Scott Fitzgerald Epitafio

“Estuve borracho muchos años, después me morí”.

Francis Scott Fitzgerald

(Francis Scott Key Fitzgerald, Saint Paul, 1896 – Hollywood, 1940) Narrador estadounidense, considerado el máximo interprete literario de la llamada «era del jazz» de los años veinte de su país. Creció en una familia católica irlandesa. Estudió en la Universidad de Princentown, sin llegar a graduarse, y luego se alistó en el ejército para participar en la Primera Guerra Mundial.


F. Scott Fitzgerald

Con su novela inicial, A este lado del paraíso (1920), obtuvo gran popularidad, lo que le permitió ir publicando sus cuentos en revistas de prestigio como The Saturday Evening Post, y convertirse en una de las figuras más representativas del «sueño americano» de la década de 1920. Se trasladó a Francia junto con su mujer, Zelda Sayre, personaje fundamental para Fitzgerarld, tanto en la felicidad como en la desdicha, ya que fue su inspiración y compañía en el decenio de gloria que les tocó vivir, y el centro de sus preocupaciones a partir de 1930, cuando él se hundió en el alcohol y ella en la demencia (murió en el incendio de la clínica donde estaba recluida, en 1948), y ambos debieron afrontar las consecuencias del fracaso y la miseria.

En Francia acabó de escribir la que se considera su obra maestra, El gran Gastby (1925), la historia del éxito y posterior decadencia de un traficante de alcohol durante la ley seca, que se fabrica una identidad aristocrática y a partir de allí vive como un fantasma en una mansión, consagrando todas sus fuerzas y dinero a conseguir a la mujer que ama. Fitzgerald describió en sus páginas un arquetipo que estaba surgiendo por entonces en Estados Unidos: el individuo de clase baja y de escasa moral que utiliza cualquier medio a su alcance para triunfar.

Sedoka a lo imprevisto

Se fue el monzón
y en la rama del árbol
hay un pez de colores.
Hoy salió el sol
y el alcatraz dormido;
me invito de su copa.

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Al grano, sin rodeos…

Palabras como puños (o cómo usar menos adjetivos y mejorar tu estilo)

 CARLES ROSELLÓ LENGUAJE Y ESTILO 63 COMENTARIOS

No todas las palabras fueron creadas iguales.

Algunas son fuertes (marea, sangrar, abeto) y traen a la mente multitud de imágenes y asociaciones.

Otras son débiles (aparentemente, deprisa, completo) y apenas modifican el fluir del pensamiento.

Nombres y verbos suelen ser fuertes y, si tus frases reposan en ellos, tus historias cobran vida y los personajes saltan de la página y agarran al lector por la solapa.

Adjetivos y adverbios, en cambio, suelen ser débiles y cuando abusas de ellos tus textos se vuelven lentos, pesados, borrosos, imprecisos e, igual como ocurre con la frase que estás leyendo, aburren profundamente al lector que, soñoliento y confundido, comprensiblemente se plantea dejar de leer.

Si aprendes a usar menos adjetivos tus palabras reflejarán mejor tus ideas y maravillarán al lector igual como lo hacen contigo.

Conseguirlo requiere esfuerzo (¿qué vas a colocar en el lugar de ese adjetivo?), pero merece la pena.

Aquí tienes una guía que te ayudará a lograrlo.

1. Identifica los adjetivos y los adverbios

El primer paso para usar menos adjetivos y adverbios es encontrarlos. Así que, ¿cómo vamos de gramática?

Aquí tienes un repaso relámpago:

  • Los nombres designan seres: casa, perro, abrigo.
  • Los verbos designan acciones: amar, lanzar, frotar.
  • Los adjetivos modifican a los nombres: la casa grande, el perro viejo, el abrigo gris.
  • Los adverbios modifican a los verbos (y a otras palabras): amar apasionadamente, lanzar lejos, frotar enérgicamente.

Cuando acabes de escribir una frase o un párrafo, identifica los adjetivos y los adverbios. Esto te dará un primer diagnóstico.

Aquí tienes un ejemplo de lo que te estoy sugiriendo (adjetivos en rojo, adverbios en azul):

«Los adjetivos y los adverbios, en cambio, suelen ser débiles y cuando abusas de ellos tus textos se vuelven lentos, pesados, borrosos, imprecisos e, igual como ocurre con la frase que estás leyendo, aburren profundamente al lector que, soñoliento y confundido, comprensiblemente se plantea dejar de leer.»

2. No escuches los cantos de sirena: los adjetivos y los adverbios parecen bellos, pero no lo son.

Repite conmigo: «hablaba armoniosamente«.

Fíjate bien: «armoniosamente«.

¿No te parece bello el serpenteo envolvente con el que el «mente» arrastra a la armonía un poco más allá de lo que tenía previsto?

Cuando escribas, las palabras débiles intentarán seducirte. Y a menudo lo conseguirán.

¿Por qué?

Porqué a ti, que ves en tu cabeza aquello que quieres contar, te parecerá que ese adjetivo o adverbio lo describe perfectamente.

¿Acaso no es armoniosa su forma de hablar?, te dirás. ¿Por qué no puedo decir que «hablaba armoniosamente» si, realmente, hablaba armoniosamente?

Porque el lector no puede ver dentro de tu cabeza y decir que alguien hablaba armoniosamente, por cierto que sea, no le ayudará a sentir ninguna armonía.

Tu tarea como escritor o escritora no es decirle al lector lo que debe sentir, sino provocar en él ese sentimiento. Y eso no se consigue con adjetivos.

Cuando oigas cantos de sirena, tápate los oídos, o átate a un mástil, como hizo Ulises, pero no te dejes seducir. Evita los adjetivos y adverbios fáciles y esfuérzate en mostrar, mediante nombres y verbos, porqué su forma de hablar era armoniosa.

«Los adverbios son como el diente de león. Si encontráis uno en vuestro césped, os parecerá bello y único. Si no lo arrancáis, sin embargo, al día siguiente tendréis cinco, y cincuenta al día después… y luego, amigos míos, vuestro césped estará totalmente, completamente, avasalladoramente cubierto de dientes de león. Entonces los reconoceréis por la mala hierba que realmente son, pero ¡ay!, entonces será demasiado tarde».Stephen King

3. Elimina los adjetivos y adverbios redundantes

¿Qué tienen en común la blanca nieve, el frío invierno y las duras piedras?

Que las tres son expresiones redundantes.

Salvo excepciones, la nieve es blanca, el invierno frío y las piedras duras.

Reserva los adjetivos para la nieve azul, los inviernos cálidos y las piedras blandas y no malgastes la atención del lector con lo que ya sabe.

Algo parecido ocurre con los adverbios.

Alguien totalmente convencido está, simplemente, convencido.

Algo absolutamente perfecto es, simplemente, perfecto.

Tienes mucho que contar y la atención del lector está siempre a punto de abandonarte: ve al grano.

4. Busca alternativas para los que resistan

Una vez eliminados los redundantes, tu texto seguirá plagado de adjetivos y adverbios (los que hablan de nieves azules e inviernos cálidos).

No te rindas.

Aunque su función sea necesaria, aún puedes deshacerte de ellos y conseguir que tu frase impacte mejor al lector.

La primera alternativa es buscar un nombre (o verbo) que pueda sustituirlos:

  • En lugar de «un niño pequeño» puedes escribir «una criatura».
  • En lugar de «tocó dubitativamente» puedes escribir «tanteó».
  • En lugar de «un niño travieso» puedes escribir «un pícaro».
  • En lugar de «tocó tiernamente» puedes escribir «acarició».

Por último, si no encuentras ningún nombre o verbo que contenga la información que necesitas dar, intenta reconstruir la frase desde un ángulo distinto:

  • En lugar de «tecleaba deprisa» puedes escribir «sus dedos corrían sobre las teclas»
  • En lugar de «el metal brillaba» puedes escribir «el reflejo del sol, que daba de lleno sobre el metal, le deslumbró».

5. Quédate con los buenos

Los adjetivos y los adverbios no son palabras perversas que debas evitar a cualquier precio.

Debes evitar el abuso, que desafortunadamente es la tendencia natural. Pero cualquier palabra, usada con intención, puede ayudarte.

Josep Pla, un escritor catalán tan controvertido como brillante, era un maestro en el uso de los adjetivos.

No los evitaba en absoluto y, para colmo, solía utilizarlos de tres en tres.

Pero nunca los improvisaba y dice la leyenda que, en el tiempo que dedicaba a elegir uno, podía fumarse un cigarrillo.

Ahí va un ejemplo (adjetivos y adverbios en cursiva):

«Jo no he estat mai feminista, però encara menys masculinista. Són paraules que em fan horror. Crec que els homes i les dones són absolutament iguals i, si he tingut alguna preferència, ha estat per les dones. Elles són el sexe fort.»—

«Yo nunca he sido feminista, pero menos aún masculinista. Son palabras que me provocan horror. Creo que hombres y mujeres son absolutamente iguales y, si he tenido alguna preferencia, ha sido por las mujeres. Ellas son el sexo fuerte.»

Josep Pla

Conclusión: usa adjetivos y adverbios cuando no tengas alternativa, pero, incluso entonces, esmérate en tu elección.

Revélate contra la pereza

Minimizar el uso de adjetivos y adverbios te costará, sobre todo al principio.

Completar tus frases con ellos te permitiría decir algo pasable con poco esfuerzo, pero si quieres que tu prosa conmueva, necesitas hacerte amigo de los nombres y los verbos. Son duros de trabajar, pero son el camino.

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Hokku al ruido

Las chachalacas
astillan el silencio;
¡insoportable!

 

https://sipse.com/novedades-yucatan/la-cruel-venganza-de-las-chachalacas-55241.html

Eres tú, después de todo — El Blog de Arena

. Hace un par de semanas ocurrió en Argentina un hecho por demás desafortunado, que ha tenido una alta resonancia mediática. Un grupo de rugbiers asesinó a un muchacho a la salida de un local nocturno (hay diez imputados, desconozco cuántos de ellos son los verdaderos culpables del delito). El tema, de neto corte policial, ha tenido […]

a través de Eres tú, después de todo — El Blog de Arena

El ángel de la media noche

Decidió amarla con las alas puestas. Al día siguiente la novicia amaneció muerta. ¿quién puede prever que ella fuese alérgica a las plumas?

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Desmorona que un día podrían ser recuerdo…

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veo relámpagos horizontales,
en un zig-zag iridiscente.
Allá el verde de García Lorca
el amarillo de los girasoles de Gogh
mas por la gritería
no pude menos que admirar,
que eran parvadas de cotorros
que eclosionaron sobre la ciudad;
borrachos de vida,
sin respetar el rojo de los semáforos.
ni el silencio obligatorio de los hospitales

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Tiene ojos negros, de mirada aromática. Sé que soñó con una calle desierta y una arboleda con una cabaña que olía a posada. He caminado por las hosterías que conviven bajo la sombra vegetal buscando sus ojos negros. Regresé cabizbajo a casa y al chirriar la puerta me sobrecoge la posibilidad que me esté esperando en una calle desierta. 

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No hay glamour para una escritora borracha De Begoña Gómez Urzaiz

No hay glamour para una escritora borracha Las autoras alcohólicas, como Jean Rhys, Patricia Highsmith o Marguerite Duras, no llevan consigo el aura de malditismo canallita que sí se les concede a ellos. Mary Karr y Leslie Jamison hablan también de eso en sus memorias de vida y bebida Begoña Gómez Urzaiz 16/04/2019

Los camareros los reconocen: llevan la Lonely Planet en una mano y, a veces, los más preparados, una copia de Bajo el bosque lácteo en la otra. Se hacen un selfie en la puerta de la White Horse Tavern, en Hudson con West 11, entran y piden un chupito de whisky, 17 menos de los que al parecer se bebió Dylan Thomas en ese mismo sitio antes de salir, desplomarse en la acera y ser trasladado al hospital St. Vincent de Nueva York, donde murió de neumonía y mala vida.

No se sabe de ningún groupie literario que haya hecho algo parecido en La Rotonde o La Coupole, los bares en los que bebía Jean Rhys en París, ni existen placas dedicadas a Patricia Highsmith en ningún local del mundo, parecidas a las doscientas que hay celebrando las tajadas de Hemingway. En parte porque la autora de la saga de Tom Ripley fue sobre todo una bebedora solitaria. Mientras estudiaba en Barnard, a menudo se levantaba, tomaba siete martinis y dos copas de vino y se metía en la cama a las cuatro de la tarde con una botella de ginebra cerca. No es un plan que a un estudiante letraherido le apetezca recrear.

Las escritoras alcohólicas (Elizabeth Bishop, quien, literalmente, bebía colonia cuando se le acababa el licor, Marguerite Duras, Anne Sexton, Maya Angelou, Lucia Berlin, Carson McCullers, Shirley Jackson o Jane Bowles que siguió bebiendo tras sufrir una hemorragia cerebral a los 40) lo han sido con vergüenza y sin leyenda. Su adicción, por lo general, no tuvo nada de romántico en vida y a nadie se le ha ocurrido adornarla después de muertas, quizá con una única excepción, la de Dorothy Parker, a la que sí se suele retratar con un martini en una mano y un cigarro con boquilla en la otra.

“Cuando una mujer bebe”, escribió Duras en La vida material, “es como si bebiera un animal o un niño. El alcoholismo es escandaloso en una mujer y una mujer alcohólica es un asunto raro y serio. Es un insulto a lo divino de nuestra naturaleza”.

Mary Karr, que ya escribía memoirs antes de que lo hiciera todo el mundo, era consciente de esta tradición cuando abordó su propio alcoholismo en Iluminada. También Leslie Jamison, la autora del libro de ensayos biográficos El anzuelo del diablo, que publicó el año pasado The recovering, an intoxicaton and its aftermath sobre su propio proceso de desintoxicación. Tanto Karr como Jamison son borrachas atípicas, bebedoras de altísimo rendimiento. Mientras consume alcohol a litros, Mary Karr consigue escribir poesía, trabajar en el sector financiero, sostener a su familia, criar a un hijo, participar como madre voluntaria en la guardería y alcanzar un contrato editorial para su primer tomo de memorias. Dos décadas después, Jamison se gradúa en Harvard y se doctora en Yale. La admiten en el taller de escritores de Iowa, hace voluntariado en Nicaragua y publica una novela antes de cumplir los 30. Va de triunfo en triunfo mientras bebe a escondidas y se autolesiona. ¿Cómo casan esos perfiles con la idea de la alcohólica fracasada? Ambas tienen además parejas compensivas, sad young literary men que las apoyan cada lunes que dicen que van a dejarlo. Normal que cuando van a reuniones de Alcohólicos Anónimos haya gente (gente que se ha despertado en hospitales con miembros amputados después de perder la conciencia en la calle, que ha perdido trabajo y familia) que las mire raro. También ellas al principio sienten que no pertenecen a ese ambiente. Cuando Karr acude a una de sus primeras reuniones, escucha a una mujer “con traje de Chanel rematado con botones dorados […] que parece sacada de la páginas de una revista de ocio para ricachones”. La mujer solía esconder una botella de vodka dentro de un pavo que guardaba siempre en el congelador. Mientras cocinaba, sacaba la botella y echaba un lingotazo. En una ocasión, se había formado tanta escarcha en tono a la carne cruda que no pudo sacar la botella y tuvo que levantar el pavo y beber a morro. “Como yo nunca he bebido vodka de un ave congelada, me digo que a esta puta loca no le llego ni a la suela de los zapatos”, escribe Karr. En esa misma reunión, otro hombre cuenta que intentó ahorcarse pero iba tan borracho que no tuvo éxito.

Y, sin embargo, las dos, Jamison y Karr, acaban siendo creyentes y evangelistas del sistema de Alcohólicos Anónimos, del que muchas veces se ha dicho que es menos efectivo para las mujeres, y también que sus textos sagrados son inherentemente sexistas. El camino de Karr va también acompañado de un encuentro con la espiritualidad. He aquí el giro inesperado del libro, cuando esta malhablada texana acaba bautizándose en la fe católica, para su propia sorpresa: “Si me llegan a decir que acabaría susurrando mis pecados en un confesionario o rezando el rosario de rodillas, me habría meado de risa. ¿Pasatiempos menos improbables? Bailarina de striptease. Espía internacional. Mula. Asesina a sueldo”.

Jamison, a quien solo hace falta leerle dos párrafos para darse cuenta de que es amenazadoramente inteligente –en un largo perfil sobre ella que se publicó en la revista New York, la autora del artículo escribió que incluso ataba a su bebé con un pañuelo de manera especialmente sofisticada–, admite: “la idea de ser demasiado lista para Alcohólicos Anónimos inmediatamente resonó en la parte de mí que encontraba sus aforismos demasiado reduccionistas o sus narrativas demasiado simples. Pero también me daba cuenta de que ser demasiado lista para AA podía convertirse en una alarma para el ego […] Incluso era consciente de que mi rechazo a ese ego trip era, de alguna manera una versión de él: estaba orgullosa de no sentirme demasiado lista para AA, como si me mereciese una medalla por resistirme a esa arrogancia”.

The Recovering empezó como la tesis doctoral de la autora y conserva algo de ese poso académico (incluido un índice muy útil) pero también tiene una parte memorialística, en la que habla de su propia vida y sus dos intentos por mantenerse sobria y otra en la que habla de la relación entre “el whisky y la tinta”, la cuestión de si se puede escribir sobrio.

El libro también está pensado para funcionar como una reunión de Alcohólicos Anónimos y Jamison quería incluir más historias de adicción al margen de la suya, de manera que habla de Raymond Carver, John Berryman, Amy Winehouse y Billie Holliday. También de sus predecesoras, las escritoras alcohólicas. “[Jean] Rhys nunca se vio a sí misma como un genio en bruto, como sí hacían los escritores borrachos de su generación. En su lugar estuvo obligada a verse siempre como una madre fallida”, escribe.

Rhys sí que hubiera generado respeto y estupor en una reunión de AA, aunque es bastante improbable que se le hubiese ocurrido pasar por allí. Cuando vivía en París con su marido, el periodista y espía belga Jean Lenglet, en una habitación de hotel cerca de la Gare du Nord, dejaron a su bebé, William Owen, dormir en un moisés al lado del balcón en el que bebían vino todas las noches. A las tres semanas de vida, el niño se puso “de un color extraño”. Lo llevaron al hospital y allí le diagnosticaron neumonía. Lenglet llevó allí dos botellas de champán. “Para cuando se acabó la primera botella, estábamos todos riendo”, escribió Rhys, que pasó el resto de su vida explorando su culpa. A la mañana siguiente, el hospital llamó para decir que el niño había muerto a las 7.30 de la tarde. “Él estaba muriéndose, o estaba ya muerto, mientas bebíamos”, apuntó la autora. Más tarde, Lenglet y ella tuvieron otra hija que sí sobrevivió, una niña llamada Maryvonne, pero Rhys nunca fue capaz de ocuparse de ella. La niña vivió en un convento y algunas temporadas con su padre. Cuando tenía seis años, Maryvonne describió así a su madre: “mi madre trata de ser una arista y siempre está llorando”.

Sus novelas, que escribió siempre alcoholizada (emborronando así la tesis que Jamison intenta transmitir en el libro: la de que los escritores borrachos escribieron sus mejores libros estando sobrios) también están llenas de antiheroínas borrachas, “montando un espectáculo, llorando. Estas mujeres no son solo un desastre, pero su desastre es horrendo, un dolor para los ojos, siempre buscando la pena de los demás, su amor, sus carteras, y degradadas por esa ansia constante”, dice Jamison.

Si entres los autores alcohólicos varones la bebida es un antídoto a su propia e insoportable sabiduría, argumenta la autora, para las mujeres ni siquiera tiene ese efecto beneficioso. “Es autoindulgencia, melodrama, histeria, una aflicción gratuita”. Si no estaban bebiendo como niños (como decía Duras), estaban bebiendo en lugar de ocuparse de sus propios niños. Una mujer que se escapa a la bebida es una mujer que no está cumpliendo con sus obligaciones, ni con su casa ni con su familia”.

Después de décadas de feminismo teórico y práctico, Karr también es implacable consigo misma cuando retrata escenas relacionadas con su hijo, al que dedica el libro (“gracias por la luz”) y con las veces que lo cuidó estando borracha o los días que pasó internada en un psiquiátrico tras estrellarse con su coche. Tampoco Lucia Berlin, que crió a cuatro hijos, se perdona en esos relatos en los que va a la licorería y luego vuelve a casa y da a los niños de desayunar antes de llevarlos al colegio.

En otras autoras que no fueron madres, como Highsmith o Elizabeth Bishop, la vergüenza tiene otros orígenes y otros destinos. Ninguna de las dos vivió con completa comodidad su lesbianismo y ambas tuvieron relaciones desastrosas con sus madres. La de Highsmith solía contarle que había intentado abortarla bebiendo trementina (un detalle biográfico que comparte con otro escritor alcohólico, gay y consumido por la vergüenza: John Cheever), la de Bishop se quedó viuda y tuvo varios brotes hasta que quedó permanentemente internada en un psiquiátrico.

Es natural que estas biografías de mujeres brillantes no se lean de manera distinta a lo que son, enciclopedias completas de la desgracia. Quizá lo que no resulta tan comprensible es esa otra aura de malditismo, de canallismo extreme que todavía rodea a algunos escritores varones. Tanto Karr como Jamison hablan en sus libros de cómo la bebida es parte del currículum académico en los talleres de escritura. “Las clases duraban todo el día. Las fiestas, hasta el amanecer, y me dieron la oportunidad de escuchar a narradores de primer orden poniendo en práctica su arte”, admite la primera en Iluminada. Jamison se explaya en torno a su experiencia en Iowa, que fue doble (acudió primero como alumna y más tarde acompañando a su novio): “No éramos las primeras personas en emborracharse en Iowa. Lo sabíamos. Los mitos sobre el alcohol en Iowa City corrían como ríos subterráneos bajo nuestra propia ingesta de bebida. Surgían como cuentos de la disfunción: Raymond Carver y John Cheever derrapando a primera hora de la mañana en los parkings de las licorerías para reabastecerse; John Berryman abriendo cuentas en los bares de la cale Dubuque y parloteando sobre Whitman hasta el amanecer, Denis Johnson emborrachándose en el Vine y escribiendo relatos sobre emborracharse en el Vine. Nosotros también nos emborrachamos en el Vine aunque ahora era otro edificio. Esto también lo sabíamos: cómo de imprecisos éramos a la hora de ocupar esas historias antiguas, cómo las capturábamos sólo en forma de réplicas imperfectas”.

Al contrario que el famoso Vine, la White Horse Tavern, en la que también bebieron Kerouac, Norman Mailer y Hunter S. Thompson, sí sigue estando donde estaba, de momento. Hace unas semanas la compró un grupo de empresarios del ladrillo, junto con un edificio cercano, por catorce millones de dólares. Ya hay una comisión ciudadana que pide que se la designe lugar histórico protegido, para que los fans puedan seguir yendo al lavabo a hacerse una foto con la nota que le escribieron al autor de En la carretera, que vivía a la vuelta de la esquina: “Jack, vete a casa”.

Escribo de cultura, feminismo y otros géneros chicos del periodismo en Vogue, Icon, El País Semanal, el Cultura/s de La Vanguardia y otros.

https://ctxt.es/es/20190410/Culturas/25549/Begona-Gomez-Urzaiz-Patricia-Highsmith-Marguerite-Duras-Lucia-Berlin-autoras-alcoholicas.htm