Se alarmó al leer en la prensa varios casos de compañeros que habían descubierto que sus medallas de oro, concedidas por sus “méritos laborales” el día de su jubilación, eran falsas. Su mujer, una paciente esclava del hogar, de sus caprichos y manías de viejo, para tranquilizarlo y ante sus insistentes ruegos, mostró la susodicha “medalla” a un experto para que verificara su autenticidad. La pobre señora, no se atrevió, al volver a casa, tras la consulta, a contarle la verdad. “Tranquilo. Es auténtica”, dijo. El anciano emitió un suspiro de a livio y siguió leyendo apaciblemente su periódico. Un año más tarde enfermó y su dolencia acentuó el trabajo de su mujer, que noche y día se veía, obligada a atenderlo. La fatiga se reflejaba en su rostro. Estaba harta, irritada y no veía el final de aquella insostenible situación. Su marido, en un momento de serenidad y lucidez, le regaló la “medalla de oro” y ella no pudo contenerse. “¡Es falsa, imbécil!”. Una frase que luego, viuda, le remordería hasta la tumba…

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