El tiempo en la ficción narrativa de Francisco González Gaxiola

Es probable que, una vez satisfechas las necesidades elementales, el ser humano primitivo haya pensado en a) explicarse el mundo, b) transmitir su experiencia a las nuevas generaciones y c) divertirse sólo mediante el recurso de la voz. Para la primera preocupación inventó los mitos, historias explicadoras en las que los sacerdotes y brujos, narradores con gran influencia comunitaria, se imaginaban la génesis del mundo mediante la intervención de los dioses, o la formación de los fenómenos naturales o el origen de las instituciones sociales. La segunda preocupación, dirigida a garantizar la supervivencia de la tribu, consistió en transmitir la experiencia, la información adquirida de primera mano, y aplicarla en la solución de problemas, en la interpretación de signos en que se manifestaba la naturaleza, la búsqueda de satisfactores, las estrategias para la caza de animales, la presencia de las lluvias y la previsión de las inundaciones, los eclipses, entre tantas otras cosas. La tercera preocupación dio lugar a la narrativa de ficción, a la creación de mundos imaginarios. En todos estos casos la conciencia del tiempo, en particular del tiempo pasado, del transcurso del tiempo, de los acontecimientos ordenados y consecuenciales, fue inherente a los discursos narrativos. Ahora podemos hablar de la estructura de las historias lato sensu, o relatos simplemente. En los relatos folklóricos de todos los tiempos existe un esquema sencillo y no estilizado, con los siguientes ingredientes: a) un sujeto o héroe, i.e. el personaje principal que realiza o padece la mayoría de las acciones; b) las acciones mismas, concretadas en verbos conjugados en tiempo pasado; c) un orden de las acciones; d) un amarre de estas últimas, de tal manera que unas conduzcan necesaria y verosímilmente a las siguientes, y finalmente e) un resultado de la secuencia de acciones, en el que concluya la empresa, aventura o búsqueda. El primer filósofo que se aboca al estudio de la ficción literaria, en particular de la tragedia, es Aristóteles (384-322 a. C.). En su Poética, aborda descriptivamente cómo están estructuradas las obras de teatro de su época, i. e. las composiciones trágicas de los grandes dramaturgos griegos: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Aunque su estudio es descriptivo, sus seguidores lo convirtieron en prescriptivo y lo impusieron como una retórica, no sólo en modelo sino en dogma, y en ese estatus permaneció casi sin cuestionar ni objetar hasta los movimientos de vanguardia de principios del siglo XX1. La tragedia, aunque no es propiamente un género literario narrativo, siempre cuenta una historia y, por lo tanto, aborda necesariamente la dimensión temporal: en ella se cuentan hechos realizados por un protagonista de alto rango, los cuales tienen una secuencia ordenada, es decir, son verosímiles y necesarios, son consecuenciales, y finalmente, en virtud de los desastres ocurridos a los personajes, el público espectador expulsa de su corazón dos emociones negativas: la piedad y el temor (catarsis). Durante muchos siglos, el tiempo de las acciones reproducidas en los relatos fue ordenado y avanzaba siempre de atrás para adelante, con sus excepciones estilísticas, por supuesto. Lo ocurrido anteriormente en la línea secuencial del tiempo tenía además eco e influencia en lo ocurrido después. Aparte de que el tiempo se desarrollaba sin retrocesos, los hechos estaban atados causalmente. Empezar por el final o por la mitad era algo raro, aunque se dieron casos: la Ilíada, la gran épica griega atribuida a Homero, comienza in medias res; Edipo rey, de Sófocles, por el final, como muchas novelas del género detectivesco clásico.

Tal secuencia correspondía a una concepción lineal del tiempo. No cumplir con ese principio retórico era considerado irregular, caótico, incluso irracional. Pero después surgió la novela, la cual se transformó en la medida en que se desarrollaba y evolucionaba la sociedad; su función fue la de reflejar valores y costumbres y servirle de espejo a la clase social que la estimulaba: la burguesía. Aunque no es unánime el juicio2, muchos críticos afirman que la novela moderna surgió en Europa con Don Quijote de la Mancha (1605) de Cervantes. La novela se desarrolló hasta llegar al siglo XX, cuando ocurrieron cuestionamientos desquiciadores y desestabilizadores respecto al hecho de narrar y concebir el paso del tiempo y las acciones. Todo esto fue cuestionado por los movimientos conocidos como Vanguardia o Modernismo europeo, durante la última década del siglo XIX hasta veinticinco años cumplidos del XX.

El tiempo en la novela

De los géneros literarios de la narrativa, la novela es, por su extensión, la que se presta más para visualizar el tiempo. Léase, por ejemplo, cualquiera de los grandes novelones del realismo psicológico burgués del siglo XIX: Crimen y castigo (1866) de Dostoyevski, La guerra y la paz (1864-1869) de Tolstoi, Historia de dos ciudades (1859) de Dickens, La regenta (1884-1885) de Leopoldo Alas “Clarín”, Papá Goriot (1834) de Balzac, y se sentirá el paso de los días, de los años, del tiempo. Durante el siglo XX, las ciencias y humanidades (antropología, física, filosofía, psicología) hicieron grandes aportaciones en la comprensión del tiempo, las cuales impactaron los enfoques crítico-teóricos de las obras literarias. Bajtin, con su famoso cronotopo, y Genette, son ejemplos del eco de esas aportaciones. Genette se dedicó a analizar con obsesivo detenimiento el tratamiento del tiempo en una muy célebre novela concluida en 1927: En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Considera tres aspectos del relato en su estudio: tiempo, modo y voz. Quizá el más novedoso, interesante y exhaustivo sea el tratamiento del tiempo, del cual aborda el orden, la duración y la frecuencia.  Antes de abordar los principales factores del tiempo, es importante aclarar aspectos terminológicos. El tiempo de la ficción no es equiparable al tiempo físico de la vida real, pues el primero es un tiempo de cuasi-ficción, no real. Además tenemos que distinguir dos planos: el plano de la historia, que es el plano del significado, y el de la realidad narrada. Este último es el del relato, del significante, del tiempo del discurso narrativo. El tiempo del primer plano es el tiempo ordenado, el que trata de reproducir la historiografía; el del segundo plano es artístico, lo crea el narrador desde el momento en que decide dónde empezar a contar, dónde terminar, qué acciones requieren mayor tratamiento, cuáles le son baladíes y por lo tanto omitibles, dónde realizar saltos, trastrocamientos, adelantamientos, etcétera. Entre ambos planos se presentan tres relaciones: el orden, la frecuencia y la duración.

El orden Si el escritor de ficción desea alterar el orden de las acciones que transcurren en el tiempo lineal, de modo que un hecho que normalmente esperaríamos al final lo presenta a la mitad, está incurriendo en un descalabro lógico, quizá, pero no literario ni psicológico. A esto se le conoce como proyección a futuro, prolepsis o simplemente anticipación. Aquí entramos en el tiempo de las predicciones, de las premoniciones, de los sueños o de las profecías. Puede ocurrir lo contrario, hacer que un hecho que ocurre antes incluso de la historia que va a contar el narrador, se presente a la mitad de la historia, como ocurre con los recuerdos de los personajes; entonces nos enfrentamos a otro descalabro del orden lógico-temporal conocido como “flash back” en el lenguaje fílmico, y retrospección o analepsis en la retórica clásica. 

La frecuencia. Lo más sencillo sería que aquello que ocurrió una vez en la historia, se mencionara una vez en el relato, o que aquello ocurrido muchas veces se mencionara muchas veces. Pero puede darse el caso de que lo que ocurrió una vez, lo repita el narrador de manera inusitada en su relatoría; o simplemente que lo que ocurrió una o varias veces en la secuencia de los hechos de la historia, no tenga importancia alguna para el escritor, y por lo tanto ni lo mencione. 

La duración. Más interesante que la frecuencia es la duración del tiempo en los mundos imaginarios. En busca del tiempo perdido es una obra maestra del tiempo psicológico. De ella, Genette extrae una veta extraordinaria para hablar de la duración del tiempo reproducido en la literatura. Veamos los casos posibles. a) Una conversación realista, al reproducirse en una narración, duraría aproximadamente el mismo tiempo que si se llevara a cabo en una escena de teatro o en la vida real; b) las formas de aceleración o desaceleración son comunes, lo cual se refiere a eventos que ocurren lentamente, aunque en la ficción puedan durar mucho arbitrariamente, o viceversa. Pongamos por caso la caída de la hoja de un árbol. Lo más seguro es que en la realidad dure unos cuantos segundos, pero en la narración puede describirse dicho evento en cinco o diez páginas y no caer todavía.

Pareciera que el tiempo se comporta como real, pero no, es seudoreal (o sea falso), cuasi-ficción; siempre resultará un constructo imaginario con una duración, un orden y una frecuencia dispares, irregulares e imprecisos; no es posible establecer reglas generales válidas para toda narración ficcional, que definan su transcurso. Existen varios y novedosos tratamientos del tiempo literario, diferentes cada uno en función de la perspectiva metodológica utilizada, de la conceptualización teórica de la fuente disciplinar, y también del género literario utilizado3. Sin embargo, no dejará de ser la narrativa, por su propia naturaleza, por el sui generis tratamiento que hace del tiempo, la que más atractivo posea, en especial en aquellas narraciones extensas como la novela, porque en ellas se ve, se siente y se oye el transcurrir del tiempo y sus efectos en los personajes que nosotros mismos sufrimos y gozamos.

Referencias bibliográficas

BAJTIN, Mijail, “Épica y novela (Acerca de la metodología del análisis novelístico)”,Teoría y estética de la literatura, Madrid, Taurus, 1989, pp. 449-486.  BOBES, Carmen et. al., Historia de la teoría literaria I. La antigüedad grecolatina, Madrid, Gredos, 1995. JAMESON, F., The political unconscious. Narrative as a socially symbolic act, 5a. ed., Nueva York, Cornell University Press, 1988. SEPÚLVEDA BARRIOS, Félix, “Del conocimiento gramatical al discurso. Sus tipologías  textuales”, en Mendoza, Antonio (ed.), Didáctica de la lengua y la literatura, Madrid, Pearson Educación, 2003, pp. 469-492. RIMMON, Shlomith, “Tiempo, modo y voz (en la teoría de Genette)”, en Sullà, Enric (ed.), Teoría de la  novela, 2a. ed., Barcelona, Crítica, 2001, pp. 173-192. WERLICH, E., Typologie der texte, Munich, Fink, 1975.

1 Durante el siglo XVII sí hubo algunas objeciones a los principios aristotélicos. Entre los ejemplos más sobresalientes tenemos las reflexiones del dramaturgo español Lope de Vega en El arte nuevo de hacer comedias, sus mismas obras y los dramas del inglés Shakespeare. Ambos se negaron a continuar con el teatro de las tres unidades: tiempo, lugar y acción, o sea la prescripción de que las obras tuvieran que realizarse necesariamente en un solo lugar, durante un período muy breve y con un solo tema.  (cfr. Boves, 119-123). 2 Los ingleses tienen otra propuesta: como no miran a España, no conocen a don Quijote. Ellos creen que la novela surge ciento y tantos años más tarde con Pamela (1740-1742) de Richardson, o con Las aventuras y desventuras de la famosa Moll Flanders (1722) de Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe (1719-1720). 3 En otro artículo, “El tiempo en la novela moderna”, reflexiono sobre el tratamiento del tiempo en lo que se conoce como novela de experimentación del siglo XX y la denominada más tarde hipernovela: Arredondo López, José Darío (ed.) y Palafox Moyers, Germán (comp.), Encuentro universitario sobre tiempo y espacio, Hermosillo, Editorial Unison, 2003

 

Harakiri RGG

Qué castigo me darán los ancianos;

tiempo después de mi ejercicio como poeta,

si los árboles

Tienen la sombra desdentada,

las ramas sepias y retorcidas,

donde no abreva un clarín, una mariposa;

y es el camino que conduce a un edén de ortigas.

Qué diré a mi favor…

Nada… nada… le haré haraquiri al hombre y más al poeta.

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Origen y significado del ABRACADABRA.

 

Hay algunas palabras mágicas que utilizamos desde la infancia sin advertir su origen arcano. Indudablemente una de ellas es ABRACADABRA, una palabra notablemente antigua utilizada en distintos encantamientos y hechizos, cuya historia intentaremos superficialmente.

Nadie ha conseguido descubrir el verdadero origen del ABRACADABRA. Solo existen hipótesis, mas o menos confiables, sobre su origen y significado. De lo que sí podemos estar seguros es que se trata de una palabra increíblemente antigua.

Repasemos algunas conjeturas sobre su etimología.

La posibilidad más evidente, y por lo tanto la más defendida por la ortodoxia lingüística, es el hebreo Aberah KeDabar, que literalmente significa «creo a medida que hablo». El término no alude a la fe, al menos no directamente; sino al acto de «crear» y no de «creer»; tal como Jehová creó al universo mediante el verbo puesto en acción.

Otra posibilidad igualmente válida sobre la etimología de ABRACADABRA es el arameo Avrah Kahdabra, «Yo creo como hablo»; cuyas fuentes son idénticas a la anterior, es decir, Dios, que reúne en si todo lo que es y podría ser, arrojando hacia afuera, hacia lo concreto, la materia de sus pensamientos.

El arameo también ofrece una conformación similar, Avada Kedavra, «que aquello se destruya»; señalando la posibilidad de que ABRACADABRA fuese, después de todo, un simple encantamiento para erradicar dolencias.

Ya en su faceta de palabra mágica, ABRACADABRA era notablemente popular entre los gnósticos, que siempre tuvieron una fuerte afinidad por las simetrías morfológicas. La palabra ABRACADABRA -se creía- podía curar toda clase de enfermedades. Para ello se la escribía sobre un pergamino virgen de la siguiente forma:

A B R A C A D A B R A
A B R A C A D A B R
A B R A C A D A B
A B R A C A D A
A B R A C A D
A B R A C A
A B R A C
A B R A
A B R
A B
A

Los gnósticos explican que la letra A representa la unidad y la acción. La letra A unida a la B representa la matriz binaria. La R es la unión de los dos principios iniciales; y así sucesivamente hasta explicar todo el simbolismo de ABRACADABRA, más no su significado.

Otros números válidos -y cabalísticos– para la interpretación de ABRACADABRA son el 11, el total de las letras que conforman la palabra; y el 66, el total de las letras que conforman el triángulo mágico.

Existe una serie innumerable de atributos asociados a la palabra ABRACADABRA, así como interpretaciones, explicaciones, conjeturas e hipótesis sobre su origen y significado. Lo cierto es que la palabra ha sobrevivido a la sanción de los cazadores de brujas, libelos inquisitoriales, y condenas religiosas. El éxito de su persistencia en la lengua acaso se deba a que manifiesta una sonoridad que no despierta imágenes de ningún tipo. Su sola mención no alude a paisajes, emociones, colores, sonidos, constelaciones, nada, en definitiva, de lo que podamos aferrarnos.

Tal vez por eso la palabra ABRACADABRA ha sido conservada íntegramente por la lengua común de los niños, pasando de generación en generación desde tiempos inmemoriales como si detrás de ella se escondiese un secreto de gran importancia.

La nulidad de imágenes y emociones provenientes del ABRACADABRA acaso se deba a que el término alude a un momento en el que nada existía; y cuya forma anuncia la aparición de un efecto asombroso, ya sea un truco de magia ejecutado por un mago precoz o la aparición del universo desde la mente del Creador

Fuente

http://elespejogotico.blogspot.com/2013/01/origen-y-significado-de-abracadabra.html

 

Leyendo a Basho

Vestido de escarcha
cubierto de viento
un niño abandonado.

«Vestido de escarcha» y «cubierto de viento» son dos metáforas brillantes, pero parte de su fuerza la deben a que el poeta oculta, hasta el último instante, la clave que revela su sentido. Es solo al leer la palabra «abandonado» que somos capaces de comprender su significado.

Este recurso no está exento de riesgo ya que, durante unos instantes, deja al lector flotando, sin poder atribuir sentido a lo que lee. Sin embargo, si lo utilizas bien, te permitirá concentrar en un solo instante de revelación todo el significado de tu frase y hará que tu mensaje llegue al lector como un puñetazo.

hay-kus  Carles Roselló…https://creatividadparaescritores.com

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Tres músicos que vendieron su alma al diablo.

La frecuentación entre los demonios y los artistas no necesariamente incluye la posibilidad de un pacto satánico. De hecho, a lo largo de los años se han forjado verdaderas amistades entre el arte y el infierno; por ejemplo, entre el demonio Zorneo y sus dos grandes discípulos: el marqués de Sade y Casanova, o Asmodeo, que manifestaba una peculiar predilección por Oscar Wilde.

Ahora bien, el motivo folklórico del pacto con el diablo propiamente dicho alcanzó la excelencia con la historia de Fausto y el demonio Mefistófeles. Sin embargo, no todos los hombres que vendieron su alma al diablo lo hicieron para conseguir el amor de una mujer. Algunos, de hecho, se embarcaron en este riesgoso acuerdo contractual para obtener a cambio un talento sobrehumano.

La idea del pacto satánico se basa en la noción de que el fin justifica los medios, es decir, que el éxito personal está por encima de todo lo demás. A lo largo de la historia existen muchos casos de supuestas personas que vendieron el alma al demonio a cambio de ciertas habilidades, y los músicos son, probablemente, los intérpretes del oficio más asociado a esta leyenda.

Por regla general, los músicos acusados de vender su alma al diablo coinciden en tres características: un talento fuera de lo común, un enorme éxito durante un corto período de tiempo, y una muerte prematura.

A continuación repasaremos muy brevemente tres historias de músicos acusados de haber vendido su alma a Lucifer.

Robert Johnson (1911-1938)

Se dice que Robert Johnson se crió trabajando en una plantación de Clarksville, Mississippi, soñando obsesivamente en convertirse en un gran músico de blues. Cierta noche, un forastero que estaba de paso se ofreció a afinarle la guitarra y luego interpretó una o dos melodías que estremecieron al joven Johnson.

El muchacho le rogó que le enseñara a tocar de ese modo. El misterioso hombre aceptó, a cambio de que le entregara su alma. Esta es la razón que muchos cronistas encontraron para el descomunal talento de Robert Johnson y su escasa formación musical.

Antes de morir a los 27 años de edad, Robert Johnson compuso una de sus mejores canciones, y la que probablemente reafirmó aquella oscura leyenda de pactos satánicos: Yo y el blues del diablo (Me and the Devil Blues).

Para muchos, la leyenda de Robert Johnson sería en realidad una copia exacta de otro mito acerca de pactos satánicos relacionados con el blues; en este caso, con Tommy Johnson, quien dicho sea de paso aparece en la película Oh brother, where art thou?

 

Giuseppe Tartini (1692-1770)

Antes de que Giuseppe Tartini alcanzara la fama debido a su increíble habilidad con el violín, se lo suele retratar como un pobre y mediocre violinista decepcionado con la vida y la música.

Cierta noche, cuenta la leyenda, el diablo se le apareció en sueños. El príncipe de las tinieblas tocó para él una melodía tan compleja y elegante que Tartini despertó, sobresaltado; y acto seguido trató de apuntar las notas que había escuchado en sueños.

Con el tiempo, aquella sonata llegó a ser conocida como El trino del diablo (Il trillo del Diavolo); tal vez la pieza musical para violín más difíciles de interpretar; a tal punto que llegó a decirse que parece compuesta para alguien con seis dedos.

Por cierto, aquel sexto dedo es conocido aún hoy como el dedo del diablo.

Niccolò Paganini (1782-1840)

Probablemente uno de los músicos más virtuosos de su tiempo, y sin dudas uno de los mejores violinistas de la historia, Niccolò Paganini escribió piezas para violín desde la más tierna infancia.

Su padre rápidamente advirtió el talento de su hijo y lo estimuló a que llevara sus creaciones a las iglesias, donde servía espiritual y musicalmente. No obstante, sus rivales no creían que ninguno de sus trabajos fuese realmente suyo, sino más bien el fruto de algún tipo de pacto satánico.

Rápidamente se propapó el rumor de que Niccolò Paganini había vendido su alma al demonio a cambio de convertirse en un gran violinista. Esta leyenda, sin embargo, no lo perturbó demasiado, e incluso hizo mucho para estimularla.

Según el poeta Heinrich Heine, cada vez que Niccolò Paganini tocaba su violín siempre se veía una figura oscura detrás de él.

Más allá de que esto pudo haber sido una puesta en escena, desde luego, patrocinada por el propio Paganini, lo cierto es que, tras su muerte, la iglesia le negó el entierro según el rito católico.

Pasarían cuatro años desde su muerte para que el papa emitiera una orden por la cual su cuerpo podía ser enterrado en suelo sagrado. Desde entonces, en 1876, el cuerpo de Niccolò Paganini descansa en el cementerio de Parma.

 

Cuando corro

Sobre la cima escruto el paisaje:
el río se esconde entre los meandros,
humedezco la mirada en su corriente;
el agua hace remolinos en mis labios.
Me siento tan intenso, tan vital…
que podría brincar hacia los árboles
como un mono que juega a los disparates.

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En vísperas de navidad de E. Galeano

Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua.
En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde.
Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.
Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo queda en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón; se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra lo reconoció.
Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.
Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:
-Decile a… -susurró el niño-
Decile a alguien, que yo estoy aquí.

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Crítica literaria a los «Asesinos» cuento de Ernesto Hemingway

Los Asesinos ligahttps://sendero.blog/2020/01/11/los-asesinos-ernest-hemingway-u-s-a/

Ernest Hemingway, (1898-1961), escritor norteamericano, autor de cuentos y novelas. En 1953 recibió el premio Pulitzer y en 1954 el Premio Nóbel de Literatura.
LOS ASESINOS

Análisis de “Los Asesinos”
Cantidad de palabras: 2,550
Formato: Cronológico lineal, tiempo pasado contado en tercera persona.

Este cuento fue publicado por primera vez en 1927. Conseguir la aceptación de este cuento por parte de un editor, le costó al joven Hemingway mucho trabajo, fue su primer trabajo que se publicó en un medio de importancia. Anteriormente Hemingway había publicado en París dos libritos de corto tiraje. Por este cuento el autor cobró 200 dólares. El cuento fue incomprendido al comienzo debido a que tiene un enfoque objetivo, el hilo de la trama se va desarrollando ante el lector como si fuera una película – el autor no penetra en los pensamientos de los personajes ni tampoco hace descripciones de personajes o acciones que están fuera del ámbito del enfoque.
Aunque hay que decir también que este cuento no es del todo objetivo como por ejemplo, “La Playa” de Alain Robe-Grillet. “En Los Asesinos” el autor se permite algunas licencias a lo largo de todo el cuento para hacer más accesible la historia al público.
Desde el primer párrafo el autor conoce el nombre del restaurante y también nos da a conocer el nombre del dueño: George y el nombre del único parroquiano, el joven Nick Adams, de quien no se tiene muchos datos. En cuanto a los dos recién llegados, se conoce el nombre de uno de ellos porque el otro lo llama AL. Y el nombre del segundo hombre no se conoce hasta pasadas varias páginas del cuento cuando Al lo llama Max.
Aparte de todos esos datos, el lector debe suponer el drama que se vive al “observar” los acontecimientos de acuerdo a como se están desarrollando, ya sea por acción física como también por los diálogos. Los dos asesinos son presentados usando la técnica del vodevil. Hay un contrapunteo entre George y los dos asesinos, éstos ultimos llegan como parroquianos pero luego se va descubriendo que no tienen mucha hambre, sus conversaciones son más bién irónicas, intrigantes. En cierto momento de la historia, el enfoque cambia repentinamente y va hacia la cocina donde están Nick, el cocinero y Al.
La presentación de los dos personajes que resultan ser los asesinos, es extraordinaria. El autor en ningún momento menciona que ellos son los asesinos a que hace referencia el título, pero por la forma de expresarse y actuar, fácilmente el lector colige que ellos son gangsters y teme por los demás. Recién por la mitad del cuento uno de los asesinos dice que han ido a matar a Ole, el sueco.
Pero Ole no llega y los asesinos se van. Luego de que los gangsters se han ido, la historia da un giro hacia Nick Adams y éste se torna en el personaje principal, ya no hay más escenas del tipo vodevil. Por acuerdo con George, Nick va a la pensión de Ole para advertirle del peligro que corre. El enfoque de la “cámara de video” ahora sigue a Nick, éste, luego de entrevistarse con el sueco, regresa al restaurante muy desconsolado al haber constatado el deplorable estado de ánimo de Ole quien no quiere hacer nada para salvarse. Eso afecta anímicamente a Nick.
Conclusión: el cuento tiene un final sin final. Hemingway sale de lo común y le da al cuento el toque literario que lo ha de caracterizar en toda su carrera literaria. La conclusión la pone el lector: ¿La vida no vale nada?. No se trata pues de un simple cuento de género policial o de misterio, si hubiera sido así, Hemingway seguramente hubiera cobrado apenas 50 dólares.
Los tres personajes en la escena final discuten. El cocinero no quiere oír nada más, George se vuelve indiferente pues cree que ya hizo todo lo que debió hacer, y Nick, después de haber sido un personaje casi neutro, reacciona en la única forma que puede: se irá del pueblo para no ser testigo de algo tan horrible como es el asesinato de un amigo sin siquiera luchar – el tema de la vida y la muerte esta presente en las obras de Hemingway desde sus inicios.

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Muki a la inmensidad

Inmensidad…
se oye el rumor del viento
frío y hostil.
  

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No es Haiku ni Hokku pues no tiene kigo, es un Müki.

El poema completo parece hablar de una cumbre de montaña. Las montañas se escalan en cualquier época del año. En la cumbre suele haber vientos muy fríos aún en verano por eso los escaladores van muy abrigados.

Logan Van Ooyen

De la «Sueñera»; de Ana María Shua

¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.

Ana María Shua II Aunque no lo crean, me llamó una persona de la Asociación de Navegantes o algo por el estilo. ¡Estaban indignados! Parece ser que todos ellos conocen perfectamente los términos marineros. ( comentario de Ana María en mi cuenta de Fb ,16 Enero 2013)
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El quehacer

Cumplir setenta y cuatro años y divertirse extrayendo palabras para después armarlas y rearmarlas es un trabajo de dioses. Inicias el trabajo con una idea y en el devenir la terminas con diferente acabado y color. La dejas en el estantero y te ocupas de otros menesteres…un día sin tiempo pasas y la reconoces, le quitas el polvo y la espulgas. Siempre critique a mi tía por estar sacándole brillo a sus figuras de porcelana y me acuso de tener el mismo pecado. Tallar la palabra  no aburre, siempre es mi mejor regalo.

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El gato en el bote salvavidas de James Thurber

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Un felino llamado William consiguió trabajo como ayudante en un periódico y se sorprendió al enterarse de que todos los demás gatos en el diario se llamaban Tom, Dick o Harry. Pronto averiguó que era el único gato en ese pueblo que se llamaba William. Se le trepo a la cabeza la conciencia de tal singularidad y pronto empezó a confundirse y a creer que se trataba de un talento propio. La cosa llego a este extremo: cada vez que oía o veía el nombre de William, pensaba que estaban refiriéndose a él. Sus fantasías crecieron de modo salvaje y desmesurado, y acabo convencido de que el era el William de William Shakespeare y el Willy de la expresión Willy Nily, y el gato de la leyenda del gato en la luna. Finalmente acabó convencido de que todos los que usaban botas lo hacían en homenaje al gato con botas que era él mismo. William acabo por extraviarse de tal modo en sus sueños de vigilia, que dejo de oír al director del periódico cada vez que éste gritaba «¡Ayudante!», y se fue convirtiendo no solo en un asistente ineficaz, sino, en un bueno-para-nada

-Estás despedido -le informó el director una mañana cuando William se presento dispuesto a seguir soñando.

-Dios provee -dijo William con gallardía.

-Dios vigila a los gorriones -Le respondió el director.

-Eso haré yo también -contestó William muy presumido.

William se fue a vivir con una mujer fanática de los gatos, que poseía otros diecinueve mininos, quienes no pudieron soportar el egotismo de William o los relatos épicos de sus míticos honores, medallas, listones azules, hazañas y copas de plata, y por lo mismo huyeron de la casa de la mujer y se fueron a vivir felizmente en casuchas y chozas. La mujer fanática de los gatos modifico su testamento y convirtió a William en su único heredero, lo que a él apenas si le pareció natural, puesto que estaba convencido de que todos los testamentos estaban hechos a su favor. -Mido dos metros- le dijo William un día, y ella sonrío y afirmó-: Yo diría que si los mides, y te voy a llevar en un viaje alrededor del mundo para que todos te conozcan.

William y su ama zarparon un amargo día de marzo en el crucero «Forlorna», que atravesó las inclemencias del tiempo, los mares levantiscos y los huracanes. A medianoche el barco empezó a zozobrar en los mares torrenciales, la embarcación se movió amenazadoramente, se enviaron de modo frenético peticiones de auxilio, los cohetes se lanzaron al cielo y los oficiales empezaron a correr de un lado a otro por los pasillos y la cubierta gritando «¡Abandonen el barco!». Y luego otro grito surgió, que le resultó apenas previsible al gato egocéntrico. Era, así se lo informaron sus vanos oídos, la estruendosa repetición de «!William y niños primero!». Puesto que William creía que ningún bote salvavidas podría lanzarse antes de que él estuviese sano y salvo, se vistió con opulencia, se enfundo en un smoking, y se dedico a pasear tranquilamente por la cubierta. Saltó alegremente a un bote que iba descendiendo y se halló en la compañía de un niñito llamado Johnny Green y otro niñito llamado Tommy Trout, y sus madres, y otros niños y sus madres. «¡Regresen ese gato a bordo!», demandó el marino a cargo del bote, y Johnny Green lo arrojo a bordo, pero Tommy Trout lo atrajo y lo devolvió.

-Déjenme a mi ese gato- exigió el marino, y aferró a William con su enorme mano derecha y lo arrojó, como en un pase largo e incompleto, a más de cincuenta metros de distancia del bote

 

Cuando William choco con el agua helada, el avía caído ya por la vigésima cuarta vez, y había perdido ocho de sus vidas, de modo que sólo le restaba una. Con los remanentes de su vida y de su fuerza él nadó y nadó hasta alcanzar por fin la triste playa de una isla sombría habitada por hoscos leones y tigres, y otros grandes felinos. Mientras William yacía empapado y jadeante en la playa, un jaguar y un lince se acercaron a él y le preguntaron quién era y de dónde venía. Ay, por desgracia la terrible experiencia de William en el bote salvavidas y el mar le habían producido una amnesia traumática y no podía recordar quién era ni de dónde venía.

-Le llamaremos Nadie- dijo el jaguar.

-Nadie de Ningún Lado -completo el lince.

Y- fue así como William se quedo entre los grandes gatos de la isla hasta que perdió su novena vida, en un pleito de cantina con una joven pantera que le había preguntado su nombre y su origen obteniendo a cambio lo que juzgó una respuesta incivil.

Los grandes gatos enterraron a William en una tumba sin lápida por que, como observó el jaguar, «¿Qué caso tiene colocar una piedra donde se lea: Aquí yace Nadie de Ning6n Lado?».

 

Moraieja: ¿Y de donde el orgullo al mortal le baja, en este viajecito de una cuna a mortaja?

Algo sobre el autor

James Thurber
8 de diciembre de 1894
2 de noviembre de 1961
(Columbus, 1894 – Nueva York, 1961) Escritor y dibujante humorístico estadounidense. Después de un período de aprendizaje como redactor en un periódico de Columbus, en 1927 empezó a colaborar con The New Yorker, el diario de H. Ross donde aparecieron sus dibujos más famosos y sus mejores artículos. El estilo informal y flexible de James Thurber imprimió al periódico un inconfundible tono de urbana ironía: el ensayo The Years with Ross (1959) recuerda las etapas más importantes de esta larga asociación artística.
   Junto con E. B. White, escribió el libro Is Sex Necessary? (1929), célebre parodia de los artículos pseudocientíficos sobre sexo, al cual siguió una colección de relatos de impronta autobiográfica que estableció su reputación de escritor humorístico. En sus primeras obras ya aparecen los temas caraterísticos de su vasta producción: la transformación de la sociedad pequeñoburguesa y provinciana de Estados Unidos en la moderna sociedad tecnológica dominada por los mass-media y el psicoanálisis, el consiguiente malestar del hombre contemporáneo obligado a vivir en un mundo ajeno y confuso, la tenaz lucha entre hombres y mujeres que desemboca en la idea del matrimonio como «estado de guerra no declarada» entre ambos sexos.
  The Seal in the Bedroom (1932) es una colección de extraños dibujos de sofisticada simplicidad cuyos protagonistas a menudo son animales -sobre todo perros- que contemplan a los antihéroes de James Thurber, tímidos y neuróticos descendientes de J. A. Prufrock y de los gentilhombres jamesianos, desde una posición superior. En Mi vida y mis tiempos difíciles -que forma parte de El carnaval de Thurber, recopilación de trabajos de Thurber de los años treinta y cuarenta-, su mejor colección de cuentos, el autor se examina a sí mismo, con finalidad paródica, en su doble identidad de ingenuo muchacho de Ohio y de desencantado y ya maduro «easterner».
James Thurber
con Peggy Cass y Joan Anderson
   En 1940 publicó Fábulas para nuestro tiempo. En algunos dibujos y escritos aparece brevemente la luz melancólica, la amargura que penetra las últimas obras del autor: en Men, Women and Dogs (1943),Alarms and Diversions (1957), Lanterns and Lances(1960) cae la máscara cómica que había permitido a Thurber reírse incluso delante de la tragedia, y las sombras oscuras del absurdo se proyectan cada vez más sobre sus páginas.
   En estas obras, algunas de las cuales fueron escritas después de que perdiera la vista, se nota un creciente interés por las palabras, por su sonido y su estructura: juegos de palabras, neologismos, alusiones literarias precipitan su escritura hacia una dimensión surrealista. Comparado con Mark Twain, Thurber ha sido considerado con razón uno de los mayores escritores humorísticos estadounidenses: en sus obras conviven el patrimonio tradicional «midwestern» y los estímulos del nuevo cosmopolitismo cultural.

En el café…RGG

Tenía mi mano apretando la tuya y estuve a un instante de proponerte matrimonio. En cascada llegaron emociones; sobresalía el miedo de vivir bajo la sombra de tu carácter firme y frío. Enmudecí, aflojé tu mano y recobré la trivialidad del momento. “Así que te gusta la nieve de fresa”, y sonreíste.

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Van Gogh

La madre del Minotauro

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Se levantó con la sensación que sería un día pésimo. Muy en la mañana el Rey Minos intentó despertarla. Contestó con un gruñido y regresó al sueño. Al verla con el ceño marcado, los sirvientes se encomendaron a los dioses. Por la tarde el sol duro entristecía los jardines del palacio. Estaba por cumplir los cuarenta años y tenía la lozanía de un fruto recién cortado. Era espigada, piel dorada, de andar elegante; parecía que la prole le había dado brotes de juventud y sensualidad.
Ella conocía su carácter arrebatado, dominante, con días de mal humor; ahora, percutía otro presentimiento, que no puede definir. Respiró profundamente, intentaba aplacar la sensación de “falta de aire”. La ventana de su habitación en el palacio de Cnosos era amplia y desde allí contemplaba la nueva área de jardines que dirigía el arquitecto Dédalo. En el momento, no había nadie, ni viento, ni cantos de aves, solo un bochorno que pisoteaba la tarde.
—¡Fero! ¡Fero! ¿Dónde estás?
Moviendo la cola, el perro negro azulado, llegó hacia ella. Ella acarició la testa y él lamió sus manos.
—Tú eres el único que soporta mis extravíos. —y volvió sus ojos azules hacía la ventana.
.
El palacio lo recordó como una construcción fría y húmeda, sin embargo, fueron sus mejores años al lado de Minos. Ella era Hija de Helios y Perséis y fue exquisitamente educada. Rápidamente tuvo a Acacálide, Ariadna, Androgeo, Glauco, Fedra y Catreo, dedicándose a ellos en cuerpo y alma. A Minos, se le reconocía por su buen juicio y marcialidad. Era hijo de Zeus y Europa, que al dejarla Zeus, se casó con el Rey Asterión, quien se hizo cargo de Minos, Sarpedón y Radamantis.
Pasó por su mente la imagen de su hermana Circe, ambas instruidas en el manejo de lo oculto. Años después de casada supo que su esposo perdía fácilmente la cabeza por cualquier mujer. Nunca le dijo nada a Minos del hechizo que sacó del arcabuz de su corazón: por cada eyaculación que vertiese en una vagina distinta a la de ella, el semen se convertiría en serpientes, alacranes y tarántulas que agusanarían las vísceras del receptor. Así cayeron una tras otra sus amantes. Él se dio cuenta del encanto al ver con horror los monstruos que eyaculaba la vez que se masturbó. Ahora… comprendía por qué las ninfas huían de él.
Algunas tardes se reunía con Dédalo bajo la sombra de una cabaña. Siempre colmado de ideas y atrapado entre la oreja y la testa un lápiz de carbón que utilizaba para dibujar en cualquier superficie. En ese tiempo, pretendía darle al palacio de Cnosos una nueva cara. Otras veces lo visitaba en su taller, encontraba en sus creaciones, el alma de un artista y el ingenio de una mente inquieta. Los juguetes con que se divertían sus hijos salían de su imaginación.
Al morir el Rey Asterión sobrevinieron los problemas de la sucesión. Los hermanos se disputaron el reinado, congregados a puerta cerrada, los herederos zanjaron el problema. Minos dijo que era el favorito de Poseidon; y él enviaría un mensaje desde el mar. Los inconformes dejaron que los resultados hablaran por sí mismos. Si los dioses apoyaban a Minos, nada podrían hacer; optaron por esperar. Tiempo después de ofrendarle un templo al dios de los mares, en un día de verano, cuando la multitud estaba en el atracadero de la polis, divisaron sobre las olas, que una enorme bola se abría camino. “…En un principio no se le encontraba forma, simulaba una masa de espumas que se alzaba sobre las olas. A medida que se acercaba se dibujó su cara y las astas de los cuernos. Tenía un cuerpo enorme, donde las crestas del agua rompían hirbiendo de blancura. Al salir a la playa parecía un macizo de nieve y a su paso levantaba exclamaciones entre la gente. Un toro albo que cautivo a todos” Escribiría más tarde el cronista Aximelon.
El miura fue el indicio de que los dioses querían que Minos gobernara. Él lo sacrificaría hasta que llegasen las fiestas, mientras, lo llevaría a los pastizales de su propiedad.
Cuando el toro albo sintió la mano de Minos sobre su testa consintió que lo acariciara, vio en sus ojos los cuatro elementos de la vida e imaginó sus campos con sementales de nieve. Al retirarse del establo, tomó la decisión de no sacrificarlo; a la distancia parecía una nube cuya frente semejaba platicar con las estrellas. A su lado iba el fiel sabueso Laelaps, un perro que nunca dejaba escapar una presa, y bajo el brazo traía una jabalina que jamás erraba: regalos de Zeus y de Artemisa en el día de la boda de Europa con Asterión, que pasaron a su poder a la muerte del Rey.
Partió Minos hacia un punto lejano donde se vería con Procris. En el trayecto recordó su cara de fuente, su voz de madera. Al principio le despertó sentimientos paternos que después se tornaron confusos. Supo que había estado casada con Céfalos y que éste por la magia de la diosa de la aurora tomó la imagen de otro varón y sedujo a su propia esposa ofreciéndole una diadema de oro. Luego de poseerla, Céfalo tornó de nuevo a su apariencia y se retiró desconsolado por la infidelidad; refugiándose en los brazos de la dama del Alba. Procris huyó avergonzada y llegó a la isla de Creta y aceptó el amparo de Minos y poco a poco las caricias paternales se transformaron en caminos de ardor y deseo.
Un día que estuvieron próximos a ser parte del fuego, él se detuvo y con desesperación le confesó el hechizo que sufría.
— No te entiendo.
— Pasifae me ha embrujado y cada vez que mi semilla corre fuera de la vagina de ella, se transforma en veneno y mi compañera muere. Yo no quiero tu muerte.
Procris se acercó a él, lo abrazó y sus yemas rodaron primero por sus cabellos, por su mejilla; con voz breve le dijo:
—Me ha emocionado escucharte. Tus palabras sinceras se han mudado a mi corazón. ¡Ayudémonos! Sé de un brebaje que Circe receta para este tipo de asuntos.
— Cómo sé que me servirá.
— Tendrás que confiar en mí.
Él se acercó, la tomo de la cintura, escondió su barba en la curva de su oreja y después buscó sus labios. Ella se resistió, pero su corazón se dobló por la sinceridad de Minos y correspondió. Él se retiró aún emocionado y le susurró: te deseo.
— También has encendido mi llama, pero el dolor de saberme sola me entristece.
— ¿Qué es lo que más quieres?
— Reconquistar mi matrimonio, sentirme cerca y unida a Céfalo como antes.
Días después antes de que la alborada llegase Minos tomó el brebaje de Procris y ella le susurró al oído “dentro de unas horas estarás curado”.
— ¿Cómo lo sabré?
— Sólo espera en silencio y reza por tu salud a la diosa Afrodita. Espérame.
Regresó con una jarra de vino, le dio un trago. Buscó su aliento y le pasó un remanente. Abrió su túnica y le ofreció su seno con el pezón erecto. Minos ardía. Llevó a su boca la luna llena de sus senos. Ella montó y sus labios recorrieron su rostro. Los besos rodaron por su cuello y sus pezones de varón se levantaron sobre el vello de su pecho. Con voz dulce y susurrante le cuchicheo “Lo haré con mi boca así verás que tu germen viene vestido de blanco”.
La despidió de la isla de Creta obsequiándole el perro que nunca deja escapar una presa y una jabalina de caza que jamás yerra el blanco. Pasarían a la custodia de Procris, y serían el instrumento para recuperar a su marido que era un apasionado de la caza.
De regreso, Minos sólo pensaba en el toro sin mancha
de Poseidón.
Había una lista de adolescentes que ensayaban con religiosidad lo que sería esencial para la fiesta: estar frente al toro, correr hacia él, impulsarse, dar una vuelta en el aire, resortear sobre el lomo y caer al suelo. Al final de la fiesta se realizaría el sacrificio del vacuno albino en honor al dios de los océanos. Todo sucedió de acuerdo con lo programado. Con excepción de que El Rey Minos se quedó con el toro y sacrificó otro. El pueblo no se percató del cambio, pero Pasifae y Poseidón sí.
Parecía que el tiempo no se había movido, la ventana, los jardines, el bochorno. El perro mirándola. Ayer fue a los pastizales y vio al vacuno. Minos ordenó que toda vaca en celo fuera acercada al toro para que éste la montase. El animal tenía líneas de fuego entre la piel blanca; los cuernos parecían fulgir como dos medias lunas y su presencia de blancura le daba una orla de poderío cuasi brutal. Cuando montó a la vaca su estatura creció y de una poderosa embestida distendió las paredes de la vagina. Ésta mugió, aceptando la inutilidad de poner resistencia. Pasifae regresó apresurada a su habitación y en la noche el toro aparecía frente a ella, viéndole manso, tierno y en veces retador.
Sabía que el Rey Minos había vuelto a sus andadas; torció la boca y contempló el cielo. La desposó en las fiestas de Afrodita y con sofoco recordó que su cuerpo era palma seca cuando el Rey lamía sus orejas. Pensó que no tenía nada de extrañó soñar con toros; el símbolo de la polis. Lo que no entendía era el brillo insolente en los ojos del miura y aquella imagen retadora en el instante que montaba a la hembra. Le llegó un presentimiento y fue temprano al corral. Sólo estaba el fiel Axto, que traía una vaca en celo para ofrecerla al semental, y enmudeció al repetirse la escena del sueño. En el momento del ayuntamiento la cabeza del toro volteó hacia ella. Después de la cruza, la reina exigió que se abriese el encierro, el vaquero dudo, pero la orden se desprendía de su mirada. Ella se acercó y el divino toro bajó la testa y pudo acariciarlo de la osamenta, su cara y el lomo duro, como forjado en piedra. Aún sentía la agitación sexual del vacuno y sus manos sudaron; y súbitamente tuvo deseos de escapar, mas no lo hizo y siguió acariciando el pelo húmedo del miura. Por la noche sedujo a Minos y permaneció dormitando hasta el mediodía que se levantó de un excelente humor.
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Llegó una tarde al taller. De el maestrose decía que había fabricado al hombre de bronce y de mil cosas más. Le habló en voz baja, él la escuchó sin proferir ningún juicio, movió la cabeza de arriba hacia abajo, Pasifae regresó al castillo en silencio. Un mes después le enseñó el encargo: ¡era perfecta! Ese día el Rey saldría de la ciudad. En la noche entró desnuda al interior de la vaca… el maestro la acercó al semental albino y se retiró. Afuera la luna llena caía retozando entre los pastos y el murmullo de los animales nocturnos era interrumpido por algún relincho en la lejanía. Dentro, Pasifae esperaba ansiosa la embestida del toro. Una hora antes se untó aceites inodoros en todo el cuerpo. El fuerte olor de hembra traspasaba muros y brincaba por los aires. La imagen de ser poseída por un toro leuco,  producía oleadas de agua y fiebre en su media luna. Cuando sintió su presencia accionó la palanca y las ruedas se inutilizaron para dar paso a las anclas. Exaltado el cuadrúpedo nevado abarco el lomo de la vaca mecánica, ésta resistió la acometida y ella percibió en las sienes un vientre explotando en ansiedad y deseo. Un embolo húmedo y ardiente abrió su vagina y la empezó a llenar de carne y semen hasta sentir que su receptáculo era una nave inundada de mar y burbujas. Tuvo deseos de gritar y y gritó miles de cosas que llegaron del pensamiento, pero sólo recuerda haber sido un pastizal seco consumido por el fuego.

 

Nueve meses después nació el Minotauro, cuerpo de hombre y cabeza de miura y fue encerrado en una de las tantas habitaciones del palacio de Cnosos. En alguna ocasión, Minos le increpó duramente su relación con el vacuno de nieve, ella contestó que Afrodita la había hechizado a solicitud de Poseidon.
– ¡Tú fuiste el culpable! Debiste sacrificar el toro que llegó del mar. La venganza del dios es para ti. Yo soy inocente. Sólo fui una pieza sin voluntad.
Después con dulzura acarició la testa de Fero y se metió entre los pasillos y puertas del palacio para dar de comer al Minotauro.
Frente al sol ardiente, cientos de trabajadores habían empezado a construir el Laberinto bajo la dirección del arquitecto Dédalo. Era tan confuso que algunos de ellos se perdieron en él, aún sin haberlo terminado.

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