Similitudes*, fragmento de RoyArundhat -el dios de las pequeñas cosas.

* Cualqier similitud con nuestros pueblos es una infame coíncidencia
Ammu preguntó por el jefe de policía, y cuando pasó a su despacho le dijo que había habido un terrible error y que quería hacer una declaración. Pidió ver a Velutha.  Los bigotes del inspector Thomas Mathew se agitaron como los del simpático maharajá de la propaganda de Air India, pero en sus ojos había avidez y malicia.
—Ya es un poco tarde para eso, ¿no le parece? —dijo en malayalam. En el vulgar dialecto de Kottayam. Mientras se dirigía a Ammu no apartaba los ojos de sus pechos. Dijo que la policísabía todo lo que necesitaba saber y que la policía de Kottayam no aceptaba declaraciones de veshyas ni de sus hijos ilegítimos. Ammu contestó que eso ya se vería. El inspector Thomas Mathew dio la vuelta al escritorio, se acercó a Ammu empuñando su bastón de mando y añadió
—: Yo, en su lugar, me iría a casa sin chistar.
Después le dio unos golpecitos en los pechos con su bastón de mando. Suavemente. Tras, tras. Como si estuviera escogiendo mangos de una canasta. Señalando los que quería que le envolviesen y le mandasen a casa. El inspector Thomas Mathew parecía saber con quién podía meterse y con quién no. La policía tiene ese instinto.
Detrás de él había un letrero azul y rojo que decía:
Pulcritud
Obediencia
Lealtad
Integridad
Cortesía
Imparcialidad
Abnegación
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EL AVE FÉNIX NO EXISTE — manologo

De muy niño “quería todo el oro del mundo” y vendía caramelos para conseguirlo; creció y se dio cuenta que el papel valía en este mundo más que el oro y cuando pudo se empleó en un banco. En el banco aprendió que un solo papel podía valer por millones de papeles y cambió […]

a través de EL AVE FÉNIX NO EXISTE — manologo

El dios de las pequeñas cosas de Roy, Arundhati liga a pdf

Ésta es la historia de tres generaciones de una familia de la región de Kerala, en el sur de la India, que se desperdiga por el mundo y se reencuentra en su tierra natal. Una historia que es muchas historias. La de la niña inglesa Sophie Moll que se ahogó en un río y cuya muerte accidental marcó para siempre las vidas de quienes se vieron implicados. La de dos gemelos -Estha y Rahel- que vivieron veintitrés años separados. La de Ammu, la madre de los gemelos, y sus furtivos amores adúlteros. La del hermano de Ammu, marxista educado en Oxford y divorciado de una mujer inglesa. La de los abuelos, que en su juventud cultivaron la entomología y las pasiones prohibidas. Ésta es la historia de una familia que vive en unos tiempos convulsos en los que todo puede cambiar en un día y en un país cuyas esencias parecen eternas.

Arundhati Roy

Escritora y activista india, Arundhati Roy nació en 1961 en la ciudad de Shillong. Estudió Arquitectura en Delhi. Tras conocer a su segundo marido, cineasta, trabajó como guionista para dos películas y una serie de televisión.

En 1996 publicó El dios de las pequeñas cosas, su primera novela. Se trata de un relato semiautobiográfico por el que ganó el Premio Booker al año siguiente. Con el reconocimiento que le proporcionó este libro, volvió al mundo de la televisión para colaborar en series y documentales.

Como activista, ha publicado números ensayos sobre el poder público, el capitalismo, la globalización, la injusticia social, la inseguridad, la guerra, las pruebas nucleares, etc. En 2004 fue galardonada con el Premio Sídney de la Paz por su contribución al pacifismo.

Arundhati-Roy

 

Choka a Li-po

Bajo el rió azul
la luna es oro y cobre,
¡es tan hermosa!
que Li po dormirá
por los siglos con ella.

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Li Taipo o Li Bai (701 -762), de la dinastía Tang (618-907), es el máximo poeta de toda la historia literaria de China.

Su imagen de hombre libre, alegre ,enérgico, amigable, espontáneo y simpático; su amor por la embriaguez que sin pretensiones ofrece estados trascendentales de la mente; su fidelidad a los amigos de toda clase social; su admiración  por la naturaleza y su devoción por la armonía universal, en el más puro estilo taoísta, son características tan personales que no sólo lo definen, sino que nos lo acercan como a un ser muy humano, desbordante de vida.

Su obra, a pesar de la lejanía cultural y temporal, tiene la virtud de despertar en nosotros un renovado gozo estético.

Admiramos, en virtud de la palabra bien dicha, su gran personalidad y su genial sentido artístico. En versos sencillos, de frases sobrias, elegantes, sugiere un mundo propio y a la vez universal, de resonancias intensas para la sensibilidad de todos los lectores. Leerlo es tener la vivencia de un poeta que pertenece a la humanidad.

Teniendo en cuenta tan sólo las dimensiones chinas de su popularidad y difusión, se puede afirmar, sin lugar a dudas, que Li Bai ha sido y sigue siendo el poeta más leído en la historia del mundo.

Leyendo la leyenda

La leyenda de Li Bai es blanca si se relaciona con la historia de su nombre propio. El apellido Li, que significa ciruelo, fue heredado de su padre. Pero su nombre propio tiene una leyenda blanca como origen. En efecto, se dice que la víspera del nacimiento del poeta, la madre soñó que se le acercaba una enorme estrella blanca, la más brillante del firmamento. Como en chino a Venus se le llama “la gran blanca” o “la estrella blanca”, la madre eligió el nombre de este planeta como nombre propio de la criatura que nacería al día siguiente: Tai Bai, o simplemente Bai, Taipo o Po en pronunciación regional y antigua . “Bai” o “Po” significan “blanco”. “Tai Bai” o “Tai Po” significan “el gran blanco” o “la estrella Venus”.

Es blanca la leyenda de Li Bai como blanca es la luna llena, amiga entrañable que le inspirara bellas metáforas y numerosos poemas . Tal es el caso, entre otros muchos, del poema que dice:

Bebo solo bajo la luna

Con mi jarro de vino entre flores,

Sin amigos, bebo solo.

Levanto la copa e invito a la luna

Y somos tres con mi sombra.

La luna no sabe beber,

Mi sombra sólo acierta a seguirme.

Pero pronto nos hacemos amigos,

Y alegres disfrutamos la primavera.

Canto y la luna a mi ritmo se balancea,

Danzo y mi sombra tropieza y titubea.

Sobrios, compartimos nuestro gozo,

Ebrios, todo se esfuma de nuestra vista.

¡Que nos encontremos en el río de nubes,

 para alegrarnos por siempre en las alturas!

Para muchos, el color propio de la leyenda de Li Bai es el rojo. No el rojo bermejo de los arreboles, ni el violento de las amapolas o el de diversos matices de las rosas, ni el rojo sangre de la tragedia, ni el desteñido y sucio de las guerras y la sangre derramada.

El rojo propio de esta leyenda es el rojo del vino. El rojo del licor que lo acompañó en su soledad, que lo consoló en su desgracia, que lo inspiró en diversos momentos de su dramática existencia.

Copa en mano, pregunto a la luna

Al límpido cielo, ¿cuándo llegaste?

Te pregunto, levantando mi copa.

No puedo trepar hasta tu espléndida lumbre,

Aunque fiel me acompañes para siempre.

Antiguos y presentes pasan como las aguas del río

Y todos aprecian el resplandor de la misma luna.

¿Que más podría desear, mientras canto y bebo,

 sino verte repetida en el fondo de mi copa dorada?

La amistad es una tradición muy arraigada en el pueblo y en la poesía de China. La amistad con los amigos, así como la amistad con cielos y tierra, es el ideal de la armonía del universo.

De noche, con mis amigos

Purificados de mil años de tristeza,

¡bebamos juntos cien jarras de vino!

¡Ah¡ ¡Qué agradable conversar toda la noche!

¡La luna espléndida no nos deja dormir!

Ebrios, recostados sobre la montaña vacía,

Nos cubrirá el cielo amigo y la tierra será

Nuestro lecho.

http://www.chinatoday.com.cn/hoy/2k212/09.htm

Raj, bohemio de Hari Kunzru, literatura Hindú

Hari Kunzru nació en Londres en 1969, de madre inglesa y padre indio, y en la actualidad vive en Nueva York. Es editor y periodista free-lance y ha colaborado con publicaciones inglesas e internacionales como The New York Times, The Guardian, The New Yorker, Daily Telegraph, The Economist y Wired. Su primera novela, El transformista (Alfaguara, 2005), recibió los Premios Betty Trask y Somerset Maugham entre otros, y su autor fue reconocido por la revista Granta como uno de los veinte mejores escritores de menos de cuarenta años. Su segunda obra, Leila.exe (Alfaguara, 2005), una sátira sobre la globalización, fue calificada por el New York Times como una de las mejores novelas del año y recibió el British Book Award, que premia al escritor de origen africano, caribeño o asiático cuya obra haya tenido mayor impacto durante el año literario. En 2005 publicó una colección de relatos, Noise, a la que siguió la novela Mis revoluciones (Alfaguara, 2008). Sus obras se han traducido a más de veinte idiomas.

Nos gustaba juntarnos de manera informal. Llamábamos a último momento. Nos enviábamos mensajes unos a otros desde nuestros móviles. A veces nuestros nombres aparecían en listas exclusivas de invitados (porque si bien éramos pobres también éramos bellos, y a la gente le gustaba tenernos a su alrededor), pero a menudo preferíamos hacer alguna otra cosa: asistir a la apertura de la exposición de un amigo, tomar algo en clubes after-hours o en el cuarto de encima de un bar, viajar a algún barrio lejano para ver a una banda que iba a tocar en un depósito. Salíamos a bailar cuando nos daba la gana (ninguno tenía trabajo estable), y cuando no salíamos nos quedábamos en casa, viendo películas y drogándonos. Siempre había alguien que tenía algo nuevo o especial: preestrenos piratas del próximo éxito de Hollywood, copias de cortos en ocho milímetros de los años setenta. Veíamos las explosiones de aviones de la próxima temporada, o a agentes de bolsa vieneses masturbándose sobre mesas de quirófano. Carne cruda y Nick Cage. Fuera lo que fuese que viéramos, era, por definición, bueno: porque lo habíamos visto, porque —aunque fuera temporariamente— nos pertenecía. Para cuando el resto del mundo se enteraba —lo que siempre sucedía, tarde o temprano— ya por lo general nos habíamos aburrido y habíamos pasado a lo siguiente. Ya hacía mucho que habíamos dejado de lamentar la pérdida de algún temprano entusiasmo. Aprendimos a descartarlos sin dolor. Lo mismo con las discos y los bares. No importaba donde fuéramos, terminaba apareciendo en las revistas tres o cuatro meses más tarde. Una mención al pasar en un blog y ese lugar que había estado empapelado de rostros hermosos e interesantes de repente terminaba inundado de banqueros jóvenes en camisas de vestir que analizaban la escena de manera nerviosa, tratando de decidir si se estaban divirtiendo o no.
Aclaro que nunca planeamos que nuestras vidas fueran así. Odiábamos a los trendies, esos chicos pendientes de la moda, siempre intentando que los vean, siempre esperando que les llovieran los flashes de los paparazzi o que les entrevistaran acerca de su peinado. Lo nuestro no era una cosa neurótica. Montábamos eventos abiertos al público: salones literarios, conciertos, fiestas, espectáculos. Pero de vez en cuando, en medio de nuestras agitadas órbitas sociales, nos gustaba hacer algo el uno por el otro, algo que no nos robara energía, que nos hiciera sentir que volvíamos a tener privacidad.
Mi amiga Sunita era muy teatral. Le encantaba la formalidad, la intriga. Tenía un estilo un poco antiguo, lo cual hubiera parecido presuntuoso o como una ironía gastada si no fuera porque también poseía un extraño sentido del humor y una sinceridad encantadora, casi dolorosa. Para Sunita el mundo era una especie de juego trágico. Cuando organizaba una cena siempre había invitaciones hechas a mano, un código de vestimenta a seguir. Una vez dio una cena surrealista, repleta de escafandras de buceo y langostas, y la presidió en un vestido verde de gasa casi completamente transparente. En otra ocasión, su tema fue la guerra. Armar una cena alrededor del tema de la guerra podría parecer de mal gusto —sobre todo ahora, de todos los tiempos posibles— pero a Sunita le salió bien. Llegamos todos cargando armas de juguete y cascos inscriptos con lemas de mercenarios. Algunos nos reíamos por lo bajo, otros murmuraban sobre el mal gusto de nuestra anfitriona. Pero no se cómo, esa noche —que debiera haber sido ridícula— adquirió un aura inesperada de profundidad. ¿Cómo, preguntan? Sunita la transformó en un funeral. Brindamos por los millones de muertos, por todos aquellos que habían tenido que soportar en carne propia lo que nosotros mirábamos por televisión. Le habíamos escapado a ese destino, y por eso nos sentíamos culpables. Nuestros disfraces ridículos eran la marca de nuestra vergüenza. Orejas de burro, bonetes de necios.
Cuando empezó a circular el rumor de que Sunita iba a armar otra cena, la gente comenzó de inmediato a tratar de conseguir una invitación. Todos sabían que Sunita y yo éramos amigos íntimos. Mis amigos me llamaban, casi rogándome que les consiguiera una invitación. Me tuve que disculpar y decirles que estaba fuera de mi control. Era una regla, una regla extraoficial: ni descolgados ni parásitos.
Sunita vivía en un viejo depósito textil, un edificio grande y lleno de eco a poco de transformarse en un edificio de departamentos. Tenía charcos de agua en el sótano y un montacargas que hacía un ruido metálico infernal en su camino al tercer piso, donde Sunita se había instalado montando la plomería para una cocina y levantando paredes para separar un dormitorio y un baño. El espacio principal era un estudio, donde Sunita dibujaba motivos abstractos de líneas que se ramificaban y se anidaban las unas en las otras y que habían crecido, desde que yo la conocía, desde unos cuadros ínfimos más pequeños que un libro de bolsillo a cosas enormes que se extendían sobre múltiples hojas de papel en un arco incierto. El propietario, un griego llamado Constantine que tenía una docena de otras propiedades por la zona, estaba esperando a que el mercado inmobiliario mejorara antes de remodelar. Hasta que comenzara la construcción Sunita podía vivír allí sin pagar alquiler. Nunca supe los detalles, pero había llegado a algún tipo de acuerdo con Constantine. De vez en cuando lo encontraba allí, cuando iba de visita, un hombre gordo en un abrigo de cachemira sentado junto a la enorme mesa de pino, pelando pistachos. A menudo él le traía a Sunita frutos secos, a veces cerezas o cajas de dulces pegajosos. Sunita parecía manejarlo bastante bien.
La invitación para esta nueva cena de Sunita era mínima: un pedazo de papel grueso de color crema con la frase «Comer es honesto» impresa en letra cursiva antigua. Fecha y hora, dirección, la críptica instrucción «Vestirse sinceramente». Pasé bastante tiempo debatiendo qué ponerme. Como de costumbre, Sunita no me dio ninguna pista sobre cómo interpretar el tema de la cena. «No, no te voy a ayudar», me dijo. «Ya sabes que eso lo arruina todo.» Así que empecé a llamar a gente. Nadie tenía la más remota idea. Vikram, como era de esperar, tomó por el costado escatológico. «Baños», dijo. «Va a hacer lo de la película de Buñuel con los baños. Nos va a hacer cagar a todos alrededor de la mesa del comedor y luego nos va a hacer comer en pequeñas celdas individuales.»
Terminé decidiéndome por un look irónico de nerd, con anteojos de plástico de marco grueso y un corbatín con elástico. No estaba muy convencido, igual. Pensé en vestir mi propia ropa, basado en que habría sido la respuesta más sincera —vestirse como si no hubiera código a seguir—, pero no pude decidirme acerca de cuál sería la opción más neutral. ¿Cómo podía hacerles saber a todos que no solo era yo, sino que estaba expresando mi yo? Maldita Sunita, pensé. Malditas sean sus complicadas ideas.
Al llegar al depósito me encontré con que lo había transformado en una especie de visión kitsch del Cielo cristiano. Sábanas blancas cubrían las paredes. Una mesa larga estaba preparada con flores y candelabros y bandejas de plata repletas de comida. Al acercarte te dabas cuenta de que todo estaba hecho de papel de aluminio y pintura en aerosol, pero a la luz de las velas la escena parecía suntuosa, romántica. Junto al plato de cada comensal había un pequeño espejo de mano. Evidentemente la introspección era parte de la noche. Una cantidad de viejas ilustraciones médicas explicando el sistema digestivo humano estaban pegadas de manera desordenada sobre la pared. Sunita vestía una túnica de lino blanco y nos dio la bienvenida con un breve discurso compuesto de —por lo que pude discernir— párrafos cortados de distintos libros de dietas. La comida era simple y sin pretensiones —frutas, quesos, hogazas de pan crujiente— y mientras comíamos había un programa predefinido de entretenimiento. Michel leyó varios de sus poemas. Hengist y Horsa tocaron canciones folk. Una mujer llamada Kevin hizo una especie de danza improvisada revoleando los brazos de una manera que me hizo sentir avergonzado y un poco incómodo. Lo tomé como una buena señal. Si una obra de arte me hace sentir incómodo o —mejor aún— me enfurece, parece ser una buena razón para prestarle atención.
Todo era muy puro y calmante, una atmósfera que Faye de Way (una vez que logramos que dejara de hablar del tema inacabable de su operación) etiquetó de «desintoxicación del barroco». Si ese era el efecto que deseaba lograr nuestra anfitriona, lo estropearon un poco sus invitados, que fumaban como chimeneas. «¡Mastiquen veinte veces!», nos ordenó Sunita. «Una por cada persona sentada a la mesa.» Yo estaba sentado junto a Thanh, que se había cortado el pelo en un flequillo. Parecía la versión vietnamita de Nico. Le dije que era una oriental inescrutable, y ella me respondió que yo era un pervertido de ojos redondos que iba a llorar como un bebé cuando me cortara la verga. ¡Cómo nos reímos! Estaba en un lugar hermoso, rodeado de gente talentosa. Nadie estaba tratando de hacerse notar, nadie estaba siendo agresivo, y sin embargo todos brillaban de algún modo. Por una noche, éramos gloriosos.
De a poco todos nos cambiamos de sillas, juntándonos en grupos para char lar. Vikram se plantó junto al tocadiscos, poniendo remixes. La mesa, que al comenzar había parecido tan inmaculada, estaba ahora cubierta de botellas vacías y ceniceros y vasos de plástico. Sunita se sentó a mi lado y me preguntó si me estaba divirtiendo. Le dije que sí. Me abrazó y la besé en los labios. «Debieras ahorrarte eso para Thanh», me advirtió. «Si te descuidas, se la va a quedar Raj.»
Raj era una de las pocas personas en la fiesta que no conocía de antes. Era apuesto, aunque con esa belleza convencional que parece sabotear cualquier posibilidad de profundidad o credibilidad en una persona. ¿Será que los hombres guapos están condenados de antemano a convertirse en aburridos obsesionados con el cuidado de la piel, simplemente porque nadie les ha
bla de cosas más serias? ¿O habrá algún vínculo genético entre la apariencia y la inteligencia? Raj llevaba el pelo con gel, separado en puntas afiladas. Llevaba una de esas barbas pretenciosas, afeitada hasta dejar una línea muy fina alrededor del contorno de la mandíbula. Coqueteaba con Thanh, lo cual me resultó molesto, ya que antes había estado sopesando mis opciones y había decidido que definitivamente me quería ir a casa con ella. Aun así, me tragué mi disgusto —al fin y al cabo, el tipo era amigo de Sunita— y me agradó ver que al irme a sentar al lado de Thanh me cedió la posesión de forma bastante amable.
Conversando con él, decidí que en realidad era bastante encantador. Hasta hizo alguna broma a costa de sí mismo, lo cual no me esperaba de alguien como él. Había traído varias botellas de vodka, de una marca que yo no conocía. Nos sirvió un shot a cada uno, contándonos que lo acababa de descubrir y hablando con entusiasmo de lo fragante y suave que era. Hablamos de varias otras cosas —ya no me acuerdo de qué— y sacó algunas fotos con su teléfono, lo cual me pareció un poco tonto y fuera de lugar. Quiero decir, si estás ocupado en grabar la experiencia, ¿no estás en verdad perdiéndote la experiencia en vivo y en directo? Salí pensando que era un buen tipo. Un poco suburbano, un poco soso, pero bastante dulce.
Me fui a casa con Thanh, como había querido, y por el siguiente par de semanas mis recuerdos de la fiesta de Sunita se vieron filtrados a través de nuestra nueva relación. Nos quedábamos echados durante horas sobre una alfombra en el piso de su estudio, teniendo sexo y escuchando música. Una noche, mientras ella se vestía para volver a lo de su novio (con quien tenía una relación compleja y con quien todavía vivía), yo estaba escribiendo nuestros nombres sin pensar en un buscador en internet —algo así como el equivalente digital de marcar nuestras iniciales en el tronco de un árbol— cuando de repente me encontré con una foto nuestra, abrazados, nuestras mejillas apretadas la una contra la otra mientras le tirábamos besos a la cámara. Delante de nosotros, en primer plano, había una botella de vodka. Por un minuto no pude imaginarme en dónde había sido tomada esta foto. Entonces, para mi sorpresa, me di cuenta que era la fiesta de Sunita. El sitio era de una campaña publicitaria corporativa, algo así como «Consigue-el-Sabor», o «Siente-el-Refresco». Había un concurso y un área de comunidad absolutamente despoblada. Otras fotos similares de jóvenes sexis en situaciones sociales se desplazaban a través de la pantalla, siempre con la botella de vodka en primer plano. Todas las imágenes eran instantáneas tomadas en alguna fiesta.
Me tomó un par de minutos relacionar una cosa con la otra, y cuando me di cuenta de lo que había pasado me dio una rabia tremenda. Hijo de puta. Hijo de puta, falso de mierda. A Raj le habían pagado para tomar esas fotos. Había venido a nuestra fiesta, y no a una fiesta cualquiera sino a una fiesta de Sunita, la reunión más hermosa que se puede imaginar, y descaradamente la había usado para vendernos —para venderme— un producto. Cuanto más lo pensaba, más me cabreaba. Toda esa mierda sobre que el vodka era tan suave: la conversación entera había sido un discurso de venta. Escalofriante. Más que escalofriante. Siniestro. Furioso, le dije a Thanh que viniera a ver lo que había encontrado. Le echó una mirada a la pantalla, mientras se abotonaba la blusa.
—Saliste bastante bien —dijo—. Me gusta esa boquita en pose glam-rock.
—Pero mira bien. Ese hijo de puta nos convirtió en una publicidad.
—¿Nos menciona por nombre?
—Solo nombres de pila.
—Qué pena. Y lo borracha que me veo.
—Supongo que… no, no, ¡no! Ese no es el punto. Quiero decir, ¿no te sientes usada?
—¿Pero qué te molesta tanto? Si ni siquiera te ves tan destruido como yo. La verdad es que no es justo. Tu te la pasaste haciendo shots toda la noche.
—Pero, ¿y Raj? Nunca nos preguntó si queríamos estar en su puto sitio web vendiendo vodka. ¡Y todo eso acerca de lo suave que era el sabor!
—Bueno, la verdad que sí era suave…
—Pero hablar con alguien y en secreto estar tratando de venderle algo… ¿no es, no sé, falto de ética? Seguramente estás de acuerdo en que está totalmente fuera de lugar.
—No nos pidió que compráramos nada. Solo nos dio tragos gratis.
—Ya lo sé, pero el punto era hacernos comprar algo más adelante. Esa marca en particular. Nosotros generamos interés por la marca. Se lo recomendamos a nuestros amigos, se pone de moda, blabla-bla.
—Me debería haber pedido aprobación previa de la imagen, eso sí. ¡Mira mi mentón! Voy a tener que hablar seriamente con él la próxima vez que lo vea.
—¡Mierda, Thanh! Nos estaba usando. Nos quería convertir en… en los primeros compradores.
—Pero somos los primeros compradores. Hace unos meses me dieron un teléfono gratis, por ejemplo. Lo único que tuve que hacer fue ver una película y contar cómo me hizo sentir.
—Por Dios, qué superficial de mierda eres.
Después de eso, Thanh y yo más o menos nos dejamos de ver. No podía entender por qué no se sentía más enojada. Algo preciado para mí había sido violado, algo a lo que me había seguido aferrando. Un placer secreto que no había querido lanzar al gran barril comercial con el resto de las cosas: todos esos otros momentos y recuerdos que se reciclan hasta formar tendencias procesadas, como si fueran triángulos de queso untable. La fiesta de Sunita había sido una fiesta privada. Es la única manera en que puedo describirlo. La fiesta había sido privada, y él la había hecho pública.
Fui a contárselo a Sunita. «Eso es tan típico de Raj», dijo.
Me sentí confundido. ¿Qué me quería decir con eso de «tan típico de Raj»? ¿No creía que había abusado de su confianza? ¿No le parecía que su comportamiento era sucio y traicionero?
—Eh, solamente estaba siendo como es —se rió—. Es un buscavidas. Eso es algo que vas a aprender acerca de Raj cuando lo conozcas mejor.
Aquí debo admitir algo: la ira me resulta complicada. La ira es una emoción muy sincera. Vivimos bajo el imperio de lo cool, y se espera que afrontemos las vicisitudes del mundo con un cierto grado de ironía y desapego. La sinceridad, como cualquier persona en nuestra situación te puede confirmar, es el dominio de los adolescentes que se sienten incómodos consigo mismos y de los tipos que toman Prozac. Pensémoslo bien: la sinceridad es torpe, lo torpe es aburrido, y lo aburrido es grosero, así que es solo una cuestión de cortesía ordinaria no tomarse las cosas demasiado en serio. Pero la verdad es que no pude soportar que Sunita se riera de mí. Cuando estás verdaderamente enojado, tan enojado que te vuelves incoherente y frustrado, no hay nada peor que se te rían en la cara. Perra, pensé. Cabrona de mierda. No eres quien pensé que eras.
Justo cuando me estaba decidiendo a decir algo, me salvó el portero eléctrico. Sunita hizo subir al gordo Constantine, que venía cargado con una caja de mangos en sus manos carnosas. Asintió hacia mi lado como diciendo hola, se instaló en la mesa y empezó a pelarlos y cortarlos. Sunita se sentó a su lado. Me quedé parado junto a la pileta de lavar, los puños cerrados, tan consumido por la bronca que no se me ocurría qué decir. Constantine le daba de comer rebanadas de mango a Sunita con la punta del cuchillo. Ella las tomaba entre los dientes, haciéndole ojitos. Luego de un rato, Constantine levantó la mirada hacia mí.
—No dejen que los interrumpa —dijo.
—Me estaba contando de mi amigo Raj —le explicó Sunita, limpiándose la boca con una servilleta—. Raj es un poco manipulador.
—Mi tipo de persona —dijo Constantine.
Sunita me sonrió.
—Raj tiene un coche genial. ¿Lo has visto?
No, no lo había visto.
—Es una cosa enorme de color púrpura metálico, con luces bajo el chasis y «Mercedes grasa» escrito en la luneta trasera. Es supergracioso.
—¿Cómo lo conociste a Raj?
—Ah, por ahí.
Ese era su eufemismo estándar para referirse a alguien con quien se había acostado. Nunca hubo nada serio entre Sunita y yo, pero aun así sentí una puntada en el pecho.
—No te creo, Sunny. Es un imbécil.
—¿Cual es el problema? —preguntó Constantine—. ¿Quién es este Raj?
—Nadie —dijo Sunita—. Solamente un tipo que parece que le pisó los deditos a alguien.
Constantine señaló hacia su plato.
—Prueba un mango —me dijo—. Son de Alfonso. Muy dulces.
Esa noche no me pude dormir. Me daban vueltas y vueltas en la mente: Raj, vodka. Por supuesto, el vodka no era el problema. Me había gustado el maldito vodka. Y seguramente no había nada intrínsecamente malo en aceptar un trago gratis. Pero tiene que haber un momento en que se te permita dejar de ser un consumidor. Tiene que haber un respiro de todo ese elegir, un momento, bueno, solo para ser. La fiesta de Sunita había sido cool. No importa cuantos peros quieras ponerle a esa palabra, pero era verdad. La mayoría de la gen te nunca tiene la oportunidad de asistir a una fiesta así. Y sí, había tenido un cierto elemento teatral. Pero pensé que solo estábamos siendo cool el uno con el otro, para evitar aburrirnos por unas horas, no para hacer que un pobre chico mal vestido de un barrio de monoblocks se sintiera celoso. Quiero decir, los celos solo engendran resentimiento, ¿no? Violencia. Alguien podría terminar siendo asaltado por culpa de Raj y sus fotos. A alguien lo podrían violar. Empecé a observar mi manera de vivir bajo una nueva luz, con miedo. ¿Qué tengo yo de lo que otros pudieran quererse apropiar? ¿Hay gente a la que la asalten por su capital cultural?
Pensé que el abuso de confianza de Raj sería obvio para todos, pero, para mi sorpresa, a ninguno de mis amigos le pareció ver nada malo. Otto era un ale mán de pelo largo que filmaba promos de música. «Yo preciso información, man», me dijo, encogiéndose de hombros. Estábamos sentados en un bar de sushi, tomando té verde. «No me importa cómo me llega.»
—No es información —argumenté, agitando mi taza—. La velocidad de la luz, la fecha del aterrizaje del hombre en la Luna. Eso es información.
—Uh, por ahí no sabes que recientemente inventaron esta cosa llamada internet…
—Vete a cagar, Otto. Tu sabes lo que quiero decir…
—Olvídate, man. Estás actuando a la antigua, como una especie de comunista. Tengo derecho a realizar actos de elección racional de consumo: para eso pelearon nuestros antepasados en las guerras. Y creo que soy lo suficiente mente inteligente como para filtrar un poco de propaganda, ¿o no? Mira, ¿por qué no le echas un vistazo a esta banda con la que estoy trabajando?
Me dio un pequeño reproductor de música. Escuché por un rato, solo por cortesía.
—Son la última wave de la New Wave —me explicó—. Después de esto, no van a quedar razones para ponerse una remera de Blondie.
Asentí sin ganas. Me sentía demasiado deprimido para seguir discutiendo. Otto, sonriéndome mientras movía la cabeza al ritmo de una música que no oía, ni se dio cuenta.
—Sabía que te iban a gustar. Además, ¿no son geniales esos auriculares? Cancelación de ruido opcional. Un rango dinámico increíble. En particular, los
bajos: muy densos, teniendo en cuenta lo pequeños que son.
De repente, una sospecha se me cruzó por la mente. Pero no, este no era algún buscavidas de los suburbios. Este era Otto. No podía ser.
Y, aun así… Durante los días siguientes empecé a notar algo raro. Cada vez que me encontraba con un amigo o amiga, inmediatamente me recomendaban algo, me presionaban a probar algo nuevo. Lucas había visitado una disco del otro lado de la ciudad y me insistió en que era la mejor noche que había pasado en años. Janine casi me obligó a llevarme a casa una botella de su «nuevo suplemento nutricional favorito». Al principio, lo dejé pasar… Pero en el fondo sabía que algo tenía que ver con Raj y su vodka. Todas las noches le volvía a dar vueltas en mi cabeza. Tragué Ativan y Valium y Paxil (mi médico era fácil de convencer), con la esperanza de que se me pasara la ansiedad. No se me pasó. Y luego vino Joe con sus nuevas zapatillas de correr. La bicicleta de Razia. Todos mis amigos parecían estar dejando caer fragmentos de copia publicitaria en cada conversación, mensajes cortos de sus patrocinadores. Estaban constantemente hablando de sus preferencias por tal marca en particular, repartiendo muestras gratuitas.
Quizá nada había cambiado. Siempre habíamos compartido nueva música unos con otros, o recomendado algún lugar para comer. Pero ahora algo había cambiado. ¿Un tono? Difícil de decir. Ahora empecé a preguntarme si Sasha me estaba contando que el sushi de Bar Fugu era «para morirse» porque lo era en serio o porque se trataba de un buen eslogan. Vikram empezó a hablarme de neumáticos a un nivel de detalle nauseabundo. Radiales de acero, la profundidad de las líneas. Ni siquiera sabía que Vikram tuviera coche. Finalmente, cuando Wei Lin comenzó a hablar con muchísimo entusiasmo acerca de las capacidades de streaming de su nuevo proyector de video, exploté.
—Wei, no me vengas con esta mierda tu también. Ya estoy harto.
—¿Qué?
—La charlita de ventas. Ya no aguanto más. Francamente, me das asco.
—¿Que yo qué?
—Ni siquiera es que necesites dinero. Estás forrado.
—No entiendo por qué estás siendo tan hostil.
—Tu papi es el dueño de una puta compañía constructora en Shanghai. Lo sabemos todos, Wei. No es ningún secreto. Entonces, ¿por qué necesitas hacer esto? ¡No hay ninguna razón! ¿Te divierte? ¿Te da oportunidades de llevarte a alguien a la cama?
Después de esto, Wei les dijo a todos que yo lo había amenazado físicamente. Le dijo a Thanh que quizá me había hecho adicto al crack.
Estaba fuera de mí. Traté de seguir adelante con mi vida, trabajando en mis diseños, hablando con la gente; incluso de salir por la noche, como si todo fuera normal. Pero no lo era. Sentí que estaba bajo una presión mental inmensa, en peligro constante de algún imprevisto evento catastrófico, un colapso del puente psicológico. Las fiestas se me hacían cada vez más traumáticas: el bombardeo de mensajes, la venta encubierta viniéndome de todas partes. Era imposible de separar lo que alguien me decía porque lo sentía, o creía en ello por la mera repetición. ¿En qué momento estaban siendo ellos mismos y cuándo estaban actuando? Empecé, muy ligeramente, a dudar de la realidad de las mentes ajenas. La gente parecía entrar y salir de la existencia. A veces estaban completamente presentes, animados por algo original y verdadero. Pero la mayor parte del tiempo no eran más que zombis, recipientes vacíos operados a control remoto por alguna corporación.
En serio, tenía miedo. Convertirme en ermitaño me parecía, cada vez más, la mejor opción. Esconderme en una cueva en las Hébrides. El mar solitario, el cielo. Ya estaba dispuesto a cerrar las escotillas y esconderme en el submarino de mi propia paranoia cuando conocí a Zoe. Me entendió enseguida, vio que a mi vida le habían robado todo humor, toda posibilidad y juego; que mi vida estaba cerrando el foco hasta quedar en la sinceridad forzada de un pabellón cerrado.
A Zoe no le gustaba estar cerca de la gente, porque pensaba que la hacía enfermar, aunque a primera vista me parecía una persona perfectamente sana. No salía mucho a la calle, y cuando iba de compras siempre llevaba un paquete de toallitas antisépticas en el bolso. En sus peores días se ponía un barbijo. A pesar de sus excentricidades, no era una introvertida, y mantenía una presencia activa en varios sitios de internet y mundos del juego online. Pasábamos mucho tiempo adentro, fumando y hablando. No era físicamente bella, pero yo no quería a alguien hermoso; quería a alguien que me hiciera sentir seguro, y eso Zoe sí lo hacía; hasta esa noche en que mencioné su anillo.
Era una banda ancha de cobre con un número de piedras pequeñas incrustadas, con un aspecto un poco vulgar y una estética que parecía salida de El señor de los anillos. Le pregunté qué era.
—¿Esto? —me contestó de manera distraída, poniendo la mano enfrente de mí mientras que con la otra manipulaba un joystick, corriendo a través de algún laberinto virtual—. Es un anillo de reducción del apetito. ¿Ves esas joyas diminutas? Hay nueve. Ayudan a corregir los desequilibrios bioquímicos en el cuerpo, revirtiendo el flujo de iones en mi torrente sanguíneo. Deberías comprarte uno.
Discurso de zombi. Lo había lanzado sin siquiera una pausa.
—Ay, no, Zoe.
Puso su juego en pausa.
—Qué.
—No… ¿tu también?
—No te entiendo. ¿Estás bien?
—Zoe, te voy a pedir una sola cosa, y más vale que me digas la verdad.
—¿De qué me hablas? Estás pálido.
—¿Alguien te paga para decir esas cosas?
Se rió.
—Ay, perdón, nene, se me escapa a veces. No quise empezar a venderte. Se supone que solo tengo que hacerlo con mis amigas.
—¿Cómo?
—No me hagas caso. Ya sabes lo difícil que es mantener todas las colocaciones sin mezclarlas.
—¿Las colocaciones?
—Colocaciones de producto. ¿Y esa cara? Me miras como si fuera una especie de freak.
—¿Tienes muchas… colocaciones?
—Ay, no te hagas el superior. Tu tampoco trabajas. ¿Qué haces para conseguir dinero? Si una chica no quiere tener un trabajo rutinario, tiene que aprovechar y monetizar su red social.
No me siento orgulloso de lo que hice a continuación. No me pude controlar. Le di una cachetada. Le dije que era una falsa, una zombi. Antes de irme, le eché un último vistazo, y vi cómo se limpiaba la mejilla de manera patética con un pañuelo.
De vuelta en mi departamento, me puse a revisar los regalos que me había comprado en nuestra corta relación: un par de zapatos, una bufanda. Decidí donarlos a la caridad. Encontré una caja de cartón, pero era demasiado grande y los zapatos y la bufanda no ocupaban mucho espacio, así que añadí algunas cosas más. Fue una experiencia curiosamente placentera. Una vez que empecé, se me hizo difícil parar. Un rato más tarde ya había llenado varias cajas, y un poco después varias más. Eran demasiado pesadas para llevarlas a la tienda de caridad, así que las dejé en la vereda, frente a mi edificio. Durante todo el día vi, desde mi balcón, cómo la gente se paraba para revolver y llevarse algunas cosas. Esa misma noche puse el resto de mis cosas también ahí afuera. Absolutamente todo: ropa, libros y discos, muebles, hasta las latas de comida que estaban guardadas en las alacenas de la cocina. Todo lo que tenía. Al final de la tarde siguiente ya no me quedaba nada.
Pasé los siguientes dos días en cuclillas, en un rincón de mi departamento vacío. Algo en mí había reventado, se había roto sin remedio. Mi gusto había sido una parte central de mi identidad. Lo había cultivado, alimentado; lo había regado como a una planta de flores exóticas. Ahora me di cuenta de que todo lo que yo pensaba que era una expresión de mi humanidad más profunda, no era más que una señal de humo de mi estilo de vida; información para algún departamento de marketing, disponible a cualquiera a un clic del mouse. ¿Cómo había llegado hasta aquí?
No entendía. Tenía que haber algo más. ¿Qué era una personalidad, si no era más que un simple menú desplegable, una colección de cosas que nos gustan o no? Y ahora que todas mis pertenencias habían desaparecido, ¿qué tomaría su lugar? ¿Quién era yo sin mis libros de publicación a pedido, mis ediciones limitadas, mis accesorios de segunda mano, únicos e irrepetibles? ¿Cómo iba a hacerme visible a potenciales aliados a través del negro vacío del espacio interpersonal?
Fue entonces cuando me di cuenta de que me habían robado. Me habían extirpado, por la fuerza, de mí mismo. ¿Y quién me había hecho esto? ¿Quién era el causante de toda mi pérdida y mi dolor? Fui corriendo, furioso, a lo de Sunita para pedirle la dirección de Raj. La puerta la abrió Constantine, quien solo vestía una bata floreada en matelassé.
—Salió —me dijo, ajustándose el cinturón de la bata alrededor de la barriga—. Me dijo que te dijera que no vengas más.
Eructó.
—¿Sunita no quiere verme?
—Eso. Dice que tienes mala energía.
No sabía muy bien cómo procesar esta información.
—Me da igual. Por ahora, solo necesito el número de Raj.
—¿Raj? Raj es un buen tipo.
—Entonces, ¿lo conoces?
—Claro. Todos conocen a Raj.
—¿Y cómo lo encuentro?
—Espera, tengo su tarjeta en alguna parte.
Desapareció y volvió con una tarjeta en la mano. En ella, escrito en un tipo de letra futurista cursi, decía «Raj, Bohemio». No sabía si era el nombre de la empresa o la descripción de su puesto.
La dirección quedaba cerca.
—Gracias.
Constantine me miró, preocupado.
—¿Sabes cuál es tu problema?
—A ver, dime.
—Estrés. Necesitas un masaje. Te voy a dar otro número. Es de acá cerca. Las chicas te atienden muy bien.
Le di la espalda y apreté el botón del ascensor.
El viaje hasta la oficina de Raj pasó como en un sueño. Yo era un fantasma flotando a través de un mundo de señales en movimiento, gente llevando bolsas de distintos negocios, inmigrantes repartiendo volantes de bares y escuelas de idiomas. Entré en una tienda gigante, deslumbrado por el cromo y el vidrio y el acero pulido. Era un laberinto de espejos, un paraíso zombi. Chicas sentadas en el mostrador de maquillaje, vestidas de farmacéuticas promiscuas. Tipos ricos con bronceados de esquí evaluando suéteres de cachemira. En la sección de artículos del hogar vi una vitrina repleta de cuchillos, brillando con encanto quirúrgico. Compré el más grande que pude encontrar y me dirigí de vuelta por las escaleras mecánicas hasta encontrar la calle repleta de gente.
La oficina de Raj no era lo que me esperaba. Me imaginaba… no sé qué me imaginaba. Un loft lujoso. Una declaración de estilo de vida. Resultó ser una oficinita compartida, un lugar lúgubre de alfombras gastadas iluminado por tubos fluorescentes sucios; el tipo de lugar donde un contratista independiente se alquila un escritorio para sentirse menos solo en la multitud. Un par de personas levantaron la vista de su trabajo cuando entré. Me sentí mareado, desorientado, el cuchillo envuelto en una bolsa de plástico amarillo en mi mano.
—¡Hola, hombre! Qué bueno verte.
Raj estaba parado detrás de un escritorio atiborrado de pilas de papeles y artículos promocionales. Sobre el monitor de su computadora desfilaba un grupo de juguetes en fila india. Se veía cansado y desaliñado, con los ojos rodeados de profundas ojeras y una mancha rojiza desfigurando su prolija camiseta blanca. Raj, mi némesis. Un tipo tan común. Había ido a matarlo, a convertirlo en nada por haberme convertido a mí en nada. Pero ahora, parado ahí enfrente, no era más que un tipo con una frente grasienta y un grano en el labio superior. Ahora que veía la realidad de su vida —las bolsas de plástico llenas de muestras gratuitas, el sándwich dejado a medio comer sobre una pila tambaleante de revistas— entendí que cualquier confrontación era absurda. Me desplomé en una silla giratoria y empecé a girar en pequeños semicírculos, mientras él seguía de pie frente a mí, esta persona que había contaminado toda mi vida sin siquiera darse cuenta. Había alguien más también. Una mujer. Creo que trató de presentármela. Negué con la cabeza, en silencio. ¿Qué era yo? Un dispositivo de clasificación. Un filtro. Un bivalvo humano, la cultura depositándose en mi interior como un resto de mercurio. Eché una mirada alrededor de la oficina, vi a esos trabajadores jóvenes con los auriculares puestos, escribiendo, hablando por teléfono con los pies apoyados en sus escritorios. Este era el mundo, el mismo adentro que afuera, un lugar de nulidad total. ¿Cómo puede algo hacer la más mínima diferencia? A menos que consigas mantener la cabeza bajo el agua, sumergiéndote en el eterno intercambio de un objeto por otro objeto, es intolerable.
—Te ves horrible —dijo Raj—. ¿Te sientes bien?
Lo miré desde mi silla. Me estaba ofreciendo un vaso de agua.
—¿Es buena? —pregunté.
Sacudió la cabeza, sin entenderme.
—¿Es mejor que las otras marcas de agua?
—Es solamente agua. Del grifo.
Tomé un sorbo.
—¿Estás enfermo? —me preguntó suavemente.
—No.
—¿Qué te pasa, entonces?
Cerré los ojos.
—No sé. Me parece que estoy aburrido.
—Ah…
—¿Hay algo hoy a la noche?
Raj sonrió y empezó a hablarme de una fiesta, una lista de invitados, un lugar secreto. Saqué mi teléfono para agendar el número de contacto.

Raj, bohemio

Jhumpa Lahiri, la India, fragmentos

Pranab Chakraborty no era, en rigor, el hermano menor de mi padre. Era otro bengalí de Calcuta que había ido a parar a las áridas costas de la vida social de mis padres a principios de los setenta, cuando vivían en un apartamento alquilado en Central Square y podían contar sus amistades con los dedos de una mano. Pero yo no tenía ningún tío de verdad en América, así que me enseñaron a llamarle Pranab Kaku. Por consiguiente, él llamaba a mi padre Shyamal Da, dirigiéndose siempre a él con la fórmula más cortés, y llamaba a mi madre Boudi, que es como los bengalíes deben dirigirse a la esposa de un hermano mayor, en vez de utilizar su nombre de pila, Aparna. Después de que Pranab Kaku trabara amistad con mis padres, confesó que el día que nos conocimos nos había seguido a mi madre y a mí durante buena parte de una tarde por las calles de Cambridge, por donde ella y yo solíamos deambular a la salida del colegio. Nos había seguido los pasos por Massachusetts Avenue y luego cuando entramos y volvimos a salir de la Harvard Coop, donde a mi madre le gustaba mirar los artículos domésticos de rebajas. Merodeó con nosotros por Harvard Yard, donde mi madre acostumbraba sentarse en el césped los días agradables y observar las riadas de estudiantes y profesores que surcaban afanosamente los senderos, hasta que, al cabo, cuando subíamos las escaleras de la Biblioteca Widener para que yo pudiera ir al servicio, le dio un toque a mi madre en el hombro y le preguntó, en inglés, si tal vez era bengalí. La respuesta a esa pregunta estaba clara, dado que mi madre llevaba los brazaletes rojos y blancos característicos de las mujeres casadas bengalíes, y un sari típico de Tangail, así como una gruesa franja de polvos color bermellón en la raya del pelo, y tenía la cara llena y redonda y los grandes ojos oscuros tan habituales entre las mujeres bengalíes. Se había fijado en los dos o tres imperdibles que llevaba sujetos a las finas pulseras de oro detrás de las rojas y blancas, que debía de usar como sustitución de un gancho perdido en una blusa o para pasar una cordel por el interior de una combinación en caso de apuro, una práctica que él asociaba estrictamente con su madre, sus hermanas y tías de Calcuta. Además, Pranab Kaku había oído casualmente a mi madre decirme en bengalí que no podía comprarme un número de Archie en la Coop. Pero en aquel momento, según confesó también, América le resultaba tan nueva que no quería dar nada por sentado, de forma que ponía en tela de juicio hasta lo más evidente.
Mis padres y yo llevábamos tres años viviendo en Central Square; anteriormente vivimos en Berlín, donde nací y donde mi padre había terminado su preparación como microbiólogo antes de aceptar un puesto de investigador en el Hospital General de Massachusetts, y antes de en Berlín mis padres habían vivido en la India, donde no se conocían y donde su matrimonio había sido concertado. Central Square es el primer lugar en que recuerdo haber vivido, y en mis recuerdos de nuestro apartamento, sito en una casa con tejado de tablillas marrón oscuro en Ashburton Place, Pranab Kaku siempre está presente. Según la historia que gustaba de recordar a menudo, mi madre lo invitó a acompañarnos de regreso a nuestro apartamento esa misma tarde y preparó el té para los dos; luego, tras averiguar que no había ingerido una comida bengalí como era debido en más de tres meses, le sirvió la caballa al curry y el arroz sobrantes de nuestra cena de la víspera. Se quedó en casa hasta la noche para comer de nuevo después de que mi padre volviera, y a partir de entonces venía a cenar casi todas las noches, ocupando la cuarta silla en nuestra mesa de fórmica de la cocina y pasando a formar parte de nuestra familia tanto en la práctica como en el nombre.
Era de una familia acaudalada de Calcuta y nunca había tenido que servirse ni tan sólo un vaso de agua antes de venir a vivir a América para estudiar ingeniería en el MIT. La vida como licenciado universitario en Boston le supuso una cruel sacudida, y en su primer mes adelgazó casi diez kilos. Había llegado en enero, en medio de un temporal de nieve, y al cabo de una semana hizo el equipaje y se fue a Logan, dispuesto a abandonar la oportunidad para la que había estado trabajando toda la vida, pero cambió de parecer en el último instante. Vivía en la calle Trowbridge, en casa de una mujer divorciada con dos niños pequeños que estaban siempre gritando y llorando. Tenía una habitación alquilada en el ático y sólo se le permitía utilizar la cocina en ciertos momentos del día, con las instrucciones de limpiarla siempre con Windex y una esponja. Mis padres convinieron en que era una situación terrible, y si hubieran tenido un cuarto disponible se lo habrían ofrecido. A falta de eso, era bienvenido en nuestras comidas y tenía nuestro apartamento abierto a cualquier hora, y poco después era allí adonde iba entre las clases y en sus días libres, dejando siempre algún vestigio tras él: un paquete de tabaco casi terminado, un periódico, una carta que no se había molestado en abrir, un jersey olvidado.
Recuerdo con nitidez el sonido de su exuberante risa y la visión de su larguirucho cuerpo recostado o derrumbado sobre el mobiliario soso y desparejo del apartamento. Tenía un rostro llamativo, de frente alta y poblado bigote, así como un pelo rebelde y más largo de lo debido que, según decía mi madre, le hacía parecer uno de esos hippies norteamericanos que andaban por todas partes en aquel entonces. Sus largas piernas zangoloteaban raudas arriba y abajo allí donde tomaba asiento, y sus elegantes manos temblaban cuando sostenía un cigarrillo entre los dedos y hacía caer la ceniza en una taza de té que mi madre empezó a reservar con ese fin exclusivo. Aunque era científico de formación, no tenía nada de rígido ni de predecible. Siempre parecía medio muerto de hambre; entraba por la puerta y anunciaba que no había comido, y luego comía con voracidad, incluso se acercaba a mi madre por detrás para robarle chuletas mientras estaba friéndolas, antes de que hubiera tenido ocasión de ponerlas correctamente en una bandeja con ensalada de cebolla roja. En privado, mis padres comentaban que era un alumno brillante, todo un astro en Jadavpur que había venido al MIT con un impresionante puesto de profesor adjunto, pero Pranab Kaku se mostraba desdeñoso con respecto a sus clases y se las saltaba con frecuencia. «Estos americanos están aprendiendo ecuaciones que yo utilizaba a la edad de Usha», se lamentaba. Le asombraba que mi profesor de segundo curso no me pusiera deberes y que a los siete años aún no me hubieran enseñado las raíces cuadradas o el concepto de pi.
Aparecía sin previo aviso, nunca telefoneaba de antemano, sino que sencillamente llamaba a la puerta tal como hacía la gente en Calcuta y decía a voz en cuello «¡Boudi!» mientras esperaba a que mi madre le abriera. Antes de que lo conociéramos, yo regresaba de la escuela y me encontraba a mi madre con el bolso en el regazo y la gabardina puesta, ansiosa por escapar del apartamento donde había pasado el día sola. Pero ahora me la encontraba en la cocina, haciendo masa para luchis, que normalmente sólo preparaba los domingos para mi padre y para mí, o colgando unas cortinas que había comprado en Woolworth’s. Por entonces yo no sabía que las visitas de Pranab Kaku eran lo que mi madre aguardaba durante tantas horas, que se ponía un sari nuevo y se peinaba esperando su llegada, y que planeaba, con días de antelación, los aperitivos que le serviría con aire de despreocupación. Que vivía para el momento en que lo oía llamar y gritar «¡Boudi!» y que se ponía de un humor de perros los días que no aparecía.
A mi madre debía de agradarle que yo también esperase con ilusión sus visitas. Él me hacía trucos de magia con cartas y una ilusión óptica en la que parecía estar cortándose el pulgar con enorme esfuerzo y dificultad, y me enseñó a memorizar las tablas de multiplicar mucho antes de que tuviera que aprenderlas en el colegio. Su pasatiempo era la fotografía. Tenía una cámara cara que había que ajustar antes de apretar el disparador, y yo me convertí enseguida en su motivo preferido, la cara redondeada, los dientes que me faltaban, el tupido flequillo necesitado de un buen corte. Siguen siendo las fotografías que más me gustan de mí, pues transmiten esa seguridad en uno mismo de la juventud que ya no poseo, sobre todo delante de la cámara. Recuerdo tener que correr de aquí para allá por Harvard Yard mientras él permanecía quieto con la cámara, intentando captarme en movimiento, o posando en las escaleras de los edificios universitarios o en la calle y apoyada contra troncos de árbol. Sólo hay una fotografía en la que aparece mi madre: está abrazándome mientras estoy sentada a horcajadas sobre su regazo, con la cabeza inclinada hacia mí, las manos tapándome las orejas como si quisiera evitar que oyese algo. En esa foto, la sombra de Pranab Kaku, sus dos brazos levantados formando ángulo para sostener la cámara a la altura de la cara, planea en la esquina del encuadre, su silueta oscurecida y sin rasgos solapada por un lado al cuerpo de mi madre. Siempre estábamos los tres. Yo siempre estaba presente cuando él venía de visita. Habría sido inapropiado que mi madre lo recibiera sola en el apartamento; eso se sobreentendía.
Tenían en común todo aquello que no tenían en común ella y mi padre: el amor por la música, el cine, la política izquierdista, la poesía. Eran del mismo barrio en el norte de Calcuta, las casas de sus familias a un paseo una de otra. Conocían las mismas tiendas, los mismos trayectos de autobús y tranvía, los mismos pequeños establecimientos donde preparaban los mejores jelabis y moghlai parathas. Mi padre, en cambio, era de un suburbio unos treinta kilómetros a las afueras de Calcuta, una zona que mi madre consideraba inhóspita, y hasta en las horas más lúgubres de nostalgia estaba agradecida de que mi padre le hubiera ahorrado una vida en la severa casa de sus suegros, donde habría tenido que llevar la cabeza cubierta con el extremo del sari en todo momento y utilizado un aseo exterior que no era sino una plataforma con un agujero, y donde no había una sola habitación decorada con algún cuadro. En cuestión de semanas, Pranab Kaku había traído su grabadora de carrete a nuestro apartamento, y le ponía a mi madre un popurrí tras otro de canciones de las películas hindis de su juventud. Eran animadas canciones de cortejo, que transformaban la callada vida de nuestro apartamento y hacían que mi madre se remontara al mundo que había dejado atrás para casarse con mi padre. Ella y Pranab Kaku intentaban recordar de qué escena de cada película eran las canciones, quiénes eran los actores y cómo vestían. Mi madre describía a Raj Kapoor y Nargis cantando bajo la lluvia con paraguas, o a Dev Anand rasgueando la guitarra en la playa de Goa. Ambos discutían apasionadamente sobre estos asuntos, alzaban la voz en alegre combate, plantándose cara como nunca lo hacían ella y mi padre.
Puesto que desempeñaba el papel de un hermano menor, ella se tomaba la libertad de llamarlo Pranab, mientras que nunca se dirigía a mi padre por su nombre de pila. Mi padre tenía treinta y siete años a la sazón, nueve más que mi madre. Pranab Kaku tenía veinticinco. A mi padre le gustaba el silencio y la soledad. Se había casado con mi madre para aplacar a sus padres, que estaban dispuestos a aceptar su abandono siempre y cuando tuviera esposa. Estaba casado con su trabajo, su investigación, y existía en el interior de una concha que ni mi madre ni yo podíamos atravesar. La conversación era para él un quehacer; le suponía un esfuerzo que prefería invertir en el laboratorio. Le desagradaba el exceso en todos los ámbitos, no manifestaba ninguna ansia o necesidad más allá de los frugales elementos de su rutina diaria: cereales y té por la mañana, una taza de té al volver a casa y dos platos diferentes de verduras todas las noches con la cena. No comía con el apetito desordenado de Pranab Kaku. Mi padre tenía mentalidad de superviviente. De vez en cuando le gustaba comentar, en compañía diversa y a menudo sin que mediara la pertinente provocación, que los rusos hambrientos bajo el mandato de Stalin habían recurrido a comerse el pegamento del empapelado. Cualquiera hubiera pensado que debía de estar levemente celoso, o al menos un tanto receloso, por causa de la regularidad de las visitas de Pranab Kaku y el efecto que tenían en el comportamiento y el ánimo de mi madre, pero yo creo que mi padre le estaba agradecido a Pranab Kaku por hacerle compañía, absuelto de la responsabilidad que debió de sentir por obligarla a abandonar la India, y aliviado, tal vez, al verla feliz para variar.
En verano, Pranab Kaku se compró un Volkswagen Escarabajo y empezó a llevarnos de paseo por Boston y Cambridge, y poco después fuera de la ciudad, volando autopista adelante. Nos llevaba a Té y Especias de la India en Watertown, y una vez fuimos hasta Nueva Hampshire para ver las montañas. A medida que iba haciendo más calor, empezamos a ir, una o dos veces a la semana, a Walden Pond. Mi madre siempre preparaba un picnic con sándwiches de huevo duro y pepino y hablaba con cariño de los picnics invernales de su juventud, imponentes excursiones con al menos cincuenta parientes, todos en tren hasta los campos de Bengala occidental. Pranab Kaku escuchaba esas historias con interés, asimilando los detalles de su pasado a punto de desaparecer. No hacía oídos sordos a su nostalgia, como mi padre, ni escuchaba sin comprender, como yo. En Walden Pond, Pranab Kaku engatusaba a mi madre para que se adentrara en el bosque y la llevaba por la acusada pendiente hasta la orilla del agua. Ella disponía el picnic y se sentaba a mirarnos mientras nadábamos. Él tenía el pecho cubierto de un tupido vello moreno, hasta la cintura. Ofrecía un aspecto curioso, con sus piernas delgadas como palos y una barriguilla pequeña y fláccida, igual que una mujer, por lo demás esbelta, que hubiera dado a luz y no se hubiera preocupado de recuperar el tono muscular del abdomen. «Estás haciéndome engordar, Boudi», se quejaba tras atiborrarse con lo que preparaba mi madre. Nadaba ruidosamente, con torpeza, la cabeza siempre fuera del agua; no sabía hacer burbujas ni contener la respiración, como había aprendido yo en clase de natación. Allí adonde fuéramos, cualquier desconocido habría dado por supuesto que Pranab Kaku era mi padre, que mi madre era su esposa.
Ahora veo claro que mi madre estaba enamorada de él. La cortejaba como no la había cortejado ningún hombre, con el afecto inocente de un cuñado. A mi modo de ver, no era más que un pariente, un cruce entre un tío y un hermano mucho mayor, ya que en ciertos aspectos lo protegían y se ocupaban de él de la misma manera que de mí. Se mostraba respetuoso con mi padre, siempre buscaba su consejo con vistas a labrarse un porvenir en Occidente, abrir una cuenta bancaria o encontrar empleo, aunque difería de sus opiniones con respecto a Kissinger y el Watergate. De vez en cuando, mi madre le tomaba el pelo en lo tocante a las mujeres, le preguntaba por las estudiantes indias del MIT o le enseñaba fotos de sus primas más jóvenes en la India. «¿Qué te parece ésta? —le preguntaba—. ¿Verdad que es guapa?» Era consciente de que nunca podría tener a Pranab Kaku para sí, y supongo que de esa manera intentaba que se quedase en la familia. Pero, sobre todo, al principio él tenía una dependencia absoluta de ella, la necesitó durante aquellos meses como nunca la necesitó mi padre en todo su matrimonio. Le aportó a mi madre la primera y, me temo, única alegría pura que sintió en su vida. Yo era prueba de su matrimonio con mi padre, consecuencia asumida de la vida para la que había sido educada. Pero Pranab Kaku era distinto. Era el único placer totalmente inesperado de su vida.
En otoño de 1974, Pranab Kaku conoció a una alumna de Radcliffe llamada Deborah, norteamericana, y ella empezó a acompañarlo a nuestra casa. Yo llamaba a Deborah por su nombre de pila, igual que mis padres, pero Pranab Kaku le enseñó a llamar a mi padre Shyamal Da y a mi madre Boudi, a lo que Deborah accedió de buen grado. Antes de que vinieran a cenar por primera vez, le pregunté a mi madre, mientras ella arreglaba la sala, si debía dirigirme a ella como Deborah Kakima, convirtiéndola en tía tal como había convertido a Pranab en tío. «¿Para qué molestarse? —respondió mi madre, al tiempo que me dirigía una mirada severa—. Dentro de unas semanas, la diversión se habrá terminado y ella lo dejará.» Sin embargo, Deborah siguió a su lado, asistiendo a las fiestas de fin de semana en que Pranab Kaku y mis padres se implicaban cada vez más, reuniones exclusivamente bengalíes salvo por ella. Deborah era muy alta, más que mis padres y casi tanto como Pranab Kaku. Llevaba el cabello color bronce peinado con raya en medio, igual que mi madre, pero recogido en una coleta baja en vez de trenzada, como mi madre, o derramado de cualquier manera sobre los hombros y espalda abalo de un modo que a mi madre le parecía indecente. Llevaba unas gafitas de montura plateada, no se maquillaba en absoluto y estudiaba filosofía. A mí me parecía absolutamente preciosa, pero según mi madre tenía lunares en la cara y caderas demasiado estrechas.
Durante un tiempo, Pranab Kaku siguió viniendo a cenar por su cuenta una vez a la semana, generalmente para preguntarle a mi madre qué le parecía Deborah. Buscaba su aprobación, le decía que Deborah era hija de profesores universitarios del Boston College, que su padre publicaba poesía y que tanto él como ella se habían doctorado. En ausencia de él, mi madre se quejaba de las visitas de Deborah, de tener que preparar la comida con menos especias —aunque Deborah aseguraba que le gustaba la comida picante—, y de avergonzarse de poner una cabeza de pescado frito en el dal. Pranab Kaku enseñó a Deborah a decir khub bhalo y aacha, y a coger ciertos alimentos con los dedos en vez del tenedor. A veces acababan dándose de comer mutuamente, dejando que sus dedos se demoraran en la boca del otro, lo que hacía que mis padres bajaran la vista al plato y esperaran a que pasase el momento. En reuniones más concurridas, se besaban y se cogían de la mano delante de todo el mundo, y cuando no podían oírla mi madre hablaba con las demás mujeres bengalíes. «Antes era muy distinto. No entiendo cómo alguien puede cambiar tan de repente. Es como cielo e infierno, la diferencia», comentaba, utilizando siempre las palabras inglesas para la torpe metáfora de su propia cosecha.
Cuanto más molestaban a mi madre las visitas de Deborah, más me ilusionaban a mí. Quedé prendada de Deborah, tal como las niñas suelen prendarse de mujeres que no son su madre. Me encantaban sus serenos ojos grises, los ponchos y las faldas cruzadas de tela vaquera, su cabello lacio, que me dejaba manipular en toda suerte de peinados absurdos. Suspiraba por su aire despreocupado; mi madre insistía en que siempre que había una reunión me pusiera uno de mis vestidos hasta los tobillos de aspecto levemente Victoriano, que ella denominaba «maxis», y me peinara para la ocasión, lo que significaba sacar un mechón de cada lado de la cabeza y unirlos con un pasador en la nuca. En las fiestas, Deborah siempre conseguía escabullirse educadamente, para enorme alivio de las mujeres bengalíes con que se esperaba trabase conversación, y se ponía a jugar conmigo. Era mayor que todos los hijos de los amigos de mis padres, pero era una compañera para mí. Conocía todos los libros que yo leía, Pipi Calzaslargas y Ana de las Tejas Verdes. Me hacía toda clase de regalos que mis padres no podían comprar por falta de dinero e inspiración: un libro grande de cuentos de los Grimm con ilustraciones a la acuarela sobre gruesas y sedosas páginas, marionetas de madera con el pelo de lana. Me hablaba de su familia, tres hermanas mayores y dos hermanos, el menor más cercano a mi edad que a la suya. Una vez, después de ir a ver a sus padres, me trajo tres libros de Nancy Drew, su nombre escrito con caligrafía infantil en la parte superior de la primera página, y un viejo juguete que tenía, un teatrillo de papel con telones de fondo intercambiables, el exterior de un castillo y una sala de baile y un campo abierto. Deborah y yo hablábamos con toda libertad en inglés, idioma en el que, por aquel entonces, yo ya me expresaba mejor que en el bengalí que se me exigía hablar en casa; en cierta ocasión, me preguntó qué significaba asobbho. Vacilé y luego le dije que era lo que me llamaba mi madre si había hecho alguna travesura de las gordas, y a Deborah se le nubló el gesto. Yo tenía una actitud protectora con ella, consciente de que estaba de más, de que resultaba molesta, consciente de los comentarios desagradables de la gente.
Ahora en las salidas en el Volkswagen éramos cuatro: Deborah delante, su mano sobre la de Pranab Kaku apoyada en la palanca de cambios, mi madre y yo detrás. Poco después, mi madre empezó a alegar razones para disculparse, dolores de cabeza y catarros incipientes, así que entré a formar parte de un nuevo triángulo. Para mi sorpresa, mi madre me permitía ir con ellos, al Museo de Bellas Artes, los Jardines Públicos y el Acuario. Ella estaba esperando a que terminara su aventura, a que Deborah le rompiera el corazón a Pranab Kaku y él regresase a nosotros, escarmentado y penitente. Yo no veía indicios de que su relación hiciera aguas. Su cariño declarado, la felicidad que con tanta franqueza expresaban me resultaban novedosos y románticos. Llevarme a mí en el asiento trasero les permitía hacer prácticas para el futuro, poner a prueba la idea de una familia propia. Tomamos incontables fotografías en las que aparecíamos Deborah y yo, yo sentada en el regazo de Deborah, cogida de su mano, besándole la mejilla. Cruzábamos lo que yo creía eran sonrisas cómplices, y en esos momentos tenía la sensación de que me entendía mejor que con cualquier otra persona del mundo. Cualquiera hubiera dicho que Deborah llegaría a ser una madre excelente algún día. Pero la mía se negaba a reconocer nada semejante. Por entonces yo ignoraba que mi madre me dejaba salir con ellos porque estaba embarazada por quinta vez desde mi nacimiento, y estaba tan destemplada y cansada, tan atemorizada de perder otra criatura que dormía buena parte del día. Tras diez semanas, volvió a tener un aborto espontáneo y su médico le aconsejó que dejara de intentar quedarse encinta.
Para el verano, Deborah lucía un diamante en la mano izquierda, algo que a mi madre nunca le habían regalado. Dado que su familia vivía tan lejos, un día Pranab Kaku vino solo a casa para pedir la bendición de mis padres antes de darle el anillo. Nos enseñó la cajita, la abrió y sacó el diamante anidado dentro. «Quiero ver qué tal queda puesto», dijo, e instó a mi madre a que se lo probara, pero ella se negó. Fui yo la que tendió la mano, sintiendo el peso del anillo en la base del dedo. Entonces él pidió algo más: quería que mis padres escribieran a los suyos para decirles que habían conocido a Deborah y la tenían en gran estima. Lo ponía nervioso, naturalmente, decirle a su familia que tenía intención de casarse con una chica americana. Les había hablado a sus padres de todos nosotros, y en cierta ocasión mis padres recibieron una carta de ellos en la que expresaban su agradecimiento por cuidar tan bien de su hijo y ofrecerle un hogar en Estados Unidos. «No hace falta que sea larga —dijo Pranab Kaku—. Sólo unas líneas. La aceptarán de mejor grado si la enviáis vosotros.» Mi padre no tenía buen ni mal concepto de Deborah, nunca hacía comentarios ni la criticaba como mi madre, pero le aseguró a Pranab Kaku que a finales de esa misma semana una carta de apoyo estaría camino de Calcuta. Mi madre asintió, pero al día siguiente vi la taza de té que Pranab Kaku utilizaba como cenicero en la basura de la cocina, hecha añicos, y tres tiritas en la mano de mi madre.
A los padres de Pranab Kaku les horrorizó la idea de que su único hijo se casara con una norteamericana, y pocas semanas después sonó nuestro teléfono en plena noche: era el señor Chakraborty para decirle a mi padre que no podían dar su aprobación a semejante matrimonio, ni hablar, que si Pranab Kaku osaba casarse con Deborah ya no lo reconocería como hijo suyo. Luego se puso al teléfono su esposa, pidió hablar con mi madre y la atacó como si fueran amigas íntimas, culpándola por permitir que la aventura llegara a mayores. Dijo que ya le habían encontrado esposa en Calcuta, que él había partido hacia América a condición de que regresara cuando terminase sus estudios y se casara con aquella chica. Habían comprado el piso contiguo en su edificio para Pranab y su prometida, y estaba vacío, a la espera de su regreso. «Estábamos convencidos de que podíamos confiar en vosotros, y sin embargo nos habéis infligido una grave traición —dijo su madre, que ventilaba su ira con una desconocida como no podría haber hecho con su hijo—. ¿Eso es lo que le pasa a la gente en América?» Por el bien de Pranab Kaku, mi madre defendió el compromiso, le aseguró a su madre que Deborah era una chica educada y de una familia decente. Los padres de Pranab Kaku suplicaron a los míos que hablaran con él, pero mi padre se negó y decidió que no era cosa suya enredarse en algo así. «No somos sus padres —le indicó a mi madre—. Podemos decirle que no aprueban su decisión, pero nada más.» De manera que mis padres no le contaron a Pranab Kaku cómo los suyos los habían regañado y culpado, y habían amenazado con desheredar a Pranab Kaku, sólo que se negaban a darle su bendición. A la vista de su negativa, Pranab Kaku se encogió de hombros. «Me da igual. No todos pueden ser tan abiertos de miras como vosotros —dijo a mis padres—. La vuestra es bendición suficiente.»
Tras el compromiso, Pranab Kaku y Deborah empezaron a alejarse de nuestras vidas. Se mudaron a un apartamento en Boston, en el South End, una parte de la ciudad que mis padres consideraban poco segura. Nosotros también nos mudamos, a una casa en Natick. Aunque mis padres habían comprado la casa, la ocupaban como si aún fueran inquilinos, cubrían las rozaduras con pintura sobrante y eran reacios a hacer agujeros en las paredes, y todas las tardes, cuando el sol brillaba por la ventana del salón, mi madre cerraba las persianas para que nuestro mobiliario nuevo no perdiera color. Unas semanas antes de la boda, mis padres invitaron a Pranab Kaku a casa solo, y mi madre preparó una comida especial para conmemorar el final de su soltería. Sería el único elemento bengalí de su boda; el resto sería estrictamente norteamericano, con tarta y pastor, y Deborah ataviada con un largo vestido blanco y velo. Hay una fotografía de la cena que tomó mi padre, la única foto, que yo sepa, en la que aparecen juntos Pranab Kaku y mi madre. La imagen es levemente borrosa; recuerdo que Pranab Kaku le explicaba a mi padre el funcionamiento de la cámara y así es como aparece, levantando la mirada de la mesa de la cocina y el elaborado banquete que había preparado mi madre en su honor, la boca abierta, el largo brazo extendido y el dedo señalando, mientras daba instrucciones a mi padre acerca de cómo leer el fotómetro o algo por el estilo. Mi madre está de pie a su lado, con una mano colocada sobre su cabeza como dándole la bendición, la primera y última vez que lo tocó en su vida. «Ella lo abandonará —les dijo después a sus amigas—. Está lanzando su vida por la borda.»
La boda se celebró en una iglesia de Ipswich, con banquete en un club campestre. Iba a ser una ceremonia pequeña, cosa que mis padres interpretaron como que asistirían cien o doscientas personas en vez de trescientas o cuatrocientas. A mi madre la dejó estupefacta ver que no habían sido invitadas ni treinta personas, y probablemente se sintió más perpleja que halagada al comprobar que, de todos los bengalíes que conocía Pranab Kaku por entonces, éramos los únicos en la lista. En la ceremonia nos sentamos, al igual que los demás invitados, primero en los duros bancos de madera de la iglesia y luego en una larga mesa dispuesta para el banquete. Aunque éramos lo más parecido que tenía Pranab Kaku a una familia aquel día, no fuimos incluidos en las fotografías que se hicieron en los jardines del club campestre, con los padres, los abuelos y los numerosos hermanos de Deborah, y ni mi padre ni mi madre se levantaron para proponer un brindis. A mi madre no le hizo gracia el detalle de que Deborah se hubiera asegurado de que a ella y mi padre, que no comían ternera, se les sirviera pescado en vez de filet mignoncomo a todos los demás. Ella no hacía más que hablar en bengalí, se quejaba de la formalidad de la ceremonia y de que Pranab Kaku, vestido de esmoquin, apenas nos dirigió la palabra porque estaba muy ocupado inclinándose sobre los hombros de su nueva familia política americana conforme daba la vuelta a la mesa. Como siempre, mi padre no respondió a los comentarios de mi madre, y continuó comiendo con actitud cañada y metódica, pese a que el cuchillo y el tenedor a veces le chirriaban contra la superficie de la porcelana, pues estaba acostumbrado a comer con las manos. Se terminó su plato y luego el de mi madre, que lo había declarado incomible, y luego anunció que había comido más de la cuenta y tenía dolor de estómago. La única vez que mi madre hizo el esfuerzo de sonreír fue cuando Deborah apareció detrás de su silla, la besó en la mejilla y preguntó si estábamos pasándolo bien.
Cuando empezó el baile, mis padres se quedaron en la mea, tomando té, y tras dos o tres canciones decidieron que era momento de irnos a casa; mi madre empezó a lanzarme miradas con esa intención desde el otro lado de la sala, mientras yo bailaba en un corro con Pranab Kaku, Deborah y los otros niños de la boda. Quería quedarme, y cuando, a regañadientes, acudí a donde estaban sentados mis padres, Deborah me siguió. «Boudi, déjale a Usah que se quede. Se lo está pasando de maravilla —le dijo a mi madre—. Hay mucha gente que tiene que regresar por donde vivís, alguien puede dejarla en casa dentro de un rato.» Pero mi madre se opuso, ya me había divertido bastante, y me obligó a ponerme el abrigo encima del vestido de mangas filipinas. Cuando regresábamos en el coche le dije, por primera aunque no última vez en la vida, que la odiaba.
El año siguiente recibimos una participación de nacimiento de los Chakraborty, una foto de gemelas, que mi madre no colocó en el álbum ni puso a la vista en la puerta de la nevera. Las niñas recibieron los nombres de Srabani y Sabitri, aunque las llamaban Bonny y Sara. Aparte de una tarjeta de agradecimiento por nuestro regalo de boda, fue la única vez que se pusieron en contacto con nosotros; no nos invitaron a su casa nueva en Marblehead, adquirida después de que Pranab Kaku consiguiera un empleo muy bien pagado en Stone 8C Webster. Durante un tiempo, mis padres y sus amigos siguieron invitando a los Chakraborty a sus reuniones, pero como nunca asistían, o se marchaban tras apenas una hora, las invitaciones cesaron. Mis padres y su círculo atribuían las ausencias de Pranab Kaku a Deborah, y se llegó al consenso general de que ella lo había despojado no sólo de sus orígenes sino también de su independencia. Ella era el enemigo, él era su presa, y su ejemplo se invocaba como advertencia y justificación de que los matrimonios mixtos eran una empresa abocada al fracaso. De vez en cuando sorprendían a todo el mundo, aparecían en la festividad de pujo durante unas horas con sus dos niñas idénticas, que apenas tenían aspecto bengalí, sólo hablaban inglés y estaban siendo criadas de manera muy distinta a mí y la mayoría de los demás niños. No las llevaban a Calcuta todos los veranos, no tenían padres que se aferraran a otro estilo de vida y exhortaran a sus hijos a hacer lo mismo. Debido a Deborah, estaban exentas de todo ello, y por esa razón yo las envidiaba. «Usha, hay que ver, tan mayor y tan guapa», decía Deborah cada vez que me veía, reavivando, aunque sólo fuera por un momento, nuestro vínculo de años atrás. Para entonces se había cortado la preciosa melena y llevaba el pelo a lo garlón. «Seguro que dentro de poco ya tendrás edad para hacer de canguro —me decía—. Te llamaré: a las niñas les encantaría.» Pero nunca me llamó.
Empecé a dejar atrás la infancia, pasé al instituto y comencé a encapricharme con chicos norteamericanos de mi clase. Los encaprichamientos no tuvieron la menor trascendencia: a pesar de los halagos de Deborah, nadie reparaba en mí a aquella edad. Pero mi madre debió de notar algo, porque me prohibió asistir a los bailes que se celebraban el último viernes de cada mes en la cafetería del instituto, y era una ley tácita que no se me permitía salir con nadie. «No creas que vas a casarte con un americano, tal como hizo Pranab Kaku», me advertía de vez en cuando. A mis trece años, la idea del matrimonio no tenía ninguna importancia en mi vida. Aun así, sus palabras me afectaron, y me dio la sensación de que mi madre me retenía con más fuerza incluso. Se ponía hecha una furia cuando le decía que quería empezar a llevar sujetador, o si pretendía ir a Harvard Square con una amiga. En mitad de nuestras discusiones, solía evocar a Deborah como su antítesis, la clase de mujer que ella se negaba a ser. «Si ella fuera tu madre, te dejaría hacer todo lo que quisieras, porque la traería sin cuidado. ¿Es eso lo que quieres, Usha, una madre a la que no le importas?» Cuando empecé a menstruar, el verano antes de pasar a tercero de secundaria, mi madre me soltó un discurso: dijo que no debía permitir que ningún chico me tocara y luego pregunté si sabía cómo se quedaba embarazada una chica. Le dije lo que me habían enseñado en ciencias, lo del esperma que fertilizaba el óvulo, y a continuación me preguntó si sabía exactamente cómo ocurría. Vi miedo en sus ojos y entonces, aunque también estaba al tanto de ese aspecto de la procreación, mentí y le dije que no nos lo habían explicado.
Comencé a ocultarle otras cosas y me zafaba de ella con ayuda de mis amigas. Le decía que me quedaba a dormir en casa de una amiga cuando en realidad iba a fiestas, bebía cerveza y dejaba a chicos que me besaran, me sobaran los pechos y restregaran su erección contra mi cadera mientras nos magreábamos en un sofá o en el asiento trasero de un coche. Empecé a compadecer a mi madre; cuanto mayor me hacía, más comprendía la vida tan solitaria que llevaba. No había trabajado nunca, y durante el día veía culebrones para pasar el rato. Su única ocupación, todos los días, era cocinar y limpiar para mi padre y para mí. Rara vez íbamos a restaurantes; mi padre siempre señalaba, incluso en los baratos, lo caro que resultaba en comparación con comer en casa. Cuando mi madre se quejaba de lo mucho que detestaba la vida en las afueras y lo sola que se sentía, él no decía nada para apaciguarla. «Si tan desdichada eres, vuélvete a Calcuta», proponía, dejando claro que su separación no le afectaría en absoluto. Empecé a seguir el ejemplo de mi padre en mi trato con ella, aislándola por partida doble. Cuando me gritaba por estar mucho rato al teléfono, o por quedarme demasiado en mi cuarto, aprendí a responder a gritos, a decirle que era patética, que no sabía nada de mí, y a las dos nos quedó claro que yo había dejado de necesitarla, brusca y definitivamente, igual que Pranab Kaku.
Luego, el año antes de irme a la universidad, nos invitaron a casa de los Chakraborty para Acción de Gracias. No éramos los únicos invitados del antiguo grupo de amigos de mis padres en Cambridge; resultó que Pranab Kaku y Deborah querían celebrar una especie de reunión de toda la gente con que habían trabado amistad por aquel entonces. Por lo general, mis padres no celebraban Acción de Gracias; el ritual de una gran comida todos sentados a la mesa y los platos que uno debía comer les resultaban ajenos. Lo consideraban como si fuera el día de los Caídos o el día de los Veteranos: otra fecha festiva en el calendario estadounidense. Pero nos fuimos en coche a Marblehead, hasta una impresionante casa con fachada de piedra y un camino particular de grava con forma semicircular abarrotado de vehículos. La casa estaba a un breve trecho del océano; de camino, habíamos pasado por el puerto que daba al Atlántico, frío y reluciente, y cuando bajamos del coche nos recibió el sonido de las gaviotas y las olas. La mayor parte del mobiliario del salón había sido trasladada al sótano y se habían empalmado varias mesas para formar una «u» gigante. Estaban cubiertas con manteles de paño, dispuestas con platos blancos y cubertería de plata, y había calabazas a modo de centros de mesa. Me llamaron la atención los juguetes y las muñecas que había por todas partes, los perros que iban soltando largos pelos en cualquier lugar, todas las fotografías de Bonny y Sara y Deborah que decoraban las paredes y recubrían la puerta de la nevera. Estaban preparando la comida cuando llegamos, cosa que a mi madre siempre le hacía fruncir el ceño, la cocina un caos de gente, olores y enormes cuencos sucios.
La familia de Deborah, que yo recordaba vagamente de la boda, estaba presente: sus padres, hermanos y hermanas, sus maridos y esposas, amigos y niños. Sus hermanas estaban en la treintena, pero, al igual que Deborah, podrían haber pasado por universitarias, con vaqueros, zuecos y jerséis de pescador, y su hermano Matty, con quien yo había bailado en un corro en la boda, era ahora alumno de primero en Amherst, con ojos verdes bien separados, fino pelo castaño y una tez que se sonrojaba con facilidad. En cuanto vi a los hermanos de Deborah, bromeando entre sí mientras troceaban y removían cosas en la cocina, me enfurecí con mi madre por haberme montado una escena antes de salir de casa y obligarme a llevar un shalwar kameez. Supe que daban por supuesto, debido a mi ropa, que tenía más en común con los demás bengalíes que con ellos. Pero Deborah insistió en incluirme, me puso a pelar manzanas con Matty y, sin que lo vieran mis padres me dieron a beber cerveza. Cuando estuvo preparada la comida, me dijeron dónde sentarme, en una formación alterna de chicos y chicas que hizo sentirse incómodos a los bengalíes. Había botellas de vino alineadas en la mesa. Se sirvieron dos pavos, uno relleno de embutido y otro sin relleno. Se me hizo la boca agua al ver la comida, pero era consciente de que luego, de regreso a casa, mi madre se quejaría de que todo era soso e insípido. «Imposible», dijo mi madre al tiempo que ponía la mano encima de la copa cuando alguien intentó servirle vino.
El padre de Deborah, Gene, se levantó para bendecir la mesa y pidió a todos los presentes que se cogieran de la mano. Inclinó la cabeza y cerró los ojos. «Señor, te damos hoy las gracias por la comida que vamos a recibir», comenzó. Mis padres estaban sentados juntos y me asombró ver que se ceñían a la ceremonia, que los dedos morenos de mi padre cogían levemente los dedos pálidos de mi madre. Me fijé en Matty sentado en el otro extremo de la sala y lo vi mirarme mientras su padre hablaba. Tras el coro de «Amén», Gene alzó la copa y dijo: «Perdonadme, pero nunca pensé que tendría la oportunidad de decir algo así: “Brindo por Acción de Gracias con los indios.”» Sólo alguna que otra persona rió el chiste.
Luego Pranab Kaku se levantó y agradeció a todo el mundo su presencia. Estaba relajado gracias al alcohol, su cuerpo antaño enjuto y fuerte un poco ancho ya. Empezó a hablar en tono sentimental de sus viejos tiempos en Cambridge, y entonces, de pronto, relató la historia de cuando nos vio a mi madre y a mí por primera vez y cómo nos había seguido aquella tarde. La gente que no nos conocía rió, entretenida por la descripción del encuentro y por la desesperación de Pranab Kaku. Rodeó la mesa hasta donde estaba mi madre y le pasó un brazo larguirucho por los hombros, obligándola a levantarse brevemente. «Esta mujer —anunció, a la vez que la acercaba hacia sí—, esta mujer fue la anfitriona de mi primer día de Acción de Gracias de verdad en Estados Unidos. Tal vez fuera una tarde de mayo, pero aquella primera comida a la mesa de Boudi fue como Acción de Gracias para mí. De no ser por aquella comida, me hubiera vuelto a Calcuta.» Mi madre apartó la mirada, avergonzada. Tenía treinta y ocho años, ya le asomaban las canas, y parecía más cercana a la edad de mi padre que a la de Pranab Kaku, que, a pesar del ensanchamiento de cintura, mantenía su aspecto atractivo y despreocupado. Él regresó a su sitio en la cabecera de la mesa, junto a Deborah, y concluyó: «Y de haber sido así nunca te habría conocido, cariño», y la besó en la boca delante de todo el mundo, entre sonoros aplausos, como si fuera otra vez el día de su boda.
Después del pavo se distribuyeron tenedores más pequeños y se sirvieron porciones de tres clases de tarta a elegir, anotadas en libretitas por las hermanas de Deborah, como si fueran camareras. Tras los postres, los perros tenían que salir, y Pranab Kaku se ofreció para pasearlos. «¿Qué tal si damos una vuelta por la playa?», sugirió, y los parientes de Deborah convinieron en que era una idea excelente. Ninguno de los bengalíes quiso ir, optando por quedarse a tomar el té y arracimarse, por fin, en un extremo de la sala, para hablar tranquilamente tras el obligado palique con los americanos durante la comida. Matty se acercó, se sentó en la silla que había a mi lado, que ahora estaba libre, y me animó a unirme al paseo. Cuando vacilé, indicando que no iba vestida ni calzada adecuadamente pero también consciente de la furia silenciosa de mi madre al vernos juntos, dijo: «Seguro que Deb puede dejarte algo.» Así que subí a la planta de arriba, donde Deborah me dio unos vaqueros, un grueso jersey y unas zapatillas, de manera que tuviera un aspecto similar al de sus hermanas.
Ella se sentó en el borde de la cama, mirando cómo me cambiaba, igual que si fuéramos amigas, y me preguntó si tenía novio. Cuando le dije que no, respondió:
—Matty cree que eres muy guapa.
—¿Te lo ha dicho?
—No, pero se le nota.
Cuando volvía a bajar las escaleras, animada por la información, con los vaqueros cuyos bajos había tenido que recoger y en los que por fin me sentía a mis anchas, reparé en que mi madre levantaba la vista de su taza de té y me miraba fijamente, pero sin decir nada, así que me fui con Pranab Kaku, sus perros y su familia política, por un camino y luego siguiendo una empinada escalera de madera hasta la orilla. Deborah y una de sus hermanas se quedaron en la casa para empezar a limpiar y atender a los que se habían quedado. Al principio todos caminamos juntos, en una sola hilera por la arena, pero luego me fijé en que Matty se rezagaba, así que los dos nos quedamos atrás, la distancia con los demás cada vez mayor. Empezamos a flirtear, hablamos de cosas que ya no recuerdo, y al final nos desviamos hacia una ensenada rocosa y Matty sacó un canuto del bolsillo. Nos lo fumamos de espaldas al viento, nuestros dedos fríos tocándose mientras lo hacíamos, nuestros labios pegados a la misma sección húmeda del papel de fumar. Al principio no noté ningún efecto, pero luego, al oírle hablar del grupo en que tocaba, su voz parecía venir de algún lugar a kilómetros de distancia y yo tenía ganas de reírme, aunque lo que estaba diciendo no era gracioso. Me dio la impresión de que pasábamos horas alejados del grupo, pero cuando regresamos a la arena aún estaban a la vista, encaramándose a un promontorio para contemplar la puesta de sol.
Ya había oscurecido cuando regresamos a la casa, yo temerosa de que mis padres me vieran colocada. Pero, cuando llegamos, Deborah me dijo que ellos, cansados, se habían ido tras consentir en que alguien me llevara a casa más tarde. Habían encendido la chimenea y me instaron a que me pusiera cómoda y tomara más tarta mientras recogían las sobras y volvían a poner la sala en orden. Naturalmente, fue Matty quien me llevó a casa. Sentados en el sendero de entrada de mis padres lo besé, emocionada y al mismo tiempo aterrada porque mi madre saliera al jardín en camisón y nos descubriera. Le di mi número de teléfono, y durante unas semanas pensé en él constantemente, esperando como una tonta a que me llamara.
* * *
      Al final, mi madre había estado en lo cierto, y catorce años después de aquel día de Acción de Gracias, tras veintitrés años de matrimonio, Pranab Kaku y Deborah se divorciaron, Fue él quien se descarrió: se enamoró de una mujer bengalí y destruyó de golpe dos familias. La otra mujer era una conocida de mis padres, aunque no muy íntima. Por entonces, Deborah tenía cuarenta y tantos años, y Bonny y Sara se habían ido a la universidad. En medio de la conmoción y la pena, fue a mi madre a quien recurrió Deborah: la llamaba y lloraba al teléfono. De alguna manera, a lo largo de tantos años había seguido considerándonos prácticamente familia política; nos enviaron flores cuando murieron mis abuelos y cuando acabé la carrera me regalaron una edición abreviada del Oxford English Dictionary. «Tú lo conocías muy bien. ¿Cómo ha podido hacer algo así?», le preguntó Deborah a mi madre. Y luego: «¿Sabías tú algo al respecto?» Mi madre respondió con toda sinceridad que no. Les había roto el corazón el mismo hombre, aunque el de mi madre había cicatrizado tiempo atrás, y en cierta manera extraña, conforme mis padres se acercaban a la vejez, ambos se habían encariñado mutuamente, aunque sólo fuera por la costumbre. Creo que mi ausencia de casa, cuando me fui a la universidad, tuvo algo que ver, porque con los años, cuando iba de visita, fui notando un afecto entre mis padres que antes no existía, un mudo coqueteo, una solidaridad, una preocupación cuando el otro enfermaba. Mi madre y yo también habíamos hecho las paces; ella había aceptado la realidad de que además de ser hija suya, también lo era de América. Poco a poco, aceptó que saliera con un hombre americano, y luego con otro, y después con otro más, que me acostara con ellos e incluso que viviera con uno de ellos sin estar casados. Dio la bienvenida a mis novios a nuestra casa, y cuando las cosas no salían bien me aseguraba que encontraría a alguien mejor. Tras años de ociosidad, al cumplir los cincuenta decidió titularse en bibliotecología en una universidad cercana.
Por teléfono, Deborah reconoció algo que sorprendió a mi madre: que durante todos aquellos años se había sentido excluida de una parte de la vida de Pranab Kaku. «Tenía unos celos terribles de ti por aquel entonces, por conocerlo, por entenderlo como yo nunca podría llegar a hacerlo. Él dio la espalda a su familia, a todos vosotros, pero aun así me sentía amenazada. Nunca logré superarlo.» Le dijo a mi madre que, durante años, intentó que Pranab Kaku se reconciliara con sus padres, y que también lo instó a que mantuviera sus lazos con otros bengalíes, pero él se resistía. Había sido idea de Deborah invitarnos en Acción de Gracias; irónicamente, la otra mujer también había asistido. «Espero que no me culpes por haberlo apartado de vuestras vidas, Boudi. Siempre temí que así lucra.»
Mi madre le aseguró que no la culpaba de nada. No le confió nada de sus propios celos décadas atrás, sólo que lamentaba lo ocurrido, que era un trago amargo y horrible para su familia. Tampoco le contó que unas semanas después de la boda de Pranab Kaku, mientras yo asistía a una reunión de exploradoras y mi padre estaba trabajando, había rastreado la casa entera en busca de todos los imperdibles que había en cajones y botes, y los había añadido a los que llevaba colgados de los brazaletes. Cuando tuvo bastantes, se los prendió al sari uno a uno, sujetando la pieza delantera a la capa inferior de paño, de modo que nadie pudiera arrancarle la prenda del cuerpo. Luego cogió una lata de combustible para el mechero y una caja de cerillas de cocina y salió a nuestro frío jardín trasero, aún cubierto de hojas por rastrillar. Llevaba encima del sari una gabardina lila hasta las rodillas, y a los ojos de cualquier vecino debía de aparentar que había salido simplemente a tomar el fresco. Se abrió la trinchera y se roció con la lata de combustible. Luego se abrochó la gabardina y el cinturón y fue hasta el cubo de basura de detrás de la casa para deshacerse de la lata. Después regresó al centro del jardín con la caja de cerillas en el bolsillo de la gabardina. Durante casi una hora estuvo allí plantada, mirando nuestra casa, intentando reunir la valentía necesaria para encender una cerilla. No fui yo quien la salvó, ni mi padre, sino la vecina de al lado, la señora Holcomb, con la que mi madre nunca había tenido especial amistad. Salió a rastrillar las hojas de su jardín, la saludó y le comentó lo bonita que era la puesta de sol. «Veo que llevas un rato contemplándola», le dijo. Mi madre asintió y luego volvió a entrar en casa. Para cuando regresamos mi padre y yo a media tarde, estaba en la cocina preparando arroz, para la cena, como si fuera un día cualquiera.
Mi madre no le contó nada de eso a Deborah. Fue a mí a quien se lo confesó, después de que me hubiera roto el corazón un hombre con el que tenía esperanzas de casarme.
Jumpha lahiri indu
Literatura .us

La nieta

Ven.
Acercate a la puerta,
escucha el canto de la noche.
Siente el vuelo del murciélago.
No seas floja. Ven…
afuera los geranios danzan
y las nubes acechan a la luna.
El abuelo sostiene el cuerpo de la nieta;
su cabello baila con el viento y contrasta con la quietud del pecho.
Las nubes borroneadas de carbón la cercan
y antes de perderse,
la luna le siembra flores.
Mañana la llevaran,
a la soledad del camposanto.

abuelo.

Jhumpa Lahiri premio Pulitzer, entrevista

La literatura nos ayuda a «entender la parte más difícil de la vida», afirma Jhumpa Lahiri. La autora estadounidense de origen indio, publica Tierra desacostumbrada, un conmovedor libro de relatos que se plantea como una de las sorpresas del año.

El inmenso talento literario de Jhumpa Lahiri (Londres, 1967) se basa en que es capaz de contar una y otra vez la misma historia, relatos de inmigrantes indios en la Costa Este de Estados Unidos, y que siempre sea diferente. La crítica la ha comparado con una miniaturista por su capacidad para describir con precisión un mundo pequeño mientras lo convierte en universal. Pero sus relatos son mucho más, se quedan flotando en la memoria durante horas, durante días porque, en el fondo, tocan los temas más importantes de la vida: el amor, la familia y la identidad.

GUILLERMO ALTARES Twitter marzo 2010

Su último libro, Tierra desacostumbrada, que sale esta semana en España editado por Salamandra, reúne ocho cuentos, aunque los tres últimos forman en realidad una pequeña novela, la historia de Hema y Kaushik. El relato arranca en su niñez, sigue en su juventud y acaba reuniéndolos en Roma, cuando ella es una experta en el mundo clásico, que investiga la civilización etrusca, y él un fotógrafo de guerra a punto de colgar las cámaras. Estas cien páginas constituyen una joya literaria que genera constantes emociones en el lector. Su viaje a la ciudad toscana de Volterra, solitaria, herida, magnífica, llena de fantasmas etruscos, será algo muy difícil de olvidar para todos aquellos que recorran estas páginas.

«Las historias de este libro son completamente inventadas, no se apoyan en una realidad concreta»
«La literatura puede analizar las relaciones humanas de una forma que otras artes no pueden conseguir»
«Estados Unidos parece haber descubierto por fin la importancia de la comida, y es algo que en mi familia siempre ha sido obvio»
«Para mí, las cosas que no se dicen entre personas muy cercanas son muy interesantes, y mucho más como narradora»

Por su primer libro, El intérprete de enfermedades, recibió el Premio Pulitzer a la mejor obra de ficción cuando acababa de cumplir 32 años. Fue un galardón sorprendente, que Jhumpa Lahiri vivió con una mezcla de ilusión e incredulidad. Luego escribió una novela, El buen nombre, que relata la historia de una familia india desde que emigra a Estados Unidos hasta que sus hijos crecen ya convertidos en ciudadanos del nuevo mundo. El libro fue llevado al cine por la realizadora india Mira Nair en 2006. Con Tierra desacostumbrada -título tomado de Nathaniel Hawthorne-, regresa a sus temas eternos, al mundo de los pequeños dramas familiares, de los indios que luchan toda su vida por adaptarse a un mundo nuevo, a las historias de amor cansadas, a lo nunca dicho que pesa mucho más que lo dicho. Es una lectura absorbente, llena de sorpresas.

La entrevista (en un viaje organizado por Salamandra) tiene lugar en la casa de Lahiri en Brooklyn. Fuera cae una intensa nevada, aunque la luz se cuela desde el jardín. La escritora, tímida, guapa, está casada con un periodista guatemalteco, Alberto Vourvoulias-Bush, director de La Prensa, el diario en español más importante de Nueva York. Tienen dos hijos cuyas risas lejanas acompañan la conversación. Nació en Londres de padres indios, aunque se trasladaron a Rhode Island cuando era una niña y creció en Kingston. Sus hijos son una mezcla de culturas que viven en el barrio de Nueva York que simboliza precisamente ese mundo en el que la identidad cultural se diluye. Y, sí, podría ser tal vez uno de sus personajes, aunque la diferencia es que sus libros están llenos de historias de amor tristes (a veces parecen variaciones sobre la frase con la que arranca Anna Karenina: «Todas las familias felices se parecen, las desdichadas lo son cada una a su modo»), mientras que su casa, su mirada, exhalan tranquilidad y felicidad.

PREGUNTA. ¿Por qué sus historias de amor son siempre tan tristes?

RESPUESTA. (Se ríe). Son más interesantes. Como escritora, no me interesan las historias de amor felices. Creo que es algo en lo que se fijan muchos otros escritores que también han reflexionado sobre ello, sobre todas las formas en que las cosas pueden ir mal, sobre todas las formas en que algo puede fracasar, en que podemos sufrir una decepción. Es algo a lo que se ha enfrentado siempre la literatura: no creo que necesitemos los libros para enseñarnos a ser felices. Nos dirigimos a ellos para entender la parte más difícil de la vida.

P. «Su vida no era feliz pero tampoco infeliz», dice de uno de sus personajes femeninos para definir su matrimonio. Muchas de sus mujeres viven en esa especie de limbo, en esa resignación que empieza con las bodas arregladas. ¿Sigue habiendo tantos matrimonios de ese tipo en la comunidad india de Estados Unidos?

R. No creo que mis cuentos reflejen nada más allá de la propia literatura. Supongo que estoy interesada en narrar diferentes formas de matrimonio y la idea de felicidad frente a la infelicidad, algo románticamente inspirado frente a algo más tradicional, un acto social, como son los matrimonios arreglados. Es algo que me ha interesado porque toda mi vida he visto ese tipo de matrimonios y veo que ambos pueden ser felices o infelices.

P. Al leer sus cuentos uno tiene la impresión de que siempre cuenta la misma historia, pero que es siempre diferente. ¿Está usted de acuerdo?

R. Sí, creo que estoy de acuerdo. Escribo siempre sobre un cierto mundo, un cierto tipo de personajes. No creo que escriba siempre la misma historia, porque hay diferentes pulsiones y luchas en cada una de ellas. A veces es la familia, otras veces son asuntos personales. Es algo que les ocurre a muchos escritores, a muchos pintores, que reflejan una y otra vez la misma montaña, el mismo río, el mismo jardín, la misma catedral y la dibujan constantemente. Es verdad que observo siempre el mismo tipo de situaciones y personajes pero siempre encuentro cosas nuevas. Si dejase de encontrar esa mirada renovada, seguramente cambiaría de temas. Pero puede ser infinito.

P. ¿Qué parte de sus historias está basada en hechos reales y qué parte es inventada?

R. Realmente, nada de lo que cuento ha ocurrido de verdad, aparte de unos detalles de un relato de mi primer libro que describen la llegada de mi padre a Estados Unidos. Tal vez haya pequeñas cosas que hayan ocurrido y que he reconstruido de forma diferente. Las historias de este libro son completamente inventadas, no se apoyan en una realidad concreta.

P. Todas sus historias gravitan en torno a tres temas: familia, amor e identidad. ¿Está usted de acuerdo?

R. Sí, creo que es justo. Familia, amor, identidad, tal vez pertenecer a un lugar son temas esenciales para mí. Me siento agradecida por haber encontrado algo sobre lo que escribir, que haya cosas que me interesen, que me parezcan un desafío. Eso es lo principal. Creo que analizar las relaciones humanas es algo que la literatura puede hacer de una forma que otras artes no pueden conseguir con la misma intimidad. La pintura, la música, la danza nos pueden llevar a otros lugares, consiguen abrir nuestros ojos de una manera concreta, pero la literatura tiene la ventaja de que logra entrar en la mente de personajes imaginarios, y relacionarnos con otros, y el lector comparte esos estados de ánimo. Entrar en la vida de esa gente es un viaje extraordinario, más que el cine, porque realmente accedes a la conciencia de los personajes, al misterio de las vidas, cómo nos vemos, cómo nos ven los demás.

P. Sus libros giran una y otra vez en torno a las migraciones y la identidad. ¿Cree que estos temas son los que definen el siglo XX?

R. No creo que definan sólo el siglo XX. Definen a la humanidad. Lo que más me interesó de los etruscos es que vienen de otros lugares. Toda la historia de Estados Unidos es una historia de migraciones. En el siglo XX se convirtió en algo más radical, más común. Porque es mucho más fácil moverse, subirse a un avión, ir a otro lugar. La noción de familia se ha diluido en muchas partes del mundo. Las circunstancias históricas y políticas han aumentado la necesidad de que la gente se mueva. Más que nunca hemos migrado a otros lugares. Y eso me interesa mucho: la noción de gente, de identidad, de sus casas, de dónde vienen y adónde creen que pertenecen, su realidad.

P. ¿Por eso muchos de sus personajes luchan una y otra vez con su identidad, se debaten entre su identidad personal y su identidad colectiva?

R. Sí, es cierto. Creo que es algo que nos ocurre a todos, en mayor o menor medida. Tal vez es más agudo en una persona como yo: no he nacido con una idea obvia de pertenencia a un lugar. Es una cosa básica. Creo que es muy importante tener un sentido de dónde pertenecemos y algunos de mis personajes han nacido con esa carencia y tratan de rellenarla.

P. También su literatura está marcada por la presencia de la familia. ¿Sigue siendo muy importante en la sociedad india?

R. La noción de familia es mucho más estrecha en la sociedad india que en Estados Unidos: no creces y te vas a los 18 años y vuelves una o dos veces al año. Ayer volvía de Washington y nevaba, y mi madre me llamó para ver si había llegado bien. Tengo 42 años, pero para ella tengo la misma edad que mis hijos. La ansiedad, el amor, la preocupación

… Según iban creciendo mis amigos, sus familias desaparecían de sus vidas. Mi marido, que es guatemalteco, tiene la misma relación con sus padres que yo. No he tenido que explicárselo a él, ni él ha tenido que explicármelo a mí, aunque venimos de mundos muy diferentes. Creo que aquí es muy desconcertante. Y los padres inmigrantes dejan atrás su extensa familia y cuando llegan aquí, en la otra parte del mundo, sus hijos son toda su familia.

P. La comida también es muy importante como signo de identidad para sus personajes.

R. Es muy importante, mucho más para los padres que para los hijos. Los padres siempre están buscando la comida que consideran normal y buena, los hijos están menos atados a esas tradiciones. La comida forma parte de todo eso de lo que hablamos, es la forma obvia que reúne a la familia, es lo que la define. Es divertido para mí porque Estados Unidos parece haber descubierto por fin la importancia de la comida y es algo que en mi familia siempre ha sido obvio. En el mundo del que vengo, no hay muchos afectos abiertos, no hay abrazos, ni besos, pero la comida es una de esas cosas que sigue siendo una expresión de amor y conexión entre los miembros de una familia.

P. A veces en sus libros creo que la familia es una bendición y en otros es casi una condena. ¿Cree usted que sus personajes se mueven siempre entre esos dos conceptos?

R. Creo que es las dos cosas, una bendición y una condena. Algunos de los personajes son muy radicales en su alejamiento de la familia, pero es una excepción. La mayoría se sienten limitados por su familia, sobre todo los de segunda generación, porque para ellos crecer es alejarse de algunas de las cosas que representan. Creo que en El buen nombre es donde estudié esto más a fondo, al narrar cómo Gógol pasa de tener una relación muy estrecha con su familia a tratar de buscar un lugar sin sus padres. Creo que es algo que todos tenemos que hacer como personas. La familia es una bendición, pero luego como adulto tienes que reinventar lo que significan todas esas cosas. La familia es algo muy dinámico, que cambia constantemente. Nunca es obvio lo que ocurre, incluso en una familia nuclear.

P. ¿No cree que su libro, sobre todo las tres historias finales, representa una reflexión sobre el destino?

R. En cierta medida, supongo, no estaba pensando a fondo en ello cuando lo escribí. Son cosas abstractas y difíciles de verbalizar, incluso cuando estoy pensando en ellas de manera inconsciente. Pero en ese caso, no tenía la intención de escribir sobre eso. Para mí era importante hablar de personajes que no pueden huir de sí mismos. Pensaba en desarrollar la historia de unos personajes desde su infancia y en cómo el personaje de él, Kaushik, se convierte en una persona que no quiere raíces, ni una familia, mientras que Hema busca una vida más segura, si algo puede considerarse seguro en la vida, una cierta estabilidad.

P. ¿Por qué eligió Volterra y los paisajes etruscos para desarrollar esta relación?

R. Sabía que una parte de la historia transcurriría en Roma y pensé que debían irse a algún lado el fin de semana. Y, dado que sólo había ido una vez a la Toscana, pregunté a una amiga que va muy a menudo, le dije que tenía esa pareja, y me dio una serie de sugerencias y al final me dijo: «Si quieres un lugar que sea un poco más remoto y con no tantos turistas y muy tranquilo en invierno, elige Volterra». Una vez que empecé a leer sobre esta ciudad llegué a D. H. Lawrence y sus Atardeceres etruscos y eso me lanzó a descubrir el mundo etrusco e hice que Hema estuviese interesada en esa cultura. Pero, cuanto más pienso en ello, más me gusta esa parte del libro, muchas de sus creencias, de que el viaje sea una metáfora de la vida, las urnas funerarias, todo me pareció apasionante. Porque en el fondo mis historias están llenas de viajes de un lado a otro, de India a Estados Unidos. Me pareció muy interesante esa síntesis entre el viaje de la vida y el viaje hacia la muerte y me di cuenta de que la historia que relataba en el fondo hablaba de ello.

P. En sus libros siempre es muy importante lo que sus personajes no dicen o no se atreven a decirse. ¿Cree que ése es un factor importante en la vida, la falta de comunicación?

R. He escrito de esto durante largo tiempo: es la verdad, incluso en las relaciones más íntimas, matrimonio o amor, nunca se dice todo. Todos tenemos una vida interior, una vida privada. No es posible decir siempre lo que sientes o lo que piensas. Para mí, las cosas que no se dicen entre personas muy cercanas son muy interesantes y mucho más como narradora. Porque allí es donde los personajes descubren cosas.

P. Uno de sus personajes dice en un momento dado: «Pertenecen a ese lugar como yo nunca perteneceré a ninguno». ¿Cree que es algo que define muchos de sus relatos?

R. Algunos de mis personajes sí están marcados por ese sentimiento, por esa necesidad de pertenecer a un lugar que puedan llamar su casa. Para ellos la vida está tan fracturada que no pueden llamar hogar a ningún lugar, y es una diferencia enorme entre una ciudad pequeña y remota y cercana y antigua en la que seguramente crecieron con la experiencia que se puede tener en una ciudad de Estados Unidos, que es un país tan joven. Acabo de volver de ver a mi hermana, en el sur de Estados Unidos, en Alabama, donde nunca había estado. Y sentí que tienen más sentido de pertenencia a una población, desde por lo menos cien años, y era interesante compararlo incluso con el lugar donde crecí, Rhode Island, que es muy provinciano, pero a la vez había apellidos de todos los países en mi clase: irlandeses, polacos, judíos, italianos, franceses, indios… Nunca sentí que hubiese una población específica. La primera vez que fui a Italia recuerdo que me chocó esa sensación de continuidad, me pareció a la vez extraña y atrayente.

P. ¿Siente que su familia es realmente muy significativa de lo que representa el siglo XX?

R. Sí, el mundo es así, aunque haya gente a la que le da miedo, porque ven como una amenaza que se diluye su sentido de pertenencia, de compromiso con un lugar.

P. Por muy dura que sea la vida en el país al que llega, la gente sigue emigrando y emigrando, y no hablo de gente que huye de la pobreza o de la guerra, sino de clase media. ¿Por qué?

R. Aunque sea muy difícil, hay algo de honor, de ambición, de sentimiento, de orgullo y prestigio para la familia que se queda detrás, es un símbolo. No creo que sea una elección fácil y es muy duro. Por eso les cuesta tanto hacerse a la vida en Estados Unidos, muchas veces se preguntan si tomaron la decisión adecuada, qué hacen allí, si es un lugar para educar a la familia. Y es algo que veo en amigos de mi edad, que han hecho lo que hicieron mis padres, amigos de España, de Suráfrica, que tomaron la misma elección que mi familia, no fueron obligados a emigrar por una hambruna, una guerra o una persecución. Y tienen muchas dudas.

Proximo texto fragmentos de su prosa

Jumpha lahiri indu

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de marzo de 2010

https://elpais.com/diario/2010/03/13/babelia/1268442735_850215.html

Nasrudín es asaltado, anónimo árabe

Mulá Nasrudin inició un viaje hacia tierras lejanas, motivo por el cual se consiguió una cimitarra y una lanza. En el camino, un bandido cuya única arma era un bastón, se le echó encima y lo despojó de todas sus pertenencias.

Cuando llegó a la ciudad más próxima, el Mulá contó su desgracia a sus amigos, quienes le preguntaron como habría podido suceder que él, estando armado con una cimitarra y una lanza, no hubiera podido dominar a un ladrón armado con un modesto bastón.

Nasrudín contestó:

– El problema fue precisamente que yo tenía las dos manos ocupadas, una con una cimitarra y la otra con una lanza. ¿Cómo creen ustedes que hubiera podido salir airoso?

Nasrudin

Análisis de la casa tomada de Cortázar

La narración nace de la presencia de una fuerza extraña que domina la vida de los protagonistas.
Dos hermanos solteros, Irene -”… nacida para no molestar a nadie“- y el na­rrador, viven en una vieja casa de Buenos Aires, llena de recuerdos familiares’. La cuidan con verdadero esmero. Se levantan muy temprano y hacen la limpieza. Después del almuerzo, ya todo está en orden. Entonces, Irene continúa tejiendo -“ No sé por qué tejía tanto… “-. Esa actividad es, en su vida, casi una obsesión.
Un día, a las ocho de la noche, su hermano escucha un ruido “impreciso y sordo” en el comedor o en la biblioteca, y, luego, en el fondo del pasillo. Cierra inmediatamente la puerta con llave y se dirige a la cocina para calentar la pava del mate. Luego, le comunica el hecho a Irene:
Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo. Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado. 


La nueva situación los entristece, porque en “la parte tomada” de la casa han dejado cosas que quieren mucho. A pesar de ello, poco a poco se resignan y tratan de gozar de las nuevas ventajas:
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco per­dido a causa de los libros, pero por no afligir a. mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá (…). Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar. 

Una noche, el narrador siente sed y se dirige a la cocina para beber agua. De pronto, oye un nuevo ruido, pero no puede precisar de dónde procede. Irene también lo oye.
Los ruidos se oían más fuertes pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada. 

La mujer reconoce que han tomado también esa parte de la casa. Suelta el tejido sin mirarlo. Están con lo puesto. Son las once de la noche. Salen a la calle.
Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo’ se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada. 

Casa tomada” está narrado en primera persona por uno de los protagonistas: el hermano de Irene. Éste rememora, desde su presente, todo lo sucedido en un tiempo que desconocemos:
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living.
Sólo explicita algunas referencias temporales -” … eran las ocho de la noche”; ” … a las nueve y media … “; “Desde 1939 … “; ” … eran las once de la noche”- que ubican vagamente los hechos·.
Los personajes viven en el pasado. De ahí que sean tan significativas estas palabras: ” … y eso me sirvió para matar el tiempo”.
El narrador nos dice: ” … es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia”.
La casa aparece casi personificada. Los protagonistas no ven en ella algo material; representa, en realidad, a todos sus antepasados, cuyo recuerdo continúa gobernán­dolos:
Los dos hermanos, alejados del mundo exterior, viven otro tiempo. Su única y gran preocupación es la casa, especie de refugio o de celda·, y, al mismo tiempo, símbolo de su subjetividad.
Irene (que en griego significa paz) se complace serenamente en hacer la rutinaria limpieza y en tejer -” … se pasaba el resto del día tejiendo … “-;
Esta actividad manual, silenciosa -sólo se oye el “roce metálico” de las agujas- es un “leit-motiv” (motivo recurrente) en el cuento. Tejer es crear formas nuevas -lo único que cambia en esa casa, donde el tiempo parece deteni­do–, es sentir que se vive. La actitud de esta mujer -Penélope sin Ulises -_ revela un profundo y, tal vez, inconsciente sufrimiento interior: “sus graves ojos cansados” .
. . . tejía cosas siempre necesarias … A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas.
El narrador se pregunta “qué hubiera hecho Irene sin el tejido”. En verdad, es lo único que le pertenece. De ahí la cantidad de pañoletas que apila vanamente en el cajón de la cómoda:
No necesitábamos ganamos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido …
Su actitud, al final del cuento, es muy significativa: suelta el tejido sin mirarlo, porque ‘Ya no lo necesita. Ahora es libre.
El narrador asume con calmosa naturalidad su destino: “persistir” en esa casa, junto a su hermana.
Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa …
Como admira la “destreza maravillosa” que tiene Irene para tejer -” … a mí se me iban las horas viéndole las manos … “-, sale de la casa para comprarle lana. Ella siempre se queda.
Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Ar­gentina. 

Él es el primero en oír dos veces el extraño sonido·, símbolo, tal vez, de un mandato interior: el de liberarse de ese lugar que le ha impedido elegir su camino en la vida; símbolo, también, de su insatisfacción ante las cosas dadas:
A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos [ … j. No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvemos hacia atrás. 

Irene participa de la decisión de su hermano de dejarlo todo, de salir al mundo. La “puerta cancel” adquiere aquí también un valor simbólico: es la frontera entre lo co­nocido -la casa- y lo desconocido; el paso de la muerte a la liberación. El temor a lo ignoto hace llorar a Irene. “Cerré de un golpe la cancel … “ Ese golpe propicia un “nacimiento”:
Estábamos con lo puesto [ … ) y salimos a la calle.
La actitud final del narrador implica una resolución irreversible, aunque llena de nostalgia: no regresar más. Los hermanos demuelen espiritualmente la casa. La clave está al comienzo del cuento:
… o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese de­masiado tarde. 

Los hechos transcurren en una casa “profunda” y “silenciosa”, “espaciosa” y “an­tigua”, especie de laberinto, donde pueden vivir “ocho personas sin estorbarse” .
. . . avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. 

La extraña “presencia” de los ruidos, siempre sordos, crea el obligado desplazamien­to de los personajes a un lado de la casa; luego, hacia la puerta cancel, hacia el zaguán y, finalmente, hacia la calle.
El tácito miedo a la muerte les impide volver “al otro lado de la casa”, a la “parte tomada”.
La tensión de la que habla Cortázar se intensifica cuando se insiste en que todo está callado, excepto la cocina: “Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos.
La ruptura de ese silencio, de la vida ordenada y rutinaria de los habitantes de la casa, por es a fuerza misteriosa, origina la intriga.
Dijo Julio Cortázar: El cuento surge como un asalto, como algo que se posesiona del escritor y lo con­vierte en “una masa informe sin palabras ni caras ni principio ni fin pero ya un cuento”. Entonces, debe escribirlo inmediatamente e ignorar todo lo que lo rodea. No hay pen­samientos previos, sino un “bloque informe” que adquiere su ser a la luz de la escritura, de una escritura exaltante, desesperada: “es ahora o nunca”.
Finalmente, la comunicación con el lector se da desde el cuento y no mediante él, pues ya es una criatura autónoma.
Casa tomada” • es el primer cuento que publica Julio Cortázar . Según él, todos los cuentos, en especial los fantásticos, “son productos neuróticos, pesadillas o aluci­naciones neutralizadas mediante la objetivación y el traslado a un medio exterior al terreno neurótico; de todas maneras, en cualquier cuento breve memorable se percibe esa polarización, como si el autor hubiera querido desprenderse lo antes posible y de la manera más absoluta de su criatura, exorcizándola en la única forma en que le e a dado hacerla: escribiéndola”.
Casa tomada” es un cuento fantástico que nace de una pesadilla de su autor:
“Yo soñé “Casa tomada”. La única diferencia entre lo soñado y el cuento es que en la pesadilla yo estaba solo. Yo estaba en una casa que es exactamente la casa que se describe en el cuento, se veía con muchos detalles, y en un momento dado escuché los ruido por el lado de la cocina y cerré la puerta y retrocedí. Es decir, asumí la misma actitud de los hermanos. Hasta un momento totalmente insoportable en que [ … ] en ese sonido estaba el espanto total. Yo me defendía como podía, es decir, cerrando las puertas y yendo hacia atrás. Hasta que me desperté de puro espanto.
Al despertar, Cortázar escribe su cuento de un tirón: “El cuento empieza hablando de la casa [ … ] porque la tenía delante de los ojos. Pero de golpe ahí entró el escritor en el juego“. Entonces, decide “vestir un poco” la narración, agregarle datos que no estaban en su pesadilla. Lo fantástico· proviene, pues, de un sueño.

 

puerta,

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Hari Kunzru frag. literatura Hindú

En los tiempos en los que los animales eran hombres
En los tiempos en los que los animales eran hombres, Coyote vivía en cierto lugar. «¡Haikya! Estoy tan cansado de vivir aquí-aikya. Me voy a ir al desierto a cocinar.» Y sin más, Coyote se hizo con una autocaravana, condujo hasta mitad del desierto e instaló un laboratorio. Se llevó diez paquetes de pan de molde Wonder y otros cincuenta de tallarines japoneses. También whisky y suficiente hachís como para ir tirando. Buscó durante mucho tiempo y al final encontró un sitio bueno: «¡Aquí es donde me voy a instalar-aikya! ¡Qué de espacio hay! ¡Y nadie que me moleste!».
Coyote se puso manos a la obra. «¡Qué bien-aikya!», dijo. «¡Tengo un montón de pastillas de pseudoefedrina! ¡Lo que me ha costado conseguirlas! ¡He estado dando vueltas con el coche de farmacia en farmacia durante un montón de tiempo-aikya!» Machacó la pseudo hasta que quedó convertida en un polvillo fino. Llenó un vaso de precipitados con alcohol metílico y removió los polvos. Coló la mezcla con un filtro de papel para separar la masilla. Y luego la colocó sobre un calentador para que se evaporara. Pero a Coyote se le olvidó comprobar el termómetro y la temperatura empezó a subir. Cada vez estaba más y más caliente. «¡Haikya!», dijo, «¡necesito un cigarrito-aikya! ¡He trabajado muchísimo-aikya!».
Encendió un cigarro. Se produjo una explosión. Murió.
Conejo de Florida pasó por allí y le tocó la cabeza con su cayado. Coyote se sentó y se frotó los ojos. «¡Honorable Coyote!», dijo Conejo de Florida. «Cierra la puerta de la caravana. Mantenla cerrada. Y sal fuera para fumar.»
Coyote empezó a lloriquear. «¡Ay-aikya! ¿Dónde están mis manos-aikya? ¡Se me han volado las manos!» Lloriqueó y volvió a tumbarse y siguió triste un buen rato. Luego se levantó y se hizo unas manos nuevas con cactus cholla.
Empezó otra vez. Molió la pseudo. La mezcló con el disolvente. Filtró y evaporó y filtró y evaporó, hasta estar bien seguro de que no quedaba masilla. Entonces se sentó y se puso a raspar cajas de cerillas para extraer fósforo rojo. Mezcló la pseudo con lo que había sacado de las cajas de cerillas y con iodina y con bastante agua. De repente el matraz empezó a hervir. El gas empezó a saturar el aire. Se le metió en los ojos, entre el pelaje. Aulló y se arañó la cara con las uñas.
Se ahogó con el gas venenoso y murió.
Monstruo de Gila pasó por allí y le salpicó con un poco de agua. Coyote se sentó y se frotó los ojos. «¡Honorable Coyote!», dijo Monstruo de Gila. «Utiliza una manguera. Deja el matraz, llena un cubo con arena para gatos y mete dentro la manguera para que absorba el gas. Luego atrápalo y observa cómo hierve y burbujea dentro del matraz. E intenta no respirar en ningún momento.»
Coyote empezó a lloriquear. «¡Ay-aikya! ¿Dónde está mi cara-aikya? ¡Me he arrancado la cara!» Corrió hasta el río y se hizo una cara nueva con barro y se la pegó en la parte frontal de la cabeza. Y empezó otra vez. Molió la pseudo y la evaporó. Rascó las cajas de cerillas e hizo que el gas absorbido por la arena de gato burbujeara dentro del matraz. Mezcló las sustancias químicas y coció la mixtura y la filtró y añadió un poco de lejía Red Devil. Vigiló el termómetro. Tuvo cuidado de no respirar. Enfrió la mezcla y añadió un poco de camping gas y la removió y cuando vio la costra de cristal flotando en el líquido empezó a saltar de júbilo. Puso el disolvente a evaporarse pero estaba tan emocionado que se le olvidó vigilar que no se le metiera la cola dentro del fuego. Entonces bailó alrededor del laboratorio, incendiándolo todo con el fuego de la cola.
El laboratorio se quemó. Él murió.
Zorro del Sudeste pasó por allí y le dio un toquecito en el pecho con la punta de su arco. «¡Honorable Coyote!», dijo. «¡No metas la cola dentro! Si no, no podrás cocerlo.»
«¡Ay-aikya!», lloriqueó Coyote. «Mis ojos, ¿dónde están mis ojos-aikya?» Se hizo unos ojos nuevos con dos dólares de plata y empezó otra vez. Molió la pseudo. La filtró y la evaporó, la mezcló y la evaporó e hizo bullir el gas. Filtró y evaporó aún más, y luego bailó arriba y abajo. «¡Qué listo soy-aikya!», dijo Coyote. «¡Soy el más listo de todos-aikya!» Tenía entre las manos cien gramos de cristal puro.
Y Coyote abandonó aquel lugar.
Eso es todo, así acaba la historia.
1947
En cuanto Schmidt vio los Pináculos, supo que aquél era el sitio. Las tres columnas de roca brotaban disparadas hacia lo alto como los tentáculos de alguna criatura antiquísima. Eran apéndices desgastados por la erosión que sondaban el cielo. Hizo un par de pruebas, primero con la varita de zahorí y luego con el medidor de tierra. La aguja se salió de la escala. No cabía duda, allí había poder, un poder que recorría la línea de falla y ascendía por las rocas: una antena natural. Cerró el trato rápidamente. Ochocientos billetes verdes para la vieja propietaria de la parcela, unos papeles firmados en un notario de Victorville y el terreno fue suyo. Alquilado por veinte años, visto y no visto. No podía creerse la suerte que había tenido.
Compró una caravana Airstream de segunda mano en un comercio de Barstow, la remolcó hasta el solar y se pasó toda la tarde sentado en una silla de jardín, admirando el modo en que el vehículo de aluminio reflejaba la luz. Le recordaba al Pacífico y a los Superforts aparcados en el aeródromo de North Field. El modo en que los bombarderos brillaban al sol. Aquel resplandor encerraba una lección. Servía para recordar que había mundos a los que los seres humanos no soportaban mirar de manera directa.
La primera noche no durmió nada. Acostado en el suelo bajo una manta, boca arriba, mantuvo los ojos abiertos hasta que la negrura se volvió violeta, luego gris, y la lana amaneció escarchada por pequeñas gotas de condensación que parecían diamantes minúsculos. El olor a creosota y salvia del desierto, la cúpula de estrellas. Ocurrían más cosas en lo alto del cielo que abajo en la tierra, pero había que hacer el esfuerzo de salir de la ciudad para darse cuenta. Todas esas malditas verticales no hacían más que entorpecer la vista, esas tuberías de acero y esos cables y todas esas cosas que corrían por debajo de los pies saturaban a los seres humanos e interrumpían cualquier flujo. Pero nadie iba a enredar al desierto. Aquella tierra te permitía estar a solas.
Creía que tenía bastantes posibilidades. Aún era suficientemente joven para llevar a cabo el trabajo físico, y no cargaba con una mujer ni con una familia. Y tenía fe. Sin la fe se habría rendido hacía ya largo tiempo, en la época en la que no era más que un crío que se entretenía leyendo catálogos de compra por correo durante la pausa del almuerzo, mientras tomaba sus primeras notas titubeantes sobre los misterios. Ahora no quería distracciones. No le preocupaba la opinión que tuvieran de él los vecinos del pueblo. Se comportaba de manera educada cuando iba a la tienda a recoger los suministros, pero no se esforzaba más. La mayor parte de los hombres eran unos necios; lo había descubierto en Guam. Unos hijos de puta que no le dejaban tranquilo, le ponían motes y hacían chistes infantiles a sus expensas. Había tenido que utilizar toda su fuerza de voluntad para no hacer nada de lo que se le pasaba por la cabeza, pero después de lo de Lizzie ya no tenía derecho, así que había atemperado su ira y se había dedicado a luchar en la guerra. Aquella panda de simples había volado en incontables misiones, pero a pesar de todas esas horas acumuladas, de todas esas oportunidades de ver, seguían pensando que el mundo real estaba allí abajo, en el suelo, en la cola de la cantina, entre las piernas de las pin-ups de los pósters que pegaban sobre sus catres rancios. La única persona con un ápice de sentido común que había conocido había sido aquel piloto artillero irlandés, cómo se llamaba, Mulligan o Flanagan, un apellido irlandés de ésos, que le había hablado de las luces que había avistado cuando volaban hacia Nagoya para soltar una carga, unos puntos verdes que se movían demasiado deprisa para ser Zeros. Le había pedido prestado un libro. Schmidt se lo había dejado y no había vuelto a verlo. Al chico y al resto de su tripulación los habían derribado una semana más tarde y habían terminado en el mar.
Poco a poco el lugar fue empezando a tener otra apariencia. En la caravana hacía un calor infernal y estaba tratando de encontrar alguna forma de aprovechar la sombra que proporcionaban las rocas cuando descubrió la madriguera del buscador de plata. No sabía lo que era hasta que preguntó en el bar del pueblo. La habían cubierto con hormigón hacía unos pocos años, después de expulsar de allí al viejo cabrón, porque pensaban que era un espía alemán o algo así. Quizás estuviera más loco que una cabra, y lo más probable era que fuese un muerto de hambre porque en sus dominios, por llamarlos de alguna manera, no había ni una onza de plata ni nada parecido, pero sabía excavar. Había una estancia de ciento veinte metros cuadrados debajo de las mismas rocas. Fresca en verano, protegida de las frías noches de invierno. Un búnker en toda regla.
A partir de ahí, fue cosa de coser y cantar. Niveló el suelo para hacer una pista de aterrizaje, enterró un barril de combustible en la arena, levantó un cobijo de bloques de cemento y pintó un BIENVENIDOS en letras enormes sobre el tejado de hojalata. Ya tenía un negocio. No era que aquel café fuera a generar grandes ganancias, pero tampoco hacía falta que fuera General Motors. No le hubiera molestado algo de compañía, pero los ahorros no le daban para mucho. Tenía otro año, dos quizá, antes de que se le agotara el dinero, más o menos el tiempo que necesitaba una empresa como aquélla para salir adelante.
No pasaban muchos aviones. Una vez a la semana, más o menos, aterrizaba alguien. Él servía café, freía huevos. Cuando le preguntaban qué hacía allí instalado les decía que estaba esperando, y cuando le preguntaban a qué, contestaba que aún no lo sabía pero que aquello era mejor que estar metido en un atasco de tráfico, y normalmente eso les bastaba. Nunca llevaba a ningún visitante al búnker. Al cabo de unos meses empezó a tener más clientela. Los pilotos que iban o venían de la costa se fueron enterando de que había un sitio para repostar en aquel punto del desierto. Compró unas cuantas sillas y mesas de formica, se hizo con una provisión de cerveza.
Tuvo algún que otro problema, claro. Se le estropeó el generador. Tuvo un enfrentamiento con unos indios a los que cazó trepando por las rocas y a los que hubo de amenazar con el revólver. Cuando se marcharon descubrió que había varias rocas pintadas con huellas de manos y dibujos de serpientes y muflones. Otro día, una tormenta de arena obligó a aterrizar a un avión. El viento de costado soplaba a ochenta kilómetros por hora y el piloto tuvo suerte sólo con conseguir aterrizar, porque cuando se aproximaba daba la impresión de que el ala derecha iba a levantarse y el aeroplano se iba a dar la vuelta sobre sí mismo. Schmidt corrió a su encuentro cubriéndose la boca con una bandana. Sin pararse a pensar, le llevó hasta el subterráneo, el sitio más lógico donde guarecerse.
El piloto era un joven potro de veintiún años o así, con una cabeza llena de pelo oscuro y un bigotito elegante. Un niño rico. Se quitó la chaqueta y las gafas, y mirando a su alrededor con asombro, preguntó dónde diablos estaba.
Por aquel entonces el proyecto estaba bastante avanzado. Schmidt había construido un condensador de vórtex para almacenar y concentrar las energías parafísicas que fluían de las rocas. En el punto más alto había instalado un cardán con un cristal orientado hacia Venus. Tenía a medio desarrollar un sistema piezoeléctrico parale

 

Estudió en el Wadham College de Oxford, doctorándose en Filosofía y letras en la Universidad de Warwick. Ha trabajado en varios periódicos y revistas, siendo editor de algunas de ellas. Ha trabajado como entrevistador en televisión y es miembro del consejo directivo del PEN Club británico.

Es autor de novelas escritas con estilo directo y sencillo y con gran sentido del humor. En ellas aparece frecuentemente la crítica política y social. Ha obtenido varios premios.

La casa tomada de Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros image014bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
Corta