Mientras escribo

A los amigos escritores.

Avatar de BorgeanoEl Blog de Arena

Hace unos días escuché el último trabajo de Antonio Birabent, Oficio: Juglar; el cual consta de ocho poemas musicalizados y cantados por él mismo. Allí encontré algunos poemas y a un par de autores que no conocía o que conocía «de oídas», como suele decirse (y que esto no se entienda como un chiste fácil). La primera canción es Lloraría, poema de Sergio Bizzio, el cual dejo aquí dedicado a tdos mis amigos escritores (quienes me disculparán por no nombrarlos a todos, ya que la lista sería extensa ¡Soy un hombre afortunado!).

escribiendo

Lloraría

La gente sale a buscar trabajo,
a comer,
a bailar,
a gastar,
a ver un eclipse mientras yo escribo.
Mi hijo juega solo mientras escribo.
Mientras escribo se encuentran los amigos,
se hacen negocios,
política, dinero, trampas, guerras, matrimonios, puentes, atentados mientras yo escribo.

Lloraría por lo que perdí.
Lloraría, mientras yo escribo.

¿Qué estaba…

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Pisadas en el camposanto

Al mirar la tarde comprendí que no llegaría a la parada de autobús con la luz del día. El último paciente que visitaría vivía en el extremo opuesto. Estudiaba medicina y alguien me dijo: «vaya a Chacotla», por allá las reumas se dan como si las sembraran y le queda como a hora y media de la ciudad de México.
Chacotla podría haber estado cerca del mar; tiene tanto polvo apelmazado que daba la sensación de ir pisando la arena. La gente limita sus solares con plantas de nopal y de ese modo protegen sus bienes y aprovechan la dulzura de la tuna.
Al caminar por las calles parece que solo habita el silencio. Sus casas son de adobe con muros gruesos, ventanas pequeñas y una puerta. El frío, el polvo y su quehacer atan a los chocotlenses a ser serios y reservados.

Hay días en que el viento solo mueve los pirules y veo en la lejanía los volcanes coronados de nieve y al sol dorando las paredes de las casas; pero en un tris, el viento se agita y llega la tolvanera transformando la claridad en un manto gris. Así que la gente se encierra y en quietud trabajan.
A la hora de dormir, las gallinas buscan el acomodo para guarecerse del frío, de la zarigüeya y de la noche. Los mayores se quedan platicando y al rato, solo se escucha el ulular del viento y el ladrido de los perros.
Me agarró la noche. Para llegar rápido al entronque y a la carretera, tengo que cruzar el cementerio. Es un camino en diagonal que se reconoce aún en noches oscuras por la luz de las veladoras. No es que sea temeroso, pero el dinero adquirido servirá para que mi esposa embarazada compre víveres para una semana más. No le tengo miedo a los muertos, pero sí a los vivos.

Mis ojos no se despegan del camino y mis oídos van en alerta. En el centro del panteón percibo pequeños pasos que suenan detrás de los míos; venciendo mi temor doy la vuelta: hay una cortina oscura y el resplandor lejano de una veladora. Seguí caminando con prisa y la levedad de las pisadas también. Me paro y no las escucho. Apresuré más el paso. Mi corazón se rompe en el pecho, un frío recorre los vellos de los brazos, de la espalda y siento cómo rueda el sudor por mi cuello. A lo lejos se mira el farol solitario, donde tengo que esperar el autobús. Cuando comprendí que el reflejo era lo suficientemente intenso para distinguir, me di la vuelta y no vi nada; pero al bajar la mirada, me tranquilicé, había un perro de lunares negros que movía con indecisión la cola. Me reí de mi temor y de mi estupidez; después, sin saber porqué, me seguía riendo.
Recargada en el poste, una señora de chal negro me miró de reojo.
—Buenas noches —le dije.
—Buenas sean para usted.
— ¿No ha pasado el autobús?
—Creo que no. Ya tengo rato y no llega. Oiga…
—Sí
— ¿A poco se vino por el cementerio?
—Sí, ¿usted cree?
— ¿No tuvo miedo?
—Un poquito
Se quedó en silencio, como pensando y como si disparara me preguntó:
— ¿No le salió un perro?
Le iba a contestar, pero llegó el camión. Abordamos. La señora se acomodó cerca de la puerta. Intrigado por lo del perro, me acerqué y pregunté. Insistió en saber si me había encontrado un perro corriente y con manchas negras. Le dije que sí.
Se levantó de su asiento. Pidió que la dejaran en la siguiente parada, y sin preguntarle, se acercó al oído y me dijo: es que el perro anda en pena.
—Entonces ¿mataron al dueño del perro?
—No. El dueño salvó su vida y se fue. A quien mataron fue al perro. Bueno, eso dicen, creo que busca a su amo.

cmenterio

Pesadilla de W. Somerset Maugham

Acababa de llegar de Londres. Entré en el comedor y vi a mi anciana tía sentada, trabajando delante de su mesa. La lámpara estaba encendida. Me acerqué a mi tía y le toque el hombro. Profirió un grito ahogado y, al ver que era yo, se levantó, me echó los brazos al cuello y me besó:
—¡Hola, pequeño! —me dijo— ¡Creí que no volvería a verte nunca más! —Lanzó un suspiro y apoyó su vieja cabeza sobre mi pecho—. ¡Estoy tan triste, Willie! Sé que pronto moriré. No volveré a ver el invierno. Hubiera deseado que tu pobre tío se hubiese ido primero a fin de que se hubiera ahorrado el dolor de mi muerte. Las lágrimas brotaron de mis ojos y comenzaron a correr por mis mejillas. Entonces me di cuenta de que había soñado, porque mi tía llevaba ya dos años de muerta y, apenas había reposado en el dulce sueño de la muerte, mi tío se había vuelto a casar”

abuela

J. Grande

Los pasos perdidos Anne Fatosme

Medio dormida, extiendes la mano sobre la colcha en busca del calor de tu marido. Pero tu marido no está, solo un espacio frío y liso. Murió, hace tiempo ya, murió, pero a veces se te olvida. Te sientes al borde de la cama, el rostro sujeto entre las manos, y susurrando su nombre, te convences: murió.
Te duchas, te pintas, te vistes, te miras al espejo, lista para llevar a cabo tu vida diaria. Por la noche
regresas a casa. Cenas algo frente al televisor, escuchas las noticias, no consigues que te interesen. Apagas la tele, su ruido, las luces del cuarto de estar, y, bañada por la luz de la calle que se filtra a través de los visillos, te diriges hacia el dormitorio. En medio del silencio, un rumor invade tus oídos, afelpado, reconfortante. No lo reconoces, sin embargo lo recuerdas, rebuscas en tu mente, pero no, no lo identificas; abandonas la búsqueda, dejando que te acompañe ese rumor que colma tus oídos, concentrándote en la sensación gozosa de tus pies descalzos pisando el suelo alfombrado y tibio; hasta llegar a la cama, donde, en el mismo momento de tumbarte, cesa ese rumor que tan dulcemente te acompañaba. Y te das cuenta, de golpe, te das cuenta: ese rumor no era otro que él de tus pies deslizándose sobre las alfombras, eco de sus pasos, huella que se pierde moldeada con la suya. Te abrazas a su almohada, hecha un ovillo, en el borde más extremo de la cama, e intentas dormir a pesar del frío que te coloniza.

normandía

Foto de Anne Fatosme Normandía.

 

El logro de José Luis Vasconcelos

Le tomó años para lograrlo. Pruebas y más pruebas. Cientos de prados y jardines podrían atestiguarlo. Pero esta noche el viejo jardinero estaba feliz, realmente contento. Muy pocos podían darse el lujo de haber sembrado una planta de luz y ver la noche iluminada con sus frutos.

árbol de luz

Tomada de la tómbola de Ficticia.

 

La luz de la vida

Eran noches aluzadas por los candiles. Adopté la costumbre de cargar una lámpara de mano. Estaba con el fresco nocturno, cuando escuché las buenas noches. Era un muchacho vestido de calzón blanco.
— Mi mujer se va a aliviar y ya le empezaron los dolores— me dijo.
— ¿Dónde es?
— Aquí lueguito, por donde bajan las avionetas.
Le pregunté sobre su mujer y deduje que todo parecía estar bien. Sin embargo, uno nunca sabe, así que preferí llevar todo el equipo. Fui en mi yegua. El clima era más fresco y las nubes desaparecieron dejando sin velos a la luna.
Llegamos rápido. La vivienda de tarros, con techo de palma, un cuarto y sin espacio para moverse. Era el tercer parto; el niño venía bien, pero la incomodidad desagradaba. Le dije al esposo que atendería fuera de la casa. Él aceptó, pues de esa manera los niños quedarían dentro y yo me podría mover a mis anchas alrededor de ella.
En un parto siempre hay mujeres, es una especie de solidaridad. ¡Jamás digo que se retiren! La mesa donde tienen el altar me la prestaron para que fuese la mesa de trabajo y la situamos a un lado de la vivienda, poco después el esposo traía una vara con horqueta, donde colgaría el frasco para hidratar a la madre. Rompí la bolsa de las aguas y diluí en el suero una medicina para acelerar el parto.
— Este niño sí viene con agua, el otro, vino seco; por eso nos costó tanto trabajo que naciera —comentó una de las parteras.
No dije nada, sólo pensé que esa era la razón del porqué me habían llamado. Nos quedamos en silencio.
Apagué la lámpara de mano y vi con claridad el óvalo de la cara, su brazo extendido descansaba sobre una tabla y el abdomen, resguardo de la vida, se alzaba bajo el cielo. Una mujer rezaba en totonaco, la otra le acariciaba una mano y el esposo pendiente.
Aquella escena no estaba en ningún libro de medicina. Era inusual: arriba se tocaba la luna naranja y matizaba de ámbar a la tierra y el vientre. La floración de las limonarias esparcía olores de jazmín. Aire que respiraría el recién nacido. Los murmullos del agua trotaban por los cuatro costados, pues la choza era abrazada por dos arroyuelos. La corriente parecía una procesión de sonidos al caer sobre los tejos, y arrancaba al barro su voz. Bajo las estrellas, la tierra era un diapasón. La matriz se abriría para ofrecer una semilla con capacidad de amar. El hechizo de traer al mundo a un ser que con infinitos atributos y convierta nuestra maldad en benevolencia. Jamás he atendido otro parto que le parezca. Tampoco supe más de ese niño que nació enredado con luna, agua y aroma de flores. Hoy lo entiendo: fue un obsequio que la vida me hizo, para recordarme el milagro de la vida.
paramos de santurban

Choka a la aridez

La tarde es fría,
hay música de oboes
¿o quizá el viento,
tal vez el tren en marcha?
Solo hay silencio.
Ha llegado el hastío.
No hay unicornios
solo esfinges de sal,
con árboles carentes

paisaje árido.Rousseau__Theodore

El sello

Problemas con los hijos…

hijo-prodigo-rembrandt

Avatar de Sony RojasÉrase una vez...

Había llegado con la cabeza gacha aquella tarde de miércoles; dando pasos silenciosos para que no lo oyera entrar a la casa.

Lo recibí sentado en la sala, con una sonrisa. En su rostro era posible notar la sorpresa que le causó verme a esas horas en la casa, cuando normalmente regreso a las 7 de la tarde del banco. Escondido en algún rincón de sus ojos castaños, pude percibir una pizca de temor infantil. No quería encontrarse conmigo esa tarde. Probablemente tampoco con su madre.

– Papá -dijo con voz temblorosa- creí que aún estarías en el trabajo.

– Terminé antes de tiempo y me tomé la tarde libre. -respondí con total tranquilidad- ¿Cómo te fue en la escuela?

Su rostro se turbó. El miedo se abrió paso. Verlo así me dolió. No estaba seguro de qué pude haber hecho para que me tuviera tanto miedo. Me recordó a…

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El cornuto

Estaba un tipo en la ciudad de México, esperando su autobús para llegar a su trabajo, cuando pasa una carro rojo y le grita cornutoooo.
No le hizo caso… pero los siguientes días pasaba el mismo carro y continuaba gritándole cornutoooo
Enojado, le contó a la esposa… » no le hagas caso» son tipos bromistas», le dijo ella.
Al día siguiente pasa el mismo carro, rojo y la misma voz del tipo, y vuelve a gritarle
CORNUTOOOO Y ADEMÁS CHISMOSSOOOOOO.

ciuddad

Las dos mitades de Ana María Shua

Charles Tripp, el hombre sin brazos, se ganaba la vida como carpintero antes de entrar en circo. Eli Bowen, el acróbata sin piernas, tenía dos pequeños pies de diferente tamaño que nacían de sus caderas y era considerado el más buen mozo de los artistas de circo. En una de sus actuaciones conjuntas Bowen conducía una bicicleta mientras Tripp pedaleaba. Los espectadores aplaudían como tontos, sin darse cuenta de todo lo que podríamos hacer si tuviéramos esa otra mitad de la que nada sabemos, la mitad que nos falta, la otra parte de estos cuerpos inacabados que sólo por ignorancia imaginamos completos.
(De Fenómenos de circo)

Ana maria shua

Sobre la montaña

Roja montaña
lugar de roca y cabra
de niebla y frío.

espacio de gigantes
de fuego y fragua
que en días de septiembre
rompen el cielo
con el hacha y el yunque;
la lumbre, el rayo.

Los remolinos de agua
que parten cerros,
ríos donde cabalga
la destrucción, la muerte.


murillo-peste-siglo-xvii

Murillo

La oveja negra

La vieja pretensión se hizo presente en su fiesta de cumpleaños. De tes blanca, de cabello color caoba que, al caminar, ondeaba con gracia. De trato amable, amada por sus dos hijos y su esposo. En el dormitorio, entre los susurros del acondicionador del aire, le llegó el anhelo de lo que en otras familias había mucho. Deseaba una oveja negra.
Aunque tenía confianza con su esposo, guardó el secreto. Poco a poco el deseo adquirió una cuenta de susurros que le cuchicheaban. Se vestía menos formal, dejó de asistir a las tertulias de su clase, para asistir a expresiones de ritmos afrocaribeños. Su esposo, fiel acompañante, se extrañaba de los cambios, pero los atribuyó a los vaivenes que las mujeres padecen.
Ella seguía siendo la mujer transparente, apasionada. El cónyuge estaba consciente de su transformación; lo realizaba con la naturalidad de haberlo hecho miles de veces. Así la amaba, el disfrute de ella, era también la de él y optó por guardar silencio.
Su piel blanca contrastaba con los tonos ciegos de sus vestidos amplios que le daban un bamboleo como lo hacen las cañas cuando las mueve la brisa.
Una madrugada llegó una ambulancia hasta su residencia. En el servicio de urgencia no dudaron en intervenirla. Su marido sorprendido, veía al lado de ella un vástago; ella, hinchada del corazón, acariciaba maternal a su oveja negra.
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oveja

Despertando

Soñé con el mar y con una mujer que corría en contra de la brisa que revolvía sus rizos. La blusa se esponjaba. su cuerpo tenía la humedad de garza en vuelo. Me llevo tan lejos que cuando mis manos rozaban su pelo de luna, se perdió en el murmullo monótono de las olas. En el patio la perra ladraba.

mujer en el mar