La medalla de Alonso Ibarrola

Se alarmó al leer en la prensa varios casos de compañeros que habían descubierto que sus medallas de oro, concedidas por sus «méritos laborales» el día de su jubilación, eran falsas. Su mujer, una paciente esclava del hogar, de sus caprichos y manías de viejo, para tranquilizarlo y ante sus insistentes ruegos, mostró la susodicha «medalla» a un experto para que verificara su autenticidad. La pobre señora, no se atrevió, al volver a casa, tras la consulta, a contarle la verdad. «Tranquilo. Es auténtica», dijo. El anciano emitió un suspiro de a livio y siguió leyendo apaciblemente su periódico. Un año más tarde enfermó y su dolencia acentuó el trabajo de su mujer, que noche y día se veía, obligada a atenderlo. La fatiga se reflejaba en su rostro. Estaba harta, irritada y no veía el final de aquella insostenible situación. Su marido, en un momento de serenidad y lucidez, le regaló la «medalla de oro» y ella no pudo contenerse. «¡Es falsa, imbécil!». Una frase que luego, viuda, le remordería hasta la tumba…

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Neologismos

¿Neologismo…? ¿Sororidad…?

Un neologismo es una nueva palabra o expresión que se crea en una lengua.
Una palabra nace generalmente cuando surge una nueva realidad que exige ser nombrada, por ejemplo inventos y descubrimientos, y también para nombrar nuevos fenómenos políticos, económicos o culturales.

Un término nuevo es un neologismo con respecto a la época en que surge; luego, y teniendo en cuenta ciertos parámetros, deja de serlo.
En el idioma español fueron en su momento neologismos palabras como anestesia, guillotina, autopsia, bolígrafo, telescopio, radar, tren, ovni, robot, y más recientemente sororidad, para referirse a la solidaridad entre mujeres en un contexto de discriminación sexual.

Parte de los neologismos del español provienen de otras lenguas como el inglés y el francés.
Algunos sostienen que la creación de neologismos se produce por modas y por necesidades de nuevas denominaciones. Desde el punto de vista del purismo, hay neologismos innecesarios, como los que alargan las palabras convirtiéndolas en archisílabas,pero también hay otros neologismos necesarios como, por ejemplo, seropositivo. Sin embargo, otros especialistas creen que los neologismos dinamizan la lengua y la mantienen viva.

Hoy en día, los medios de comunicación son los principales propagadores de los neologismos y de los préstamos lingüísticos. Algunos de estos términos tienen una vida efímera.

Luis Marcelo Palacios

Tomado de fb

¿Qué es una elegía? de Crystal Harlan

Una elegía es una composición lírica de tono melancólico en la que el yo lírico lamenta la muerte de una persona.

El género se ha cultivado desde la Antigüedad clásica cuando se caracterizaba por una estructura métrica fija (una serie de dísticos), y una temática más variada. Además de la muerte, las elegías trataban catástrofes, desamores, derrotas, guerras, exaltaciones patrióticas y el amor.

Durante la Edad Media, escritores españoles escribían plantos, poemas elegíacos, cuya temática se limitaba generalmente al tema de la muerte. Algunos ejemplos son Coplas que fizo don Jorge Manrique que a la muerte del Maestre de Santiago don Rodrigo Manrique, su padre, de Jorge Manrique y Plancto que fizo la Virgen el día de la Pasión de su fijo, de Gonzalo de Berceo. En el Renacimiento el género adquiere una influencia de Petrarca, como se puede apreciar en las elegías de Garcilaso de la Vega. La composición es más cuidada y compleja en las elegías de escritores barrocos, como Lope de Vega y Luis de Góngora, y surgen varios subgéneros elegíacos, como el epicedio y la endecha. El género sigue cultivándose en los siglos siguientes, especialmente en el siglo XX, cuando salen elegías de la pluma de Miguel de UnamunoFederico García Lorca, Vicente Aleixandre y Miguel Hernández, entre otros.

Ejemplo:

«En la muerte de un hijo», de Unamuno

Abrázame, mi bien, se nos ha muerto
el fruto del amor;
abrázame, el deseo está a cubierto
en surco de dolor.

Sobre la huesa de ese bien perdido,
que se fue a todo ir,
la cuna rodará del bien nacido,
del que está por venir.

Trueca en cantar los ayes de tu llanto,
la muerte dormirá;
rima en endecha tu tenaz quebranto,
la vida tornará.

Lava el sudario y dale sahumerio,
pañal de sacrificio,
pasará de un misterio a otro misterio,
llenando el santo oficio.

Que no sean lamentos del pasado,
del porvenir conjuro,
bricen, más bien su sueño sosegado
hosanas al futuro.

Cuando al ponerse el sol te enlute el cielo
con sangriento arrebol,
piensa, mi bien: «A esta hora de mi duelo
para alguien sale el sol».

Y cuando vierta sobre ti su río
de luz y de calor,
piensa que habrá dejado oscuro y frío
algún rincón del amor.

Es la rueda: día, noche; estío, invierno;
la rueda: vida, muerte…
Sin cesar así rueda, en curso eterno,
¡tragedia de la suerte!

Esperando el final de la partida
damos pasto al anhelo,
con cantos a la muerte henchir la vida,
tal es nuestro consuelo.

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Diferencia entre metáforas y símiles, de Crystal Harlan

¿Cuál es la diferencia entre la metáfora y el símil? La respuesta breve es bastante simple: ambas figuras retóricas comparan dos palabras o conceptos, pero mientras que el símil los vincula con un nexo comparativo (comosemejante apareceigual que, etc.), la metáfora no. En el caso de la metáfora, un término representa y sustituye al otro.

Ejemplos de metáforas:

«Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;» -«Coplas a la muerte de su padre», Jorge Manrique

«La luna es una ausencia.
Se espera siempre.
Las hojas son murmullos de la carne.
Se espera todo menos caballos pálidos». -«La luna es una ausencia», de Vicente Aleixandre

Ejemplos de símiles:

«Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,
y es la mujer al fin como sangría,
que a veces da salud, y a veces mata». -«Es la mujer del hombre lo más bueno…», de Lope de Vega

«El sexo siempre sabe a mar de invierno,
a galernas en medio de la noche». -«Del gusto», de Josefa Parra

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El tiempo literario por Tomás

El tiempo, en todos sus aspectos, es uno de los elementos importantes en cualquier novela. A diferencia de las artes estáticas, como la fotografía o la pintura, la literatura narra escenas desarrollando acciones a través del tiempo. Para ello creamos el tiempo literario y lo utilizamos a nuestro antojo.

Manipulamos los segundos, los días, los años, los siglos, adelantando y atrasando el reloj según nuestra conveniencia.

Primero debemos distinguir dos clases de tiempo literario:

El tiempo de la historia
Es el lapso temporal en el que transcurren los hechos, desde el principio hasta el fin. Por ejemplo en la novela El médico, Noah Gordon cuenta la historia de Rob Cole durante prácticamente toda su vida. Sin embargo en Ulises, James Joyce cuenta lo sucedido a Leopold Bloom en un solo día.

El tiempo del relato
Es el que dura la composición literaria que el autor hace en su novela en el tiempo que lleva leerla. Si en una historia el tiempo se prolonga durante años, como en la novela de Gordon, la recomposición que hace el autor permite que todo ese tiempo relatado se comprima en los días que nos lleva terminar de leer el libro. En la novela de Joyce es al revés, el tiempo se dilata, porque hay que poner mucho empeño para terminar de leer Ulises en un día.

Hay dos factores que podemos modificar en el tiempo literario del relato: La duración (el tiempo como lo percibe el lector) y el orden de los eventos (de qué forma se presentan las escenas y se construye el relato).

Los recursos que podemos utilizar para alterar la duración del relato son: Resumen y Elipsis (para acortar el tiempo); Escena (tiende a narrar “en tiempo real”); Descripcióndigresión y dilatación (alargan el tiempo del relato con respecto al real).

Resumen
Es una manera de condensar parte de la historia en una secuencia breve de frases. Se utiliza cuando los hechos narrados no tienen una importancia central en la historia. Es como narrar superficialmente, sin detalles y escogiendo la información mínima necesaria que deseamos transmitir.

“Durante su primer año en el colegio, las cosas trascurrieron normalmente, sin mayores incidentes ni contratiempos, salvo la gripe que le retuvo en cama cuatro días en pleno periodo de exámenes.”

Elipsis
Es la eliminación en el relato de una parte de la historia que el autor no considera pertinente o necesaria. En este caso, la historia da un salto adelante y comienza a narrar hechos que en verdad están separados de lo que se venía contando por algún lapso de tiempo. Existen dos clases, las elipsis explícitas, en las que el autor indica que ha pasado el tiempo:

“Luego de terminar la frugal cena en la cafetería nos despedimos y partí hacia la estación de trenes con mi pequeña maleta y mis enormes sueños.
Doce años después, con el título de Médico cirujano especializado en Cardiología, regresé al Hospital Central y allí estaba ella, sentada tras el mismo escritorio en la recepción.”

Las elipsis implícitas no recurren a la expresión literal del paso del tiempo. El lector debe deducir ese paso de la propia acción.

“Pasamos sin contratiempos por el arco detector de metales y el control de documentación hasta que finalmente subimos al avión. En París llovía cuando aterrizamos pero nada podía empañar la felicidad que sentía Alexandra. Su sonrisa era radiante.”

Evidentemente ha pasado un tiempo entre que subieron al avión y aterrizaron en París, pero el autor no considera de importancia para el relato narrar lo ocurrido en el vuelo y el lector entiende que en ese tiempo no pasó nada interesante.

Los escritores utilizamos constantemente este recurso, pero ser consciente de las posibilidades que tiene nos puede ayudar para emplearlo de manera creativa, como en la escena del mercado en Notting Hill, donde las estaciones se suceden mientras el protagonista camina.

Escena
Cuando escribimos una escena intentamos mostrar los hechos al lector, como si fuese “en directo” y por ello el relato se aproxima bastante al tiempo real de la historia.

Descripción
Cuando describimos, el tiempo de la historia se detiene. Al contrario que en una escena, la descripción no implica acción ni paso del tiempo, por lo que alarga el tiempo del relato aportando detalles del escenario, la situación o los protagonistas mientras mantiene el tiempo literario en pausa. Es similar a una fotografía y mientras contamos lo que vemos no sucede nada.

Digresión
Cuando detenemos la acción en un relato, pero en lugar de describir algo introducimos reflexiones o pensamientos propios del autor. Este recurso está un poco en desuso en la novela actual, pero aún hay quien introduce sus pensamientos al margen de la historia en forma de ironía, duda o pensamientos metafísicos.

Dilatación
Si yo describo con lujo de detalles todo (todo, todo) lo que pasa durante cinco minutos en el mercado central de una ciudad grande, tomará varias horas leer ese relato. Lo que hice en ese caso fue hacer pasar el tiempo más despacio (en cámara lenta) para poder referirme a cada aspecto de la escena, a cada gesto de los protagonistas.

Esto pasa en la escena que da comienzo a la película Swordfish y nos muestra una serie de detalles desde diferentes puntos de vista, del instante de la explosión. Y es lo que sucede en las luchas de Matrix.

El orden de los eventos es el que decidimos cuando nos proponemos convertir una historia en argumento. El orden de un argumento no siempre coincide con el orden cronológico, sino que pasa a ser nuestra personal forma de encadenar los acontecimientos según nos interese darlos a conocer el lector. Las Anacronías son los movimientos hacia adelante o atrás en el tiempo con respecto al presente del relato y son los recursos que utilizamos para ordenarlo: AnalepsisRacconto y Prolepsis.

Analepsis o Flashback
Recrea un acontecimiento concreto del pasado de la historia. Con un salto atrás en el tiempo se muestra una situación previa, un resumen o una escena que consideramos crucial para comprender el relato de ahí en adelante. Luego vuelve a la acción actual y prosigue la historia. Es un recurso muy utilizado para explicar comportamientos, acciones o elecciones de nuestros protagonistas, porque bien sabemos que cada acción que realizan debe tener una causa.

Racconto
Si bien es estrictamente un tipo de Analepsis o retrospección, el Racconto es una narración más extensa de acontecimientos anteriores al tiempo de la historia. Se diferencia del Flashback sobre todo en la extensión.

Prolepsis o Flashforward
Es un salto adelante en el tiempo, hacia el futuro. Nos adelantamos a los acontecimientos para desvelar una escena o suceso posterior, quizás consecuencia o producto de las acciones que se llevan a cabo en ese momento de la historia. Este es un recurso poco utilizado en comparación al Flashback.

http://escrilia.com/el-tiempo-literario/

En alguna página soberbia de Ethel Krauze

La pareja natural invita a cenar a la escritora, para tener el honor de conocerla, de escucharla personalmente. La escritora se dispone a hacer gala de sus mejores discursos para no decepcionarlos, para pagarles de algún modo esa deferencia. Héte aquí que la pareja natural la recibe sin vino y con la hija adolescente; y no les parará la boca el resto de la noche. Él cuenta con pormenor primitivo sus enfermedades del riñón, del hígado y del páncreas, y sus ocho intervenciones quirúrgicas; ella cuenta chistes y ríe muchísimo; la hija cuenta sus excursiones colegiales. La escritora traga y calla. Ya se vengará en alguna página soberbia.

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Diálogo amoroso de Sergio Golwarz

Me adoro, mi vida, me adoro… A tu lado me quiero más que nunca; no te imaginas la ternura infinita que me inspiro.

-Yo me adoro muchísimo más..: ¡con locura!; no sabes la pasión que junto a ti siento por mí…

 

-No puedo, no puedo vivir sin mí…

 

-Ni yo sin mí…

 

-¡Cómo nos queremos!

 

-Sin que yo me ame la vida no vale nada…

 

-Yo también me amo con toda mi alma, sobre todo a tu lado…

 

-¡Dame una prueba de que te quieres!

 

-¡Sería capaz de dar la vida por mí!

 

-Eres el hombre más apasionado de la tierra…

 

-Y tú la mujercita más amorosa del mundo…

 

-¡Cómo me quiero!

 

-¡Cómo me amo!

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El tiempo en la ficción narrativa de Francisco González Gaxiola

Es probable que, una vez satisfechas las necesidades elementales, el ser humano primitivo haya pensado en a) explicarse el mundo, b) transmitir su experiencia a las nuevas generaciones y c) divertirse sólo mediante el recurso de la voz. Para la primera preocupación inventó los mitos, historias explicadoras en las que los sacerdotes y brujos, narradores con gran influencia comunitaria, se imaginaban la génesis del mundo mediante la intervención de los dioses, o la formación de los fenómenos naturales o el origen de las instituciones sociales. La segunda preocupación, dirigida a garantizar la supervivencia de la tribu, consistió en transmitir la experiencia, la información adquirida de primera mano, y aplicarla en la solución de problemas, en la interpretación de signos en que se manifestaba la naturaleza, la búsqueda de satisfactores, las estrategias para la caza de animales, la presencia de las lluvias y la previsión de las inundaciones, los eclipses, entre tantas otras cosas. La tercera preocupación dio lugar a la narrativa de ficción, a la creación de mundos imaginarios. En todos estos casos la conciencia del tiempo, en particular del tiempo pasado, del transcurso del tiempo, de los acontecimientos ordenados y consecuenciales, fue inherente a los discursos narrativos. Ahora podemos hablar de la estructura de las historias lato sensu, o relatos simplemente. En los relatos folklóricos de todos los tiempos existe un esquema sencillo y no estilizado, con los siguientes ingredientes: a) un sujeto o héroe, i.e. el personaje principal que realiza o padece la mayoría de las acciones; b) las acciones mismas, concretadas en verbos conjugados en tiempo pasado; c) un orden de las acciones; d) un amarre de estas últimas, de tal manera que unas conduzcan necesaria y verosímilmente a las siguientes, y finalmente e) un resultado de la secuencia de acciones, en el que concluya la empresa, aventura o búsqueda. El primer filósofo que se aboca al estudio de la ficción literaria, en particular de la tragedia, es Aristóteles (384-322 a. C.). En su Poética, aborda descriptivamente cómo están estructuradas las obras de teatro de su época, i. e. las composiciones trágicas de los grandes dramaturgos griegos: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Aunque su estudio es descriptivo, sus seguidores lo convirtieron en prescriptivo y lo impusieron como una retórica, no sólo en modelo sino en dogma, y en ese estatus permaneció casi sin cuestionar ni objetar hasta los movimientos de vanguardia de principios del siglo XX1. La tragedia, aunque no es propiamente un género literario narrativo, siempre cuenta una historia y, por lo tanto, aborda necesariamente la dimensión temporal: en ella se cuentan hechos realizados por un protagonista de alto rango, los cuales tienen una secuencia ordenada, es decir, son verosímiles y necesarios, son consecuenciales, y finalmente, en virtud de los desastres ocurridos a los personajes, el público espectador expulsa de su corazón dos emociones negativas: la piedad y el temor (catarsis). Durante muchos siglos, el tiempo de las acciones reproducidas en los relatos fue ordenado y avanzaba siempre de atrás para adelante, con sus excepciones estilísticas, por supuesto. Lo ocurrido anteriormente en la línea secuencial del tiempo tenía además eco e influencia en lo ocurrido después. Aparte de que el tiempo se desarrollaba sin retrocesos, los hechos estaban atados causalmente. Empezar por el final o por la mitad era algo raro, aunque se dieron casos: la Ilíada, la gran épica griega atribuida a Homero, comienza in medias res; Edipo rey, de Sófocles, por el final, como muchas novelas del género detectivesco clásico.

Tal secuencia correspondía a una concepción lineal del tiempo. No cumplir con ese principio retórico era considerado irregular, caótico, incluso irracional. Pero después surgió la novela, la cual se transformó en la medida en que se desarrollaba y evolucionaba la sociedad; su función fue la de reflejar valores y costumbres y servirle de espejo a la clase social que la estimulaba: la burguesía. Aunque no es unánime el juicio2, muchos críticos afirman que la novela moderna surgió en Europa con Don Quijote de la Mancha (1605) de Cervantes. La novela se desarrolló hasta llegar al siglo XX, cuando ocurrieron cuestionamientos desquiciadores y desestabilizadores respecto al hecho de narrar y concebir el paso del tiempo y las acciones. Todo esto fue cuestionado por los movimientos conocidos como Vanguardia o Modernismo europeo, durante la última década del siglo XIX hasta veinticinco años cumplidos del XX.

El tiempo en la novela

De los géneros literarios de la narrativa, la novela es, por su extensión, la que se presta más para visualizar el tiempo. Léase, por ejemplo, cualquiera de los grandes novelones del realismo psicológico burgués del siglo XIX: Crimen y castigo (1866) de Dostoyevski, La guerra y la paz (1864-1869) de Tolstoi, Historia de dos ciudades (1859) de Dickens, La regenta (1884-1885) de Leopoldo Alas “Clarín”, Papá Goriot (1834) de Balzac, y se sentirá el paso de los días, de los años, del tiempo. Durante el siglo XX, las ciencias y humanidades (antropología, física, filosofía, psicología) hicieron grandes aportaciones en la comprensión del tiempo, las cuales impactaron los enfoques crítico-teóricos de las obras literarias. Bajtin, con su famoso cronotopo, y Genette, son ejemplos del eco de esas aportaciones. Genette se dedicó a analizar con obsesivo detenimiento el tratamiento del tiempo en una muy célebre novela concluida en 1927: En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Considera tres aspectos del relato en su estudio: tiempo, modo y voz. Quizá el más novedoso, interesante y exhaustivo sea el tratamiento del tiempo, del cual aborda el orden, la duración y la frecuencia.  Antes de abordar los principales factores del tiempo, es importante aclarar aspectos terminológicos. El tiempo de la ficción no es equiparable al tiempo físico de la vida real, pues el primero es un tiempo de cuasi-ficción, no real. Además tenemos que distinguir dos planos: el plano de la historia, que es el plano del significado, y el de la realidad narrada. Este último es el del relato, del significante, del tiempo del discurso narrativo. El tiempo del primer plano es el tiempo ordenado, el que trata de reproducir la historiografía; el del segundo plano es artístico, lo crea el narrador desde el momento en que decide dónde empezar a contar, dónde terminar, qué acciones requieren mayor tratamiento, cuáles le son baladíes y por lo tanto omitibles, dónde realizar saltos, trastrocamientos, adelantamientos, etcétera. Entre ambos planos se presentan tres relaciones: el orden, la frecuencia y la duración.

El orden Si el escritor de ficción desea alterar el orden de las acciones que transcurren en el tiempo lineal, de modo que un hecho que normalmente esperaríamos al final lo presenta a la mitad, está incurriendo en un descalabro lógico, quizá, pero no literario ni psicológico. A esto se le conoce como proyección a futuro, prolepsis o simplemente anticipación. Aquí entramos en el tiempo de las predicciones, de las premoniciones, de los sueños o de las profecías. Puede ocurrir lo contrario, hacer que un hecho que ocurre antes incluso de la historia que va a contar el narrador, se presente a la mitad de la historia, como ocurre con los recuerdos de los personajes; entonces nos enfrentamos a otro descalabro del orden lógico-temporal conocido como “flash back” en el lenguaje fílmico, y retrospección o analepsis en la retórica clásica. 

La frecuencia. Lo más sencillo sería que aquello que ocurrió una vez en la historia, se mencionara una vez en el relato, o que aquello ocurrido muchas veces se mencionara muchas veces. Pero puede darse el caso de que lo que ocurrió una vez, lo repita el narrador de manera inusitada en su relatoría; o simplemente que lo que ocurrió una o varias veces en la secuencia de los hechos de la historia, no tenga importancia alguna para el escritor, y por lo tanto ni lo mencione. 

La duración. Más interesante que la frecuencia es la duración del tiempo en los mundos imaginarios. En busca del tiempo perdido es una obra maestra del tiempo psicológico. De ella, Genette extrae una veta extraordinaria para hablar de la duración del tiempo reproducido en la literatura. Veamos los casos posibles. a) Una conversación realista, al reproducirse en una narración, duraría aproximadamente el mismo tiempo que si se llevara a cabo en una escena de teatro o en la vida real; b) las formas de aceleración o desaceleración son comunes, lo cual se refiere a eventos que ocurren lentamente, aunque en la ficción puedan durar mucho arbitrariamente, o viceversa. Pongamos por caso la caída de la hoja de un árbol. Lo más seguro es que en la realidad dure unos cuantos segundos, pero en la narración puede describirse dicho evento en cinco o diez páginas y no caer todavía.

Pareciera que el tiempo se comporta como real, pero no, es seudoreal (o sea falso), cuasi-ficción; siempre resultará un constructo imaginario con una duración, un orden y una frecuencia dispares, irregulares e imprecisos; no es posible establecer reglas generales válidas para toda narración ficcional, que definan su transcurso. Existen varios y novedosos tratamientos del tiempo literario, diferentes cada uno en función de la perspectiva metodológica utilizada, de la conceptualización teórica de la fuente disciplinar, y también del género literario utilizado3. Sin embargo, no dejará de ser la narrativa, por su propia naturaleza, por el sui generis tratamiento que hace del tiempo, la que más atractivo posea, en especial en aquellas narraciones extensas como la novela, porque en ellas se ve, se siente y se oye el transcurrir del tiempo y sus efectos en los personajes que nosotros mismos sufrimos y gozamos.

Referencias bibliográficas

BAJTIN, Mijail, “Épica y novela (Acerca de la metodología del análisis novelístico)”,Teoría y estética de la literatura, Madrid, Taurus, 1989, pp. 449-486.  BOBES, Carmen et. al., Historia de la teoría literaria I. La antigüedad grecolatina, Madrid, Gredos, 1995. JAMESON, F., The political unconscious. Narrative as a socially symbolic act, 5a. ed., Nueva York, Cornell University Press, 1988. SEPÚLVEDA BARRIOS, Félix, “Del conocimiento gramatical al discurso. Sus tipologías  textuales”, en Mendoza, Antonio (ed.), Didáctica de la lengua y la literatura, Madrid, Pearson Educación, 2003, pp. 469-492. RIMMON, Shlomith, “Tiempo, modo y voz (en la teoría de Genette)”, en Sullà, Enric (ed.), Teoría de la  novela, 2a. ed., Barcelona, Crítica, 2001, pp. 173-192. WERLICH, E., Typologie der texte, Munich, Fink, 1975.

1 Durante el siglo XVII sí hubo algunas objeciones a los principios aristotélicos. Entre los ejemplos más sobresalientes tenemos las reflexiones del dramaturgo español Lope de Vega en El arte nuevo de hacer comedias, sus mismas obras y los dramas del inglés Shakespeare. Ambos se negaron a continuar con el teatro de las tres unidades: tiempo, lugar y acción, o sea la prescripción de que las obras tuvieran que realizarse necesariamente en un solo lugar, durante un período muy breve y con un solo tema.  (cfr. Boves, 119-123). 2 Los ingleses tienen otra propuesta: como no miran a España, no conocen a don Quijote. Ellos creen que la novela surge ciento y tantos años más tarde con Pamela (1740-1742) de Richardson, o con Las aventuras y desventuras de la famosa Moll Flanders (1722) de Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe (1719-1720). 3 En otro artículo, “El tiempo en la novela moderna”, reflexiono sobre el tratamiento del tiempo en lo que se conoce como novela de experimentación del siglo XX y la denominada más tarde hipernovela: Arredondo López, José Darío (ed.) y Palafox Moyers, Germán (comp.), Encuentro universitario sobre tiempo y espacio, Hermosillo, Editorial Unison, 2003

 

Harakiri RGG

Qué castigo me darán los ancianos;

tiempo después de mi ejercicio como poeta,

si los árboles

Tienen la sombra desdentada,

las ramas sepias y retorcidas,

donde no abreva un clarín, una mariposa;

y es el camino que conduce a un edén de ortigas.

Qué diré a mi favor…

Nada… nada… le haré haraquiri al hombre y más al poeta.

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Origen y significado del ABRACADABRA.

 

Hay algunas palabras mágicas que utilizamos desde la infancia sin advertir su origen arcano. Indudablemente una de ellas es ABRACADABRA, una palabra notablemente antigua utilizada en distintos encantamientos y hechizos, cuya historia intentaremos superficialmente.

Nadie ha conseguido descubrir el verdadero origen del ABRACADABRA. Solo existen hipótesis, mas o menos confiables, sobre su origen y significado. De lo que sí podemos estar seguros es que se trata de una palabra increíblemente antigua.

Repasemos algunas conjeturas sobre su etimología.

La posibilidad más evidente, y por lo tanto la más defendida por la ortodoxia lingüística, es el hebreo Aberah KeDabar, que literalmente significa «creo a medida que hablo». El término no alude a la fe, al menos no directamente; sino al acto de «crear» y no de «creer»; tal como Jehová creó al universo mediante el verbo puesto en acción.

Otra posibilidad igualmente válida sobre la etimología de ABRACADABRA es el arameo Avrah Kahdabra, «Yo creo como hablo»; cuyas fuentes son idénticas a la anterior, es decir, Dios, que reúne en si todo lo que es y podría ser, arrojando hacia afuera, hacia lo concreto, la materia de sus pensamientos.

El arameo también ofrece una conformación similar, Avada Kedavra, «que aquello se destruya»; señalando la posibilidad de que ABRACADABRA fuese, después de todo, un simple encantamiento para erradicar dolencias.

Ya en su faceta de palabra mágicaABRACADABRA era notablemente popular entre los gnósticos, que siempre tuvieron una fuerte afinidad por las simetrías morfológicas. La palabra ABRACADABRA -se creía- podía curar toda clase de enfermedades. Para ello se la escribía sobre un pergamino virgen de la siguiente forma:

A B R A C A D A B R A
A B R A C A D A B R
A B R A C A D A B
A B R A C A D A
A B R A C A D
A B R A C A
A B R A C
A B R A
A B R
A B
A

Los gnósticos explican que la letra A representa la unidad y la acción. La letra A unida a la B representa la matriz binaria. La R es la unión de los dos principios iniciales; y así sucesivamente hasta explicar todo el simbolismo de ABRACADABRA, más no su significado.

Otros números válidos -y cabalísticos– para la interpretación de ABRACADABRA son el 11, el total de las letras que conforman la palabra; y el 66, el total de las letras que conforman el triángulo mágico.

Existe una serie innumerable de atributos asociados a la palabra ABRACADABRA, así como interpretaciones, explicaciones, conjeturas e hipótesis sobre su origen y significado. Lo cierto es que la palabra ha sobrevivido a la sanción de los cazadores de brujas, libelos inquisitoriales, y condenas religiosas. El éxito de su persistencia en la lengua acaso se deba a que manifiesta una sonoridad que no despierta imágenes de ningún tipo. Su sola mención no alude a paisajes, emociones, colores, sonidos, constelaciones, nada, en definitiva, de lo que podamos aferrarnos.

Tal vez por eso la palabra ABRACADABRA ha sido conservada íntegramente por la lengua común de los niños, pasando de generación en generación desde tiempos inmemoriales como si detrás de ella se escondiese un secreto de gran importancia.

La nulidad de imágenes y emociones provenientes del ABRACADABRA acaso se deba a que el término alude a un momento en el que nada existía; y cuya forma anuncia la aparición de un efecto asombroso, ya sea un truco de magia ejecutado por un mago precoz o la aparición del universo desde la mente del Creador

Fuente

http://elespejogotico.blogspot.com/2013/01/origen-y-significado-de-abracadabra.html

 

Leyendo a Basho

Vestido de escarcha
cubierto de viento
un niño abandonado.

«Vestido de escarcha» y «cubierto de viento» son dos metáforas brillantes, pero parte de su fuerza la deben a que el poeta oculta, hasta el último instante, la clave que revela su sentido. Es solo al leer la palabra «abandonado» que somos capaces de comprender su significado.

Este recurso no está exento de riesgo ya que, durante unos instantes, deja al lector flotando, sin poder atribuir sentido a lo que lee. Sin embargo, si lo utilizas bien, te permitirá concentrar en un solo instante de revelación todo el significado de tu frase y hará que tu mensaje llegue al lector como un puñetazo.

hay-kus  Carles Roselló…https://creatividadparaescritores.com

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Tres músicos que vendieron su alma al diablo.

La frecuentación entre los demonios y los artistas no necesariamente incluye la posibilidad de un pacto satánico. De hecho, a lo largo de los años se han forjado verdaderas amistades entre el arte y el infierno; por ejemplo, entre el demonio Zorneo y sus dos grandes discípulos: el marqués de Sade y Casanova, o Asmodeo, que manifestaba una peculiar predilección por Oscar Wilde.

Ahora bien, el motivo folklórico del pacto con el diablo propiamente dicho alcanzó la excelencia con la historia de Fausto y el demonio Mefistófeles. Sin embargo, no todos los hombres que vendieron su alma al diablo lo hicieron para conseguir el amor de una mujer. Algunos, de hecho, se embarcaron en este riesgoso acuerdo contractual para obtener a cambio un talento sobrehumano.

La idea del pacto satánico se basa en la noción de que el fin justifica los medios, es decir, que el éxito personal está por encima de todo lo demás. A lo largo de la historia existen muchos casos de supuestas personas que vendieron el alma al demonio a cambio de ciertas habilidades, y los músicos son, probablemente, los intérpretes del oficio más asociado a esta leyenda.

Por regla general, los músicos acusados de vender su alma al diablo coinciden en tres características: un talento fuera de lo común, un enorme éxito durante un corto período de tiempo, y una muerte prematura.

A continuación repasaremos muy brevemente tres historias de músicos acusados de haber vendido su alma a Lucifer.

Robert Johnson (1911-1938)

Se dice que Robert Johnson se crió trabajando en una plantación de Clarksville, Mississippi, soñando obsesivamente en convertirse en un gran músico de blues. Cierta noche, un forastero que estaba de paso se ofreció a afinarle la guitarra y luego interpretó una o dos melodías que estremecieron al joven Johnson.

El muchacho le rogó que le enseñara a tocar de ese modo. El misterioso hombre aceptó, a cambio de que le entregara su alma. Esta es la razón que muchos cronistas encontraron para el descomunal talento de Robert Johnson y su escasa formación musical.

Antes de morir a los 27 años de edad, Robert Johnson compuso una de sus mejores canciones, y la que probablemente reafirmó aquella oscura leyenda de pactos satánicosYo y el blues del diablo (Me and the Devil Blues).

Para muchos, la leyenda de Robert Johnson sería en realidad una copia exacta de otro mito acerca de pactos satánicos relacionados con el blues; en este caso, con Tommy Johnson, quien dicho sea de paso aparece en la película Oh brother, where art thou?

 

Giuseppe Tartini (1692-1770)

Antes de que Giuseppe Tartini alcanzara la fama debido a su increíble habilidad con el violín, se lo suele retratar como un pobre y mediocre violinista decepcionado con la vida y la música.

Cierta noche, cuenta la leyenda, el diablo se le apareció en sueños. El príncipe de las tinieblas tocó para él una melodía tan compleja y elegante que Tartini despertó, sobresaltado; y acto seguido trató de apuntar las notas que había escuchado en sueños.

Con el tiempo, aquella sonata llegó a ser conocida como El trino del diablo (Il trillo del Diavolo); tal vez la pieza musical para violín más difíciles de interpretar; a tal punto que llegó a decirse que parece compuesta para alguien con seis dedos.

Por cierto, aquel sexto dedo es conocido aún hoy como el dedo del diablo.

Niccolò Paganini (1782-1840)

Probablemente uno de los músicos más virtuosos de su tiempo, y sin dudas uno de los mejores violinistas de la historia, Niccolò Paganini escribió piezas para violín desde la más tierna infancia.

Su padre rápidamente advirtió el talento de su hijo y lo estimuló a que llevara sus creaciones a las iglesias, donde servía espiritual y musicalmente. No obstante, sus rivales no creían que ninguno de sus trabajos fuese realmente suyo, sino más bien el fruto de algún tipo de pacto satánico.

Rápidamente se propapó el rumor de que Niccolò Paganini había vendido su alma al demonio a cambio de convertirse en un gran violinista. Esta leyenda, sin embargo, no lo perturbó demasiado, e incluso hizo mucho para estimularla.

Según el poeta Heinrich Heine, cada vez que Niccolò Paganini tocaba su violín siempre se veía una figura oscura detrás de él.

Más allá de que esto pudo haber sido una puesta en escena, desde luego, patrocinada por el propio Paganini, lo cierto es que, tras su muerte, la iglesia le negó el entierro según el rito católico.

Pasarían cuatro años desde su muerte para que el papa emitiera una orden por la cual su cuerpo podía ser enterrado en suelo sagrado. Desde entonces, en 1876, el cuerpo de Niccolò Paganini descansa en el cementerio de Parma.