Me he librado del soborno del cielo. Cumplamos la obra de Dios por ella misma; la obra para cuya ejecución nos creó, porque sólo pueden ejecutarla hombre y mujeres vivientes. Cuando me muera, que el deudor sea Dios y no yo.
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Abrupta niebla
que abrasa a la ciudad.
Se escucha un sax.
Nació en la Ciudad de México, el 21 de noviembre de 1927; murió el 10 de septiembre de 2012. Narrador, ensayista y poeta. Estudió Letras Clásicas en la Universidad Nacional y Lingüística Indoeuropea; griego, latín, hebreo, sánscrito y otras lenguas. Fue catedrático de religiones orientales, literatura griega y Biblia en el Instituto Helénico, y de técnica de la traducción y de lengua alemana en el Instituto de Intérpretes y Traductores; comentarista y conductor de programas de televisión y radio (“Testimonio y Celebración”, “Tres minutos con Ernesto de la Peña”, “Los Tiempos de la Música” y «Operomanía»). Miembro de Número de la Academia Mexicana de la Lengua desde 1993. Tradujo algunos textos de Anaxágoras, Hipócrates, Rilke, Nerval, Mallarmé, Valéry, Ginsberg y t. s. Eliot. Colaborador de la Enciclopedia Dantesca editada en Italia, El Sol de México, Excélsior, Milenio, Siempre! y Vuelta. Miembro del snca desde 1994. Premio Xavier Villaurrutia 1988 por Las estratagemas de Dios. Premio Nacional de las Ciencias y Artes 2003 en Literatura y Lingüística. Medalla de Oro otorgada por Bellas Artes en 2007. Premio Alfonso Reyes 2008. Premio Nacional de Periodismo José Pagés Llergo, en su modalidad de publicación o programa cultural por radio, por sus programas de radio Al hilo del tiempo, Música para Dios y Testimonio y celebración, en 2009. Medalla Mozart 2012, otorgado por la Embajada de Austria en México. xxvi Premio Menéndez Pelayo 2012, otorgado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Cantabria, España. Medalla Belisario Domínguez, 2012 (post mortem).
-El título es mío.

Cómo sabemos, el tiempo es todo menos lineal y aunque esta aseveración pueda requerir una explicación que trasciende los límites de nuestras clases, es suficiente para nosotros saber que el tiempo es relativo y que su medición depende de muchos factores. Baste también saber que ello mismo ocurre en el territorio de la ficción, donde el tiempo es caprichosamente manejado por el narrador, quien decide la distancia desde donde se posicionará para contar los acontecimientos. Acaso le convenga contar en pretérito indefinido, o quizá en presente… pero también debe elegir si contará la acción desde la situación más remota o desde la inmediatez de los acontecimientos para ir descendiendo poco a poco en las situaciones previas a lo que narra a fin de entender mejor la historia. O quizá le interese fracturar el tiempo y mostrarnos ángulos temporales distintos, como ocurre a menudo en las novelas: tan pronto nos remiten a la infancia del personaje como nos llevan en el siguiente episodio a una situación actual. Esta también es una disquisición larga y puntillosa, pero con vistas a simplificar podemos decir que hay tres tiempos en una narración, y de la elección y mezcla que hagamos de ellos depende lo acertado del fluir de la historia. Estos son: el tiempo cronológico, es decir la sucesión ordenada y correlativa de los acontecimientos, desde el principio hasta el fin; el tiempo verbal que elegimos para contar: presente, pretérito, futuro, mezcla de ellos, etc; y el tiempo estructural o narrativo, que es la posición desde donde elegimos contar la historia, el arranque de la misma y que no necesariamente coincide con el tiempo cronológico. De manera que mi historia puede empezar en junio de 1914 (tiempo cronológico) pero yo principio a contarla en marzo de 1994 (tiempo narrativo o estructural) y decido que comenzará con la frase: «Yo había dejado mi bicicleta en el jardín.» (que es el tiempo verbal, este caso el pretérito pluscuamperfecto). De hecho, dicha elección la solemos hacer de forma natural e inconsciente, de manera que estos planteamientos nos deben servir simplemente para calibrar la complejidad de una historia, por simple que pueda parecernos en un primer momento. También puede que nos sirva a la hora de corregir un texto, eligiendo con más cuidado nuestro ángulo temporal. De hecho, nuestro ejercicio de esta semana tiene que ver mucho con esta elección.


Tengo pocos años. Estoy sentada en el alféizar, a mi alrededor hay juguetes esparcidos por el suelo, torres de cubos derrumbadas, muñecas de ojos saltones. La casa está a oscuras, en las estancias el aire, poco a poco, se enfría, se debilita. No hay nadie; se han marchado, han desaparecido, cada vez más tenues se pueden oír todavía sus voces, su arrastrar de pies, el eco de sus pasos y alguna risa lejana. Al otro lado de la ventana el patio aparece desierto. La oscuridad se desliza suavemente desde el cielo. Se posa sobre todas las cosas como un negro rocío.
o más molesto es la quietud: espesa, visible; el frío crepúsculo y la luz mortecina de las lámparas de vapor de sodio que se sumerge en la penumbra apenas a un metro de su fuente.
No ocurre nada, el avance de la oscuridad se detiene ante la puerta de casa, el vocerío del eclipse se desvanece. Se forma una espesa tela, como la de la leche al enfriarse. Los contornos de las casas, con el cielo como telón de fondo, se alargan hasta el infinito, perdiendo sus ángulos agudos, bordes y aristas. La luz que se apaga se lleva el aire: no hay nada que respirar. La oscuridad penetra en la piel. Los sonidos se han enroscado y han echado para atrás sus ojos de caracol; la orquesta del mundo se ha ido alejando hasta desaparecer en el parque.
Esta tarde es un confín del mundo, lo he tocado por casualidad, mientras jugaba, sin querer. Lo he descubierto porque me han dejado un rato sola en casa, sin vigilar. Sin duda he caído en una trampa. Tengo pocos años, estoy sentada en el alféizar mirando el frío patio. Han apagado las luces de la cocina del colegio, todo el mundo se ha marchado. Las losas de cemento del patio han empapado la oscuridad y desaparecido. Puertas cerradas, celosías y persianas bajadas. Me gustaría salir, pero no tengo adónde ir. Solo mi presencia adopta contornos nítidos que tiemblan, ondean, y eso duele. Enseguida descubro la verdad: ya no hay nada que hacer, existo, aquí estoy.

Recuerdo cuando era pequeña y espantaba a las palomas que pululaban tranquilas por el parque y salían al vuelvo despavoridas, literalmente hablando, cuando me acercaba corriendo a ellas. Aunque otras veces, eran ellas quienes me asustaban a mi al echarse todas encima porque se me había caído la bolsa de alpiste que me compraba […]
a través de Las palomas ya no tienen miedo ©by mabm — TEJIENDO LAS PALABRAS