Podemos decidir con quién casarnos, con quien salir , incluso, con quién tener la intimidad, pero no está en nuestros manos decidir de quièn enamorarnos.
a través de ENAMÓRATE, ¿en serio? — Neurociencias divertidas
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Podemos decidir con quién casarnos, con quien salir , incluso, con quién tener la intimidad, pero no está en nuestros manos decidir de quièn enamorarnos.
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No hay glamour para una escritora borracha Las autoras alcohólicas, como Jean Rhys, Patricia Highsmith o Marguerite Duras, no llevan consigo el aura de malditismo canallita que sí se les concede a ellos. Mary Karr y Leslie Jamison hablan también de eso en sus memorias de vida y bebida Begoña Gómez Urzaiz 16/04/2019
Los camareros los reconocen: llevan la Lonely Planet en una mano y, a veces, los más preparados, una copia de Bajo el bosque lácteo en la otra. Se hacen un selfie en la puerta de la White Horse Tavern, en Hudson con West 11, entran y piden un chupito de whisky, 17 menos de los que al parecer se bebió Dylan Thomas en ese mismo sitio antes de salir, desplomarse en la acera y ser trasladado al hospital St. Vincent de Nueva York, donde murió de neumonía y mala vida.
No se sabe de ningún groupie literario que haya hecho algo parecido en La Rotonde o La Coupole, los bares en los que bebía Jean Rhys en París, ni existen placas dedicadas a Patricia Highsmith en ningún local del mundo, parecidas a las doscientas que hay celebrando las tajadas de Hemingway. En parte porque la autora de la saga de Tom Ripley fue sobre todo una bebedora solitaria. Mientras estudiaba en Barnard, a menudo se levantaba, tomaba siete martinis y dos copas de vino y se metía en la cama a las cuatro de la tarde con una botella de ginebra cerca. No es un plan que a un estudiante letraherido le apetezca recrear.
Las escritoras alcohólicas (Elizabeth Bishop, quien, literalmente, bebía colonia cuando se le acababa el licor, Marguerite Duras, Anne Sexton, Maya Angelou, Lucia Berlin, Carson McCullers, Shirley Jackson o Jane Bowles que siguió bebiendo tras sufrir una hemorragia cerebral a los 40) lo han sido con vergüenza y sin leyenda. Su adicción, por lo general, no tuvo nada de romántico en vida y a nadie se le ha ocurrido adornarla después de muertas, quizá con una única excepción, la de Dorothy Parker, a la que sí se suele retratar con un martini en una mano y un cigarro con boquilla en la otra.
“Cuando una mujer bebe”, escribió Duras en La vida material, “es como si bebiera un animal o un niño. El alcoholismo es escandaloso en una mujer y una mujer alcohólica es un asunto raro y serio. Es un insulto a lo divino de nuestra naturaleza”.
Mary Karr, que ya escribía memoirs antes de que lo hiciera todo el mundo, era consciente de esta tradición cuando abordó su propio alcoholismo en Iluminada. También Leslie Jamison, la autora del libro de ensayos biográficos El anzuelo del diablo, que publicó el año pasado The recovering, an intoxicaton and its aftermath sobre su propio proceso de desintoxicación. Tanto Karr como Jamison son borrachas atípicas, bebedoras de altísimo rendimiento. Mientras consume alcohol a litros, Mary Karr consigue escribir poesía, trabajar en el sector financiero, sostener a su familia, criar a un hijo, participar como madre voluntaria en la guardería y alcanzar un contrato editorial para su primer tomo de memorias. Dos décadas después, Jamison se gradúa en Harvard y se doctora en Yale. La admiten en el taller de escritores de Iowa, hace voluntariado en Nicaragua y publica una novela antes de cumplir los 30. Va de triunfo en triunfo mientras bebe a escondidas y se autolesiona. ¿Cómo casan esos perfiles con la idea de la alcohólica fracasada? Ambas tienen además parejas compensivas, sad young literary men que las apoyan cada lunes que dicen que van a dejarlo. Normal que cuando van a reuniones de Alcohólicos Anónimos haya gente (gente que se ha despertado en hospitales con miembros amputados después de perder la conciencia en la calle, que ha perdido trabajo y familia) que las mire raro. También ellas al principio sienten que no pertenecen a ese ambiente. Cuando Karr acude a una de sus primeras reuniones, escucha a una mujer “con traje de Chanel rematado con botones dorados […] que parece sacada de la páginas de una revista de ocio para ricachones”. La mujer solía esconder una botella de vodka dentro de un pavo que guardaba siempre en el congelador. Mientras cocinaba, sacaba la botella y echaba un lingotazo. En una ocasión, se había formado tanta escarcha en tono a la carne cruda que no pudo sacar la botella y tuvo que levantar el pavo y beber a morro. “Como yo nunca he bebido vodka de un ave congelada, me digo que a esta puta loca no le llego ni a la suela de los zapatos”, escribe Karr. En esa misma reunión, otro hombre cuenta que intentó ahorcarse pero iba tan borracho que no tuvo éxito.
Y, sin embargo, las dos, Jamison y Karr, acaban siendo creyentes y evangelistas del sistema de Alcohólicos Anónimos, del que muchas veces se ha dicho que es menos efectivo para las mujeres, y también que sus textos sagrados son inherentemente sexistas. El camino de Karr va también acompañado de un encuentro con la espiritualidad. He aquí el giro inesperado del libro, cuando esta malhablada texana acaba bautizándose en la fe católica, para su propia sorpresa: “Si me llegan a decir que acabaría susurrando mis pecados en un confesionario o rezando el rosario de rodillas, me habría meado de risa. ¿Pasatiempos menos improbables? Bailarina de striptease. Espía internacional. Mula. Asesina a sueldo”.
Jamison, a quien solo hace falta leerle dos párrafos para darse cuenta de que es amenazadoramente inteligente –en un largo perfil sobre ella que se publicó en la revista New York, la autora del artículo escribió que incluso ataba a su bebé con un pañuelo de manera especialmente sofisticada–, admite: “la idea de ser demasiado lista para Alcohólicos Anónimos inmediatamente resonó en la parte de mí que encontraba sus aforismos demasiado reduccionistas o sus narrativas demasiado simples. Pero también me daba cuenta de que ser demasiado lista para AA podía convertirse en una alarma para el ego […] Incluso era consciente de que mi rechazo a ese ego trip era, de alguna manera una versión de él: estaba orgullosa de no sentirme demasiado lista para AA, como si me mereciese una medalla por resistirme a esa arrogancia”.
The Recovering empezó como la tesis doctoral de la autora y conserva algo de ese poso académico (incluido un índice muy útil) pero también tiene una parte memorialística, en la que habla de su propia vida y sus dos intentos por mantenerse sobria y otra en la que habla de la relación entre “el whisky y la tinta”, la cuestión de si se puede escribir sobrio.
El libro también está pensado para funcionar como una reunión de Alcohólicos Anónimos y Jamison quería incluir más historias de adicción al margen de la suya, de manera que habla de Raymond Carver, John Berryman, Amy Winehouse y Billie Holliday. También de sus predecesoras, las escritoras alcohólicas. “[Jean] Rhys nunca se vio a sí misma como un genio en bruto, como sí hacían los escritores borrachos de su generación. En su lugar estuvo obligada a verse siempre como una madre fallida”, escribe.
Rhys sí que hubiera generado respeto y estupor en una reunión de AA, aunque es bastante improbable que se le hubiese ocurrido pasar por allí. Cuando vivía en París con su marido, el periodista y espía belga Jean Lenglet, en una habitación de hotel cerca de la Gare du Nord, dejaron a su bebé, William Owen, dormir en un moisés al lado del balcón en el que bebían vino todas las noches. A las tres semanas de vida, el niño se puso “de un color extraño”. Lo llevaron al hospital y allí le diagnosticaron neumonía. Lenglet llevó allí dos botellas de champán. “Para cuando se acabó la primera botella, estábamos todos riendo”, escribió Rhys, que pasó el resto de su vida explorando su culpa. A la mañana siguiente, el hospital llamó para decir que el niño había muerto a las 7.30 de la tarde. “Él estaba muriéndose, o estaba ya muerto, mientas bebíamos”, apuntó la autora. Más tarde, Lenglet y ella tuvieron otra hija que sí sobrevivió, una niña llamada Maryvonne, pero Rhys nunca fue capaz de ocuparse de ella. La niña vivió en un convento y algunas temporadas con su padre. Cuando tenía seis años, Maryvonne describió así a su madre: “mi madre trata de ser una arista y siempre está llorando”.
Sus novelas, que escribió siempre alcoholizada (emborronando así la tesis que Jamison intenta transmitir en el libro: la de que los escritores borrachos escribieron sus mejores libros estando sobrios) también están llenas de antiheroínas borrachas, “montando un espectáculo, llorando. Estas mujeres no son solo un desastre, pero su desastre es horrendo, un dolor para los ojos, siempre buscando la pena de los demás, su amor, sus carteras, y degradadas por esa ansia constante”, dice Jamison.
Si entres los autores alcohólicos varones la bebida es un antídoto a su propia e insoportable sabiduría, argumenta la autora, para las mujeres ni siquiera tiene ese efecto beneficioso. “Es autoindulgencia, melodrama, histeria, una aflicción gratuita”. Si no estaban bebiendo como niños (como decía Duras), estaban bebiendo en lugar de ocuparse de sus propios niños. Una mujer que se escapa a la bebida es una mujer que no está cumpliendo con sus obligaciones, ni con su casa ni con su familia”.
Después de décadas de feminismo teórico y práctico, Karr también es implacable consigo misma cuando retrata escenas relacionadas con su hijo, al que dedica el libro (“gracias por la luz”) y con las veces que lo cuidó estando borracha o los días que pasó internada en un psiquiátrico tras estrellarse con su coche. Tampoco Lucia Berlin, que crió a cuatro hijos, se perdona en esos relatos en los que va a la licorería y luego vuelve a casa y da a los niños de desayunar antes de llevarlos al colegio.
En otras autoras que no fueron madres, como Highsmith o Elizabeth Bishop, la vergüenza tiene otros orígenes y otros destinos. Ninguna de las dos vivió con completa comodidad su lesbianismo y ambas tuvieron relaciones desastrosas con sus madres. La de Highsmith solía contarle que había intentado abortarla bebiendo trementina (un detalle biográfico que comparte con otro escritor alcohólico, gay y consumido por la vergüenza: John Cheever), la de Bishop se quedó viuda y tuvo varios brotes hasta que quedó permanentemente internada en un psiquiátrico.
Es natural que estas biografías de mujeres brillantes no se lean de manera distinta a lo que son, enciclopedias completas de la desgracia. Quizá lo que no resulta tan comprensible es esa otra aura de malditismo, de canallismo extreme que todavía rodea a algunos escritores varones. Tanto Karr como Jamison hablan en sus libros de cómo la bebida es parte del currículum académico en los talleres de escritura. “Las clases duraban todo el día. Las fiestas, hasta el amanecer, y me dieron la oportunidad de escuchar a narradores de primer orden poniendo en práctica su arte”, admite la primera en Iluminada. Jamison se explaya en torno a su experiencia en Iowa, que fue doble (acudió primero como alumna y más tarde acompañando a su novio): “No éramos las primeras personas en emborracharse en Iowa. Lo sabíamos. Los mitos sobre el alcohol en Iowa City corrían como ríos subterráneos bajo nuestra propia ingesta de bebida. Surgían como cuentos de la disfunción: Raymond Carver y John Cheever derrapando a primera hora de la mañana en los parkings de las licorerías para reabastecerse; John Berryman abriendo cuentas en los bares de la cale Dubuque y parloteando sobre Whitman hasta el amanecer, Denis Johnson emborrachándose en el Vine y escribiendo relatos sobre emborracharse en el Vine. Nosotros también nos emborrachamos en el Vine aunque ahora era otro edificio. Esto también lo sabíamos: cómo de imprecisos éramos a la hora de ocupar esas historias antiguas, cómo las capturábamos sólo en forma de réplicas imperfectas”.
Al contrario que el famoso Vine, la White Horse Tavern, en la que también bebieron Kerouac, Norman Mailer y Hunter S. Thompson, sí sigue estando donde estaba, de momento. Hace unas semanas la compró un grupo de empresarios del ladrillo, junto con un edificio cercano, por catorce millones de dólares. Ya hay una comisión ciudadana que pide que se la designe lugar histórico protegido, para que los fans puedan seguir yendo al lavabo a hacerse una foto con la nota que le escribieron al autor de En la carretera, que vivía a la vuelta de la esquina: “Jack, vete a casa”.

Escribo de cultura, feminismo y otros géneros chicos del periodismo en Vogue, Icon, El País Semanal, el Cultura/s de La Vanguardia y otros.
Alrededor
de la flor del ciruelo
liban las mariposas.

Celebramos el 70 cumpleaños de Jane Birkin recordando ‘Je t’aime Moi Non Plus’, el único himno capaz de provocar la ‘petite mort’ a quien lo escucha.

Dos iconos sexuales del siglo XX dándolo todo para una sola canción, la suya. Brigitte Bardot, masturbándose a su lado para regalarle los mejores gemidos de su repertorio. Jane Birkin, bailando con él cada noche hasta darle una hija. Hoy puede resultar complicado entender qué suscitaba en las mujeres de la época aquel tipo flaco y narigudo –hay quien diría que feo–, de aspecto desaliñado y prepotencia francesa. Pero lo hacía. Vaya si lo hacía.
“Puede que sea feo», solía disculparse Gainsbourg cuando notaba que alguien se hacía la misma pregunta. «Pero la fealdad es más fuerte que la belleza: al menos esta dura para siempre”. Además cuando las mujeres más guapas del mundo suspiraban a su lado él ya no era Lucien Ginsburg (París, 1928) , aquel hijo de ucranianos exiliados marcado con la estrella de judío en su niñez. No, hacía años que había cambiado su “nombre de perdedor”, según sus propias palabras, por el de Serge Gainsbourg. Era un tipo duro que encadenaba un cigarro con otro y se abandonaba a placeres mundanos como la música, la pintura y, por encima de todo, las mujeres: el hilo conductor de su vida. Una existencia cuya banda sonora principal fue, sin duda, Je t’aime… moi non plus, la canción más sensual y escandalosa de la historia.
Aquel invierno de 1967 que este tema vio la luz, Serge llevaba ya un lustro bajando las persianas de tugurios en los que besaba a mujeres y tocaba el piano con la misma intensidad –sus juergas con Boris Vian debieron ser épicas–. Su imagen de cantautor rebelde, su rol de enfant terrible, sus letras juguetonas y, sobre todo, canciones como Le Poinçonneur des Lilas protagonizada por un revisor de metro suicida, le habían dado fama mundial. De hecho, hacía solo dos años que había ganado Eurovisión con su Poupée de cire, poupée du son en la virginal voz de France Gall. Aunque si algo marcaba aquellos meses fríos de París era el amor que el compositor sentía por Brigitte Bardot. Un amor casi enfermizo.
Dicen que durante el cortejo que ambos artistas tuvieron, Serge prometió a Brigitte componerle la canción de amor más bella jamás compuesta. Nadie sabe si fue aquello lo que convenció a la actriz para rendirse a los encantos del cantante. Y aunque estaba casada entonces con Gunter Sachs, lo cierto es que ambos vivieron un romance que duró 86 días y, de paso, incendió la sociedad francesa.
Para Serge todo empezó como un juego. Primero, con la ayuda de Michel Colombier al fusilar los acordes de A Whiter Shade of Pale, número uno indiscutible de la radio fórmula francesa ese verano que estaba facturado por el grupo Procol Harum. Después, al inspirarse para su letra en un discurso de Salvador Dalí del que su primera mujer, Elisabeth Levitsky, había sido asistente. «Picasso es español. Yo, también. Picasso es un genio. Yo, también. Picasso es un comunista. Yo, tampoco». Bajo aquel mantra daliniano pergeñó su “Te amo…yo tampoco”. El último movimiento fue proponerle a Bardot cantarla a dúo como si realmente estuvieran haciendo el amor.
Dos días más tarde, el 10 de diciembre de 1967, los amantes entraban al estudio para grabar Je t’aime… moi non plus. Al cantarla, ambos arrastraban las palabras [«Je vais et je viens, entre tes reins» (Voy y vengo, entre tus caderas) / «Tu es la vague, moi l’île nue» (Tú eres la ola, yo la isla desnuda) / «L’amour physique est sans issue» (El amor físico es un callejón sin salida) ]. Lo hacían, tal vez, sin saber que con aquello daban carpetazo a su romance. Bueno, más bien daban la excusa para que Gunter Sachs forzara su final.
Al día siguiente, el marido de Brigitte, al igual que toda Francia, escucharía la canción en Radio Europa 1. Sus celos justificados –el técnico de sonido de la grabación desvelaría más tarde que, para hacer creíbles sus susurros, la pareja se había “tocado” ante los micrófonos– acabaron en un despacho de abogados. Así, con medio país escandalizado, Sachs amenazó a la emisora con llevarla a los tribunales mientras Brigitte convencía a Gainsbourg de que no incluyera la grabación en su inminente disco.
Serge no lo hizo, pero si trató de conseguir, sin éxito, que Marianne Faithfull o Valerie Lagrange, interpretaran las partes de Bardot para poder editarla de nuevo. Acababa de cumplir 40 años y el que estaba llamado a ser el pasaje más caliente de su biografía, se había enfriado. Pero no su pasión por la belleza femenina. Tan solo tardó un año en volver a obsesionarse con una mujer.
El culpable fue el director de cine Pierre Grimblat y su oferta para protagonizar el drama Slogan junto a Jane Birkin. Aquella veinteañera londinense llegaba de rodar Blow Up (1966) con Michelangelo Antonioni. La joven, recién divorciada y con un bebé, había escandalizado a su país al desnudarse y mostrar su vello púbico en la cinta. Frente a la cámara era dinamita, pura provocación. La química con Gainsbourg era inevitable. La fascinación del francés por ella, también.
La seducción empezó con la primera claqueta del rodaje y desde la primera noche. Su primera cita fue una fiesta improvisada por Grimblat. Gainsbourg y Birkin bailaron hasta el amanecer, Serge la llevó a sus rincones fetiche, de un club de travestis a un bareto ruso. Acabaron en la habitación del Hotel Hilton que Serge solía frecuentar con sus conquistas. Birkin aseguró tiempo después que nunca sucedió nada en aquella suite. Pero sus noches juntos no cesaron. Serge la llevó a Venecia y París y ella se rindió a sus encantos. Bueno, a casi todo. Le costó acceder a algo que a Gainsbourg le obsesionaba desde que la conoció: volver a grabar con ella Je T’aime… moi non plus. La actriz no confiaba en sus dotes como cantante, pero Serge no era un tipo cualquiera. Ya no era Lucien, seguía saliéndose con la suya.
Un año y cuatro días después de la grabación con Bardot, el 14 de diciembre de 1968, Gainsbourg volvía al estudio, ésta vez con Jane, para registrar la nueva versión. El arreglista del tema fue Arthur Greenslade, con el que John Barry, el exmarido de Birkin, había trabajado para la banda sonora de Goldfinger. El propio Barry sugirió a su otrora esposa que era la persona idónea para dar forma a la canción donde ella fingía un coito con su nuevo amor. Arte en estado puro.

La aniñada voz de Birkin funcionaba aún mejor que la de la rotunda Brigitte Bardot. Pero la discográfica de Gainsbourg temía que volviera a repetirse aquel escándalo. Por eso, la portada del single, editado en febrero de 1969, especificaba que su contenido no era recomendable para menores de 21 años. Aquella pegatina no evitó el revuelo. Ni las ventas de discos. Hasta el Vaticano pidió la retirada de la canción, condenándola al infierno, a través de L’Osservatore Romano. Se prohibió su difusión en las radios italianas y también fue censurada en otros países, entre ellos, España.
Ninguna canción había representado hasta el momento un acto sexual tan directo Nunca antes una canción había dejado tan poco a la imaginación. Dijeron para desacreditar la canción que Birkin era menor de edad. Aseguraron que el de la grabación era un orgasmo real. Muchos demonizaron a Serge por verbalizar un tabú hasta entonces como lo había sido el sexo sin amor. Daba igual, la canción seguía fascinando. En Inglaterra fue el primer tema de habla no inglesa en llegar al número uno de sus listas de ventas. Se mantuvo en ellas 33 semanas y vendió un millón de copias.
La cuadratura del círculo llegaría con la película Si Don juan fuese mujer (1973) en la que el director Roger Vadim llevó a Bardot y Birkin a compartir escena de cama, ambas desnudas. El morbo estaba servido. Probablemente nadie lo sentiría como Serge Gainsbourg. Y, tal vez, la normalización de aquella historia permitió que en 1986, Bardot ya separada de Sachs, accediera a que se publicara una nueva mezcla de su versión. Su condición fue que los beneficios fueran destinados a su asociación de defensa animal. Amor en otra escala.
Serge siguió con sus excesos. Sus borracheras le apartaron de Birkin, quien le había dejado en 1980 pero para la que continuó componiendo. Serge tampoco dejó de fumar cinco cajetillas de tabaco al día ni de provocar. Junto a su hija Charlotte, teniendo ella 13 años, ensalzó el sexo familiar cantando Lemon incest. Confesó en un programa de televisión su fascinación por Whitney Houston. “He dicho que me la quiero follar”, gritó mientras trataba de pellizcar a la cantante.
Gainsbourg murió en 1991, a los 62 años. Sus últimas actuaciones desvirtuaron en parte su obra, pero jamás la magia de Je t’aime…. moi non plus. Un tema versionado hasta la saciedad con versiones entre las que destacan la de Giorgio Moroder y Donna Summer grabada en 1978 para la BSO de la película Thank God it’s Friday; Chayanne y Natalie grabada como Exxtasis en 1992; Nick Cave y Anita Lane como I Love You…Nor Do I en 1995; Pet Shop Boys y Sam Taylor-Wood en 1998; Kylie Minogue como parte promocional de su marca de lencería LoveKylie en 2003; La Costa brava en 2004; Cat Power y Karen Elson en 2006; o Madonna en 2012.
Brigitte Bardot dijo en 2011 que Je t’aime…. moi non plus era “el más maravilloso, único, verdadero y fantástico homenaje que se ha hecho al acto de hacer el amor”. No exageraba. La canción pasará a la historia así, como el himno a la libertad sexual de toda una generación que las siguientes han hecho suya sin pensárselo. Y así seguirá por mucho que la televisión española abuse de ella para sonorizar escenas de cama y encuentros sexuales de reality. Aunque bien pensado, quizás sea esa explotación precisamente la mayor prueba de que estamos ante la canción definitiva.
Vladimir Putin está en el poder desde 1999 y lo estará hasta el 2024; es decir, 25 años. Eso está muy bien, las leyes de su país así lo permiten y nadie puede decir nada. Pero ahora resulta que Vladimir Putin quiere modificar la Carta magna de su país y así poder perpetuarse en el […]
a través de La (gran) ventaja de no ser boliviano — El Blog de Arena
Tiene ojos negros, de mirada aromática. Sé que soñó con una calle desierta y una arboleda con una cabaña que olía a posada. He caminado por las hosterías que conviven bajo la sombra vegetal buscando sus ojos negros. Regresé cabizbajo a casa y al chirriar la puerta me sobrecoge la posibilidad que me esté esperando en una calle desierta.

Llegaste cuando la hierba asoleada no esperaba la lluvia.
Salieron del escondite los batracios,
las blancas mariposas y el olor profundo de la tierra.
Te fuiste,
y dentro quedó un vientecillo renuente.
Aire fresco que desconoce el tiempo
y que en el claroscuro de la tarde
aparece silbando con su olor de maíz tierno.

pintura de Susana Jimenes Reyes
PLATANERA

¿Neologismo…? ¿Sororidad…?
Un neologismo es una nueva palabra o expresión que se crea en una lengua.
Una palabra nace generalmente cuando surge una nueva realidad que exige ser nombrada, por ejemplo inventos y descubrimientos, y también para nombrar nuevos fenómenos políticos, económicos o culturales.
Un término nuevo es un neologismo con respecto a la época en que surge; luego, y teniendo en cuenta ciertos parámetros, deja de serlo.
En el idioma español fueron en su momento neologismos palabras como anestesia, guillotina, autopsia, bolígrafo, telescopio, radar, tren, ovni, robot, y más recientemente sororidad, para referirse a la solidaridad entre mujeres en un contexto de discriminación sexual.
Parte de los neologismos del español provienen de otras lenguas como el inglés y el francés.
Algunos sostienen que la creación de neologismos se produce por modas y por necesidades de nuevas denominaciones. Desde el punto de vista del purismo, hay neologismos innecesarios, como los que alargan las palabras convirtiéndolas en archisílabas,pero también hay otros neologismos necesarios como, por ejemplo, seropositivo. Sin embargo, otros especialistas creen que los neologismos dinamizan la lengua y la mantienen viva.
Hoy en día, los medios de comunicación son los principales propagadores de los neologismos y de los préstamos lingüísticos. Algunos de estos términos tienen una vida efímera.
Luis Marcelo Palacios
Tomado de fb
Una elegía es una composición lírica de tono melancólico en la que el yo lírico lamenta la muerte de una persona.
El género se ha cultivado desde la Antigüedad clásica cuando se caracterizaba por una estructura métrica fija (una serie de dísticos), y una temática más variada. Además de la muerte, las elegías trataban catástrofes, desamores, derrotas, guerras, exaltaciones patrióticas y el amor.
Durante la Edad Media, escritores españoles escribían plantos, poemas elegíacos, cuya temática se limitaba generalmente al tema de la muerte. Algunos ejemplos son Coplas que fizo don Jorge Manrique que a la muerte del Maestre de Santiago don Rodrigo Manrique, su padre, de Jorge Manrique y Plancto que fizo la Virgen el día de la Pasión de su fijo, de Gonzalo de Berceo. En el Renacimiento el género adquiere una influencia de Petrarca, como se puede apreciar en las elegías de Garcilaso de la Vega. La composición es más cuidada y compleja en las elegías de escritores barrocos, como Lope de Vega y Luis de Góngora, y surgen varios subgéneros elegíacos, como el epicedio y la endecha. El género sigue cultivándose en los siglos siguientes, especialmente en el siglo XX, cuando salen elegías de la pluma de Miguel de Unamuno, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre y Miguel Hernández, entre otros.
«En la muerte de un hijo», de Unamuno
Abrázame, mi bien, se nos ha muerto
el fruto del amor;
abrázame, el deseo está a cubierto
en surco de dolor.
Sobre la huesa de ese bien perdido,
que se fue a todo ir,
la cuna rodará del bien nacido,
del que está por venir.
Trueca en cantar los ayes de tu llanto,
la muerte dormirá;
rima en endecha tu tenaz quebranto,
la vida tornará.
Lava el sudario y dale sahumerio,
pañal de sacrificio,
pasará de un misterio a otro misterio,
llenando el santo oficio.
Que no sean lamentos del pasado,
del porvenir conjuro,
bricen, más bien su sueño sosegado
hosanas al futuro.
Cuando al ponerse el sol te enlute el cielo
con sangriento arrebol,
piensa, mi bien: «A esta hora de mi duelo
para alguien sale el sol».
Y cuando vierta sobre ti su río
de luz y de calor,
piensa que habrá dejado oscuro y frío
algún rincón del amor.
Es la rueda: día, noche; estío, invierno;
la rueda: vida, muerte…
Sin cesar así rueda, en curso eterno,
¡tragedia de la suerte!
Esperando el final de la partida
damos pasto al anhelo,
con cantos a la muerte henchir la vida,
tal es nuestro consuelo.
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¿Cuál es la diferencia entre la metáfora y el símil? La respuesta breve es bastante simple: ambas figuras retóricas comparan dos palabras o conceptos, pero mientras que el símil los vincula con un nexo comparativo (como, semejante a, parece, igual que, etc.), la metáfora no. En el caso de la metáfora, un término representa y sustituye al otro.
Ejemplos de metáforas:
«Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;» -«Coplas a la muerte de su padre», Jorge Manrique
«La luna es una ausencia.
Se espera siempre.
Las hojas son murmullos de la carne.
Se espera todo menos caballos pálidos». -«La luna es una ausencia», de Vicente Aleixandre
Ejemplos de símiles:
«Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,
y es la mujer al fin como sangría,
que a veces da salud, y a veces mata». -«Es la mujer del hombre lo más bueno…», de Lope de Vega
«El sexo siempre sabe a mar de invierno,
a galernas en medio de la noche». -«Del gusto», de Josefa Parra
https://www.aboutespanol.com/la-diferencia-entre-la-metafora-y-el-simil-2206966


Cae la nieve,
aúllan los coyotes;
cruje la puerta…

El tiempo, en todos sus aspectos, es uno de los elementos importantes en cualquier novela. A diferencia de las artes estáticas, como la fotografía o la pintura, la literatura narra escenas desarrollando acciones a través del tiempo. Para ello creamos el tiempo literario y lo utilizamos a nuestro antojo.
Manipulamos los segundos, los días, los años, los siglos, adelantando y atrasando el reloj según nuestra conveniencia.
Primero debemos distinguir dos clases de tiempo literario:
El tiempo de la historia
Es el lapso temporal en el que transcurren los hechos, desde el principio hasta el fin. Por ejemplo en la novela El médico, Noah Gordon cuenta la historia de Rob Cole durante prácticamente toda su vida. Sin embargo en Ulises, James Joyce cuenta lo sucedido a Leopold Bloom en un solo día.
El tiempo del relato
Es el que dura la composición literaria que el autor hace en su novela en el tiempo que lleva leerla. Si en una historia el tiempo se prolonga durante años, como en la novela de Gordon, la recomposición que hace el autor permite que todo ese tiempo relatado se comprima en los días que nos lleva terminar de leer el libro. En la novela de Joyce es al revés, el tiempo se dilata, porque hay que poner mucho empeño para terminar de leer Ulises en un día.
Hay dos factores que podemos modificar en el tiempo literario del relato: La duración (el tiempo como lo percibe el lector) y el orden de los eventos (de qué forma se presentan las escenas y se construye el relato).
Los recursos que podemos utilizar para alterar la duración del relato son: Resumen y Elipsis (para acortar el tiempo); Escena (tiende a narrar “en tiempo real”); Descripción, digresión y dilatación (alargan el tiempo del relato con respecto al real).
Resumen
Es una manera de condensar parte de la historia en una secuencia breve de frases. Se utiliza cuando los hechos narrados no tienen una importancia central en la historia. Es como narrar superficialmente, sin detalles y escogiendo la información mínima necesaria que deseamos transmitir.
“Durante su primer año en el colegio, las cosas trascurrieron normalmente, sin mayores incidentes ni contratiempos, salvo la gripe que le retuvo en cama cuatro días en pleno periodo de exámenes.”
Elipsis
Es la eliminación en el relato de una parte de la historia que el autor no considera pertinente o necesaria. En este caso, la historia da un salto adelante y comienza a narrar hechos que en verdad están separados de lo que se venía contando por algún lapso de tiempo. Existen dos clases, las elipsis explícitas, en las que el autor indica que ha pasado el tiempo:
“Luego de terminar la frugal cena en la cafetería nos despedimos y partí hacia la estación de trenes con mi pequeña maleta y mis enormes sueños.
Doce años después, con el título de Médico cirujano especializado en Cardiología, regresé al Hospital Central y allí estaba ella, sentada tras el mismo escritorio en la recepción.”
Las elipsis implícitas no recurren a la expresión literal del paso del tiempo. El lector debe deducir ese paso de la propia acción.
“Pasamos sin contratiempos por el arco detector de metales y el control de documentación hasta que finalmente subimos al avión. En París llovía cuando aterrizamos pero nada podía empañar la felicidad que sentía Alexandra. Su sonrisa era radiante.”
Evidentemente ha pasado un tiempo entre que subieron al avión y aterrizaron en París, pero el autor no considera de importancia para el relato narrar lo ocurrido en el vuelo y el lector entiende que en ese tiempo no pasó nada interesante.
Los escritores utilizamos constantemente este recurso, pero ser consciente de las posibilidades que tiene nos puede ayudar para emplearlo de manera creativa, como en la escena del mercado en Notting Hill, donde las estaciones se suceden mientras el protagonista camina.
Escena
Cuando escribimos una escena intentamos mostrar los hechos al lector, como si fuese “en directo” y por ello el relato se aproxima bastante al tiempo real de la historia.
Descripción
Cuando describimos, el tiempo de la historia se detiene. Al contrario que en una escena, la descripción no implica acción ni paso del tiempo, por lo que alarga el tiempo del relato aportando detalles del escenario, la situación o los protagonistas mientras mantiene el tiempo literario en pausa. Es similar a una fotografía y mientras contamos lo que vemos no sucede nada.
Digresión
Cuando detenemos la acción en un relato, pero en lugar de describir algo introducimos reflexiones o pensamientos propios del autor. Este recurso está un poco en desuso en la novela actual, pero aún hay quien introduce sus pensamientos al margen de la historia en forma de ironía, duda o pensamientos metafísicos.
Dilatación
Si yo describo con lujo de detalles todo (todo, todo) lo que pasa durante cinco minutos en el mercado central de una ciudad grande, tomará varias horas leer ese relato. Lo que hice en ese caso fue hacer pasar el tiempo más despacio (en cámara lenta) para poder referirme a cada aspecto de la escena, a cada gesto de los protagonistas.
Esto pasa en la escena que da comienzo a la película Swordfish y nos muestra una serie de detalles desde diferentes puntos de vista, del instante de la explosión. Y es lo que sucede en las luchas de Matrix.
El orden de los eventos es el que decidimos cuando nos proponemos convertir una historia en argumento. El orden de un argumento no siempre coincide con el orden cronológico, sino que pasa a ser nuestra personal forma de encadenar los acontecimientos según nos interese darlos a conocer el lector. Las Anacronías son los movimientos hacia adelante o atrás en el tiempo con respecto al presente del relato y son los recursos que utilizamos para ordenarlo: Analepsis, Racconto y Prolepsis.
Analepsis o Flashback
Recrea un acontecimiento concreto del pasado de la historia. Con un salto atrás en el tiempo se muestra una situación previa, un resumen o una escena que consideramos crucial para comprender el relato de ahí en adelante. Luego vuelve a la acción actual y prosigue la historia. Es un recurso muy utilizado para explicar comportamientos, acciones o elecciones de nuestros protagonistas, porque bien sabemos que cada acción que realizan debe tener una causa.
Racconto
Si bien es estrictamente un tipo de Analepsis o retrospección, el Racconto es una narración más extensa de acontecimientos anteriores al tiempo de la historia. Se diferencia del Flashback sobre todo en la extensión.
Prolepsis o Flashforward
Es un salto adelante en el tiempo, hacia el futuro. Nos adelantamos a los acontecimientos para desvelar una escena o suceso posterior, quizás consecuencia o producto de las acciones que se llevan a cabo en ese momento de la historia. Este es un recurso poco utilizado en comparación al Flashback.