Carmen de la Rosa en la antologia “o dispara usted o disparo yo” de L. Elphick

Dos minificciones del género negro


Natillas de la abuela


El aroma escapa por la ventana abierta de la cocina: vainilla, limón, canela; serpentea bajo la puerta del garaje donde el tercer marido de la abuela remacha los clavos del asiento de una silla, penetra
en su nariz, le hace salivar. Le impulsa a soltar el martillo y salir al jardín, hace semanas que desapareció el candado de la puerta de la cancela, que una maleta vacía espera con las fauces abiertas sobre la colcha del cuarto de invitados. Vete, vete ahora… Aquel olor irresistible le atrae hacia la casa: un cuenco de natillas reposa en el poyo de la cocina. Desde su habitación la abuela escucha el crujido de la gaveta de los cubiertos al abrirse, el clanc repetido de la cuchara contra la loza del cuenco, qué poco le duraba a ella el amor, descuelga del armario su vestido negro, retira la funda que lo protege de las polillas ¿Por qué nunca se marchaban sus hombres despechados? ¿Por qué tenía que
decidir ella: vainilla, limón, canela, cianuro?

El peso de la genealogía

Algo crujió bajo la suela del zapato del detective Johnson cuando entró esa mañana en la biblioteca de Regent Mansion. Con su pañuelo recogió los restos del monóculo del quinto conde de Badmington, que había salido despedido por la violencia del impacto. Lo mostró a la joven condesa y ella asintió en silencio, el verde desvaído de un cardenal en uno de sus pómulos, disimulado bajo una capa de polvos de arroz. El detective advirtió que los lacayos y sirvientas alineados a la derecha del mayordomo contuvieron la respiración al unísono, como un cuerpo de baile, tantos años juntos soportando insultos, esquivando bastonazos, mientras él recogía las alcayatas de la alfombra. Percibió el nerviosismo de todos los presentes cuando observó bajo la lupa los cortes a navaja, casi imperceptibles, del grueso cordón deshilachado del que había colgado el cuadro. Solo se necesitaba un calculado portazo del mayordomo después de servir al señor el whisky tras la cena, solo aquel mínimo seísmo temblando en la pared, para que el descomunal retrato del primer conde de Badmington, el ogro de Regent Mansion, se desplomara sobre el último malvado de la estirpe. Un accidente fatal, concluyó el detective Johnson; brillaron lágrimas de alivio en los ojos del mayordomo, los lacayos, las sirvientas. Mi más sentido pésame, condesa.

Carmen de la Rosa, Santa Cruz de Tenerife.

Sus relatos y microrrelatos aparecen en Entre humo y cuentos, Todo vuela, Acordeón, las
antologías: Somos Solidarios, 99 crímenes cotidianos, Primavera de microrrelatos indignados, Ellas, Eros y Afrodita en la minificción; la revista Fahrenheit XXI, los blogs: Antología Mundial de Minificción, Químicamente Impuro, La cazadora de relatos, Máquina de coser palabras, Brevilla, Internacional
microcuentista y Lectures d´ailleurs. Participó en el I Simposio Canario de Minificción (2015).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s