La última jornada del MicroDecamerón

El huésped de Patricia Nasselo

—Un p-r-í-n-ci-pe-sa-po —deletrea Angelita. Encantada con el simpático personaje verde, la pequeña lo recorta con su tijera para papel y lo pega en otra lámina, ésa de los tres chanchos que también le gustan. Es de lamentar que, en esta segunda lámina, además haya un lobo, un energúmeno que sopla con la fuerza de mil demonios.
Expulsado por aquel huracán, cargando golpes y espantos diversos, el sapo llega al bosque. Allí se encuentra con el Hada Madrina quien se apiada de él y le devuelve su forma de príncipe. Durante meses, que se hacen años, el príncipe caza para subsistir, hasta que un día, deseoso de encarar una hazaña que esté a la altura del vigor que ganó con tanta vida salvaje, se dirige a la ciudad y busca una casa.
Llama a mi puerta.
—Hola, Ángela —saluda con una voz que sonríe con aspereza. Sé que lo conozco aunque no recuerdo de dónde, siento que me sonrojo. —Ando sobrado de sangre real, me agradaría convidarte —agrega con esa voz que me cautiva.

Cuento para enviar vía sms Príncipe de Beckelar | copylife

El microdecameron

Antología organizada por Paola Tena

Leyenda moreliana

Francisca tenía dos pretendientes molestos como las moscas panteoneras, y sin saber ya cómo espantarlos, aprovechó el sepelio del Mochadedos, conocido narco de Morelia para pedirles
algo que –pensaba ella– no podrían cumplir. Mandó decir a Alejandro –enamorado número uno– que si quería su amor, acudiera al tanatorio esa noche y quitándole las ropas al muerto se cambiara por él. Luego avisó a Raymundo –enamorado número dos–, de que el precio de su amor era que se robara el cuerpo del Mochadedos.
Esa noche, Alejandro forzó la puerta de la funeraria y viendo el ataúd en el centro, lo abrió poco a poco sintiendo el mayor miedo de su vida. Ahí estaba el Mochadedos: pálido, frío, y con un par de balazos mal disimulados en la frente, pero pensando solo en la recompensa que tendría, como pudo lo sacó y lo acomodó en otro féretro. Luego se metió en el cajón y cruzó los brazos. Poco después escuchó los pasos de alguien que se acercaba, y fingiéndose muerto sintió que sin ninguna consideración se lo echaban al hombro como un saco de papas. Así iban los dos pretendientes, uno cargando al otro por la calle, cuando oyeron el quietos ahí de los guardias que hacían la ronda nocturna. Sin dilación, temiendo que los metieran a la cárcel o algo peor por haber profanado al Mochadedos, huyeron en distintas direcciones, perseguidos por los policías. Francisca aprovechó la oportunidad para despacharlos a los dos.
Nunca encontraron el cadáver del Mochadedos, y dicen por ahí que sus compinches se lo llevaron, o que en realidad no estaba muerto y se hizo cirugía plástica en Estados Unidos. Lo que nadie se explica –ni ellos quieren confesar– es por qué a los dos les falta desde entonces el dedo meñique.

Bebé prematuro muere tras permanecer 10 horas en mortuorio de Lima por  error | El Comercio

La coma que no debe usarse

Tomado de redacción sin dolorRedacción sin Dolor · 

Pensamiento para hoy acerca de comas que NO deben usarse

• No debemos emplear una coma entre el sujeto y el verbo principal de una oración.

→ ⓧEl chocolate, es un derivado de la planta de cacao.
☞ El chocolate es un derivado de la planta de cacao.

La única excepción posible ocurre cuando el sujeto ES o INCLUYE una oración subordinada. Solo pondremos una coma después del sujeto para evitar una ambigüedad o confusión debido a la presencia de dos verbos:

⇏ El hombre que asesina por odio olvida su propia humanidad al desconocer la ajena. (Los verbos son «asesina» [subordinado] y «olvida» [principal]).

Aquí todo PARECE claro, pero el sentido era otro:

☞ El hombre que asesina, por odio olvida su propia humanidad al desconocer la ajena.

¿Verdad que la coma hacía falta? Pero esto solo sucede cuando el sujeto es o incluye una oración subordinada, y no siempre. REGLA GENERAL (1er mandamiento de la buena redacción): No separarás el sujeto del núcleo del predicado con una coma.

• No debemos emplear una coma entre el verbo y su complemento directo.

⇏ Los participantes apagaron, sus computadoras.

No importa que, leída la proposición en voz alta, se haga una pausa después del verbo: nunca hay que poner una coma entre el verbo y su complemento directo. Ahora veamos esta otra variante:

⇏ Los participantes apagaron con mucho disimulo, sus computadoras.

Aquí surgió el problema porque entre el verbo (apagaron) y el complemento directo hay un complemento circunstancial (con mucho disimulo). Esa coma desorienta al lector. «Con mucho disimulo» podría comprenderse como frase parentética, en cuyo caso debería estar entre DOS comas, no UNA:

➞ Los participantes apagaron, con mucho disimulo, sus computadoras.

Si el redactor desea que ese complemento se entienda no como información parentética sino esencial, debe eliminar AMBAS comas:

➞ Los participantes apagaron con mucho disimulo sus computadoras.

Estío de Inés Arredondo

El cuento de México

Estaba sentada en una silla de extensión a la sombra del amate, mirando a Román y Julio practicar el volley-ball a poca distancia. Empezaba a hacer bastante calor y la calma se extendía por la huerta.

–Ya, muchachos. Si no, se va a calentar el refresco.

Con un acuerdo perfecto y silencioso, dejaron de jugar. Julio atrapó la bola en el aire y se la puso bajo el brazo. El crujir de la grava bajo sus pies se fue acercando mientras yo llenaba los vasos. Ahí estaban ahora ante mí y daba gusto verlos, Román rubio, Julio moreno.

–Mientras jugaban estaba pensando en qué había empleado mi tiempo desde que Román tenía cuatro años… No lo he sentido pasar, ¿no es raro?

–Nada tiene de raro, puesto que estabas conmigo –dijo riendo Román, y me dio un beso.

–Además, yo creo que esos años realmente no han pasado. No podría usted estar tan joven.

Román y yo nos reímos al mismo tiempo. El muchacho bajó los ojos, la cara roja, y se aplicó a presionarse un lado de la nariz con el índice doblado, en aquel gesto que le era tan propio.

–Déjate en paz esa nariz.

–No lo hago por ganas, tengo el tabique desviado.

–Ya lo sé, pero te vas a lastimar.

Román hablaba con impaciencia, como si el otro lo estuviera molestando a él. Julio repitió todavía una vez o dos el gesto, con la cabeza baja, y luego sin decir nada se dirigió a la casa.
A la hora de cenar ya se habían bañado y se presentaron frescos y alegres.

–¿Qué han hecho?

–Descansar y preparar luego la tarea de cálculo diferencial. Le tuve que explicar a este animal A por B, hasta que entendió.

Comieron con su habitual apetito. Cuando bebían la leche Román fingió ponerse grave y me dijo.

–Necesito hablar seriamente contigo.

Julio se ruborizó y se levantó sin mirarnos.

–Ya me voy.

–Nada de que te vas. Ahora aguantas aquí a pie firme. –Y volviéndose hacia mí continuó–: Es que se trata de él, por eso quiere escabullirse. Resulta que le avisaron de su casa que ya no le pueden mandar dinero y quiere dejar la carrera para ponerse a trabajar. Dice que al fin apenas vamos en primer año…

Los nudillos de las manos de Julio estaban amarillos de lo que apretaba el respaldo de la silla. Parecía hacer un gran esfuerzo para contenerse; incluso levantó la cabeza como si fuera a hablar, pero la dejó caer otra vez sin haber dicho palabra.

–… yo quería preguntarte si no podría vivir aquí, con nosotros. Sobra lugar y…

–Por supuesto; es lo más natural. Vayan ahora mismo a recoger sus cosas: llévate el auto para traerlas.

Julio no despegó los labios, siguió en la misma actitud de antes y solo me dedicó una mirada que no traía nada de agradecimiento, que era más bien un reproche. Román lo cogió de un brazo y le dio un tirón fuerte. Julio soltó la silla y se dejó jalar sin oponer resistencia, como un cuerpo inerte.

–Tiende la cama mientras volvemos –me gritó Román al tiempo de dar a Julio un empellón que lo sacó por la puerta de la calle.

Abrí por completo las ventanas del cuarto de Román. El aire estaba húmedo y hacia el oriente se veían relámpagos que iluminaban el cielo encapotado; los truenos lejanos hacían más tierno el canto de los grillos. De sobre la repisa quité el payaso de trapo al que Román durmiera abrazado durante tantos años, y lo guardé en la parte alta del clóset. Las camas gemelas, el restirador, los compases, el mapamundi y las reglas, todo estaba en orden. Únicamente habría que comprar una cómoda para Julio. Puse en la repisa el despertador, donde estaba antes el payaso, y me senté en el alféizar de la ventana.

*

–Si no la va a ver nadie.

–Ya lo sé, pero…

–¿Pero qué?

–Está bien. Vamos.

Nunca se me hubiera ocurrido bajar a bañarme al río, aunque mi propia huerta era un pedazo de margen. Nos pasamos la mañana dentro del agua, y allí, metidos hasta la cintura, comimos nuestra sandía y escupimos las pepitas hacia la corriente. No dejábamos que el agua se nos secara completamente en el cuerpo. Estábamos continuamente húmedos, y de ese modo el viento ardiente era casi agradable. A medio día, subí a la casa en traje de baño y regresé con sándwiches, galletas y un gran termo con té helado. Muy cerca del agua y a la sombra de los mangos nos tiramos para dormir la siesta.

Abrí los ojos cuando estaba cayendo la tarde. Me encontré con la mirada de indefinible reproche de Julio. Román seguía durmiendo.

–¿Qué te pasa? –dije en voz baja.

–¿De qué?

–De nada –sentí un poco de vergüenza.

Julio se incorporó y vino a sentarse a mi lado. Sin alzar los ojos me dijo:

–Quisiera irme de la casa.

Me turbé, no supe por qué, y solo pude responderle con una frase convencional.

–¿No estás contento con nosotros?

–No se trata de eso es que…

Román se movió y Julio me susurró apresurado.

–Por favor, no le diga nada de esto.

*

–Mamá, no seas, ¿para qué quieres que te roguemos tanto? Péinate y vamos.

–Puede que la película no esté muy buena, pero siempre se entretiene uno.

–No, ya les dije que no.

–¿Qué va a hacer usted sola en este caserón toda la tarde?

–Tengo ganas de estar sola.

–Déjala, Julio, cuando se pone así no hay quién la soporte. Ya me extrañaba que hubiera pasado tanto tiempo sin que le diera uno de esos arrechuchos. Pero ahora no es nada, dicen que recién muerto mi padre…

Cuando salieron todavía le iba contando la vieja historia. El calor se metía al cuerpo por cada poro; la humedad era un vapor quemante que envolvía y aprisionaba, uniendo y aislando a la vez cada objeto sobre la tierra, una tierra que no se podía pisar con el pie desnudo. Aun las baldosas entre el baño y mi recámara estaban tibias. Llegué a mi cuarto y dejé caer la toalla;
frente al espejo me desaté los cabellos y dejé que se deslizaran libres sobre los hombros, húmedos por la espalda húmeda. Me sonreí en la imagen. Luego me tendí boca
abajo sobre el cemento helado y me apreté contra él: la sien, la mejilla, los pechos, el vientre, los muslos. Me estiré con un suspiro y me quedé adormilada, oyendo como fondo a mi
entresueño el bordoneo vibrante y perezoso de los insectos en la huerta.

Más tarde me levanté, me eché encima una bata corta, y sin calzarme ni recogerme el pelo fui a la cocina, abrí el refrigerador y saqué tres mangos gordos, duros. Me senté a comerlos en las gradas que están al fondo de la casa, de cara a la huerta. Cogí uno y lo pelé con los dientes, luego lo mordí con toda la boca, hasta el hueso; arranqué un trozo grande, que apenas me cabía y sentí la pulpa aplastarse y al jugo correr por mi garganta, por las comisuras de la boca, por mi barbilla, después por entre los dedos y a lo largo de los antebrazos. Con impaciencia pelé el segundo. Y más calmada, casi satisfecha ya, empecé a comer el tercero.

Un chancleteo me hizo levantar la cabeza. Era la Toña que se acercaba. Me quedé con el mango entre las manos, torpe, inmóvil, y el jugo sobre la piel empezó a secarse rápidamente y a ser incómodo, a ser una porquería.

–Volví porque se me olvidó el dinero –me miró largamente con sus ojos brillantes, sonriendo–: Nunca la había visto comer así, ¿verdad que es rico?

–Sí, es rico. –Y me reí levantando más la cabeza y dejando que las últimas gotas pesadas resbalaran un poco por mi cuello–. Muy rico. –Y sin saber por qué comencé a reírme alto, francamente. La Toña se rió también y entró en la cocina. Cuando pasó de nuevo junto a mí me dijo con sencillez:

–Hasta mañana.

Y la vi alejarse, plas, plas, con el chasquido de sus sandalias y el ritmo seguro de sus caderas.
Me tendí en el escalón y miré por entre las ramas al cielo cambiar lentamente, hasta que fue de noche.

*

Un sábado fuimos los tres al mar. Escogí una playa desierta porque me daba vergüenza que me vieran ir de paseo con los muchachos como si tuviéramos la misma edad. Por el camino cantamos hasta quedarnos con las gargantas lastimadas, y cuando la brecha desembocó en la playa y en el horizonte vimos reverberar el mar, nos quedamos los tres callados.

En el macizo de palmeras dejamos el bastimento y luego cada uno eligió una duna para desvestirse.

El retumbo del mar caía sordo en el aire pesado de sol. Untándome con el aceite me acerqué hasta la línea húmeda que la marea deja en la arena. Me senté sobre la costra dura, casi seca, que las olas no tocan.

Lejos, oí los gritos de los muchachos; me volví para verlos: no estaban separados de mí más que por unos metros, pero el mar y el sol dan otro sentido a las distancias.

Vinieron corriendo hacia donde yo estaba y pareció que iban a atropellarme, pero un momento antes de hacerlo Román frenó con los pies echados hacia adelante levantando una gran cantidad de arena y, cayendo de espaldas, mientras Julio se dejaba ir de bruces a mi lado, con toda la fuerza y la total confianza que hubiera puesto en un clavado a una piscina. Se quedaron quietos, con los ojos cerrados; los flancos de ambos palpitaban, brillantes por el sudor. A pesar del mar podía escuchar el jadeo de sus respiraciones. Sin dejar de mirarlos me fui sacudiendo la arena que habían echado sobre mí. Román levantó la cabeza.

–¡Qué bruto eres, mano, por poco le caes encima!

Julio ni se movió.

–¿Y tú? Mira cómo la dejaste de arena.

Seguía con los ojos cerrados, o eso parecía; tal vez me observaba así siempre, sin que me diera cuenta.

–Te vamos a enseñar unos ejercicios del pentatlón ¿eh?

Román se levantó y al pasar junto a Julio le puso un pie en las costillas y brincó por encima de él. Vi aquel pie desmesurado y tosco sobre el torso delgado. Corrieron, lucharon, los miembros esbeltos confundidos en un haz nervioso y lleno de gracia. Luego Julio se arrodilló y se dobló sobre sí mismo haciendo un obstáculo compacto mientras Román se alejaba.

–Ahora vas a ver el salto del tigre –me gritó Román antes de iniciar la carrera tendida hacia donde estábamos Julio y yo.

Lo vi contraerse y lanzarse al aire vibrante, con las manos extendidas hacia adelante y la cara oculta entre los brazos. Su cuerpo se estiró infinitamente y quedó suspendido en el salto que era un vuelo. Dorado en el sol, tersa su sombra sobre la arena. El cuerpo como un río fluía junto a mí, pero yo no podía tocarlo. No se entendía para qué estaba Julio ahí, abajo, porque no había necesidad alguna de salvar nada, no se trataba de un ejercicio: volar, tenderse en el tiempo de la armonía como en el propio lecho, estar en el ambiente de la plenitud, eso era todo. No sé cuándo, cuando Román cayó al fin sobre la arena, me levanté sin decir nada, me encaminé hacia el mar, fui entrando en él paso a paso, segura contra la resaca.

El agua estaba tan fría que de momento me hizo tiritar; pasé el reventadero y me tiré a mi vez de bruces, con fuerza. Luego comencé a nadar. El mar copiaba la redondez de mi brazo,
respondía al ritmo de mis movimientos, respiraba. Me abandoné de espaldas y el sol quemó mi cara mientras el mar helado me sostenía entre la tierra y el cielo. Las auras planeaban lentas en el mediodía; una gran dignidad aplastaba cualquier pensamiento; lejos, algún grito de pájaro y el retumbar de las olas.

Salí del agua aturdida. Me gustó no ver a nadie. Encontré mis sandalias, las calcé y caminé sobre la playa que quemaba como si fuera un rescoldo. Otra vez mi cuerpo, mi caminar pesado que deja huella. Bajo las palmeras recogí la toalla y comencé a secarme. Al quedar descalza, el contacto con la arena fría de la sombra me produjo una sensación discordante; me volví a mirar el mar; pero de todas maneras un enojo pequeño, casi un destello de angustia, me siguió molestando.

Llevaba un gran rato tirada boca abajo, medio dormida, cuando sentí su voz enronquecida rozar mi oreja. No me tocó, solamente dijo:

–Nunca he estado con una mujer.

Permanecí sin moverme. Escuchaba al viento al ras de la arena, lijándola.

Cuando recogíamos nuestras cosas para regresar, Román comentó.

–Está loco, se ha pasado la tarde acostado, dejando que las olas lo bañaran. Ni siquiera se movió cuando le dije que viniera a comer. Me impresionó porque parecía un ahogado.

*

Después de la cena se fueron a dar una vuelta, a hacer una visita, a mirar pasar a las muchachas o a hablar con ellas y reírse sin saber por qué. Sola, salí de la casa. Caminé sin prisa por
el baldío vecino, pisando con cuidado las piedras y los retoños crujientes de las verdolagas. Desde el río subía el canto entrecortado y extenso de las ranas, cientos, miles tal vez. El cielo, bajo como un techo, claro y obvio. Me sentí contenta cuando vi que el cintilar de las estrellas correspondía exactamente al croar de las ranas.

Seguí hasta encontrar un recodo en donde los árboles permitían ver el río, abajo, blanco. En la penumbra de la huerta ajena me quedé como en un refugio, mirándolo fluir. Bajo mis pies la espesa capa de hojas, y más abajo la tierra húmeda, olorosa a ese fermento saludable tan cercano sin embargo a la putrefacción. Me apoyé en un árbol mirando abajo el cauce que era como el día. Sin que lo pensara, mis manos recorrieron la línea esbelta, voluptuosa y fina, y el áspero ardor de la corteza. Las ranas y la nota sostenida de un grillo, el río y mis manos conociendo el árbol. Caminos todos de la sangre ajena y mía, común y agolpada aquí, a esta hora, en esta margen oscura.

Los pasos sobre la hojarasca, el murmullo, las risas ahogadas, todo era natural, pero me sobresalté y me alejé de ahí apresurada. Fue inútil, tropecé de manos a boca con las dos siluetas negras que se apoyaban contra una tapia y se estremecían débilmente en un abrazo convulso. De pronto habían dejado de hablar, de reír, y entrado en el silencio.

No pude evitar hacer ruido y cuando huía avergonzada y rápida, oí clara la voz pastosa de la Toña que decía:

–No te preocupes, es la señora.

Las mejillas me ardían, y el contacto de aquella voz me persiguió en sueños esa noche, sueños extraños y espesos.

Los días se parecían unos a otros; exteriormente eran iguales, pero se sentía cómo nos internábamos paso a paso en el verano.

Aquella noche el aire era mucho más cargado y completamente diferente a todos los que había conocido hasta entonces. Ahora, en el recuerdo, vuelvo a respirarlo hondamente.

No tuve fuerzas para salir a pasear, ni siquiera para ponerme el camisón; me quedé desnuda sobre la cama, mirando por la ventana un punto fijo del cielo, tal vez una estrella entre las ramas. No me quejaba, únicamente estaba echada ahí, igual que un animal enfermo que se abandona a la naturaleza. No pensaba, y casi podría decir que no sentía. La única realidad era que mi cuerpo pesaba de una manera terrible; no, lo que sucedía era nada más que no podía moverme, aunque no sé por qué. Y sin embargo eso era todo: estuve inmóvil durante horas, sin ningún pensamiento, exactamente como si flotara en el mar bajo ese cielo tan claro. Pero no tenía miedo. Nada me llegaba; los ruidos, las sombras, los rumores, todo era lejano, y lo único que subsistía era mi propio peso sobre la tierra o sobre el agua; eso era lo que centraba todo aquella noche.

Creo que casi no respiraba, al menos no lo recuerdo; tampoco tenía necesidad alguna. Estar así no puede describirse porque casi no se está, ni medirse en el tiempo porque es a otra profundidad a la que pertenece.

Recuerdo que oí cuando los muchachos entraron, cerraron el zaguán con llave y cuchicheando se dirigieron a su cuarto. Oí muy claros sus pasos, pero tampoco entonces me moví. Era una trampa dulce aquella extraña gravidez.

Cuando el levísimo ruido se escuchó, toda yo me puse tensa, crispada, como si aquello hubiera sido lo que había estado esperando durante aquel tiempo interminable. Un roce y un como temblor, la vibración que deja en el aire una palabra, sin que nadie hubiera pronunciado una sílaba, y me puse de pie de un salto. Afuera, en el pasillo, alguien respiraba, no era posible oírlo, pero estaba ahí, y su pecho agitado subía y bajaba al mismo ritmo que el mío: eso nos igualaba, acortaba cualquier distancia. De pie a la orilla de la cama levanté los brazos anhelantes y cerré los ojos. Ahora sabía quién estaba del otro lado de la puerta. No caminé para abrirla; cuando puse la mano en la perilla no había dado un paso. Tampoco lo di hacia él, simplemente nos encontramos, del otro lado de la puerta. En la oscuridad era imposible mirarlo, pero tampoco hacía falta, sentía su piel muy cerca de la mía. Nos quedamos frente a frente, como dos ciegos que pretenden mirarse a los ojos. Luego puso sus manos en mi espalda y se estremeció. Lentamente me atrajo hacia él y me envolvió en su gran ansiedad refrenada. Me empezó a besar, primero apenas, como distraído, y luego su beso se fue haciendo uno solo. Lo abracé con todas mis fuerzas, y fue entonces cuando sentí contra mis brazos y en mis manos latir los flancos, estremecerse la espalda. En medio de aquel beso único en mi soledad, de aquel vértigo blando, mis dedos tantearon el torso como árbol, y aquel cuerpo joven me pareció un río fluyendo igualmente secreto bajo el sol dorado y en la ceguera de la noche. Y pronuncié el nombre sagrado.

*

Julio se fue de nuestra casa muy pronto, seguramente odiándome, al menos eso espero. La humillación de haber sido aceptado en el lugar de otro, y el horror de saber quién era ese otro dentro de mí, lo hicieron rechazarme con violencia en el momento de oír el nombre, y golpearme con los puños cerrados en la oscuridad en tanto yo oía sus sollozos. Pero en los días que siguieron rehusó mirarme y estuvo tan abatido que parecía tener vergüenza de sí. La tarde anterior a su partida hablé con él por primera vez a solas después de la noche del beso, y se lo expliqué todo lo mejor que pude; le dije que yo ignoraba absolutamente que me sucediera aquello, pero que no creía que mi ignorancia me hiciera inocente.

–Lo nuestro era mentira porque aunque se hubiera realizado estaríamos separados. Y sin embargo, en medio de la angustia y del vacío, siento una gran alegría: me alegro de que sea yo la culpable y de que lo seas tú. Me alegra que tú pagues la inocencia de mi hijo aunque eso sea injusto.

Después mandé a Román a estudiar a México y me quedé sola.

Inés Arredondo/ Estío - LECTORES EMPEDERNIDOS

FIN

Inés Arredondo por Reyna Paz Avendaño

Deseos oscuros

Inés Arredondo (1928-1989) fue la autora que escribió sobre los silencios de las personas y sobre la imposibilidad de expresar deseos. Así lo considera Geney Beltrán Félix (1976), compilador del libro Estío y otros cuentos (Planeta), antología que reúne 16 cuentos de Inés Arredondo, los cuales, en opinión del prologuista, son los más dramáticos por tener personajes que aman a infieles, a una madre que desea a su hijo o un anciano desahuciado que se casa con su sobrina.

“Inés Arredondo es una autora valiosa del siglo XX mexicano pero no es conocida por el lector general, ya que las ediciones anteriores de sus obras van dirigidas a un lector especializado. Este libro es un reconocimiento a una autora importante pero no considerada central, que no se enseña en bachilleratos, aunque sus cuentos tengan características que puedan resultar favorables para acercar a los jóvenes a la literatura mexicana”, indica.

El crítico literario considera que los cuentos de Arredondo podrían tener, entre los jóvenes, la misma aceptación que El llano en llamas, de Juan Rulfo, o Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, pero no sucede, en parte porque es vista como una autora más de la Generación de la Casa del Lago, en el núcleo de Juan García Ponce, José de la Colina, Juan Vicente Melo y Salvador Elizondo.

Otro factor de su poca difusión y enseñanza, indica, es que Arredondo escribió únicamente cuentos, “aunque tiene ensayos, lo central de su obra, es la ficción breve, pero el gran género narrativo que consagra a los escritores es la novela. Entonces, parecería una desventaja que Inés se haya mantenido leal a un género, el más difícil de la ficción”.

Estío y otros cuentos, editado por Oceáno, recopila cuentos como Olga, La Sunamita, Mariana, Orfandad, En la sombra, Wanda y Los hermanos, relatos que están divididos en  tres capítulos, mismos que corresponden a los tres libros compilatorios que en vida publicó Arredondo: La señal (1965), Río subterráneo (1979) y Los espejos (1988).

“Elegí esos cuentos para romper la muralla de lectores especializados y así entregarlos a un lector que no sabe de la existencia de Inés Arredondo o que sólo ha escuchado su nombre. Es una selección muy compacta, que se leen en una sentada pero que dibujan a personajes con los mundos más asfixiantes”, señala el compilador.

Por ejemplo, el cuento Estío, Beltrán Félix lo considera vital, ya que es representativo del deseo femenino silenciado. “El personaje, una mujer, no sabe lo que desea y cuando lo descubre (desea a su hijo), es incestuoso. Por otro lado, ese cuento tiene una prosa sensorial, que hace sentir al lector el calor, el esparcimiento, el decaimiento y la sensación de pérdida. Estío habla de un trabajo de limpieza y pulimiento de Arredondo”.

FEMINISTA. Aunque en su momento Inés Arredondo no se asumió como una escritora feminista, hoy es posible hacer una lectura de crítica feminista, opina el editor Geney Beltrán Félix, ya que la mayoría de los personajes de la autora merecedora del Premio Xavier Villaurrutia 1979, son mujeres.

“Inés es una autora muy innovadora tan sólo en su audacia temática. Sus personajes femeninos dan fe de una sociedad muy represiva porque hay un gran conflicto en ellas: la imposibilidad de expresar el deseo. Esta autora habla de cómo la mujer es llevada a una situación en donde debe de renunciar a su sexualidad, tiene que aceptar que sólo es un objeto del deseo masculino, sin oportunidad de experimentar sus propios deseos”, señala.

Además, agrega, Arredondo utilizó el recurso de la alusión. “Es decir, no muestra el estallido, sino la inminencia del estallido, esa represión de sus personajes abre el ángulo para que especulemos sobre la sociedad en la que estamos viviendo”.

Por ejemplo, el cuento Mariana, es la historia de violencia en una pareja, de amor obsesivo y autodestructivo donde el lector descubre todo lo que le sucede al personaje principal, a través de testimonios de los personajes secundarios. “Ahí hay una zona brumosa del personaje principal del por qué se obsesiona así por un patán, Inés no lo explica e invita al lector a potencializar su imaginación”.

https://www.cronica.com.mx/notas/2017/1018177.html

La señal cuento de Inés Arredondo

Ines Arredondo

El sol denso, inmóvil, imponía su presencia; la realidad estaba paralizada bajo su crueldad sin tregua. Flotaba el anuncio de una muerte suspensa, ardiente, sin podredumbre pero también sin ternura. Eran las tres de la tarde.

Pedro, aplastado, casi vencido, caminaba bajo el sol. Las calles vacías perdían su sentido en el deslumbramiento. El calor, seco y terrible como un castigo sin verdugo, le cortaba la respiración. Pero no importaba: dentro de sí hallaba siempre un lugar agudo, helado, mortificante que era peor que el sol, pero también un refugio, una especie de venganza contra él.

Llegó a la placita y se sentó debajo del gran laurel de la India. El silencio hacía un hueco alrededor del pensamiento. Era necesario estirar las piernas, mover un brazo, para no prolongar en uno mismo la quietud de las plantas y del aire. Se levantó y dando vuelta alrededor del árbol se quedó mirando la catedral.

Siempre había estado ahí, pero solo ahora veía que estaba en otro clima, en un clima fresco que comprendía su aspecto ausente de adolescente que sueña. Lo de adolescente no era difícil descubrirlo, le venía de la gracia desgarbada de su desproporción: era demasiado alta y demasiado delgada. Pedro sabía desde niño que ese defecto tenía una historia humilde: proyectada para tener tres naves, el dinero apenas había alcanzado para terminar la mayor; y esa pobreza inicial se continuaba fielmente en su carácter limpio de capilla de montaña —de ahí su aire de pinos. Cruzó la calle y entró, sin pensar que entraba en una iglesia.

No había nadie, solo el sacristán se movía como una sombra en la penumbra del presbiterio. No se oía ningún ruido. Se sentó a mitad de la nave cómodamente, mirando los altares, las flores de papel… pensó en la oración distraída que haría otro, el que se sentaba habitualmente en aquella banca, y hubo un instante en que llegó casi a desear creer así, en el fondo, tibiamente, pero lo suficiente para vivir.

El sol entraba por las vidrieras altas, amarillo, suave, y el ambiente era fresco. Se podía estar sin pensar, descansar de sí mismo, de la desesperación y de la esperanza. Y se quedó vacío, tranquilo, envuelto en la frescura y mirando al sol apaciguado deslizarse por las vidrieras.

Entonces oyó los pasos de alguien que entraba tímida, furtivamente. No se inquietó ni cambió de postura siquiera; siguió abandonado a su indiferente bienestar hasta que el que había entrado estuvo a su lado y le habló.

Al principio creyó no haber entendido bien y se volvió a mirarlo. Su rostro estaba tan cerca que pudo ver hasta los poros sudorosos, hasta las arrugas junto a la boca cansada. Era un obrero. Su cara, esa cara que después le pareció que había visto más cerca que ninguna otra, era una cara como hay miles, millones: curtida, ancha. Pero también vio los ojos grises y los párpados casi transparentes, de pestañas cortas, y la mirada, aquella mirada inexpresiva, desnuda.

—¿Me permite besarle los pies?

Lo repitió implacable. En su voz había algo tenso, pero la sostenía con decisión; había asumido su parte plenamente y esperaba que él estuviera a la altura, sin explicaciones. No estaba bien, no tenía por qué mezclarlo, ¡no podía ser! Era todo tan inesperado, tan absurdo.

Pero el sol estaba ahí, quieto y dulce, y el sacristán comenzó a encender con calma unas velas. Pedro balbuceó algo para excusarse. El hombre volvió a mirarlo. Sus ojos podían obligar a cualquier cosa, pero solo pedían.

—Perdóneme usted. Para mí también es penoso, pero tengo que hacerlo.

Él tenía. Y si Pedro no lo ayudaba, ¿quién iba a hacerlo? ¿Quién iba a consentir en tragarse la humillación inhumana de que otro le besara los pies? Qué dosis tan exigua de caridad y de pureza cabe en el alma de un hombre… Tuvo piedad de él.

—Está bien.

—¿Quiere descalzarse?

Era demasiado. La sangre le zumbaba en los oídos, estaba fuera de sí, pero lucido, tan lucido que presentía el asco del contacto, la vergüenza de la desnudez, y después el remordimiento y el tormento múltiple y sin cabeza. Lo sabía, pero se descalzó.

Estar descalzo así, como él, inerme y humillado, aceptando ser fuente de humillación para otro… nadie sabría nunca lo que eso era… era como morir en la ignominia, algo eternamente cruel.

No miró al obrero, pero sintió su asco, asco de sus pies y de él, de todos los hombres. Y aún así se había arrodillado con un respeto tal que lo hizo pensar que en ese momento, para ese ser, había dejado de ser un hombre y era la imagen de algo más sagrado.

Un escalofrío lo recorrió y cerró los ojos… Pero los labios calientes lo tocaron, se pegaron a su piel… Era amor, un amor expresado de carne a carne, de hombre a hombre, pero que tal vez… El asco estaba presente, el asco de los dos. Porque en el primer segundo, cuando lo rozaba apenas con su boca caliente, había pensado en una aberración. Hasta eso había llegado para después tener más tormento… No, no, los dos sentían asco, solo que por encima de él estaba el amor. Había que decirlo, que atreverse a pensar una vez, tan solo una vez, en la crucifixión.

El hombre se levantó y dijo: “Gracias”; lo miró con sus ojos limpios y se marchó.

Pedro se quedo ahí, solo ya con sus pies desnudos, tan suyos y tan ajenos ahora. Pies con estigma.

Para siempre en mí esta señal, que no sé si es la del mundo y su pecado o la de una desolada redención.

¿Por que yo? Los pies tenían una apariencia tan inocente, eran como los de todo el mundo, pero estaban llagados y él solo lo sabía. Tenía que mirarlos, tenía que ponerse los calcetines, los zapatos… Ahora le parecía que en eso residía su mayor vergüenza, en no poder ir descalzo, sin ocultar, fiel. No lo merezco, no soy digno. Estaba llorando.

Cuando salió de la iglesia el sol se había puesto ya. Nunca recordaría cabalmente lo que había pensado y sufrido en ese tiempo. Solamente sabía que tenía que aceptar que un hombre le había besado los pies y que eso lo cambiaba todo, que era, para siempre, lo más importante y lo más entrañable de su vida, pero que nunca sabría, en ningún sentido, lo que significaba.

La muñeca rota de Lorena Escudero


YA NO deja de llorar cuando la abrazas, no come y bebe mucho, y suelta unos eructos que suenan como si se le estuvieran acabando las pilas. La muñeca está rota y ya no sirve. Yo miento y digo que no me he divertido con ella más de la cuenta. Nadie puede demostrar que intenté ahogarla en la bañera, o que le retuerzo los bracitos cuando me aburro. Y a nadie le importa. Estamos casados y la muñeca es mía.

Muñeca rota | poupeedinubila

El descubrimiento de una ventana

katalina Ramírez Tomado del libro MicroDecamerón compilado por Paola tena


Despierta un día sabiendo que ya no es la misma, aunque no entiende por qué. Se mira en el espejo y todo parece seguir igual, hasta que se mete a bañar y descubre que en el lugar donde antes estaba su ombligo, ahora hay una ventana. ¿Cómo pudo llegar ahí una ventana? y peor aún, ¿para qué? Se encuentra en medio de estas cavilaciones cuando recuerda que su luna se ha retrasado algunos días, así que espera ilusionada a que el astro cumpla ocho ciclos más —hasta que en el lugar donde antes estaba su vulva ahora hay una puerta— para poder conocer al habitante de la casaen que se ha convertido.

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Patricia Rivas (Chilena) Suceso

De la antología » O dispara usted o disparo yo» A. de Lilian Elphick


Cuando Carabineros lo detuvo, no sintió miedo. Algo haría, como siempre.
Después de los golpes de bienvenida y una vez en el calabozo, utilizó su adiestramiento de funcionario de seguridad del Estado.Escapó.
Durante la persecución corrió con todas sus fuerzas, pensando en sus hijos y su mujer. Pronto estaría con ellos. El estrépito del disparo retumbó en el pensamiento del hijo recién nacido. Para perder el rastro, los asesinos dispusieron el cadáver en una fosa. Posteriormente, una empresa lo encubrió con ductos de agua potable. Taparon la evidencia con cemento. Incluso hoy, la justicia y el Estado impiden clarificar los hechos.

Patricia Rivas M.

Escritora chilena. A sus primeros días de vida detienen y desaparecen a su padre, ex detective de Policía de Investigaciones de Chile. Ha publicado Hija bastarda (microrrelatos,
2009) y el libro infantil bilingüe COF/COUGH, con ilustraciones de Carolina Garrido. Ha obtenido la Beca de Creación Literaria del CNCA en dos ocasiones. Pertenece a la Corporación Letras de Chile.

Lanzan libro de microcuentos «Transacciones» de Patricia Rivas | Entrama  Cultural

Entre la soledad y el aplauso — ENTRE LA SOLEDAD Y EL APLAUSO… ESCRIBO

Quizás alguno os habréis preguntado en alguna ocasión por qué escogí ese nombre para mi blog. Pues bien, voy a satisfacer vuestra curiosidad.  Considero que los que escribimos nos movemos en esos dos espacios: entre la soledad y el aplauso. Pero malo es que estemos más tiempo en el aplauso que en la soledad. Para […]

Entre la soledad y el aplauso — ENTRE LA SOLEDAD Y EL APLAUSO… ESCRIBO

Lorena Escudero de su libro «Incisiones»

Mareas

EL HOMBRE que me visita no es un verdadero pescador. Lo sé por el modo en que recoge las conchas de mi orilla y se sumerge con ellas sobre la palma de su mano. Pero tiene la intuición de buscarme en los momentos de marea baja, que le aseguran incursiones profundas. Bromea cuando encuentra los trozos de botella que con el tiempo pulo como si fueran gemas. Cuando se aleja siempre lo hace con la resaca de regresar a mí. Supongo que mi sal le cura alguna herida que no confiesa, y yo me lleno de algas en su ausencia

MISTERIOS EN EL MAR: SIRENAS O SIMIOS ACUÁTICOS | El Secreto de la Caverna

Criaturas de Patricia Nasello

Tomado del Microdecamerón antologa Paola Tena


Silenciados, por fin, aquellos espantosos estruendos de los bombardeos, aquietadas todas las armas, estos pocos sobrevivientes aún no comprenden que la guerra terminó y huyen, continúan huyendo sin necesidad, hacia ninguna parte. De pronto, una nube de mariposas atraviesa el río en el que ahuecan las manos para saciar la sed. En medio de la desolación que los circunda, la sutil energía del vuelo les acerca recuerdos de un mundo que creen perdido.
—¿Dónde está la vida? —pregunta una joven con la voz quebrada por el morral de lágrimas que guarda entre las costillas.
Los rigores del brutal enfrentamiento los ha llevado a olvidar que la vida, esa poderosa hembra, camina junto a ellos y siempre apuesta a favor de sí misma. Por tal motivo, pronto la primavera pondrá hojas en los árboles y algún nido. Entonces, quizá sólo por aquel atávico reflejo de imitación que los domina, nuestro desorbitado grupo de zaparrastrosos buscará refugio, se asentará. Llegado ese tiempo, la joven que formuló la pregunta se dejará enamorar por unos bellos ojos, tan desamparados como
ella pero leales y fuertes, y su voz será canción de cuna. La vida, esa incansable soñadora, ama el frágil vuelo delas mariposas.

Colibrí robot capta el momento en que miles de mariposas monarca alzan el  vuelo | EL IMPARCIAL | Noticias de México y el mundo