Es algo permanente transitorio en la forma
sustancia que revuela
cual sutil mariposa
intimidad que canta dentro del corazón y activa la materia que concreta vivencias…
Es algo, lo que siento
la importancia de un soplo
que se apega al aliento
o la sabiduría
donde madura el ser…
Es algo tan al fondo
tan lleno de secuencias
que parecen enredos
ficción de un mundo nuevo
indiferente al plasma
de las raíces viejas…
Es un poco de ensueño
arraigado a la base
de la tierra baldía
como un nubarrón blanco
cargado de agua dulce
que llueve sobre el pecho…
Y es mucho más que lluvia es la caricia, el beso que exprime su fragancia en las manos callosas de la imaginación…
Es algo, algo que nace
y crece y se propaga,
y se esconde y regresa
y juega con los dedos
y valora sospechas
y azuza la razón
[Cuento – Texto completo. Anónimo: Las mil y una noches
Se cuenta de un rey de Israel que fue un tirano. Cierto día, mientras estaba sentado en el. Trono de su reino, vio que entraba un hombre por la puerta de palacio; tenía la pinta de un pordiosero y un semblante aterrador. Indignado por su aparición, asustado por el aspecto, el Rey se puso en pie de un salto y preguntó:
-¿Quién eres? ¿Quién te ha permitido entrar? ¿Quién te ha mandado venir a mi casa?
-Me lo ha mandado el Dueño de la casa. A mí no me anuncian los chambelanes ni necesito permiso para presentarme ante reyes ni me asusta la autoridad de los sultanes ni sus numerosos soldados. Yo soy aquel que no respeta a los tiranos. Nadie puede escapar a mi abrazo; soy el destructor de las dulzuras, el separador de los amigos.
El rey cayó por el suelo al oír estas palabras y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, quedándose sin sentido. Al volver en sí, dijo:
-¡Tú eres el Ángel de la Muerte!
-Sí.
-¡Te ruego, por Dios, que me concedas el aplazamiento de un día tan sólo para que pueda pedir perdón por mis culpas, buscar la absolución de mi Señor y devolver a sus legítimos dueños las riquezas que encierra mi tesoro; así no tendré que pasar las angustias del juicio ni el dolor del castigo!
-¡Ay! ¡Ay! No tienes medio de hacerlo. ¿Cómo te he de conceder un día si los días de tu vida están contados, si tus respiros están inventariados, si tu plazo de vida está predeterminado y registrado?
-¡Concédeme una hora!
-La hora también está en la cuenta. Ha transcurrido mientras tú te mantenías en la ignorancia y no te dabas cuenta. Has terminado ya con tus respiros: sólo te queda uno.
-¿Quién estará conmigo mientras sea llevado a la tumba?
-Únicamente tus obras.
-¡No tengo buenas obras!
-Pues entonces, no cabe duda de que tu morada estará en el fuego, de que en el porvenir te espera la cólera del Todopoderoso.
A continuación le arrebató el alma y el rey se cayó del trono al suelo.
Los clamores de sus súbditos se dejaron oír; se elevaron voces, gritos y llantos; si hubieran sabido lo que le preparaba la ira de su Señor, los lamentos y sollozos aún hubiesen sido mayores y más y más fuertes los llantos.
“Las mujeres son la maravilla del mundo. Desde hace 30 años yo leo casi exclusivamente libros escritos por mujeres. Me asombran sus obras. Obras como la de Malú, la libanesa, magnífica escritora. Acabo de leer con placerNosotras, que nos queremos tanto, de la chilena Marcela Serrano. He leído a Tang, la china que vive en San Francisco, y a una mujer verdaderamente genial que se llama Izaco Mabsubara, japonesa teóloga y filósofa que escribe en alemán. Su novelaLos pájaros del crepúsculoes una obra maestra. Son la otra cara de la luna, la que no vemos. Es un coto fascinante, enteramente secreto y riquísimo que apenas ahora comienza a exhibir la ternura de su lucidez, esa capacidad enorme para vivir y soportar la minucia incesante. La multiplicidad es la mujer. Los hombres somos toscos, brutos y vulgares. Pero ellas son lindas, son la vida misma, y cuando tienen talento para escribir son una fuente espléndida de conocimiento.
Pigmalión, gran escultor de Chipre, creó una estatua más bella que todas las mujeres y todas las obras de arte. La llamó Galatea. Apasionado, la besaba y acariciaba. Galatea no respondía a su creador. En su desesperación Pigmalión rogó a Venus que le diera vida a la estatua. Galatea al fin cedió a sus caricias. Durante unos meses todo fue pasión y placer. Luego empezó la discordia. Llegaron los celos, el egoísmo, los rencores. Pigmalión y Galatea acabaron por separarse. Ahora se odian y cuando se encuentran en algún lado no se dirigen la palabra.
-Tuve suerte. Un verdadero ogro me encontró a mí. Sin embargo, en aquel entonces, yo me sentía como tú, no podía considerarme afortunado, aunque mi benefactor me decía lo contrario.
Don Juan dijo que su penosa experiencia comenzó unas semanas antes de conocer a su benefactor. Apenas tenia veinte años de edad en aquel entonces. Había conseguido un empleo como jornalero en un molino de azúcar. Siempre había sido muy fuerte, y por eso le era fácil conseguir trabajos para los que se requerían músculos. Un día, mientras movía unos pesados costales de azúcar llegó una señora. Estaba muy bien vestida y parecía ser mujer rica y de autoridad. Dijo don Juan que la señora quizá tenía unos cincuenta años de edad, y que se le quedó viendo, luego habló con el capataz y partió.
Seguramente un pájaro me depositó en el patio de un tal sendero. Él tuvo la gentileza de dejarme vivir, y me dio de beber en períodos de sol y bochorno. Crecí sin saber que la vida me pondría un verde intenso en mis hojas y me daría flores tan blancas que podrían pensar que me cayó nieve; eso sería una locura en el trópico. Se abrieron, y exhalé un aroma dulce y penetrante que llamó a las abejas que prontas acudieron a succionar mi polen. fue hermoso tener tantas visitas e irme con ellas hacia lugares donde fecundaré a otros de mi especie. No sabía. A mis frutos que son de color azul oscuro, casi negro, pequeñas circunferencias que los niños se llevan a la boca y sonríen al ver maculados sus dientes. La gente tritura las esferitas y hace paletas y una bebida caliente que llaman atole, sí , atole de capulín. Cuando me zarandean, me da por suspirar y dejar un exuberante olor que complace a los sentidos más exigentes. Puedo entintar pasteles y servir de sombra a pintores que gusten contrastarme con su luz. Cómo muchos frutos que no somos comerciales, es posible que me pierda en el tiempo por las manos mezquinas del hombre, que piensa que los que no dan dinero, están de sobra.
«La gran penuria, que pesa en el corazón y daña el alma, no la conocería Michael hasta llegar a la escuela. El bofetón -precedido por una mirada de ira del profesor a los ojos del hipnotizado alumno que se prolongaba durante largos segundos- y los varazos asestados con todo ímpetu -que amorataban las puntas de los dedos y los pulpejos de las manos, o iban directos al trasero, produciendo unos habones rojos y gruesos como gusanos- no eran lo más terrible que el maestro Dúrr infligía a sus cuarenta cabezas de turco. Lo más terrible era el miedo. Su método educativo consistía en transformar a los chiquillos en seres poseídos por el miedo. El temor caldeaba el aula. De noche, el miedo era el contenido de los sueños de sus estudiantes. Antiguos alumnos, ya adultos casados, seguían sobresaltándose con sus pesadillas por culpa del maestro, y se cambiaban de acera cuando en la calle se cruzaban inesperadamente con él. Incluso en clase de religión, cuando tocaba el tema de Adán y Eva en el Paraíso y el eterno Reino de los Cielos, el maestro se paseaba con una sonrisa fanática a la espera de la respuesta equivocada, igual que un domador, vara en mano, como si no estuviese preparando a cuarenta niños para emprender su camino en la Vida, sino a cuarenta bestias para domesticarlas. Utilizaba su abrumadora autoridad para exterminar la personalidad de sus alumnos y llevaba a cabo una exhaustiva aniquilación de sus almas. Al poco tiempo, la mayoría eran criaturas con todos los atributos del sumiso, material listo para la siguiente autoridad -el sargento en el patio del cuartel-, y los más sensibles llevaban en la frente el sello de candidatos a ingresar en el manicomio. En especial, temían su sonrisa. Cuando por las mañanas, al comenzar las clases, gritaba: ‘¡Cálculo mental’, sonreía desde la altura de su mesa durante un rato en mitad del silencio sepulcral, hasta que el miedo hacia que los cuarenta chiquillos se bloquearan mentalmente. El temor a ser el blanco de la pregunta, un temor que nublaba los sentidos, habría imposibilitado al mismísimo Immanuel Kant calcular con diez años que ocho por siete son cincuenta y seis. A Michael, un chiquillo sensible que antes de ir a la escuela hablaba con fluidez y, bajo el yugo del maestro, se había vuelto tartamudo de repente -un padecimiento que no volvería a superar hasta pasadas varias décadas”, ya no le dirigía pregunta alguna, dado que lo consideraba demasiado tonto para que de él pudiera salir algo y, en cualquier caso, nunca iba a llegar a nada en la Vida. El maestro había colocado al tartamudo en la última bancada, solo. Lo interpelaba alguna que otra vez, únicamente para entretenimiento de la clase, y todos tenían permiso para reírse de Michael, junto con el maestro, cuando el niño daba, entre tartamudeos, la respuesta equivocada. Al salir de la escuela después de siete años, Michael era un joven herido de gravedad. De hecho, si no se suicidó fue tan solo porque aún no era consciente de que las personas, cuando ya no pueden más, se suicidan. En realidad, sin saberlo, protagonizó varios intentos de suicidio. Su convicción de que no valía para nada y de que era el más tonto de todos desembocaba a veces en ataques repentinos de un salvajismo descontrolado. En aquellos momentos, para demostrarse a sí mismo y a sus amigos de la calle que era capaz de todo, corría al galope sobre el puente del Meno, por la balaustrada estrecha de piedra que quedaba a la altura de una casa por encima de la superficie del agua, en una carrera contra la muerte; o bien trepaba hasta lo alto de la torre de la iglesia, saltando de una cornisa a otra, separadas por veinte metros. En dos ocasiones, a Michael, que no sabia nadar y quería demostrar a sus amigos que podía pasar buceando bajo una balsa, lo habían llevado a casa casi muerto, sin que se enterase su madre». Fragmento de la novela «A La Izquierda, Donde El Corazón» (1952) Publicado 16th October 2018 por Álvaro Heras-Gröh
Hay palabras en el lenguaje que recrean las cosas del mundo de manera tan vívida, pero sobre todo tan visual, como la impresión que originalmente deja en el “ánimo” el objeto ausente. Pero hay palabras que incluso aguzan ese objeto ausente, sacándole filo a su naturaleza física. Estas palabras son escazas y, dentro de la […]