3542 Tanka — jllopart

3542 TankaCaen las hojas,y en la desnuda rama…duerme la luna.Mece la cuna el vientodel soñoliento otoño. 12/11/20 j.ll.folch Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

3542 Tanka — jllopart

Circe

se transforma en prostituta y vea que hace con un supermacho.

Voy por la calle de música y aparadores contoneando mis caderas. Hay aromas de carne que fritan y de miradas que apuntan a mis nalgas. Ninguno me convence. Cuando estoy por regresar, me sale un ejemplar que me mira como su presa y eso me convence, me excita los sentidos. En el camino al hotel me seduce con sus marranadas y terminada su faena saca el puñal y allí es cuando inicia mi diversión. Lo desarmo, lo anestesio y lo transformo y desaparezco.Por la mañana verá en el espejo a una hermosa madona. Pensará que está soñando. Tendrá ganas de miccionar y al no encontrarse ningún apéndice lo hará en cuclillas. “Le estoy dando lo que el odia” Años después los encuentro como homosexuales, o prostitutas. Muchas aceptan su realidad y me llena de gozo, algunas lo aceptan tan bien que disfrutan el noble retozo y una porción muy menor se hacen lideres para defender lo que tanto asco les causaba.

Circe (en griego Κίρκη) era una diosa y hechicera que vivió en la isla de  Eea.1 Sus padres fueron Helios, el titán pre… | Boris vallejo, Vallejo,  Scifi fantasy art

Entre la posibilidad y la probabilidad

Hay variados estudios, tomé el que me pareció menos abstracto.

Fermin Arturo Dalmagro, Profesor/Investigador Universitario en Universidad Central de Venezuela (2008-presente)Respondido el January 27, 2019 · El autor tiene 59 respuestas y 65,4 K visitas a sus respuestas

Probabilidad y posibilidad son dos términos que suelen ser usados como palabras sinónimas para referirse a la expectativa de que ocurra un evento, es decir, para referirse a algo que puede suceder. Sin embargo, son términos diferentes que no deben ser utilizados de forma indistinta.

La probabilidad es una situación que puede suceder o que hay mayor factibilidad de que suceda, basado en pruebas o razones que la sustenten. es decir, se basa en pruebas.

La posibilidad es una situación que puede o no suceder o ejecutarse y no se sabe si se hará o no, es decir, esta basado en hipótesis o suposiciones que se pueden dar o no.

Ejemplo: en un juego de futbol entre el Barcelona y el Celta existen tres posibilidades, gana el Barcelona, empate o pierde el Barca, pero las probabilidades de que una cosa u otra ocurra son diferentes.

En conclusión, la probabilidad habla de la factibilidad de que algo suceda mientras que la posibilidad habla de la potencialidad de que algo suceda.

https://es.quora.com/Cuál-es-la-diferencia-entre-probabilidad-y-posibilidad

Quizá nos quiso decir: ¿ es posible que vea un organismo pensante extraterrestre? o es Si o es No.. Si la respuesta es sí entonces preguntaré ¿ Con que probabilidad? podría cuantificarse de una en cien millones. ¿Es posible que yo viaje al espacio en los próximos diez años? como ya tengo 74 años, la respuesta lógica es decirme que No tengo posibilidad, RGG

▷ "Viendo el espacio", serie novedosa de TV UNAM, Mira el universo.........

Darío Fo y Mo Yan: rescate de la tradición oral — Lapizázulix la galaxia del cuento

Hace un tiempo atrás escribí acerca del Premio Nobel de Literatura Mo Yan porque en su discurso se definía como un cuentacuentos y porque reivindicaba no sólo el oficio de la narración oral sino además todo aquello que en la tradición popular alimenta lo más profundo del arte, en este caso el de la Literatura. […]

Darío Fo y Mo Yan: rescate de la tradición oral — Lapizázulix la galaxia del cuento

Epitafio de Atilano Sevillano

Tomado de la antología «O dispara usted o disparo yo»


Il capo de tutti capi, Giuseppe Morello, sintiéndose acorralado
por la familia rival de Slavatore Riina y sin posibilidad de zafarse se
decidió a convocar un concurso internacional de epitafios. A tal efecto
creó con sus lugartenientes la comisión evaluadora. Resultó que nadie
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fue acreedor del galardón, ya por falta de talento, ya por carecer de la
cualidad de hiperbreves. A la postre tomo la decisión de que entre
sus lugartenientes quien sacará la carta más alta tendría el honor de
pasar a la posterioridad. Uno a uno los fue eliminando por
incompetentes. A la postre, no tuvo más remedio que descerrajarse un
tiro en la boca. En su lápida figura la leyenda: «Aquí yace un hombre
de principios». Algunos lo consideran el mejor microrrelato, muchos
otros opinan que seis palabras siguen siendo demasiadas.

Atilano Sevillano. Dr. en Filología Hispánica, Lcdo. en
Teoría de la literatura y Literatura comparada, poeta y narrador. Reside
en Valladolid (España). Autor de los poemarios (1999) Presencia
indebida, Devenir, Madrid y (2008) Hojas volanderas-Haikus, Celya,
Salamanca. Ha publicado los libros de microrrelatos: (2010 ) De los
derroteros de la palabra, Celya, Salamanca y (2015) Lady Ofelia y otros
microrrelatos, Amarante, Salamanca. Cultiva la poesía visual y colabora
en diversas revistas literarias españolas e hispanoamericanas.

El epitafio de una tumba del cementerio de Arjonilla,Jaén, España | Revista  Q

Fragmento de el «Limón» de Kajii Motojirō

Literatura japonesa

«…Caminando por esas calles, a veces imaginaba que, de repente, ya no estaba en Kyoto sino en alguna ciudad a cientos de leguas como Sendai o Nagasaki. Si hubiera podido, habría querido huir de Kyoto e irme a alguna ciudad donde nadie me conociera. Sería tan plácido. Una habitación desierta de hostal. Un futón limpio. Una mosquitera fragante y una yukata bien almidonada. Allí querría pasarme todo un mes tumbado sin pensar en nada. Ojalá pudiera convertirse Kyoto en un lugar así. Cuando esta ilusión empezaba a surtir efecto, iba coloreando las imágenes, disponiéndolas como una copia sobre las calles decrépitas que me rodeaban. Una vez hecho esto, me gustaba perderme de vista a mí mismo dentro de ese paisaje….»


Kajii Motojirō nació el 17 de febrero de 1901 en Osaka. Procedente de una familia bienestante venida a menos, Kajii estudió la secundaria en Kioto, donde empezó a desarrollar un especial interés por la música, el arte y la literatura. Allí también contrajo una enfermedad pulmonar, que acabaría en tuberculosis y que le perseguiría toda la vida. A pesar de la enfermedad y de las dificultades económicas, en 1924 Kajii entró en la facultad de literatura inglesa de la Universidad de Tokio. Ese mismo año fundó junto con algunos compañeros la revista literaria Aozora, donde publicó varios de sus relatos, incluyendo “Remon” (“El limón”, 1925. En castellano hay las traducciones de Erasmus Edicionesy Chidori Books). En 1926 su salud empeoró y tuvo que abandonar Tokio para descansar en un balneario en Yugashima, en la península de Izu. Allí entabló amistad con Kawabata Yasunari, el cual elogió su trabajo y le apoyó a lo largo de su corta carrera. En 1931 consiguió publicar una colección de sus historias cortas titulada Remon, como su pieza más célebre. Al año siguiente recibió su primer encargo pagado por la revista Chūō kōron, donde aparecióel relato “Nonki na kanja” (“El paciente indiferente”), su última obra.Murió a la edad de 31 años.

https://salidetokioeneltrennocturno.blogspot.com

Tantos pelos tiene un gato

José Manuel Ortíz Soto

Tantos pelos tiene un gato

Un gato de angora, cansado de los mimos y caprichos de su excéntrica dueña, decidió visitar al peluquero.

—¿Estás seguro de lo que me pides, corazón? ―le preguntó el estilista, desconcertado.

—Sí, Didí. Es tiempo de que tome otro camino y me encuentre conmigo mismo ―filosofaba el animal, estremecido por las caricias de la máquina rasuradora.

Cuando el gato se miró al espejo, no pudo contener los maullidos de narcisista admiración. —Después de todo, no soy mal parecido. Ofreceré mis servicios a una agencia de modelos, quien quita y este invierno estrene un abrigo de chinchilla.

Cómo cortar el pelo a un gato en casa - 6 pasos

La competencia de Rubén García García

Ha causado mucha expectación la competencia: «la desaparición de montañas» que se llevará a cabo en el Himalaya. Todo indica que el ganador saldrá del Tíbet o del Medio Oriente, regiones donde la fe campea.Occidente envió a un jovencito llamado David Copperfield a quién no le dan ninguna posibilidad.

Noticielo, su agencia de noticias.

Himalaya Mountains 1 Nepal by CitizenFresh on DeviantArt

El cuento amor de clarice Lispector y su análisis

El cuento tomado de ciudad Seva y el análisis de la revista Archivos del sur

Amor

[Cuento – Texto completo.]Clarice Lispector


Un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar. Entonces se recostó en el banco en busca de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción. Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso. Crecían, se bañaban, exigían, malcriados, por momentos cada vez más completos. La cocina era espaciosa, el fogón estaba descompuesto y hacía explosiones. El calor era fuerte en el departamento que estaban pagando de a poco. Pero el viento golpeando las cortinas que ella misma había cortado recordaba que si quería podía enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo mismo que un labrador. Ella había plantado las simientes que tenía en la mano, no las otras, sino esas mismas. Y los árboles crecían.

Crecía su rápida conversación con el cobrador de la luz, crecía el agua llenando la pileta, crecían sus hijos, crecía la mesa con comidas, el marido llegando con los diarios y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente de vida. Cierta hora de la tarde era la más peligrosa. A cierta hora de la tarde los árboles que ella había plantado se reían de ella. Cuando ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se sentía más sólida que nunca, su cuerpo había engrosado un poco, y había que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, con la gran tijera restallando sobre el género. Todo su deseo vagamente artístico hacía mucho que se había encaminado a transformar los días bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo decorativo se había desarrollado suplantando su íntimo desorden. Parecía haber descubierto que todo era susceptible de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestaría una apariencia armoniosa; la vida podría ser hecha por la mano del hombre.

En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar, sorprendentemente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se había casado era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había surgido de ella muy pronto para descubrir que también sin la felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada a la que tantas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo había querido ella y así lo había escogido. Su precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin necesitar ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones. Mirando los muebles limpios, su corazón se apretaba un poco con espanto. Pero en su vida no había lugar para sentir ternura por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad que le habían transmitido los trabajos de la casa. Entonces salía para hacer las compras o llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía ya era el final de la tarde y los niños, de regreso del colegio, le exigían. Así llegaba la noche, con su tranquila vibración. De mañana despertaba aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran arrepentidos. En cuanto a ella misma, formaba oscuramente parte de las raíces negras y suaves del mundo. Y alimentaba anónimamente la vida. Y eso estaba bien. Así lo había querido y elegido ella.

El tranvía vacilaba sobre las vías, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba un viento más húmedo anunciando, mucho más que el fin de la tarde, el final de la hora inestable. Ana respiró profundamente y una gran aceptación dio a su rostro un aire de mujer.

El tranvía se arrastraba, enseguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre detenido en la parada. La diferencia entre él y los otros es que él estaba realmente detenido. De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era un ciego.

¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió: el ciego masticaba chicle… Un hombre ciego masticaba chicle.

Ana todavía tuvo tiempo de pensar por un segundo que los hermanos irían a comer; el corazón le latía con violencia, espaciadamente. Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad. Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar, lo hacía parecer sonriente y de pronto dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír -como si él la hubiese insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendría la impresión de una mujer con odio. Pero continuaba mirándolo, cada vez más inclinada -el tranvía arrancó súbitamente, arrojándola desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de malla rodó de su regazo y cayó en el suelo. Ana dio un grito y el conductor dio la orden de parar antes de saber de qué se trataba; el tranvía se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió pálida. Una expresión desde hacía tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad, todavía incierta, incomprensible. El muchacho de los diarios reía entregándole sus paquetes. Pero los huevos se habían quebrado en el paquete de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la malla. El ciego había interrumpido su tarea de masticar chicle y extendía las manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente la marcha.

Pocos instantes después ya nadie la miraba. El tranvía se sacudía sobre los rieles y el ciego masticando chicle había quedado atrás para siempre. Pero el mal ya estaba hecho.

La bolsa de malla era áspera entre sus dedos, no íntima como cuando la había tejido. La bolsa había perdido el sentido, y estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía qué hacer con las compras en el regazo. Y como una extraña música, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por qué?, ¿acaso se había olvidado de que había ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba con dificultad. Aun las cosas que existían antes de lo sucedido ahora estaban precavidas, tenían un aire hostil, perecedero… El mundo nuevamente se había transformado en un malestar. Varios años se desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían. Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad; y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia dónde ir. Notar una ausencia de ley fue tan súbito que Ana se agarró al asiento de enfrente, como si se pudiera caer del tranvía, como si las cosas pudieran ser revertidas con la misma calma con que no lo eran. Aquello que ella llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso con que ahora gozaba de las cosas, sufriendo espantada. El calor se había vuelto menos sofocante, todo había ganado una fuerza y unas voces más altas. En la calle Voluntarios de la Patria parecía que estaba pronta a estallar una revolución. Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire cargado de polvo. Un ciego mascando chicle había sumergido al mundo en oscura impaciencia. En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego, y las personas la asustaban con el vigor que poseían. Junto a ella había una señora de azul, ¡con un rostro! Desvió la mirada, rápido. ¡En la acera, una mujer dio un empujón al hijo! Dos novios entrelazaban los dedos sonriendo… ¿Y el ciego? Ana se había deslizado hacia una bondad extremadamente dolorosa.

Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.

Solamente entonces percibió que hacía mucho que había pasado la parada para descender. En la debilidad en que estaba, todo la alcanzaba con un susto; descendió del tranvía con piernas débiles, miró a su alrededor, asegurando la bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no consiguió orientarse. Le parecía haber descendido en medio de la noche.

Era una calle larga, con altos muros amarillos. Su corazón latía con miedo, ella buscaba inútilmente reconocer los alrededores, mientras la vida que había descubierto continuaba latiendo y un viento más tibio y más misterioso le rodeaba el rostro. Se quedó parada mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminando un poco más a lo largo de la tapia, cruzó los portones del Jardín Botánico.

Caminaba pesadamente por la alameda central, entre los cocoteros. No había nadie en el Jardín. Dejó los paquetes en el suelo, se sentó en un banco de un atajo y allí se quedó por algún tiempo.

La vastedad parecía calmarla, el silencio regulaba su respiración. Ella se adormecía dentro de sí.

De lejos se veía la hilera de árboles donde la tarde era clara y redonda. Pero la penumbra de las ramas cubría el atajo.

A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas sorpresas entre los “cipós”. Todo el Jardín era triturado por los instantes ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande. Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó: se volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa, desapareció.

Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse.

En los árboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo había carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas. Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. En el tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos.

Al mismo tiempo que imaginario, era un mundo para comerlo con los dientes, un mundo de grandes dalias y tulipanes. Los troncos eran recorridos por parásitos con hojas, y el abrazo era suave, apretado. Como el rechazo que precedía a una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y a la vez era fascinada.

Los árboles estaban cargados, el mundo era tan rico que se pudría. Cuando Ana pensó que había niños y hombres grandes con hambre, la náusea le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida y abandonada. La moral del Jardín era otra. Ahora que el ciego la había guiado hasta él, se estremecía en los primeros pasos de un mundo brillante, sombrío, donde las victorias-regias flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas sobre el césped no le parecían amarillas o rosadas, sino del color de un mal oro y escarlatas. La descomposición era profunda, perfumada… Pero todas las pesadas cosas eran vistas por ella con la cabeza rodeada de un enjambre de insectos, enviados por la vida más delicada del mundo. La brisa se insinuaba entre las flores. Ana, más adivinaba que sentía su olor dulzón… El Jardín era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno.

Ahora era casi noche y todo parecía lleno, pesado, un esquilo pareció volar con la sombra. Bajo los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia. Era fascinante, y ella se sentía mareada.

Pero cuando recordó a los niños, frente a los cuales se había vuelto culpable, se irguió con una exclamación de dolor. Tomó el paquete, avanzó por el atajo oscuro y alcanzó la alameda. Casi corría, y veía el Jardín en torno de ella, con su soberbia impersonalidad. Sacudió los portones cerrados, los sacudía apretando la madera áspera. El cuidador apareció asustado por no haberla visto.

Hasta que no llegó a la puerta del edificio, había parecido estar al borde del desastre. Corrió con la bolsa hasta el ascensor, su alma golpeaba en el pecho: ¿qué sucedía? La piedad por el ciego era muy violenta, como una ansiedad, pero el mundo le parecía suyo, sucio, perecedero, suyo. Abrió la puerta de la casa. La sala era grande, cuadrada, los picaportes brillaban limpios, los vidrios de las ventanas brillaban, la lámpara brillaba: ¿qué nueva tierra era ésa? Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría y la abrazaba. Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había sido creado, amaba con repugnancia. Del mismo modo en que siempre había sido fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera de un mal -¿el ciego o el hermoso Jardín Botánico?- se prendía a él, a quien quería por encima de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en caso de seguir el llamado del ciego? Iría sola… Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos…

-Tengo miedo -dijo. Sentía las costillas delicadas de la criatura entre los brazos, escuchó su llanto asustado.

-Mamá -exclamó el niño. Lo alejó de sí, miró aquel rostro, su corazón se crispó.

-No dejes que mamá te olvide -le dijo.

El niño, apenas sintió que el abrazo se aflojaba, escapó y corrió hasta la puerta de la habitación, de donde la miró más seguro. Era la peor mirada que jamás había recibido. La sangre le subió al rostro, afiebrándolo.

Se dejó caer en una silla, con los dedos todavía presos en la bolsa de malla. ¿De qué tenía vergüenza?

No había cómo huir. Los días que ella había forjado se habían roto en la costra y el agua se escapaba. Estaba delante de la ostra. Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué tenía vergüenza? Porque ya no se trataba de piedad, no era solamente piedad: su corazón se había llenado con el peor deseo de vivir.

Ya no sabía si estaba del otro lado del ciego o de las espesas plantas. El hombre poco a poco se había distanciado, y torturada, ella parecía haber pasado para el lado de los que le habían herido los ojos. El Jardín Botánico, tranquilo y alto, la revelaba. Con horror descubría que ella pertenecía a la parte fuerte del mundo -¿y qué nombre se debería dar a su misericordia violenta? Sería obligada a besar al leproso, pues nunca sería solamente su hermana. Un ciego me llevó hasta lo peor de mí misma, pensó asustada. Sentíase expulsada porque ningún pobre bebería agua en sus manos ardientes. ¡Ah!, ¡era más fácil ser un santo que una persona! Por Dios, ¿no había sido verdadera la piedad que sondeara en su corazón las aguas más profundas? Pero era una piedad de león.

Humillada, sabía que el ciego preferiría un amor más pobre. Y, estremeciéndose, también sabía por qué. La vida del Jardín Botánico la llamaba como el lobo es llamado por la luna. ¡Oh, pero ella amaba al ciego!, pensó con los ojos humedecidos. Sin embargo, no era con ese sentimiento con el que se va a la iglesia. Estoy con miedo, se dijo, sola en la sala. Se levantó y fue a la cocina para ayudar a la sirvienta a preparar la cena.

Pero la vida la estremecía, como un frío. Oía la campana de la escuela, lejana y constante. El pequeño horror del polvo ligando en hilos la parte inferior del fogón, donde descubrió la pequeña araña. Llevando el florero para cambiar el agua -estaba el horror de la flor entregándose lánguida y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo secreto se hacía allí en la cocina. Cerca de la lata de basura, aplastó con el pie a una hormiga. El pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño cuerpo temblaba. Las gotas de agua caían en el agua inmóvil de la pileta. Los abejorros de verano. El horror de los abejorros inexpresivos. Horror, horror. Caminaba de un lado para otro en la cocina, cortando los bifes, batiendo la crema. En torno a su cabeza, en una ronda, en torno de la luz, los mosquitos de una noche cálida. Una noche en que la piedad era tan cruda como el mal amor. Entre los dos senos corría el sudor. La fe se quebrantaba, el calor del horno ardía en sus ojos.

Después vino el marido, vinieron los hermanos y sus mujeres, vinieron los hijos de los hermanos.

Comieron con las ventanas todas abiertas, en el noveno piso. Un avión estremecía, amenazando en el calor del cielo. A pesar de haber usado pocos huevos, la comida estaba buena. También sus chicos se quedaron despiertos, jugando en la alfombra con los otros. Era verano, sería inútil obligarlos a ir a dormir. Ana estaba un poco pálida y reía suavemente con los otros.

Finalmente, después de la comida, la primera brisa más fresca entró por las ventanas. Ellos rodeaban la mesa, ellos, la familia. Cansados del día, felices al no disentir, bien dispuestos a no ver defectos. Se reían de todo, con el corazón bondadoso y humano. Los chicos crecían admirablemente alrededor de ellos. Y como a una mariposa, Ana sujetó el instante entre los dedos antes que desapareciera para siempre.

Después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acostados, ella era una mujer inerte que miraba por la ventana. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado, ¿cabría en sus días? ¿Cuántos años le llevaría envejecer de nuevo? Cualquier movimiento de ella, y pisaría a uno de los chicos. Pero con una maldad de amante, parecía aceptar que de la flor saliera el mosquito, que las victorias-regias flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendía entre los frutos del Jardín Botánico.

¡Si ella fuera un abejorro del fogón, el fuego ya habría abrasado toda la casa!, pensó corriendo hacia la cocina y tropezando con su marido frente al café derramado.

-¿Qué fue? -gritó vibrando toda.

Él se asustó por el miedo de la mujer. Y de repente rió, entendiendo:

-No fue nada -dijo-, soy un descuidado -parecía cansado, con ojeras.

Pero ante el extraño rostro de Ana, la observó con mayor atención. Después la atrajo hacia sí, en rápida caricia.

-¡No quiero que te suceda nada, nunca! -dijo ella.

-Deja que por lo menos me suceda que el fogón explote -respondió él sonriendo. Ella continuó sin fuerzas en sus brazos.

Ese día, en la tarde, algo tranquilo había estallado, y en toda la casa había un clima humorístico, triste.

-Es hora de dormir -dijo él-, es tarde.

En un gesto que no era de él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la mujer, llevándola consigo sin mirar para atrás, alejándola del peligro de vivir. Había terminado el vértigo de la bondad.

Había atravesado el amor y su infierno; ahora peinábase delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día.

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sobre  “el efecto” en el cuento “Amor» de Clarice Lispector
(Mar del Plata) Martha Minteguía

https://revistaarchivosdelsur.blogspot.com/2010/11/sobre-el-cuento-amor-de-clarice.html

Clarice lispector

Carmen de la Rosa en la antologia «o dispara usted o disparo yo» de L. Elphick

Dos minificciones del género negro


Natillas de la abuela


El aroma escapa por la ventana abierta de la cocina: vainilla, limón, canela; serpentea bajo la puerta del garaje donde el tercer marido de la abuela remacha los clavos del asiento de una silla, penetra
en su nariz, le hace salivar. Le impulsa a soltar el martillo y salir al jardín, hace semanas que desapareció el candado de la puerta de la cancela, que una maleta vacía espera con las fauces abiertas sobre la colcha del cuarto de invitados. Vete, vete ahora… Aquel olor irresistible le atrae hacia la casa: un cuenco de natillas reposa en el poyo de la cocina. Desde su habitación la abuela escucha el crujido de la gaveta de los cubiertos al abrirse, el clanc repetido de la cuchara contra la loza del cuenco, qué poco le duraba a ella el amor, descuelga del armario su vestido negro, retira la funda que lo protege de las polillas ¿Por qué nunca se marchaban sus hombres despechados? ¿Por qué tenía que
decidir ella: vainilla, limón, canela, cianuro?

El peso de la genealogía

Algo crujió bajo la suela del zapato del detective Johnson cuando entró esa mañana en la biblioteca de Regent Mansion. Con su pañuelo recogió los restos del monóculo del quinto conde de Badmington, que había salido despedido por la violencia del impacto. Lo mostró a la joven condesa y ella asintió en silencio, el verde desvaído de un cardenal en uno de sus pómulos, disimulado bajo una capa de polvos de arroz. El detective advirtió que los lacayos y sirvientas alineados a la derecha del mayordomo contuvieron la respiración al unísono, como un cuerpo de baile, tantos años juntos soportando insultos, esquivando bastonazos, mientras él recogía las alcayatas de la alfombra. Percibió el nerviosismo de todos los presentes cuando observó bajo la lupa los cortes a navaja, casi imperceptibles, del grueso cordón deshilachado del que había colgado el cuadro. Solo se necesitaba un calculado portazo del mayordomo después de servir al señor el whisky tras la cena, solo aquel mínimo seísmo temblando en la pared, para que el descomunal retrato del primer conde de Badmington, el ogro de Regent Mansion, se desplomara sobre el último malvado de la estirpe. Un accidente fatal, concluyó el detective Johnson; brillaron lágrimas de alivio en los ojos del mayordomo, los lacayos, las sirvientas. Mi más sentido pésame, condesa.

Carmen de la Rosa, Santa Cruz de Tenerife.

Sus relatos y microrrelatos aparecen en Entre humo y cuentos, Todo vuela, Acordeón, las
antologías: Somos Solidarios, 99 crímenes cotidianos, Primavera de microrrelatos indignados, Ellas, Eros y Afrodita en la minificción; la revista Fahrenheit XXI, los blogs: Antología Mundial de Minificción, Químicamente Impuro, La cazadora de relatos, Máquina de coser palabras, Brevilla, Internacional
microcuentista y Lectures d´ailleurs. Participó en el I Simposio Canario de Minificción (2015).

Nélida Cañas- Argentina de la A. de Pequeficciones

Administradores de la antología: Jose Manuel Ortiz S. y Chris Morales

Isla mediterránea
Nélida Cañas
Para Facundo Guevara
Aunque Facu vivía en una provincia mediterránea, al atardecer cuando
las montañas se ponían azules, él veía el mar con barcos. Por la noche
desplegaba el mapa sobre la mesa de la cocina y viajaba hasta llegar a
su isla. Caminaba entre la fronda, escuchaba a los pájaros. Descubría
criaturas sorprendentes y se perdía en vaya saber qué
deslumbramientos. Cuando cumplió diez años, y todavía no conocía el
mar, descubrió una niña morena y suave que reía entre los árboles y
llevaba el cabello suelto como una sacerdotisa pagana. Él solo quiso
tomarla de la mano y perderse con ella en ese mar azul, que solo sus
ojos conocían. Juntos enhebrarían las horas en esa isla donde ya no
estaría solo. Al atardecer verían a los lejos el mar con barcos.

Nélida Cañas (Argentina).

Profesora de Literatura. Ha sido publicada
en numerosas antologías. Entre ellas Pescadores de perlas (España,
2019) y Micros argentinos, selección de Clara Obligado y Raúl Brasca
(España, 2020). En narrativa y microrrelatos ha publicado De este lado
del mundo (Salta, 1996), Breve cielo (Tucumán, 2010), En la fragilidad
de los días (Jujuy, 2013) Intersticios (Jujuy, 2014), Chiquilladas (Jujuy,
2016) y Como si nada (Macedonia Editores, Bs. As. 2018).

Nélida Cañas
Nélida Cañas

Cómo hice amistad con Juan Domingo Perón, Miguel Aceves Mejía cantante

Juan Domingo Perón fue un político, militar y escritor argentino, tres veces presidente de la Nación Argentina y fundador del peronismo, uno de los movimientos populares más importantes de la historia de la Argentina

Entrevista para la Revista «El Mariachi Suena»:

«Un día estaba yo cantando en el mejor cabaret de Buenos Aires, se llamaba el Embassy, y llegaó un señor que era el ministro de educación… iban a conmemorar en un de los mejores teatros de opera que hay en el mundo y que esta en Buenos Aires, un evento donde el presidente quería invitar a todos los artistas extranjeros que estaban en ese momento en Argentina«

Puros artistas extranjeros, no participaba nadie en esa fecha que fuera argentino. Siempre Argentina fue una meta, se ganaba mucho dinero e iban artistas de todo el mundo. Me dijo el ministro: ¿quiere usted participar en la función que se va a hacer en el Teatro Colón…?. «!Sí, cómo no! , con todo y mi mariachi!», le dije, (yo fui el primero que llevó el mariachi a todo Sudamérica, no lo habían dado a conocer…) No sabían lo que era mariachi. Bueno, En la función me dejaron a mí al final, porque el mariachi era una sensación.
Ponía al mariachi a abrir con «La Negra», luego salía cantando, y cerraba con «Ruega Por Nosotros». Resulta, ya es el destino, pues acababa de morir Evita Perón, la esposa del presidente de la República Argentina. Juan Domingo Perón estaba en el palco con sus ministros, y fue cuando yo cante «Ruega Por Nosotros».
Cuando terminé de cantar, hubo un aplauso bárbaro, en el teatro se paró toda la gente y yo me hincaba cuando cantaba los versos:
«Señor, eterno dios
ante tu altar,
Estoy aquí de hinojos
Ella se fue
Y yo quiero morirme
Perdónanos señor…
Y ruega por nosotros.
«Me platicaron después que estaba llorando (el presidente), cuando yo estaba cantando esa canción. Me mandó llamar, fui el único artista, y me hice muy amigo de él.
Nos invitó a desayunar con mi representante, que si quería ir con todo el mariachi a la Casa Rosada, dije «No, yo voy solo».Y a las siete de la mañana estaba una limusina en el hotel en el que me hospedaba . Desayuné con él, y me dice: «Desde hoy, usted va a comer conmigo, invite a los muchachos todos los días a Olivos (Residencia presidencial)…»Como estuve tres meses en Buenos Aires, nos hicimos muy amigos, por eso le digo que «Ruega Por Nosotros» me abrió las puertas. Esta canción hizo que fuera yo íntimo amigo de Juan Domingo Perón». 
Miguel Aceves Mejía cumpliría 100 años | Publimetro México
Quiso tanto a la Argentina que su esposa es de Allá. También tiene una historia romántica, que intentaré armarla. Miguel Aceves Mejía fue un cantante y actor mexicano, de la llamada Época de Oro del cine mexicano, autor de temas vernáculos rancheros. Se le conoció con el apodo de «El Rey del Falsete», «El Falsete de Oro» y «El cantante de oro».​ Wikipedia

Su primer vuelo

De José Manuel Ortiz Soto

Pero en un acto meramente reflejo, dos de sus tres pares de patas fueron al encuentro de la pista de aterrizaje, causando la colisión y el desastre.

La vi descender segura, midiendo la distancia. Daba sus primeros pasos en el fascinante y peligroso mundo de la aeronáutica civil.

—Recuerden: si quieren salir airosas de esta aventura, deben conservar la calma. Cuando estén a punto de aterrizar y sientan que la tierra viene en dirección a ustedes, por ningún motivo, ¡óiganlo bien!, traten de alcanzarla. Permitan que sea el piso el que se acerque manso, receptivo. Porque en este negocio, descuido significa muerte —repetía el instructor, clase tras clase.

«¡Chingada madre!», maldecía la joven mientras daba tumbos fuera de la pista. «¡Juro por Diosito que si salgo de ésta me redimo!».

Los rescatistas ni se movieron; el instructor cono-cía de sobra a aquellos truhanes para quienes era mucho más fácil y barato ayudar a bien morir a una alumna infortunada, que enfrascarse en una lucha titánica por conservarle su mísera existencia. Tragó saliva y ordenó con voz agria y rencorosa: —¡Que se arroje de la mesa la siguiente!

La metamorfosis de Diana”, José Manuel Ortiz Soto - Letras de Chile