Rubén García García…» O dispara usted o disparo yo«
El cuerpo se encontró vestido con una túnica blanca ensangrentada. La hemorragia fue causada por una corona que le incrustaron en el perímetro del cráneo. El seno izquierdo cercenado por un escalpelo. El departamento de investigaciones especiales, después de un escrutinio no había encontrado señal. Una segunda ronda hecha por el departamento forense a cargo del Dr. Kinci recogió muestras del vidrio de la ventana y después de artesanales análisis fue identificado como perteneciente a un raro defecto molecular en el cromosoma X. Más tarde el asesino en serie era detenido… . Apagó el D. V. D. Sacó el compacto y lo tiró del octavo piso como si se tratara de un platillo volador. Tomó el suéter y repasó en su mente las últimas películas del género. Salió exaltado y abordó el avión que lo llevaría a la frontera. Era tiempo de sentir el latido sistólico de la acción y prenderse de adrenalina.
Texto que fue publicado en una antología organizada por Lilian Elphick
En el libro virtual se le identifica como las muertas de Juárez.
El político prominente cuando iba por su vehículo tuvo que detenerse a que terminara de pasar el desfile de los paquidermos. Furioso, jaló con violencia el rabo de una elefanta. Ella lo azotó, y descargó su intestino sobre el cuerpo sin vida. La enjuiciaron hallándola culpable. Seis años después la liberaron. Fue sinónimo de buena suerte y su figura llenaba anuncios espectaculares. El buen gobierno perdió las elecciones y el opositor la adaptó como imagen del cambio.
Renato Leduc llegó a París en 1934 para trabajar en la Delegación Fiscal que la Secretaría de Hacienda creó para evitar los abusos de los diplomáticos mexicanos en el manejo de divisas; se instaló en un hotel del Barrio Latino y frecuentó los ambientes callejeros, excéntricos, vanguardistas. En el Café de Flore y en Les Deux Magots conoció a André Breton, Benjamin Péret, Marcel Duchamp, Max Ernst y a los demás integrantes del grupo surrealista.
En agosto de 1937, Leonora Carrington, de 20 años, viajó de Londres a París para reunirse con su amante, el alemán Max Ernst, al que había conocido poco antes en la capital inglesa y quien la adentraría en el universo fascinante del surrealismo, uno de los movimientos artísticos más importantes del mundo.
En 1939 la guerra entre Francia y Alemania comenzó a destruir la historia de amor de Leonora y Max, quien como ciudadano de un país enemigo fue conducido a prisión pero, con la ayuda del poeta Paul Éluard, ella logró liberarlo. En marzo de 1940 lo apresaron nuevamente, llevándolo a un campo de internamiento. Leonora no pudo hacer nada para salvarlo y sufrió una severa crisis nerviosa.
Convencida por una amiga inglesa, viajó a España. En Madrid afloraron sus delirios y fue recluida en un sanatorio para enfermos mentales en Santander, donde le suministraban Cardiazol, precursor químico del electroshock.
En el epílogo de Memorias de abajo, Leonora recuerda que un día llegó a visitarla un primo; era médico y logró que le dieran permiso para salir a un restaurante a cenar con él. Platicaron y prometió sacarla del sanatorio. Cumplió su palabra y unos días después la regresaron a Madrid con una corpulenta vigilante alemana. El plan, pensado por su padre, era enviarla de allí a Lisboa y luego a un hospital a Sudáfrica.
Se hospedaron en un hotel grande y lujoso. Un día, para que se distrajera, custodiada por su celadora, asistió a un “thé dansant”. Allí, de manera inesperada, encontró a Renato Leduc, a quien había conocido en París: “Le conté lo que me había pasado —escribe en Memorias de abajo—, y le pregunté: ¿A dónde va, por amor de Dios? […] Renato me dijo entonces: a Lisboa”.PUBLICIDAD
Leonora llegó en tren a Lisboa. La recibieron dos hombres y una mujer. La llevaron a Estoril, a 25 kilómetros, pero al siguiente día, con el pretexto de comprar unos guantes para proteger sus manos del frío, regresó a Lisboa acompañada por la mujer “de cara avinagrada”, buscó un café lo más grande posible, fingió un fuerte dolor en el estómago y pidió ir al baño. Como había supuesto, era un local con dos puertas; entró por una y salió corriendo por la otra, abordó un taxi que milagrosamente iba pasando y, a gritos, le pidió al chofer que la llevara lo más rápido posible a la embajada de México.
Al llegar, preguntó por Leduc. No estaba. Le dijeron que regresara más tarde. Respondió que la buscaba la policía y la dejaron permanecer en la embajada. “No sé cuándo apareció Renato —escribe en el epílogo de Memorias de abajo—. Al final dijo: ‘Vamos a casarnos. Sé que es horrible para los dos, porque no creo en esa clase de cosas, pero…’ ”.
Cuando Renato volvió a la legación mexicana en Lisboa, encontró a Leonora. Ella le reiteró que quería salir de Europa y él se comprometió a ayudarla, pero en el camino surgieron obstáculos. Uno de ellos fue que la visa de Leonora se venció y las autoridades locales le exigían que regresara a Inglaterra o Francia y que desde allí solicitara un nuevo ingreso a Portugal. Para que no la deportaran, Leopoldo Urrea, compañero de trabajo de Leduc, lo animaba a que se casara con ella, con la que había comenzado a vivir. Renato se negaba; entre sus planes, decía, “no figuraba el contraer matrimonio, por lo menos en un buen tiempo”.
Leonora era joven, brillante, hermosa. Renato venció sus resquemores y accedió al matrimonio, que se llevó a cabo el 26 de mayo de 1941 en el Consulado General Británico. Leonora tenía 24 años, Leduc 42 (en realidad 44 si, como ha descubierto su hija Patricia, nació en 1895 y no en 1897, como él decía).
Mientras llegaba la fecha para casarse, Leonora se encontró en Lisboa con Max Ernst, quien seguía enamorado de ella y se sentía furioso al saber que estaba con Leduc, al que consideraba “un hombre inferior”.
El 11 de julio de 1941, Leonora y Renato abordaron el barco que los conduciría a Nueva York, donde él trabajaría en una oficina de Hacienda. Dos días después, acompañado por la rica coleccionista Peggy Guggenheim, con quien se había emparejado, Max Ernst volaba al mismo destino.
En Nueva York, Leduc salía temprano a trabajar y regresaba en la madrugada. Leonora pasaba el día extrañándolo. Plasmó esa experiencia en un relato llamado “Esperando” y también en la carta que le escribió a Renato el 22 de septiembre de 1941, en la que le dice:
Mi querido Renato, cuando volvía por la calle esperaba encontrarte aquí, es triste este lugar… Sin embargo, tengo la impresión de que has estado aquí. ¿Saliste de nuevo? ¿Llegué muy tarde?
Muero lenta y dolorosamente por las ganas de verte, vuelve pronto. Solo abriré la trampa de los fornicadores (la cama) cuando regreses. No me atrevo a acostarme sola en tal artilugio, tendría miedo de caer en el abismo que hay en medio. Te amo atrozmente, este lugar es horrible sin ti, y aquí me la paso toda la mañana. Detesto Nueva York. Te amo y tengo ganas de acostarme contigo, tengo ganas de abrazarte y de lamerte. Se hace tarde y no vienes, no le temo a nada, por amor de Dios o de Satán (más bien por amor de Satán). Regresa PRONTO PRONTO, RENATO. TENGO GANAS DE TI Y ME VUELVO LOCA SIN TI. VEN PRONTO. Estoy angustiada, te necesito. ¿Tienes idea de cuánto te necesito?
RENATO, POR EL AMOR DEL DIABLO VEN PRONTO.
No sé si deba salir a buscarte, y no sé dónde buscarte… es eso lo espantoso. Es en estos momentos cuando me doy cuenta de lo cerca que estoy de volverme loca, por tan poco transpiro y tiemblo.
¿Salgo o no salgo?, es difícil saberlo. Si este amor se vuelve molesto para ti debes saber que no hay que enamorarse de las locas, todas somos así.
En Nueva York, Leonora contaba con la compañía de Max Ernst y de los demás surrealistas, tenía la oportunidad de seguir pintando y escribiendo, de participar en exposiciones, de lograr una proyección internacional. Pero Renato quería regresar a México y ella se había enamorado de él. Max Ernst, por su parte, se desesperaba al darse cuenta de que Leonora ya no lo amaba.
Renato y Leonora viajan a México a finales de 1942. Llegan en tren a la capital. Él a su ambiente, ella al asombro de un país exótico. Renato tuvo dificultades para encontrar trabajo, andaba de un lado a otro sin lograr nada. Pensó volver a Nueva York, donde tenía un empleo modesto pero seguro, pero el columnista Jorge Piñó Sandoval le insistió que se quedara y lo inició en los secretos del periodismo, un oficio que ya no abandonaría.
Como en Nueva York, donde tenía a Max para hacerle compañía a la hora que ella quisiera, Leonora comenzó a sentir las ausencias de Renato, que pasaba todo el día fuera de casa. No conocía la ciudad ni el idioma ni tenía amigos. Pasaba mucho tiempo sola, otra vez, esperándolo.
Todos buscaban a Renato, lo invitaban a las cantinas, a los restaurantes, a los centros nocturnos de aquella ciudad llena de vida, cosmopolita, con gente llegada de todas partes debido a la guerra. Todos querían estar con él, escuchar sus anécdotas, hablar de política y de toros, de los compañeros de la preparatoria que alcanzaban puestos importantes en el gobierno, como Miguel Alemán y Adolfo López Mateos, que llegarían a ser presidentes de la República. A Leonora no le gustaba ese mundo y permanecía sola, abandonada en un lugar extraño, en una ciudad ajena.
En una carta sin fechar, que permanece, amarillenta y borrosa, en el archivo de Patricia Leduc, Leonora le escribe a su marido:
Renato, ¿por qué es tan raro que las personas que viven juntas no se escriban cartas? Escribiendo uno se vuelve más libre y bajo la insignificante molestia que hay entre nosotros…
Yo sé por qué escribo en este momento —quizá porque soy mi abogada y quiero defenderme contra el público (o mi público imaginario).
¿Qué debo hacer?
“Sacrificarme” —es decir ¿quedarme en casa como mártir, poniéndome fea, amargada e insoportable?
¿Partir? ¿Ahora que me amas y yo te amo?
Y en tanto que estas tormentas me asedian, tu vida no se altera —debes ganarte la vida (y la mía). Debes hacerlo a tu manera —y como lo haces en verdad, y te parece bien, y lo crees. Es lo justo.
El tiempo, las horas pasan rápido para ti, pues estás ocupado, no puedes imaginar lo lento que pasan las horas para mí. Tienes un pasado aquí, toda una vida formada por muchas personas que esperan cosas de ti… cosas, cosas…
Una vida atractiva en el exterior, nada que ver conmigo. Por supuesto que te atrae, no puedes seguirme como un ciego. Te atrae, es necesario para ti materialmente, también moralmente, pues como todo el mundo necesitas un público para expresarte.
Comprendo, pero estoy perdida porque —estoy sola.
¿Sí? ¿No? ¿Sí? ¿No?
Leonora y Renato procedían de mundos diferentes y su relación no podía prosperar. En México, casualmente, Leonora encontró a la pintora Remedios Varo y al poeta Benjamin Péret, del grupo de André Breton. Vivían en la misma colonia que ella —la San Rafael— y en su pequeña y destartalada casa convocaban a surrealistas y otros refugiados europeos. Allí comenzó a sentirse acompañada, identificada con los intereses de sus amigos y su manera de ver la vida. Allí conoció al fotógrafo húngaro Imre Emerico Weisz, llamado Chiqui, y de nuevo decidió cambiar su destino.
El 5 de enero de 1945, Leonora y Renato se divorciaron.
Leonora se casó el 7 de enero de 1946 con Chiqui Weisz, con el que tuvo dos hijos: Pablo y Gabriel.
Renato se casó el 14 de agosto de 1948 con Amalia Romero Elizalde, de 23 años, con la que tuvo a Patricia.
Leonora y Renato siguieron siendo amigos toda la vida. Del tiempo que pasaron juntos queda un retrato de Renato, sin fecha, pintado por Leonora, algunos dibujos y las cartas que le escribió. Como testimonio de su amistad queda el único libro en el que colaboraron: XV Fabulillas de animales, niños y espantos, con poemas de Renato y viñetas de Leonora, publicado en 1957 por la editorial Stylo en una edición de 300 ejemplares numerados, seguramente pagada por Leduc, como lo hizo con otros de sus libros.
Hasta ahora, XV Fabulillas… no había vuelto a publicarse con las viñetas de Leonora. Es un libro prácticamente inédito que encierra la historia de un amor, de una época, de una ciudad…
Escucho el ruido de la heladera. Afuera, va gritando el vendedor de mondongo. Flota una calma que no lo es. Se oye la alarma de un vecino. Después el silencio; veo por la ventana el pájaro azul negro. Es un día nublado, los cotorros en el patio chiflan fiu-fiu a mujeres inexistentes. Desde la avenida se oye el ir y venir de los carros. Muy a lo lejos llega el canto de la primavera. Me encimo en su silbido para escapar de la soledad.
—Las uñas tienden a crecer después de muerto —me dijo el médico, mientras realizaba mi autopsia. —Entonces es posible que siga vivo —le dije con cierta vergüenza, como si hubiera dicho un disparate. —No. Ello no es posible. De hecho, lo único que crece siempre son las uñas. Lo demás es la ilusión que se desprende de ellas. Acto seguido, continuó sacando mis vísceras y arrojándolas a un balde. Juan Mihovilovich Poeta, cuentista y novelista. Es, además, abogado de profesión y juez rural por elección. Actualmente reside en Puerto Cisnes, Región de Aysén. Ha publicado las novelas El contagio de la locura (2006), Desencierro (2008), Grados de referencia (2011), y el libro de cuentos Restos mortales (2004). Otras novelas de su autoría son: Sus desnudos pies sobre la nieve, El asombro, Yo mi hermano, y los libros de cuentos, El ventanal de la desolación, El clasificador y Los números no cuentan
¿Te has parado a pensar en el origen mitológico de las constelaciones? ¿Conoces la constelación de Orión? Si quieres saber la relación que hay entre esta constelación y la diosa Artemisa, ven y te lo cuento. 👇 👇 Más vídeos en Mitologías. Lídia Castro Navàs
El ayer lejano. Duele porque ya no estoy en tus pensamientos. Hay días que tus manos acarician mi cara, y tus piernas rodean mi cintura. Los labios gritando hacia dentro y después el silencio cómplice. Hoy nos encontramos en el cinema, tú fingiendo una plática con tu pareja, yo, simulando no verte. Solo los aromas se mezclaron, viejos conocidos.
De verdad, esto fue lo que pasó: en el pueblo nos gustaba embromar a Bartolo, porque era tan inocente como un niño dentro del cuerpo de un hombre, y todo se lo creía. Sabíamos que estaba enamorado en secreto de Clarita, por eso le dijimos que en el río había piedras mágicas que hacían invisible a quien las llevara en la bolsa. Así vas a poder darle un beso sin que se dé cuenta, rematamos; él bajó corriendo al río y nosotros lo seguimos muertos de risa. Se guardó piedras negras en todos lados: en los bolsillos del pantalón, de la chaqueta, en la riñonera vieja que siempre llevaba y subió al pueblo con las piedras haciéndole racrac rac. Cuando pasaba frente a los vecinos y nadie lo miraba –porque nos habíamos puesto todos de acuerdo – sonreía feliz. Por fin llegó a la casa de Clarita, entró al zaguán y viéndola ahí le dio un beso en la boca. Nosotros esperamos la reacción: una cachetada, un empujón, por lo menos un insulto, pero ella se abrazó fuerte a Bartolo, le dio otro beso y se esfumaron los dos en el aire, volviéndose invisibles a nuestros ojos y dejando en el suelo este montoncito de piedras negras, que ve usted ahí.
El patriarca ordenó —¡Que los fusilen a todos en nombre del pueblo! Y los soldados fusilaron a los hombres. Entonces las mujeres gritaron: —¡Eran nuestros hombres y nuestros hijos ésos que fusilaste! Y el patriarca ordenó: —¡Que las fusilen a todas en nombre del pueblo! Y los soldados fusilaron a las mujeres. El pueblo entero gritó entonces: —¡Eran nuestras madres y nuestras mujeres y nuestras hermanas ésas que fusilaste! El patriarca ordenó: —¡Que fusilen al pueblo en nombre del pueblo! Y los soldados fusilaron al pueblo. Pero como los soldados también eran pueblo se fusilaron entre ellos. Entonces el patriarca se retiró a escribir sus memorias a la solitaria e inexpugnable fortaleza. Pero también contrató los servicios de un extranjero erudito y muy famoso para que narrara la epopeya del pueblo. En nombre del pueblo.
En: Cien microcuentos chilenos (Selección y prólogo de Juan A. Epple, 2002) Antonio Montero. Autor de las novelas Asunto de Familia, Tres Réquiem para Carmela, Triángulo para una sola Cuerda, y los volúmenes de cuentos Nos vemos en Santiago, No morir, El Círculo Dramático, Baracaldo o el Tercer Pabellón. Entre otras distinciones, obtuvo el Premio Municipal de Santiago en 1979 y 1982. Sus cuentos han sido incluidos en antologías en Chile y en el extranjero. Cultivó la ciencia ficción, tanto en cuento como en novela.
Hoy 24 de Septiembre es día del Santo de mamá Meche. Siempre festejábamos este día, creyendo erróneamente, que era el día de su nacimiento. Por un acta que mi hermano rebuscó en archivos de su pueblo, sabemos que es el día diez del mismo mes. Solo fuimos cuatros dos varones y dos mujeres. Siendo su servidor el mayor. Cumplió y cumple 95 años y según el dictamen médico, está mejor que sus hijos. Felicidades Ama y que tu amor nos siga instruyendo en la vida.
La pelota hace una parábola y va rumbo al ángulo de la portería. El portero, pasmado la sigue con la mirada. El esférico rebotó en la fina malla tejida por una araña. Satisfecha de la resistencia, ahora espera algo más sustancioso.
Era casi una niña cuando su profesor usó todas sus artes de seducción. Ahora tiene dieciocho años y, sin querer, ha descubierto que ella no es la única víctima. Se acaba de enterar que ha citado a otra alumna, también casi una niña, justo a la misma habitación del hotel a donde la lleva a ella, cada vez con menos frecuencia. Laura, su mejor amiga le dice: hay que tenderle una trampa. Laura investiga y se entera que son varias lasadolescentes a las que él invita a esa habitación. Las convoca a todas a acudir el día y antes de la hora en la que él llegará con la chica nueva. Amenazan al del hotel con denunciar que permiten el abuso de menores y accede a abrirles la habitación. Cuando él abre el cuarto, todas gritan ¡Sorpresa!
Desafío a la geometría
Realizaron el experimento sobre una cama que era un perfecto paralelepípedo rectángulo. Se colocaron de manera horizontal y paralela y demostraron que dos paralelas pueden encontrarse a través de una perpendicular (¡qué palabra!) que no solo las une.
(Nota bene antes de comenzar la lectura: para ver las imágenes en mayor tamaño –cosa que modestamente me atrevo a aconsejar– pueden hacer clic sobre cada una de ellas y se abrirá en una nueva pestaña para poder ser apreciada con mayor detalle. Además allí podrán, a su vez, magnificarlas aún más). . Heliogábalo fue […]
Makiu implora que aparezca su Hada. Está sentada en la cama y no puede dormir. Llega y acariciando su cabeza le pregunta:
—¿Qué te sucede?
—Cuando cierro los ojos, sale un león.
El Hada sonríe.
—Acuéstate y duerme. Yo haré lo mismo.
La niña se relaja y cuando ya abría la puerta del sueño, le pregunta el hada.
—¿El león es de melena negra?
—Si. -Dice la niña—a quién se le cierran los ojos.
La madrina se retira, sonríe cuando la mira dormir. Llega a su retiro, pone la varita en el estuche, se tiende sobre la sábana, cierra los ojos, divisa la floración de las azaleas y entre los tallos se asoma una melena de color negro…