Epifanio quería irse en paz y con las cuentas bien hechas, así que, antes de que fuera demasiado tarde, decidió pedir perdón a todos aquellos a quienes, según los libros de su conciencia, había hecho daño durante su larga estancia en el mundo. Mano a mano con su memoria elaboró una’ lista, usando como criterio de prioridad el calibré, según su propia apreciación, del dolor infligido. Luego se acomodó en el sillón, abrió la agenda, cogió el teléfono y empezó a llamar.
Con Ramiro Pereda no pudo hablar porque ya estaba muerto. Su hijo, sin embargo, se despachó a gusto al caer en la cuenta de quién era.
-Su delación mandó a mi padre a la cárcel, me imagino que eso lo sabe. Lo que no creo que sepa es cómo lo torturaron, cómo lo humillaron, cómo lo rompieron por fuera y por dentro. Lo soltaron de milagro, gracias a la intervención de un amigo. Un amigo de verdad, no un traidor y un cobarde como usted. No vuelva a llamar, Epifanio. En lo que a esta familia respecta, usted no existe.
Con Pepa, su primera mujer, sí pudo hablar, aunque no con mejor suerte.
-Te perdono las broncas, los disgustos… Hasta las infidelidades te perdono, fíjate. Lo que no te puedo perdonar es que me dejases vivir engañada, haciéndome creer que a pesar de todo me querías. Eso no, Epifanio, eso no tiene perdón de Dios.
Consternado, Epifanio marcó otro número.
-¿Está borracho? -preguntó Octavio Márquez, atónito-. Porque hay que estar muy borracho para atropellar a alguien en la acera, como usted atropelló a mi hijo, pero mucho más para pedir perdón así, de repente, después de tantos años. Métase usted la culpa por donde le quepa, Epifanio -dijo, y colgó el teléfono.
Epifanio se quedó inmóvil, con la cabeza apoyada en el respaldo del sillón y la agenda abierta en las rodillas.
-Maldita conciencia -murmuró y, haciendo trizas la lista, se levantó y fue a tirarla a la papelera.

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