“Las mujeres son la maravilla del mundo. Desde hace 30 años yo leo casi exclusivamente libros escritos por mujeres. Me asombran sus obras. Obras como la de Malú, la libanesa, magnífica escritora. Acabo de leer con placer Nosotras, que nos queremos tanto, de la chilena Marcela Serrano. He leído a Tang, la china que vive en San Francisco, y a una mujer verdaderamente genial que se llama Izaco Mabsubara, japonesa teóloga y filósofa que escribe en alemán. Su novela Los pájaros del crepúsculo es una obra maestra. Son la otra cara de la luna, la que no vemos. Es un coto fascinante, enteramente secreto y riquísimo que apenas ahora comienza a exhibir la ternura de su lucidez, esa capacidad enorme para vivir y soportar la minucia incesante. La multiplicidad es la mujer. Los hombres somos toscos, brutos y vulgares. Pero ellas son lindas, son la vida misma, y cuando tienen talento para escribir son una fuente espléndida de conocimiento.
Pigmalion de José emilio Pacheco
Pigmalión, gran escultor de Chipre, creó una estatua más bella que todas las mujeres y todas las obras de arte. La llamó Galatea. Apasionado, la besaba y acariciaba. Galatea no respondía a su creador. En su desesperación Pigmalión rogó a Venus que le diera vida a la estatua. Galatea al fin cedió a sus caricias. Durante unos meses todo fue pasión y placer. Luego empezó la discordia. Llegaron los celos, el egoísmo, los rencores. Pigmalión y Galatea acabaron por separarse. Ahora se odian y cuando se encuentran en algún lado no se dirigen la palabra.

José Emilio Pacheco
Chertogón deNikolái Semënovic Leskov
LOS PINCHES TIRANOS CARLOS CASTANEDA. FRAG DEL FUEGO INTERNO
…-¿Usted encontró a un pinche tirano, don Juan?
-Tuve suerte. Un verdadero ogro me encontró a mí. Sin embargo, en aquel entonces, yo me sentía como tú, no podía considerarme afortunado, aunque mi benefactor me decía lo contrario.
Don Juan dijo que su penosa experiencia comenzó unas semanas antes de conocer a su benefactor. Apenas tenia veinte años de edad en aquel entonces. Había conseguido un empleo como jornalero en un molino de azúcar. Siempre había sido muy fuerte, y por eso le era fácil conseguir trabajos para los que se requerían músculos. Un día, mientras movía unos pesados costales de azúcar llegó una señora. Estaba muy bien vestida y parecía ser mujer rica y de autoridad. Dijo don Juan que la señora quizá tenía unos cincuenta años de edad, y que se le quedó viendo, luego habló con el capataz y partió.
El capataz se acercó a don Juan…
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Soy capulín
Seguramente un pájaro me depositó en el patio de un tal sendero. Él tuvo la gentileza de dejarme vivir, y me dio de beber en períodos de sol y bochorno. Crecí sin saber que la vida me pondría un verde intenso en mis hojas y me daría flores tan blancas que podrían pensar que me cayó nieve; eso sería una locura en el trópico. Se abrieron, y exhalé un aroma dulce y penetrante que llamó a las abejas que prontas acudieron a succionar mi polen. fue hermoso tener tantas visitas e irme con ellas hacia lugares donde fecundaré a otros de mi especie. No sabía. A mis frutos que son de color azul oscuro, casi negro, pequeñas circunferencias que los niños se llevan a la boca y sonríen al ver maculados sus dientes. La gente tritura las esferitas y hace paletas y una bebida caliente que llaman atole, sí , atole de capulín. Cuando me zarandean, me da por suspirar y dejar un exuberante olor que complace a los sentidos más exigentes. Puedo entintar pasteles y servir de sombra a pintores que gusten contrastarme con su luz. Cómo muchos frutos que no somos comerciales, es posible que me pierda en el tiempo por las manos mezquinas del hombre, que piensa que los que no dan dinero, están de sobra.


Amor real de Martín Gardella
Ni siquiera el jaque mate que sufrió su consorte afectó tanto a la reina como la movida en que el alfil contrario se comió al peón del medio.


Senryu a la ventana

Tras la ventana
el sol se abre y pinta
de fiucha a las flores.
Senryu a la tarde
El tiempo va
como la barca viene;
la tarde es río.

Senryu a la fobia
El tren se incrusta
al túnel misterioso;
soy claustrofóbico.

Leonhard Frank «a la izquierda donde el corazón» frag.
«La gran penuria, que pesa en el corazón y daña el alma, no la conocería Michael hasta llegar a la escuela. El bofetón -precedido por una mirada de ira del profesor a los ojos del hipnotizado alumno que se prolongaba durante largos segundos- y los varazos asestados con todo ímpetu -que amorataban las puntas de los dedos y los pulpejos de las manos, o iban directos al trasero, produciendo unos habones rojos y gruesos como gusanos- no eran lo más terrible que el maestro Dúrr infligía a sus cuarenta cabezas de turco. Lo más terrible era el miedo. Su método educativo consistía en transformar a los chiquillos en seres poseídos por el miedo. El temor caldeaba el aula. De noche, el miedo era el contenido de los sueños de sus estudiantes. Antiguos alumnos, ya adultos casados, seguían sobresaltándose con sus pesadillas por culpa del maestro, y se cambiaban de acera cuando en la calle se cruzaban inesperadamente con él.
Incluso en clase de religión, cuando tocaba el tema de Adán y Eva en el Paraíso y el eterno Reino de los Cielos, el maestro se paseaba con una sonrisa fanática a la espera de la respuesta equivocada, igual que un domador, vara en mano, como si no estuviese preparando a cuarenta niños para emprender su camino en la Vida, sino a cuarenta bestias para domesticarlas. Utilizaba su abrumadora autoridad para exterminar la personalidad de sus alumnos y llevaba a cabo una exhaustiva aniquilación de sus almas. Al poco tiempo, la mayoría eran criaturas con todos los atributos del sumiso, material listo para la siguiente autoridad -el sargento en el patio del cuartel-, y los más sensibles llevaban en la frente el sello de candidatos a ingresar en el manicomio.
En especial, temían su sonrisa. Cuando por las mañanas, al comenzar las clases, gritaba: ‘¡Cálculo mental’, sonreía desde la altura de su mesa durante un rato en mitad del silencio sepulcral, hasta que el miedo hacia que los cuarenta chiquillos se bloquearan mentalmente. El temor a ser el blanco de la pregunta, un temor que nublaba los sentidos, habría imposibilitado al mismísimo Immanuel Kant calcular con diez años que ocho por siete son cincuenta y seis.
A Michael, un chiquillo sensible que antes de ir a la escuela hablaba con fluidez y, bajo el yugo del maestro, se había vuelto tartamudo de repente -un padecimiento que no volvería a superar hasta pasadas varias décadas”, ya no le dirigía pregunta alguna, dado que lo consideraba demasiado tonto para que de él pudiera salir algo y, en cualquier caso, nunca iba a llegar a nada en la Vida. El maestro había colocado al tartamudo en la última bancada, solo. Lo interpelaba alguna que otra vez, únicamente para entretenimiento de la clase, y todos tenían permiso para reírse de Michael, junto con el maestro, cuando el niño daba, entre tartamudeos, la respuesta equivocada.
Al salir de la escuela después de siete años, Michael era un joven herido de gravedad. De hecho, si no se suicidó fue tan solo porque aún no era consciente de que las personas, cuando ya no pueden más, se suicidan. En realidad, sin saberlo, protagonizó varios intentos de suicidio. Su convicción de que no valía para nada y de que era el más tonto de todos desembocaba a veces en ataques repentinos de un salvajismo descontrolado. En aquellos momentos, para demostrarse a sí mismo y a sus amigos de la calle que era capaz de todo, corría al galope sobre el puente del Meno, por la balaustrada estrecha de piedra que quedaba a la altura de una casa por encima de la superficie del agua, en una carrera contra la muerte; o bien trepaba hasta lo alto de la torre de la iglesia, saltando de una cornisa a otra, separadas por veinte metros. En dos ocasiones, a Michael, que no sabia nadar y quería demostrar a sus amigos que podía pasar buceando bajo una balsa, lo habían llevado a casa casi muerto, sin que se enterase su madre».
Fragmento de la novela «A La Izquierda, Donde El Corazón» (1952) Publicado 16th October 2018 por Álvaro Heras-Gröh

Galina Galina: El balcón
Soñé con un viejo jardín. Destruido,
lo rodeaba la delicada sombra de los árboles,
las antiguas columnas apenas se sostenían.
Vos y yo, juntos en el silencio primaveral,
avergonzados por esta cercanía involuntaria …
¡Cómo nos cantaba el ruiseñor,
cómo brillaban las estrellas!
¡Me sentía demasiado feliz y a la vez tan triste!
Yo sabía, sabía que todo era un sueño
y que en realidad somos dos extraños,
las estrellas no brillarán para nosotros
y no nos cobijará el balcón destruido.

Senryu al trote
¿Cuántas pisadas
han arado el paisaje?
¿rumora el río?

¿De dónde vienen los lirios de van Gogh? — El Blog de Arena

Hay palabras en el lenguaje que recrean las cosas del mundo de manera tan vívida, pero sobre todo tan visual, como la impresión que originalmente deja en el “ánimo” el objeto ausente. Pero hay palabras que incluso aguzan ese objeto ausente, sacándole filo a su naturaleza física. Estas palabras son escazas y, dentro de la […]
¿De dónde vienen los lirios de van Gogh? — El Blog de Arena
La ciudad amurallada de Rubén Pesquera Roa
Sobreviviendo apenas con los desechos y las aguas negras. Los ricos los toleran pues de entre ellos escogen sus prostitutas y sus sirvientes ínfimos. Los ricos salen de la Ciudad cuando quieren, se van a las montañas o al mar, o visitan otras ciudades igual de prósperas. Los miserables viven afuera de la ciudad, pero no pueden ir a ningún lado.

