En los tiempos en los que los animales eran hombres
En los tiempos en los que los animales eran hombres, Coyote vivía en cierto lugar. «¡Haikya! Estoy tan cansado de vivir aquí-aikya. Me voy a ir al desierto a cocinar.» Y sin más, Coyote se hizo con una autocaravana, condujo hasta mitad del desierto e instaló un laboratorio. Se llevó diez paquetes de pan de molde Wonder y otros cincuenta de tallarines japoneses. También whisky y suficiente hachís como para ir tirando. Buscó durante mucho tiempo y al final encontró un sitio bueno: «¡Aquí es donde me voy a instalar-aikya! ¡Qué de espacio hay! ¡Y nadie que me moleste!».
Coyote se puso manos a la obra. «¡Qué bien-aikya!», dijo. «¡Tengo un montón de pastillas de pseudoefedrina! ¡Lo que me ha costado conseguirlas! ¡He estado dando vueltas con el coche de farmacia en farmacia durante un montón de tiempo-aikya!» Machacó la pseudo hasta que quedó convertida en un polvillo fino. Llenó un vaso de precipitados con alcohol metílico y removió los polvos. Coló la mezcla con un filtro de papel para separar la masilla. Y luego la colocó sobre un calentador para que se evaporara. Pero a Coyote se le olvidó comprobar el termómetro y la temperatura empezó a subir. Cada vez estaba más y más caliente. «¡Haikya!», dijo, «¡necesito un cigarrito-aikya! ¡He trabajado muchísimo-aikya!».
Encendió un cigarro. Se produjo una explosión. Murió.
Conejo de Florida pasó por allí y le tocó la cabeza con su cayado. Coyote se sentó y se frotó los ojos. «¡Honorable Coyote!», dijo Conejo de Florida. «Cierra la puerta de la caravana. Mantenla cerrada. Y sal fuera para fumar.»
Coyote empezó a lloriquear. «¡Ay-aikya! ¿Dónde están mis manos-aikya? ¡Se me han volado las manos!» Lloriqueó y volvió a tumbarse y siguió triste un buen rato. Luego se levantó y se hizo unas manos nuevas con cactus cholla.
Empezó otra vez. Molió la pseudo. La mezcló con el disolvente. Filtró y evaporó y filtró y evaporó, hasta estar bien seguro de que no quedaba masilla. Entonces se sentó y se puso a raspar cajas de cerillas para extraer fósforo rojo. Mezcló la pseudo con lo que había sacado de las cajas de cerillas y con iodina y con bastante agua. De repente el matraz empezó a hervir. El gas empezó a saturar el aire. Se le metió en los ojos, entre el pelaje. Aulló y se arañó la cara con las uñas.
Se ahogó con el gas venenoso y murió.
Monstruo de Gila pasó por allí y le salpicó con un poco de agua. Coyote se sentó y se frotó los ojos. «¡Honorable Coyote!», dijo Monstruo de Gila. «Utiliza una manguera. Deja el matraz, llena un cubo con arena para gatos y mete dentro la manguera para que absorba el gas. Luego atrápalo y observa cómo hierve y burbujea dentro del matraz. E intenta no respirar en ningún momento.»
Coyote empezó a lloriquear. «¡Ay-aikya! ¿Dónde está mi cara-aikya? ¡Me he arrancado la cara!» Corrió hasta el río y se hizo una cara nueva con barro y se la pegó en la parte frontal de la cabeza. Y empezó otra vez. Molió la pseudo y la evaporó. Rascó las cajas de cerillas e hizo que el gas absorbido por la arena de gato burbujeara dentro del matraz. Mezcló las sustancias químicas y coció la mixtura y la filtró y añadió un poco de lejía Red Devil. Vigiló el termómetro. Tuvo cuidado de no respirar. Enfrió la mezcla y añadió un poco de camping gas y la removió y cuando vio la costra de cristal flotando en el líquido empezó a saltar de júbilo. Puso el disolvente a evaporarse pero estaba tan emocionado que se le olvidó vigilar que no se le metiera la cola dentro del fuego. Entonces bailó alrededor del laboratorio, incendiándolo todo con el fuego de la cola.
El laboratorio se quemó. Él murió.
Zorro del Sudeste pasó por allí y le dio un toquecito en el pecho con la punta de su arco. «¡Honorable Coyote!», dijo. «¡No metas la cola dentro! Si no, no podrás cocerlo.»
«¡Ay-aikya!», lloriqueó Coyote. «Mis ojos, ¿dónde están mis ojos-aikya?» Se hizo unos ojos nuevos con dos dólares de plata y empezó otra vez. Molió la pseudo. La filtró y la evaporó, la mezcló y la evaporó e hizo bullir el gas. Filtró y evaporó aún más, y luego bailó arriba y abajo. «¡Qué listo soy-aikya!», dijo Coyote. «¡Soy el más listo de todos-aikya!» Tenía entre las manos cien gramos de cristal puro.
Y Coyote abandonó aquel lugar.
Eso es todo, así acaba la historia.
1947
En cuanto Schmidt vio los Pináculos, supo que aquél era el sitio. Las tres columnas de roca brotaban disparadas hacia lo alto como los tentáculos de alguna criatura antiquísima. Eran apéndices desgastados por la erosión que sondaban el cielo. Hizo un par de pruebas, primero con la varita de zahorí y luego con el medidor de tierra. La aguja se salió de la escala. No cabía duda, allí había poder, un poder que recorría la línea de falla y ascendía por las rocas: una antena natural. Cerró el trato rápidamente. Ochocientos billetes verdes para la vieja propietaria de la parcela, unos papeles firmados en un notario de Victorville y el terreno fue suyo. Alquilado por veinte años, visto y no visto. No podía creerse la suerte que había tenido.
Compró una caravana Airstream de segunda mano en un comercio de Barstow, la remolcó hasta el solar y se pasó toda la tarde sentado en una silla de jardín, admirando el modo en que el vehículo de aluminio reflejaba la luz. Le recordaba al Pacífico y a los Superforts aparcados en el aeródromo de North Field. El modo en que los bombarderos brillaban al sol. Aquel resplandor encerraba una lección. Servía para recordar que había mundos a los que los seres humanos no soportaban mirar de manera directa.
La primera noche no durmió nada. Acostado en el suelo bajo una manta, boca arriba, mantuvo los ojos abiertos hasta que la negrura se volvió violeta, luego gris, y la lana amaneció escarchada por pequeñas gotas de condensación que parecían diamantes minúsculos. El olor a creosota y salvia del desierto, la cúpula de estrellas. Ocurrían más cosas en lo alto del cielo que abajo en la tierra, pero había que hacer el esfuerzo de salir de la ciudad para darse cuenta. Todas esas malditas verticales no hacían más que entorpecer la vista, esas tuberías de acero y esos cables y todas esas cosas que corrían por debajo de los pies saturaban a los seres humanos e interrumpían cualquier flujo. Pero nadie iba a enredar al desierto. Aquella tierra te permitía estar a solas.
Creía que tenía bastantes posibilidades. Aún era suficientemente joven para llevar a cabo el trabajo físico, y no cargaba con una mujer ni con una familia. Y tenía fe. Sin la fe se habría rendido hacía ya largo tiempo, en la época en la que no era más que un crío que se entretenía leyendo catálogos de compra por correo durante la pausa del almuerzo, mientras tomaba sus primeras notas titubeantes sobre los misterios. Ahora no quería distracciones. No le preocupaba la opinión que tuvieran de él los vecinos del pueblo. Se comportaba de manera educada cuando iba a la tienda a recoger los suministros, pero no se esforzaba más. La mayor parte de los hombres eran unos necios; lo había descubierto en Guam. Unos hijos de puta que no le dejaban tranquilo, le ponían motes y hacían chistes infantiles a sus expensas. Había tenido que utilizar toda su fuerza de voluntad para no hacer nada de lo que se le pasaba por la cabeza, pero después de lo de Lizzie ya no tenía derecho, así que había atemperado su ira y se había dedicado a luchar en la guerra. Aquella panda de simples había volado en incontables misiones, pero a pesar de todas esas horas acumuladas, de todas esas oportunidades de ver, seguían pensando que el mundo real estaba allí abajo, en el suelo, en la cola de la cantina, entre las piernas de las pin-ups de los pósters que pegaban sobre sus catres rancios. La única persona con un ápice de sentido común que había conocido había sido aquel piloto artillero irlandés, cómo se llamaba, Mulligan o Flanagan, un apellido irlandés de ésos, que le había hablado de las luces que había avistado cuando volaban hacia Nagoya para soltar una carga, unos puntos verdes que se movían demasiado deprisa para ser Zeros. Le había pedido prestado un libro. Schmidt se lo había dejado y no había vuelto a verlo. Al chico y al resto de su tripulación los habían derribado una semana más tarde y habían terminado en el mar.
Poco a poco el lugar fue empezando a tener otra apariencia. En la caravana hacía un calor infernal y estaba tratando de encontrar alguna forma de aprovechar la sombra que proporcionaban las rocas cuando descubrió la madriguera del buscador de plata. No sabía lo que era hasta que preguntó en el bar del pueblo. La habían cubierto con hormigón hacía unos pocos años, después de expulsar de allí al viejo cabrón, porque pensaban que era un espía alemán o algo así. Quizás estuviera más loco que una cabra, y lo más probable era que fuese un muerto de hambre porque en sus dominios, por llamarlos de alguna manera, no había ni una onza de plata ni nada parecido, pero sabía excavar. Había una estancia de ciento veinte metros cuadrados debajo de las mismas rocas. Fresca en verano, protegida de las frías noches de invierno. Un búnker en toda regla.
A partir de ahí, fue cosa de coser y cantar. Niveló el suelo para hacer una pista de aterrizaje, enterró un barril de combustible en la arena, levantó un cobijo de bloques de cemento y pintó un BIENVENIDOS en letras enormes sobre el tejado de hojalata. Ya tenía un negocio. No era que aquel café fuera a generar grandes ganancias, pero tampoco hacía falta que fuera General Motors. No le hubiera molestado algo de compañía, pero los ahorros no le daban para mucho. Tenía otro año, dos quizá, antes de que se le agotara el dinero, más o menos el tiempo que necesitaba una empresa como aquélla para salir adelante.
No pasaban muchos aviones. Una vez a la semana, más o menos, aterrizaba alguien. Él servía café, freía huevos. Cuando le preguntaban qué hacía allí instalado les decía que estaba esperando, y cuando le preguntaban a qué, contestaba que aún no lo sabía pero que aquello era mejor que estar metido en un atasco de tráfico, y normalmente eso les bastaba. Nunca llevaba a ningún visitante al búnker. Al cabo de unos meses empezó a tener más clientela. Los pilotos que iban o venían de la costa se fueron enterando de que había un sitio para repostar en aquel punto del desierto. Compró unas cuantas sillas y mesas de formica, se hizo con una provisión de cerveza.
Tuvo algún que otro problema, claro. Se le estropeó el generador. Tuvo un enfrentamiento con unos indios a los que cazó trepando por las rocas y a los que hubo de amenazar con el revólver. Cuando se marcharon descubrió que había varias rocas pintadas con huellas de manos y dibujos de serpientes y muflones. Otro día, una tormenta de arena obligó a aterrizar a un avión. El viento de costado soplaba a ochenta kilómetros por hora y el piloto tuvo suerte sólo con conseguir aterrizar, porque cuando se aproximaba daba la impresión de que el ala derecha iba a levantarse y el aeroplano se iba a dar la vuelta sobre sí mismo. Schmidt corrió a su encuentro cubriéndose la boca con una bandana. Sin pararse a pensar, le llevó hasta el subterráneo, el sitio más lógico donde guarecerse.
El piloto era un joven potro de veintiún años o así, con una cabeza llena de pelo oscuro y un bigotito elegante. Un niño rico. Se quitó la chaqueta y las gafas, y mirando a su alrededor con asombro, preguntó dónde diablos estaba.
Por aquel entonces el proyecto estaba bastante avanzado. Schmidt había construido un condensador de vórtex para almacenar y concentrar las energías parafísicas que fluían de las rocas. En el punto más alto había instalado un cardán con un cristal orientado hacia Venus. Tenía a medio desarrollar un sistema piezoeléctrico parale

 

Estudió en el Wadham College de Oxford, doctorándose en Filosofía y letras en la Universidad de Warwick. Ha trabajado en varios periódicos y revistas, siendo editor de algunas de ellas. Ha trabajado como entrevistador en televisión y es miembro del consejo directivo del PEN Club británico.

Es autor de novelas escritas con estilo directo y sencillo y con gran sentido del humor. En ellas aparece frecuentemente la crítica política y social. Ha obtenido varios premios.