*“El fantasma”, de Guillermo Samperio, está incluido en la antología Por favor, sea breve 2 (Páginas de Espuma, 2009, edición a cargo de Clara Obligado, prólogo de Francisca Noguerol).
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GUILLERMO SAMPERIO
Nacido en la Ciudad de México el 22 de octubre de 1948, Samperio estaba en proceso de publicar una nueva novela, titulada Vosotros los mismos, según informó el INBA.
Un adelanto de ese libro puede leerse en Maravillas malabares, antología que reúne lo más relevante de su trabajo y que fue presentada el pasado febrero en el Palacio de Bellas Artes.
De naturaleza versátil y generosa, antes de dedicarse a las letras Samperio fue vitralista, dibujante, diseñador y supervisor técnico industrial del Instituto Mexicano del Petróleo, entre 1967 y 1977. Como dibujante participó en diversas exposiciones colectivas.
Además, incursionó en la elaboración de guiones y la producción de programas radiofónicos, entre ellos La literatura hoy, de Radio Educación, y el Noticiero Cultural del INBA.
También se desempeñó en diversos cargos en instituciones públicas y privadas, como la Secretaría de Educación Pública, la editorial El Tucán de Virginia y la Universidad de las Américas.
Autor de más de una treintena de libros, su obra ha sido traducida al francés, inglés, rumano y vietnamita, y antologada en múltiples ediciones nacionales y extranjeras.
Colaboró en diversos medios, suplementos y publicaciones periodísticas, como La Jornada, Novedades, El Gallo Ilustrado, Revista de la Universidad de México y Tierra Adentro.
Integrante del Sistema Nacional de Creadores de Artes desde 1994 y del Pen Club México desde 2005, en su palmarés figuran los premios de cuento El Museo del Chopo 1976, por Bodegón; La Palabra y El Hombre 1977, por Desnuda, y Casa de las Américas 1977, por Miedo ambiente.
El Nacional de Periodismo Literario 1988 al mejor libro de cuentos, por Cuaderno imaginario, y el Instituto Cervantes 2000, otorgado por Radio Francia Internacional, por Mentirme (La mujer de la gabardina roja).
Hola, me llamo Laura y tengo 22 años. Hace unos meses tuve un accidente en el que perdí una pierna, esto me impide conocer personas y encontrar a mi verdadero amor. Me gustaría entrar en contacto con hombres jóvenes (de 18 a 28 años) a los que no les importe mi condición.
Lista de respuestas:
Tu impedimento no está en la pierna que te falta, sino en tu mente. A una persona hay que amarla por su alma, no por su físico. Quiero ser tu amigo, me gustaría guiarte para que aprendas a ver el mundo desde otra perspectiva y puedas recuperar la confianza en ti misma. Recuerda, las limitaciones te las pones tú, no tu cuerpo. Recibe un fuerte abrazo. Mario.
enviado por nifunifa
Me llamo Max y me gustaría saber más sobre ti. ¿Cómo eres?, ¿qué te gusta hacer?, ese tipo de cosas, tú sabes ;). Pienso que el hecho de que tengas solamente una pierna no te hace menos deseable o sexy que las chicas con dos; es más, encuentro muy atractivas a las cojas.
enviado por maxxx
Soy un chico de París, siempre me gustaron mujeres amputadas en pierna derecha. Me gustaría conocer y cotorrear (como dicen en México) para surgir algo. También me gusta la cultura latino. Soy serio en mi mensaje. Es posible de contactar a mi mail michellink006@yahoo.fr.
enviado por michel_06
Yo adoro a las mujeres amputadas. La falta de una pierna no te impide pasarla bien, yo sé lo que te digo XD. Te mando un beso.
enviado por eldifuso
Hola, Laura. Tengo que decir que me avergüenza leer algunas de las respuestas que has recibido, pero yo te entiendo, a mí también me amputaron una pierna y he sufrido mucho por eso. Tengo 20 años y quiero hacer amistad, no quiero amargarme porque aunque me falte una parte del cuerpo, me sobra corazón. La vida sigue.
enviado por perinola_
Mi no me importa tu situacion si quiere comunicar con migo. Soy serbio Aleksandor Mijkailovic busco damas amputadas. Tengo pregunta cuanto pierna perdio abajo de rodilla o mas ariba rodilla. Escriba me besos.
enviado por alekmijk
Laura, me da pena decirlo pero yo soy un niño, tengo 10 años y me van a amputar. A mí no me gusta. Dime, ¿duele mucho? Me gustaría que fuéramos amigos, no tengo con quién platicar.
La principal característica de los relatos históricos es que se enfocan exclusivamente en temas del pasado. La finalidad es dejar registro de acontecimientos de importancia en las comunidades, y hacerlo de una forma expositiva que sea accesible y atractiva al público en general.
Se basa en hechos del pasado
Un relato histórico desarrolla temas que ya han ocurrido. Además, estos deben ser relevantes para un público en específico.
Pueden ser de un pasado lejano o cercano, pero en definitiva todos los relatos de carácter histórico desarrollan sucesos que ya han sucedido.
Contiene elementos de estilo
Este tipo de relato se considera una expresión literaria. Esto implica que la narración en general debe contener elementos de estilo propios de la literatura.
Los relatos históricos se narran en prosa, las frases deben ser construidas con énfasis en generar un texto armonioso y entretenido para el lector.
Utiliza el orden cronológico
Una de las características más destacadas de los relatos históricos es la forma en la que se narran los hechos: en general se respeta el orden cronológico de los acontecimientos.
La idea de este tipo de relatos es expresar de una manera clara y precisa cómo se desarrollaron determinados hechos en un contexto específico, y a través del orden cronológico es posible exponer dicha idea de forma eficiente.
Vale acotar que ciertos relatos históricos hacen uso de una narrativa no lineal, a través de la cual exponen hechos que en la realidad ocurrieron de manera simultánea; en este tipo de relatos es válido utilizar este recurso.
Es necesario el conocimiento cabal de los hechos históricos a exponer
El escritor debe conocer profundamente cuáles fueron los acontecimientos enmarcados en el momento histórico que relatará, así como cuáles fueron sus causas, consecuencias y otras implicaciones.
Para esto el escritor debe realizar una investigación exhaustiva a través de la cual pueda acceder a información fidedigna, verificada y de relevancia.
Puede incluir elementos ficticios
Dentro de la narración que ha desarrollado el escritor es válido incorporar elementos —o incluso narrativas completas— que no hayan tenido lugar en la realidad.
Sin embargo, es importante aclarar que siempre deben basarse en los hechos acontecidos. Lo más importante de un relato histórico es que debe ser fiable y verídico, aunque se apoye en elementos ficticios para el desarrollo de la trama.
Puede incluir la mirada personal del escritor
Los relatos históricos muestran la mirada del o los escritores, quienes se basan en determinadas fuetes bibliográficas e históricas, así como en sus propios criterios y análisis crítico.
Por esto, los relatos de este tipo pueden ofrecer una interpretación de los autores ante un determinado hecho histórico.
Tiene principio y fin
Como ya mencionamos anteriormente, los temas que se desarrollan ya deben haber ocurrido en el tiempo. Además, es necesario que hayan experimentado un final; la idea es tomar una situación completa, de principio a fin, y exponerla a través del relato histórico.
El cuento moderno
Muchos podrían asociar la idea de cuento con el didáctico o el moralizador, con una fábula o que su contenido está dirigido a un público infantil. Otros podrían pensar que solo es una novela corta o un intento de esta. Con frecuencia se desconoce que el cuento es un género literario perse. “Mariano Baquero Goyanes –crítico español- afirma que este no es un producto híbrido ni un género menor ” (Piña-Rosales 2009).
Pueden encontrarse distintas formas de clasificar los cuentos. Básicamente existe el tradicional, transmitido oralmente y el moderno, que es el tema en el que me enfocaré. El primero lo consideraría como sustrato del segundo.
El origen del cuento, como indica Zavala (2006), “se hunde en las raíces de la memoria colectiva”. “La historia profunda del hombre es la que este ha ido escribiendo con sus cuentos”, expone Alberca (1985). Así se puede deducir que este es un género vinculado estrechamente a la naturaleza humana y que ese estatus no hace más que reivindicar su existencia.
Edgar Allan Poe (1809-1849)
El cuento moderno, considerado como tal, surge a mediados del siglo XIX a partir de la obra de Edgar Allan Poe. (Alberca, 1985; Zavala, 2006; Piña-Rosales, 2009) También es llamado comúnmente ‘relato’ (Zavala, 2006). Julio Cortázar, (1973) refirió que Poe “se dio cuenta antes que nadie del rigor que exige el cuento como género y de que sus diferencias con la novela no eran solo una cuestión de brevedad” (Alberca, 1985). Es, por lo tanto, muy importante conocer sus características.
El argumento se reduce a un suceso único, desprovisto de pormenores anecdóticos. De este rasgo fundamental derivan los demás elementos. La brevedad es consecuencia de que para contar un solo acontecimiento no se necesitan muchas palabras, por lo tanto, no es una característica propia del relato. (Alberca, 1985)
Desde una determinada perspectiva temporal, generalmente se narra el suceso (narración) en tiempo pasado. (Alberca, 1985) Las modalidades narrativas pueden ser de corte tradicional, realista o de tendencia vanguardista, experimental (Piña-Rosales, 2009). El verdadero personaje del relato es el suceso. Los personajes carecen de relieve propio, están concebidos en función del acontecimiento central. (Alberca, 1985)
Franz Kafka (1883-1924)
El cuento exige una lectura de un tirón. Para conseguirlo debe tener, de principio a fin, tensión y efecto. Con un final efectista se culmina la tensión. (Alberca, 1985) El desenlace puede ser sorpresivo o violento (Piña-Rosales, 2009). Sin embargo, a diferencia de los relatos de Poe, el argumento y la narración en los cuentos de raíz kafkiana no se estructuran en función del efecto final. En estos el hecho narrado permanece en una especie de presente absoluto, sin un final explícito (Alberca, 1985).
Julio Cortázar (1914-1984)
Los lineamientos anteriores no limitan la creación literaria del cuento moderno, solo asienta una base. Cortázar lo consideró “un género no encasillable” (Alberca, 1985, pág.214), y Zavala (2006) indica que “existan textos genéticamente puros es una hipótesis”. “Al fin y al cabo, un género no se mantiene idéntico a sí mismo (…) se adapta al gusto de la época, se robustece o adelgaza, según los tiempos” (Piña-Rosales, 2009). Una evidencia es la variedad de “subgéneros como el policíaco, el humorístico, el satírico, el fantástico, el alegórico o el de horror, etc.” (Zavala, 2006).
Disfruta de la lectura de los textos de algunos cuentistas famosos en los vínculos al final de esta entrada. Sin duda descubrirás en ellos varias de las características que se han detallado en este texto.
Hay un problema en mi matrimonio: simplemente no me gusta Georg Friedrich Händel tanto como a mi marido. Es una verdadera barrera entre nosotros. Envidio a una pareja que conocemos, por ejemplo, ambos aman a Händel tanto que a veces viajan en avión hasta Texas solo para escuchar una de sus operas interpretada por un tenor en particular. Incluso han convertido a otra de nuestras amigas en común en una admiradora de Händel. Estoy sorprendida porque la última vez que ella y yo hablamos de música, me dijo que a quien realmente admiraba era a Hank Williams. Los tres juntos tomaron un tren a Washington D.C. este año para escuchar a Giulio Cesare in Egitto. Yo prefiero a los compositores del siglo diecinueve y particularmente a Dvořák. Pero soy bastante abierta a todo tipo de música y normalmente si estoy en contacto con algo lo suficiente, termina por gustarme. Pero aunque mi marido ponga música de Händel todas las noches si no hago algo para evitarlo, no he podido hacer que Händel me guste. Afortunadamente, acabo de descubrir que hay un terapeuta no tan lejos de aquí, en Lenox, Massachusetts, que se especializa en Terapia de Händel, y voy a darle una oportunidad. (Mi marido no cree en la terapia y yo sé que él no iría a una Terapia de Dvořák conmigo aun cuando existiese una).
I A ella le gusta el amor. A mí no. A mí me gusta ella, incluido, claro está, su gusto por el amor. Le doy pasión envuelta en palabras. Muchas palabras. Ella se engaña, cree que es amor y le gusta; ama al impostor que hay en mí. Yo no la amo y no me engaño con las apariencias, no la amo a ella. Lo nuestro es algo muy corriente: dos que perseveran juntos por obra de un sentimiento equívoco y de otro equivocado.Somos felices.
II Pretende que yo estoy enamorada del amor y que a él solo le interesa el sexo. Dejo que lo crea. Cuando su cuerpo lo estremece, lo atribuye a su propio ardor. Pero me ama. Y no lo saco de su engaño porque lo amo. Sé muy bien que seremos felices lo que dure su fe en que no nos amamos.
Necesitaban dinero para irse lejos. Ella estaba muy enamorada, pero sabía que su familia nunca iba a aceptar a un simple leñador, para colmo feo, de ojos saltones y dientes grandes. Esa tarde fueron juntos a la casa de la abuela para robarle sus joyas. Comola anciana los sorprendió, no les quedó más remedio que matarla. Después inventaron una historia, y le echaron la culpa al lobo.
Le dolía la cabeza al caminar. Por error, le hicieron una radiografía de la cadera. —Hay que operársela —diagnosticaron. Le sacaron la cabeza del fémur. Ahora camina sin dolores y sin memoria.
Cuando me diste entrada en el jardín de tu amor
me ofreciste una flor que ya estaba deshojada. Son jarocho
Aunque me advirtieran que no alquilara esa casa ¿dónde encontraría en todo Tlacotalpan otra así? Tenía muros que medían metro y medio, largos corredores que daban a un gran patio, con recámaras y salones inmensos para recibir en cena de gala a un ejército entero. Y la tomé y no me arrepentí a pesar de que las criadas se fueran despavoridas haciéndose cruces y contando cuentos. Estuvieron a mi servicio tías, primas y hermanas. Todas me plantaban a las ocho horas. Intenté pedirles alguna explicación y sólo conseguí respuestas incoherentes, palabras entrecortadas mientras se apretaban las manos o retorcían la punta de la enagua. Ninguna dijo nada. Se iban aprisa, tomaban sus cosas y me dejaban con un palmo de narices. Me acostumbré y ya ni la lucha les hice. Uno de los asistentes de mi marido se ocupaba de lavar patios y sótano. El resto de la casa yo misma lo medio limpiaba y de la ropa y la comida se encargaban dos mujeres que quisieron venir unas horas diariamente, siempre juntas, cuidándose las espaldas. Pero los niños estaban chicos y Humberto viajaba mucho y me gustaba aquella construcción adusta de techos altos situada a las afueras del pueblo.
Una tarde jugábamos canasta uruguaya. A punto de llevarse el pozo, boquiabierta y con ojos de plato, Dolores Prieto le preguntó a la Nena Olguín:
—¿Viste?
La Nena respondió: —¡Vi!— y las dos se levantaron en el acto decididas a partir llevándose consigo a Loreto Herrero que no había visto nada porque se hallaba muy entretenida en sus cartas.
—¿Por qué no me explican de una vez lo que pasa? Ya me cansaron sus misterios.
—Bueno, chulita —me contestó Dolores, pálida como cirio pascual—. Te lo cuento; pero te lo cuento en el jardín. Yo no me quedo en este cuarto ni un minuto más.
Apresurada, con los pelos de punta, en tanto caminábamos por un sendero rumbo a sus coches, me dijo que en el vano de la puerta apareció una muchacha muy triste. Llevaba falda larga, dos trenzas sobre el pecho y lágrimas cuajadas como diamantes en las mejillas.
—¿De dónde vino? —pregunté.
—¿A poco eres tan tonta que después de vivir seis meses entre estas paredes no lo sabes? —repuso un poco exasperada.
—Pues no lo sé —dije sinceramente.
—Es la novia del capataz, la hija del hacendado, la que busca sin encontrar.
—¿Qué busca y qué no encuentra? —insistí casi gritando.
—A veces se nos olvida que no creciste en Tlacotalpan —intervino la Nena Olguín—. Busca al amado que le arrebató el padre traidor, don Ildefonso. ¿Nunca oíste las coplas?
—Eres algo lela, Victoria, con razón el general te hace guaje y ni cuenta te das.
—Eso creen ustedes. Yo acepto que a los hombres les encanta andar de capillita en capillita y me conformo con ser la catedral…
Así nos despedimos. Volví a la casa, les di de cenar a mis hijos y los acosté. Durante un rato estuve ensimismada. Acababa de pasar muchos días sola y aburrida matando el tiempo en tonterías. Reflexioné en eso y me asaltó la idea de que me había equivocado al casarme con Humberto. Sin ganas de otra cosa permanecí al borde de una mecedora viendo a mis muchachitos dormir con la respiración acompasada. De pronto, movida por una fuerza ajena a mi albedrío, tomé la palmatoria y me puse a caminar. Recorrí todas las piezas. En mi dormitorio contemplé la enorme cama vacía y mi silueta reflejada en la luna del tocador. Contemplé mis ojos hundidos, mi nariz chata, mis ojeras profundas como si este sufrimiento no encontrara un consuelo. A pesar de la penumbra quise perfumarme para sentirme envuelta en un manto de nardos. Con manos temblorosas tomé el frasquito de esencia y me eché unas gotas detrás de las orejas y otra gotita entre los senos. Luego, dispuesta para un encuentro, bajé las escaleras al ritmo de mi sombra. Los retratos colgados en los aposentos acosaban mi peregrinación con sus ojos pintados. Abrí la puerta de la sala, abrí el piano y me senté en el banquillo antes de empezar a tocar; pero nunca supe tocar el piano, no me interesaron las lecciones del profesor ruso que contrató mi papá.
Y toqué la mazurca de Chopin que tanto te gustaba, Julián. Muchas veces afirmaste que te complacían aquellas melodías febriles. A la nota final siguió una catarata de aplausos que me procuró la concurrencia. Se oían alabanzas sobre mi destreza, sobre la habilidad de mis dedos fugaces atrapando escalas y arpegios. No me halagaban. Sabía que afuera, tras los vidrios, aguantabas la rabia parado junto a la ventana. Observabas lo que ocurría a tu pesar, te consumías de impotencia viéndome departir con los invitados. Sé que odiabas a Roberto Villasaña, sé que te torturaron unos celos atroces porque creíste que me casaría con él. Para remediar tu tormento procuré darte una señal de mi amor. Prendí al traje de tafeta la rosa que me regalaste esa tarde. Cerca de Roberto la rosa manifestaba tu presencia, tus ojos ansiosos persiguiendo mis movimientos a través del cristal. Cerré el piano, suavemente pasé la yema de los dedos sobre la tapa negra y reluciente como un espejo maléfico donde la lumbre de mi vela semejaba una estrella, y fui al comedor. Mi padre me había reservado la cabecera de la mesa. Roberto me pidió sonriendo con sonrisa de niño que le colocara la mano en el corazón para que se lo sintiera latir con ese roce, y encontré el bulto de un estuche bajo su saco. Era un anillo de compromiso. Retiré la mano asustada de que te dieras cuenta. Otro me amaba también, e incliné la cabeza hacia el hombro para sentir en mi mejilla los pétalos de la flor que me diste. Mi padre conversaba distraído y al cabo de un rato propuso un brindis por la felicidad de los presentes y en particular por la dicha de su hija que creció con tanto esmero en los mejores colegios europeos, su única heredera. Brindé contigo que no tenías copa y que te morías de cólera pensando en mí. No lo adivinaste, Julián, a cada vuelta del vals entre los brazos de Roberto yo rememoraba nuestros encuentros secretos, nuestros paseos a caballo, el viento que me golpeaba la cara, esa risa tuya descubriendo tus dientes blancos y parejos como dos hileras de perlas. Roberto elogiaba mi vestido y yo recordaba que tú dejabas resbalar mis ropas. A la orilla del río me besabas el cuello, me tomabas por la cintura y nos metíamos a nadar. O recordaba que nos echábamos manotazos de agua y el agua nos caía encima simulando chaquira, luces de Bengala. Bajo el brillo de mi vela llegué a la cocina. En la penumbra parpadeante vislumbré las canastas de frutas y legumbres, las cazuelas, los cazos de cobre. Todo eso me llevó a pensar en mi mansedumbre doméstica, en la pobreza de mi alcoba, en las caricias desganadas y rápidas que me hacía Humberto, en mi sed siempre sin apagar. Y yo te deseaba, Julián, nunca imaginarás cuánto te deseaba aunque me rebajara esta pasión de hembra que no conoce barreras. Bastaba con reconstruir en la fantasía la forma de tus piernas, de tu pecho algo lampiño, bastaba con acordarme de tu sexo boscoso para volver a sentir cosquillas en mi centro y estar segura de que sólo había nacido para tenerte dentro de mí. Quererte, Julián, eso nada más me importaba. Tocarte, Julián, tocarte junto a mi cuerpo. Enternecerme al comprobar tu agradecimiento por las trenzas que me tejo para no agraviarte con peinados de señorita. Y Roberto decía que no dudara en aceptarlo porque no viviríamos aquí sino en México, lejos de tanto indio pata rajada. Prometía organizar fiestas y comprarme alhajas en las joyerías de Plateros. Al compás de la danza yo reconstruía tu rostro, evocaba tus mimos y me estremecía de puro placer. A mi padre debió parecerle un momento oportuno. Suspendió la música y con voz atronadora anunció el matrimonio. Los asistentes nos felicitaron, afirmaban que hacíamos buena pareja y que tendríamos una descendencia hermosa. Roberto se los agradecía contento y yo me ruborizaba en mi turbación. Las sirvientas descubrieron nuestro cariño. Fue Chole quien te contó cuanto sucedía en la casa grande, en las habitaciones interiores donde no podías espiar. Lo supiste enseguida. Todavía fantaseo con tu coraje al enviarme el recado en que me pedías verte. Planeaba acudir a tu cita esa noche como siempre, y me impacientaba que la gente tardara en irse. La angustia me tiró el papel al suelo. Mi padre se agachó a recogerlo, reconoció la letra y lo leyó. Intentaba autoconvencerme de que nada ocurriría, que las cosas seguirían igual, que nos encontraríamos en el campo durante los crepúsculos. Mi padre procuró no dar espectáculos frente a nadie; pero me atrajo a una esquina y me aseguró colérico que no iba a permitir mis relaciones con un desarrapado. Le supliqué inútilmente. Mi llanto sirvió para despertar su malicia, para descubrir la índole de nuestros amores. Y mandó que me encerraran en mi recámara y mandó a varios peones por ti.
El tizne había escrito viejas historias en el fogón. Me cansé de leerlas y fui al vestíbulo. Arriba de un sofá abracé mis rodillas y apoyé encima de ellas la cabeza. La vela debió consumirse y debí dormirme. En la madrugada, allí se tropezó conmigo Humberto. Creyó que lo aguardaba. No quise desengañarlo, ni confiarle mi recorrido, ni explicarle que no había hallado a la que busca sin encontrar.
Nadie me informó nada. Quienes pretendieron narrarme el cuento lo ignoraban, y quienes lo sabían se negaban a contarlo. Una mañana a la salida de misa, en el atrio de la iglesia oí que el cieguito del arpa cantaba el sonsonete de sus coplas. Hablaba de un capataz desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra, una novia desesperada y un padre dueño de la venganza. Sólo eso. Ninguna noticia nueva. Y mis hijos nunca se asustaron acostumbrados a que las criadas se fueran como almas que se lleva el diablo porque no soportaban los suspiros recorriendo los pasillos, ni los murmullos que entraban desde el patio.
Con la aguilota en la gorra, Humberto cada vez inventaba más pretextos para inspeccionar la zona. Conmigo se quejaba de sus muchas obligaciones y a sus amigas les alegraba la oreja y el bolsillo. El caso es que me fastidiaba en aquella soledad y el día de Todos Santos se me ocurrió levantar una ofrenda. Pretendí arreglarla bonito y que algunos conocidos vinieran sin poner caras de condenados a muerte ni castañetear los dientes. En la huerta crecía cempasúchil, corté unos manojos amarillos que relumbraban al sol, compré panes, tamales. Sobre un mueble extendí un mantel deshilado, acomodé los retratos de mis fieles difuntos y en un saloncito, como achicado a la fuerza, decidí juntarlo todo y colgar mi Dolorosa creyendo que su aflicción y sus puñales serían una garantía para visitas. Le dije al asistente que sostuviera el cuadro de una alcayata de plata encontrada sabe Dios dónde. El primer martillazo sonó hueco, el segundo causó un boquete y el tercero lo agrandó. Nos dedicamos a escarbar y entre los dos abrimos un agujero. Al principio supusimos que adentro brillaba un collar de perlas. Después nos quedamos perplejos. Eran los dientes de una calavera. Habíamos descubierto a un emparedado. El altar cobró de pronto una verosimilitud sorprendente. Como primera reacción se me ocurrió tapar el hoyo, dejar las cosas calladas y no prestarle al pueblo más leña verde; pero comprendí mi deber cristiano. Traje al cura y al jefe de policía y le di a ese hombre una sepultura honrada. Las Josefinas rezaron un novenario, la finca se regó con agua bendita, se exorcizaron las remembranzas y hasta se ofició un responso frente al muro derribado. Todo Tlacotalpan conoció tales medidas. Mis amigas cobraron confianza y decidieron volver a jugar. Llegaron alegres y dicharacheras. Con el asistente mandé decirles que me esperaran un momento en el cuarto acostumbrado. Cuando me paré bajo el dintel de la puerta, Dolores Prieto se puso blanca. Le preguntó a la Nena Olguín:
—¿Viste?
La Nena respondió: —¡Vi! —y las dos salieron en el acto llevándose consigo a Loreto Herrero.
Eduardo Mosches ha dedicado el número 145/146 de su revista, Blanco Móvil, a celebrar los primeros cien años del movimiento surrealista.
Los primeros pasos
[…] Ese movimiento de vanguardia que vino a detonar la ruptura de postulados soberbios y rígidamente académicos ante la postura de que el arte tiene un deber social que es el de dar salida a las angustias de su época. Citando a otro poeta [André Breton] leemos: … Abierto el camino de la libertad por la poesía, se establece automáticamente su acción subversiva. La poesía se convierte entonces en un instrumento de lucha en pro de una condición humana en consonancia con las aspiraciones totales de los hombres…
Entrelazado, en un posible remedo de escritura automática, entrego un collage de imágenes de algunos poetas iniciando con [Ricardo Molinari]: … El lecho es esa tierra dorada donde germinan las plantas ardientes del amor/ con sus raíces flotando entre las espumas de la memoria/ un espejo que reflejaba la serenidad, la pureza, la suave alegría, la claridad que la ineluctable sombra se ha tragado./ Soñadores que se toman de la mano como ciegos atraviesan la plaza./ El paraguas de las estrellas se cubre de labios./ El cielo entre las hojas aparecía huraño y duro como una libélula./ Tuve tiempo de apoyar mis labios/ en tus muslos de vidrio./ La noche ha cerrado su llaga de corsario por donde viajaban extraños fuegos de artificio entre el pavor sostenido de los perros./ Aquellos que miran sufrir al león en su jaula se pudren en la memoria del león./ Palabra y vida, incendio y sueño se mezclan/ recojamos la cosecha de labios/ abandonemos el diente olvidado en el mordisco del amor/ para buscar la calma hay que predicar el desorden.
Así abrimos este amplísimo paisaje de diálogos florecientes de imágenes y metáforas, cargados de rupturas, de impaciencias poéticas, de indispensables acciones transgresoras, en un mundo pleno de angustias, de humanos buscando edenes inexistentes, pero buscando incansablemente.
Eduardo Mosches (1944)
Blanco Móvil Poesía: 100 años de surrealismo
145/146, México, otoño-invierno 2019-2020
Iban a hacerla desaparecer a la manera egipcia, el detalle era que le cortaban la mano derecha porque había sido una letrada. Escondían el cuchillo dentro de un pez color plata abierto a lo largo y lo llevaban hasta donde ella estaba. Luego, veía sus cenizas en una urna. Pero no la mano. Pensaba en esa mano que seguiría viva, tecleando. El aire era dulce como en Egipto.
En el mes de mayo llegan a Flores algunas banda-das de golondrinas. Permanecen en el barrio durante todo el invierno. Cuando se vislumbran los calorcitos de octubre, las aves migran hacia el norte buscando la fresca. ¿Qué les pasa realmente? ¿Por qué andan con el vuelo cambiado? Algunos piensan que esta especie odia el calor,como sucede con algunos canallas que no usan camiseta. Sin embargo, yo las he visto temblar y sufrir con los vientos de agosto. Me parece que las golondrinas invernales han elegido el dolor y el padecimiento por razones espirituales, como muchos se hacen guitarristas pudiendo ser agentes de bolsa.