De un viaje llamado vida
Hasta ahora nunca he sido capaz de cuidar una planta de romero. Es una hierba aromática muy útil para espolvorear sobre un pollo antes de asarlo, o para añadir una ramita recién cortada a fin de mejorar la salsa boloñesa que ha salido mal. En todos los casos, los platos adquieren un buen sabor. Si se trata de patatas, resulta una combinación perfecta tanto para cocerlas como para freírlas.
El problema es que el romero se muere rápidamente si no se riega de forma adecuada todos los días y si no se le procura una buena exposición al sol, por muy grande y hermoso que estuviera al comprarlo. Incluso se pueden utilizar las hojas secas para cocinar, pero el resultado no tiene nada que ver con el conseguido con el romero verde y fresco. La primera planta que compré se echó a perder porque mi perra hizo pis encima. La segunda se secó mientras estuve de viaje mucho tiempo. La tercera se marchitó mientras guardaba cama por estar enferma. La cuarta también porque mi tortuga escarbó en la raíz. Y ahora llevo un año cuidando la quinta a la que, por fin, le han salido gran cantidad de preciosas flores de color malva.
El año pasado, al poco de haber comenzado a cuidar esa quinta planta de romero, fui a Sicilia no sin antes haberle insistido a mi novio, incluso con palabras amenazantes, para que me la regase. Sicilia, a principios de primavera, era un paraíso de flores. Hinojo, jazmines, cactus, almendros en plena floración, crecían por doquier llenando toda la ciudad con un dulce perfume. Asimismo numerosas plantas desconocidas para mí abrían sus flores multicolores en los jardines más pequeños, en los laterales de las escaleras y alrededor de las ruinas.
A tiro de piedra del hotel donde me alojaba, había una especie de arbustos muy frondosos que desprendían un fuerte aroma. Estaban cuajados de flores de un azul intenso que parecían a punto de caer. Como su perfume me resultaba un tanto familiar, me fijé bien en ellos y, entonces, descubrí con gran sorpresa que lo que parecían arbustos en realidad era romero. Con unas ramas de aspecto sólido, unas enormes hojas frondosas y una cantidad de flores como para aburrir, desprendían un perfume tan intenso me resultaba casi asfixiante. Me quedé completamente asombrada preguntándome si ese era el auténtico romero silvestre. En comparación, la planta menuda de mi casa plantada en una maceta (aun así, hasta entonces, creía que era bastante grande) parecía de juguete. Pensando en lo que me había afanado en cuidar aquel romero de aspecto tan débil, me sentí ridícula.
Con todo, sin embargo, y aunque parezca extraño, ahora, cada vez que miro mi romero, cómo comienza a abrir sus flores con su modesto perfume en el balcón de mi apartamento, bajo el cielo del sur, vuelven a mi mente aquellos romeros impactantes de Sicilia, su fragancia, el color del cielo infinitamente transparente y azul, e incluso la sensación de la brisa fresca. Es algo realmente agradable. Así que ahora el romero que tengo ante mis ojos me parece una presencia muy valiosa que se conecta con algo realmente inmenso.
Si voy de todos modos
Una muy querida amiga me enseñó unas fotos de cuando estaba estudiando en Italia. ¡Estaba tan gorda que parecía otra persona! Me quedé muy sorprendida. Me comentó que pesaba unos doce o trece kilos más que ahora. Aunque lo había oído comentar, el impacto que me produjo ver la imagen era otra cosa totalmente diferente. Dije con sincera admiración:
«¿Cómo has podido recuperar la figura de antes?».
Una vez paseé con ella por la ciudad donde había estudiado. En cada rincón me iba contando sus recuerdos. En esa hermosa ciudad llena de antiguos monumentos, me habló no solamente de haber engordado de tanto comer, sino también de sus ansiedades, de la dificultad de las relaciones personales, y del mal de amores que le hacía moverse entre el cielo y el infierno. Me contó que una vez que había estado muy deprimida, esa hermosa ciudad le había parecido completamente gris y que ese hecho le había sorprendido.
Me imagino que entre las personas que fueron a estudiar al extranjero, habría mucha gente que engordó y nunca recuperó su aspecto de antes, o que se enamoró y fue incapaz de seguir con sus estudios, o que se limitó a vivir allí relacionándose solo con japoneses, o que se estresó y regresó sin lograr nada, etcétera.
Pero ella, en solo un año de estancia, aunque se hundió hasta el límite (o, más bien, engordó hasta el límite…), también probó todo el placer de la gastronomía sin preocuparse de ganar trece kilos, y se entregó al amor, pues conoció a su novio en profundidad y se separó de él; con todo, aprendió el italiano y nunca dejó de estudiar. Mi amiga, como era joven, no se acobardaba, y fue capaz de enfrentarse con entusiasmo a cualquier experiencia asimilando todo lo que podía aprender de ella. Creo que todas aquellas personas que piensan demasiado o les falta confianza en sí mismas y dudan, no se atreverían a vivir la vida con la intensidad que ella la vivió.
En definitiva, su autenticidad dio sus frutos. Después de regresar a Japón, adelgazó por completo, consiguió uno tras otro trabajos en los que podía aprovechar el italiano, y se tomó el tiempo necesario para olvidar los dolorosos recuerdos del desamor; se ha convertido en una mujer adulta y atractiva. También sigue manteniendo una buena amistad con la gente a la que conoció en aquellos tiempos. Todo esto es una recompensa por sus continuos esfuerzos y por su alma abierta que la impulsó a intentar hacer las cosas que le interesaban sin preocuparse de lo que dijeran los demás.
Siempre se muestra humilde, porque es una persona realmente excepcional. Creo que una persona capaz de llegar tan lejos en un año es rara. Por lo común, en una estancia de un año, uno no sabe si ha ido de vacaciones o de viaje, o para aprender idiomas, o para conocer una cultura diferente, o para buscar el amor, pero finalmente se regresa habiendo dejado todas las cosas a medias, o ¿no?
He conocido a muchas personas que tuvieron diversas experiencias, que aprendieron el idioma o se casaron después de haber permanecido más tiempo, pero no conozco a nadie más que ella que aprovechara un año con tanta intensidad. De hecho, cuando la conocí, estaba convencida de que había pasado más de cinco años en Italia por su capacidad lingüística y su comportamiento.
Mirando a mi amiga mientras me relataba ese año extraordinario como si tal cosa, pensé seriamente que ya que uno se va al extranjero invirtiendo su dinero, al menos vivir cada día con la mente abierta en lugar de ver las paredes que llevamos en nuestro interior puede aportarnos un resultado diferente.
banana yashimoto