Mi abuela y yo vivimos entre extraños. La casa no parece lo suficientemente grande para acoger a todos los que se presentan a distintas horas. Se sientan a cenar como si se les hubiera estado aguardando —y de hecho siempre hay un sitio puesto para ellos— o entran en el salón principal huyendo del frío, frotándose las manos y quejándose del clima, y se instalan junto al fuego y toman un libro que hasta entonces me había pasado inadvertido y continúan la lectura desde una página marcada con un separador de papel gastado. Como es obvio, algunos de ellos son alegres y simpáticos mientras que otros son antipáticos: malhumorados o taimados. Con algunos hago una amistad inmediata —nos entendemos mutuamente a la perfección desde que nos conocemos— y espero verlos de nuevo en el desayuno. Pero cuando bajo a desayunar no están allí, y a menudo nunca vuelvo a saber de ellos. Todo esto es muy inquietante. Mi abuela y yo jamás mencionamos estos ires y venires de extraños por la casa. Pero observo su rostro delicado y rosado cuando ella entra en el comedor apoyada en su bastón y se detiene sorprendida: se mueve tan despacio que esto es casi imperceptible. Un joven se levanta de su lugar, aferrando su servilleta a la altura del cinturón, y va a ayudarla a sentarse en su silla. Ella se adapta a la presencia del joven con una sonrisa nerviosa y una cortés inclinación de cabeza, aunque yo sé que se siente tan consternada como yo por el hecho de que él no estaba allí en la mañana y no estará al día siguiente y sin embargo se comporta como si todo esto fuera de lo más normal. Pero muy a menudo, por supuesto, la persona sentada a la mesa no es un joven educado sino una solterona delgada que come rápido y en silencio y se retira antes de que nosotros terminemos, o bien una anciana que nos frunce el ceño a los demás y escupe la cáscara de su manzana al horno al borde del plato. No hay nada que podamos hacer. ¿Cómo podemos librarnos de gente que nunca invitamos y que de cualquier modo se marcha tarde o temprano por su propio pie? Aunque pertenecemos a generaciones diferentes, a mi abuela y a mí se nos enseñó que jamás debemos hacer preguntas sino sólo sonreír a las cosas que escapan a nuestra comprensión.
¿Me dijo que la próxima vez cometiera un crimen en A y fingiera que lo había hecho en B, mientras usted me esperaba en C? o ¿debía encontrarlo en B, cometer el crimen en C mientras usted me aguardaría en A? No puedo recordar el silogismo que me planteó aquella tarde en la quinta de Triste-le-Roy. Debo confesar que me recuerda esa vieja paradoja de Aquiles y la tortuga, sin embargo, voy a matarlo ahora mismo, sin respetar su lógica implacable. Discúlpeme, Lönnrot, nunca fui bueno para las matemáticas. !
! Julio Ricardo Estefan nació en 1963. Participó en las antologías: Monoambientes (2008), Velas al viento (2010), Fervor de Tucumán2010), Brevedades (2013), El mundo de papel (2014), Grageas 3 (2014) y Cien páginas de amor (2015). Publicó La excepción a la regla (2009), Juegos de Superhéroes (2010), La señal inválida (2011) y La torre de papel (2013). Es editor de La aguja de Buffon ediciones. Es miembro fundador de la Asociación Literaria «Dr. David Lagmanovich». !
En la morgue, la cara del occiso me resulta familiar. Saco mi libreta y anoto: traje gris, contextura delgada, un metro ochenta, tez blanca, unos cincuenta años, ojos celestes, cabello rubio, herida de bala en el parietal derecho, sin orificio de salida, presenta rastros de pólvora (eso indica que el caño del arma estuvo en contacto con la piel al momento del disparo). La mano derecha no muestra restos (habrá que esperar el test de parafina). Vuelvo a la oficina con una idea martillándome la cabeza. Al otro día leo los informes: el test ha dado positivo, el revólver es un Colt calibre 38, las únicas huellas son las del occiso. Mientras los datos comienzan a encajar unos con otros, tengo un presentimiento. Necesito despejarme. Voy hasta el baño a mojarme la cabeza. Alzo el peine, me miro en el espejo y comprendo: en este caso soy el investigador, el asesino y la víctima. !
o dispara usted o disparo yo Antologia de Lilian Elphick
Desde que el marido de Úrsula cruzó de mojado la frontera, su compadre no dejaba de buscar cualquier pretexto para visitarla en su casa y ella, adivinándole las intenciones, lo invitó a comer un domingo a mediodía y preparó para agasajarlo un guiso de gallina, servido con dos salsas distintas. –¿Cual le gusta más, compadre? –le preguntó entrecerrando los ojos, como calándolo. –Los dos están muy sabrosos, comadrita, pero para serle sincero, esta gallina con salsa de chipotle no tiene rival. –Mire qué curioso –respondió Úrsula, –porque esa receta me la dio mi comadrita, su mujer. Y luego agregó: –¿Sabe que estoy pensando, compadre? Que la gallina siempre es la misma, y lo único que cambia es la salsa. Como con las mujeres, ¿no cree usted? Entendiendo la indirecta, el hombre siguió preocupándose por su comadre, pero eso sí, de lejecitos y sin hacer más intentos por degustar su guiso de gallina.
Del microdecamerón
Paola Tena. (México, 1980). Pediatra de profesión y escritora por vocación. Ha publicado algunos de sus microcuentos en antologías de minificción (Señales mínimas , Ediciones Idea, Tenerife, 2012; Érase una vez… un microcuento, Diversidad Literaria, Madrid, 2013; Saborea la locura, Chiado Editorial, Barcelona, 2013; Vamos al circo, BUAP, Cd. de México, 2017; Las musas perpetúan lo efímero, Micrópolis, Lima, 2017). Ha publicado sus microcuentos en diversos blogs y revistas digitales, participando de manera activa en las redes sociales. Las pequeñas cosas es su primer libro.
Ya no queda ningún José Arcadio en el pueblo, y menos aún Aurelianos. Desde aquella funesta inundación que arrasó con casi todo, los escasos pobladores se aseguran de que ningún Buendía vuelva a pisar Macondo.
El hombre abrió los ojos y le llevó sólo unos segundos recordar todo. Desde hacía tres días estaba metido en esa alcantarilla maloliente. Tenía hambre y sed. Se tocó el bolsillo y comprobó, una vez más, que el arma seguía allí, la revisó… sabía que la necesitaría si los sicarios del jefe lo encontraban. Caminó hacia la salida tratando de no pisar las heces que flotaban. Un ruido lo puso en guardia y se agazapó… sólo una rata, con más miedo que él, lo miró sorprendida. Aspiró el aire fresco de la noche. Caminó unos metros y vio el bar de una estación de combustible. Primero fue al baño y se lavó, luego espió a través de los vidrios: solamente había un hombre tomando un café, entró y pidió un sanguche y una cerveza, se sentó en un rincón a saborearlos. Decidió partir lo más pronto posible. Llegó a la estación y compró un boleto hacia el sur. El traqueteo del tren lo sumergió en una duermevela tenaz. El vasco lo había mirado con sus ojos helados al descubrir su traición y había ordenado su ejecución… Sudoroso, se despertó aliviado de salir de la pesadilla. Comprobó que no había nadie, esperó que el tren partiese para cruzar las vías y tomar el camino que lo llevaría a la casa de su infancia. Miró hacia arriba y los destellos del sol lo cegaron, al mismo tiempo escuchó el disparo, antes de caer comprendió que la traición no se perdonaba.
Mónica Druettaes docente y escritora. Reside en Córdoba, en su pueblo, Tancacha, desde que nació. Ha participado de diversas antologías literarias y ganado concursos nacionales e internacionales desde sus comienzos en la escritura en el año 2014. Es miembro activo del sitio literario Falsaria y otros grupos literarios. Escribe poesía, narrativa y teatro.
La lluvia ha caído torrencialmente entre los dos. Ha desdibujado los contornos. Cuando extienden las manos para abrazarse, comprueban que han sido arrastrados en sentidos opuestos.
Les contaré sobre una mujer que ha sido muchas mujeres, queha olvidado y recordado infinidad de veces su origen estelar: ha sido llamada Dina, Helena de Troya, Malintzin, la papisa Juana, ElsaMorante; ha sido sacerdotisa, amazona, princesa, curandera, guerrera inca, bruja, aristócrata, judía, revolucionaria, poeta, una joven suicida; ha vivido en la Atlántida, Israel, Jerusalén, Esparta, Japón, Alemania, el México prehispánico y el contemporáneo; una mujer que tiene luz en las venas; una mujer herbaria en sus instintos y arbórea en sus palabras. Ella me visita en mis sueños y me cuenta su historia; pequeños fragmentos que desgrana cada luna.
Ese hombre se había tomado la costumbre de acecharla. Frecuentaba una mesa del bar donde ella cantaba. La devoraba con la mirada, con ojos libidinosos. Lo dejó ir entrando a su vida. Lo sedujo, un poco involuntariamente y otro poco porque su naturaleza era así; no podía evitar ser una mujer fatal. Su voz y sus movimientos felinos lo fueron enamorando. La noche que lo recibió en la intimidad fue la última. Cuando sostuvo el picahielo en su mano, decidió que él ya no la acecharía nunca más.
O dispara Usted o disparo yo
Luciano Doti (Buenos Aires, 1977) ha publicado cuentos, microficciones y poemas en varias revistas y antologías. Obtuvo los premios Kapasulino a la Inspiración 2009, Sexto Continente de Relato 2011, Microrrelato de Miedo 2013 y los 2° premios de microficción Mis Escritos 2014 y Guka 2015. En 2016, fue finalista de los concursos #Twitteratura400 de la 42ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y El lado oscuro del conurbano, y recibió menciones en los concursos de Guka y de Tahiel
En los últimos tiempos, este asunto del maltrato animal, del trato animal, de los animales en sí, se me ha ido tornando en una obsesión. Creo (quiero creer) que estamos lo suficientemente maduros como para empezar a ver las cosas como son, que los animales son seres que sienten, desean, sufren, etc. Creo (quiero creer) […]
Cuando cambiaron las fieras por humanos, al fin el circo despertó mi interés. Me encantaba ver a los viejos cruzar el aro de fuego con sus piernas débiles, flacas, patéticas; y el terror en los ojos. Pero el terror de los viejos, por rozar lo inhumano, me aburrió pronto: se parecía demasiado al de antes, al de los animales. Ahora pago la entrada sólo para observar a los niños que el mago saca de la chistera. Parece que sufrieran una turbulencia interna. Se elevan como palomas, con ese braceo torpe que los caracteriza, hasta la cima de la carpa; o hasta que se les acaban las fuerzas. Y caen.
Después de veinte años de levantarse en la madrugada, el matrimonio al fin sabría lo que es ser despertado por los rayos del sol. Solo que desconocían la furia de la cama que los echó al llegar la alborada.