Teléfono movil, fragmento, de Liu Zhenyun, Literatura China

LIU ZHENYUN (Yanjin, 1958) es uno de los autores de mayor éxito comercial en China. Estudió en la Universidad de Pekín y ha recibido importantes reconocimientos por su obra literaria, como el Premio Nacional de Cuento en 1988 y el Premio Mao Dun en 2011. Ha publicado varias novelas y volúmenes de relatos que se han traducidos a los principales idiomas.
Imitando el tono ordinario de Fei Mo, Yan Shouyi trató de consolarlo y dijo: —Maestro Fei, no puede decir eso. «Charlatán» no es una definición adecuada para nosotros, que necesitamos cualquier palabra pronunciada por usted para alimentarnos toda la vida.
Haciendo caso omiso de Yan, Maestro Fei seguía su hilo de pensamiento y suspiró:
—Aparentemente soy un charlatán, en el fondo me siento aburrido y deprimido.
En seguida se anegó en lágrimas. Mirando a Maestro Fei, Yan Shouyi no tenía ni una palabra que decir. Con el tiempo, cuando Yan Shouyi estaba decepcionado, también frecuentaba a Maestro Fei para contarle confidencias. Lo que no podía confesar ante Yu Wenjuian, su mujer, lo hacía con Fei Mo. En algunos asuntos relacionados con las chicas no era capaz de controlarse, no se lo decía a nadie más, a excepción de Fei.
Claro que Maestro Fei también tenía sus horas alegres, como el tiempo que pasaba junto al grupo de Con uno hablando de uno. Todos los miembros del programa respetaban mucho a Maestro Fei, desde Yan Shouyi hasta la joven que atendía la línea activa de teléfono. En la calle, la gente corriente ignoraba quién era Fei Mo, pero en la tele todo el mundo conocía su importancia. Todo el cuerpo del programa era capaz de comprender lo superficial y lo esencial de lo que decía Maestro Fei, que era una persona capaz de calar la esencia de las cosas a través de su apariencia. Parecía que toda la sociedad china era ignorante, menos la televisión. Poco a poco todo el grupo hablaba a imitación del estilo de Maestro Fei, incluso de su ritmo lento: aunque dijese una frase simple, necesitaba dar muchos rodeos, señalar el Este golpeando el Oeste, tratar del perro aludiendo al gallo. Cuando Maestro Fei estaba contento, su conducta parecía la de un niño. Xiao1Ma, guionista del grupo y ex universitaria recién contratada, estaba buscando datos en internet cuando Maestro Fei entró a la oficina con la bolsa bajo el brazo. Ella dijo a bocajarro:
—¡Té!
Maestro Fei se apresuró a dejar a un lado su bolsa y se fue rápidamente, balanceando su cuerpo gordo, con una sonrisa en el rostro, a preparar el té para Xiao Ma, como si un niño de la guardería infantil viera a su maestra. Al principio era suficiente que Fei Mo fuera una vez por semana a la oficina. Sin embargo, con el tiempo, empezó a ir de manera frecuente a la televisión, como si solo allí, en la oficina del grupo, existiera el «calor» y toda la sociedad ya estuviera congelada.
El 11 de febrero, por la mañana, Yan Shouyi condujo su coche hasta la casa de Fei Mo para recogerlo e ir juntos a la televisión a hacer la grabación del programa. Según lo normal y habitual, cuando era recogido en coche, Maestro Fei ya sabía que se trataba del trabajo del programa y siempre tenía la sonrisa en su rostro gordo, y Yan Shouyi solía fingir modestia, le cogía la bolsa y le abría la puerta del coche. Fei Mo siempre lo disfrutaba de manera ostentosa pero, ese día, al salir del pasillo inmediato a la puerta de entrada, se mostraba afligido e hizo caso omiso de la actitud amable y entusiasta con que Yan Shouyi lo recibió. Entonces, este cayó en la cuenta de que Maestro Fei probablemente no había pasado bien la noche con su esposa, cuyo nombre era Li Yan y trabajaba en una compañía de turismo. Empleada, tal como cualquier persona corriente de la sociedad, tenía poco uso de razón y nada de erudición, no conocía la importancia de Fei Mo para el mundo entero. Resulta que en el intercambio de palabras e ideas, la esposa solía molestar y enfadar al marido. Entonces Yan Shouyi descubrió otro defecto de Fei Mo, que a parte de la susceptibilidad típica de los intelectuales, a veces descargaba su ira contra otro que no tenía culpa. Por ejemplo, como la conversación con el director general de la empresa de ordenadores no llegó a ser agradable, descargó su cólera contra el programa; como tuvo lugar un contratiempo con su esposa, desahogó su pena contra otro. Al ver a Fei Mo con la cabeza agachada, ya en el coche, Yan Shouyi condujo con mayor atención y cautela. Ya fuera del barrio, Yan Shouyi le preguntó con cuidado:
—Maestro Fei, ¿qué camino tomamos, la pasional Avenida de La Paz o el racional cuarto anillo?
Fei Mo miraba fuera de la ventanilla y no le hizo caso. Yan Shouyi no tuvo otro remedio que cerrar la boca, atento a la conducción. Cuando el coche tomó el cuarto anillo, Fei Mo, en efecto, se puso a descargar su cólera y dijo:
—Viejo Yan, tengo que criticarte: tienes que aprovechar el tiempo libre para dedicarte a la lectura. Con la falta de conocimientos culturales, te es fácil echar a perder las cosas.
Yan Shouyi se quedó con la boca abierta y luego, preguntó:
—¿Qué he perdido?
—¿Viste el programa de anoche?
El programa de la noche anterior de Con uno hablando de uno se titulaba «¿Por qué hoy en día no somos capaces de inventar?» y era una de las planificaciones de Fei Mo. Se refería a la pereza de nuestro pueblo. A lo largo de cinco mil años de historia de la civilización china, la gente solo había sabido pelearse entre sí, nada más. Antes de la dinastía Song2 se habían inventado la brújula y la pólvora negra. Desde esa época hasta hoy, tanto la lavadora y el frigorífico, como el automóvil y el avión, todos eran inventos ajenos. Sin embargo, los usamos sin vergüenza. Lo que ocurría era que la noche anterior Yan Shouyi había ido a cenar con unos amigos y no había echado un vistazo al programa. Negó con cabeza y fijó los ojos en Fei Mo. Este le preguntó:
—¿Sabes? En el programa hay un error grave. Cuando tienes que improvisar no improvisas y cuando tienes que ceñirte al guión no lo haces. En cuanto a lo que debías decir, no dijiste nada. Ayer eché un vistazo al programa y descubrí el problema. ¿Por qué yo no lo había visto antes? ¿Cómo puedes afirmar que la locomotora de vapor fue invento de Newton?
Yan Shouyi se llevó un susto y preguntó:
—Si no fue Newton, ¿quién fue?
—¡James Watt! ¿Lo sabías?
Yan Shouyi de pronto se dio cuenta de su equivocación. Pero también supuso que la noche anterior en casa de Fei Mo habría sucedido algo. Si el caso de Newton o de Watt hubiera ocurrido en condiciones normales, Fei Mo no se habría puesto tan furioso. Sin embargo, no se atrevió a revelar el secreto y se vio obligado a culparse a sí mismo:
—Es mi culpa. No tengo el gusto de conocer a estas personas.
—¿Acaso con tu excusa se puede resolver todo? En los títulos de crédito aparece mi nombre, ¡de modo que algunos saben que la equivocación se debe a tu ignorancia y los que no lo saben creen que esto es mi invento! —añadió Fei Mo.
En ese momento, Yan Shouyi de repente recordó una cosa más importante que Newton y Watt, y no le hizo caso a Fei Mo. Encendió el intermitente izquierdo para cambiar de dirección, esquivó la corriente de coches de su lado, hizo un viraje del primer carril interior al exterior y paró el coche en el arcén. Fei Mo le lanzó una mirada enojado y le preguntó:
—¿A qué coño quieres jugar?
—Se me olvidó coger el móvil. Probablemente lo dejé en casa.
Debido al mal humor, se sintió impaciente y preguntó:
—¿Qué temes? Ya es hora de hacer la grabación del programa. El tiempo no te es suficiente para volver a casa. Por la tarde tengo algo que hacer.
Yan Shouyi cogió con las dos manos el volante y dijo:
—Hoy por el día Yu Wenjiuan está en casa.
Fei Mo lo comprendió: Yan estaba preocupado porque Yu Wenjiuan podía coger el móvil y descubrir los secretos reflejados en él. De momento, Fei Mo se olvidó del mal humor y comentó:
—¿No ves? No es casual que te hayas equivocado en lo de Watt porque en los últimos días estás distraído, lo cual prueba que no tienes la conciencia tranquila. No es que te critique, solo te advierto que tarde o temprano te ocurrirá algo trágico si sigues haciendo tonterías todo el día fuera de casa.
Echó una mirada seria a Yan Shouyi y dijo:
—¿Cómo sabes que tu amante secreta te llamará por teléfono?
Tocando el volante con los dedos Yan Shouyi suspiró:
—Tienes que estar listo para toda eventualidad.
Fei Mo sacó su propio móvil y se lo tendió a Yan:
—Avisa a esa «diablilla» de lo que ha pasado. Eso es suficiente. No necesitamos dar la vuelta.
Yan insistió:
—Estaría más tranquilo si tuviese mi móvil en el bolsillo, si no estaré muy intranquilo durante el programa.
Acto seguido, hizo un cambio de sentido y se dirigió a su casa. A su lado, Fei Mo se sintió otra vez incómodo y dijo:
—¡Las chicas con las que te codeas, a decir verdad, son más putillas que amantes! Ellas solo provocan problemas.
Traducción: Zhao Deming
1 Tratamiento cariñoso que literalmente significa «pequeño». Se coloca delante del apellido.
2 Entre los años 960 y 1279.
LIU ZHENYUN

http://www.cubaliteraria.cu/revista/laletradelescriba/n116/articulo-6.html

Novelistas contemporáneos chinos

Liu Zhenyun (Yanjin, 1958)
Autor bestseller en China cuyo tema suele ser hacia dónde se mueve su país ante el desconcierto por la irrupción del capitalismo. Sus obras han sido traducidas al español, inglés, francés, alemán, italiano, sueco, ruso, húngaro, árabe, japonés, coreano, vietnamita, entre otros. Además de sus relatos, es autor de varias novelas, muchas adaptadas ya al cine: Las flores amarillas de mi tierra natal (1991), Anecdotario de la convivencia en mi tierra natal (1993), Recordando 1942 (1993), El rostro y las flores de mi tierra (1998), Una sarta de estupideces (2002), Teléfono móvil (2003), El pequeño gran salto de Liu(2007), Yo no soy una mujerzuela (2012) y La palabra que vale por diez mil(2009), esta última ganadora del prestigioso Premio Mao Dun en 2011.
Este año la editorial mexicana Siglo XXI publicará La palabra que vale por diez mil El pequeño gran salto de Liu.

Chi Zijian (Mohe, 1964)
Ganadora de los afamados premios literarios chinos Lu Xun —en tres ocasiones— y Mao Dun, actualmente es una de las escritoras más conocidas y leídas en China y vicepresidenta de la Asociación de Escritores de la provincia de Heilongjiang.
Ha publicado casi sesenta obras, novela principalmente. Su principal temática es, dentro del cotidiano, la vida urbana en sus aspectos más polémicos y escandalosos.
Es también una de las más traducidas a otros idiomas. Algunas de sus obras son El mes de la niebla y el cercado (1996), Baño de agua pura (2000), Bajo el árbol (2001), Todas las noches del mundo (2007), La nieve y los cuervos(2010). En español puede encontrarse la novela A la orilla derecha del río Argún (2008).

Jia Pingwa (Shangluo, 1952)
Uno de los escritores de relato y novela más populares en China, cuya obra ha sido prohibida en varias ocasiones en su país por su explícito contenido erótico.
Ha sido traducido al francés, inglés, alemán, ruso, japonés, coreano y vietnamita, entre otras lenguas. La novela Ducha recibió el Premio Pegassus (1988) y su polémica La capital abandonada recibió el premio francés Femina a la mejor novela extranjera (1997). Hasta ahora está inédito en español.
Algunas de sus obras: Soy campesinoDucha (1987), Noche blanca (1995), Contento (2007), Qinkong (2008), Shangzhou (2008), El viejo horno (2011).

autores chinos contemporáneos, int

Wang Anyi (Nankín, 1954)
Es una de las escritoras contemporáneas más publicadas en su país y con una gran proyección internacional gracias a todas las lenguas a las que se ha traducido su obra. Es una prolífera escritora desde la década de los setenta. Hoy en día es profesora en la Facultad de Lengua y Literatura de la Universidad de Fudan, en Shanghai, y es vicepresidenta de la Asociación de Escritores de China.
Ganadora del Premio Mao Dun en 1996 y del Premio Newman de Literatura China 2017, otorgado por la Universidad de Oklahoma, Estados Unidos. Su temática es la urbe, en donde destaca la ciudad de Shanghai, los sentimientos que desarrollan sus personajes, así como la compleja construcción de sus protagonistas.
Se pueden encontrar en español las novelas: La canción de la pena eternaAmor en un valle encantadoAmor en una colina desnudaAmor en un pequeño pueblo. Otras más son Lapso de tiempo (1988), Vida en patio pequeño (1988), Baotown (1989), Amor en montaсa baldía (1990) y La canción de la pena eterna (2010).

Mo Yan (Gaomi, 1955)
Conocemos en todo el mundo el nombre de Mo Yan, seudónimo de Guan Moye, por el Premio Nobel de Literatura que recibió en 2012, y que puso a China en el mapa de la literatura internacional. Este famoso escritor ha reconocido en varias ocasiones la influencia de la literatura occidental en su formación, incluyendo a Cortázar y Faulkner entre sus autores favoritos.
Militar de profesión, estudió en la Escuela de Arte y Literatura del Ejército en los ochenta, década en la que sus historias toman gran fama, aunque también sufrió de censura con su afamada novela Grandes pechos amplias caderas.
Sorgo rojo, Happy Times y Nuan han sido adaptadas al cine y muchas otras se han traducido a varios idiomas, entre ellos el español. Sorgo rojo (1987), Las baladas del ajo (1988), Trece pasos (1989), La república del vino (1992), Grandes pechos, amplias caderas (1996), El suplicio del aroma de sándalo(2001), La vida y la muerte me están desgastando (2006), Rana (2011), Cambios (2010).

Xu Zechen (Jiangsu, 1978)
Autor destacado de la generación post-1970, cuya producción se centra en el retrato de la sociedad urbana en expansión. Actualmente editor de la revista literaria Renmin Wenxue. Ganador de varios premios literarios. Jerusalén(2014) fue considerada entre las diez mejores novelas del año por Asia Weekly. 
Sus obras han sido traducidas al inglés, español, francés, holandés, japonés, coreano, italiano, ruso y mongol.
Con una producción de relatos y novela, destacan sus obras Cine al aire libre (2006), Las ruedas son redondas (2008), Corriendo a través de Zhongguancun (2008); Tren nocturno (2009), A la orilla del lago (2010), Una breve historia del  tiempo (2012) y Mi amigo Don Quijote (2015).

Sunzi 
Autor de El arte de la guerra (Sunzi Bingfa), también conocido como Sun-Tzu. No es un contemporáneo, pero sí un clásico imperdible. Existen centenares de traducciones en español de este título. Tratado militar que data del año 130 a. n. e., refleja la filosofía y estrategia de guerra de esta milenaria cultura; obra imprescindible para entender el pensamiento chino en la antigüedad, pero que sorprendentemente puede ser aplicado a nuestros días en cualquier ámbito.
Mirlo publicó este año en México una edición ilustrada por Marcos Castro con la traducción directa del chino antiguo al español de la investigadora y profesora del Colmex Liljana Arsovska.

Autores chinos contemporáneos de lectura indispensable

El médico rural Franz kafka

Un médico rural Estaba muy preocupado; debía emprender un viaje urgente; un enfermo de gravedad me estaba esperando en un pueblo a diez millas de distancia; una violenta tempestad de nieve azotaba el vasto espacio que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito ligero, de grandes ruedas, exactamente apropiado para correr por nuestros caminos; envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín en la


mano, esperaba en el patio, listo para marchar; pero faltaba el caballo… El mío se había muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno helado; mientras tanto, mi criada corría por el pueblo, en busca de un caballo prestado; pero estaba condenada al fracaso, yo lo sabía, y a pesar de eso continuaba allí inútilmente, cada vez más envarado, bajo la nieve que me cubría con su pesado manto. En la puerta apareció la muchacha, sola, y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién habría prestado su caballo para semejante viaje? Atravesé el patio, no hallaba ninguna solución; distraído y desesperado a la vez, golpeé con el pie la ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. De la pocilga salió una vaharada como de establo, un olor a caballos. Una polvorienta linterna colgaba de una cuerda. Un individuo, acurrucado en el tabique bajo, mostró su rostro claro, de ojitos azules. —¿Los engancho al coche? —preguntó, acercándose a cuatro patas. No supe qué decirle, y me agaché para ver qué había dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado. —Uno nunca sabe lo que puede encontrar en su propia casa —dijo ésta. Y ambos nos echamos a reír. —¡Hola, hermano, hola, hermana! —gritó el palafrenero, y dos caballos, dos magníficas bestias de vigorosos flancos, con las piernas dobladas y apretadas contra el cuerpo, las perfectas cabezas agachadas, como las de los camellos, se abrieron paso una tras otra por el hueco de la puerta, que llenaban por completo. Pero una vez afuera se irguieron sobre sus largas patas, despidiendo un espeso vapor. —Ayúdalo —dije a la criada, y ella, dócil, alargó los arreos al caballerizo. Pero apenas llegó a su lado, el hombre la abrazó y acercó su rostro al rostro de la joven. Esta gritó, y huyó hacia mí; sobre sus mejillas se veían, rojas, las marcas de dos hileras de dientes. —¡Salvaje! —dije al caballerizo—. ¿Quieres que te azote? Pero luego pensé que se trataba de un desconocido, que yo ignoraba de dónde venía y que me ofrecía ayuda cuando todos me habían fallado. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se mostró ofendido por mi amenaza y, siempre atareado con los caballos, sólo se volvió una vez hacia mí. —Suba —me dijo, y, en efecto, todo estaba preparado. Advierto entonces que nunca viajé con tan hermoso tronco de caballos, y subo alegremente. —Yo conduciré, pues tú no conoces el camino —dije. —Naturalmente —replica—, yo no voy con usted: me quedo con Rosa. —¡No! —grita Rosa, y huye hacia la casa, presintiendo su inevitable destino; aún oigo el ruido de la cadena de la puerta al correr en el cerrojo; oigo girar la llave en la cerradura; veo además que Rosa apaga todas las luces del vestíbulo y, siempre huyendo, las de las habitaciones restantes, para que no puedan encontrarla. —Tú vendrás conmigo —digo al mozo—; si no es así, desisto del viaje, por urgente que sea. No tengo intención de dejarte a la muchacha como pago del viaje. —¡Arre! —grita él, y da una palmada; el coche parte, arrastrado como un leño en el torrente; oigo crujir la puerta de mi casa, que cae hecha pedazos bajo los golpes del mozo; luego mis ojos y mis oídos se hunden en el remolino de la tormenta que confunde todos mis sentidos. Pero esto dura sólo un instante; se diría que frente a mi puerta se encontraba la puerta de la casa de mi paciente; ya estoy allí; los caballos se detienen; la nieve ha dejado de caer; claro de luna en torno; los padres de mi paciente salen ansiosos de la casa, seguidos de la hermana; casi me arrancan del coche; no entiendo nada de su confuso parloteo; en el cuarto del enfermo el aire es casi irrespirable, la estufa humea, abandonada; quiero abrir la ventana, pero antes voy a ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, ni caliente ni frío, con ojos inexpresivos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído: —Doctor, déjeme morir. Miro en torno; nadie lo ha oído; los padres callan, inclinados hacia adelante, esperando mi sentencia; la hermana me ha acercado una silla para que coloque mi maletín de mano. Lo abro, y busco entre mis instrumentos; el joven sigue alargándome las manos, para recordarme su súplica; tomo un par de pinzas, las examino a la luz de la bujía y las deposito nuevamente. —Sí —pienso indignado—; en estos casos los dioses nos ayudan, nos mandan el caballo que necesitamos y, dada nuestra prisa, nos agregan otro. Además, nos envían un caballerizo… En aquel preciso instante me acuerdo de Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarla? ¿Cómo rescatar su cuerpo del peso de aquel hombre, a diez millas de distancia, con un par de caballos imposibles de manejar? Esos caballos que no sé cómo se han desatado de las riendas, que se abren paso ignoro cómo; que asoman la cabeza por la ventana y contemplan al enfermo, sin dejarse impresionar por las voces de la familia. —Regresaré en seguida —me digo como si los caballos me invitaran al viaje. Sin embargo, permito que la hermana, que me cree aturdido por el calor, me quite el abrigo de pieles. Me sirven una copa de ron; el anciano me palmea amistosamente el hombro, porque el ofrecimiento de su tesoro justifica ya esta familiaridad. Meneo la cabeza; estallaré dentro del estrecho círculo de mis pensamientos; por eso me niego a beber. La madre permanece junto al lecho y me invita a acercarme; la obedezco, y mientras un caballo relincha estridentemente hacia el techo, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que ya sabía: el joven está sano, quizá un poco anémico, quizá saturado de café, que su solícita madre le sirve, pero está sano; lo mejor sería sacarlo de un tirón de la cama. No soy ningún reformador del mundo, y lo dejo donde está. Soy un vulgar médico del distrito que cumple con su deber hasta donde puede, hasta un punto que ya es una exageración. Mal pagado, soy, sin embargo, generoso con los pobres. Es necesario que me ocupe de Rosa; al fin y al cabo es posible que el joven tenga razón, y yo también pido que me dejen morir. ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno? Mi caballo se ha muerto y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Me veré obligado a arrojar mi carruaje en la pocilga; si por casualidad no hubiese encontrado esos caballos, habría tenido que recurrir a los cerdos. Esta es mi situación. Saludo a la familia con un movimiento de cabeza. Ellos no saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo creerían. Es fácil escribir recetas, pero en cambio, es un trabajo difícil entenderse con la gente. Ahora bien, acudí junto al enfermo; una vez más me han molestado inútilmente; estoy acostumbrado a ello; con esa campanilla nocturna todo el distrito me molesta, pero que además tenga que sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que durante años vivió en mi casa sin que yo me diera cuenta cabal de su presencia… Este sacrificio es excesivo, y tengo que encontrarle alguna solución, cualquier cosa, para no dejarme arrastrar por esta familia que, a pesar de su buena voluntad, no podrían devolverme a Rosa. Pero he aquí que mientras cierro el maletín de mano y hago una señal para que me traigan mi abrigo, la familia se agrupa, el padre olfatea la copa de ron que tiene en la mano, la madre, evidentemente decepcionada conmigo —¿qué espera, pues, la gente?— se muerde, llorosa, los labios, y la hermana agita un pañuelo lleno de sangre; me siento dispuesto a creer, bajo ciertas condiciones, que el joven quizá está enfermo. Me acerco a él, que me sonríe como si le trajera un cordial… ¡Ah! Ahora los dos caballos relinchan a la vez; ese estrépito ha sido seguramente dispuesto para facilitar mi auscultación; y esta vez descubro que el joven está enfermo. El costado derecho, cerca de la cadera, tiene una herida grande como un platillo, rosada, con muchos matices, oscura en el fondo, más clara en los bordes, suave al tacto, con coágulos irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es como se ve a cierta distancia. De cerca, aparece peor. ¿Quién puede contemplar una cosa así sin que se le escape un silbido? Los gusanos, largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se mueven en el fondo de la herida, la puntean con su cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, nada se puede hacer por ti. He descubierto tu gran herida; esa flor abierta en tu costado te mata. La familia está contenta, me ve trabajar; la hermana se lo dice a la madre, ésta al padre, el padre a algunas visitas que entran por la puerta abierta, de puntillas, a través del claro de luna. —¿Me salvarás? —murmura entre sollozos el joven, deslumbrado por la vista de su herida. Así es la gente de mi comarca. Siempre esperan que el médico haga lo imposible. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en su casa y desgarra sus ornamentos sacerdotales uno tras otro; en cambio, el médico tiene que hacerlo todo, suponen ellos, con sus pobres dedos de cirujano. ¡Como quieran! Yo no les pedí que me llamaran; si pretenden servirse de mí para un designio sagrado, no me negaré a ello. ¿Qué cosa mejor puedo pedir yo, un pobre médico rural, despojado de su criada? Y he aquí que empiezan a llegar los parientes y todos los ancianos del pueblo, y me desvisten; un coro de escolares, con el maestro a la cabeza canta junto a la casa una tonada infantil con estas palabras: “Desvístanlo, para que cure, y si no cura, mátenlo. Sólo es un médico, sólo es un médico…” Mírenme: ya estoy desvestido, y, mesándome la barba y cabizbajo, miro al pueblo tranquilamente. Tengo un gran dominio sobre mí mismo; me siento superior a todos y aguanto, aunque no me sirve de nada, porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama del enfermo. Me colocan junto a la pared, al lado de la herida. Luego salen todos del aposento; cierran la puerta, el canto cesa; las nubes cubren la luna; las mantas me calientan, las sombras de las cabezas de los caballos oscilan en el vano de las ventanas. —¿Sabes —me dice una voz al oído— que no tengo mucha confianza en ti? No importa cómo hayas llegado hasta aquí; no te han llevado tus pies. En vez de ayudarme, me escatimas mi lecho de muerte. No sabes cómo me gustaría arrancarte los ojos. —En verdad —dije yo—, es una vergüenza. Pero soy médico. ¿Qué quieres que haga? Te aseguro que mi papel nada tiene de fácil. —¿He de darme por satisfecho con esa excusa? Supongo que sí. Siempre debo conformarme. Vine al mundo con una hermosa herida. Es lo único que poseo. —Joven amigo —digo—, tu error estriba en tu falta de empuje. Yo, que conozco todos los cuartos de los enfermos del distrito, te aseguro: tu herida no es muy terrible. Fue hecha con dos golpes de hacha, en ángulo agudo. Son muchos los que ofrecen sus flancos, y ni siquiera oyen el ruido del hacha en el bosque. Pero menos aún sienten que el hacha se les acerca. —¿Es de veras así, o te aprovechas de mi fiebre para engañarme? —Es cierto, palabra de honor de un médico juramentado. Puedes llevártela al otro mundo. Aceptó mi palabra, y guardó silencio. Pero ya era hora de pensar en mi libertad. Los caballos seguían en el mismo lugar. Recogí rápidamente mis vestidos, mi abrigo de pieles y mi maletín; no podía perder el tiempo en vestirme; si los caballos corrían tanto como en el viaje de ida, saltaría de esta cama a la mía. Dócilmente, uno de los caballos se apartó de la ventana; arrojé el lío en el coche; el abrigo cayó fuera, y sólo quedó retenido por una manga en un gancho. Ya era bastante. Monté de un salto a un caballo; las riendas iban sueltas, las bestias, casi desuncidas, el coche corría al azar y mi abrigo de pieles se arrastraba por la nieve. —¡De prisa! —grité—. Pero íbamos despacio, como viajeros, por aquel desierto de nieve, y mientras tanto, el nuevo el canto de los escolares, el canto de los muchachos que se mofaban de mí, se dejó oír durante un buen rato detrás de nosotros: “Alégrense, enfermos, tienen al médico en su propia cama”. A ese paso nunca llegaría a mi casa; mi clientela está perdida; un sucesor ocupará mi cargo, pero sin provecho, porque no puede reemplazarme; en mi casa cunde el repugnante furor del caballerizo; Rosa es su víctima; no quiero pensar en ello. Desnudo, medio muerto de frío y a mi edad, con un coche terrenal y dos caballos sobrenaturales, voy rodando por los caminos. Mi abrigo cuelga detrás del coche, pero no puedo alcanzarlo, y ninguno de esos enfermos sinvergüenzas levantará un dedo para ayudarme. ¡Se han burlado de mí! Basta acudir una vez a un falso llamado de la campanilla nocturna para que lo irreparable se produzca.

http://www.literatura.us/idiomas/fk_medico.html

Groucho Marx

 

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Groucho Marx

(Nueva York, 1895 – Los Ángeles, 1977) Actor cómico estadounidense. Provenía de una familia de inmigrantes judeo-alemanes que se instaló en Estados Unidos a finales del siglo XIX. Dedicó toda su vida al mundo del espectáculo humorístico. No en vano, fue su propia madre quien le animó a empezar a actuar en distintos cabarets desde muy joven. Junto con sus hermanos Chico, Harpo, Gummo y Zeppo recorrió casi todos los escenarios de Norteamérica durante más de 25 años, y en 1920 actuó en su primera película, titulada Humor risk.


Groucho Marx

A este film le siguieron otros títulos que hicieron mundialmente famosos a los Hermanos Marx, como Sopa de ganso (Duck soup, 1933), Una noche en la ópera(A night at the opera, 1935), Un día en las carreras (A day at the races, 1937), Los hermanos Marx en el Oeste (Go West, 1940) y Una noche en Casablanca (A night in Casablanca, de 1946); su última película, Amor en conserva (1949), contó con una casi debutante Marilyn Monroe en el reparto. Entre sus múltiples colaboraciones, Groucho Marx trabajó como comentarista cómico en un programa de radio llamado You Bet Your Life. Con motivo de sus apariciones en dicha emisión, recibió el Premio al Mejor Humorista del Año en 1949.

Parte de sus guiones radiofónicos quedaron registrados en la monografía Groucho y Chico, abogados (Flywheel, Shyster and Flywheel), editada por Michael Barson en 1989. La producción literaria de Groucho Marx siguió encuadrada en la misma tónica que caracterizaba sus actuaciones en la gran pantalla. En 1933 publicó Camas (Beds), su primer libro. Otros ensayos conocidos del autor son Many Happy Returns (1942), Groucho y yo (Groucho and Me), de 1959, Memorias de un amante sarnoso (Memoirs of a Mangy Lover), de 1963, The Groucho letters (Las cartas de Groucho), de 1967, y el libro de memorias The Groucho phile; an illustrated life (La figura de Groucho; una biografía ilustrada), de 1976.

Un humor disparatado, mordaz e incluso cínico marcó la vida del cómico estadounidense. La particular «filosofía marxiana», basada en el porte descarado y en la visión hipercrítica de los convencionalismos sociales, ha influido en generaciones de intelectuales del mundo entero. Poco antes de morir, la Academia de Hollywood le concedió un Oscar honorífico, en reconocimiento a toda su carrera cinematográfica.

Bajo el caimito

El viento ronroneaba sobre las plantas y la tarde enterraba su bochorno.

Salíó la luna con su vestido de papel bond.

Bajo el árbol de caimito, llenaba mi cubetita de inmensidad.

 

Las ramas verdes parecían brazos caídos.

Se cerraba el día y llegaba el crepúsculo entre el cuchicheo de las hojas.

La tarde abrió el paraguas y bajo hasta las orejas las alas del sombrero.,

la luna lucía su falda cobre y en su ombligo el dije de Venus..

 

 

Las ramas temblaban con su piel de gallina.

Yo, me entegaba al bing bang de la mecedora,

la misma que me conoció el trasero de niño.

Mañana lloverá. me dijo el grillo de a lado.
Asi es, dijo la chicharra apretando sus alas.

A un costado, pegados a la cerca, los galanes tenían su fiesta;

y cada vez que abría la flor,

se escuchaba la gritería de:otro, otro otro..

.mañana lloverá y me dormí.

mecedora.

 

 

 

Un día, la niña y el gato

Todos los días el campanero llega muy temprano a la iglesia y anuncia el llamado a misa. Son las mismas beatas, el mismo cura que no para, desde hace cuarenta años. A esa hora, el aroma a pan inunda la calles torcidas y empedradas del pueblo. Nada pasa. Transcurre la vida con lluvia y neblina que desciende de la montaña. Es una tierra cansada, los perones que han enraizado tienen sus ramas viejas y huesudas. Este día, la niebla baja a ras de la tierra. Parece una serpiente que sube enroscándose al tallo del árbol. Muy cerca, hay una ventana, detrás de la ventana, una niña hace dibujos en el vidrio. Ha puesto su mirada en el humo frío que arremeda el deslizar de la boa. Tras de ella, un felino acecha y con la zarpa ataca. Ella se carcajea por la torpeza del gato que se pierde entre los zacatales. El sol tierno palmea al viento y el humo de agua, poco a poco desaparece.

niebla.

Una ficción muy real de Nietzsche

«En algún rincón apartado del Universo, perdido en el flamear de innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro sobre el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue aquél el minuto más arrogante y mentiroso de la historia universal; pero tan sólo fue un minuto. Tras algunos suspiros de la Naturaleza el astro se congeló y los animales inteligentes perecieron».
Friedrich Nietzsche. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.

cosmos

Tomado del blog de arena

https://borgeano.wordpress.com/2019/06/19/en-algun-apartado-rincon/#comment-17130

 

El sueño infinito de Pao yu de Tsao Hsue Kin

Pao Yu soñó que estaba en un jardín idéntico al de su casa. ¿Será posible, dijo, que haya un jardín idéntico al mío? Se le acercaron unas doncellas. Pao Yu se dijo atónito: ¿Alguien tendrá doncellas iguales a Hsi-Yen, a Pin Erh y a todas las de casa? Una de las doncellas exclamó: “Ahí está Pao Yu. ¿Cómo habrá llegado hasta aquí?” Pao Yu pensó que lo habían reconocido. Se adelantó y les dijo: “Estaba caminando; por casualidad llegué hasta aquí. Caminemos un poco.” Las doncellas se rieron. “¡Qué desatino! Te confundimos con Pao Yu, nuestro amo, pero no eres tan gallardo como él.” Eran doncellas de otro Pao Yu. “Queridas hermanas –les dijo-  yo soy Pao Yu. ¿Quién es vuestro amo?” “Es Pao Yu –contestaron–. Sus padres le dieron ese nombre que está compuesto de los dos caracteres. Pao (precioso) y Yu (jade), para que su vida fuera larga y feliz. ¿Quién eres tú para usurpar ese nombre?” Se fueron, riéndose.
Pao Yu quedó abatido. “Nunca me han tratado tan mal. ¿Por qué me aborrecerán estas doncellas? ¿Habrá de verás, otro Pao Yu? Tengo que averiguarlo”. Trabajado por esos pensamientos, llegó a un patio que le pareció extrañamente familiar. Subió las escaleras y entró en su cuarto. Vio a un joven acostado; al lado de la cama reían y hacían labores unas muchachas. El joven suspiraba. Una de las doncellas le dijo: “¿Qué sueñas, Pao Yu, estás afligido?” “Tuve un sueño muy raro. Soñé que estaba en un jardín y que ustedes no me reconocieron y me dejaron solo.  Las seguí hasta la casa y me encontré con otro Pao Yu durmiendo en mi cama.” Al oír este diálogo Pao Yu no pudo contenerse y exclamó: “Vine en busca de un Pao Yu; eres tú.” El joven se levantó y lo abrazó, gritando: “No era un sueño, tú eres Pao Yu.” Una voz llamó desde el jardín: “¡Pao Yu!” Los dos Pao Yu temblaron. El soñado se fue; el otro le decía; ¡Vuelve pronto, Pao Yu!” Pao Yu se despertó. Su doncella Hsi-Yen le preguntó: “¿Qué sueñas Pao Yu, estás afligido?” “Tuve un sueño muy raro. Soñé que estaba en un jardín y que vosotras no me reconocíais…”
Tsao Hsue Kin
(1715-1763)
Falleció tras haber completado sólo ochenta capítulos de su obra Sueño en el Pabellón Rojo, dejando sin concluir la mayor parte de los cabos de la entreverada trama, el libro rescatado tras su muerte no tardó en ganar un abrumador reconocimiento público. Sueño en el Pabellon Rojo”, es el gran clásico de la literatura china, “la novela más famosa de una literatura casi tres veces milenaria”, como afirmó Borges, un libro imperecedero. El bello y trágico relato de los desvelos amorosos de Jia Baoyu y Lin Daiyu en la China del siglo XVIII, en el crepúsculo de un esplendor feudal que ya no es más que un sueño. La novela no sólo constituye un abanico de todas las pasiones humanas, en el que se entremezclan dulzura y crueldad, sino que es a la vez una crónica deslumbrante de los claroscuros de la sociedad y la cultura de la China imperial en el Pekin del siglo XVIII.
De tanta importancia en la literatura china como el Genji Monogatari en la japonesa o el mismo Quijote en la literatura occidental esta extensísima narración de 120 capítulos, conocida también como Memoria de una roca, cuenta la vida de la familia Jia perteneciente a la aristocracia, que vive a la sombra del emperador. Se nos muestra la vida cotidiana de los señores, atendidos por un sinfín de sirvientes, encerrados en la mansión que los mantiene aislados de las penurias del mundo exterior.
Contiene innumerables historias trenzadas que se muestran como un complejo bordado y el entramado de emociones, sentimientos, pensamientos y actitudes se manifiesta de una riqueza y complejidad universales.
La otra dimensión del relato es la historia de los amores de joven Baoyu y su prima Daiyu. Ambos aspectos, el de vida social y el amoroso, se anudan en un mismo conflicto: el enfrentamiento entre el asfixiante y tradicional mundo feudal, de un absoluto rigor en el dictado de las conductas y los anhelos de libertad sentimental e intelectual representados, cada uno a su modo, por los jóvenes amantes. La narración progresa por episodios que constituyen unidades dobles a las que se accede como un paseante por un jardín que fuera entreteniéndose en contemplarlo macizo por macizo y descubriera así, poco a poco, las relaciones entre la disposición de cada planta y el diseño global del jardín. La vida de la aristocracia parece estar fuera del mundo real, en una especie de limbo donde el menor detalle puede convertirse en asunto de importancia. El autor apunta con claridad a mostrar la decadencia de ese mundo, lo que sin duda procede de su propia experiencia,una decadencia contemplada desde su miseria con implacable lucidez,nostalgia y sensibilidad.
Jorge Luis Borges en sus textos cautivos hace una excelsa reseña. Que intitula Tsao Hsue Kin: El sueño del aposento rojo
” Hacia 1645 -año de la muerte de Quevedo- el Imperio Chino fue conquistado por los manchúes, hombres analfabetos y ecuestres. Aconteció lo que inexorablemente acontece en tales catástrofes: los rudos vencedores se enamoraron de la cultura del vencido y fomentaron con generoso esplendor las artes y las letras. Aparecieron muchos libros hoy clásicos: entre ellos, la eminente novela que ha traducido al alemán el doctor Franz Kuhn. Tiene que interesarnos: es la primera versión occidental (las otras son un mero resumen) de la novela más famosa de una literatura casi tres veces milenaria.
El primer capítulo cuenta la historia de una piedra de origen celestial, destinada a soldar una avería del firmamento y que no logra ejecutar su divina misión; el segundo narra que el héroe de la obra ha nacido con una lámina de jade bajo la lengua; el tercero nos hace conocer al héroe, «cuyo rostro era claro como la luna durante el equinoccio de otoño, cuya tez era fresca como las flores mojadas de rocío, cuyas cejas parecían el trabajo del pincel y la tinta, cuyos ojos estaban serios hasta cuando sonreía la boca». Después, la novela prosigue de una manera un tanto irresponsable o insípida; los personajes secundarios pululan y no sabemos bien cuál es cuál. Estamos como perdidos en una casa de muchos patios. Así llegamos al capítulo quinto, inesperadamente mágico, y al sexto, «donde el héroe ensaya por primera vez el juego de las nubes y de la lluvia». Esos capítulos nos dan la certidumbre de un gran escritor. La corrobora el décimo capítulo, no indigno de Edgar Allan Poe o de Franz Kafka, «donde Kia Yui mira para su mal el lado prohibido del Espejo de Viento y Luna».
Una desesperada carnalidad rige toda la obra. El tema es la degeneración de un hombre y su redención final por la mística. Los sueños abundan: son más intensos porque el escritor no nos dice que los están soñando y creemos que se trata de realidades, hasta que el soñador se despierta. (Dostoievski, hacia el final de Crimen y castigo, maneja ese procedimiento una vez, o dos veces consecutivas.) Abunda lo fantástico: la literatura china no sabe de «novelas fantásticas», porque todas, en algún momento, lo son. ..,”[1]
https://minisdelcuento.wordpress.com/category/tsao-hsue-kin/

Sueño infinito de Pao

Similitudes*, fragmento de RoyArundhat -el dios de las pequeñas cosas.

* Cualqier similitud con nuestros pueblos es una infame coíncidencia
Ammu preguntó por el jefe de policía, y cuando pasó a su despacho le dijo que había habido un terrible error y que quería hacer una declaración. Pidió ver a Velutha.  Los bigotes del inspector Thomas Mathew se agitaron como los del simpático maharajá de la propaganda de Air India, pero en sus ojos había avidez y malicia.
—Ya es un poco tarde para eso, ¿no le parece? —dijo en malayalam. En el vulgar dialecto de Kottayam. Mientras se dirigía a Ammu no apartaba los ojos de sus pechos. Dijo que la policísabía todo lo que necesitaba saber y que la policía de Kottayam no aceptaba declaraciones de veshyas ni de sus hijos ilegítimos. Ammu contestó que eso ya se vería. El inspector Thomas Mathew dio la vuelta al escritorio, se acercó a Ammu empuñando su bastón de mando y añadió
—: Yo, en su lugar, me iría a casa sin chistar.
Después le dio unos golpecitos en los pechos con su bastón de mando. Suavemente. Tras, tras. Como si estuviera escogiendo mangos de una canasta. Señalando los que quería que le envolviesen y le mandasen a casa. El inspector Thomas Mathew parecía saber con quién podía meterse y con quién no. La policía tiene ese instinto.
Detrás de él había un letrero azul y rojo que decía:
Pulcritud
Obediencia
Lealtad
Integridad
Cortesía
Imparcialidad
Abnegación
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EL AVE FÉNIX NO EXISTE — manologo

De muy niño “quería todo el oro del mundo” y vendía caramelos para conseguirlo; creció y se dio cuenta que el papel valía en este mundo más que el oro y cuando pudo se empleó en un banco. En el banco aprendió que un solo papel podía valer por millones de papeles y cambió […]

a través de EL AVE FÉNIX NO EXISTE — manologo

El dios de las pequeñas cosas de Roy, Arundhati liga a pdf

Ésta es la historia de tres generaciones de una familia de la región de Kerala, en el sur de la India, que se desperdiga por el mundo y se reencuentra en su tierra natal. Una historia que es muchas historias. La de la niña inglesa Sophie Moll que se ahogó en un río y cuya muerte accidental marcó para siempre las vidas de quienes se vieron implicados. La de dos gemelos -Estha y Rahel- que vivieron veintitrés años separados. La de Ammu, la madre de los gemelos, y sus furtivos amores adúlteros. La del hermano de Ammu, marxista educado en Oxford y divorciado de una mujer inglesa. La de los abuelos, que en su juventud cultivaron la entomología y las pasiones prohibidas. Ésta es la historia de una familia que vive en unos tiempos convulsos en los que todo puede cambiar en un día y en un país cuyas esencias parecen eternas.

Arundhati Roy

Escritora y activista india, Arundhati Roy nació en 1961 en la ciudad de Shillong. Estudió Arquitectura en Delhi. Tras conocer a su segundo marido, cineasta, trabajó como guionista para dos películas y una serie de televisión.

En 1996 publicó El dios de las pequeñas cosas, su primera novela. Se trata de un relato semiautobiográfico por el que ganó el Premio Booker al año siguiente. Con el reconocimiento que le proporcionó este libro, volvió al mundo de la televisión para colaborar en series y documentales.

Como activista, ha publicado números ensayos sobre el poder público, el capitalismo, la globalización, la injusticia social, la inseguridad, la guerra, las pruebas nucleares, etc. En 2004 fue galardonada con el Premio Sídney de la Paz por su contribución al pacifismo.

Arundhati-Roy