La pagina en blanco… ¿Le ha pasado? que dice GABO

Durante mucho tiempo me aterró la página en blanco. La veía y vomitaba. Pero un día leí lo mejor que se escribió sobre ese síndrome. Su autor fue Hemingway. Dice que hay que empezar, y escribir, y escribir, hasta que de pronto uno siente que las cosas salen solas, como si alguien te las dictara al oído, o como si el que las escribe fuera otro. Tiene razón: es un momento sublime.

Las veces que me ha pasado he intentado algunas cosas:

  • Me pongo a leer, pero me voy a la mitología y trato de darle vuelta a una historia y escribirla a mi manera; tal vez no logre un gran texto, pero puedo romper el hechizo.
  • La poesía japonesa también la utilizo, mirar el paisaje me hace volar y escribir un sencillo haykú.
  • Y cuando la mente se pone chata, me pongo a describir un paisaje, o lo que me venga a la cabeza.
  • Así que si te visitan las musas es mejor que te encuentres trabajando

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La treceava mujer de Lydia Davis

 

En un pueblo de doce mujeres había una treceava. Nadie admitía que vivía allí, no le llegaba correspondencia, nadie hablaba de ella, nadie preguntaba por ella, nadie le vendía pan, nadie le compraba nada, nadie le devolvía la mirada, nadie llamaba a su puerta; la lluvia no la mojaba, el sol nunca la bañaba, el día nunca despuntaba sobre ella, la noche nunca se desplomaba para ella; para ella las semanas no pasaban, los años no transcurrían; su casa no tenía número, su jardín lucía descuidado, por su camino nadie transitaba, en su cama nadie dormía, nadie ingería su comida, nadie vestía su ropa; y a pesar de todo ella continuaba viviendo en el pueblo sin resentir lo que este le hacía.

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Lo que no se puede decir de Jorge Aguiar

Lo que no se puede decir
ERA una pareja muy unida. Tal vez porque se conocían desde el
jardín de infantes, tal vez porque él estuvo a su lado cuando murió
el padre de ella, tal vez porque tuvieron un hijo cuando todavía
no estaban preparados para eso, tal vez porque lo perdieron a los
pocos días de haber nacido mientras él estaba en un viaje de
negocios, o tal vez, y esto es lo más probable, por el cambio de
actitud que produjo esta situación en ella. Se volvió una persona
que no expresaba sus sentimientos de forma directa, pero los
escribía y los dejaba en algún sitio para que él los encontrase. Así
ocultaba los te quiero, los halagos, los reproches, las confesiones,
las dedicatorias, las disculpas por diferentes lugares, como en
bolsillos, dentro de las tazas, detrás de los cuadros, en cajas de
zapatos, bordados en la cortina, debajo de una silla, dentro de un
almohadón, en alguna hoja de algún libro. En cualquier lugar, él
se podía topar con un sentimiento de ella. A veces encontraba el
mensaje el mismo día que ella lo escribía, otras veces semanas o
meses después; pero la mayoría demoraba años. Tal es así que
cuando ella murió, él siguió hallando mensajes por mucho tiempo
más. El último mensaje que encontró fue una confesión, escrita
en el interior de una guitarra, cuando accidentalmente, cayó al
piso y se rompió en pedazos. Ese día puso en venta la casa y salió
a la búsqueda de su hijo.

Millet pintura

Monos de Clarise Lispector

La primera vez que tuvimos en casa un mico fue cerca de Año Nuevo. Estábamos sin agua y sin empleada, se hacía cola para la carne, el calor había reventado —y fue cuando, muda de perplejidad, vi el regalo entrando a casa, ya comiendo banana, ya examinando todo con gran rapidez y un largo rabo. Parecía más un gran mono todavía no crecido, sus potencialidades eran tremendas. Subía por la ropa colgada en la cuerda, desde donde daba gritos de marinero, y tiraba cáscaras de banana adonde cayeran. Y yo exhausta. Cuando me olvidaba y entraba distraída a la dependencia, el gran sobresalto: aquel hombre alegre allí. Mi hijo menor sabía, antes de que yo lo supiera, que me desharía del gorila: “Y si te prometiera que un día el mono se va a enfermar y a morir, dejarías que se quedara? Y si supieras que de cualquier manera él un día se va a caer de la ventana y a morir allá abajo?” Mis sentimientos desviaban la mirada. La inconsciencia feliz e inmunda del granmonopequeño me hacía responsable de su destino, ya que él mismo no aceptaba culpas. Una amiga entendió de qué amargura estaba hecha mi aceptación, de qué crímenes se alimentaba mi aire soñador, y rudamente me salvó: niños del morro aparecieron en una algarabía feliz, se llevaron al hombre que reía, y en el desvitalizado Año Nuevo a mí por lo menos me regalaron una casa sin mono.

Un año después, acababa de tener una alegría, cuando allí en Copacabana vi el agrupamiento. Un hombre vendía monitos. Pensé en los chicos, en las alegrías que me daban gratis, sin nada que ver con las preocupaciones que también gratis me daban, imaginé una cadena de alegrías: “Quien reciba esta, que se la pase a otro”, y otro a otro, como el bramido en un rastro de pólvora. Y ahí mismo compré a la que se llamaría Lisette.

Casi no cabía en una mano. Tenía falda, aretes, collar y pulsera de baiana. Y un aire de inmigrante que aún desembarca con el traje típico de su tierra. De inmigrante también eran los ojos redondos.

En cuanto a esta, era mujer en miniatura. Tres días estuvo con nosotros. Era de tal delicadeza de huesos. De tal extrema dulzura. Más que los ojos, la mirada era redondeada. Cada movimiento, y los aretes se estremecían; la falda siempre arreglada, el collar rojo brillante. Dormía mucho, pero para comer era sobria y cansada. Sus raras caricias eran solo mordidas leves que no dejaban marca. En el tercer día estábamos en la dependencia admirando a Lisette y el modo en que ella era nuestra. “Un poco demasiado suave”, pensé extrañando a mi gorila. Y de repente mi corazón fue respondiendo con mucha dureza: “Pero eso no es dulzura. Esto es muerte”. La sequedad de la comunicación me dejó quieta. Después les dije a los chicos: “Lisette se está muriendo”. Mirándola, noté entonces hasta qué punto de amor ya habíamos llegado. Envolví a Lisette en una servilleta, fui con los chicos hasta la primera guardia, donde el médico no podía atendernos porque operaba de urgencia a un perro. Otro taxi —Lisette cree que está paseando, mamá otro hospital. Allá le dieron oxígeno.

Y con un soplo de vida, súbitamente se reveló una Lisette que desconocíamos. Con ojos mucho menos redondos, más secretos, más a las risas y en la cara prognata y ordinaria una cierta altivez irónica; un poco más de oxígeno, y le dieron unas ganas de hablar que ella mal aguantaba ser mona; lo era, y mucho tendría para contar. En seguida, sin embargo, sucumbía de nuevo, exhausta.

Más oxígeno y esta vez una inyección de suero a cuya picada reaccionó con una palmadita colérica, de pulsera tintinando. El enfermero sonrió: “Lisette, querida, ¡sosiégate!”

El diagnóstico: no iba a vivir, a menos que tuviese oxígeno a mano y, aun así, improbable. “No se compran monos en la calle”, me censuró él sacudiendo la cabeza, “a veces ya vienen enfermos”. No, había que comprar a la mona adecuada, saber su origen, tener por lo menos cinco años de garantía de amor, saber lo que había hecho y lo que no, como si fuera para casarse. Resolví un instante con los chicos. Y le dije al enfermero: “Usted la está queriendo mucho a Lisette. Así que si usted la deja pasar algunos días cerca del oxígeno, ni bien sane, es suya”. Pero él pensaba. “Lisette es linda” le supliqué yo. “Es hermosa”, aceptó él pensativo. Después suspiró y dijo: “Si curo a Lisette, es suya”. Nos fuimos, con la servilleta vacía.

Al día siguiente llamaron por teléfono, y les avisé a los chicos que Lisette había muerto. El más chico me preguntó: “Crees que murió con los aretes?” Yo le dije que sí. Una semana después el mayor me dijo: “¡Te pareces tanto a Lisette!” “Yo también te quiero”, contesté.

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El cuñado de Lydia Davis

 

Era tan sigiloso, tan delgado y pequeño, que apenas notaban su presencia. El cuñado. No sabían de quién era cuñado ni de dónde venía ni si llegaría a marcharse.

Aunque buscaban un hundimiento en el sofá o un desacomodo entre las toallas no podían adivinar dónde dormía por la noche. No dejaba ningún olor tras de sí.

No sangraba, no lloraba, no sudaba. Estaba seco. Hasta su orina se divorciaba de su pene y caía en el inodoro casi antes de abandonar su cuerpo, como bala expelida por una pistola.

Apenas lo veían: si entraban en una habitación él se fugaba igual que una sombra, escabulléndose por el umbral de la puerta, deslizándose por el alféizar. Todo lo que oían de él era una respiración, y aun así no podían garantizar que no se trataba de una brisa fugaz al pasar sobre la grava de afuera.

No les podía pagar. Cada semana dejaba dinero, pero cuando ellos entraban en el cuarto a su modo lento y ruidoso el dinero era sólo una niebla verde y plateada en la bandeja de la abuela, y al momento que querían tomarlo ya no estaba allí.

Pero no les costaba prácticamente nada. Ni siquiera podían decir si comía, ya que tomaba tan poco que no significaba mayor cosa para ellos que tenían un gran apetito. Salía de algún lugar en la noche con una navaja filosa en la mano blanca y de huesos finos y se arrastraba por la cocina, rasurando rodajas de carne, de nueces, de pan, hasta que le pesaba el plato delgado como papel. Llenaba su taza con leche, pero la taza era tan pequeña que no le cabían más de una o dos onzas.

Comía sin hacer ruido, con pulcritud, sin permitir que una sola gota cayera de su boca. No dejaba marca alguna en la servilleta con que se limpiaba los labios. No había mancha alguna en su plato, ni migajas en su tapete, ni rastros de leche en su taza.

Tal vez se habría quedado varios años más si un invierno no le hubiera resultado tan severo. Pero no podía tolerar el frío, así que empezó a desvanecerse. Durante largo tiempo no estuvieron seguros si aún se hallaba en la casa. No había una forma infalible de constatarlo. Pero en los primeros días de primavera asearon el cuarto de huéspedes donde con justa razón él había dormido y donde ya no era más que una especie de vapor. Lo sacudieron del colchón, lo barrieron del piso, lo limpiaron del cristal de la ventana, y nunca supieron qué habían hecho.

Traducción de Mauricio Montiel Figueiras

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Ella dice…

No hay nueva tecnología capaz de convertir en escritor a alguien que no lo es.

 Ana María Shua 

La imagen puede contener: Ana María Shua II, sonriendo, sentado

Anécdota de ana María Shua

Cuando tenía 10 años la directora de mi escuela me encerró con ella en la dirección para asegurarse de que mis versitos los escribía yo y no mis padres. ¡Cómo lo disfruté! Ella misma me dio el tema, (la calle de mi escuela) y me dijo cómo llevarlo adelante. Todo lo que tuve que hacer fue versificarlo, algo que me resultaba facilísimo. Me lucí inolvidablemente. Esta es la primera estrofa:

 

Silenciosa está la calle

Por el silencio dormida,

Por las hojas arrullada

Y por la brisa mecida.

Lydia Davis: La madre

La chica escribió un cuento. «Sería mejor si escribieras una novela», dijo su madre. La chica construyó una casa de muñecas. «Sería mucho mejor si fuera una casa de verdad», dijo la madre. La chica hizo un cojín para su padre. «¿No hubiera sido más útil un edredón?», dijo la madre. La chica excavó un pequeño hoyo en el jardín. «Sería mucho mejor si excavaras uno grande», dijo la madre. La chica excavó un gran hoyo y, dentro, se echó a dormir. «Sería mucho mejor si te durmieras para siempre», dijo la madre.

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Apenas nada sabíamos de la escritora norteamericana Lydia Davis (Northampton, Massachussets, 1947) hasta que Seix Barral publicó en el 2011 sus Cuentos completos, en versión del poeta y narrador Justo Navarro, que aparecieron en inglés en el 2009. Pero, además, Lydia Davis ha traducido a su lengua a autores tan significativos como Flaubert, Proust, Maurice Blanchot o Michel Leiris. De todas formas, donde dice cuentos completos, debería decir cuentos y microrrelatos completos, género este último en el que también es una auténtica maestra. Una autora en ambos géneros muy recomendable.

Amor chino de Henri Michaux

El amor chino no es el amor europeo.

La europea ama con transporte, y de pronto olvida al borde del mismo lecho, pensando en la gravedad, en ella misma, o en nada, o bien simplemente conquistada por la “ansiedad blanca”.

La mujer árabe se porta como una ola. La danza del vientre, hay que recordarlo, no es una simple exhibición para los ojos; no, el remolino se instala sobre uno y lo arrastra y lo deja luego como beatificado, sin saber exactamente lo que ha sucedido, ni cómo.

Y ella también empieza a soñar la Arabia se levanta entre los dos. Todo ha concluido.

Con la mujer china, nada de eso. La china es como la raíz del banian, que se encuentra en todas partes, hasta en las hojas. Así, cuando se ha introducido en el lecho, se necesitan muchos días para desasirse.

(Namur, Bélgica, 24 de mayo de 1899 – París, 18 de octubre de 1984).

Análisis de dos hay ku por Toñi Sánchez Verdejo

Suelo del patio-
Ante el arrastre de hojas
se aquieta el ave

En este haiku la palabra “suelo” la veo en cierto modo redundante, ya que en el segundo verso hay un arrastre de hojas (secas ). Y como toda la acción se desarrolla en el suelo, me falta un elemento más que me ubique.

Sugiero:

Patio (de la escuela … por ejemplo)
con el arrastre de hojas
se aquieta el ave

He cambiado también la preposición porque ese “ante” me daba un matiz de “delante de” que no me acababa de situar. Y deja el verso intermedio en 7 sílabas.

La acción se produce, según entiendo, al moverse las hojas un pájaro se queda quieto, se tranquiliza. Es una escena muy interesante.

Con su dedito apretuja
a la salamanquesa.
Brisa de abril.

Este haiku tiene muchos matices y es el que más me ha costado analizar. Es un niño o niña quien realiza la acción, o así lo sugiere el diminutivo. Y ese tinte de crueldad (ah, la inocencia sin conciencia de los niños) en ese “apretuja”. También tengo dudas sobre la salamanquesa, me imagino que está muerta porque su reacción sería huir o revolverse… me quedo pendiente de la escena. Sin embargo, toda la tensión de los dos primeros versos desaparece en el tercero.

Lógicamente, la palabra “salamanquesa” tiene 5 sílabas y nos plantea problemas de métrica. Pero los elementos: niño/apretuja/salamanquesa son los que más me interesan.

Dos opciones para resolver la ecuación:

Con su dedito
en la salamanquesa.
La apretuja.

Aquí sacrifico el tercer verso y quizás me cargo el haiku porque dejo un solo polo. Pero realmente es lo que más me interesa de la escena.

Brisa de abril.
Con su dedito apretuja
a la salamanquesa.

Aquí simplemente le he dado la vuelta. Pero es que a mí me interesa más la acción que la sensación de la brisa.

También me puedo cargar un elemento de los que me interesan: el verbo

Con su dedito
en la salamanquesa.
Brisa de abril.

Se queda más flojo pero respeta más la métrica … De todos modos, tengo una duda con la accion del verbo «apretujar». Quizás lo que hace es simplemente tocarla, apretando un poco. No sé. A ver así:

Brisa de abril.
Toca a la salamanquesa
con su dedito.

Sigo teniendo muchas dudas pero espero que su autor/a siga trabajando en esta interesante imagen.

https://paseos.net/phpbb3/viewtopic.php?f=50&t=14435&sid=f1007e51f338ca6249be2cb6f6f773f9

Imagen

Ser madre de Jorge Aguiar

NUNCA se imaginó que sería tan duro ser madre. Todas las
mañanas, ordena los juguetes desparramados de la habitación.
Luego, le lava la ropa. A media mañana, comienza a preparar la
comida favorita de su hijo. Al mediodía, lo espera en la vereda a
que vuelva del colegio. Por la tarde, organiza el resto de la casa. A
la noche, ensucia la ropa y desordena meticulosamente los
juguetes, poniéndolos exactamente donde él los había dejado la
noche del accidente

 

 

JORGE AGUIAR
(Buenos Aires, 1981)
Reside en Mendoza desde 1988. Es ingeniero en sistema,
fotógrafo y escritor. Su primera publicación fue en la antología
del taller literario ‘Con Premeditación y Contundencia’ dirigido
por Leonardo Dolengiewich en 2018. Sus microficciones han
sido publicado en las revistas: Plesiosaurio. Primera revista de ficción
peruana (Perú), La sirena varada (México), Cuentos para el andén
(España) y en las antologías de La Microbiblioteca (España) y La
mirada del cóndor II (Mendoza).

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Miguel Ángel Camargo,  Perú

Haibun

Eres tan enigmática como una tarde que parece mañana.Tan serena, que no sé si el río corre o se detiene. La señal de tus manos es distinta a la de tu abrazo. ¿tu abrazo? hace tiempo que lo olvidé. ¿cómo será?

 

¿Dormita el sol?

¿o regresa el crepúsculo

a confundirnos?

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Poesía japonesa: Muki por Maramín-Ricardo Linares

MÜKI: su creador fue Ippekiro Nakatsuka (1887-1946)

-Su estructura de principio fue 5-7-5, aunque Masaoka le dio un cambio y lo realizaba hasta de dos versos, sin respetar la métrica.
-Acepta un pequeño lirismo, como algún adjetivo, pero sin metáforas y personificaciones (Estas se intentan evitar)
-Habla de la Naturaleza, o escenas urbanas.
-Lleva Kireji (Cambio de pensamiento)
-Sin kigo (estación del año)
-Sin rima.
-No lleva título.

Ejemplo:

Débil el pino
va perdiendo la savia.
Se acorta el tiempo.

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