El olfato

Tengo la percepción de que la mujer tiene más desarrollado el olfato que el varón. Esto puede ser un cielo si lo que percibe  son gardenias;  pero podría ser un infierno …

 

olor-depalabras

La singular historia de las hermanas Brontë de Leticia Darriba Diez

las hermanas Brontë

¿Quién no ha oído hablar de novelas como Cumbres borrascosas o Jane Eyre ? Quien no haya leído las novelas tal vez haya visto las películas que se rodaron con sus argumentos. Pero en esta ocasión, la historia que vamos a relatar no está sacada de una novela, sino que es la verdadera historia de las personas que escribieron las novelas; en este caso, tres mujeres. Tres mujeres marcadas por una vida peculiar.

El mundo está rodeado de poesía, belleza y seres humanos que llevan en su interior la mágica impronta que busca dentro del alma humana el conectar con algo más grande que nosotros mismos.

Algunos de esos seres desaparecen como gotas en la lluvia y nunca llegamos a saber quiénes fueron, ni qué huella dejaron. Pero otros dejan un rastro que no desaparece totalmente. Las hermanas Brontë constituyen uno de esos maravillosos casos.

En medio de un terreno agreste de la campiña inglesa, concretamente en Haworth, Yorkshire, vivía en 1820 el pastor Patrick Brontë, hombre de fe. Un hombre hecho a sí mismo y que dio una educación exquisita y muy ecléctica a todos sus retoños, lo cual, teniendo en cuenta que cinco de sus hijos fueron mujeres, no deja de sorprender.

La muerte asomó desde bien temprano al hogar de los Brontë, y pronto la familia quedó reducida al patriarca y cuatro de sus seis hijos, tres chicas y un chico.

A pesar de los apuros y dificultades económicas, el reverendo Brontë se encargó de que sus cuatro hijos supervivientes fueran instruidos en idiomas, pintura, etc., y les dio acceso permanente a su propia biblioteca, en la que no solo había libros de teología, sino de gran variedad de filósofos y escritores, como Platón, Tucídides, Thackeray, Byron, Sand, Dante…

hermanas bronte

Una educación ciertamente peculiar para la época, encorsetada en ciertas normas y que, desde luego, no veía con buenos ojos ese despliegue ecléctico de sabiduría y esa aparente manga ancha del reverendo, que permitía ese tipo de estudios no solo a su hijo varón, sino a sus tres hijas. Incluso permitió a una de ellas, Emily, no asistir a la iglesia.

Estos maravillosos seres, las tres hermanas, crecieron como juncos salvajes y plenamente integradas con el ambiente natural y agreste que las rodeaba, conectadas plenamente con la naturaleza y el sentido de lo sagrado de un modo que debió de ser sorprendente para la época.

Desde bien temprana edad, la vocación de las tres hermanas despuntó hacia las letras. La poesía y la novela eran parte de su mundo, de un modo tan natural como respirar.

Encerradas en su casa, las tres juntas se dedicaban a escribir fantásticas aventuras desarrolladas en los mundos de Gondal y Angria, mundos que ellas mismas crearon en compañía de su malogrado hermano.

A pesar de que debieron ausentarse para ganarse el sustento como institutrices, volvían una y otra vez a su hogar, incapaces de permanecer mucho tiempo separadas y atrapadas en unas convenciones sociales que las ahogaban y marchitaban.

Las hermanas Brontë eran unas « raras avis » salvajes y delicadas que enfermaban, como nos indican sus cartas, cuando debían enfrentarse a un mundo que no solo no las entendía, sino que, de algún modo, repudiaba su necesidad de escribir, de sacar la belleza de su interior a través de la pluma y la tinta.

Conjugando su necesidad de permanecer juntas y poder ganarse el sustento, intentaron crear una pequeña escuela que les permitiría ambos objetivos, pero el proyecto acabó en fracaso, y decidieron probar fortuna publicando sus poemas bajo pseudónimo masculino (los hermanos Bell); quizá el destino no quiso privarnos de su voz…

Los tres hermanos Bell tuvieron una acogida escasa, pero este primer paso les dio alas para lanzarse a la publicación de sus primeras novelas, auténticas joyas de la literatura: Jane Eyre , de Charlotte , Cumbres borrascosas , de Emily, y Agnes Grey , de Anne, ven la luz bajo el seudónimo de los hermanos Bell.

the bronte sisters

La fama que pronto encumbra a Charlotte, la mayor de las Brontë, gracias a su Jane Eyre , no puede mitigar la pérdida a la que se ve sometida, ya que Emily y, unos meses después, Anne, mueren de tuberculosis.
Charlotte edita de nuevo las novelas con sus verdaderos nombres e intenta por todos los medios mantener los nombres de sus hermanas «libres de barro», debido a lo escandalosas que resultaron sus novelas para ciertos sectores de la sociedad. Charlotte continúa escribiendo durante seis años más, pero finalmente, ella también muere.

Patrick Brontë sobrevive a su último vástago seis años más, y después los Brontë desaparecen de la tierra como si nunca hubieran existido.

Quizá si estas maravillosas mujeres no hubieran tenido la osadía de desafiar las leyes de los hombres y seguir una ley que les hacía dar voz a sus pensamientos, dar alas a la belleza que atesoraban como su bien más preciado, no habríamos recibido sus obras, pruebas de su genio, de su luz.

Seguro que el mundo sería mucho más gris si sus textos no hubieran llegado hasta nosotros.

Emily, Charlotte y Anne merecen nuestra gratitud por ser valientes y dejarnos compartir parte de esa maravillosa vida interior que ardía como un fuego inconmensurable en los fríos y aparentemente desolados parajes de Yorkshire.

« ¿Cree usted que puedo quedarme, sabiendo que no significo nada para usted? ¿Me toma por un autómata, por una máquina que ni siente ni padece, por alguien capaz de soportar sin más ni más que le arranquen de la boca su pedazo de pan, y le birlen del vaso unas gotas de agua vivificadora? ¿Cree que por ser pobre, insignificante, vulgar y pequeña carezco de alma y de corazón? Pues se equivoca. Tengo un alma y un corazón tan grande como los suyos; y si Dios hubiera tenido a bien dotarme de belleza y fortuna, le aseguro que le habría puesto tan difícil separarse de mí como lo es para mí dejar Thornfield » ( Jane Eyre , Charlotte Brontë).

https://www.revistaesfinge.com/arte/literatura/item/1705-la-singular-historia-de-las-hermanas-bronte

Regreso al hogar de René Avilés Favila

 

El siguiente relato tiene dos opciones, seleccione la de su agrado.
1: No tenía prisa por regresar a casa, me esperaban una esposa insufrible, tres hijos latosos y un perro que sólo al verme gruñía ofensivo. Por ello decidí cederle el paso al impetuoso ferrocarril. Fue una decisión afortunada, se trataba de un tren infinito y en consecuencia me quedé del otro lado de la ciudad para siempre.
2: Tenía prisa por regresar a casa, me esperaban una maravillosa esposa, tres hijos encantadores y un perro que me adoraba. A pesar de mis deseos, fui respetuoso con el ferrocarril y no traté, también por precaución, de adelantármele y le cedí el escandaloso paso. Fue una decisión desafortunada, se trataba de un tren infinito y en consecuencia me mantuve del otro lado de la ciudad para siempre.
Si ha quedado insatisfecho con ambas posibilidades, le brindamos una tercera:
3: No quería regresar, le eran detestables tanto su esposa, el perro, sus hijos como la casa, pero, fanático de la legalidad y el orden, necesitaba recuperar sus documentos de identidad, credenciales, pasaporte, licencia para conducir, tarjetas de crédito y chequera, olvidados en el escritorio. Se propuso, entonces, pasar rápidamente y sin consideraciones o formalidades recogerlos. El problema es que todos los días, cuando intentaba el retorno, un tren sempiterno le impedía el paso.

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El pajarito de los domingo de María de Montserrat

Mi mejor amiga es Pepita, la hija de los carboneros. Tuve que dar muchas explicaciones a mi familia por esta preferencia y probar que tal amistad no me convierte en una chica sucia y desprolija, que no pierdo mis buenos modales ni nada de lo superior que se esfuerzan por canario-amarillo-by-www_viajar24h_com2inculcarme.
El lugar más limpio que conozco, y el más cómodo, es la trastienda donde viven los carboneros. Antes hay que pasar por la negrura y el tizne. Pero creo que no debe ser sólo por el contraste que allá lo blanco es más blanco que en cualquier otro sitio.
Y cuando Pepita está enferma, admiro sus sábanas dóciles y crujientes, según como ella se revuelve parecen rodearla de países fragantes y soleados. La cama esmaltada no tiene ninguna salta¬dura y el mosquitero que se frunce en lo alto, dentro de una corona de bronce, está arreglado como un velo de novia.
Yo me quedaría para siempre en esta casa, por los cromos de las paredes, por las ventanas y sus cortinas recogidas con moños de cinta desde donde se ve un patiecito lleno de plantas. Aquí se está bien, por frío que esté afuera y siempre hay agua pronta para el té sobre el calorífico de cisco. Se habla poco, las personas son amables y reposadas, no se les nota que les falte por completo la educación como aseguran en casa.
¡Estamos tan contentas! Hoy es sábado y ya hicimos los de¬beres del lunes. Pepita me ayudó en una redacción y yo la ayudé en los ejercicios de aritmética. Mañana iremos, como todos los domingos, a la feria grande con mí tía Melita y a más de curiosear, de comer bizcochos y comprar calcomanías, elegiremos un lindo pajarito.
Una mañana fría pero hermosa; tenemos los cachetes colo¬rados, los pies calientes, las manos algo paspadas. Mi tía Melita nos ha comprado bizcochos y un bastón de caramelo a cada una. Nosotras cargamos con la cesta llena de naranjas y ella se oculta de los piropeadores con un gran ramo de dalias matizadas. Ahora vamos al puesto de los pájaros. El hombre nos conoce pero nunca es muy amable. Se pone hosco y pregunta: ¿Van a llevar lo mismo? Yo propongo que esta vez llevemos un cardenal. ¡Son tan vistosos! Sobre todo los de penacho rojo. Se lo ruego. Pero mi tía Melita levanta los hombros como hace cuando no vale la pena contestar. Los mistos parecen recién cazados, chocan continua¬mente contra los alambres. Hay pájaros menos chucaros y más bonitos. No digo comprar un canario, sería pedir mucho, pero tal vez un gargantillo. ¿Por qué no un gargantillo? Mi tía levanta los hombros por segunda vez y ya no me atrevo a proponer nada más. «Será como siempre -le susurro a Pepita- no tienen un poco de imaginación». Aquí está. Un misto ruin y descolorido. Lo ponen dentro de una bolsa de papel que tiene un agujerito para la respiración. Se la cedo a Pepita; con su mano libre la lleva con muchísimo cuidado. En la puerta nos despedimos para vernos más tarde. Pero ahora Pepita pide algo. «¿No me dejaría ver la pajarera de los mistos, señora?» Mi tía Melita va a contestar con alguna palabra cor¬tante, lo piensa mejor y dice: «¿Quieres verla? Pasa, pasa».
Pepita camina entre nosotras, admirada. Le gustan los sillones de mimbre, tan blancos y floridos, las palmas en sus soportes de mayólica, y más que nada el vitral del techo por el que bajan todos los colores que existen. Estoy contenta. Creo que ya la admitirán de vez en cuando. Llegamos al segundo patio. Le murmuro a mi amiga: «Ahora vas a conocer a toda la familia». Mi madre sale de la cocina secándose las manos, mi tío se levanta con su libro bajo el brazo, mi abuela sale de su cuarto apoyada en el bastón. Todos nos acercamos a la jaula. Tía Melita arrebata a mi amiga la bolsa de papel. Ella se sobresalta y la mira asombrada, aún sin entender.
¡Aquí tienes el pajarito de los domingos, mi goloso! Con su habilidad de siempre, tía Melita abre la puerta de la jaula al mismo tiempo que rasga el papel. El misto entra. ¡Tan feito él! Después de un loco revoloteo le viene el chucho como a los otros. El caburé lo mira. Hincha su pechera blanca, levanta su cola rayada. ¡Es tan gracioso! Giro hacia Pepita y veo a una desconocida. ¿Pero qué le pasa? Retrocede alocada. ¡Casi hace caer a mi abuela! Ahora corre atropelladamente. ¡Pepita! ¡Pepita! Quiero ir tras ella pero me lo impiden.
Se ha ido gritándonos algo horrible. ¡Dios mío! El primer día que entraba en esta casa y que le dejábamos ver todo, hasta el precioso caburé en su momento más interesante. «¿Qué te decíamos, eh? Ya sucedió. La carbonerita ha mostrado su hilacha.»
Ahora cada uno vuelve a lo que estaba haciendo antes. No puedo menos que averngozarme. A causa de Pepita se han perdido la mayor distracción del domingo. El caburé ya se ha zampado la cabecita del misto. Y lo demás no vale tanto la pena.

Margaritas

Nacieron en mi arca
Blancas como las mujeres que he amado.
Impolutas en mi memoria.
Si hubo sombras fue sólo entre nuestros besos.
La cofradía a diario me alimenta.
Tal vez viva yo en su recuerdo. Quizá no.
Ellas como las margaritas florecen altivas, radiantes y por siempre.

El padre

Su padre era para ella el ser más amado. » Conocí las costumbres y las fiestas de mi pueblo, gracias a mi padre, Ibamos de casa en casa cantando y en cada casa recibiamos afecto». 

Existen muertes esperadas e inesperadas. Su padre era una muerte anunciada. 

Para un corazón que ama, nunca hay muerte esperada. Jamás estaría preparada para recibir tal golpe y se llora más para dentro, que por afuera. Esa noche ella tuvo que decidir: » su padre esta muy grave, le estamos prolongando la vida a costa de hacerlo sufrir. Sí usted nos autoriza a desconectarle los equipos que lo mantienen, por favor, firme esta responsiva».

Firmó doliendole el alma, una hora después fallecía. Tal vez sea una de las decisiones que recordará por siempre.

Después del sepelio tendría que enfrentarse a otro dolor.

Renoir. autoretrato

Asesinato en navidad

Decidimos asesinarlo en una tarde vieja. La llovizna y el viento gélido hacían que nos juntáramos para protegernos de la inclemencia de un invierno atroz. Jaime sacó tres cigarros. Antonio media botella de ron que birló de la cantina de su papá. Yo: dos latas de cerveza y un refresco de cola. Eramos siete formando una rueda. Manuel encendió el cerillo curvando las palmas. Con señas nos invitó a que nos acercáramos para hacer arder los pitillos. A duras penas pude pasar el trago de ron y cuando aspiré el humo sentí ahogarme. Tosí escandalosamente. En la boca del callejón, nadie asomó las narices. Mis compinches rieron. Me llegaron de improviso, los frentes de los edificios con sus focos multicolores que al prenderse o apagarse parecían parvadas de pájaros que volaban de un lugar a otro. En la lejanía sonaban las campanas de navidad y el destello de papá Noel manejando el trineo.
Han pasado veinte años desde aquella cita y para mitigar el dolor de nuestra conciencia, vamos con nuestros hijos al parque central para que se tomen una foto con quién fue nuestra victima.

nueva york