La caza del conejo de Mario Levrero

Uruguayo

Fuimos a cazar conejos. Era una expedición bien organizada que capitaneaba el idiota. Teníamos sombreros rojos. Y escopetas, puñales, ametralladoras, cañones y tanques. Otros llevaban las manos vacías. Laura iba desnuda. Llegados al bosque inmenso, el idiota levantó una mano y dio la orden de dispersarnos. Teníamos un plan completo. Todos los detalles habían sido previstos. Había cazadores solitarios, y había grupos de dos, de tres o de quince. En total éramos muchos, y nadie pensaba cumplir las órdenes.

Yo sentía pinchazos en las piernas. Al principio no les daba importancia; lo atribuía al pasto y a los yuyos. Pero luego, cuando el dolor fue subiendo, y un poco más tarde aún, cuando el dolor y el mareo me hicieron vacilar y caer, vi —antes de que la vista se me nublara y cuando mi cuerpo comenzaba a retorcerse en los espasmos de la muerte—, vi la araña con ropas de cazador y sombrero rojo, y mirada perversa y divertida, arrojándome sin pausa los darditos envenenados a través de su pequeña cerbatana.

Fuente

«Caza de conejos», por MARIO LEVRERO

Prohibida la escopeta para cazar conejos en el Parque Nacional del Teide

Perplejidad de Raúl Brasca

Argentino

Perplejidad
a Guillermo Martínez

La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora.
De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza, ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías?
Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la Tierra duda sin atinar a hacer un movimiento. Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.

Dispara a un cazador presuntamente por empezar la jornada antes de tiempo

HERENCIA/ Maricarmen Delfín Delgado — Los escribas

Al escuchar historias ajenas sobre eventos extraordinarios, increíbles o paranormales, a mi mente llegaron recuerdos de sucesos similares que deseché por creer que eran producto de mi imaginación o consecuencia de fuerzas físicas o naturales. Recordé que en nuestra primera morada en el centro de la ciudad, sucedían eventos raros e inexplicables a los cuales […]

HERENCIA/ Maricarmen Delfín Delgado — Los escribas

Cuento negro de José Manuel Ortiz Soto

De la antología » o dispara usted o disparo yo»

José Manuel Ortiz Soto
Ojo de águila

Toni Ibargüengoitia despertó empapado en sudor. Vio que la pistola de cargo siguiera debajo de la almohada y se sentó en el borde de la cama. Mientras se tranquilizaba fumándose un cigarro Delicadossin filtro, trató de reconstruir la pesadilla que, de nueva cuenta, lo tenía en aquel estado. Pero como sucede en la vida real con tantos casos como aquel, las pistas recabadas no le alcanzaban para terminar de armar el rompecabezas completo. «¡Maldita suerte!», se dijo y aplastó la bachicha del cigarro contra el fondo opaco del cenicero de madera, con forma de alebrije oaxaqueño. Luego se recostó sobre la cama y esperó a quedarse nuevamente dormido para continuar con las investigaciones de su asesinato.
—Un día de estos nos vemos las caras, pinche Cojo —le espetó
Benito el Tuerto desde el Centro de Videovigilancia de la ciudad.

José Manuel Ortiz Soto (Jerécuaro, Gto., 1965).

Libros de
poesía publicados: Réplica de viaje, y Ángeles de barro; de minificción,
formato digital, Doble cámara falsa de Gesell, La moraleja del cuento, Las
cincuenta cabezas de la hidra, Las historias de cada quien, y formato
tradicional, Cuatro caminos y Las metamorfosis de Diana/Fábulas para leer en
el naufragio; es antólogo de El libro de los seres no imaginarios. Minibichario y,
junto con Fernando Sánchez Clelo, Alebrije de palabras

Hombre Joven Con La Depresión Sentado En La Cama Fotos, Retratos, Imágenes  Y Fotografía De Archivo Libres De Derecho. Image 37345705.

Literatura revisitada — Lapizázulix la galaxia del cuento

Frankensteiniana El señor Gerardo de la Torre fue arrollado por el tren de Cuernavaca. Como es costumbre, trató de pasar primero y no supo calcular la velocidad de la máquina. De su cuerpo despedazado, según informaron médicos del Banco Nacional de Reconstrucción Humana, sobreviven algunos dedos de la mano derecha, la pierna izquierda, y la […]

Literatura revisitada — Lapizázulix la galaxia del cuento

Dictado de palabras de Jose Manuel Ortiz Soto

Para Camila Ixchel, Sofía Valentina y Austin Manuel

Dictado de palabras
José Manuel Ortiz Soto


Lápiz en mano, Noecilla está lista para tomar el dictado. —Duna —dicta mamá al pasar junto a ella. “Duna”, escribe Noecilla en el cuaderno.
Una montaña de arena arrastrada por el viento cubre la llanura de la hoja. El sol cala fuerte. Noecilla siente su cuerpo seco y arrugado, cual pasita de uva.
—Masa —dicta mamá desde algún lugar en la casa. La palabra “masa” toma forma en la hoja del cuaderno: el desierto se hace blanco, suave y húmedo, como la masa del pan que hace su familia para vender. Un agradable olor a pan recién horneado flota ya en el aire.
—Lluvia —dicta mamá, acercándose.
Antes de que la palabra “lluvia” vaya a estropearle la tarea, Noecilla cierra el cuaderno, y le dice a mamá que necesita un descanso.

José Manuel Ortiz Soto (México, 1965). Pediatra y cirujano pediatra.
Ha publicado los libros de minificción en formato tradicional, Cuatro
caminos y Las metamorfosis de Diana; es antólogo de El libro de los
seres no imaginarios. Minibichario y, coantólogo de Alebrije de
palabras: Escritores mexicanos en breve y El Tótem de la rana.
Catapulta de microrrelatos. Miembro de La Internacional
Microcuentista. Coordina la Antología Virtual de Minificción Mexicana.

Micronopio. Capítulo 8: José Manuel Ortiz Soto. - YouTube

La caza de conejos de Mario Levrero

Conejos

Laura gateaba en el pasto. La cosquilla de los yuyos la excitaba, y entonces aparecía un conejo. Ella lo atrapaba entre sus piernas. Era lindo de ver la cabecita blanca asomando y hociqueando sobre esas nalgas también blancas. Ella decía preferir los conejos a los hombres; que los conejos eran de pelo más suave y cuerpo más cálido. Y si ella apretaba un poco demasiado con sus muslos, al conejo se le nublaban los ojos y moría dulcemente, graciosamente, o aun con indiferencia

Tatuajes de conejos y su significado | Tatuantes

La tocata en fuga de Rubén García García

Sendero

La ciudad es un hormiguero de alientos. El mismo rostro con diferente gesto. Las calles son cordones que se mueven a pausas, temblorosos, enganchados a la prisa y la ansiedad.Un cielo con grises que presumen agua. El viento tiene olor a metal y cuero; mueve tendederos, antenas y anuncios . Los pájaros nómadas se van huyendo del smog y del frío.Estoy guarecido bajo una cornisa y la gente corre. Algunos se cubren con los periódicos. A mi lado, en una tienda de ropa, le están colocando un vestido azul y una peluca rojiza a un maniquí; tiene los brazos abiertos y extendidos hacia adelante. Me prende el recuerdo.Un carro ronronea cerca, toca el claxon con insistencia. Me haces señas para que aborde; y tu mano, al girar, va de un do hasta un fa. Con la ceja saludo al viejo auto que a diario se rompe el espinazo por ti. Tenemos el deseo de besarnos en la mejilla, pero la luz del semáforo cambia a verde y la arrancada es violenta.Me acerco con la rutina que aprendí hace tiempo; tomas mi mano y la aprietas, como preguntando: ¿por qué no me has hablado? En un tris, haces un cambio en la palanca de velocidades y tu mano, que me sujetaba, se desplaza al volante.
Hablas y hablas, y simulo una atención que estoy lejos de tener, mis monosílabos son evidencia de que deseo continuar en silencio. Tú sigues la plática como si entre nosotros nada hubiese ocurrido. Muestras tu imagen de anteayer, y no la de hoy. No quiero escucharte decir que la mañana es fría, que llueve a cantaros, que la polución, el tráfico. Maneja, sólo maneja, no deseo platicar contigo. Así que, ¡sólo maneja! Me miras sorprendida, pues antes no te hubiera hablado de ese modo; de haberte permitido continuar, tendría el fastidio de tu discurso como esferitas tintineando.

Las calles encharcadas detienen el tránsito; el vehículo se asfixia, estornuda cada vez que el rojo lo obliga a suspender la marcha. La avenida es larga y el semáforo se reproduce en cada esquina.Aquella mañana cuando por primera vez nos encontramos, ya te conocía porque todos me hablaban de ti, de tu sonrisa, la charla, tu cercanía con la música; y también sabía del carro, que era viejito, pero… ¡qué cómodo! Jamás se quedaba, era un burrito de trabajo, sobre todo, para una mujer. Imagine en qué problemas si el carro se detuviera, ¡y con el tráfico de México! ¡Qué carácter bonito, nunca enojada!, y cómo cambiabas cuando tus manos iban y venían por el teclado del piano.Recuerdo cuando te sentaste a la mesa, los cabellos se tendieron en la superficie. Olías a mañana de pueblo que por la noche se lava después de un chubasco. Tus ojos negros, vivos, difíciles de atrapar, te otorgaban la belleza de un pez en movimiento.El café llenaba de olor la estancia y mientras platicábamos, aspiraba tu presencia. Te imaginé dentro de mí. Fue una delicia verte a mis anchas y enjuagarme con tu aroma. Te inventaba recovecos para dejarte en mis entrañas. escapaste.Me habías conocido con la barba de varias noches y ojos adormilados. ¿Abrirlos? ¡Para qué! Era ver lo mismo: los monitos de porcelana en actitud de darse un beso con una patita levantada, el reloj con el gorila que al aplaudir daba las horas.Así llegaste a mi vida. te entregué el ropero, el cajón de olores, las palabras rotas, mi insomnio, y tristeza adosada por años a mi equipaje. Mi piel fue cambio de textura, el color viejo se hizo más vivo, y se limpió de resabios. Poco a poco pude sentir que dentro de mí había un germen que respiraba.
— Luces mejor que cuando te conocí –me decías – antes estabas cercano a la lejanía, escondido. Hoy eres diferente y tus manos hablan más. Era increíble, ¡me tomabas en cuenta!

Tal vez te acercaste por un sentimiento mórbido, pero me habitaste la piel con tus caricias y mis ojos brillar cuando tu mejilla descansaba sobre mi pelo. El tiempo se volvía un instante.Me quitaste las ropas sucias y la barba de tantas noches. Estabas en mí, sin estarlo, y mi corazón presuroso brincaba queriendo salirse. Contemplarte era descubrir el mundo, tener un sol dentro de mí, un asombro. Observar tu carro doblando la esquina, me incitaba a seguirlo, a gritarle al semáforo que se quedara en rojo, pero fui dejando de ser, hasta que ya no pude ser sin ti. ¡Qué difícil explicármelo! Era como sumergirme en un río, bracear hasta el desmayo. Hundirme en el fondo enredarme en la hierba y el agua llegándome al alma y cuando al fin alcanzaba la orilla, volvía la soledad. Cabizbajo solía regañarme por no haber interpretado tus señales.Hoy, soy consciente de que yo era un papel que con cualquier remolino daría vueltas y vueltas y seguiría girando, aunque el torbellino no estuviera.

Conduces rápido y tomas Insurgentes mientras los charcos se juntan en las esquinas. De la tercera velocidad pasas violentamente a la segunda, sacando una cortina líquida que moja a quienes esperan el urbano. Me miras y te encoges de hombros.
—Como quiera ya estaban empapados, además, llegarán a sus casas a bañarse. No te he dicho, mis manos cada día son más hábiles, ya puedo tocar la tocata en fuga. Sabes de quién es, ¿verdad? –preguntas.
—Déjame en la esquina, por favor.
— ¡Oye, te vas a mojar! Si lo deseas te dejo en el metro. ¿Quieres?
—No, gracias.
El agua fría se escurre por mi cuello, no hago nada para evitar que siga por la espalda. A lo lejos, un muñeco de luz toma la guitarra y saca chispas que se pierden en la oscuridad de la noche. A mi lado un trolebús mueve pesadamente su carga. Es la gente que busca su cueva.

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Quintilla de minificciones negras: Jose Manuel Ortiz Soto, Perla Hermosillo, Dina Grijalva,Diana Raquel hernández y Engels Islas

De la antología de Lilían Elphick » O dispara usted o disparo yo»

José Manuel Ortiz Soto
Ojo de águila


Toni Ibargüengoitia despertó empapado en sudor. Vio que la
pistola de cargo siguiera debajo de la almohada y se sentó en el borde
de la cama. Mientras se tranquilizaba fumándose un cigarro Delicados
sin filtro, trató de reconstruir la pesadilla que, de nueva cuenta, lo tenía
en aquel estado. Pero como sucede en la vida real con tantos casos
como aquel, las pistas recabadas no le alcanzaban para terminar de
armar el rompecabezas completo. «¡Maldita suerte!», se dijo y aplastó la
bachicha del cigarro contra el fondo opaco del cenicero de madera,
con forma de alebrije oaxaqueño. Luego se recostó sobre la cama y
esperó a quedarse nuevamente dormido para continuar con las
investigaciones de su asesinato.
—Un día de estos nos vemos las caras, pinche Cojo —le espetó
Benito el Tuerto desde el Centro de Videovigilancia de la ciudad.

Diálogo en la oficina
Perla Hermosillo

—¿Cuáles son las pistas?, pregunta el detective.
Su compañera se levanta del escritorio y busca la información en
el archivero. Él la mira con atención. Le gustan sus tacones negros que
lucen sensuales en sus pequeños pies. Ese traje gris delinea su silueta a
la perfección, aunque su falda no tiene bastilla. Lo que más le fascina
son sus manos, muestra de una delicadeza exquisita. Nota una ligera
mancha azul en su dedo índice.
— Una pisada, un hilo y una nota suicida, responde la detective.
—¿La huella en la tierra es aproximadamente del número 3?
— Sí.
—¿El hilo es de color gris?
— Sí.
—¿La nota está escrita con tinta azul?
—Sí.
Los dos detectives se miran a los ojos unos segundos. Ágatha le
descarga la pistola en el pecho. Orgullosa, sonríe: esta vez superó a
Poirot.

Dina Grijalva
Autora intelectual

Es cierto: yo planeé el crimen, decidí el arma, la víctima y el
victimario. Confieso que me dejé llevar por la pasión de ir armando
cada detalle para conseguir el crimen perfecto. Pero la policía debe
comprender que todo sucedió en las páginas de mi libro. El juez dijo:
A mí no me venga con cuentos y me declaró culpable.

Diana Raquel Hernández Meza
Archivo muerto

El capitán Márquez entró a la habitación y no pudo evitar las
náuseas que el penetrante olor a sangre le provocaron.
—Nunca se está listo para ver de nuevo a la que apenas te
cogiste la noche anterior, ¿verdad? —dijo el sargento Sánchez, que
entró detrás.
Los peritos terminaban de recabar los indicios de la escena del
crimen y estaban por llevar el cuerpo a la morgue.
—No tengo nada qué decir, pudo ser cualquier cabrón.
El capitán Márquez dio media vuelta, apesadumbrado;
enamorarse con las primeras caricias siempre tiene riesgos.

Engel Islas
Miedo
No pagó la droga y lo iban a matar, lo sabía. Pero no sería de un
tiro, era demasiada clemencia. Lo llevaban desnudo y amarrado, con la
cabeza metida en un costal. Lo sentaron sobre lo que, imaginó, sería
un carro de supermercado. Llegó la brisa vespertina, luego el frío de la
noche y el sonido de un tren acercándose.

Escorpio, un cuento negro para el final del verano

El fuego y el frío de Rubén García García

Sendero

Jugábamos dentro del baño. Abrí la manivela de la regadera y las gotas frías cayeron sobre tu cabello, la camisa mojada se pegó a tu espalda. Me llevaste a tu lado, el agua nos cortaba la respiración. Pasamos a la pasión que azuzó la lava de tu boca, saciaste tu sed con la plenitud de mis pechos, me llené de contracciones. tomé de tu geografía la península y la anexé como un territorio conquistado. Sonaba el agua, el gemido y mi pierna fue boa enroscada a tu cintura. El frío tomó su sombrero y se fue.

Sentados o parados? ¡O las dos! – Universo Alessandra

Raul Brasca argentino: Inmovilidad

Inmovilidad,
dramatismo y belleza
La inmovilidad instantánea de lo que siempre se mueve
es dramática, posee el horror de una muerte inconclusa
y la belleza de la eternidad. Lo eterno
sólo puede cristalizar en el instante,
donde la experiencia del tiempo es imposible.
Karl B. Ausar, Advanced Mic(h)ronodynamics

No se trata de captar el instante y fijar la imagen en la retina. Mucho mejor es que se detenga un instante el flujo de loque sucede. El caballo inmóvil en actitud de veloz carrera, el pájaro congelado en pleno vuelo, la lluvia detenida en elaire. Y saber que no es vacilación de la mirada.

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TAL VEZ EL VIENTO — manologo

Fuera, detrás de los cristales de la ventana cerrada, se escucha una especie de gemido. Como el de un animal solitario, como sonaría el alma en pena que siempre aparecía en tus historias. Es de tarde, pronto oscurecerá y la imaginación empieza a tejer la manta de los miedos. “¡No hay nada que temer!”, me […]

TAL VEZ EL VIENTO — manologo

La caza de conejos de Mario Levrero

Uruguayo

Algunos cazan conejos persiguiéndolos sin tregua, a caballo, despiadadamente, dentro y fuera del bosque; en polvorientas carreteras, en praderas enormes, trepando incluso a pedregosas montañas. Cuando el conejo se detiene, loco de fatiga, le destrozan el cráneo con un golpe certero de garrote. Luego se lo comen, crudo y hasta con pelos. Yo estoy condenado genéticamente a otros procedimientos. Tejo laboriosamente durante varios meses una enorme y casi invisible tela como de araña, y luego me siento a esperar, un poco oculto entre el follaje. A veces pasan otros tantos meses antes de que aparezca un conejo en los alrededores, y a veces otros tantos más para que el conejo caiga en mi tela. Mientras tanto atrapo sin querer moscas y mosquitos, moscardones, avispas, ratones, culebras, mulitas, caballos, pájaros, jirafas y monstruos marinos. Me fatiga mucho despegarlos y recomponer la tela donde ha sido dañada. Es un trabajo agotador y la vigilia es constante. Me destrozo los nervios en esta tensa y eterna espera. Tengo las mandíbulas apretadas, me caigo de sueño, y mis sentidos se agudizan y exasperan en alerta constante. Mi forma de cazar conejos, y no tengo otra, es lo que me ha transformado en un loco.

dario jaramillo agudelo
Jorge Mario Varlotta Levrero nació el 23 de enero de 1940 en Montevideo, Uruguay, donde residió la mayor parte de vida, con estancias en Piriápolis y Colonia y en Buenos Aires, Rosario y Burdeos (Francia). Fue librero, fotógrafo, humorista, editor de una revista de entretenimientos y, en sus últimos años, dirigió un taller literario.
Comenzó a publicar a fines de la década de los 60, escribió novela y relato, aunque su última obra se centra en lo que denominó novelas pero que son más bien un género propio, a caballo entre el ensayo, el relato y las memorias.
Levrero generó un creciente grupo de seguidores que lo tuvieron como autor de culto, tanto en Uruguay como en Argentina, pero nunca alcanzó grandes reconocimientos públicos, salvo una beca Guggenheim en el año 2000, que le permitió dedicarse a la redacción de La novela luminosa. Este diario-relato y su antecesor El discurso vacío son consideradas sus obras maestras. El estilo literario de Levrero cae dentro de lo que una crítica de Ángel Rama denomina el grupo de «los raros», una corriente típicamente uruguaya de autores que no pueden encasillarse dentro de ninguna corriente reconocible, aunque tienden a una especie de surrealismo leve. Felisberto Hernández, Armonía Somers, José Pedro Díaz, y el propio Levrero son los nombres principales de esta corriente.
Murió el 30 de agosto de 2004.