La mejor manera que encontré para descargar la parte oscura que llevamos dentro, fue asesinando gente en los cuentos. Forjé cierta reputación y aparezco en antologías de la serie «Letra negra». Incluyo algo de sadismo y toques eróticos —muy de moda—. Sin ir más lejos acabo de mutilar a la vecina de arriba que me tiene harto con sus tacos resonando a las seis de la mañana. Disfruté mucho relatando cómo la desmembré con el cuchillo grande que uso para el asado. Salgo de casa a comprar algo para festejar. En la vereda dos policías se me acercan; detrás de ellos, un empleado de la editorial me señala con el dedo.
Álvaro Ruiz de Mendarozqueta. Publicó relatos y artículos en las revistas SuperHumor, Sinergia, Clepsidra, Cuasar, Vórtice, Gurbo, Gestalt, Axxon, miNatura, Brevilla y Puro Cuento. También publicó en el diario El Litoral de Santa Fe y en las antologías Fase Uno, Fase Dos, Grageas 2, Todo el país en un libro. Fue incluido en las antologías Microrrelatos navideños y Fútbol en breve, de Internacional Microcuentista y Antología de microrrelatos de amor y desamor, de Brevillia. Alción Editora publicó su libro de cuentos El arte de lo efímero.
No creía en nada. Mi amor desterrado a los abismos de la normalidad. Mi cuerpo, subyugado, esclavo de la norma del deber ser, existiendo sólo para cumplir los planes de la sociedad. Aterrado, aterrada. Tiemblo como un animal indefenso perdido en las entrañas de una cueva desconocida; me llegan ecos de gritos a cada paso: “¡No! ¡No! ¡No!”. No es normal. Es un error. Se trata sólo de una fase. Mientras más gritan, más me oculto en lo profundo de la cueva, mi cueva desconocida. Se oyen gotas que caen a lo lejos, se escuchan torturas que vienen de cualquier destino, y de pronto, un susurro. “¿A qué sabe un beso?”, a beso, “¿A qué sabe un beso?”, a beso, “¿A qué sabe un beso?”, a beso, respondo nuevamente. Unos labios se posan sobre los míos. Al primer contacto, me muestro temeroso; luego, tras esa sensación de labios, me doy cuenta: un beso no es heterosexual; no sabe a homosexualidad; no sabe a lesbianismo; no es bisexual; no es travesti; no es transexual; no es transgénero. Un beso es un beso. Un beso, fue el primer paso para enfrentar a la cueva desconocida, para callar a los ecos resonantes, para dejar atrás la normalidad. Un beso.
Leodan Morales (Coacoaco, Ilamatlán, Veracruz, 1990). Actual integrante del círculo literario “Luz y palabra”. Ha presentado su obra poética en náhuatl en la FIL del Zócalo, así como en la Revista de la Universidad.
Si bien hemos encontrado una frecuente presencia de la ironía, también es cierto que el humor en forma franca y directa aparece en la elaboración de estos relatos. En este sentido, muchos son los que relacionan estos microcuentos con los chistes:
¿Tu marido es celoso?
Sí, es el oso que viene allí.
¿Qué recursos del humor podemos encontrar?
Vamos a ver qué recursos del humor descubrimos en esta selección de microrrelatos que presentamos a continuación. En este caso vamos a encontrarnos con autores de diferentes nacionalidades.
Definiciones poco usuales. En muchas ocasiones nos topamos con ejemplos que son como definiciones pero atravesadas por un lenguaje que las saca del discurso de los diccionarios. En algunos casos, se hace referencia a la presencia del diablo: así sucede con el Diccionario del diablo, de Ambrose Bierce y con Rol de cornudos, de Camilo José Cela:
Cornudo angélico:
El que al encontrarse a su mujer en la cama con un vecino, lo atribuye a falta de calefacción. Es especie ejercitadora de la caridad: convierte infieles, regala boinas y calzoncillos a los huérfanos de las riadas, da tres pesetas mensuales a la Cruz Roja, etc.
Camilo José Cela (España, 1916/2002)
Inventor: Persona que construye un ingenioso ordenamiento de ruedas, palancas y resortes, y cree que eso es civilización.
Ambrose Bierce (EEUU, 1842/1914)
Sirena: Uno de los varios prodigios musicales célebres por su vana tentativa de disuadir a Odiseo de una vida oceánica. Figurativamente, dama de espléndida promesa, aviesa intención y frustrante rendimiento.
Ambrose Bierce
Observación absurdamente natural. En otros ejemplos predomina la observación de la realidad con una naturalidad tal que lleva necesariamente a la evidencia de lo absurdo o ridículo:
Una vida
La cocinera dijo que no se casó porque no tuvo tiempo.Cuando era joven trabajaba con una familia que la dejaba salir dos horas cada quince días. Esas dos horas las empleaba en ir en el tranvía 38, hasta la casa de unos parientes, a ver si habían llegado cartas de España, y volver en el tranvía 38.
Adolfo Bioy Casares (Argentin, 1914/1999)
La última vez que nos encontramos Jorge Luis Borges y yo, estábamos muertos. Para distraernos, nos pusimos a hablar de la eternidad.
Juan José Arreola (México-1918/2001)
La mala memoria
Me contaron hace un tiempo una historia muy estúpida, sombría y conmovedora. Un señor se presenta un día en un hotel y pide una habitación. Le dan el número 35. Al bajar, minutos después, deja la llave en la administración, y dice:
-Excúseme, soy un hombre de muy poca memoria. Si me lo permite, cada vez que regrese le diré mi nombre: el señor Delouit, y entonces usted me repetirá el número de mi habitación.
-Muy bien, señor.
A poco, el hombre vuelve, abre la puerta de la ofinina:
-El señor Delouit.
-Es el número 35.
-Gracias.
Un minuto después, un hombre extraordinariamente agitado, con el traje cubierto de barro, ensangrentado y casi sin aspecto humano entra en la administración del hotel y dice al empleado:
-El señor Delouit.
-¡Cómo! ¿El señor Delouit? A otro con ese cuento. El señor Delouit acaba de subir.
-Perdón, soy yo… Acabo de caer por la ventana. ¿Quiere hacerme el favor de decirme el número de mi habitación?
André Breton (Francia, 1896/1966)
El elefante
Había una vez un cachorro de elefante que escuchó decir a alguien: “mira, allá va un ratón”. La persona que lo dijo estaba realmente viendo un ratón, pero el elefante pensó que se estaba refiriendo a él.
Había muy pocos ratones en aquel país y, en todo caso, preferían quedarse en sus agujeros, y sus voces no eran muy fuertes. Pero el cachorro de elefante bramó por todas partes, embelesado por su descubrimiento: ‘soy un ratón’.
Lo dijo tan fuerte, tan frecuentemente y a tanta gente que, créanlo o no, en la actualidad existe un país en el que casi toda la gente cree que los elefantes, y particularmente los cachorros de elefante, son ratones.
Es verdad que, de tiempo en tiempo, los ratones han tratado de argumentar con aquellos que sostienen la creencia de las mayorías, pero siempre se les ha hecho huir.
Idries Shah (India, 1924/1996)
Milonga para Jacinto Cardoso
A Jacinto Cardoso se lo llevaron, esposado, un martes por la noche. Se resistió con todas las fuerzas que quedaban en su pobre cuerpo, desangrado, pero no hubo caso. La libertad esa noche le volvía la espalda. Pobre Jacinto Cardoso. Se cuenta que los muchachos le compusieron una doliente canción de despedida. Un martes por la noche nada menos, martes 13 para Jacinto Cardoso aunque fue un martes cualquiera cuando lo esposaron. Los muchachos supieron llorar la pérdida de Jacinto Cardoso, desangrado en el juego de naipes, esposado por la Juana un martes a la noche.
Historia verídica (Julio Cortázar-argentino-1914/1984)
A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caro, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.
Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.
Luisa Valenzuela (Argentina, 1938)
Juegos con referencias conocidas. También podemos encontrarnos con los cuentos que juegan haciendo referencia a historias conocidas (generalmente procedentes de la literatura):
The female animal
Despertada por el canto de la alondra, Julieta abre los ojos, se levanta del lecho, se viste de raso, de brocato y de terciopelo, se calza chapines de seda, aprisiona sus cabellos en una red de hilos de oro, se colorea las mejillas con agua de púrpura, los párpados con tierra de Egipto, los labios con pasta carmín, se adorna con collares, con pendientes, con pulseras, con anillos, se perfuma con esencias arábigas, se mira en el espejo, sonríe, suspira y sale al balcón. Toda Verona arde en riñas callejeras entre Montescos y Capuletos. En el centro de la vasta reyerta, Romeo se bate encarnizadamente con Teobaldo. Julieta espera un minuto, dos minutos, tres minutos. Después vuelve a entrar en su alcoba, se arranca los collares, los aros, los brazaletes, las sortijas, hace volar por el aire los chapines de seda, se rasga el raso, el brocato y el terciopelo, arremete contra el agua de púrpura, contra la tierra de Egipto y la pasta carmín, hace pedazos la red de hilos de oro, se sienta, grita: ´¡Y para esto me vestí!¨?’
Marco Denevi (Argentino, 1922/1998)
En algunos de los grupos de historias seleccionadas estamos más cerca del cuento breve que del microrrelato, pero me ha parecido importante abrir un abanico de posibilidades. En cualquier caso, hasta aquí llega el artículo de hoy. En el próximo artículo, retomaremos este tema y seguiremos ahondando en cómo el humor impregna los microcuentos.
Profesora de Lengua y Literatura. Interesada en los microrrelatos, la narración oral, la literatura comparada, la producción de audiovisuales y el análisis comparado de textos y manifestaciones estéticas (diferentes casos de transtextualidad). Luego de batallar con otras aplicaciones vuelvo por acá con otro espacio dedicado en particular para el material de trabajo del año en la escuela.
Desesperado, salí del baño como estaba; a decir verdad, no muy vestido. Encima, no tengo una figura agraciada, de modo que, en la calle, mis desnudeces no fueron celebradas con aplausos sino más bien con horror y frases que denostaban mi condición. Inútil fue decirles qué había pasado, de modo que seguí corriendo hasta encontrar u policía, que resultó mujer y que me miró con cara de pocos amigos. —Hay un muerto en mi baño, oficial —le dije casi sin poder respirar. —¿Cómo murió? —me dijo mirando sin disimulo mis partes bajas. —Creo que yo lo maté. —¿Cree? —dijo, sacando su arma reglamentaria—. Acompáñeme a la Comisaría. —Pero… ¿y el muerto? —No nos necesita —dijo (y tenía cierta lógica)—. Usted quedará encerrado hasta que se sepa qué le pasó. —Pero fue involuntario. No quise matarlo —dije. —Todos dicen lo mismo —contestó con una media sonrisa—. Vamos. ¡Venga! —reforzó con un grito su orden. De pronto, mi capacidad de moverme se anuló, quedé congelado en el vidrio. —No puedo acompañarla. Estoy congelado. Debe ser el miedo. No necesité decir más. Ella disparó tres veces. El espejo estalló en millones de pedazos. Algunas esquirlas, incluso, la lastimaron levemente. Cuando me encontraron en el baño de mi casa, desnudo y muerto de tres tiros de pistola de la policía, ella no pudo explicarlo y de nada sirvieron en su defensa todos los testigos que aseguraron ver pasar un espejo por la calle con un hombre desnudo dentro. La encontraron culpable.
Héctor Ranea. Educado en escuelas públicas y la Universidad Nacional de La Plata, es poeta, escritor y jubilado de los sistemas de educación universitaria y científico. Como escritor es autor de un libro de poemas (Profundo corazón de la marea, Último Reino 2000), un libro de divulgación científica (Los cazadores de la unificación perdida, Editorial Colihue 1992) y participa en 13 antologías de diferente corte. Tiene varios libros de narrativa y poesía en preparación.
Ausente el hombre bala, fue sustituido por el payaso Risitas. Voló como pájaro multicolor, la melena al viento y los ojos al cielo. Cayó la bola roja, la peluca dorada, los zapatos enormes y luego se perdió en el firmamento. El público lo despidió con atronador y prologado aplauso.
Rubén García García médico jubilado y estudiante de escritor a tiempo completo.
Avanzando en oleadas malignas, las hormigas carnívoras no han dejado más que esqueletos blanqueados a su paso. Horrorizado, Tarzán sostiene en su mano temblorosa la calavera pelada de un primate. ¿Se trata de su amada mona Chita? Condenado al infinitivo, el rey de la selva se pregunta ¿ser tú Chita, mi buena amiga mona? ¿La compañera que alegrar mis largos días en esta selva contumaz? ¿Ser o no ser?
Mientras camina por el vecindario, detiene la mirada en el noticiero vespertino, que está en la tele que se han podido agenciar los de la familia compuesta/descompuesta: uno más en la lista arcoíris. Es como si pasara un auto a más de ochenta kilómetros cuando vuelan las mariposas monarcas; no hay respeto, no hay nada.
Se ha muerto el hijo de alguien, no se ha muerto: lo han matado. Ese al que se le volteaba la mano y su padre golpeaba para ver si se hacía más hombre, o mínimo, más humano. El hijo de Doña Mocha, la que pedía mucho a Dios por la salvación de su oveja chueca, ayuda para su hijo el afeminado. Las habladurías se hacen presentes en los quehaceres del medio día, entre las refriegas y el lavadero de piedra, entre las manos cuarteadas de jabón y detergente, cuando Doña “me sé los mejores chismes” saca las sábanas y abre la boca, y empieza la recapitulación interminable de aquellas a las que mataron, y se lo merecían, la lista de las trans:
Trans/segregadas
Trans/agredidas
Trans/humilladas
Trans/asesinadas
Y lavan las señoras de la vida políticamente correcta, tallan la ropa de los maridos patanes, que las golpean y les regalan flores, los que cogen como bestias y traen el papiloma de cada día, los que después de unas cervezas desconocen al compadre. Las señoras limpian, se cubren los moretones y dicen que sólo Dios sabe lo que hace.
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Consuelo Nieto Ortega (Toluca, Estado de México, 1991). Médica cirujana por la Universidad Autónoma del Estado de México. Escritora y poeta apasionada por las letras. Abiertamente lesbiana, rebelde, comprometida con luchas sociales que impliquen solidaridad, igualdad y defensa de lo correcto. Cuenta con dos libros publicados a la fecha.
Últimamente venía notando que el número de Zambo y Chuky –el payaso triste y el payaso alegre de nuestro circo– no estaba a la altura del resto de los números. No es que el público silbase, nada de eso, pero al terminar la actuación se escuchaban unos aplausos levísimos y monótonos, de trámite, como diciendo: “Aplaudimos porque se nota cierto esfuerzo, pero no es lo que esperábamos”.Por eso decidí que Zambo hiciese también de payaso alegre, así que nos ha quedado un número divertidísimo. ¿Qué se pierde el contraste Alegría versus Tristeza? Completamente de acuerdo. A veces tenemos que dejar ciertos principios tirados por el camino, gajes de la vida, pero a cambio, la gente no para de reír. Un público contento es siempre un público que aplaude. Y un público que aplaude es incapaz de pedirte que les devuelvas el dinero de la entrada porque no les ha convencido el espectáculo. Al fin y al cabo, si lo piensas, nos pagan para divertirse. Para desgracias, las que tienen ahí afuera, en cuanto acabe esta cuarentena, empiecen a abandonar la carpa del circo en fila de a uno, abran la puerta de sus hogares y se les caiga la casa encima.
Nació el 8 de julio de 1957 en Nueva York. Vive en la Argentina desde los dos años. Es Licenciada en Comunicación Social y Magíster en Escritura Creativa. Se define como escritora de ficción, periodista y creativa publicitaria. Publicó novelas, cuentos y un ensayo breve en la Argentina, España y los EE.UU. También recibió premios y distinciones en estos tres lugares. Es casada. Tiene una hija y tres gatos.
El parto
No quiero despertarme. Acá está calentito, y estoy bien. ¿Salir? ¿Qué es eso? Prefiero los adentros. Yo me quedo aquí, con el hermano de la muerte, y la fantasía sin tiempo ni epitafio. Porque son redondos, suaves, mullidos, los sueños que me abrigan y me salvan de la luz insoportable y supuestamente bienvenida de los días de sol. Voto por este todo es posible; lejos, bien lejos de esa puta realidad que voltea castillos y erige la nada. Hay uno que dice -nunca me acuerdo el nombre- que la vigilia es lo real. Si es así, entonces no es más que una superposición de aristas, de cuadrados, de tijeras. Sin color. Como esa sala de partos, con los focos esperando confesiones de inocentes, y la sargentona autoproclamada enfermera, y el fascista del médico ordenando que hay que llorar para vivir. Como esa angustiante disfonía de ruidos profanos. De sucesiones de horas y minutos. De figuras recortadas, no de anfibios. Afuera hace frío. Tengo miedo. No quiero abrir los ojos -no voy a abrir los ojos- por más que me sacudan por enésima vez en veinticuatro horas. Es la anestesia susurran, y enseguida: «pobrecita»; se sonríe. «No sé cómo vamos a decirle que la chiquita no sobrevivió». Como si no supiera bien que fui yo quien te anudó el cordón al cuello. Fue mami la que te salvó, hija mía. Y por eso estoy sonriendo.
Agua
¿Lavarse, lavar…? Qué más da, decíamos; la higiene, un anhelo burgués. ¿Beber? Nuestra cava guarda el sueño de tantas botellas como puntos hay en una línea. ¿Infusiones? ¿Quién las necesita? Mientras las manzanas no nos mezquinen su gloriosa acquavit… La llanura se ajó como un pergamino. El cielo perdió el azul subido y empalideció hasta volverse grisáceo. Los animales se consumieron: el brío del caballo y la temeridad del puma cedieron su cetro a una cohorte de alimañas que crujían al andar. Ebrios de alcohol y de ansiedad, le dimos una aparatosa bienvenida a la estepa y permitimos que avanzara sobre nuestros cuerpos una nueva forma de supervivencia. Un atardecer, el más anciano de nosotros se extinguió con la misma dulzura con que el sol bajaba sobre el horizonte. Recién entonces nos dimos cuenta de que las lágrimas también se habían acabado. Habíamos sido seres humanos. Ahora, no más que un tesoro de taxidermista.
Traspasa el último acceso. Él avanza (corbata suelta, maletín y saco bajo el brazo) entre cuerpos ausentes que lo ven sin mirarlo. El animal se sacude y penetra la oscuridad.
Otra estación, el aguijón se inunda de cuerpos parasitarios sin destino. La masa compacta de zombis sedientos se funde evasiva. Él, indiferente, les da la espalda. Al arranque siente, sin inmutarse, el contacto tibio sobre su cadera. Inmóvil ve las luces escapar por la entraña de la ciudad mientras otra piel se escurre debajo del pantalón como paladeando. La dermis extraña inicia un frotamiento sobre el canal de las nalgas, aumentando hasta terminar en la embestida del áspid que repta por otro canal, más frágil y aromático que los entresijos de la ciudad.
Anónima creatura cava los pliegues de su íntima oscuridad. Su mirada y su mente se ausentan. El sudor y otras humedades manchan su frente y corbata, hasta que repentinamente el vivaz invasor se retira furtivo. Antes de llegar a la estación arregla su camisa. Sale del gusano, y desde el otro lado de la compuerta cerrada reconoce los duros ojos amarillentos que lo poseen invasivos, incluso después de que veloces desaparecen del andén.
Sergio Isaac Porcayo (Toluca, Estado de México, 1987). Licenciado en Filosofía y especializado en Estética. Ha publicado en diversas revistas sobre temas literarios y filosóficos, centrándose en la visualidad, la sensibilidad contemporánea y las masculinidades.
Ayer ocurrió un «accidente doméstico», según dice el diario de hoy con total objetividad: «Muerte casual». Resulta que maté a mi esposa. Todo sucedió cuando subí a una silla para buscar una lata de arvejas que estaba en el último estante de la alacena. La silla falló (estas porquerías de plástico no aguantan nada) y la lata le cayó directamente sobre la mollera. Estábamos preparando el almuerzo, así que guardé el revólver para otra oportunidad. Por supuesto que el accidente me quitó las ganas de comer.
Rogelio Ramos Signes. Nació en San Juan, en 1950. Reside en Tucumán desde 1972. Publicó un libro de cuentos, tres de ensayos, tres de poesía, uno de microrrelatos (Todo dicho que camina) y cinco novelas. Colabora con publicaciones nacionales y extranjeras. Parte de su poesía ha sido traducida al francés, al portugués y al rumano; parte de su narrativa, al inglés y al húngaro. Ha recibido numerosos premios y distinciones. Es miembro fundador de la «Asociación Literaria Dr. David Lagmanovich».
Ana ya no añora el corazón de Vronsky palpitando contra su pecho, ni sus abrazos, ni la borrachera de sus besos. Ya no. Hace meses que atravesó Rusia, oculta en un carruaje con su hijo mayor, Seriozha, y la pequeña Ana. Cruzó la frontera suiza. Vendió sus joyas y compró la casa. En San Petersburgo se rumoreaba que unos asaltantes los habían asesinado, a ella y a los niños. Poco a poco fueron llegando las otras. Huyeron de sus maridos y de los amantes apuestos que las intercambiaban como si fueran muñecas vestidas de seda y tafetán. Las extranjeras, así llaman los habitantes de Brienz a las mujeres que viven con sus hijos en la casa del lago, que persiguen luciérnagas en el jardín, descalzas, en las noches de verano. Ya acabó para ellas el encierro y la locura y el daño. Su desesperación de bellas fieras enjauladas. Ningún Karenin les podrá negar el divorcio, ni arrebatarles sus criaturas. A veces Ana despierta en la madrugada, escucha el silbido de una locomotora que se acerca, el traqueteo de las vías de un tren fantasma y siente el vértigo de evitar, en el último segundo, la muerte.
Carmen de la Rosa (España). Escritora y médica rehabilitadora. Sus relatos y microrrelatos aparecen en los libros “Entre humo y cuentos”, “Todo vuela“, “Acordeón”, las antologías: “Somos Solidarios”, “99 crímenes cotidianos”, “Ellas”, “Eros y Afrodita en la minificción”, “Perdone que no me calle”, “Antología española de Minificción en redes” “100 palabras para mamá”; en varias revistas y blogs. Ganó el I y el X premio de relatos breves “Mujeres” del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife.
El microrrelato ha de ser capaz de condensar una historia a pesar de no contar con muchas palabras. Esto no quiere decir que tengamos que resumirla. Más bien todo lo contrario: el microrrelato es tan solo la punta del iceberg de una historia mayor. Consiste en sugerir al lector para que sea él quien rellene los huecos, quien imagine todo lo que no contamos. El lector es parte activa.