lo orgiástico.  Nace por satisfacer, contagiar y divulgar la pasión por el texto breve, la recreación de lo real o de lo fantástico, y la belleza de la palabra[2]. Los ficticianos (nuestra nacionalidad virtual) hemos actuado en reacción, como lo hacen las ONG (organizaciones no gubernamentales); a iniciativa propia, con la complacencia de los propietarios de la página y la ayuda de muchos expertos y escritores del género, ellos a su vez nos propagan y acicatean este virus.
Los tiempos modernos de la electrónica parecen haber sido creados a propósito para ello y la pantalla de la computadora el medio idóneo para leer minitextos. Los espacios fragmentados en que nos desenvolvemos en la vida actual también contribuyen. Lauro Zavala afirma: “Tal vez el auge reciente de las formas de escritura itinerante propias del cuento brevísimo, y en particular las del cuento ultracorto, son una consecuencia de nuestra falta de espacio y de tiempo en la vida cotidiana contemporánea. […] también este auge tiene relación con la paulatina difusión de las nuevas formas de la escritura, propiciadas por el empleo de las computadoras.”[3]
Esta reacción no es privativa de nuestro medio, tenemos noticias que en tiempos paralelos, se ha presentado un auge en la práctica de la minificción en países lejanos y de idiomas diferentes al español, la lengua materna del minicuento, como lo reconocen en Japón y Corea. La Dra. Koch escribe: “Yu Honma estaba tan fascinado con los micro-relatos, que desde 1998 los escribe y publica en su sitio en la Red. Pronto organiza concursos mensuales, y forma un club de aficionados ( www.jali.or.jp/club/honma )”[4]. Yu Honma a su vez confirma  “Para mí el modelo de microcuentos está en Hispanoamérica y el problema es cómo fijar el microcuento como género en la literatura japonesa.”[5]
¿Acaso son los tiempos y no los lugares, ni los idiomas, los más propicios para decir mucho y de la forma más bella, en pocas palabras?
DONDE SE EXPONE COMO CONTACTÉ CON DIOS:
¿De verdad sólo tenemos tiempo en el mundo actual para escribir y leer minificciones? Sandra Lorenzano[6]
En la adolescencia, me encontré con la revista “El Cuento. Revista de la imaginación” en los puestos de periódicos cercanos a la escuela preparatoria. Fue mi primer contacto con la minificción y caí en el embrujo de los textos con pocas palabras. La Minificción, como una entidad definida o como un fin de la escritura. Precisamente en esa publicación fue bautizada con tal nombre como lo afirma Edmundo Valadés: “el cuento breve o brevísimo no ha merecido ni recuento, ni historia, ni teoría, ni nombre específico universal, […] salvo los que desde la revista El cuento le dimos de minicuento o minificción, y que han ido generalizándose”[7]. De esa magnitud era la importancia que se le daba en esa publicación hoy tan memorable.
En ese tiempo, a más de disfrutar la lectura de verdaderas antologías en las que consistía cada número de la revista, reservaba un tiempo para examinar sus editoriales; artículos siempre interesantes sobre el quehacer y el ser del cuentista. Y, en forma por demás meticulosa, regocijarme del correo del lector, pues en ellas, Edmundo nos transmitía perlas de sabiduría en forma de consejos prácticos y bienintencionados. Era una guía lejana, escasa, sin embargo valiosa para los que, como yo, habíamos caído en el encanto de decir mucho con pocas palabras, de decir todo con apenas insinuaciones, de expresar las cosas con precisión y belleza. Si bien, con relativa frecuencia, su mensaje era directo para decir que el texto analizado no era un minicuento. En ese momento surgía la excitación de descubrir entre sus líneas el quid del asunto. ¿Cómo es posible que un aviso de ocasión en un diario, una misiva personal, un cuasi chiste, eran un minitexto literario? ¿Por que con pocas palabras, en escuetas palabras, muy a menudo carentes de elocuencia, de la retórica acostumbrada, se podía fascinar al lector?
El misterio se develaba a cuentagotas. La publicación de cada número de la revista significaban meses enteros de espera, en ocasiones aparecían a la venta únicamente dos o tres números al año. Un tiempo de espera muy prolongado. Para poder relacionar una crítica y conocer el texto que analizaba debíamos esperar en números subsecuentes su aparición. O revisar números anteriores para recordar y dar el aval personal a un texto con un veredicto de “ganador”.
Trascurre el tiempo, a inicios del presente milenio, aprendí a conocer el mundo de la red virtual mundial a través de sus buscadores. Hice mis primeros intentos con las palabras cuento y minicuento y ante mis ojos aparecieron como por magia, cientos de páginas dedicadas al tema. De eso a encontrar foros de participación directas bastó un instante. Intenté militar en varios de ellos. La mayor parte tenían escasa participación.
Un día  tropecé con www.ficticia.com y su foro de acceso abierto “Puerto Libre”. Como ciudad costera y cosmopolita, recibía visitas de ficticianos que contactaban de diversos países de América y Europa. Amparado en el anonimato que ofrece el Internet, empecé a insertar algunos minitextos; escritos bisoños que recibían comentarios casi instantáneos. Hice amistad con el grupo y llegue a ser un parroquiano más del sitio. Era una especie de club de amigos donde los halagos y palmadas al hombro no se escamoteaban. Las minificciones, las “minis”, como les llamamos de cariño, se mezclaban con cuentos de extensión normal y otro tipo de escritos.
Recordando el espíritu de mi querida revista, un día contacté con el “Dios”[8] de Ficticia (“Dios” en realidad es una santísima trinidad: Dios Padre; Marcial Fernández. Escritor y editor que se ocupa de lo literario. Dios Hijo; Raúl José Santos. Ingeniero en sistemas que se ocupa del buen funcionamiento de este mundo virtual. Y Dios Espíritu Santo; Mónica Villa. Fotógrafa y traductora. A su cargo está la imagen del sitio), le escribí de mis pretensiones de estimular la escritura y el conocimiento sobre la minificción, y como todo ser divino y complaciente[9], también un consumado minificcionista,  no sólo permitió crear un club con el pretencioso nombre de Taller de Minicuento; sino que gracias a su poder infinito concibió un lugar especial en el portal al que llamó “Marina. Espacio dedicado a las minificciones de los navegantes. Taller participativo”[10].
Con respecto de la instauración de la Marina, la Dra. Laura Pollastri afirma: “Llamativamente, la creación del lugar exclusivo para la minificción responde a una interacción entre el público y los creadores de la página [se refiere a ficticia]: el lector interactivo se abastece de un espacio específico para algo que advierte como singular en el vasto campo de la narrativa breve, y como necesario en el universo literario de la red.[…] Nacida fuera de las pantallas de PC, la minificción se articula e interacciona en ella como un lugar natural del universo informático.”[11]
DONDE HAY REMEMBRANZAS DE LOS PRIMEROS PASOS DEL TALLER:
De los puertos se parte y a los puertos se llega. Navegantes somos y en la mar del cuento andamos. Agustín Monsreal[12]
En Julio de 2001 inicia el foro Marina, donde reside nuestro taller. En el mensaje de bienvenida se mantiene el ambiente portuario y náutico. El olor de mar. Ámbito mediante el cual Ficticia abre sus puertas (Puerto Libre y Marina) a los visitantes que inician o mejoran sus haberes literarios.
 Lleguen las gaviotas, vuelen atisbando todos los rincones. Los lobos de mar a reposar sus accidentadas travesías. Los curiosos turistas ávidos de sorpresas y recuerdos. Los noveles grumetes a perfeccionar sus artes. Los bucaneros indómitos a buscar tesoros y camorra. Los nativos a edificar nuevos refugios y formar nuevas alianzas. Lleguen todos a poblar esta tierra virgen. A dejar huella.[13]
En ésta primera etapa del taller, se estimuló la participación mediante eventos de concursos. El incentivo, que implicaba competencia, fue bien recibido en el pequeño círculo de amigos. El grado de privacidad y de reserva que da el internet, además del libre acceso al foro fueron determinantes.
Convocábamos cada diez días a un concurso. La periodicidad elegida, fue resultado de la necesidad de agilizar la práctica  de la escritura de minicuento. Diez días, porque para la creación de un minitexto se requiere, de inicio, un proceso mental,  posteriormente una primera escritura y una o más revisiones antes de su publicación en el foro[14]. Tampoco un lapso mayor, porque se pretendió que la participación fuera dinámica y la práctica de la escritura considerada como un trabajo constante, un ejercicio persistente; como la resolución de un problema (el tema o ejercicio que se propone en cada convocatoria). En contraste, como afirma Héctor Alvarado, cuando se está en el mundo real, fuera del taller, el tema o propósito lo elegirá el escritor. “Entonces, escribir un cuento es escoger un suceso que puede ser único, concreto y cerrado cuya peculiaridad permita desarrollarlo como ficción,»[15].
Conscientes de los limitados conocimientos que sobre el tema teníamos en el grupo, desde el inicio publicamos un boletín para cada concurso. Elegimos artículos sobre el cuento y minicuento, análisis sobre su escritura y consejos de celebres escritores que iban de Rulfo a Dolores M. Koch, de Cortázar a Lauro Zavala, de García Márquez a Violeta Rojo, del conocimiento de Guiones de diálogo a las cacofonías y aliteraciones, y así lograr un consenso y un nivel de conocimiento que nos diera, además de lo lúdico, armas para lo artístico. Se enviaron por e-mail a cada uno de los ficticianos que lo solicitaban.[16]
Esto constituye, en nuestra historia del taller, la etapa de la crítica doméstica. Nuestros jurados fueron los mismos ficticianos, los más experimentados y reconocidos. Se llevaron a cabo diecisiete concursos en seis meses de funciones. En poco tiempo se empezó a notar la necesidad de recibir consejo y crítica de verdaderos eruditos del género.
SEGUNDA ETAPA DEL TALLER: ENTRADA AL MUNDO REAL DE LA MINIFICCIÓN
Con mis textos breves persigo la agilidad y la concisión máxima en la forma de narrar, de traducir simbólicamente el mundo. Julia Otxoa[17] 
 La necesidad de conocer el real nivel de calidad de nuestros escritos nos hizo buscarla en la ayuda de expertos en minificción. Invitamos al Prof. Lauro Zavala quien nos abrió el mundo real de ella, y con su aval, el contacto con los principales especialistas del género[18]. La participación aumenta considerablemente en cada concurso. Hasta cincuenta minitextos en cada evento.  Los jurados se hallaron en apuros. Nos manifestaban la dificultad de enviar una crítica o comentario a cada uno de los participantes en únicamente los tres días de plazo que les asignábamos para dar su veredicto. Fue necesario restringir a un solo texto por participante y por concurso, aunque esta medida fue solo un buen deseo; se podían utilizar nombres diferentes y participar con otros textos.  Éste incremento en la concurrencia nos revelaba la gran apetencia de participación, no obstante la capacidad de atenderlos se percibía restringida.
En ésta segunda etapa la crítica es externa y de calidad, pero el taller aún no funcionaba como uno verdadero. Tuvo una duración de seis meses y llegó a su fin con el concurso XXXVI (1er. aniversario)
LA MARINA.
Todo escritor que crea, es un mentiroso; la literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación. Para mí lo primordial es la imaginación. Juan Rulfo  [19]
La dificultad que causó atender la creciente participación en los concursos precisó cambiar la estructura, una que funcionara como un verdadero taller virtual. De entre los participantes más animosos se seleccionaron una veintena, aquellos que ya mostraban conocimiento teórico y práctico en la escritura de minificciones, acaso por a la experiencia obtenida en participar en numerosos concursos o debido a la instrucción obtenida mediante el análisis de los boletines. Con este grupo de personas se crea la tripulación de la marina, los que hasta el momento actual realizan las labores más dedicadas, más delicadas; examinar los textos y prodigar opinión y consejo a los autores participantes.
Los certámenes son mensuales. Los primeros veinte días de participación se destinan a la recepción de minicuentos. Un tallerista para cada uno de esos días atiende la marina: lee, analiza y enjuicia cada una de las “minis” que solicitan participar. Comenta e instruye a cada autor en el mismo foro en los siguientes días. A partir de que existe esta modalidad, cosa atrayente, los participantes interesados pueden revisar cada uno de los comentarios y recomendaciones que el tallerista ofrece durante la jornada, no sólo los de sus propios textos. De esa forma pueden hacer un seguimiento de la depuración y progresión de cada minicuento.
Otro de los nuevos aspectos del taller, es que ahora ya es posible participar cotidianamente. Para los ficticianos prolíficos es una bendición tener hasta un texto por día esperando crítica. Para otros, aquellos que no han sido seleccionados en su día de participación, la oportunidad de volver a concursar, con otro tallerista y con el texto ya retocado con los consejos que recibió en el primer intento. Estas ventajas son convenientes para hacerle comprender al participante asiduo que un escritor formal, no espera el llamado de las musas, escribe sus obras de calidad en base al trabajo continuo. Rulfo lo mencionaba, “Cuando empiezo a escribir no creo en la inspiración. El asunto de escribir es un asunto de trabajo”[20].
El carácter de concurso continúa. El tallerista (tripulante) elige de entre los participantes de su jornada, uno o varios textos participantes que a su parecer tienen calidad y merecen ser mejorados. Entonces, autor y tallerista comunicándose vía correo electrónico, pulen y aderezan el texto hasta su total satisfacción, y en el día veinticinco del mes la vuelven a publicar en el foro en la denominada “Muestra mensual”. El total de minis seleccionadas en los veinte días de tallereo son sometidas al mismo procedimiento.
Por último, dicha muestra se envía al jurado mensual para que elija la(s) mejor(es).  Su dictamen nos indica qué mininitextos tienen el privilegio de aparecer en un lugar de honor, en la cabecera de la Marina, cuya permanencia cambia en forma aleatoria cada día.
Los temas o problemas estilísticos a resolver en cada concurso son, hasta el momento actual, elegidos por los jurados en turno, como una forma de estandarización de los textos y su evaluación sea más asequible. Al cabo de los seis años de actividades la diversidad en el listado de temas acaso merece un estudio aparte. De los generales de amor, dios, o locura, a los específicos como la masturbación, el estornudo, el ombligo. De la metaficción ultracorta y los ejercicios de estilo a textos de Alfonso Reyes,  a utilizar las curvas cónicas y los zaparos rojos. De las pesadillas a variaciones de proverbios. El ingenio y voluntad de recrear lo real y crear lo fantástico no es privativo de los participantes, también lo ha sido de los jurados.
Otro punto importante en los objetivos del taller es la crítica, la que se da y la que se recibe. Para ambas es indispensable el aprendizaje y la madurez que da la práctica. Ha sido la parte más difícil de desarrollar en el taller. Pasar del halago fácil o la descalificación sin bases a una crítica concienzuda y razonada se ha logrado, más no se ha generalizado
En esta etapa actual del taller, ya se aplica una crítica doméstica instruida, respaldada por jurados que tienen renombre y calidad.
Y DESPUÉS DE TODO ¿QUE?:
La brevedad es un futuro. Un relato que no ha sido narrado del todo está lleno de futuro. Yu Honma[21]
El portal www.ficticia.com está destinado al género literario del cuento. En exclusiva al cuento actual en español. Su antología alberga cientos de cuentos, en su mayor parte cuentos breves. Está repartida temáticamente en cada parte de la ciudad virtual, (como el panteón, el hotel o cantina) aunque puede accederse también por autor. En cada actualización se agregan  nuevos escritores de varias partes del mundo, aunque no sean hispanoparlantes, pero que escriben en español.
En este portal gratuito, se incentiva la participación del visitante por medio de sus foros abiertos. Puede uno publicar algún texto, de forma directa e instantánea. Desde ese momento, el escrito empieza a recibir comentarios de otros visitantes destacando sus méritos o fallos y uno a debatir con ellos. Este intercambio es indefinido y pueden cruzarse innumerables puntos de vista para defender o criticar cada punto literario o extraliterario, hasta que el convencimiento o cansancio de alguno de ellos lo permita. Hay tres foros para este fin: El café literario, para el intercambio de temas y asuntos literarios. El puerto libre, donde se pueden insertar cuentos, leerlos y criticarlos. La Marina, espacio de Minificciones. Su formato sólo recibe textos de cerca de media cuartilla. Es uno de los foros más activos en cuanto a participación.
Su taller de minicuento creado en Julio de dos mil uno, en seis años de actividades continuas  ha recibido miles de minitextos, cuya extensión raramente ocupa la máxima destinada, durante casi cien concursos: Treinta y seis decenales de la primera y segunda etapa y sesenta concursos mensuales en los cinco años de la tercera etapa. Significan mil doscientos días de tallereo, con un promedio de quince minis recibidas por día, una estimación de ¡diez y ocho mil minis! Esto significa, como lo indicaba muy al inicio, un sinnúmero de pasiones mezcladas, encadenadas, instigadas de uno al otro, entre cientos de participantes: Escritores aprendices de la escritura del minicuento, decenas de talleristas[22] y jurados[23] que han otorgado, con agrado, su tiempo y conocimiento desinteresados.
Por fuera del foro, han sucedido también muchos felices sucesos que ostentar: Se han publicado un ciento de minificciones en La Jornada Semanal, suplemento dominical de uno de los diarios más prestigiados de México[24]. Algunos más en revistas literarias[25]. Han sido elegidos varios textos para antologías de minificción[26], y otros para artículos referentes al género[27]. El taller tiene el gozo de haber sido tema de un artículo de la Dra. Laura Pollastri: DEL PAPEL A LA RED: LUGARES DE LEGITIMACIÓN DE LA MINIFICCIÓN, ya citado con anterioridad. Algunos ficticianos publicaron libros en editoriales y otros, por su propio esfuerzo, en ediciones particulares, sin menoscabo de otros que tienen sus páginas en internet.
Todos estos logros no nos hacen olvidar que el primigenio interés, la razón de ser de la existencia del taller es que se difunda la escritura y lectura de la minificción.
El espíritu del taller además trata de promulgar:
  • Que la creación de un minicuento es fácil. Mas, como lo es también en otros ámbitos, escribir “minis” que posean calidad literaria no lo es.
  • Que es una forma de escribir, de transmitir lo que no puede ser expresado en una novela o en un cuento.
  • Que las minificciones no son poesía aunque en ocasiones lo parezca (Un maestro mexicano de cuento, el Prof. Rafael Antúnez, se refiere al cuento en general como la poesía más difícil, la más complicada, pues no recibe ayuda de la métrica ni de la rima, cada línea nace sola, sin la ayuda que le dan en la poesía, una línea a la siguiente, esas figuras retóricas).
  • Que el minicuento o minificción, es un texto breve que concentra intensidad y belleza.
  • Que se leen en un instante, se releen en un momento, y se reflexionan por mucho tiempo más.
  • Que éstas, son el resultado, en la mayor parte de los casos, de una idea que nace y se desarrolla mentalmente pues cuando se toma el lápiz o el teclado para escribirla, ya se tiene en la mente, la totalidad de la estructura de lo que se quiere narrar.
  • Que en la minifición lo básico es la acción, la cual se privilegia incluso a la presencia y detalles del protagonista, su entorno y tiempo.
  • Que es muy frecuente buscar un final sorpresivo, así el desenlace ocurra en lo absurdo o paradójico.
  • Que la brevedad de un minicuento no es el punto primordial de su calidad literaria,  y es resultado de podar lo superfluo, lo que no es necesario para transmitir la idea central del texto.
  • Y que ésta brevedad nace también del buen lector de minificciones, al evitar darle situaciones, datos, o acontecimientos que debe conocer. Ya que, a menudo, dice (callando) mucho más de lo que se les puede leer.
  • Que el trabajo de corrección es largo, y consiste en rectificar palabra por palabra. Que no existan accidentes gramaticales, más de los que uno intencionalmente coloque. Que no sobre ni falte una sola palabra y las que contenga estén perfectamente escritas y en el lugar debido.
  • Que leer un texto de autor desconocido y poder catalogarlo como obra literaria es cuestión de criterios, pero impera el conocimiento, en muchas ocasiones del sentimiento propio que se tenga para valorarlas.
Si hablamos de las ventajas que da el internet en la difusión del minicuento, diremos que son realmente muchas: En general, son páginas gratuitas. Algunas sólo requieren algún requisito de identidad (seudónimo  y dirección electrónica) para acceder a los espacios o foros especializados y serios de cuento. El formato propio del monitor de la computadora es otro de los puntos que favorecen la accesibilidad de leer una minificción a diferencia de lo que un cuento, y aún más, una novela requieren.
Para aprovechar estas ventajas, el participante debe tener el interés primordial (o a caso algo de curiosidad) de integrarse y leer un mundo de palabras ya escritas. Nos hemos percatado en el tiempo de existencia del taller, que el lector de minificciones, en general, también las escribe. Para él, residen las principales ventajas: la facilidad que tiene en mostrar sus textos, con inmediata retroalimentación de sus méritos y deméritos, aprovechando el cómodo anonimato que el medio ofrece.
CODA DE PASIONES.
 Digamos por último que la minificción es la gracia de la literatura. Edmundo Valades[28] 
 El taller sigue su ritmo. Cuando la muestra mensual del día 25 se ha cerrado, y aún antes de conocer algún veredicto; los días 26 de cada mes se lanza una nueva convocatoria con un nuevo jurado y un nuevo tema. Y la pasión no decae. El número de participantes y colaboraciones aumenta y se mantiene. El mundo de Ficticia y sus habitantes virtuales no reposa, pues mientras América duerme, Europa inunda el foro y en ambos sentidos, los noctámbulos coinciden con los concurrentes en vigilia.
Es éste, nuestro país, que Arreola (como lo esboza su Doxografía) debe haber conocido. Si acaso decides visitarlo y viajar entre los recovecos de su antología y de sus foros con seguridad lo encontrarás.
ANEXO: Cronograma mensual de las actividades del taller
Día 26 (del mes anterior): Se  publica Convocatoria: (Informa sobre: Jurado, Tema del mes, Calendario de Talleristas. Contenido del boletín Mensual.Actor: Coordinadora del taller. En la Bitácora de la Marina http://www.ficticia.com/bitacora.php.
Días 1° a 20° del mes: Tallereo en La Marina, espacio de Minificciones. (Cada día, un tallerista diferente, comenta  en forma individual, cada uno de los textos y selecciona alguno(s)Actores: 20 talleristas. Numero incierto de escritores participantes. (se reciben un promedio de 15  textos diariamente). En la Marina: http://www.ficticia.com/indicemarina.html.
Días 1° a 24° del mes:Tallereo interactivo: (Tallerista y autores de las minis seleccionadas trabajan los textos hasta su entera satisfacción) Actores:20 talleristas, y los autores de los textos seleccionados (un promedio de 40 al mes). En los correos electrónicos.
Día 25 del mes: Muestra mensual: (Los talleristas insertan en esta fecha, los textos seleccionados en su versión corregida y se envían al jurado mensual). Actores: 20 talleristas.En la Marina: http://www.ficticia.com/indicemarina.html.
Día último del mes (o poco tiempo después): Veredicto: (El Jurado mensual informa de los textos ganadores. Envía un breve comentario sobre los textos y el taller). Actor: Un jurado mensual (en ocasiones son varios personajes). En la Bitácora de la Marina http://www.ficticia.com/bitacora.php.
REFERENCIAS
[1] ZAVALA, Lauro. En: Seis propuestas para la minificción. La jornada Semanal, 15-Agosto-1999.
[2] “Hablar de las pasiones es, ciertamente, algo muy complicado. Primero porque son pasiones, luego porque son propias y, por ello, desearíamos que hechizaran al resto del mundo tanto como nos hechizan a nosotros. La Marina (de Ficticia) es… ¿Qué es La Marina? Una factoría de cuentos minúsculos, un  taller de reparaciones de los susodichos minicuentos, un reto para quienes escriben en ella, otro aún mayor para los operarios que leen y ajustan letras ajenas, un titipuchal de trabajo y dos de ganas de verla crecer. También es un concurso y, sobre todo, una pasión. Nuestra pasión”. VIDAL, Nélida (tallerista) correspondencia privada con la autora.  e-mail recibido en junio de 2003.
[3] ZAVALA, Lauro. El cuento ultracorto bajo el microscopio. Tomado de www.Literaturas.com en su edición Enero 2002.
[4] M. Koch, Dolores. Japón y el micro-relato hispanoamericano. Proporcionado por la autora en e-mail Marzo de 2002.
[5] Yu Honma. El micro-relato hispanoamericano y el cho-tanpen japonés. Artículo proporcionado por la Dra. Koch por e-mail Marzo de 2002.
[6] LORENZANO, Sandra. Sobre la Minificicción y  Lauro Zavala ¿Qué les puedo decir? Tomado  de Literaturas.com en su monografía sobre minificción.
[7] VALADES, Edmundo. Ronda por el cuento brevísimo. EL CUENTO, Revista de Imaginación. No. 119-120 Julio-Diciembre 1991. Resaltado del autor.
[8]“El régimen literario, filosófico y místico de Ficticia es teocrático, pues la fundación e historiografía de la ciudad depende de un sólo dios, el que todo lo lee…”.  Constitución de www.ficticia.com.
[9] “Ficticia, asimismo, por tratarse de una teocracia y por ser su dios «un buen dios» (las connotaciones éticas de la frase se podrán discutir después), no como todos aquellos que han pululado a lo largo de los siglos, no tiene por principio ningún afán de lucro, ideología totalizadora o censura en términos morales”. Constitución de www.ficticia.com
[10] http://www.ficticia.com/indicemarina.html .
[11] POLLASTRI, Laura. DEL PAPEL A LA RED: LUGARES DE LEGITIMACIÓN DE LA MINIFICCIÓN.   Artículo proporcionado por la autora. E mail. Febrero 2004.
[12] MONSREAL, Agustín. NAVEGANTES SOMOS Y EN LA MAR DEL CUENTO ANDAMOS. Proporcionado por el autor. e-mail Enero de 2004.
[13] PEDRAZA, Alfonso. En astillero (archivos de la Marina) de Julio de 2001.
[14] La extensión máxima de los mini textos, como supondrá, es arbitraria, y para el foro se consideró un espacio máximo de 1400 caracteres.
[15] ALVARADO, Díaz Héctor. Del cuento y su escritura. (Ponencia presentada en el homenaje que la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 1989 rindió al escritor Edmundo Valadés.) Apareció en “El Cuento. Revista de imaginación” No. 117. Enero-Marzo de 1991.
[16] Se enviaron un total de 34 artículos en igual número de concursos de la primera y segunda etapa del taller.
[17] OTXOA, Julia. Algunas notas sobre mis textos breves. Proporcionado por la propia autora. Recibido por e-mail. Enero de 2003
[18] Inicia el día 12 de enero de 2002 con el XVIII concurso.
[19] RULFO, Juan. Una verdad aparente. Apareció en la revista “El centauro”, de Morelia. Tomado en El cuento. Revista de imaginación. Nº 113. Enero-Marzo de 1990
[20] Idem.
[21] Yu Honma. Manifiesto del Cho-Tanpen. El micro-relato hispanoamericano y el cho-tanpen japonés.  Traducción de Tetsuyuki Ando.
[22] Aparecen en orden de antigüedad: Miriam Chepsy, Amélie Olaiz, Conchita, Jaime Mesa, Luis Torregosa, Carmen Simón, Carlos Gracia Traín, Nélida Vidal, Carlos de Bella, Alejandro Sansores Cambranis, Fabián Piñeiro, Federico Jiménez, Fernando Pérez Cárdenas, PilaR, Álvaro Barragán García, Ítzel Saucedo, Lobo, Jorge Pardo, Rodolfo J.M., Sergio L. Patiño, José T. Espinoza-Jácome, Juan Manuel Martínez del Campo, Luis Fernando Morales, Rowena Rizo Patrón, Carlos Zugasti, Rubén Pesquera Roa, Roxana Villareal, Ana Berandelli, Manuel González, Jorge Oropeza, Eliana Vázquez Colichón, Letra, Melba Alfaro, Lucía Casas Rey, Paca, José Luis Sandín, María Luisa Girondo, Verónica Mendoza, Simitrio Quezada, Raquel Castro Maldonado, Alfonso Pedraza, Gaby Gutiérrez, Ricardo Robles, Manuel González, Wapanna, Joseph M. Nuévalos, Marcial Fernández, Luis Bernardo Pérez, Adriana Barraza, Lola Díaz, Eréndira Herrera, Ángela Cecilia Espinosa Lebsack, D_Poe, Rioarriba, Santiago Ruiz Velasco, Alana Gómez, La Maga, Paola Cescon.
[23] Los jurados aparecen en orden inverso, y con su fecha de deliberación: Ricardo Sumalavia Chávez  30/06/07, Javier García-Galiano  30/05/07, Armando González Torres  30/04/07, Eusebio Ruvalcaba  30/03/07, Silvia Pratt  30/02/07, Carlos Robles Cruz  30/01/07, La porra de ficticia  30/12/06, Javier Perucho  30/11/06, Sandro Cohen  30/10/06, Alberto Chimal 30/09/06, Tripulación de la Marina  30/08/06, Eraclio Zepeda  30/07/06, Alberto Vital Díaz  30/06/06, Leo Eduardo Mendoza 30/05/06, Gerardo de la Torre  30/04/06, Nana Rodríguez  30/03/06, Juan Ramón Vélez  30/02/06, Francisco Prieto  30/01/06, La porra de ficticia  30/12/05, Mauricio Carrera 30/11/05, Gerardo Cornejo Murrieta  30/10/05, Alana Gómez  30/09/05, La risa de la hiena. Revista de corte campechano. 30/08/05, Cónclave de Ficticia (Marcial Fernández, Raúl José Santos, Diego García del Gállego y Mónica Villa) 30/07/05, Gilberto Prado Galán  30/06/05, Luis Tovar  30/05/05, Alfonso Pedraza Pérez, 30/04/05, Silvia Martínez, Carranza de Delucchi  30/03/05, Nomi Pendzik y Marcelo di Marco  30/02/05, Paulino Sabugal M  30/01/05, La Porra de ficticia 30/12/04, Marcial Fernández  30/11/04, Ana María Shua  30/10/04, David Gutiérrez Fuentes  30/09/04, Ana Guillot  30/08/04, Raúl Brasca, Alberto Chimal, Luis Felipe Hernández, Ana María Shua, Lauro Zavala. 30/07/04, Ana Clavel  30/06/04, Guillermo Samperio 30/05/04, Roberto Peredo  30/04/04, Libroadictos.com  30/03/04, Laura Pollastri 30/02/04, Agustín Monsreal 30/01/04, La porra de La marina 30/12/03, Taller de motivación a la escritura 30/11/03,  Jorge Gómez Jiménez  30/10/03, Leo Eduardo Mendoza  30/09/03, José de Piérola  30/08/03, Rosa Nissan y el Taller de Elena Poniatowska  30/07/03, José Ignacio Fernández y Luis García (Literaturas.com) 30/06/03, Rafael Antúnez  30/05/03, Francisca Noguerol  30/04/03, Oscar de la  Borbolla  30/03/03, Luis Arturo Ramos  30/02/03, Julia Otxoa  30/01/03, Javier Perucho 30/12/02, Violeta Rojo  30/11/02 , Ana María Shua  30/10/02, Enrique Jaramillo Leví  30/09/02, René Avilés Fabila  30/07/02, Pilar Tejero 02/07/02, Byeong-Sun Song 22/06/02, Pampa Olga Aran 12/06/02, Aglaia 02/06/02,Carlos de Bella 22/05/02,  Henry González Martínez 12/05/02, 40 Niños de Secundaria 30/04/02, Raúl Brasca 22/04/02, Eduardo Olivares 12/04/02, Jaime Mesa 02/04/02, Dolores M. Koch 22/03/02, Álvaro Barragán 12/03/02, Luis Felipe Hernández 02/03/02, Marcos Leija 12/02/02, José Luis Martínez Morales 02/02/02, Melba Alfaro 22/01/02, Lauro Zavala 12/01/02, Federico Schaffler 22/12/02,  Carmen Simón 12/12/02, Alberto Chimal 02/11/01, Itzel Saucedo 22/11/01, Luis Felipe Hernández 12/11/01, Guillermo Vega Zaragoza  02/11/01, Rodolfo Jiménez Morales 22/10/01, Aglaia 12/10/01, Luis Torregrosa 02/10/01, Amèlie Olaiz – Dakiny 22/09/01, Eduardo Olivares 12/09/01, Carlos de Bella 02/09/01.Christopher Nole –Pornole 22/08/01, Jorge Oropeza 12/08/01, Fabian Piñeyro Yerbabuena 01/08/01, Lola Díaz 22/07/01, Marcial Fernández 12/07/01.
[24] http://www.jornada.unam.mx/2004/09/19/sem-cara.html.
[25] El Universo del búho http://www.reneavilesfabila.com.mx/universodeelbuho/38/38ficticia.htm y La risa de la hiena. Revista literaria de corte Campechano.
[26] Raúl Brasca. Textículos bestiales. Cuentos brevísimos de animales reales e imaginarios.
[27] M. KOCH, Dolores. Microrrelatos: Doce recursos más para hacernos sonreír. http://cuentoenred.xoc.uam.mx/cer/numeros/no_14/pdf/4%20Koch.pdf.
[28] VALADES, Edmundo. RONDA POR EL CUENTO BREVISIMO. Apareció en EL CUENTO, Revista de Imaginación. No. 119-120 Julio-Diciembre 1991.
ficticia

Clausula tres de Juan josé Arreola

Soy un Adán que sueña con el paraíso, pero siempre me despierto con las costillas intactas.

arreola

A la muerte del tío Carlos

¿Quién me detiene?
La vida es remolino
la muerte es parte.
Un ciclo que termina,
Y el otro es un misterio

la muerte de ignacio monje

Armisticio de Juan José Arreola*

Con fecha de hoy retiro de tu vida mis tropas de ocupación. Me desentiendo de todos los invasores en cuerpo y alma. Nos veremos las caras en la tierra de nadie. Allí donde un ángel señala desde lejos invitándonos a entrar: Se alquila paraíso, en ruinas.

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*21 de Septiembre de 1918, a cien años de su nacimiento

 

Los predestinados

Poco antes de cumplir los cincuenta años, numeró las veces que la muerte había aleteado alrededor de él. Eran muchas, por lo que concluyó que estaba predestinado a un fin grandioso.
Antes de morir, tuvo un último hijo, cuya vida fue paralela a la de él y al igual que su padre, presentía que la vida le tenía reservada una gran proeza. Murió viejo.
El suceso se repitió en muchas generaciones. El último de ellos no se cuestionó ya que moriría en la cruz, en las afueras de Roma. Pensando que su esfuerzo para la nueva religión de amaos unos a los otros, había sido inútil.

crucifixiones

En la boca del lobo

Tomé mi tarjeta de crédito, la froté sobre el pantalón y la puse en la mesa. Prendí la televisión. Cuando vi el comercial de una aerolínea ofertando un descuento inusual, me alteré . Mi esposa dormía. Ella estaba enterada de que iría a la convención sobre ecosistemas que se efectuaría en una ciudad distante. No la desperté. Hice algunas llamadas por el teléfono móvil. La besé antes de despedirme y soñolienta me respondió. Salí a la calle con mi breve maleta. En el taxi me di cuenta que olvidé el celular y contradije la orden.
— ¡Lléveme al aeropuerto! por favor.
En tres horas de vuelo, estaba en aquella ciudad porteña. De mi agenda leí en voz alta la dirección para que la oyese el taxista. En treinta minutos me situé frente a su casa. Algunos faroles vetustos contemplaban la madrugada y el silencio se hincaba por el ruido de un motor en la lejanía.
La residencia la conocía como la palma de mi mano. Ella me la había descrito rincón por rincón. Inclusive sabía cómo entrar para acceder a la casa y después a su recámara. Me acostumbré a la oscuridad y reconocí sus detalles. Vi la escalera que conduce al sótano, bajé, abrí la puerta presionando la manija y recargandose. En instantes llegué a un pasillo y de allí al balcón de su recámara. «Antes de acostarme, respiro la noche y dejo la ventana entrecerrada»dijo alguna vez. Cuando abrí, agudice mis ojos y sonreí. Solo se veía el cuerpo de ella hecho bolita. Su esposo no estaba. Era viernes y había en una ciudad cercana la competencia del Sábalo. Dormía en una cama que parecía una gran estepa. Ingresé al baño, vi la tina y recordé la vez que ella me soñó dándome un baño con jabón de frutas. En silencio lavé con esponja el cuerpo y me tendí a su lado como una hoja que cayó al suelo.
Adormilada escondió su cara en mi cuello. Entreabrió los ojos y murmuró soñolienta «que rico hueles» y volvió a dormirse. Yo la abrazaba. Sentí que sus manos palpaban el vello de mi pecho y de repente se apartó.
— ¡Tú no eres mi marido! —dijo.
De un salto prendió la luz. Cuando me vio, creí que sus ojos se saldrían.
—¡Qué haces aquí!
A través de la bata de seda transparente se veía su cuerpo aceitunado y sus pechos protuberantes parecían rodar.
—Apaga la luz y recuéstate. —mencioné con delicadeza.
—¡Vete!, vete de aquí.
Tenía ansiedad en la cara y en el movimiento de sus ojos era inqieto.
—Mi marido no tardará en llegar.
—Él está en la pesca del Sábalo.
—No entró a la competición. Anoche llamó por teléfono y está por llegar.
—Pero entonces…
—No tenemos ni un minuto.
Me sentí disminuido. Pensé que el recibimiento sería otro. Con decepción empecé a vestirme y ella viendo mi estado de ánimo, suavizó.
—Perdona, pero no ha sido el mejor momento.
Me dio un beso leve en los labios. Aproveché para darle uno con pasión y llenarle su boca con mi lengua. Ese beso que transcurre, y de un beso , se pasa a otro y las manos aprietan voluntariosas el talle , la espalda, la nuca, y acarician las líneas exuberantes de la mujer. El tiempo se pierde, y vuelas.
Regresamos a la realidad cuando escuchamos en las escaleras los pasos de un varón. La parálisis nos enmudeció.
—Mamá, mamá, ya me voy.
Oí con alivio la voz de su hijo. Ella contestó amablemente, preguntándole si regresaría a comer.
—No me esperes mamá, tengo mucho trabajo.
Yo estaba vestido y tenía en el piso mi mochila de viaje. Con rapidez, le volví la cara, y la besé una vez más. Escuché los pasos que bajaban de la escalera, lo que me impidió percibir que otros subían. Después de un golpe seco de nudillos sobrevino el ruido de la perilla de la puerta. Lo que hice fue ocultarme debajo de la cama y ella nerviosa exclamó:
— ¡Jesús no te esperaba tan temprano! Ahora te abro.
Escuché como la densa humanidad se recostaba en la cama esteparia. Como un oso herido por el sueño se quedó dormido. Yo respiraba a sorbos. En ese tiempo me pregunté: ¡qué madres hacia yo allí, cuando debería de estar llegando a otra ciudad, para recoger las experiencias de mis colegas. Estaba a merced, pues de manera irresponsable me había ido a meter a una cueva que no me pertenecía. En el avión decía: ¡qué sorpresa se va a llevar!, ella desea conocerme, que se estremece cuando le hago susurrar las palabras en el monitor. Oí que se levantó y encaminó hacia el baño. El oso se despertó. Poco después escuchaba los azotes del colchón y los embates de un cuerpo. El ruido de la respiración acompañó al de la cama y luego los quejidos entrecortados. Temblaba, y mi respiración sufría , pues el polvo me ahogaba y sin poder contenerme estornudé. Para fortuna, coincidió con el orgasmo de ambos que ahogó mi estridencia. Después de un breve silencio volvieron a rodar y no pude evitar el entusiasmo cruel de mi entrepierna. Arriba los ronquidos de èl y abajo el golpe de mi corazón.
Vi los pies de ella dirigirse al baño. No cerró la puerta y hasta mí llegó el ruido del orín cayendo en el agua, luego el cajón de la cómoda al abrirse y supuse que se cambiaría de ropa interior. Sacó una sábana y pensé que la tendería sobre la cama esteparia, pero la mantuvo como si fuese una cortina. Me dió una patada. Me levanté y con la mirada me empujó hacia la salida. Cuando abrió la puerta, se topó con su hija que traía un jugo de naranja, apenas si tuvo tiempo de ocultarme. Ella le hizo una seña de que no hablara, porque su papá estaba dormido y le instó a que se fuese.
En ese momento el oso se dio la vuelta, quitándose a manotazos la sábana y entreabriendo los ojos la miró con el vaso en las manos y volvió a dormirse. Yo estaba oculto detrás de ella. Salimos del cuarto y me llevó hacia la escalera y pregunté
— ¿ Mi maleta?
Sus ojos se prendieron y regresó por el maletín. En ese momento escuché pasos que subían, imaginé que era de nuevo la hija y me refugié detrás de la puerta. Así que cuando ella salió, no me vio y se encontró con su hija que ya vestida llegaba para despedirse.
— ¿Me puedo despedir de papá?
— No, está muy dormido, llegó en la madrugada.
— Y ese equipaje?
—Es mío, solo que ya voy a desecharlo.
— Mejor déjamelo para mi excursión. Así ya no compro.
— Ya vete a la escuela, se te va a hacer tarde.
Escuché sus pisadas bajar con rapidez. Abrí la puerta.
—Qué bueno que no te vió mi hija. Ella no sabe nada de su madre.
Me hizo ir tras ella hacia el sótano, y cuando salíamos al patio, pasó una vecina.
— Buenos días señora Ofelia, ¿ya tan temprano?
Ella no pudo ocultarme.
—Pues aquí, con el señor, va a revisar el sótano y vino a hacerme un presupuesto.
Así que volvimos sobre nuestros pasos.
— Perdona.
Ella me miró con deseos de fulminarme y con voz firme dijo:
— Si con disculparte arreglase todo, pero mira, pasó la chismosa de la vecindad. Joder, en que problemas me has metido.
Ella se puso a llorar en silencio. No me contuve y la abracé; susurré: «perdóname», pero ella, de inmediato dejó de lagrimear y me quitó el brazo de su hombro, como si fuese un trapo fétido. Respiró profundo y me dio de nuevo la maleta.
— ¡Ahora sí lárgate! esa vieja ya se habrá ido.
Tomé el maletín, suspiré, moví la cabeza y hablé con fuerza:
-Disculpa mis pendejadas y espero que esto no tenga consecuencias.
Cabizbajo caminé hacia la puerta, casi salía, cuando me abrazó por la cintura y su mano se abrió en mi vientre y con voz melosa cantó detrás de mi nuca.
— ¿Te vas sin darme un besito?

velero

La flor y el verano

Sobre el tejado del portón, se ha desparramado  por todos lados la copa de oro. Dueña y señora. Se enjuta cuando el sol de agosto achicharra sus retoños, sin embargo, cuando la luna emerge, ella lame sus ardores y crece.  Hace  un mes  pusieron sobre su cielo  una espiral de púas con el objetivo de  parar a los maleantes que merodean la residencia. Ella que tiene miles de manos y maneras se propuso cubrir con sus hojas la cerca de alambre.  Días ardientes de verano quemaban su tejido, mas las noches alunadas lo protegían, después de un mes cubrió el metal y el sol de septiembre la veía erguida, fogosa de amarillo con hojas verde limón.

flores en cascada

Tanka al invierno

Vuelan los pájaros
guiados por estrellas.
Laúd de otoño.
se hizo frágil mi cántaro;
la gota fría escurre.

monet.invierno

La flor de Luis Torregrosa

Habían pasado solo dos días desde que la yema del índice de su mano derecha sangró por culpa de una espina del rosal, cuando de la herida comenzó a brotar un hombre nuevo. Primero los cambios se extendieron por los brazos hasta llegar a los hombros y luego se apoderaron de su cabeza, dejándose caer más tarde por el resto de su cuerpo. Todo en él se convirtió en suave terciopelo, fragancia de aromas sutiles y tonos vivos, chillones como el sol luminoso del verano. Al explotar la floración creyó reventar en un oleaje de dichas. Pero sólo fue un suspiro pues pronto llegó el jardinero y lo decapitó.

tarde de verano emil nolde

Emil Nolde. Tarde de verano

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Cabrón por oficio

Cara dura, sombrero fino, botas relucientes, cuerpo recio y de hablar sarcástico. Sesenta años bien vividos. En sus días de poder nada se hacía en el pueblo si él no lo autorizaba. Un día la familia partió a la capital, sus bienes y el poder poco a poco se fueron. Se quedó con la servidumbre en una construcción inmensa, vacía y un capital respetable. No fue difícil encontrar mujer, llegaron hijas, se hicieron mujeres y él seguía ejerciendo su rutina de los domingos. Sacaba temprano la mecedora, las puertas de la tienda se abrían y esperaba. La gente indígena de las comunidades serranas salía vender, a comprar y a saludar a los viejos amigos. Frente a él desfilaban quintales de café, cerdos, frijol, maíz. Conocía a todo mundo y al pasar lo saludaban con temor los más, otros se iban en silencio.
-¿Qué llevas en ese costal? El muchacho joven, se detuvo, bajando su carga al piso.
– Un guajolote que llevo al mercado a vender.
-¿Cuánto quieres?
-Cincuenta pesos.
-Se ve flaco. -Contestó con indiferencia.
– Está gordo, – dijo el indio.
-¿Qué te parece si mejor lo pesamos? Así ni tú, ni yo, lo que diga la pesa. Te compro a cinco pesos kilo.
Recordó las palabras de su mujer que le dijo que se diera prisa, que regresara pronto, necesitaba tela para pañales y que comprara para el niño un jarabe para la tos y la fiebre.
-Pésalo, -dijo entre dientes.
Ambos entraron a la tienda. Había una estantería de cedro, el mostrador ancho, recio, largo, muy largo. Se notaba el deterioro de los años por los rayones hechos en la tabla y el barniz carente de brillo.
-Pesa siete kilos a cinco pesos kilo, son 35 pesos. No le dio tiempo a contestar, cuando vio tenía el dinero en la mano y un topo de caña. Para que agarres fuerza, le aconsejó.

El indio no salía del asombro, habría jurado que pesaba el guajolote como diez kilos. “la bascula no se equivocan” se dijo y apuró la caña, en dos tragos.
-¿Quieres otra? Te la daré a mitad de lo que cuesta. Te sentirás mejor, al fin que una no es ninguna.
Cuatro horas después el dinero había regresado al bolsillo de Germán y el indio apenas pudo recargarse en la pared e irse deslizándose poco a poco hasta quedar sentado, y profundamente dormido.

guajolote

El hallazgo

Cuarenta años habían pasado cuando la encontró, tuvo una erección tan feroz que aceptó que retornaba a la adolescencia. 
«Eres lo que busco», dijo al oído, mientras la sujetaba de las caderas. El perfume de sus cabellos lo enloquecía; sus labios rodaban por su cuerpo..
Dentro, la barca del infarto desataba sus nudos.

mujer desnuda