Encuentro RGG

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Tenerte así…dos hojas empalmadas. Quién es una y cuál es la otra… dos hojas que podrían ser una; tú el haz, yo el envés. En silencio, sin respirar, en una quietud secreta.
Luego, las respiraciones acaloradas, estertóreas, que empapan al algodón. Silbamos a seguidillas, y ondulamos nuestros cuerpos: el jadeo duele y extasía. Ola, brisa, marea, estallido y sueño soñando a la sueñera.

La primera cana de Gustavo Masso

Cuando la señora se descubrió la primera cana, quiso arrancársela de un tirón, pero como el odioso pelo blanco se prolongaba, tiró y tiró, mientras su cuerpo se destejía, hasta que sólo quedó una niña que lloraba asustada.

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Contar la historia. el tiempo, por Eduardo Benavides

Naturalmente, como hemos visto en la clase pasada, la elección de nuestros tres tiempos a la hora de elaborar una ficción requieren paciencia y astucia, saber calibrar con cuidado desde que ángulo voy a contar mi historia, pues algunas requieren la solidez de un tiempo cronológico bien articulado y férreo mientras otras exigen saltos temporales y una flexibilidad en los tiempos verbales que le den mayor plasticidad. Y aunque la elección del tiempo verbal suele ser más clara y casi siempre escorada al pretérito (pues ello nos suele otorgar una amplitud de maniobra mayor que otros tiempos), no suele resultar muy clara la elección del tiempo cronológico, casi siempre en contrapartida con el tiempo narrativo o estructural. Es necesario saber que estos dos tiempos rara vez coinciden, pues una de las máximas de la buena narración es generar interés en lo que se cuenta y esto, en contra de lo que piensan algunos, no está en la historia en sí, sino en cómo la contamos. Nuestro lenguaje y nuestra estructura. Si empezamos por el punto más remoto de la historia y seguimos indesmayablemente hasta el final, lo más probable es que desinflemos la tensión, pues no hay anticipación ni suspense y ni siquiera suspensión de los acontecimientos. De manera que lo primero que vamos a tener en cuenta es que los hechos se proponen o bien simultáneamente o bien sucesivamente. Y ello presenta una serie de singularidades, como veremos en las próximas sesiones.

La mudez * Ernesto de la peña

 No hay seres de mayor mudez en la creación que las humildes piedras, sostén de nuestros pies.

Nació en la Ciudad de México, el 21 de noviembre de 1927; murió el 10 de septiembre de 2012. Narrador, ensayista y poeta. Estudió Letras Clásicas en la Universidad Nacional y Lingüística Indoeuropea; griego, latín, hebreo, sánscrito y otras lenguas. Fue catedrático de religiones orientales, literatura griega y Biblia en el Instituto Helénico, y de técnica de la traducción y de lengua alemana en el Instituto de Intérpretes y Traductores; comentarista y conductor de programas de televisión y radio (“Testimonio y Celebración”, “Tres minutos con Ernesto de la Peña”, “Los Tiempos de la Música” y «Operomanía»). Miembro de Número de la Academia Mexicana de la Lengua desde 1993. Tradujo algunos textos de Anaxágoras, Hipócrates, Rilke, Nerval, Mallarmé, Valéry, Ginsberg y t. s. Eliot. Colaborador de la Enciclopedia Dantesca editada en Italia, El Sol de México, Excélsior, Milenio, Siempre! y Vuelta. Miembro del snca desde 1994. Premio Xavier Villaurrutia 1988 por Las estratagemas de Dios. Premio Nacional de las Ciencias y Artes 2003 en Literatura y Lingüística. Medalla de Oro otorgada por Bellas Artes en 2007. Premio Alfonso Reyes 2008. Premio Nacional de Periodismo José Pagés Llergo, en su modalidad de publicación o programa cultural por radio, por sus programas de radio Al hilo del tiempoMúsica para Dios y Testimonio y celebración, en 2009. Medalla Mozart 2012, otorgado por la Embajada de Austria en México. xxvi Premio Menéndez Pelayo 2012, otorgado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Cantabria, España. Medalla Belisario Domínguez, 2012 (post mortem).

-El título es mío.

Un olor dulce RGG

Se levantó impulsado por un olor. No lo piensa dos veces y apoyado por el bordón camina hacia las afueras del pueblo. Escucha el roce del viento en las plataneras, el graznar de las aves insomnes y el grito lejano de los animales del monte. Las ventanas del olfato están abiertas.
Va rumbo a la cañada tratando de recordar su sueño. Al pasar por debajo de un enorme zapote, un pájaro aletea cerca de su cara y el susto lo hace trastabillar. Pasos adelante, un suave aroma se le escurre por su nariz aguileña. Sube con dificultad: la humedad de las lajas hace que resbale, y tiene que detenerse para afirmar bien el paso.
Al llegar a la cima, la luz de la luna proyecta la sombra de la higuera y, más abajo, sobre la falda del cerro, se perfila el cementerio. Allá, camino al río, vivió con su madre. La visualiza lavando montones y montones de ropa ajena, barriendo la minúscula hoja del tamarindo y dándole a los pollos las sobras de la comida.
“estaba en el patio con su pantalón raído, flaco, mugriento y con la mirada atenta. Veía cómo un polluelo apresaba con el pico una lombriz y, detrás de él, dos de ellos lo correteaban ferozmente por todo el patio. Se fue tras los pollos, los apresuró hasta que vio que daban vueltas y vueltas, piaban lastimosamente, y caían al suelo con los ojos abiertos.
Repetía la historia las veces que podía, siempre burlando la atención de los mayores; hasta que, cierta vez, a mitad de la diversión, se dio cuenta que su madre iba detrás de él con una vara que, al blandirla de arriba abajo, zumbaba ferozmente. Corrió y se ocultó bajo el guayabo que por estar cargado de frutos hacía que las ramas se doblaran ofreciendo un buen escondite. Tirado en el suelo, percibió el alboroto que hacían las gallinas cuando buscan sitio para dormir; una de ellas se vino hacia abajo, arrastrando frutos maduros y media docena de larvas negras y peludas que cayeron sobre su espalda. Se dieron cuenta donde estaba cuando empezó a dar gritos de dolor. Tres días estuvo en cama sacudido por las fiebres.
Tiempo después, discretamente volvía a las andadas. Buscaba entre los montes aves extraviadas, o bien él las hacía perdidizas para corretearlas en los potreros, o entre los helechos que crecían en la rivera del río.
Les sacaba los ojos por el espanto y después miraba cómo daban vueltas en un piar sin freno que terminaba cuando el ave doblaba la cabeza y caía de lado, dando dos o tres aletazos, poco antes de morir”
El alba está cerca; el viento mece las ramas esparciendo los olores del camino. Así, en un momento, piensa que está atardeciendo y que no tardará en llegar la noche.
Es entonces, que el bordón se le resbala. Pierde el equilibrio, da varias vueltas. Cae sin poder detenerse, la inercia lo saca de la vereda. Rueda, rueda sobre las peñas. Desesperado intenta asirse de las raíces. La vida se le va entre los dedos. Cae hasta el fondo. Respira con dificultad, siente la humedad y el sonido del agua que corre; así como la sombra de un frutal que se recuesta en la mitad de su cuerpo. Su corazón corre con frenesí. Quiere sentarse y, al apoyar la mano, rompe la corteza de un fruto y por su mano corren atropellándose cientos de gusanos. No puede evitar la náusea, cuando las larvas reptan por su palma y suben hacia su brazo.
Al mirar hacia arriba observa a unas aves encuclilladas que en hilera lo escrutan con fingida indiferencia. Aletean al parejo, como si quisieran iniciar el vuelo.
Pero no; sólo llaman a otras plumíferas que planean en círculo y que se retratan, sonrientes, en los ojos del viejo.
La mañana se abre con un insolente olor a guayabas.

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El tiempo en la narrativa de Eduardo Benavides

Cómo sabemos, el tiempo es todo menos lineal y aunque esta aseveración pueda requerir una explicación que trasciende los límites de nuestras clases, es suficiente para nosotros saber que el tiempo es relativo y que su medición depende de muchos factores. Baste también saber que ello mismo ocurre en el territorio de la ficción, donde el tiempo es caprichosamente manejado por el narrador, quien decide la distancia desde donde se posicionará para contar los acontecimientos. Acaso le convenga contar en pretérito indefinido, o quizá en presente… pero también debe elegir si contará la acción desde la situación más remota o desde la inmediatez de los acontecimientos para ir descendiendo poco a poco en las situaciones previas a lo que narra a fin de entender mejor la historia. O quizá le interese fracturar el tiempo y mostrarnos ángulos temporales distintos, como ocurre a menudo en las novelas: tan pronto nos remiten a la infancia del personaje como nos llevan en el siguiente episodio a una situación actual. Esta también es una disquisición larga y puntillosa, pero con vistas a simplificar podemos decir que hay tres tiempos en una narración, y de la elección y mezcla que hagamos de ellos depende lo acertado del fluir de la historia. Estos son: el tiempo cronológico, es decir la sucesión ordenada y correlativa de los acontecimientos, desde el principio hasta el fin; el tiempo verbal que elegimos para contar: presente, pretérito, futuro, mezcla de ellos, etc; y el tiempo estructural o narrativo, que es la posición desde donde elegimos contar la historia, el arranque de la misma y que no necesariamente coincide con el tiempo cronológico. De manera que mi historia puede empezar en junio de 1914 (tiempo cronológico) pero yo principio a contarla en marzo de 1994 (tiempo narrativo o estructural) y decido que comenzará con la frase: «Yo había dejado mi bicicleta en el jardín.» (que es el tiempo verbal, este caso el pretérito pluscuamperfecto). De hecho, dicha elección la solemos hacer de forma natural e inconsciente, de manera que estos planteamientos nos deben servir simplemente para calibrar la complejidad de una historia, por simple que pueda parecernos en un primer momento. También puede que nos sirva a la hora de corregir un texto, eligiendo con más cuidado nuestro ángulo temporal. De hecho, nuestro ejercicio de esta semana tiene que ver mucho con esta elección.

El conflicto (25) Narrativa de Eduardo Benavides

El conflicto I  Diciembre 2008
Aunque hay tantas definiciones del cuento como personas se han lanzado a dar su propia opinión sobre el asunto, casi siempre parece que un cuento se define  mejor por aquello que no es, como sugiere Guillermo Samperio en «Después apareció una nave», su excelente y altamente recomendable manual para nuevos cuentistas. Sin embargo, hay una característica esencial en todos los cuentos que justifican su razón de ser y cuya presencia es condición sine qua non para el mismo: el conflicto. Sin un conflicto, ese desarrollo de una anécdota o peripecia que es el cuento -en palabras de Mario Benedetti-, no podría adquirir carta de ciudadanía. En algunos casos es explícito, en otros apenas sugerido, y en otros más casi un hálito de incomodidad que sobrevuela las páginas del cuento. Y aunque a simple vista parezca una verdad de Perogrullo, nada más lejano a la realidad, pues ahí precisamente es donde naufragan las mejores intensiones y las más ricas de las prosas. De nada sirve escribir condenadamente bien si no sabemos elegir un conflicto para resolver. Ese conflicto, es decir, esa oposición de fuerzas que coloca al personaje en una situación que exige definirse llega a su punto culminante en el nudo o núcleo de la historia. Y este es ubicable porque es el punto a partir del cual nada de lo que se cuente modifica la misma: todo lo que se narra después aporta las últimas costuras, las explicaciones postreras, los detalles que alumbran mejor lo ya dicho. Y eso es, precisamente, el desenlace.
De manera pues que el conflicto es el elemento que aglutina y da coherencia a los demás elementos de la construcción narrativa, a saber: la trama, la acción y el personaje.  Desde el principio de la narración todo parece disponerse para llegar allí, sin obstáculos y sin desfallecimientos. La trama avanza gracias a la acción y ésta empuja al personaje hacia ese conflicto, esa situación crítica que requiere que este encuentre una resolución, aunque a veces ni siquiera esté en sus manos, sino en las fuerzas ocultas que el narrador coloca frente a nuestros ojos. Esta situación crítica obliga al personaje, a través de un desarrollo -que puede ser paulatino o repentino- a modificar su conducta o su esencia: El hombre noble al que un infortunio convierte en rencoroso o amargado; la revelación sorpresiva de un secreto familiar que enfrenta a dos hermanos; el alcanzar un deseo que se revierte contra uno mismo… todas son situaciones que revelan un conflicto, ese elemento esencial de un buen cuento.

 

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Aquí estoy de Olga Tokarcsuck

Tengo pocos años. Estoy sentada en el alféizar, a mi alrededor hay juguetes esparcidos por el suelo, torres de cubos derrumbadas, muñecas de ojos saltones. La casa está a oscuras, en las estancias el aire, poco a poco, se enfría, se debilita. No hay nadie; se han marchado, han desaparecido, cada vez más tenues se pueden oír todavía sus voces, su arrastrar de pies, el eco de sus pasos y alguna risa lejana. Al otro lado de la ventana el patio aparece desierto. La oscuridad se desliza suavemente desde el cielo. Se posa sobre todas las cosas como un negro rocío.

o más molesto es la quietud: espesa, visible; el frío crepúsculo y la luz mortecina de las lámparas de vapor de sodio que se sumerge en la penumbra apenas a un metro de su fuente.

No ocurre nada, el avance de la oscuridad se detiene ante la puerta de casa, el vocerío del eclipse se desvanece. Se forma una espesa tela, como la de la leche al enfriarse. Los contornos de las casas, con el cielo como telón de fondo, se alargan hasta el infinito, perdiendo sus ángulos agudos, bordes y aristas. La luz que se apaga se lleva el aire: no hay nada que respirar. La oscuridad penetra en la piel. Los sonidos se han enroscado y han echado para atrás sus ojos de caracol; la orquesta del mundo se ha ido alejando hasta desaparecer en el parque.

Esta tarde es un confín del mundo, lo he tocado por casualidad, mientras jugaba, sin querer. Lo he descubierto porque me han dejado un rato sola en casa, sin vigilar. Sin duda he caído en una trampa. Tengo pocos años, estoy sentada en el alféizar mirando el frío patio. Han apagado las luces de la cocina del colegio, todo el mundo se ha marchado. Las losas de cemento del patio han empapado la oscuridad y desaparecido. Puertas cerradas, celosías y persianas bajadas. Me gustaría salir, pero no tengo adónde ir. Solo mi presencia adopta contornos nítidos que tiemblan, ondean, y eso duele. Enseguida descubro la verdad: ya no hay nada que hacer, existo, aquí estoy.

Las palomas ya no tienen miedo ©by mabm — TEJIENDO LAS PALABRAS

Recuerdo cuando era pequeña y espantaba a las palomas que pululaban tranquilas por el parque y salían al vuelvo despavoridas, literalmente hablando, cuando me acercaba corriendo a ellas. Aunque otras veces, eran ellas quienes me asustaban a mi al echarse todas encima porque se me había caído la bolsa de alpiste que me compraba […]

a través de Las palomas ya no tienen miedo ©by mabm — TEJIENDO LAS PALABRAS

Técnicas narrativas IX: Verbos – El pulso de la tinta

https://uranium4.wordpress.com/2016/03/17/tecnicas-narrativas-ix-verbos/

Discurso libre directo por Eduardo Benavides (24)

 

Y bien, después de un par de semanas hablando y escribiendo sobre el micro cuento, hemos llegado – creo que sanos y salvos– al último de los discursos o estilos narrativos. Esto no quiere decir que estas cuatro fórmulas o maneras que tiene el narrador de hacer participar con su voz a los personajes sean las únicas: en realidad, la mezcla de estas fórmulas permiten riquísimas y interesantes combinaciones que le dan al texto literario una extraordinaria calidad, si se saben utilizar bien. No siempre sirven todos los discursos para todos los casos y depende de la intuición pero sobre todo del oficio saber manejarlos adecuadamente y lograr los efectos que querramos. Básicamente, los discursos sirven para suplantar los énfasis y las inflexiones de voz -junto con el tono y el ritmo narrativo, como vimos en consignas anteriores- que se dan en la vida «real» y que permiten que un texto simule esa misma realidad airosamente. El último de los discursos que vamos a ver es el libre directo y resulta muy sencillo, toda vez que gracias a una conjunción dentro de la frase, cambia su sentido y pasa de la tercera persona a la primera, o viceversa. Veamos un ejemplo:
«Entraron al bar y cuando vino el camarero pidieron una ronda de cañas, un plato de jamón, dos de tortilla, aceitunas y tráenos también un revuelto de gambas…»
O veamos el que usa Anderson Imbert, que también ayuda a ver mejor el uso del discurso libre directo:
«…entonces le dio una bofetada para que aprendás a respetar a tu padre.»
Como pueden observar, ambas frases se inician en tercera persona («Entraron al bar», «Entonces le dio una bofetada») para de inmediato y sin previo aviso, pasar a la primera persona («tráenos también un revuelto de gambas») («…aprendás a respetar a tu padre») esto crea un curioso ritmo de la narración, que permite la entrada intempestiva de la voz del personaje en plena acción del relato, sorprendiendo al lector, aunque sin sacarlo de la situación. Ello se logra gracias a la conjunción, en el primer ejemplo de la «y» que parece continuar con la enumeración de los platos que se solicitan, pero que en realidad sirve para cambiar la dirección de la frase y trasladar a la primera persona del plural. Otro tanto ocurre en el segundo ejemplo con el «para» que establece un puente entre la primera parte de la frase y la segunda, ya completamente en primera persona, en la voz misma del personaje. El uso de este discurso puede permitir darle a un texto mayor intensidad y sobre todo, plasticidad.

Caníbales y exploradores de Ana M. Shua

Los caníbales bailan alrededor de los exploradores. Los caníbales encienden el fuego. Los caníbales tienen la cara pintada de tres colores. Los caníbales están interesados en el corazón y el cerebro, desprecian la carne tierna de los muslos, el resto de las vísceras. Los caníbales ingieren aquellas partes del cuerpo que consideran capaces de infundir en ellos las virtudes que admiran en sus víctimas. Los caníbales se ensañan sin goce en su banquete ritual. Los caníbales visten las prendas de los exploradores. Los caníbales, una vez en Londres, pronuncian documentadas conferencias sobre los caníbales.

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