«La gran penuria, que pesa en el corazón y daña el alma, no la conocería Michael hasta llegar a la escuela. El bofetón -precedido por una mirada de ira del profesor a los ojos del hipnotizado alumno que se prolongaba durante largos segundos- y los varazos asestados con todo ímpetu -que amorataban las puntas de  los dedos y los pulpejos de las manos, o iban directos al trasero, produciendo unos habones rojos y gruesos como gusanos- no eran lo más terrible que el maestro Dúrr infligía a sus cuarenta cabezas de turco.  Lo más terrible era el miedo. Su método educativo consistía en transformar a los chiquillos en seres poseídos por el miedo. El temor caldeaba el aula. De noche, el miedo era el contenido de los sueños de  sus estudiantes. Antiguos alumnos, ya adultos casados, seguían sobresaltándose con sus pesadillas por culpa del maestro, y se cambiaban de acera cuando en la calle se cruzaban inesperadamente con él. 
Incluso en clase de religión, cuando tocaba el tema de Adán y Eva en el Paraíso y el eterno Reino de los Cielos, el maestro se paseaba con una sonrisa fanática a la espera de la respuesta equivocada, igual  que un domador, vara en mano, como si no estuviese preparando a cuarenta niños para emprender su camino en la Vida, sino a cuarenta bestias para domesticarlas. Utilizaba su abrumadora autoridad para exterminar la personalidad de sus alumnos y llevaba a cabo una exhaustiva aniquilación de sus almas. Al poco tiempo, la mayoría eran criaturas con todos los atributos del sumiso, material listo para la siguiente autoridad -el sargento en el patio del cuartel-, y los más sensibles llevaban en la frente el sello de candidatos a ingresar en el manicomio. 
En especial, temían su sonrisa. Cuando por las mañanas, al comenzar las clases, gritaba: ‘¡Cálculo mental’, sonreía desde la altura de su mesa durante un rato en mitad del silencio sepulcral, hasta que  el miedo hacia que los cuarenta chiquillos se bloquearan mentalmente. El temor a ser el blanco de la pregunta, un temor que nublaba los sentidos, habría imposibilitado al mismísimo Immanuel Kant calcular  con diez años que ocho por siete son cincuenta y seis. 
A Michael, un chiquillo sensible que antes de ir a la escuela hablaba con fluidez y, bajo el yugo del maestro, se había vuelto tartamudo de repente -un padecimiento que no volvería a superar hasta pasadas varias décadas”, ya no le dirigía pregunta alguna, dado que lo consideraba demasiado tonto para que de él pudiera salir algo y, en cualquier caso, nunca iba a llegar a nada en la Vida. El maestro había colocado al tartamudo en la última bancada, solo. Lo interpelaba alguna que otra vez, únicamente para entretenimiento de la clase, y todos tenían permiso para reírse de Michael, junto con el maestro, cuando el niño daba, entre tartamudeos, la respuesta equivocada. 
Al salir de la escuela después de siete años, Michael era un joven herido de gravedad. De hecho, si no se suicidó fue tan solo porque aún no era consciente de que las personas, cuando ya no pueden más, se  suicidan. En realidad, sin saberlo, protagonizó varios intentos de suicidio. Su convicción de que no valía para nada y de que era el más tonto de todos desembocaba a veces en ataques repentinos de un salvajismo descontrolado. En aquellos momentos, para demostrarse a sí mismo y a sus amigos de la calle que era capaz de todo, corría al galope sobre el puente del Meno, por la balaustrada estrecha de piedra que quedaba a la altura de una casa por encima de la superficie del agua, en una carrera contra la muerte; o bien trepaba hasta lo alto de la torre de la iglesia, saltando de una cornisa a otra,  separadas por veinte metros. En dos ocasiones, a Michael, que no sabia nadar y quería demostrar a sus amigos que podía pasar buceando bajo una balsa, lo habían llevado a casa casi muerto, sin que se enterase su madre».
Fragmento de la novela “A La Izquierda, Donde El Corazón” (1952) Publicado 16th October 2018 por Álvaro Heras-Gröh