Un olor dulce RGG

Se levantó impulsado por un olor. No lo piensa dos veces y apoyado por el bordón camina hacia las afueras del pueblo. Escucha el roce del viento en las plataneras, el graznar de las aves insomnes y el grito lejano de los animales del monte. Las ventanas del olfato están abiertas.
Va rumbo a la cañada tratando de recordar su sueño. Al pasar por debajo de un enorme zapote, un pájaro aletea cerca de su cara y el susto lo hace trastabillar. Pasos adelante, un suave aroma se le escurre por su nariz aguileña. Sube con dificultad: la humedad de las lajas hace que resbale, y tiene que detenerse para afirmar bien el paso.
Al llegar a la cima, la luz de la luna proyecta la sombra de la higuera y, más abajo, sobre la falda del cerro, se perfila el cementerio. Allá, camino al río, vivió con su madre. La visualiza lavando montones y montones de ropa ajena, barriendo la minúscula hoja del tamarindo y dándole a los pollos las sobras de la comida.
“estaba en el patio con su pantalón raído, flaco, mugriento y con la mirada atenta. Veía cómo un polluelo apresaba con el pico una lombriz y, detrás de él, dos de ellos lo correteaban ferozmente por todo el patio. Se fue tras los pollos, los apresuró hasta que vio que daban vueltas y vueltas, piaban lastimosamente, y caían al suelo con los ojos abiertos.
Repetía la historia las veces que podía, siempre burlando la atención de los mayores; hasta que, cierta vez, a mitad de la diversión, se dio cuenta que su madre iba detrás de él con una vara que, al blandirla de arriba abajo, zumbaba ferozmente. Corrió y se ocultó bajo el guayabo que por estar cargado de frutos hacía que las ramas se doblaran ofreciendo un buen escondite. Tirado en el suelo, percibió el alboroto que hacían las gallinas cuando buscan sitio para dormir; una de ellas se vino hacia abajo, arrastrando frutos maduros y media docena de larvas negras y peludas que cayeron sobre su espalda. Se dieron cuenta donde estaba cuando empezó a dar gritos de dolor. Tres días estuvo en cama sacudido por las fiebres.
Tiempo después, discretamente volvía a las andadas. Buscaba entre los montes aves extraviadas, o bien él las hacía perdidizas para corretearlas en los potreros, o entre los helechos que crecían en la rivera del río.
Les sacaba los ojos por el espanto y después miraba cómo daban vueltas en un piar sin freno que terminaba cuando el ave doblaba la cabeza y caía de lado, dando dos o tres aletazos, poco antes de morir”
El alba está cerca; el viento mece las ramas esparciendo los olores del camino. Así, en un momento, piensa que está atardeciendo y que no tardará en llegar la noche.
Es entonces, que el bordón se le resbala. Pierde el equilibrio, da varias vueltas. Cae sin poder detenerse, la inercia lo saca de la vereda. Rueda, rueda sobre las peñas. Desesperado intenta asirse de las raíces. La vida se le va entre los dedos. Cae hasta el fondo. Respira con dificultad, siente la humedad y el sonido del agua que corre; así como la sombra de un frutal que se recuesta en la mitad de su cuerpo. Su corazón corre con frenesí. Quiere sentarse y, al apoyar la mano, rompe la corteza de un fruto y por su mano corren atropellándose cientos de gusanos. No puede evitar la náusea, cuando las larvas reptan por su palma y suben hacia su brazo.
Al mirar hacia arriba observa a unas aves encuclilladas que en hilera lo escrutan con fingida indiferencia. Aletean al parejo, como si quisieran iniciar el vuelo.
Pero no; sólo llaman a otras plumíferas que planean en círculo y que se retratan, sonrientes, en los ojos del viejo.
La mañana se abre con un insolente olor a guayabas.

Resultado de imagen de polluelso en  el rancho"

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