La Sunamita

Y buscaron una moza hermosa por todo el término de Israel, y hallaron a Abisag Sunamita, y trajéron la al rey.
Y la moza era hermosa, la cual calentaba al rey, y le servía: mas el rey nunca la conoció.
Reyes I, 3-4

Aquél fue un verano abrasador. El último de mi juventud.
Tensa, concentrada en el desafío que precede a la combustión, la ciudad ardía en una sola llama reseca y deslumbrante. En el centro de la llama estaba yo, vestida de negro, orgullosa, alimentando el fuego con mis cabellos rubios, sola. Las miradas de los hombres resbalaban por mi cuerpo sin mancharlo y mi altivo recato obligaba al saludo deferente. Estaba segura de tener el poder de domeñar las pasiones, de purificarlo todo en el aire encendido que me cercaba y no me consumía.
Nada cambió cuando recibí el telegrama; la tristeza que me trajo no afectaba en absoluto la manera de sentirme en el mundo: mi tío Apolonio se moría a los setenta y tantos años de edad; quería verme por última vez puesto que yo había vivido en su casa como una hija durante mucho tiempo, y yo sentía un sincero dolor ante aquella muerte inevitable. Todo eso era perfectamente normal, y ningún estremecimiento, ningún augurio me hizo sospechar nada. Hice los rápidos preparativos para el viaje en aquel mismo centro intocable en que me envolvía el verano estático.
Llegué al pueblo a la hora de la siesta.
Caminando por las calles solitarias con mi pequeño veliz en la mano, fui cayendo en el entresueño privado de la realidad y de tiempo que da el calor excesivo. No, no recordaba, vivía a medias, como entonces. “Mira, Licha, están floreciendo las amapas.” La voz clara, casi infantil. “Para el dieciséis quiero que te hagas un vestido como el de Margarita Ibarra.” La oía, la sentía caminar a mi lado, un poco encorvada, ligera a pesar de su gordura, alegre y vieja; yo seguía adelante con los ojos entrecerrados, atesorando mi vaga, tierna angustia, dulcemente sometida a la compañía de mi tía Panchita, la hermana de mi madre. –“Bueno, hija, si Pepe no te gusta… pero no es un mal muchacho.” –Sí, había dicho eso justamente aquí, frente a la ventana de la Tichi Valenzuela, con aquel gozo suyo, inocente y maligno. Caminé un poco más, nublados ya los ladrillos de la acera, y cuando las campanadas resonaron pesadas y reales, dando por terminada la siesta y llamando al rosario, abrí los ojos y miré verdaderamente el pueblo: era otro, las amapas no habían florecido y yo estaba llorando, con mi vestido de luto, delante de la casa de mi tío.
El zagúan se encontraba abierto, como siempre, y en el fondo del patio estaba la bugambilia. Como siempre. Pero no igual. Me sequé las lágrimas y no sentí que llegaba, sino que me despedía. Las cosas aparecían inmóviles, como en el recuerdo, y el calor y el silencio lo marchitaban todo. Mis pasos resonaron desconocidos, y María salió a mi encuentro.
– ¿Por qué no avisaste? Hubiéramos mandado…
Fuimos directamente a la habitación del enfermo. Al entrar casi sentí frío. El silencio y la penumbra precedían a la muerte…
– Luisa, ¿eres tú?
Aquella voz cariñosa se iba haciendo queda y pronto enmudecería del todo.
– Aquí estoy, tío.
– Bendito sea Dios, ya no me moriré solo.
– No diga eso, pronto se va aliviar.
Sonrío tristemente; sabía que le estaba mintiendo, pero no quería hacerme llorar.
– Sí, hija, sí. Ahora descansa, toma posesión de la casa y luego ven a acompañarme. Voy a tratar de dormir un poco.
Más pequeño que antes, enjuto, sin dientes, perdido en la cama enorme y sobrenadando sin sentido en lo poco que le quedaba de vida, atormentaba como algo superfluo, fuera de lugar, igual que tantos moribundos. Esto se hacía evidente al salir al corredor caldeado y respirar hondamente, por instinto, la luz y el aire.
Comencé a cuidarlo y a sentirme contenta de hacerlo. La casa era mi casa y muchas mañanas al arreglarla tarareaba olvidadas canciones. La calma que me rodeaba venía tal vez de que mi tío ya no esperaba la muerte como una cosa inminente y terrible, sino que se abandonaba a los días, a un futuro más o menos corto o largo, con una dulzura inconsciente de niño. Repasaba con gusto su vida y se complacía en la ilusión de dejar en mí sus imágenes, como hacen los abuelos con sus nietos.
– Tráeme el cofrecito ese que hay en el ropero grande. Sí, ése. La llave está debajo de la
carpeta, junto a San Antonio, tráela también.
Y revivían sus ojos hundidos a la vista de sus tesoros.
– Mira, este collar se lo regalé a tu tía cuando cumplimos diez años de casados, lo compré
en Mazatlán a un joyero polaco que me contó no sé qué cuentos de princesas austriacas y me lo vendió bien caro. Lo traje escondido en la funda de mi pistola y no dormí un minuto en la diligencia por miedo a que me lo robaran….
La luz del sol poniente hizo centellar las piedras jóvenes y vivas en sus manos esclerosadas.
– … ese anillo de montura tan antigua era de mi madre, fíjate bien en la miniatura que hay
en la sala y verás que lo tiene puesto. La prima Begoña murmuraba a sus espaldas que un novio…
Volvían a hablar, a respirar aquellas señoras de los retratos a quienes él había visto, tocado. Yo
las imaginaba, y me parecía entender el sentido de las alhajas de familia.
– ¿Te he contado de cuando fuimos a Europa en 1908, antes de la Revolución? Había que ir
en barco a Colima… y en Venecia tu tía Panchita se encaprichó con estos aretes. Eran demasiado caros y se lo dije: “Son para una reina”… Al día siguiente se los compré. Tú no te lo puedes imaginar porque cuando naciste ya hacía mucho de esto, pero entonces, en 1908, cuando estuvimos en Venecia, tu tía era tan joven, tan…
– Tío, se fatiga demasiado, descanse.
– Tienes razón, estoy cansado. Déjame solo un rato y llévate el cofre a tu cuarto, es tuyo.
– Pero tío…
– Todo es tuyo ¡y se acabó!… Regalo lo que me da la gana.
Su voz se quebró en un sollozo terrible: la ilusión se desvanecía, y se encontraba de nuevo a
punto de morir, en el momento de despedirse de sus cosas más queridas. Se dio vuelta en la cama y me dejó con la caja en las manos sin saber qué hacer.
Otras veces me hablaba del “año del hambre”, del “año del maíz amarillo”, de la peste, y me
contaba historias muy antiguas de asesinos y aparecidos. Alguna vez hasta canturreó un corrido de su juventud que se hizo pedazos en su voz cascada. Pero me iba heredando su vida, estaba contento.
El médico decía que sí, que veía una mejoría, pero que no había que hacerse ilusiones, no
tenía remedio, todo era cuestión de días más o menos.
Una tarde oscurecida por nubarrones amenazantes, cuando estaba recogiendo la ropa tendida en el patio, oí el grito de María. Me quedé quieta, escuchando aquel grito como un trueno, el primero de la tormenta. Después el silencio, y yo sola en el patio, inmóvil. Una abeja pasó zumbando y la lluvia no se desencadenó. Nadie sabe como yo lo terribles que son los presagios que se quedan suspensos sobre una cabeza vuelta al cielo.
– Lichita, ¡se muere!, ¡está boqueando!
– Vete a buscar al médico…. ¡No! Iré yo… llama a doña Clara para que te acompañe mientras vuelvo.
– Y el padre… Tráete al padre.
Salí corriendo, huyendo de aquel momento insoportable, de aquella inminencia sorda y
asfixiante. Fui, vine, regresé a la casa, serví café, recibí a los parientes que empezaron a llegar ya medio vestidos de luto, encargué velas, pedí reliquias, continué huyendo enloquecida para no cumplir con el único deber que en ese momento tenía: estar junto a mi tío. Interrogué al médico: le había puesto una inyección por no dejar, todo era inútil ya. Vi llegar al señor cura con el Viático, pero ni entonces tuve fuerzas para entrar. Sabía que después tendría remordimientos –Bendito sea Dios, ya no me moriré solo- pero no podía. Me tapé la cara con las manos y empecé a rezar.
– Te llama. Entra.
No sé como llegué hasta el umbral. Era ya de noche y la habitación iluminada por una lámpara
veladora parecía enorme. Los muebles, agigantados, sombríos, y un aire extraño estancado en torno a la cama. La piel se me erizó, por los poros respiraba el horror a todo aquello, a la muerte.
– Acércate –dijo el sacerdote.
Obedecí yendo hasta los pies de la cama, sin atreverme a mirar ni las sábanas.
– Es la voluntad de tu tío, si no tienes algo que oponer, casarse contigo in articulo mortis,
con la intención de que heredes sus bienes, ¿Aceptas?
Ahogué un grito de terror. Abrí los ojos como para abarcar todo el espanto que aquel cuarto encerraba. “¿Por qué me quiere arrastrar a la tumba?”…Sentí que la muerte rozaba mi propia carne.
– Luisa…
Era don Apolonio. Tuve que mirarlo: casi no podía articular las sílabas, tenía la quijada caída y
hablaba moviéndola como un muñeco de ventrílocuo.
– … por favor.
Y calló. Extenuado.
No podía más. Salí de la habitación. Aquél no era mi tío, no se le parecía… heredarme, sí, pero
no los bienes solamente, las historias, la vida… Yo no quería nada, su vida, su muerte. No quería. Cuando abrí los ojos estaba en el patio y el cielo seguía encapotado. Respiré profundamente, dolorosamente.
– ¿Ya?… –Se acercaron a preguntarme los parientes, al verme tan descompuesta.
Yo moví la cabeza, negando. A mi espalda habló el sacerdote.
– Don Apolonio quiere casarse con ella en el último momento para heredarla.
– ¿Y tú no quieres? –preguntó ansiosamente la vieja criada-. No seas tonta, sólo tú te lo
mereces. Fuiste una hija para ellos y te has matado cuidándolo. Si no te casas, los sobrinos de México no te van a dar nada. ¡No seas tonta!
– Es una delicadeza de su parte.
– Y luego te quedas viuda y rica y tan virgen como ahora –rio nerviosamente una prima jovencilla y pizpireta.
– La fortuna es considerable, y yo, como tío lejano tuyo, te aconsejaría que…
– Pensándolo bien, el no aceptar es una falta de caridad y de humildad.
“Eso es verdad, eso sí que es verdad.” No quería darle un último gusto al viejo, un gusto que después de todo debía agradecer, porque mi cuerpo joven, del que en el fondo estaba tan satisfecha, no tuviera ninguna clase de vínculos con la muerte. Me vinieron náuseas y fue el último pensamiento claro que tuve esa noche. Desperté como de un sopor hipnótico cuando me obligaron a tomar la mano cubierta de sudor frío. Me vino otra arcada, pero dije “Sí”.
Recordaba vagamente que me habían cercado todo el tiempo, que todos hablaban a la vez, que me llevaban, me traían, me hacían firmar, y responder. La sensación que de esa noche me quedó para siempre fue la de una maléfica ronda que giraba vertigionosamente en torno mío y reía, grotesca, cantando.
yo soy la viudita que manda la ley
y yo en medio era una esclava. Sufría y no podía levantar la cara al cielo.
Cuando me di cuenta, todo había pasado, y en mi mano brillaba el anillo torzal que vi tantas veces en el anular de mi tía Panchita: no había habido tiempo para otra cosa.
Todos empezaron a irse.
– Si me necesita, llámeme. Dele mientras tanto las gotas cada seis horas.
– Que Dios te bendiga y te dé fuerzas.
– Feliz noche de bodas –susurró a mi oído con una risita mezquina la prima jovencita.
Volví junto al enfermo. “Nada ha cambiado, nada ha cambiado.” Por lo menos mi miedo no
había cambiado. Convencí a María de que se quedara conmigo a velar a don Apolonio, y sólo recobré el control de mis nervios cuando ví que amanecía. Había empezado a llover, pero sin rayos, sin tormenta, quedamente.
Continuó lloviznando todo el día, y el otro, y el otro aú. Cuatro días de agonía. No teníamos
apenas más visitas que las del médico y el señor cura; en días así nadie sale de su casa, todos se recogen y esperan a que la vida vuelva a comenzar. Son días espirituales, casi sagrados.
Si cuando menos el enfermo hubiera necesitado muchos cuidados mis horas hubieran sido
menos largas, pero lo que se podía hacer por aquel cuerpo aletargado era bien poco.
La cuarta noche María se acostó en una pieza próxima y me quedé a solas con el
moribundo. Oía la lluvia monótona y rezaba sin consciencia de lo que decía, adormilada y sin miedo, esperando. Los dedos se me fueron aquietando, poniendo morosos sobre las cuentas del rosario, y al acariciarlas sentía que por las yemas me entraba ese calor ajeno y propio que vamos dejando en las cosas y que nos es devuelto transformado: compañero, hermano que nos anticipa la dulce tibieza del otro, desconocida y sabida, nunca sentida y que habita en médula de nuestros huesos. Suavemente, con delicia, distendidos los nervios, liviana la carne, fui cayendo en el sueño.
Debo haber dormido muchas horas: era la madrugada cuando desperté; me di cuenta
porque las luces estaban apagadas y la planta eléctrica deja de funcionar a las dos de la mañana. La habitación, apenas iluminada por la lámpara de aceite que ardía sobre la cómoda a los pies de la Virgen, me recordó la noche de la boda, de mi boda… Hacía mucho tiempo de eso, una eternidad vacía.
Desde el fondo de la penumbra llegó hasta mi la respiración fatigosa y quebrada de don
Apolonio. Ahí estaba todavía, pero no él, el despojo persistente e incomprensible que se obstinaba en seguir aquí sin finalidad, sin motivo aparente alguno. La muerte da miedo, pero la vida mezclada, imbuida en la muerte, da un horror que tiene muy poco que ver con la muerte y con la vida. El silencio, la corrupción, el hedor, la deformación monstruosa, la desaparición final, eso es doloroso, pero llega a un clímax y luego va cediendo, se va diluyendo en la tierra, en el recuerdo, en la historia. Y esto no, el pacto terrible entre la vida y la muerte que se manifestaba en ese estertor inútil, podía continuar eternamente. Lo oía raspar la garganta insensible y se me ocurrió que no era aire lo que en traba en aquel cuerpo, o más bien que no era un cuerpo humano el que lo aspiraba y lo expelía; se trataba de una máquina que resoplaba y hacía pausas caprichosas por juego, parea matar el tiempo sin fin. No había allí un ser humano, alguien jugaba con aquel ronquido. Y el horror contra el que nada pude me conquistó: empecé a respirar al ritmo entrecortado de los estertores, respirar, cortar de pronto, ahogarme, respirar, ahogarme… sin poderme ya detener, hasta que me di cuenta de que me había engañado en cuanto al sentido que tenía el juego, porque lo que en realidad sentía era el sufrimiento y la asfixia de un moribundo. De todos modos, seguí, seguí, hasta que no quedó más que un solo respirar, un solo aliento inhumano, una sola agonía. Me sentí más tranquila, aterrada pero tranquila: había quitado la barrera, podía abandonarme simplemente y esperar el final común. Me pareció que con mi abandono, con mi alianza incondicional,aquello se resolvería con rapidez, no podría continuar, habría cumplido su finalidad y su búsqueda persistente en el vacío.
Ni una despedida, ni un destello de piedad hacia mí. Continué el juego mortal largamente,
desde un lugar donde el tiempo no importaba ya.
La respiración común se fue haciendo más regular, más calmada, aunque también más
débil. Me pareció regresar, pero estaba tan cansada que no podía moverme, sentía el letargo definitivamente anidado dentro de mi cuerpo. Abrí los ojos todo estaba igual.
No. Lejos, en la sombra, hay una rosa; sola, única y viva. Está ahí, recortada, nítida, con sus
pétalos carnosos y leves, resplandeciente. Es una presencia hermosa y simple. La miro y mi mano se mueve y recuerda su contacto y loa acción sencilla de ponerla en el vaso. La miré entonces, ahora la conozco. Me muevo un poco, parpadeo, y ella sigue ahí, plena, igual a sí misma.
Respiro libremente, con mi propia respiración. Rezo, recuerdo, dormito, y la rosa intacta
monta la guardia de la luz y del secreto. La muerte y la esperanza se transforman.
Pero ahora comienza a amanecer y en el cielo limpio veo, ¡al fin!, que los días de lluvia han
terminado. Me quedo largo rato contemplando por la ventana cómo cambia todo al nacer el sol. Un rayo poderoso entra y la agonía me parece una mentira; un gozo injustificado me llena los pulmones y sin querer sonrío. Me vuelvo a la rosa como a una cómplice, pero no la encuentro: el sol la ha marchitado. Volvieron los días luminosos, el calor enervante; las gentes trabajaban, cantaban, pero don Apolonio no se moría, antes bien parecía mejorar. Yo lo seguí cuidando, pero ya sin alegría, con los ojos bajos y descargando en el esmero por servirlo toda mi abnegación remordida y exacerbada: lo que deseaba, ya con toda claridad, era que aquello terminara pronto, que se muriera de una vez. El miedo, el horror que me producían su vista, su contacto, su voz, eran injustificados, porque el lazo que nos unía no era real, no podía serlo, y sin embargo yo lo sentía sobre mí como un peso, y a fuerza de bondad y de remordimientos quería desembarazarme de él.
Sí, don Apolonio mejoraba a ojos vistas. Hasta el médico estaba sorprendido, no podía
explicarlo.
Precisamente la mañana en que lo senté por primera vez recargado sobre los
almohadones sorprendí aquella mirada en los ojos de mi tío. Hacía un calor sofocante y lo había tenido que levantar casi en vilo. Cuando lo dejé acomodado me di cuenta: el viejo estaba mirando con una fijeza estrábica mi pecho jadeante, el rostro descompuesto y las manos temblonas inconscientemente tendidas hacia mí. Me retiré instintivamente, desviando la cabeza.
– Por favor, entrecierra los postigos, hace demasiado calor.
Su cuerpo casi muerto se calentaba.
– Ven aquí, Luisa. Siéntate a mi lado. Ven.
– Sí, tío –me senté encogida a los pies de la cama, sin miralo.
– No me llames tío, dime Polo, después de todo ahora somos más cercanos parientes-. Había un dejo burlón en el tono con que lo dijo.
– Sí tío.
– Polo, Polo –su voz era otra vez dulce y tersa-. Tendrás que perdonarme muchas cosas; soy
viejo y estoy enfermo, y un hombre así es como un niño.
– Sí.
– A ver, di “Sí, Polo”.
– Sí, Polo.
Aquel nombre pronunciado por mis labios me parecía una aberración, me producía una
repugnancia invencible.
Y Polo mejoró, pero se tornó irritable y quisquilloso. Yo me daba cuenta de que luchaba por
volver a ser el que había sido; pero no, el que resucitaba no era él mismo, era otro.
– Luisa, tráeme… Luisa, dame… Luisa, arréglame las almohadas… dame agua… acomódame esta pierna…
Me quería todo el día rodeándolo, alejándome, acercándome, tocándolo. Y aquella mirada fija
y aquella cara descompuesta del primer día reaparecían cada vez con mayor frecuencia, se iban superponiendo a sus facciones como una máscara.
– Recoge el libro. Se me cayó debajo de la cama, de este lado.
Me arrodillé y metí la cabeza y casi todo el torso debajo de la cama, pero tenía que alargar lo
más posible el brazo para alcanzarlo. Primero me pareció que había sido mi propio movimiento, o quizá el roce de la ropa, pero ya con el libro cogido y cuando me reacomodaba para salir, me quedé inmóvil, anonadada por aquello que había presentido, esperando: el desencadenamiento, el grito, el trueno. Una rabia nunca sentida me estremeció cuando pude creer que era verdad aquello que estaba sucediendo, y que aprovechándose de mi asombro su mano temblona se hacía más segura y más pesada y se recreaba, se aventiraba ya sin freno palpando y recorriendo mis caderas; una mano descarnada que se pegaba a mi carne y la estrujaba con deleite, una mano muerta que buscaba impaciente el hueco entre mis piernas, una mano sola, sin cuerpo.
Me levanté lo más rápidamente que pude, con la cara ardiéndome de coraje y vergüenza, pero
al enfrentarme a él me olvidé de mi y entré como un autómata en la pesadilla: se reía quedito, con su boca sin dientes. Y luego, poniéndose serio de golpe, con una frialdad que me dejó aterrada:
– ¡Qué! ¿No eres mi mujer ante Dios y ante los hombres? Ven, tengo frío, caliéntame la
cama. Pero quítate el vestido, lo vas a arrugar.
Lo que siguió ya sé que es mi historia, mi vida, pero apenas lo puedo recordar como un sueño repugnante, no sé siquiera si muy corto o muy largo. Hubo una sola idea que me sostuvo durante los primeros tiempos: “Esto no puede continuar, no puede continuar.” Creí que Dios no podría permitir aquello, que lo impediría de alguna manera. Él personalmente. Antes tan temida, ahora la muerte me parecía la única salvación. No la de Apolonio, no, él era un demonio de la muerte, sino la mía, la justa y necesaria muerte para mi carne corrompida. Pero nada sucedió. Todo continuó suspendido en el tiempo, sin futuro posible. Entonces una mañana, sin equipaje, me marché.
Resultó inútil. Tres días después me avisaron que mi marido se estaba muriendo y me llamaba. Fui a ver al confesor y le conté mi historia.
– Lo que lo hace vivir es la lujuria, el más horrible pecado. Eso no es la vida, padre, es la
muerte, ¡déjelo morir!
– Moriría en la desesperación. No puede ser.
– ¿Y yo?
– Comprendo, pero si no vas será un asesinato. Procura no dar ocasión, encomiéndate a la
Virgen, y piensa que tus deberes…
Regresé. Y el pecado lo volvió a sacar de la tumba.
Luchando, luchando sin tregua, pude vencer al cabo de los años, vencer mi odio, y al final, muy al final, también vencí a la bestia. Apolonio murió tranquilo, dulce, él mismo.
Pero yo no pude volver a ser la que fui. Ahora la vileza y la malicia brillan en los ojos de los hombres que me miran y yo me siento ocasión de pecado para todos, pero que la más abyecta de las prostitutas. Sola, pecadora, consumida totalmente por la llama implacable que nos envuelve a todos los que, como hormigas, habitamos este verano cruel que no termina nunca.

Presentan obra completa de Inés Arredondo; incluye tres ...

Nacimiento y familia

Inés nació el 20 de marzo de 1928 en la ciudad de Culiacán, Sinaloa. La escritora provino de una familia con dinero, que, después de ciertos inconvenientes, perdió su estatus. Sus padres fueron Mario Camelo y Vega, médico, e Inés Arredondo Ceballos. La cuentista fue la mayor de nueve hermanos.

Estudios de Arredondo

Inés Arredondo pasó su infancia en la finca agrícola El Dorado, propiedad de su abuelo materno, ubicada en las afueras de Culiacán. A los ocho años, en 1936, comenzó a estudiar en una institución religiosa llamada Colegio Montferrat. Luego cursó preparatoria en Guadalajara, en el Aquiles Serdán.

Al culminar el bachillerato, en 1947, se matriculó en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) para estudiar filosofía y letras. Sin embargo, al sufrir una crisis, e intentar quitarse la vida, se cambió a letras hispánicas. Después de graduarse, en 1950, estudió durante un año arte dramático.

Escudo de la UNAM, casa de estudios de Inés Arredondo. Fuente: Both, the shield and the motto, José Vasconcelos Calderón [Public domain], via Wikimedia Commons

Sus primeros contactos

Arredondo, durante sus años de formación académica, tuvo contacto con corrientes literarias como el surrealismo, y también con la filosofía del existencialismo francés. Los escritores Juan Rulfo y Juan José Arreola formaron parte de sus lecturas.

Inés también compartió ideas con quienes fueron sus compañeros de clases: Jaime Sabines, Rosario Castellanos y Rubén Bonifaz Nuño. La conmovieron las experiencias de los refugiados españoles que conoció; de esa época fueron sus primeros escritos.

Matrimonio

En 1958, cuando tenía treinta años de edad, Inés Arredondo contrajo matrimonio con el escritor español, luego naturalizado mexicano, Tomás Segovia. Fruto de la unión nacieron cuatro hijos: Inés, José –quien nació sin vida–, Ana y Francisco.

Arredondo y sus primeras labores literarias

Inés Arredondo comenzó a trabajar en la Biblioteca Nacional en 1952, labor que se extendió hasta 1955. Luego le adjudicaron una materia en la Escuela de Teatro de Bellas Artes. Además de eso, logró ser partícipe de la escritura del Diccionario de Literatura Latinoamericana.

El nacimiento de un gusto

Inés fue una mujer de amplios conocimientos. Eso la llevó a trabajar como traductora, y tras esa labor se le despertó el gusto por escribir. Así que comenzó a desarrollar su pluma, y en 1957 publicó su cuento El membrillo en la Revista de la Universidad. A partir de ese momento la escritura fue esencial en su vida.

Posteriormente, entre 1959 y 1961, ejerció como redactora del Diccionario de Historia y Biografía Mexicanas. También incursionó en la radio y la televisión como escritora de contenidos. En la Revista Mexicana de Literatura también tuvo participación, pero se vio opacada por su esposo, Tomás Segovia.

Primer libro

Si bien Inés Arredondo comenzó a escribir en la década de los cincuenta, fue en 1965 cuando salió a la luz su primer libro. Se trató de una obra del género de cuentos, la cual se tituló La señal. Esta pieza se convirtió en su trabajo más importante y reconocido; con ella afianzó su carrera como escritora.

Crisis matrimonial

La vida matrimonial de Arredondo con Segovia fue corta, solo duraron cuatro años de casados. La pareja logró mantenerse a flote, pero el final fue inminente. No obstante, en plena crisis, Inés siguió su desarrollo profesional, llegando a recibir becas tanto del Centro Mexicano de Escritores como del Fairfield Foundation.

A comienzos de los años sesenta, ella se fue a Uruguay para trabajar en la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio. En 1962 cada uno tomó su rumbo, hasta que finalmente, en 1965, se materializó el divorcio. La escritora regresó a México, y se quedó con la custodia de los hijos.

Imagen de Culiacán, lugar de nacimiento de Inés Arredondo. Fuente: FAL56 [CC BY-SA 4.0], via Wikimedia Commons

Cargos laborales de Arredondo

Inés Arredondo, a lo largo de su vida profesional, ocupó diferentes plazas de trabajo. Desde 1965, y durante diez años, fue investigadora de la Coordinación de Humanidades. También dictó algunas conferencias en Estados Unidos y se desempeñó como profesora en la UNAM durante tres años, entre 1965 y 1968.

En 1967 la escritora formó parte de la redacción del Diccionario de Escritores Mexicanos producido por la UNAM. El teatro y la prensa también fueron parte de la vida laboral de Arredondo. Aunado a todo esto, desde 1966 hasta 1973, se desempeñó como investigadora en el Centro de Estudios de Historia.

Salud en deterioro

Inés Arredondo pasó por varias crisis de salud durante su vida, entre ellas una afectación en su columna vertebral. Debió ser intervenida quirúrgicamente en varias oportunidades, y por tal motivo estuvo en silla de ruedas durante mucho tiempo.

Un segundo matrimonio y avances profesionales

A principios de los años setenta, la escritora se casó por segunda vez. En esa oportunidad lo hizo con Carlos Ruíz Sánchez, médico cirujano. También retomó sus estudios académicos, siguió con su carrera en letras, la cual finalizó con un trabajo de grado sobre el mexicano Jorge Cuesta.

Auge internacional

Arredondo cruzó fronteras tras la publicación, en 1979, de su segundo libro, al cual tituló Río subterráneo. Con dicho libro fue galardonada con el Premio Xavier Villaurrutia, y las buenas críticas le valieron reconocimiento fuera de México. A partir de aquel momento sus obras comenzaron a traducirse a otros idiomas.

Últimos años y fallecimiento

Inés vivió sus últimos años de vida en contacto con la literatura. Escribió Historia verdadera de una princesa, Opus 123 Los espejos. Además grabó algunos de sus cuentos en audio, y en 1988 salió al público Obras completas, y también asistió a varios eventos sociales y culturales.

Si bien su éxito profesional se mantuvo firme, no pasó lo mismo con su estado de salud. Con el tiempo este fue deteriorándose, y sus dolencias en la columna la obligaron a permanecer en la cama. Desafortunadamente, falleció el 2 de noviembre de 1989 en Ciudad de México, a temprana edad, con tan solo sesenta y un años.

Premios y reconocimientos

– Premio Xavier Villaurrutia, en 1979.

– Medalla Bernardo de Balbuena en 1986, por parte del gobierno del municipio de Culiacán, México.

– Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Sinaloa, en 1988.

Estilo

El estilo literario de Inés Arredondo se desarrolló dentro de las filas de la llamada Generación del Medio Siglo. Empleó en sus obras un lenguaje claro, sencillo, preciso y bien elaborado. También hubo en su obra en prosa ciertos matices líricos que le concedieron vitalidad y particularidad a sus escritos.

Arredondo fue una escritora arriesgada, y se atrevió a desarrollar temas que para su época eran tabúes. Sus tramas principales tuvieron que ver con el rol femenino en la sociedad, con la falsa moral de algunas familias y también escribió sobre el amor, el fin de la vida, el erotismo y la infidelidad, por nombrar algunas.

 

 

Piedra y nido de Ana María Mopty de Kiorchefe

—¡Soy la que te cuida y espera, la que te ama! —gritó ella enarbolando su tejido. Pero él salió igual a cumplir con su viaje postergado, aunque esa noche cada uno soñó la misma imagen: playa mar y mar, deliciosamente habitado para él, escandalosamente para ella, por sirenas.

Poema "Sirena" por Johnny Favourite | Poematrix

¿Cuál será nuestra excusa? — El Blog de Arena

Ya todos sabemos la historia: cuando los españoles y los franceses llegaron a América masacraron a decenas de millones de personas. Lo que es menos conocido son los argumentos con los cuales se consiguió esto. De esos argumentos se burla Michel de Montaigne: «No entendíamos en absoluto su lenguaje y […] sus maneras, […]

a través de ¿Cuál será nuestra excusa? — El Blog de Arena

Dos de noviembre RGG

El coche se detuvo a escasos kilómetros de su destino. Entre la neblina del anochecer visualizó una columna ruidosa que parecía festejar una fiesta de Halloween. Bajó del auto y se incorporó a la fila, que ya regresaba satisfecha de haber conmemorado su día.

Motoristas devem ficar atentos à neblina nas estradas - Regional ...

La coma y la conjunción y los dos puntos, para recordar…

http://udep.edu.pe/castellanoactual/nunca-se-escribe-coma-antes-de-la-conjuncion-copulativa-y/

Dentro de una oración, se escribe coma para separar elementos en serie que tienen una misma categoría gramatical: Asistieron al evento profesores, alumnos, padres de familia; Cumplió sus objetivos: estudiar en el extranjero, graduarse, casarse con la chica de sus sueños. Cuando el último elemento de la enumeración va introducido por una conjunción copulativa, no se escribe coma delante de ella: Compró zapatos, carteras, ropa y joyas; Realizó muchas actividades durante el día: cortó el césped, limpió la casa y lavó la ropa.

 

No obstante, el uso de la coma antes de la conjunción y es necesario, en ciertas situaciones, para organizar el discurso y facilitar su comprensión:

 

Cuando el enunciado que precede a la conjunción no corresponde gramaticalmente con los elementos seriados por tratarse de una conclusión o consecuencia: Miró al público, tomó sus apuntes, cogió el micrófono, y empezó a exponer con algo de nerviosismo. Tomó las llaves, el abrigo y su maletín, y salió despavorido.

Aunque no es obligatorio, es usual colocar una coma antes de la conjunción y cuando el enunciado que le precede es relativamente extenso: Por las mañanas, solía correr por el litoral acompañado de su gran amigo, y regresaba listo para empezar a trabajar.

Cuando la conjunción y tiene valor adversativo (equivalente a pero), puede ir precedida de coma: Le advertí que no tomara bebidas heladas, y no me escuchó.

Debe escribirse coma delante o detrás de la conjunción y si inmediatamente antes o después hay un inciso o cualquier otro elemento aislado mediante comas: Corrige los errores, Daniel, y agrega otros ejemplos. Tendrás que pasar por una entrevista y, por supuesto, aprobar el examen escrito.

Cuando en una oración compuesta los elementos seriados se separan unos de otros por punto y coma, se coloca coma antes de la conjunción que introduce el último de ellos: Mateo estudiará Derecho; Raúl, Ingeniería; Susana, Medicina, y Victoria, Periodismo.

  • Alexander Otaiza dice:

    La otra duda es con relación a las mayúsculas después de dos puntos (:) y en el mismo ejemplo que dan aparece: “Dentro de una oración, se escribe coma para separar elementos en serie que tienen una misma categoría gramatical: Asistieron al evento profesores, alumnos, padres de familia; Cumplió sus objetivos: estudiar en el extranjero, graduarse, casarse con la chica de sus sueños. ”

    Saludos y gracias.-

Castellano Actual dice:

Estimado Alexander:
Los dos puntos no señalan el final de un enunciado; pero si pueden indicar el inicio de una unidad independiente. Por eso, se escribe con mayúscula después de los dos puntos solo en estos casos:
– Después de la fórmula de encabezamiento o saludos de uan carta, fax o correo electrónico:
Estimada colega:
En respuesta a su…

– Tras los dos puntos que señalen una cita textual: El senador afirmó: “No defraudaremos…”
– Tras los dos puntos que cierran los epígrafes o subtítulos de un libro:
El sintagma: Es un conjunto de palabras…
– Tras los dos puntos que siguen a palabras de carácter anunciador (ejemplo, advertencia, nota, etc.): ADVERTENCIA: Medicamento no indicado…
– Tras los dos puntos que introducen una explicación que se desarrolla en párrafos independientes. Suelen acompañarse con palabras como a continuación o siguiente:
La receta se elabora tal como se explica a continuación:
Se baten los huevos y el azúcar hasta que liguen, y se añade después la ralladura de limón. En un cuenco…

-Tras los dos puntos que siguen a verbos como certificar, exponer, solicitar, etc.
CERTIFICA: Que D.a. Celia Gracián ha trabajado…
– La primera palabra de cada elemento de uan enueración, si se escriben en líneas independientes y se cierran con un punto:
La oralidad presenta las siguientes características:
– Tendencia a marcar la procedencia dialectal.
– Está asociada a temas generales, bajo grado de formalidad y propósitos subjetivos.
– Es más redundante.

Saludos cordiales,
Castellano Actual

  • no contestó que después del ;  iniciaron con mayúscula.

 

Olga Tokarczuck

Tengo pocos años. Estoy sentada en el alféizar, a mi alrededor hay juguetes esparcidos por el suelo, torres de cubos derrumbadas, muñecas de ojos saltones. La casa está a oscuras, en las estancias el aire, poco a poco, se enfría, se debilita. No hay nadie; se han marchado, han desaparecido, cada vez más tenues se pueden oír todavía sus voces, su arrastrar de pies, el eco de sus pasos y alguna risa lejana. Al otro lado de la ventana el patio aparece desierto. La oscuridad se desliza suavemente desde el cielo. Se posa sobre todas las cosas como un negro rocío.

o más molesto es la quietud: espesa, visible; el frío crepúsculo y la luz mortecina de las lámparas de vapor de sodio que se sumerge en la penumbra apenas a un metro de su fuente.

No ocurre nada, el avance de la oscuridad se detiene ante la puerta de casa, el vocerío del eclipse se desvanece. Se forma una espesa tela, como la de la leche al enfriarse. Los contornos de las casas, con el cielo como telón de fondo, se alargan hasta el infinito, perdiendo sus ángulos agudos, bordes y aristas. La luz que se apaga se lleva el aire: no hay nada que respirar. La oscuridad penetra en la piel. Los sonidos se han enroscado y han echado para atrás sus ojos de caracol; la orquesta del mundo se ha ido alejando hasta desaparecer en el parque.

Esta tarde es un confín del mundo, lo he tocado por casualidad, mientras jugaba, sin querer. Lo he descubierto porque me han dejado un rato sola en casa, sin vigilar. Sin duda he caído en una trampa. Tengo pocos años, estoy sentada en el alféizar mirando el frío patio. Han apagado las luces de la cocina del colegio, todo el mundo se ha marchado. Las losas de cemento del patio han empapado la oscuridad y desaparecido. Puertas cerradas, celosías y persianas bajadas. Me gustaría salir, pero no tengo adónde ir. Solo mi presencia adopta contornos nítidos que tiemblan, ondean, y eso duele. Enseguida descubro la verdad: ya no hay nada que hacer, existo, aquí estoy.

LAS VENTANAS — manologo

Es tiempo de abrir nuestras ventanas y dejar que la luz, el sol y el aire entren y renueven un mundo que ya está mohoso, con olor a guardado. Es tiempo de asomarnos para ver al futuro que ha llegado, empieza a desempacar y que nos demos cuenta que lo que trae son regalos para […]

a través de LAS VENTANAS — manologo

Senryu a la minificción, cumpleaños de Ana María Shua

Ana María Shua

De entre la niebla
surge el barco fantasma.
¡Arriad el foque!

Naufragio

Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.

Ana María Shua

Foque es la vela principal de un barco.

Orzar es inclinar la vela hacia de donde viene el viento.

Bauprés  es un cabo que sujeta la cabeza de un mástil del barco.

Estribor  es la parte izqierda y babor el opuesto.

Palo de mesana es  el mástil que esta más a popa en un buque de tres palos.

https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1156842.las-palabras-tienen-la-palabra.html

 

Espero curarme de ti de Jaime Sabines

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de
fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible.
Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me
receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana?
No es mucho, mi es poco, es bastante. En una
semana se pueden reunir todas las palabras de amor
que se han pronunciado sobre la tierra y se les
puede prender fuego. Te voy a calentar con esa
hoguera del amor quemado. Y también el silencio.
Porque las mejores palabras del amor están están entre dos
gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y
subversivo del que ama. (Tú saber cómo te digo que
te quiero cuando digo: “qué calor hace”, “dame
agua”, “¿sabes manejar?,”se hizo de noche”… Entre
las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he
dicho “ya es tarde”, y tú sabías que decía “te
quiero”.)

Una semana más para reunir todo el amor del
tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú
quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No
sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para
entender las cosas. Porque esto es muy parecido a
estar saliendo de un manicomio para entrar a un
panteón.

es.babelio.com/users/AVT_Jaime-Sabines_4884.jpg

El único poeta que conozco que cuando daba un recital llenaba  el local y como el mejor de los cantantes, el público le gritaba «otra, otra, otra» RGG

(Tuxtla Gutiérrez, México, 1926 – Ciudad de México, 1999) Poeta mexicano. En el horizonte de la penúltima poesía mexicana, la figura de Jaime Sabines se levanta como un exponente de difícil clasificación. Alejado de las tendencias y los grupos intelectuales al uso, ajeno a cualquier capilla literaria, fue un creador solitario y desesperanzado cuyo camino se mantuvo al margen del que recorrían sus contemporáneos. Hay en su poesía un poso de amargura que se plasma en obras de un violento prosaísmo, expresado en un lenguaje cotidiano, vulgar casi, marcado por la concepción trágica del amor y por las angustias de la soledad. Su estilo, de una espontaneidad furiosa y gran brillantez, confiere a su poesía un poder de comunicación que se acerca, muchas veces, a lo conversacional, sin desdeñar el recurso a un humor directo y contundente.


Jaime Sabines

Nacido en la localidad de Tuxtla Gutiérrez, capital del Estado de Chiapas, el 25 de marzo de 1926, tras sus primeros estudios, que realizó en el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas, se trasladó a Ciudad de México e ingresó en la Escuela Nacional de Medicina (1945), donde permaneció tres años antes de abandonar la carrera. Cursó luego estudios de lengua y literatura castellana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, y fue becario especial del Centro Mexicano de Escritores, aunque no consiguió grado académico alguno.

En 1952 regresó a Chiapas; residió allí durante siete años, el primero de ellos consagrado a la política y los demás trabajando como vendedor de telas y confecciones. En 1959, tras conseguir el premio literario que otorgaba el Estado, Sabines comenzó a cultivar seriamente la literatura. Tal vez por influencia de su padre, el mayor Sabines, un militar a quien dedicó algunas de sus obras, y, pese al evidente pesimismo que toda su producción literaria respira, Jaime Sabines participó de nuevo y repetidas veces en la vida política nacional; en 1976 fue elegido diputado federal por Chiapas, su estado natal, cargo que ostentó hasta 1979. Y en 1988 se presentó y salió elegido de nuevo, pero esta vez por un distrito de la capital federal.

Compaginar esta actividad política, que parece exigir cierta disciplina ideológica y un proyecto colectivo de futuro, había de ser difícil para un hombre como el que nos revela sus escritos, autor de una obra marcada por el pesimismo y por una actitud descreída y paradójicamente confesional, imbuida de una concepción trágica del amor y transida por las angustias de la soledad. Aunque contemporánea de la de Octavio PazJosé Emilio PachecoHomero Aridjis y otras destacadas figuras de la efervescente lírica mexicana, su poesía se apartó del vigente «estado de cosas», se mantuvo al margen de las actividades y tendencias literarias, tal vez porque su dedicación profesional al comercio le permitió prescindir del mundillo y los ambientes literarios.

Influido en su prehistoria poética por autores como Pablo Neruda o Federico García Lorca, su primer volumen de poesías, Horal, publicado en 1950, permitía ya adivinar las constantes de una obra que destaca por una intensa sinceridad, escéptica unas veces, expresionista otras, y cuya transmisión literaria se logra a costa incluso del equilibrio formal. No es difícil suponer así que la poesía de Sabines está destinada a ocupar en el panorama literario mexicano un lugar mucho mayor del que hasta hoy se le ha concedido, especialmente por su rechazo de lo «mágico», que ha informado la creación al uso en las últimas décadas, pero también por su emocionada y clara expresividad. Este rechazo se hace evidente en el volumen Recuento de poemas, publicado en 1962 y que reúne sus obras La señal (1951), Adán y Eva (1952), Tarumba (1956), Diario, semanario y poemas en prosa (1961) y algunos poemas que no habían sido todavía publicados.

En 1965, la compañía discográfica Voz Viva de México grabó un disco con algunos poemas de Sabines con la propia voz del autor. Sabines reforzó su figura de creador pesimista, su tristeza frente a la obsesiva presencia de la muerte; pero se advierte luego una suerte de reacción, aunque empapada en lúgubre filosofía, cuando canta al amor en Mal tiempo (1972), obra en la que esboza un «camino más activo y espléndido», fundamentado en el ejercicio de la pasividad; un camino que lo lleva a descubrir que «lo extraordinario, lo monstruosamente anormal es esta breve cosa que llamamos vida». Pese a una cierta reacción que lo aleja un poco de su primer y profundo pesimismo, sus versos repletos de símbolos que se encadenan sin solución de continuidad están transidos de una dolorosa angustia.

Con un estilo que no teme la vulgaridad ni rechaza las tradiciones, la sabrosa y cordial poesía de Sabines puede también tomar un mayor vuelo, como se puso de manifiesto en el ambicioso proyecto Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973), un poema casi narrativo en el que el padre del poeta se constituye en protagonista del mundo y de la vida. Vinieron luego Nuevo recuento de poemas (1977), otro volumen antológico que recoge el material anterior, y Poemas sueltos (1983). Todos estos textos, así como una segunda parte de Algo sobre la muerte del mayor Sabines, fueron recogidos en la edición de 1987 de Nuevo recuento.

Traducida a varias lenguas, su obra fue galardonada con varios premios como el de literatura otorgado por el gobierno del Estado de Chiapas (1959), el Xavier Villaurrutia, instituido en honor del gran escritor mexicano (1972) y el Elías Sourasky de 1982. En 1983 recibió el Premio Nacional de las Letras. Sus últimos años estuvieron marcados por una larga lucha contra el cáncer.

Los versos de Sabines son directos y transparentes, y aunque no desdeña el refinamiento de la poesía culta, su estilo se inclina más hacia lo conversacional. Ello le ganó el favor del gran público, que se hizo patente sobre todo durante las dos últimas décadas de su vida. El autor utiliza un lenguaje cotidiano y sin adornos para crear composiciones que se colocan más cerca de los sentimientos que de la razón. Poeta del diario vivir, contempla con perplejidad y desde la más rigurosa terrenalidad el fenómeno del amor y el absurdo de la muerte.

Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de Jaime Sabines. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona (España). Recuperado de https://www.biografiasyvidas.com/biografia/s/sabines.htm el 21 de abril de 2020.