¡Qué silencio!
Los dos sabíamos del adiós.
Ella está en la ventana,
mirando el carro
donde pronuncié su nombre…
Voy a cien kilómetros por hora
las espigas de la hierba
se mueven con el viento.
¡Golpeo el volante!
me pregunto:
¿Los adioses son para mí
o para el viento que pasa?
¿Tienes cómo yo,
una lágrima que escarba la mejilla?












Un grupo de nubes observa.


Llueve.
La gente frota las manos, por encima de los cerros pasan las nubes, obesas gallinas picoteando el cielo.
Llueve finito.
Las hojas tiritan de frío.en cada esquina, las sombrillas platican con antiguas comadres.
Entre los huecos de viejos edificios las palomas aletean los vapores del clima.
Finos piquetes, húmedos, brincan complacientes por mi cara, se reúnen en gotas y me recorren, resbalan por mi cuello, se dispersan sobre los vellos de mi pecho y saltan.
Silbo caminando bajo la lluvia.
Es un día diferente, abro mi camisa para que mi corazón reumático retoce con el agua.
Atrás y adelante las sombrillas color de rosa me esperan. Tomaremos café y jugaremos toda la tarde