Tobermory Saki

Saki es el seudónimo literario de Hector Hugh Munro, cuentrista y novelista británico.
Fue publicado en 1911 en la colección Las crónicas de Clovis. 
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El cuento está narrado por una tercera persona en el cual se cuenta la historia de un gato al que un científico ha enseñado a hablar; el círculo de amigos de este científico no creen esto – en el cual se encuentra la dueña del gato – y como prueba de ello el científico los asombra poniéndolo a hablar. Así, algunos de los invitados hacen preguntas al gato, lo cual deja en evidencia algunos de los secretos entre ese círculo de amigos, pues el gato ha sido testigo de comentarios que hacen unos de otros.
Incluso, al inicio de la edición que leí de este cuento dice «Una deliciosa historia humorística donde se muestra lo peligroso que puede ser enseñar a un gato a hablar.»
En este cuento, lo que trata de reflejar el autor, es la maldad del ser humano de hacer lo que esté a su alcance por mantener sus secretos a salvo (más como una sátira de la época en la que el autor vivió), con muchísimo estilo y con una historia más bien pintoresca.

 

Era una tarde lluviosa y desapacible de fines de agosto durante esa estación indefinida en que las perdices están todavía a resguardo o en algún frigorífico y no hay nada que cazar, a no ser que uno se encuentre en algún lugar que limite al norte con el canal de Bristol. En tal caso se pueden perseguir legalmente robustos venados rojos.

Los huéspedes de lady Blemley no estaban limitados al norte por el canal de Bristol, de modo que esa tarde estaban todos reunidos en torno a la mesa del té. Y, a pesar de la monotonía de la estación y de la trivialidad del momento, no había indicio en la reunión de esa inquietud que nace del tedio y que significa temor por la pianola y deseo reprimido de sentarse a jugar bridge. La ansiosa atención de todos se concentraba en la personalidad negativamente hogareña del señor Cornelius Appin. De todos los huéspedes de lady Blemley era el que había llegado con una reputación más vaga. Alguien había dicho que era “inteligente”, y había recibido su invitación con la moderada expectativa, de parte de su anfitriona, de que por lo menos alguna porción de su inteligencia contribuyera al entretenimiento general. No había podido descubrir hasta la hora del té en qué dirección, si la había, apuntaba su inteligencia. No se destacaba por su ingenio ni por saber jugar al croquet; tampoco poseía un poder hipnótico ni sabía organizar representaciones de aficionados. Tampoco sugería su aspecto exterior esa clase de hombres a los que las mujeres están dispuestas a perdonar un grado considerable de deficiencia mental. Había quedado reducido a un simple señor Appin y el nombre de Cornelius parecía no ser sino un transparente fraude bautismal. Y ahora pretendía haber lanzado al mundo un descubrimiento frente al cual la invención de la pólvora, la imprenta y la locomotora resultaban meras bagatelas. La ciencia había dado pasos asombrosos en diversas direcciones durante las últimas décadas, pero esto parecía pertenecer al dominio del milagro más que al del descubrimiento científico.

-¿Y usted nos pide realmente que creamos -decía sir Wilfred- que ha descubierto un método para instruir a los animales en el arte del habla humana, y que nuestro querido y viejo Tobermory fue el primer discípulo con el que obtuvo un resultado feliz?

-Es un problema en el que he trabajado mucho los últimos diecisiete años -dijo el señor Appin-, pero solo durante los últimos ocho o nueve meses he sido premiado con el mayor de los éxitos. Experimenté por supuesto con miles de animales, pero últimamente solo con gatos, esas criaturas admirables que han asimilado tan maravillosamente nuestra civilización sin perder por eso todos sus altamente desarrollados instintos salvajes. De tanto en tanto se encuentra entre los gatos un intelecto superior, como sucede también entre la masa de los seres humanos, y cuando conocí hace una semana a Tobermory, me di cuenta inmediatamente de que estaba ante un “supergato” de extraordinaria inteligencia. Había llegado muy lejos por el camino del éxito en experimentos recientes; con Tobermory, como ustedes lo llaman, he llegado a la meta.

El señor Appin concluyó su notable afirmación en un tono en que se esforzaba por eliminar una inflexión de triunfo. Nadie dijo “ratas”1 aunque los labios de Clovis esbozaron una contorsión bisilábica que invocaba probablemente a esos roedores representantes del descrédito.

-¿Quiere decir -preguntó la señorita Resker, después de una breve pausa- que usted ha enseñado a Tobermory a decir y a entender oraciones simples de una sola sílaba?

-Mi querida señorita Resker -dijo pacientemente el taumaturgo-, de esa manera gradual y fragmentaria se enseña a los niños, a los salvajes y a los adultos atrasados; cuando se ha resuelto el problema de cómo empezar con un animal de inteligencia altamente desarrollada no se necesitan para nada esos métodos vacilantes. Tobermory puede hablar nuestra lengua con absoluta corrección.

Esta vez Clovis dijo claramente “requeterratas”. Sir Wilfrid fue más amable, aunque igualmente escéptico.

-¿No sería mejor traer al gato y juzgar por nuestra cuenta? -sugirió lady Blemley.

Sir Wilfrid fue en busca del animal, y todos se entregaron a la lánguida expectativa de asistir a un acto de ventriloquismo más o menos hábil.

Sir Wilfrid volvió al instante, pálido su rostro bronceado y los ojos dilatados por el asombro.

-¡Caramba, es verdad!

Su agitación era inequívocamente genuina y sus oyentes se sobresaltaron en un estremecimiento de renovado interés.

Dejándose caer en un sillón, prosiguió con voz entrecortada:

-Lo encontré dormitando en el salón de fumar, y lo llamé para que viniera a tomar el té. Parpadeó como suele hacer, y le dije: “Vamos, Toby; no nos hagas esperar”. Entonces ¡Dios mío!, articuló con lentitud, del modo más espantosamente natural, que vendría cuando le diera la real gana. Casi me caigo de espaldas.

Appin se había dirigido a un auditorio completamente incrédulo; las palabras de sir Wilfrid lograron un convencimiento instantáneo. Se elevó un coro de exclamaciones de asombro dignas de la Torre de Babel, entre las cuales el científico permanecía sentado y en silencio gozando del primer fruto de su estupendo descubrimiento.

En medio del clamor entró en el cuarto Tobermory y se abrió paso con delicadeza y estudiada indiferencia hasta donde estaba el grupo reunido en torno a la mesa del té.

Un silencio tenso e incómodo dominó a los comensales. Por algún motivo resultaba incómodo dirigirse en términos de igualdad a un gato doméstico de reconocida habilidad mental.

-¿Quieres tomar leche, Tobermory? -preguntó lady Blemley con la voz un poco tensa.

-Me da lo mismo -fue la respuesta, expresada en un tono de absoluta indiferencia. Un estremecimiento de reprimida excitación recorrió a todos, y lady Blemley merece ser disculpada por haber servido la leche con un pulso más bien inestable.

-Me temo que derramé bastante -dijo.

-Después de todo, no es mía la alfombra -replicó Tobermory.

Otra vez el silencio dominó al grupo, y entonces la señorita Resker, con sus mejores modales de asistente parroquial, le preguntó si le había resultado difícil aprender el lenguaje humano. Tobermory la miró fijo un instante y luego bajó serenamente la mirada. Era evidente que las preguntas aburridas estaban excluidas de su sistema de vida.

-¿Qué opinas de la inteligencia humana? -preguntó Mavis Pellington, en tono vacilante.

-¿De la inteligencia de quién en particular? -preguntó fríamente Tobermory.

-¡Oh, bueno!, de la mía, por ejemplo -dijo Mavis tratando de reír.

-Me pone usted en una situación difícil -dijo Tobermory, cuyo tono y actitud no sugerían por cierto el menor embarazo-. Cuando se propuso incluirla entre los huéspedes, sir Wilfrid protestó alegando que era usted la mujer más tonta que conocía, y que había una gran diferencia entre la hospitalidad y el cuidado de los débiles mentales. Lady Bremley replicó que su falta de capacidad mental era precisamente la cualidad que le había ganado la invitación, puesto que no conocía ninguna persona tan estúpida como para que le comprara su viejo automóvil. Ya sabe cuál, el que llaman “la envidia de Sísifo”, porque si lo empujan va cuesta arriba con suma facilidad.

Las protestas de lady Blemley habrían tenido mayor efecto si aquella misma mañana no hubiera sugerido casualmente a Mavis que ese auto era justo lo que ella necesitaba para su casa de Devonshire.

El mayor Barfield se precipitó a cambiar de tema.

-¿Y qué hay de tus andanzas con la gatita de color carey, allá en los establos?

No bien lo dijo, todos advirtieron que la pregunta era una burrada.

-Por lo general no se habla de esas cosas en público -respondió fríamente Tobermory-. Por lo que pude observar de su conducta desde que llegó a esta casa, imagino que le parecería inconveniente que yo desviara la conversación hacia sus pequeños asuntos.

No solo al mayor dominó el pánico que siguió a estas palabras.

-¿Quieres ir a ver si la cocinera ya tiene lista tu comida? -sugirió apresuradamente lady Blemley, fingiendo ignorar que faltaban por lo menos dos horas para la comida de Tobermory.

-Gracias -dijo Tobermory-, acabo de tomar el té. No quiero morir de indigestión.

-Los gatos tienen siete vidas, sabes -dijo sir Wilfrid con ánimo cordial.

-Posiblemente -replicó Tobermory-, pero un solo hígado.

-¡Adelaida! -exclamó la señora Cornett-, ¿vas a permitir que este gato salga a hablar de nosotros con los sirvientes?

El pánico en verdad se había vuelto general. Se recordó con espanto que una balaustrada ornamental recorría la mayor de las ventanas de los dormitorios de las torres, y que era el paseo favorito de Tobermory a todas horas. Desde allí podía vigilar a las palomas y… sabe Dios qué más. Si su intención era extenderse en reminiscencias, con su actual tendencia a la franqueza el efecto sería más que desconcertante. La señora Cornett, que pasaba mucho tiempo frente a su mesa de tocador y cuyo cutis tenía fama de poseer una naturaleza nómada aunque puntual, se mostraba tan incómoda como el mayor.

La señorita Scrawen, que escribía poemas de una sensualidad feroz y llevaba una vida intachable, solo manifestó irritación; si uno es metódico y virtuoso en su vida privada, no quiere necesariamente que todos se enteren. Bertie van Tahn, tan depravado a los diecisiete años que hacía ya mucho que había abandonado su intento de ser todavía peor, se puso de un color blanco apagado como de gardenia, pero no cometió el error de precipitarse fuera de la habitación como Odo Finsberry, un joven que parecía seguir la carrera eclesiástica y a quien posiblemente perturbaba la idea de enterarse de los escándalos de otras personas. Clovis tuvo la presencia de ánimo de guardar una apariencia de serenidad. Interiormente se preguntaba cuánto tiempo tardaría en procurarse una caja de ratones selectos por medio de Exchanges and Mart, y utilizarlos como soborno.

Aun en una situación delicada como aquella, Agnes Resker no podía resignarse a quedar relegada por mucho tiempo.

-¿Por qué habré venido aquí? -preguntó en un tono dramático.

Tobermory aceptó inmediatamente la apertura.

-A juzgar por lo que dijo ayer la señora Cornett mientras jugaban al croquet, fue por la comida. Describió a los Blemleys como las personas más aburridas que conocía, pero admitió que eran lo bastante inteligentes como para tener un cocinero de primer orden; de otro modo les resultaría difícil encontrar a quien quisiera volver por segunda vez a su casa.

-¡Ni una palabra de lo que dice es verdad! ¡Pregunten a la señora Cornett! -exclamó Agnes, confusa.

-La señora Cornett repitió después su observación a Bertie van Tahn -prosiguió Tobermory- y dijo: “Esa mujer está entre los desocupados que integran la Marcha del Hambre; iría a cualquier parte con tal de obtener cuatro comidas por día”, y Bertie van Tahn dijo…

En ese instante, misericordiosamente, la crónica se interrumpió. Tobermory había divisado a Tom, el gran gato amarillo de la rectoría, que avanzaba a través de los arbustos en dirección del establo. Tobermory salió disparado por la ventana abierta.

Con la desaparición de su por demás alumno brillante, Cornelius Appin se encontró envuelto en un huracán de amargos reproches, preguntas ansiosas y temerosos ruegos. En él recaía la responsabilidad de la situación, y era él quien debía impedir que las cosas empeoraran aun más. ¿Podía Tobermory impartir su peligroso don a otros gatos? Era la primera pregunta que tuvo que contestar. Era posible, dijo, que hubiera iniciado a su amiga íntima, la gatita de los establos, en sus nuevos conocimientos, pero era poco probable que sus enseñanzas abarcaran por el momento un margen más amplio.

-Siendo así -dijo la señora Cornett- acepto que Tobermory sea un gato valioso y una mascota adorable; pero seguramente convendrá conmigo, Adelaida, que tanto él como la gata de los establos deben desaparecer sin demora.

-No supondrá que este último cuarto de hora me haya sido placentero -dijo amargamente lady Blemley-. Mi marido y yo queremos mucho a Tobermory… por lo menos, lo queríamos hasta que le fueron impartidos esos horribles conocimientos; pero ahora, por supuesto, lo que hay que hacer es eliminarlo tan pronto como sea posible.

-Podemos poner estricnina en los restos que recibe a la hora de la comida -dijo sir Wilfrid-, y a la gata del establo la ahogaré yo mismo. El cochero lamentará mucho perder a su mascota, pero diremos que los dos gatos padecían un tipo de sarna muy contagiosa y que temíamos que se extendiera a los perros.

-Pero, ¡mi gran descubrimiento! -protestó el señor Appin-; después de tantos años de investigaciones y experimentos…

Un arcángel que proclamara en éxtasis el milenio y descubriera que coincide imperdonablemente con las regatas de Henley y tuviera que ser postergado por tiempo indefinido, no se hubiera sentido tan deprimido como Cornelius Appin ante la acogida que se dispensó a su magnífica hazaña. Tenía en contra, sin embargo, la opinión pública, que si hubiera sido consultada al respecto es probable que una cuantiosa minoría hubiera votado por incluirlo en la dieta de estricnina.

Horarios defectuosos de trenes y un nervioso deseo de ver las cosa consumadas impidieron una dispersión inmediata de los huéspedes, pero la comida de aquella noche no fue por cierto un éxito social. Sir Wilfrid pasó momentos difíciles con la gata del establo y después con el cochero. Agnes Resker se limitó ostentosamente a comer un trozo de tostada reseca, que mordía como si se tratara de un enemigo personal, mientras que Mavis Pellington guardó un silencio vengativo durante toda la comida. Lady Blemley hablaba incesantemente haciéndose la ilusión de que estaba conversando, pero su atención se concentraba en el umbral. Un plato lleno de trozos de pescado cuidadosamente dosificados estaba listo en el aparador, pero pasaron los dulces y los postres sin que Tobermory apareciera en el comedor o en la cocina.

La sepulcral comida resultó alegre comparada con la siguiente vigilia en el salón de fumar. El hecho de comer y beber había procurado al menos una distracción al malestar general. El bridge quedó eliminado, debido a la tensión nerviosa y a la irritación de los ánimos, y después que Odo Finsberry ofreció una lúgubre versión de Melisande en el bosque ante un auditorio glacial, la música fue por tácito acuerdo evitada. A las once los sirvientes se fueron a dormir, después de anunciar que la ventanita de la despensa había quedado abierta como de costumbre para el uso privado de Tobermory. Los huéspedes se dedicaron a leer las revistas más recientes, hasta que paulatinamente tuvieron que echar mano de la Biblioteca Badminton y de los volúmenes encuadernados de Punch. Lady Blemley hacía visitas periódicas a la despensa y volvía cada vez con una expresión de abatimiento que hacía superfluas las preguntas acumuladas.

A las dos Clovis quebró el silencio imperante.

-No aparecerá esta noche. Probablemente está en las oficinas del diario local dictando la primera parte de sus memorias, que excluirán a las de lady Cómo se Llama. Será el acontecimiento del día.

Habiendo contribuido de esta manera a la animación general, Clovis se fue a acostar. Tras prolongados intervalos, los diversos integrantes de la reunión siguieron su ejemplo.

Los sirvientes, al llevar el té de la mañana, formularon una declaración unánime en respuesta a una pregunta unánime: Tobermory no había regresado.

El desayuno resultó, si cabe, una función más desagradable que la comida, pero antes que llegara a su término la situación se despejó. De entre los arbustos, donde un jardinero acababa de encontrarlo, trajeron el cadáver de Tobermory. Por las mordeduras que tenía en el cuello y la piel amarilla que le había quedado entre las uñas, era evidente que había resultado vencido en un combate desigual con el gato grande de la rectoría.

Hacia mediodía la mayoría de los huéspedes había abandonado las torres, y después del almuerzo lady Blemley se había recuperado lo suficiente como para escribir una carta sumamente antipática a la rectoría acerca de la pérdida de su preciada mascota.

Tobermory había sido el único alumno aventajado de Appin, y estaba destinado a no tener sucesor. Algunas semanas más tarde, en el jardín zoológico de Dresde, un elefante que no había mostrado hasta entonces signos de irritabilidad, se escapó de la jaula y mató a un inglés que, aparentemente, había estado molestándolo. En las crónicas de los periódicos el apellido de la víctima aparecía indistintamente como Oppin y Eppelin, pero su nombre de pila fue invariablemente Cornelius.

-Si le estaba enseñando los verbos irregulares al pobre animal -dijo Clovis-, se lo tenía merecido.

Fin

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La pagina en blanco… ¿Le ha pasado? que dice GABO

Durante mucho tiempo me aterró la página en blanco. La veía y vomitaba. Pero un día leí lo mejor que se escribió sobre ese síndrome. Su autor fue Hemingway. Dice que hay que empezar, y escribir, y escribir, hasta que de pronto uno siente que las cosas salen solas, como si alguien te las dictara al oído, o como si el que las escribe fuera otro. Tiene razón: es un momento sublime.

Las veces que me ha pasado he intentado algunas cosas:

  • Me pongo a leer, pero me voy a la mitología y trato de darle vuelta a una historia y escribirla a mi manera; tal vez no logre un gran texto, pero puedo romper el hechizo.
  • La poesía japonesa también la utilizo, mirar el paisaje me hace volar y escribir un sencillo haykú.
  • Y cuando la mente se pone chata, me pongo a describir un paisaje, o lo que me venga a la cabeza.
  • Así que si te visitan las musas es mejor que te encuentres trabajando

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La treceava mujer de Lydia Davis

 

En un pueblo de doce mujeres había una treceava. Nadie admitía que vivía allí, no le llegaba correspondencia, nadie hablaba de ella, nadie preguntaba por ella, nadie le vendía pan, nadie le compraba nada, nadie le devolvía la mirada, nadie llamaba a su puerta; la lluvia no la mojaba, el sol nunca la bañaba, el día nunca despuntaba sobre ella, la noche nunca se desplomaba para ella; para ella las semanas no pasaban, los años no transcurrían; su casa no tenía número, su jardín lucía descuidado, por su camino nadie transitaba, en su cama nadie dormía, nadie ingería su comida, nadie vestía su ropa; y a pesar de todo ella continuaba viviendo en el pueblo sin resentir lo que este le hacía.

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Lo que no se puede decir de Jorge Aguiar

Lo que no se puede decir
ERA una pareja muy unida. Tal vez porque se conocían desde el
jardín de infantes, tal vez porque él estuvo a su lado cuando murió
el padre de ella, tal vez porque tuvieron un hijo cuando todavía
no estaban preparados para eso, tal vez porque lo perdieron a los
pocos días de haber nacido mientras él estaba en un viaje de
negocios, o tal vez, y esto es lo más probable, por el cambio de
actitud que produjo esta situación en ella. Se volvió una persona
que no expresaba sus sentimientos de forma directa, pero los
escribía y los dejaba en algún sitio para que él los encontrase. Así
ocultaba los te quiero, los halagos, los reproches, las confesiones,
las dedicatorias, las disculpas por diferentes lugares, como en
bolsillos, dentro de las tazas, detrás de los cuadros, en cajas de
zapatos, bordados en la cortina, debajo de una silla, dentro de un
almohadón, en alguna hoja de algún libro. En cualquier lugar, él
se podía topar con un sentimiento de ella. A veces encontraba el
mensaje el mismo día que ella lo escribía, otras veces semanas o
meses después; pero la mayoría demoraba años. Tal es así que
cuando ella murió, él siguió hallando mensajes por mucho tiempo
más. El último mensaje que encontró fue una confesión, escrita
en el interior de una guitarra, cuando accidentalmente, cayó al
piso y se rompió en pedazos. Ese día puso en venta la casa y salió
a la búsqueda de su hijo.

Millet pintura

Monos de Clarise Lispector

La primera vez que tuvimos en casa un mico fue cerca de Año Nuevo. Estábamos sin agua y sin empleada, se hacía cola para la carne, el calor había reventado —y fue cuando, muda de perplejidad, vi el regalo entrando a casa, ya comiendo banana, ya examinando todo con gran rapidez y un largo rabo. Parecía más un gran mono todavía no crecido, sus potencialidades eran tremendas. Subía por la ropa colgada en la cuerda, desde donde daba gritos de marinero, y tiraba cáscaras de banana adonde cayeran. Y yo exhausta. Cuando me olvidaba y entraba distraída a la dependencia, el gran sobresalto: aquel hombre alegre allí. Mi hijo menor sabía, antes de que yo lo supiera, que me desharía del gorila: “Y si te prometiera que un día el mono se va a enfermar y a morir, dejarías que se quedara? Y si supieras que de cualquier manera él un día se va a caer de la ventana y a morir allá abajo?” Mis sentimientos desviaban la mirada. La inconsciencia feliz e inmunda del granmonopequeño me hacía responsable de su destino, ya que él mismo no aceptaba culpas. Una amiga entendió de qué amargura estaba hecha mi aceptación, de qué crímenes se alimentaba mi aire soñador, y rudamente me salvó: niños del morro aparecieron en una algarabía feliz, se llevaron al hombre que reía, y en el desvitalizado Año Nuevo a mí por lo menos me regalaron una casa sin mono.

Un año después, acababa de tener una alegría, cuando allí en Copacabana vi el agrupamiento. Un hombre vendía monitos. Pensé en los chicos, en las alegrías que me daban gratis, sin nada que ver con las preocupaciones que también gratis me daban, imaginé una cadena de alegrías: “Quien reciba esta, que se la pase a otro”, y otro a otro, como el bramido en un rastro de pólvora. Y ahí mismo compré a la que se llamaría Lisette.

Casi no cabía en una mano. Tenía falda, aretes, collar y pulsera de baiana. Y un aire de inmigrante que aún desembarca con el traje típico de su tierra. De inmigrante también eran los ojos redondos.

En cuanto a esta, era mujer en miniatura. Tres días estuvo con nosotros. Era de tal delicadeza de huesos. De tal extrema dulzura. Más que los ojos, la mirada era redondeada. Cada movimiento, y los aretes se estremecían; la falda siempre arreglada, el collar rojo brillante. Dormía mucho, pero para comer era sobria y cansada. Sus raras caricias eran solo mordidas leves que no dejaban marca. En el tercer día estábamos en la dependencia admirando a Lisette y el modo en que ella era nuestra. “Un poco demasiado suave”, pensé extrañando a mi gorila. Y de repente mi corazón fue respondiendo con mucha dureza: “Pero eso no es dulzura. Esto es muerte”. La sequedad de la comunicación me dejó quieta. Después les dije a los chicos: “Lisette se está muriendo”. Mirándola, noté entonces hasta qué punto de amor ya habíamos llegado. Envolví a Lisette en una servilleta, fui con los chicos hasta la primera guardia, donde el médico no podía atendernos porque operaba de urgencia a un perro. Otro taxi —Lisette cree que está paseando, mamá otro hospital. Allá le dieron oxígeno.

Y con un soplo de vida, súbitamente se reveló una Lisette que desconocíamos. Con ojos mucho menos redondos, más secretos, más a las risas y en la cara prognata y ordinaria una cierta altivez irónica; un poco más de oxígeno, y le dieron unas ganas de hablar que ella mal aguantaba ser mona; lo era, y mucho tendría para contar. En seguida, sin embargo, sucumbía de nuevo, exhausta.

Más oxígeno y esta vez una inyección de suero a cuya picada reaccionó con una palmadita colérica, de pulsera tintinando. El enfermero sonrió: “Lisette, querida, ¡sosiégate!”

El diagnóstico: no iba a vivir, a menos que tuviese oxígeno a mano y, aun así, improbable. “No se compran monos en la calle”, me censuró él sacudiendo la cabeza, “a veces ya vienen enfermos”. No, había que comprar a la mona adecuada, saber su origen, tener por lo menos cinco años de garantía de amor, saber lo que había hecho y lo que no, como si fuera para casarse. Resolví un instante con los chicos. Y le dije al enfermero: “Usted la está queriendo mucho a Lisette. Así que si usted la deja pasar algunos días cerca del oxígeno, ni bien sane, es suya”. Pero él pensaba. “Lisette es linda” le supliqué yo. “Es hermosa”, aceptó él pensativo. Después suspiró y dijo: “Si curo a Lisette, es suya”. Nos fuimos, con la servilleta vacía.

Al día siguiente llamaron por teléfono, y les avisé a los chicos que Lisette había muerto. El más chico me preguntó: “Crees que murió con los aretes?” Yo le dije que sí. Una semana después el mayor me dijo: “¡Te pareces tanto a Lisette!” “Yo también te quiero”, contesté.

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https://malsalvaje.com/2020/01/05/monos-un-cuento-de-clarice-lispector/

El cuñado de Lydia Davis

 

Era tan sigiloso, tan delgado y pequeño, que apenas notaban su presencia. El cuñado. No sabían de quién era cuñado ni de dónde venía ni si llegaría a marcharse.

Aunque buscaban un hundimiento en el sofá o un desacomodo entre las toallas no podían adivinar dónde dormía por la noche. No dejaba ningún olor tras de sí.

No sangraba, no lloraba, no sudaba. Estaba seco. Hasta su orina se divorciaba de su pene y caía en el inodoro casi antes de abandonar su cuerpo, como bala expelida por una pistola.

Apenas lo veían: si entraban en una habitación él se fugaba igual que una sombra, escabulléndose por el umbral de la puerta, deslizándose por el alféizar. Todo lo que oían de él era una respiración, y aun así no podían garantizar que no se trataba de una brisa fugaz al pasar sobre la grava de afuera.

No les podía pagar. Cada semana dejaba dinero, pero cuando ellos entraban en el cuarto a su modo lento y ruidoso el dinero era sólo una niebla verde y plateada en la bandeja de la abuela, y al momento que querían tomarlo ya no estaba allí.

Pero no les costaba prácticamente nada. Ni siquiera podían decir si comía, ya que tomaba tan poco que no significaba mayor cosa para ellos que tenían un gran apetito. Salía de algún lugar en la noche con una navaja filosa en la mano blanca y de huesos finos y se arrastraba por la cocina, rasurando rodajas de carne, de nueces, de pan, hasta que le pesaba el plato delgado como papel. Llenaba su taza con leche, pero la taza era tan pequeña que no le cabían más de una o dos onzas.

Comía sin hacer ruido, con pulcritud, sin permitir que una sola gota cayera de su boca. No dejaba marca alguna en la servilleta con que se limpiaba los labios. No había mancha alguna en su plato, ni migajas en su tapete, ni rastros de leche en su taza.

Tal vez se habría quedado varios años más si un invierno no le hubiera resultado tan severo. Pero no podía tolerar el frío, así que empezó a desvanecerse. Durante largo tiempo no estuvieron seguros si aún se hallaba en la casa. No había una forma infalible de constatarlo. Pero en los primeros días de primavera asearon el cuarto de huéspedes donde con justa razón él había dormido y donde ya no era más que una especie de vapor. Lo sacudieron del colchón, lo barrieron del piso, lo limpiaron del cristal de la ventana, y nunca supieron qué habían hecho.

Traducción de Mauricio Montiel Figueiras

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Ella dice…

No hay nueva tecnología capaz de convertir en escritor a alguien que no lo es.

 Ana María Shua 

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Anécdota de ana María Shua

Cuando tenía 10 años la directora de mi escuela me encerró con ella en la dirección para asegurarse de que mis versitos los escribía yo y no mis padres. ¡Cómo lo disfruté! Ella misma me dio el tema, (la calle de mi escuela) y me dijo cómo llevarlo adelante. Todo lo que tuve que hacer fue versificarlo, algo que me resultaba facilísimo. Me lucí inolvidablemente. Esta es la primera estrofa:

 

Silenciosa está la calle

Por el silencio dormida,

Por las hojas arrullada

Y por la brisa mecida.

Lydia Davis: La madre

La chica escribió un cuento. «Sería mejor si escribieras una novela», dijo su madre. La chica construyó una casa de muñecas. «Sería mucho mejor si fuera una casa de verdad», dijo la madre. La chica hizo un cojín para su padre. «¿No hubiera sido más útil un edredón?», dijo la madre. La chica excavó un pequeño hoyo en el jardín. «Sería mucho mejor si excavaras uno grande», dijo la madre. La chica excavó un gran hoyo y, dentro, se echó a dormir. «Sería mucho mejor si te durmieras para siempre», dijo la madre.

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Apenas nada sabíamos de la escritora norteamericana Lydia Davis (Northampton, Massachussets, 1947) hasta que Seix Barral publicó en el 2011 sus Cuentos completos, en versión del poeta y narrador Justo Navarro, que aparecieron en inglés en el 2009. Pero, además, Lydia Davis ha traducido a su lengua a autores tan significativos como Flaubert, Proust, Maurice Blanchot o Michel Leiris. De todas formas, donde dice cuentos completos, debería decir cuentos y microrrelatos completos, género este último en el que también es una auténtica maestra. Una autora en ambos géneros muy recomendable.

Amor chino de Henri Michaux

El amor chino no es el amor europeo.

La europea ama con transporte, y de pronto olvida al borde del mismo lecho, pensando en la gravedad, en ella misma, o en nada, o bien simplemente conquistada por la “ansiedad blanca”.

La mujer árabe se porta como una ola. La danza del vientre, hay que recordarlo, no es una simple exhibición para los ojos; no, el remolino se instala sobre uno y lo arrastra y lo deja luego como beatificado, sin saber exactamente lo que ha sucedido, ni cómo.

Y ella también empieza a soñar la Arabia se levanta entre los dos. Todo ha concluido.

Con la mujer china, nada de eso. La china es como la raíz del banian, que se encuentra en todas partes, hasta en las hojas. Así, cuando se ha introducido en el lecho, se necesitan muchos días para desasirse.

(Namur, Bélgica, 24 de mayo de 1899 – París, 18 de octubre de 1984).

Análisis de dos hay ku por Toñi Sánchez Verdejo

Suelo del patio-
Ante el arrastre de hojas
se aquieta el ave

En este haiku la palabra “suelo” la veo en cierto modo redundante, ya que en el segundo verso hay un arrastre de hojas (secas ). Y como toda la acción se desarrolla en el suelo, me falta un elemento más que me ubique.

Sugiero:

Patio (de la escuela … por ejemplo)
con el arrastre de hojas
se aquieta el ave

He cambiado también la preposición porque ese “ante” me daba un matiz de “delante de” que no me acababa de situar. Y deja el verso intermedio en 7 sílabas.

La acción se produce, según entiendo, al moverse las hojas un pájaro se queda quieto, se tranquiliza. Es una escena muy interesante.

Con su dedito apretuja
a la salamanquesa.
Brisa de abril.

Este haiku tiene muchos matices y es el que más me ha costado analizar. Es un niño o niña quien realiza la acción, o así lo sugiere el diminutivo. Y ese tinte de crueldad (ah, la inocencia sin conciencia de los niños) en ese “apretuja”. También tengo dudas sobre la salamanquesa, me imagino que está muerta porque su reacción sería huir o revolverse… me quedo pendiente de la escena. Sin embargo, toda la tensión de los dos primeros versos desaparece en el tercero.

Lógicamente, la palabra “salamanquesa” tiene 5 sílabas y nos plantea problemas de métrica. Pero los elementos: niño/apretuja/salamanquesa son los que más me interesan.

Dos opciones para resolver la ecuación:

Con su dedito
en la salamanquesa.
La apretuja.

Aquí sacrifico el tercer verso y quizás me cargo el haiku porque dejo un solo polo. Pero realmente es lo que más me interesa de la escena.

Brisa de abril.
Con su dedito apretuja
a la salamanquesa.

Aquí simplemente le he dado la vuelta. Pero es que a mí me interesa más la acción que la sensación de la brisa.

También me puedo cargar un elemento de los que me interesan: el verbo

Con su dedito
en la salamanquesa.
Brisa de abril.

Se queda más flojo pero respeta más la métrica … De todos modos, tengo una duda con la accion del verbo «apretujar». Quizás lo que hace es simplemente tocarla, apretando un poco. No sé. A ver así:

Brisa de abril.
Toca a la salamanquesa
con su dedito.

Sigo teniendo muchas dudas pero espero que su autor/a siga trabajando en esta interesante imagen.

https://paseos.net/phpbb3/viewtopic.php?f=50&t=14435&sid=f1007e51f338ca6249be2cb6f6f773f9

Imagen

Ser madre de Jorge Aguiar

NUNCA se imaginó que sería tan duro ser madre. Todas las
mañanas, ordena los juguetes desparramados de la habitación.
Luego, le lava la ropa. A media mañana, comienza a preparar la
comida favorita de su hijo. Al mediodía, lo espera en la vereda a
que vuelva del colegio. Por la tarde, organiza el resto de la casa. A
la noche, ensucia la ropa y desordena meticulosamente los
juguetes, poniéndolos exactamente donde él los había dejado la
noche del accidente

 

 

JORGE AGUIAR
(Buenos Aires, 1981)
Reside en Mendoza desde 1988. Es ingeniero en sistema,
fotógrafo y escritor. Su primera publicación fue en la antología
del taller literario ‘Con Premeditación y Contundencia’ dirigido
por Leonardo Dolengiewich en 2018. Sus microficciones han
sido publicado en las revistas: Plesiosaurio. Primera revista de ficción
peruana (Perú), La sirena varada (México), Cuentos para el andén
(España) y en las antologías de La Microbiblioteca (España) y La
mirada del cóndor II (Mendoza).

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Miguel Ángel Camargo,  Perú