Pequeficciones antología, organizada por José Manuel Soto y Chris Morales

Palabras preliminares

¿Qué tú nunca has escuchado la palabra pequeficciones? Debe ser porque nosotros inventamos esa palabra para ti. Pero… ¿qué son las pequeficciones? Son cuentos que, como Pulgarcito, nacieron diminutos, y no crecen por más que se alimenten con palabras o tomen jarabes o vitaminas. Lo único
que hará crecer a una pequeficción es la imaginación de las niñas y niños que la lean. Pero si todavía no te queda muy claro qué son las pequeficciones, dejemos que te lo explique el escritor Luis
Bernardo Pérez:
Había una vez un cuento pequeñito… Era un relato tan, pero tan corto que no alcanzaba a llenar ni
media página. Por eso los cuentos largos le hacían burla y las novelas lo miraban con desprecio. Lo que nadie sabía era que, pese a su brevedad, guardaba para sus lectores esbeltas palmeras, una playa de fina arena, un faro, un marinero y un barco de vela. Incluso tenía espacio para un mar con todo y sus
peces. Los compiladores de este libro agradecemos a Lorena Escudero, Fernando Sánchez Clelo y Paola Tena el entusiasmo que pusieron en este proyecto. Pero sobre todo queremos dar las gracias a las escritoras y escritores que, desinteresadamente, nos regalaron sus pequeficciones para
llenar esta piñata de historias, con la que hoy celebramos a peques de toda Hispanoamérica, y más allá.
Los compiladores: José Manuel Ortiz Soto & Chris Morales

PequeFicciones, un libro para niñas y niños! – Ceremonia de Palabras

Marianela Puebla, Chilena, de la antología » O dispara usted o disparo yo»

Bajo la supervisión de Lilian Elphick


Fin de una historia

Sherlock Holmes mató de un solo disparo a su amigo de siempre y colega en sus investigaciones, el Dr. Watson. La discusión se había alargado tanto que las enfermeras de la casa de reposo no lo podían creer, era casi inaudito pensar que ese sería el destino final de un personaje tan importante en las aventuras del detective privado. Cuando se le preguntó por qué lo hizo, éste respondió que no recordaba nada. La pistola que usó pertenecía al guardia del recinto que había sido engañado por Holmes, aduciendo que necesitaba trasladarse a su dormitorio, momento en que el guardia se acercó lo suficiente para que, sin notarlo, Holmes le sustrajera el arma de servicio.
Lo interesante de esas peleas acaloradas entre Holmes y Watson, era que olvidaban quiénes eran; el Alzhéimer se paseaba por el establecimiento como Pedro por su casa y estos dos personajes después de esa airada discusión de quién era quién, terminaron por dispararse el uno al otro, sólo que Watson usó una cuchara, pero Holmes lo hizo con un arma de verdad.

La calle

La calle solitaria abre sus fauces y la convence de seguir su ruta. Los faroles guiñan sus ojillos crepusculares llenos de un enjambre de polillas encandiladas. Ella se ampara en su buena suerte, la lleva colgando de su cuello como un amuleto, colgando de un precipicio imaginado.
La soledad se le pega a su vestido, tiene terror de encontrarse cara a cara con el bullicio de algún burdel, clientes satisfechos bajan con el cigarrillo a medio fumar; ellas, después de verificar que el dinero está a salvo debajo de sus escotes, entre los mullidos senos, cierran la puerta tras una fingida sonrisa.
Es la misma calle de ayer a esa hora en donde todo sucedió, el recuerdo la estremece, toca su cartera; claro, el hombre quiso arrebatársela, pero ella no cedió, esperó un instante que se hizo un siglo y cuando ya no veía escapatoria, le blandió el puñal que llevaba en su mano, una, dos estocadas y un bulto cayó con quejido de piedras. No quiso darse vuelta a mirar, corrió hasta quedar sin aliento.
Hoy no tiene miedo, la calle lo sabe, por eso no la asedia, la incita a seguir sin apuro; nadie se cruzará en su camino, se lo garantiza, con esa daga que lleva empuñada en su mano izquierda será difícil que
alguien la intimide. Por eso, deja que se vaya junto al silencio que va cubriendo sus pisadas, más allá de la discordia.

Marianela Puebla.

Ha publicado seis libros. En el año 2009 ganó una beca de Creación Literaria del Consejo Nacional de la
Cultura y las Artes de Chile. Ha recibido premios Internacionales, Canadá, México (Jalisco, ganadora Juegos Florales 2004), España, Inglaterra y Chile. Primer lugar narrativa, revista El Grifo 2009, Santiago, Chile. Segundo lugar narrativa, Nuestra Palabra, 2008, Toronto, Canadá.

“Envuelta por diferentes géneros tratados, y todos ellos desde la sensibilidad extrema de una mujer dedicada, durante muchos años a sembrar la palabra. Marianela Puebla, poeta, narradora, con una perspectiva amplia, con giros que nos hacen bailar en la lectura”.
 
Raquel Viejobueno, escritora y editora España.
 

Del Microdecamerón: «Visto o no visto»

Autor : José Manuel Dorrego


Hay que reconocer que si algo tenemos en nuestro circo, es un extraordinario fondo de plantilla. Por ejemplo, no solamente contamos con Jack Turpin, “El hombre invisible”, sino que
además tenemos en nómina a Hellen Defoe, “La mujer invisible”. La relación entre Turpin y Defoe, eso sí, no es todo lo fluida que podría esperarse entre dos seres incorpóreos. Defoe siempre ha estado enamorado de Turpin pero él, por quien realmente pierde la cabeza es por Dévora Wallace, La Fantástica Mujer Bala.
Incluso cuentan que un día, en un estado de semiinvisiblilidad, Defoe llegó a arrodillarse en la pista central del circo, sacó un anillo de su bolsillo izquierdo y le pidió matrimonio. En el mundo
de los seres invisibles, siempre son ellas quienes toman la iniciativa. Él, con esa arrogancia propia de los seres invisibles, fue tajante:
—Lo siento, cariño, pero te falta presencia.

José Manuel Dorrego (@JMDorrego) | Twitter
Escritor español con una prosa fluida y un ingenio sobresaliente.

Dos relatos del Chileno:Óscar Olivares (Chuquicamata, 1952)

O dispara usted o disparo yo de la antología de Lilian Elphick


Flores para mi amor


Inclinó la cabeza ante la dura mirada del policía, tenía plena
certeza que había sido descubierta y no le quedaba más remedio que
contarlo todo, estaba segura que había cubierto muy bien los posibles
indicios que la acusarían, sin embargo, debía aceptar la realidad; el
cuerpo del hombre yacía a los pies de la escalera, indicando una
posible caída desde el piso superior, era su esposo, y ella había
reportado un accidente.
Tenía por costumbre revisar las prendas de su marido cada vez
que le correspondía lavado, sin imaginar que ese acto tan cotidiano
sería la causa de una tragedia; al interior de su camisa de algodón,
había un pequeño papel escrito con la siguiente frase: «Donde Alicia,
mañana a las dos».
Siempre sostuvo la posibilidad de la infidelidad de parte de su
marido, pero jamás en situación de comprobarlo. La discusión fue
fuerte, él negaba el engaño, y no pudo explicar el significado de lo
escrito, «te vas a dar cuenta que estás en un error», decía, pero ella no
quiso escuchar.
Permanecía junto al policía ante el cadáver de su esposo, cuando
un mensajero se presentó en la puerta principal, portando un hermoso
y gran ramo de rosas rojas, con una tarjeta que decía: «Hace once años
te conocí en un día como hoy, te amo», las flores cayeron al suelo
mientras la lividez de su rostro fue notoria a todos, el logo de la tarjeta
decía, «Florería Alicia».

Por un pelo

Después de mucho tiempo el muchacho había ido a visitar a su
abuela, la que vivía sola en una gran casona del barrio antiguo de la
ciudad; gozaba de buena salud salvo los achaques propios de la edad,
los que aliviaba con un sinnúmero de hierbas que jamás faltaban en su
cocina; algunas de ellas las colgaba detrás de la puerta para secarlas.
Había llegado temprano encontrándola aún con su bata de
dormir.
Cuando la anciana ingresó al baño, su nieto se apresuró por
alcanzar el dormitorio, afanosamente buscó al interior del velador
ubicado al lado derecho de la cama, no hallando lo que buscaba, desde
un rincón de la habitación el gato angora de su abuela lo observaba
atentamente, «debe llevarlo puesto», pensó, decidiendo esconderse en
el armario a esperar que saliera del baño.
Se abalanzó sorpresivamente sobre ella, dirigiendo su mano
hacia el cuello para arrebatarle la gruesa cadena de oro que portaba,
toda resistencia fue inútil, fue anulada por un certero golpe en la
cabeza.
La policía lo sindicaba como principal sospechoso de la muerte
de la anciana, pero todo intento de ubicarlo en la escena del crimen
resultaba inútil, no había rastros de sangre, ni huellas de ningún tipo, y
nadie informó haberlo visto ingresar o rondar la casa, hasta que
determinaron revisar rigurosamente las ropas que vestía el día del
asesinato, el examen permitió descubrir en sus pantalones un fino y
delicado pelo, pertenecía al gato angora de su abuela.

Óscar Olivares.

Ganador del XXVI Certamen Literario de
Relato y Poesía González-Waris de España, modalidad Relato;
Mención Honrosa del XIV Concurso Literario Nacional Vita Mayor,
de Chile; Ganador del Tercer Concurso Literario Nacional de Adultos
Mayores Líneas de Vida, de Chile, además de diversas publicaciones en
antologías de diferentes partes del mundo. Su preferencia literaria son
los relatos cortos o microrrelatos.

Hombre Inconsciente Tirado En La Escalera Foto de stock y más banco de  imágenes de Adulto - iStock

Poética del Micro

Por Margarita del Brezo

El microrrelato es un arte. Como pintar un cuadro, componer una canción, hacer una tortilla de patata o escuchar. No, no sirve cualquiera.

Tiene que ser intenso, arrollador, corto, impactante, sugerente, atrevido. Igual que el amor a primera vista. Porque o te enamoras en la primera línea o te arriesgas a que no haya una segunda y te quiebres las ganas contra el margen.

Que no te tiemble el pulso al escribirlo.

Tendrás que sajar las palabras, desenterrar sus raíces, ponerlas del revés, extraerles sufijos, prefijos y toda su descendencia, estrujarlas hasta conseguir que confiesen su cuarta acepción, cambiarles el género, el número, las letras,… En suma, tendrás que sudar. Sudor y tinta.

Mímalo como si fueras a despertar el resto de tus días a su lado.

No olvides que todas las palabras cuentan.

Y cuando alguien lo lea, que le tiemblen las ideas y se pare su reloj. Que sienta un hormigueo de cigarras. Que imagine. Que se emocione. Que se enamore. Que tenga ganas de cantar, de salir huyendo, de sentarse del susto, de gritar de contento, de saltar, de llamarte por tu nombre, de inventar algo viejo, de tener tres orejas para oírte mejor. De lo que sea, pero que sean ganas.

Con permiso de Calderón: Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los micros, sueños son.

https://escribirsobrelapuntadelai.es/category/microrrelatos/

Margarita del Brezo recogió agradecida el VIII Premio de Microrrelatos del  Colectivo Manuel J. Peláez | Zafra - Hoy

El León no es como lo pintan

Rubén García García


Tiene los ojos de muñeco. Buscó sus cigarros, tocó su cabeza, su cara, la barba. Su coleta había desaparecido. Miró a su derredor: las paredes impolutas, lisas y un cielo azul. El pasto mullido, la sombra acostada de los árboles que invitaba a la oración. Musica de chelos brotaba del suelo.
Iracundo gritó: ¡No! ¡basta! ¡basta!, ¡pongan a Metálica! ¡Mac Sabbath! ¡Ladybird! ¡quiero morir!, quiero morir!
—Estás muerto
—Quiero ir al infierno
—En él, estás. Y diviértete, …tu angelito al que siempre mandabas a la chingada.

Del Microdecamerón «Elección»

Carmen de la Rosa


Me bastaba con tus labios, con tu calor, con tus dedos, con tus dientes, con tus brazos, con tu voz, con tus años, con tus canas, con los puentes de tus coronarias, me bastaba con eso. Te lo dije mil veces pero tú preferías siempre la pastilla azul, el latido de tu sangre despertando al viejo dragón que duerme entre tus piernas. Lo preferías a él, tenso y erguido, yo no. Yo hubiera preferido siempre que siguiera latiendo tu corazón.

MicroDecamerón – Quarks Ediciones Digitales

CASTILLOS DE ARENA — manologo

¿Quién que, viviendo en la costa, cerca del mar, y teniendo playas con arena a disposición, en el verano, cuando chico, no se ha entretenido haciendo castillos de arena en la orilla, llenando de arena húmeda el baldecito de metal o de plástico (depende de la edad que se tenga al leer esto), primero con […]

CASTILLOS DE ARENA — manologo

Diego Muños Valenzuela y dos ficciones

Del libro «O dispara usted o disparo yo»

Antología de la minificción organizada por Lilian Elphick

Vengador sucesivo

Lo atravesó con una certera estocada y murió ipso facto. El
desdichado contendor se derrumbó y el espadachín lo abrió en cruz.
Por el tajo salió un hombre más pequeño que el anterior. De inmediato
se tornó belicoso y atacó al asesino de su predecesor. El diestro
esgrimista se apresuró a darle muerte y cuando -de acuerdo a su
inveterada costumbre- lo destripó, de su interior emergió un enano
furioso. Aunque menudo, el chico era de cuidado; con un salto se
precipitó al cuello del criminal, que aprovechó el momento para
demediarlo con un solo alfanjazo. Una vez más, de los restos mortales
surgió un vengador tan furioso como minúsculo.
Y así sucesivamente, hasta que el adversario alcanzó el tamaño
de un ínfimo mosquito. El espadachín no pudo asestarle ni un solo
golpe, y el ente microscópico se introdujo por el oído hasta el cerebro
y le ordenó cortarse en dos a sí mismo. Obedeció. No tenía a nadie
más en su interior.

Crimen novelesco

Hubo momentos en que el escritor estuvo a punto de tomar su
libreta para registrar la terrible historia que la anciana le narró aquella
noche. Se trataba de su propia vida, pero con revelaciones de un
calibre sorprendente, inimaginable en aquella mujer suave y
distinguida. Crímenes espantosos, conspiraciones inconmensurables.
¿Por qué había decidido revelársela a él y en esa precisa oportunidad?
¿Presentía su muerte? ¿Deseaba consciente o inconscientemente que él
escribiera esa historia para darla a conocer? ¿Obedecería a una
tendencia autodestructiva? ¿Estaba genuinamente arrepentida y
pretendía expiar sus culpas mediante esa confesión?
No podía revelar aquella verdad sin destruir la vida de su
anciana amiga. Pero tampoco podía renunciar a escribir la historia que
lo llevaría ciertamente a la fama. Por ambas razones la asesinó. Y al
momento de hacerlo, concluyó que sería el final perfecto para la novela.

Diego Muñoz Valenzuela

Ha publicado once libros de cuentos y microcuentos,
incluyendo dos libros ilustrados de microcuentos, y cuatro novelas. Se
distingue como cultor de la ciencia ficción y del microrrelato. Libros
suyos han sido publicados en Argentina, España, Croacia e Italia.
Obras suyas han sido traducidas al croata, francés, italiano, inglés, ruso,
islandés y mapudungun. Premio Consejo Nacional del Libro en 1994 y 1996

Descontexto: “El verdugo”, de Diego Muñoz Valenzuela

Bajo el volcán

Rubén García García

En las noches de frío intenso te hacías bolita y tus pies se calentaban entre los míos; mi pierna derecha cubría tu redondez con fiebre y olor a canela. Ayer, dijiste que me apropié de la frazada y en la madrugada te despertaste. Vi en el reclamo de tus ojos una luz de enojo con regusto a quina. Dejamos de abrazarnos y había en la cama lejanía; cada uno comenzó a abrigarse con su propio cobijo de lana. En la noche, el frío regó cristales de sal en la casa.
No puedes conciliar el sueño, porque tu cuerpo no responde al acomodo; yo me cubro hasta la cabeza y, aunque mis ojos permanecen abiertos, solo veo una profunda oscuridad –fría como la menta– Afuera el viento ulula.

Adriana Azucena Rodriguez: Chanza

Tomado del libro el Microdecamerón organizado por Paola Tena


Una estudiante bonita es mayor estímulo para un profesor que cientos de evaluaciones, solía decir el profe Chaires, que se volvió loco por Sheila, quien, para su buena suerte, iba mal en todas sus materias y le propuso algunas sesiones de sus asesorías especiales. Sheila sugirió un cuarto de limpieza oscuro y discreto, que quién sabe cómo conocía. Corrió con Meche, su compañera más ruda pero menos agraciada. A la hora de la cita, fue por el director con su cara más combativa y denunció dónde y cuándo. Chaires fue descubierto y él descubrió que no había obtenido a Shaila. El director, para evitar el escándalo, tuvo que acceder a cuantos exámenes especiales pusieran en manos de Sheila su certificado.
Meche quedó muy a gusto.

RAB

Las muertas*

Rubén García García…» O dispara usted o disparo yo«

El cuerpo se encontró vestido con una túnica blanca ensangrentada. La hemorragia fue causada por una corona que le incrustaron en el perímetro del cráneo. El seno izquierdo cercenado por un escalpelo. El departamento de investigaciones especiales, después de un escrutinio no había encontrado señal. Una segunda ronda hecha por el departamento forense a cargo del Dr. Kinci recogió muestras del vidrio de la ventana y después de artesanales análisis fue identificado como perteneciente a un raro defecto molecular en el cromosoma X. Más tarde el asesino en serie era detenido… . Apagó el D. V. D. Sacó el compacto y lo tiró del octavo piso como si se tratara de un platillo volador. Tomó el suéter y repasó en su mente las últimas películas del género. Salió exaltado y abordó el avión que lo llevaría a la frontera. Era tiempo de sentir el latido sistólico de la acción y prenderse de adrenalina.

Localizan a mujer muerta en zona boscosa de la región de Hidalgo
Texto que fue publicado en una antología organizada por Lilian Elphick
  • En el libro virtual se le identifica como las muertas de Juárez.

Detalles sexsenales

Por Rubén García García


El político prominente cuando iba por su vehículo tuvo que detenerse a que terminara de pasar el desfile de los paquidermos. Furioso,  jaló con violencia el rabo de una elefanta. Ella lo azotó, y descargó su intestino sobre el cuerpo sin vida. La enjuiciaron hallándola culpable. Seis años después  la liberaron. Fue sinónimo de buena suerte y su figura llenaba anuncios espectaculares. El buen gobierno perdió las elecciones y el opositor la adaptó como imagen del cambio.

Renato Leduc y Leonora Carrington. Todo comenzó en París

Tomado de milenio.com

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Publicado por Vaso roto

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Retrato de Renato Leduc

Retrato de Renato Leduc

Leonora Carrington, St Martin d ́Ardèche, 1939

Publicado por Vaso roto

Retrato de Renato Leduc

Retrato de Renato Leduc

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Renato Leduc llegó a París en 1934 para trabajar en la Delegación Fiscal que la Secretaría de Hacienda creó para evitar los abusos de los diplomáticos mexicanos en el manejo de divisas; se instaló en un hotel del Barrio Latino y frecuentó los ambientes callejeros, excéntricos, vanguardistas. En el Café de Flore y en Les Deux Magots conoció a André Breton, Benjamin Péret, Marcel Duchamp, Max Ernst y a los demás integrantes del grupo surrealista.

En agosto de 1937, Leonora Carrington, de 20 años, viajó de Londres a París para reunirse con su amante, el alemán Max Ernst, al que había conocido poco antes en la capital inglesa y quien la adentraría en el universo fascinante del surrealismo, uno de los movimientos artísticos más importantes del mundo.

En 1939 la guerra entre Francia y Alemania comenzó a destruir la historia de amor de Leonora y Max, quien como ciudadano de un país enemigo fue conducido a prisión pero, con la ayuda del poeta Paul Éluard, ella logró liberarlo. En marzo de 1940 lo apresaron nuevamente, llevándolo a un campo de internamiento. Leonora no pudo hacer nada para salvarlo y sufrió una severa crisis nerviosa.

Convencida por una amiga inglesa, viajó a España. En Madrid afloraron sus delirios y fue recluida en un sanatorio para enfermos mentales en Santander, donde le suministraban Cardiazol, precursor químico del electroshock.

En el epílogo de Memorias de abajo, Leonora recuerda que un día llegó a visitarla un primo; era médico y logró que le dieran permiso para salir a un restaurante a cenar con él. Platicaron y prometió sacarla del sanatorio. Cumplió su palabra y unos días después la regresaron a Madrid con una corpulenta vigilante alemana. El plan, pensado por su padre, era enviarla de allí a Lisboa y luego a un hospital a Sudáfrica.

Se hospedaron en un hotel grande y lujoso. Un día, para que se distrajera, custodiada por su celadora, asistió a un “thé dansant”. Allí, de manera inesperada, encontró a Renato Leduc, a quien había conocido en París: “Le conté lo que me había pasado —escribe en Memorias de abajo—, y le pregunté: ¿A dónde va, por amor de Dios? […] Renato me dijo entonces: a Lisboa”.PUBLICIDAD

Leonora llegó en tren a Lisboa. La recibieron dos hombres y una mujer. La llevaron a Estoril, a 25 kilómetros, pero al siguiente día, con el pretexto de comprar unos guantes para proteger sus manos del frío, regresó a Lisboa acompañada por la mujer “de cara avinagrada”, buscó un café lo más grande posible, fingió un fuerte dolor en el estómago y pidió ir al baño. Como había supuesto, era un local con dos puertas; entró por una y salió corriendo por la otra, abordó un taxi que milagrosamente iba pasando y, a gritos, le pidió al chofer que la llevara lo más rápido posible a la embajada de México.

Al llegar, preguntó por Leduc. No estaba. Le dijeron que regresara más tarde. Respondió que la buscaba la policía y la dejaron permanecer en la embajada. “No sé cuándo apareció Renato —escribe en el epílogo de Memorias de abajo—. Al final dijo: ‘Vamos a casarnos. Sé que es horrible para los dos, porque no creo en esa clase de cosas, pero…’ ”.

Cuando Renato volvió a la legación mexicana en Lisboa, encontró a Leonora. Ella le reiteró que quería salir de Europa y él se comprometió a ayudarla, pero en el camino surgieron obstáculos. Uno de ellos fue que la visa de Leonora se venció y las autoridades locales le exigían que regresara a Inglaterra o Francia y que desde allí solicitara un nuevo ingreso a Portugal. Para que no la deportaran, Leopoldo Urrea, compañero de trabajo de Leduc, lo animaba a que se casara con ella, con la que había comenzado a vivir. Renato se negaba; entre sus planes, decía, “no figuraba el contraer matrimonio, por lo menos en un buen tiempo”.

Leonora era joven, brillante, hermosa. Renato venció sus resquemores y accedió al matrimonio, que se llevó a cabo el 26 de mayo de 1941 en el Consulado General Británico. Leonora tenía 24 años, Leduc 42 (en realidad 44 si, como ha descubierto su hija Patricia, nació en 1895 y no en 1897, como él decía).

Mientras llegaba la fecha para casarse, Leonora se encontró en Lisboa con Max Ernst, quien seguía enamorado de ella y se sentía furioso al saber que estaba con Leduc, al que consideraba “un hombre inferior”.

El 11 de julio de 1941, Leonora y Renato abordaron el barco que los conduciría a Nueva York, donde él trabajaría en una oficina de Hacienda. Dos días después, acompañado por la rica coleccionista Peggy Guggenheim, con quien se había emparejado, Max Ernst volaba al mismo destino.

En Nueva York, Leduc salía temprano a trabajar y regresaba en la madrugada. Leonora pasaba el día extrañándolo. Plasmó esa experiencia en un relato llamado “Esperando” y también en la carta que le escribió a Renato el 22 de septiembre de 1941, en la que le dice:

Mi querido Renato, cuando volvía por la calle esperaba encontrarte aquí, es triste este lugar… Sin embargo, tengo la impresión de que has estado aquí. ¿Saliste de nuevo? ¿Llegué muy tarde?

Muero lenta y dolorosamente por las ganas de verte, vuelve pronto. Solo abriré la trampa de los fornicadores (la cama) cuando regreses. No me atrevo a acostarme sola en tal artilugio, tendría miedo de caer en el abismo que hay en medio. Te amo atrozmente, este lugar es horrible sin ti, y aquí me la paso toda la mañana. Detesto Nueva York. Te amo y tengo ganas de acostarme contigo, tengo ganas de abrazarte y de lamerte. Se hace tarde y no vienes, no le temo a nada, por amor de Dios o de Satán (más bien por amor de Satán). Regresa PRONTO PRONTO, RENATO. TENGO GANAS DE TI Y ME VUELVO LOCA SIN TI. VEN PRONTO. Estoy angustiada, te necesito. ¿Tienes idea de cuánto te necesito?

RENATO, POR EL AMOR DEL DIABLO VEN PRONTO.

No sé si deba salir a buscarte, y no sé dónde buscarte… es eso lo espantoso. Es en estos momentos cuando me doy cuenta de lo cerca que estoy de volverme loca, por tan poco transpiro y tiemblo.

¿Salgo o no salgo?, es difícil saberlo. Si este amor se vuelve molesto para ti debes saber que no hay que enamorarse de las locas, todas somos así.

En Nueva York, Leonora contaba con la compañía de Max Ernst y de los demás surrealistas, tenía la oportunidad de seguir pintando y escribiendo, de participar en exposiciones, de lograr una proyección internacional. Pero Renato quería regresar a México y ella se había enamorado de él. Max Ernst, por su parte, se desesperaba al darse cuenta de que Leonora ya no lo amaba.

Renato y Leonora viajan a México a finales de 1942. Llegan en tren a la capital. Él a su ambiente, ella al asombro de un país exótico. Renato tuvo dificultades para encontrar trabajo, andaba de un lado a otro sin lograr nada. Pensó volver a Nueva York, donde tenía un empleo modesto pero seguro, pero el columnista Jorge Piñó Sandoval le insistió que se quedara y lo inició en los secretos del periodismo, un oficio que ya no abandonaría.

Como en Nueva York, donde tenía a Max para hacerle compañía a la hora que ella quisiera, Leonora comenzó a sentir las ausencias de Renato, que pasaba todo el día fuera de casa. No conocía la ciudad ni el idioma ni tenía amigos. Pasaba mucho tiempo sola, otra vez, esperándolo.

Todos buscaban a Renato, lo invitaban a las cantinas, a los restaurantes, a los centros nocturnos de aquella ciudad llena de vida, cosmopolita, con gente llegada de todas partes debido a la guerra. Todos querían estar con él, escuchar sus anécdotas, hablar de política y de toros, de los compañeros de la preparatoria que alcanzaban puestos importantes en el gobierno, como Miguel Alemán y Adolfo López Mateos, que llegarían a ser presidentes de la República. A Leonora no le gustaba ese mundo y permanecía sola, abandonada en un lugar extraño, en una ciudad ajena.

En una carta sin fechar, que permanece, amarillenta y borrosa, en el archivo de Patricia Leduc, Leonora le escribe a su marido:

Renato, ¿por qué es tan raro que las personas que viven juntas no se escriban cartas? Escribiendo uno se vuelve más libre y bajo la insignificante molestia que hay entre nosotros…

Yo sé por qué escribo en este momento —quizá porque soy mi abogada y quiero defenderme contra el público (o mi público imaginario).

¿Qué debo hacer?

“Sacrificarme” —es decir ¿quedarme en casa como mártir, poniéndome fea, amargada e insoportable?

¿Partir? ¿Ahora que me amas y yo te amo?

Y en tanto que estas tormentas me asedian, tu vida no se altera —debes ganarte la vida (y la mía). Debes hacerlo a tu manera —y como lo haces en verdad, y te parece bien, y lo crees. Es lo justo.

El tiempo, las horas pasan rápido para ti, pues estás ocupado, no puedes imaginar lo lento que pasan las horas para mí. Tienes un pasado aquí, toda una vida formada por muchas personas que esperan cosas de ti… cosas, cosas…

Una vida atractiva en el exterior, nada que ver conmigo. Por supuesto que te atrae, no puedes seguirme como un ciego. Te atrae, es necesario para ti materialmente, también moralmente, pues como todo el mundo necesitas un público para expresarte.

Comprendo, pero estoy perdida porque —estoy sola.

¿Sí? ¿No? ¿Sí? ¿No?

Leonora y Renato procedían de mundos diferentes y su relación no podía prosperar. En México, casualmente, Leonora encontró a la pintora Remedios Varo y al poeta Benjamin Péret, del grupo de André Breton. Vivían en la misma colonia que ella —la San Rafael— y en su pequeña y destartalada casa convocaban a surrealistas y otros refugiados europeos. Allí comenzó a sentirse acompañada, identificada con los intereses de sus amigos y su manera de ver la vida. Allí conoció al fotógrafo húngaro Imre Emerico Weisz, llamado Chiqui, y de nuevo decidió cambiar su destino.

El 5 de enero de 1945, Leonora y Renato se divorciaron.

Leonora se casó el 7 de enero de 1946 con Chiqui Weisz, con el que tuvo dos hijos: Pablo y Gabriel.

Renato se casó el 14 de agosto de 1948 con Amalia Romero Elizalde, de 23 años, con la que tuvo a Patricia.

Leonora y Renato siguieron siendo amigos toda la vida. Del tiempo que pasaron juntos queda un retrato de Renato, sin fecha, pintado por Leonora, algunos dibujos y las cartas que le escribió. Como testimonio de su amistad queda el único libro en el que colaboraron: XV Fabulillas de animales, niños y espantos, con poemas de Renato y viñetas de Leonora, publicado en 1957 por la editorial Stylo en una edición de 300 ejemplares numerados, seguramente pagada por Leduc, como lo hizo con otros de sus libros.

Hasta ahora, XV Fabulillas… no había vuelto a publicarse con las viñetas de Leonora. Es un libro prácticamente inédito que encierra la historia de un amor, de una época, de una ciudad…

Leonora Carrington, St Martin d ́Ardèche, 1939

El canto de la primavera

Rubén García García

Escucho el ruido de la heladera. Afuera, va gritando el vendedor de mondongo. Flota una calma que no lo es. Se oye la alarma de un vecino. Después el silencio; veo por la ventana el pájaro azul negro. Es un día nublado, los cotorros en el patio chiflan fiu-fiu a mujeres inexistentes. Desde la avenida se oye el ir y venir de los carros. Muy a lo lejos llega el canto de la primavera. Me encimo en su silbido para escapar de la soledad.

Flota una calma;

no lo es, pero asfixia.

Vuelo a la sábana.

Gauguin, El Greco, Edward Hopper... o el arte de viajar a través de la  pintura
Gauguin