No hay que complicar la felicidad M. Denevi

Un parque. Sentados bajo los árboles, Ella y Él se besan.

-El: Te amo.
-Ella: Te amo.
Vuelven a besarse.
-Él: Te amo.
-Ella: Te amo.
Vuelven a besarse.
-Él: Te amo.
-Ella: Te amo.
Él se pone violentamente de pie.
-Él: ¡Basta! ¿Siempre lo mismo? ¿Por qué, cuando te digo que
te amo, no contestas que amas a otro? -Ella: ¿A qué otro?
-Él: A nadie. Pero lo dices para que yo tenga celos. Los celos alimentan el amor. Despojado de ese estímulo, el amor languidece. Nuestra felicidad es demasiado simple, demasiado monótona. Hay que complicarla un poco. ¿Comprendes?
-Ella: No quería confesártelo porque pensé que sufrirías. Pero lo has adivinado.
-Él: ¿Qué es lo que adiviné?
Ella se levanta, se aleja unos pasos.
-Ella: Que amo a otro.
-Él: Lo dices para complacerme. Porque yo te lo pedí. -Ella: No. Amo a otro.
-Él: ¿A qué otro?
-Ella: No lo conoces.
Un silencio. Él tiene una expresión sombría.
-Él: Entonces ¿Es verdad?
-Ella: (dulcemente) Sí. Es verdad.
Él se pasea haciendo ademanes de furor.
-Él: Siento celos. No finjo, créeme. Siento celos. Quiero matar
a ese otro.
-Ella: (dulcemente) Está allí.
-Él: ¿Dónde?
-Ella: Allí, detrás de aquellos árboles.
-Él: ¿Qué hace?
-Ella: Nos espía. También él es celoso.
-Él: Iré en su busca.
-Ella: Cuidado. Quiere matarte.
-Él: No le tengo miedo.
Él desaparece entre los árboles. Al quedar sola, Ella ríe.
-Ella: ¡Qué niños son los hombres! Para ellos, hasta el amor es un juego.
Se oye el disparo de un revólver. Ella deja de reír.
-Ella: Juan.
Silencio.
-Ella: (más alto) Juan.
Silencio.
-Ella: (grita) Juan!
Silencio. Ella corre y desaparece entre los árboles. Al cabo de unos instantes se oye el grito desgarrador de Ella.
-Ella: ¡Juan!
Silencio. Después desciende el telón.

Pintura Al óleo Sobre Lienzo, Pareja De Enamorados Bajo Una ...

Falsificaciones. Thule ediciones S.L. 2006

A mi padre RGG

Soy más anciano que mi padre, me duele serlo; dolor íntimo, petrificado. Padre, si hubieses llegado a mi edad tendrías la canasta llena de mañanas olorosas a café, pan y a sonrisas de nietos. Cargo piedras que ruedan sobre mi espalda herida. Dolor que hace bolas o se estira; es tan pequeño, como inmenso fue el tuyo. Nada comparado con tu sufrimiento. Tan joven que eras el día que te fuiste y yo tan viejo, y todavía estoy.

Actividad 7- Figura y fondo - ORT Argentina - Campus Virtual ORT

CUARENTENA Y CEREBRO: incompatibilidad sostenida

¿Cómo llevan la cuarentena?

Avatar de AlonaDeLarkNeurociencias divertidas

los que decian hace poco: vaya, podré avanzar mi libro, podré terminar mi tesis, podré escribir lo que quería(yo!!) para mi blog… ahora se sienten sorprendidos, frustados, con algo de culpa, engordados, aburridos… agreguen lo que falta. incluso los que seguimos trabajando(eso sí que doy la razón a los que trabajan desde la casa — nada facil cuando toda la familia está en casa 🙂 hay que atender a todos; nada facil cuando tu familia no está — no hay escusa de parar y así, ni almuerzas) — pocos pueden cumplir con las tareas intelectuales en la cuarentena. es facil limpiar la casa, cocinar, ver TV, quedarse en facebook por horas, pero producir intelectualmente no es facil.

De nada le sirve al pájaro estar en una jaula de oro cuando lo que ...

uno diría: estoy calmado, no entré en pánico, no estoy enfermo, tengo mi lindo hogar y los míos conmigo, puedo salir, al menos al banco o supermercado, no es una carcel ¿ por…

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La niña olvidada de Dino Buzzati


La señora Ada Tormenti, viuda de Lulli, fue a pasar unos días al campo, invitada por sus primos los Premoli. Por el pueblo iba y venía mucha gente. Como era verano, la sobremesa de la noche se hacía en el jardín, charlando hasta la una o las dos. Una noche la conversación se refirió a las casas de la ciudad. Había allí un tal Imbastaro, tipo inteligente, pero antipático. Decía:

-Siempre que dejo mi casa de Nápoles, sucede algo, ¡je, je! -continuaba, riendo así, sin motivo; ¿o el motivo era, en cambio, hacer daño al prójimo?-. Salgo, por decirlo así, ni siquiera recorro dos kilómetros, y se sale el agua del lavadero o se incendia la biblioteca por haber olvidado una colilla encendida, o se meten ratas de los barcos y devoran hasta las piedras. ¡Je, je!, o en la portería, la única persona que soporta allí el verano, recibe un golpe seco y por la mañana se la encuentra preparadita para el entierro, con cirios, el sacerdote y el ataúd. ¿No es así la vida?

-No siempre -dijo con gravedad Tormenti-, por fortuna.

-No siempre, es verdad. Pero usted, señora, por ejemplo, ¿podría jurar haber dejado su casa en perfecto orden, no haberse olvidado nada? Piénselo bien, piénselo bien. ¿Exactamente en orden?

A estas palabras Ada se puso del color de los muertos; de repente tuvo un horrendo pensamiento. Para poder ir a casa de los Premoli había llevado a su hija de cuatro años a una tía.O mejor dicho, había decidido llevarla. Porque ahora, al volver a pensar en ello, con todo y estar segura de haberlo hecho, no conseguía recordar cómo y cuándo había llevado a Luisella a casa de su tía. ¡Qué extraño! No recordaba ni cuándo habían salido de casa juntas, ni el camino recorrido, ni las despedidas en casa de su tía. Como si en su memoria se hubiese abierto un agujero.

En resumen, la duda era la siguiente: que ella, Ada, se había olvidado de llevar a la niña a casa de su tía y sin advertirlo, al irse, la había encerrado en casa, Era una sospecha absurda; pero la imaginación fabrica a veces cosas muy extrañas. Insensato, de loco, pero bastaba, no obstante, para helarle la sangre en las venas. Con sorpresa la vieron ponerse bruscamente de pie y abandonar la compañía de todos. Uno preguntó a Imbastaro:

-Perdone, pero, ¿le ha dicho usted alguna cosa desagradable?

-¿Yo? Nada de particular, ¡je, je! No comprendo.

Ada entró en la casa y, sin decir nada a nadie, se dirigió al teléfono. Llamó urgentemente a Milán, dando el número de casa. Esperó, retorciéndose las manos.

La comunicación se la dieron casi en seguida. En el acto.

-¿Es usted quien ha llamado a Milán, al 40079277?

-Sí, sí.

-Hablen.

-¿Hable?

¿Con quién? Al llamar, esperaba que nadie le respondería. ¿No estaba la casa cerrada y vacía? Si alguien acudía al aparato significaba, por lo tanto, que su primera sospecha estaba fundada, que Luisella se había quedado encerrada dentro. (Aunque apenas tuviera cuatro años, sabía contestar al teléfono). Habían pasado ya 10 días; hacía un calor espantoso y en casa Ada no había dejado ni un bocado de comida. ¡El calor! En los días de la canícula se cuecen los muebles en las casas abandonadas, y se quedan sin aliento los seres vivos, si permanecen en ellas. Ada se sintió morir. Temblando, dijo:

-¡Oiga!

-Diga -dijo desde Milán una voz de hombre.

Y con la velocidad de un relámpago, Ada imaginó lo ocurrido: Luisella, encerrada y sola en casa, incapaz de abrir la puerta, sus gritos, la primera alarma en el barrio, la policía, la puerta forzada, la niña enloquecida de miedo.

-Diga. ¿Quién es? -preguntó el hombre.

-Soy yo, la mamá. Pero, ¿quién es usted?

-¿Qué mamá? ¡Yo no tengo mamá! Se ha equivocado de número.

Y colgó.

Ada volvió a llamar inmediatamente a Milán (pero la angustia había ya cedido). Dio el número exacto, oyó la señal de línea y esta vez nadie le respondió.

Respiró aliviada. Menos mal. ¿Qué estupidez había imaginado? Ante un espejo se puso unos pocos polvos y salió afuera al jardín. La miraron, pero nadie dijo nada.

Sin embargo, cuando se acostó y en la enorme casa de campo se estableció el plúmbeo silencio de la noche y solamente por la ventana entornada entraban las voces de los grillos, volvió a sentir miedo. En aquella hora imaginó a la niña, muerta de calor y de hambre que, de rodillas, agarrada al pestillo de la puerta y con los ojos desorbitados, lanzaba sus postreros lamentos. Pensó que, en el peor de los casos, alguien debía de haber oído sus gritos. Otra voz, pérfida, objetaba: si alguien la hubiese oído, ya la habrían socorrido; ya han pasado 10 días y a estas alturas te habrían avisado. Pudo ocurrir también que los pisos contiguos estuvieran desocupados en este período de vacaciones. La portera, cinco pisos más abajo, ¿qué podía oír?

Miró el reloj, eran las cuatro. A las seis salía un tren. Ada saltó de la cama, se vistió, hizo la maleta. Acaso empieza así la locura, se dijo. Pero no podía contenerse.

Dejó una nota excusándose, Cautelosamente salió, abrió la puerta del jardín y se dirigió a la estación. Había cuatro kilómetros de camino.

Cuanto más avanzabael tren, mayor era su angustia. Llegó a Milán hacia las tres de la tarde. La ciudad ardía en un halo de polvo tórrido y húmedo. Balbuceando, dio al taxi la dirección.

¡Por fin, su casa! No se notaba nada anormal. Las persianas del piso estaban todas bajadas, como las había dejado días antes.

Pasó corriendo ante la portería. La portera le hizo el acostumbrado saludo. Bendito sea Dios, pensó Ana. Ha sido todo una pesadilla, nada más.

Silencio y quietud en el rellano del quinto piso. Pero, ¿por qué temblaba tanto su mano al introducir la llave en la cerradura? Se descorrió el pestillo. Al abrirse la puerta, salió un vaho caliente y denso.

De pronto, cuando abrió la puerta interior, Ada sintió en el pecho un nudo doloroso; porque, un poco por encima de su cabeza, flotó, ansioso de huir, un pequeñísimo e incomprensible humo, una minúscula nubecilla, oblonga y pálida, que no despedía olor.

Corrió a la ventana del recibidor, abrió los postigos y se volvió.

Sobre el suelo, a dos metros de ella, se veía algo, como una larga y recortada mancha, pero de notable espesor. Se acercó, la tocó con el pie. Cenizas. Estaban esparcidas uniformemente como formando una especie de dibujo. Aquel nudo que tenía en el pecho se hizo fuego, infierno. Las cenizas tenían exactamente la forma de Luisella.

 

Dino Buzzati, un italiano imprescindible y raro - La Web de la Cultura

Belluno, 1906 – Milán, 1972) Escritor y poeta italiano que fue uno de los pocos representantes en su país de esa narrativa surrrealista o metafísico-existencial que tuvo en Franz Kafka a su máximo exponente. Tras doctorarse en derecho en la Universidad de Milán, inició en 1928 una extensa carrera de periodista en el Corriere della sera, diario en el que también desarrolló labores de redactor y enviado especial. Más tarde se empleó como redactor jefe en la Domenica del corriere.

Debutó en el campo de las letras con Barnabó delle montagne (1933), pero fue en su segundo libro, Il segreto del Bosco Vecchio (1935), una fantástica presentación de un mundo de gigantes, de animales que hablan y de hechos prodigiosos, donde se hicieron evidentes algunos de los motivos fundamentales de su obra: el gusto por la magia y la alegoría, una inclinación a la fabulación y al romanticismo descriptivo y un clima de leyenda nórdico-gótica.

Su mayor logro fue El desierto de los tártaros (1940), historia de jóvenes oficiales que consumen toda su existencia en una solitaria fortaleza fronteriza, esperando en vano la invasión de los tártaros, en la que se retrata el ansia, la renuncia y la soledad del hombre, incapaz de escapar a su propio destino. La novela tuvo un gran éxito de público y de crítica y fue traducida a múltiples lenguas. El resto de su obra, entre la que destacan Siete mensajeros (1942) o Sessanta racconti (1958), con el que obtuvo el premio Strega, ahondan en su tendencia a lo grotesco, en el misterio y la angustia de lo cotidiano o en el absurdo e inexplicable destino humano.

 

 

 

 

 

 

 

 

FIN

 

 

Ana María shua dice…

no tengo la suerte de ser uno de esos escritores a quienes las ideas los persiguen y los desbordan. Para mí­, la escritura siempre ha sido un acto volitivo. Como escribir es una decisión voluntaria, pienso primer en qué género quiero avanzar y me lanzo en esa dirección. Por ejemplo, en el caso de los microrrelatos, dejo pasar varios años entre un libro y otro para no repetirme: en esos años no escribo ni un solo breví­simo, simplemente no se me ocurren. Es poco lo que puedo decir sobre el proceso de creación. Lo que siento es que produzco cada género con una operación tan distinta como si utilizara otra parte de mi cerebro. Jamás un microrrelato creció para convertirse en cuento, nunca un cuento se me transformó en novela. Primero elijo el género en el que quiero escribir, y después busco una idea adecuada para ese género.

Ana María Shua, premio de minificción | Segundo Enfoque

 

El gran Basho

Lluvia de flores.
Un cuervo busca en vano su nido

¡Cuánto movimiento!

¿Puedes verlo?

Centenares de flores caen del cerezo y un cuervo (que no encuentra su nido) revolotea a su alrededor.

Al nombrar dos hechos inconclusos (la lluvia que sigue cayendo y el cuervo que aún no ha encontrado el nido), Bashō nos obliga a imaginar una escena en movimiento.

Las palabras, estáticas en apariencia, crean movimiento en la imaginación siempre que nombran una situación que implica movimiento. Tan simple como eso.

No desaproveches este recurso, hará que la experiencia de lectura de tu historia sea mucho más intensa.

Juicio final de Enrique Anderson Imbert

Raúl se hizo amigo de su Ángel de la Guarda. Conversaban horas y horas. De historia, de arte, de filosofía. Un día el ángel —que era un alma de cántaro— le reveló el secreto:

—El Juicio Final comenzará a toques de trompeta, pero será lento. Todas las naranjas formarán una naranja ideal. Todas las esmeraldas entrarán en una pura esmeralda. Todos los hombres apretarán en un arquetipo de hombre… Y así con todo. Cuando las innumerables cosas, bien clasificadas, se hayan reducido a piezas únicas, Dios las conservará como un museo.

Guatemala reclama piezas arqueológicas robadas que se exhiben en ...

Tomado de Fb

Análisis literario de «Un pacto con el diablo» de Juan José Arreola por Luis Quintana

Un pacto con el diablo, el proyecto de gran visión

por Luis Quintana Tejera
Art. publicado el 03/06/2009…http://www.critica.cl/html/quintana_03.htm

El relato aparece planteado en un marco de aparente irrealidad que se resuelve al final con la explicación onírica presentada por el focalizador interno fijo, es decir el narrador personaje que al contar la historia explica y perfila sus verdaderos sentimientos. Cual nuevo Fausto y perseguido por la pobreza que no lo autoriza ni siquiera a asistir al cine con su mujer, el personaje se encuentra frente a la pantalla la cual parece funcionar como un espejo que refleja sus propias necesidades e inquietudes. A su lado, el curioso Mefistófeles observa la proyección con marcado interés.

En el plano intertextual el tema de Fausto se ha repetido a través de la historia literaria de manera insistente y siempre renovada. El mito fáustico que abarca un extenso recorrido legendario, desde el libro popular impreso por Spies en 1587, la adaptación de Widmann en 1599, la insolente y paródica propuesta de Cristopher Marlowe en el Renacimiento inglés, las visiones alemanas de Pfizer (1674) de Meynendem (1725), de Stranitzky (1715) y del propio Bäverle en 1817, pasando por el magistral Goethe y sin olvidar la propuesta de Maximiliam Klinger (1791) arribando en el siglo XX a Thomas Mann —sólo por mencionar algunos de los múltiples planteamientos en torno al acendrado valor inter textual de este tema—, ha representado el ideal de búsqueda personal que se vuelve colectivo gracias al trabajo del símbolo y ha planteado también un paradigma antropológico en donde hunden sus raíces los complicados enfoques que nos muestran a un hombre entregado a la búsqueda científica insaciable, al mismo tiempo que halla en el camino engañosamente metafísico de la magia una respuesta aleatoria, momentánea y fugaz.

Aquí también los elementos que actualizan la lejana propuesta se parecen bastante. No hay un deseo de conocimiento, pero sí está —supuestamente— la magia y ese intenso afán de superar las contrariedades de esta vida por un acto fortuito que nos vuelva ricos de un momento al otro. El problema radica en cuánto habrá que pagar para alcanzar tal cosa.

Es dado observar el carácter lúdico del presente relato que nos conduce al espacio (real o figurado, esto lo sabremos después) del cine y de la proyección de una película. El personaje ha llegado tarde y se atreve a preguntarle a su vecino de butaca —“un hombre de aspecto distinguido”— qué ha ocurrido en la pantalla. Por ende, se trata de dos solitarios que dialogarán brevemente en el lugar silencioso y obscuro. El contenido de esa plática lo resumimos así:

  • En palabras del desconocido, se trata de la historia de Daniel Brown quien ha hecho un pacto con el diablo.
  • Nuestro personaje quiere saber las condiciones de éste.  Y la respuesta es: el diablo se compromete a proporcionar riqueza a Daniel Brown durante siete años a cambio de su alma.
  • El recién llegado insiste de una forma que ya podría considerarse impertinente si no tuviéramos en cuenta que el que responde lo hace con un premeditado interés. Ante la pregunta: “¿Siete nomás?”  (Arreola, 1985: 122), el aludido complementa: “El contrato puede renovarse. No hace mucho, Daniel Brown lo firmó con un poco de sangre.” (Arreola, 1985: 122).
  • Hasta aquí, el que había llegado tarde reconoce que puede completar sin problemas el argumento de la película con los datos proporcionados hasta el presente, pero parece que la plática le ha resultado más agradable de lo previsto y quiere conocer ahora algo más. La interrogante que sigue se ubica en el terreno de la opinión en torno a lo que está sucediendo en el marco virtual de lo observado: “—En su concepto, ¿quién de los dos se ha comprometido más? (Arreola, 1985:122) La respuesta emerge radical y profunda: “El diablo”. ¿Por qué? Porque el alma de Daniel no valía gran cosa en el momento en que la otorgó.
  • El pícaro Mefistófeles continúa mirando con interés la representación de la realidad y el narrador comenta: “Efectivamente, Brown gastaba el dinero a puñados. Su alma de campesino se desquiciaba. Con ojos de reproche mi vecino añadió: —Ya llegarás al séptimo año, ya. (Arreola, 1985:123).

Resultan así claramente presentados los temas que se ofrecen en el desarrollo de esta historia. Nos sigue pareciendo curiosa la forma de relacionar la diégesis con la metadiégesis. Al conocer la historia proyectada en la pantalla accedemos a la metadiégesis y nos movemos lentamente en el marco de una diégesis que paulatinamente será explicada hasta sus últimas consecuencias. En un conocido juego de espejos —bien podríamos denominarlo “ludismo especular”—el recién llegado comienza a identificarse con el personaje virtual, ve en él sus propias carencias y sin darse cuenta al principio que está sentado junto al mismo demonio, el diálogo entablado con él los conducirá al peligroso terreno de la seducción. Porque, no podía ser menos, Mefistófeles anda de cacería y no va a desaprovechar la oportunidad que se le ofrece.

El personaje, en primer lugar cae en la propia trampa de sus aspiraciones cercenadas en la obscura cotidianidad de la pobreza. Y dice:

Hice un esfuerzo para comprender lo que serían esos años, y vi la imagen de Paulina, sonriente, con un traje nuevo y rodeada de cosas hermosas. Esta imagen dio origen a otros pensamientos. (Arreola, 1985: 123)

Es ésta la proyección ya mencionada y el pobre hombre —vencido diariamente por la necesidad— se imagina un mundo en donde tales carencias no existieran ya. El objeto de su amor es Paulina; por ella lo daría todo. A Daniel Brown le sucede lo mismo y él también tiene mujer a quien adora, y él también lo ha dado todo por ella. Insistimos, si las películas proyectan la vida de los hombres, ésta en particular parece expresar la existencia de nuestro anónimo focalizador. Las identidades se suceden poco a poco y sólo falta plasmar la identidad final en donde el narrador del cuento pactaría él también con el demonio pensativo en esa tarde.

Para poder observar las características del proceso que conduce —a la manera griega— a la anagnórisis, al reconocimiento por parte de la voz que habla de su propia condición, es importante plantear aquí algunos momentos de ese mismo proceso:

  • Primer tema, de connotado alcance axiológico: ¿Cuánto vale realmente el alma de Daniel Brown? El demonio ha dicho que vale muy poco en el momento de iniciar el pacto. Pero parece que este valor aumenta, se acrecienta como producto metafísicamente inflacionariopara dar como resultado un alma que se ha vuelto de mayor valía como consecuencia de los remordimientos que la aquejan.
  • Segundo motivo de reflexión: el arrepentimiento. En términos de curiosa intromisión el personaje opina que Daniel debe cumplir dado que el demonio ha cumplido a su vez de manera intachable. Algunas veces pensamos que la objetividad en el marco de determinados temas está sobrando o, por lo menos, parece revestirse de una cierta ingenuidad. Si los enfrentados son el bien —aunque un poco ambicioso— y el mal, no es factible concebir el triunfo del segundo sobre los dominios imponderables del primero.
  • Tercer tema:   la seducción que comienza a gestarse en la interrogante: ¿Qué habría hecho usted en lugar del individuo del celuloide? Obsérvese que el parlanchín narrador no sabe ni qué ni cómo responder. Esto nos conduce al cuarto momento:
  • Reflexión ofrecida: La opulencia no da la felicidad. El tiempo devora en su propio fluir todo lo alcanzado en instantes de placer. Y aunque hay personas que consideran que es mejor ser infeliz, pero con los bolsillos llenos; hay otras —así sucede en el marco axiológico aquí desarrollado— que prefieren una conciencia limpia en medio de la pobreza de cada día.
  • Quinto motivo de análisis: La perdición del alma. Cuando el personaje influido por el filme deja escapar: —“Daría cualquier cosa porque nada le faltase a Paulina” (Arreola, 1985: 125), el otro, ese imponderable otro que no ha dejado de llamar nuestra atención a lo largo del relato, le pregunta: “—¿Su alma? (Arreola, 1985: 125), la interrogante queda en suspenso e inclusive parece no llegar con claridad a los oídos del personaje central. Deciden abandonar la sala y continuar la plática en los pasillos del cine.

La estrecha relación que existe entre nuestro personaje y la obsesiva fijación con la historia que aquí aparece proyectada se refleja nuevamente cuando al abandonar la sala mira por última vez a la pantalla: “Daniel Brown confesaba llorando  a su mujer el pacto que había hecho con el diablo.” (Arreola, 1985: 125) El protagonista parece no comprender a Daniel y llega a creer en este instante que la mejor solución radica en pactar  convenientemente con la potencia infernal. Lo que sigue incluye una serie de variaciones en torno al mismo tema de la pobreza que conducen al demonio a la propuesta concreta: “Me gustaría proponerle un negocio, hacerle una compra…” (Arreola, 1985: 126) El aludido no entiende a qué se refiere su interlocutor; se suceden las aclaraciones del caso y he ahí el momento del pacto. No perdamos de vista el carácter paródico que este encuentro propiciado entre un inocente y un corruptor conlleva. Además, la búsqueda por parte de uno y otro resulta curiosamente antropocéntrica; porque son, por un lado, las necesidades de un hombre sumido en la miseria de cada día; y por el otro, la búsqueda del tesoro de un alma para ensanchar las arcas del infierno. Uno y otro tienen sus motivos para mostrar así su mejor empeño; uno y otro desean alcanzar un triunfo en el marco de esa misma tarea; lo diverso radicará en que esas motivaciones se adueñan de territorios metafísicos completamente contrarios.

Inclusive llama la atención de qué manera el nuevo Daniel Brown le pone condiciones al inocente Mefistófeles: quiere terminar la película y luego estará en sus manos. A partir de esta solicitud, regresan a la sala, lo cual representa para nosotros, lectores, el retorno a la realidad virtual proyectada en la pantalla. Allí nos enteramos de la suerte corrida por el señor Brown. Todo había regresado al comienzo y vivía en la misma casita campesina de sus inicios: han elegido la paz de la conciencia en lugar de las bolsas llenas. Aquella reflexión de la mujer: “Tu alma vale más que todo eso…” (Arreola, 1985: 129), nos permite asumir qué es lo que ha sucedido. Y nuestro personaje sale del cine en medio del tumulto  y escapa de este demonio cazador de almas.

El regreso a la casa se produce y su esposa parece estar de acuerdo con las opiniones de su igual del celuloide. Lo curioso, lo único interesante, parece que todo ha sido un sueño. El protagonista le narra a su mujer lo vivido en la virtualidad onírica y ella al oírlo se ríe intensamente. El relato concluye así:

Sin embargo, cuando yo me acostaba, pude ver cómo ella, sigilosamente, trazaba con un poco de ceniza la señal de la cruz sobre el umbral de la puerta. (Arreola, 1985: 130)

Hay entonces una reticencia implícita que conduce al lector a una duda. ¿Soñó? ¿Realmente lo vivió? Es mejor dejar que este carácter dubitativo prevalezca. El mundo quizás pueda seguir viviendo sin esos Mefistófeles que cada día lo recorren. El hombre, inmerso en su problemática de cada momento continuará  esperando también un acto de magia que lo ubique más allá de esos mismos problemas. Faltaría saber si vale la pena la donación de nuestra alma en bien de la obtención de otros recursos nada significativos en el marco de esta misma propuesta.

En fin, es el eterno drama fáustico resuelto de diferente manera por cada uno de los autores que lo retomaron; a diferencia de Arreola, casi todos ellos aceptan el pacto, pero luego condenan o salvan al personaje. Por ejemplo, en C. Marlowe Fausto se pierde en medio de los remordimientos que su conciencia reformista y cristiana le hace vivir; En W. Goethe, Fausto se salva y se justifican sus acciones amparados en el concepto de realización universal que el panteísmo ofrece; en Arreola, el personaje ni siquiera intenta el pacto y en un marco evidentemente católico renuncia antes de involucrarse.
Son las acciones humanas retomadas por diversos medios y que la literatura valora en un marco menos comprometido quizás, pero sí altamente representativo de la condición humana y sus aspiraciones y metas.

Pacto con el diablo Juan José Arreola

Aunque me di prisa y llegué al cine corriendo, la película había comenzado. En el salón oscuro traté de encontrar un sitio. Quedé junto a un hombre de aspecto distinguido.

-Perdone usted -le dije-, ¿no podría contarme brevemente lo que ha ocurrido en la pantalla?

-Sí. Daniel Brown, a quien ve usted allí, ha hecho un pacto con el diablo.

-Gracias. Ahora quiero saber las condiciones del pacto: ¿podría explicármelas?

-Con mucho gusto. El diablo se compromete a proporcionar la riqueza a Daniel Brown durante siete años. Naturalmente, a cambio de su alma.

-¿Siete nomás?

-El contrato puede renovarse. No hace mucho, Daniel Brown lo firmó con un poco de sangre.

Yo podía completar con estos datos el argumento de la película. Eran suficientes, pero quise saber algo más. El complaciente desconocido parecía ser hombre de criterio. En tanto que Daniel Brown se embolsaba una buena cantidad de monedas de oro, pregunté:

-En su concepto, ¿quién de los dos se ha comprometido más?

-El diablo.

-¿Cómo es eso? -repliqué sorprendido.

-El alma de Daniel Brown, créame usted, no valía gran cosa en el momento en que la cedió.

-Entonces el diablo…

-Va a salir muy perjudicado en el negocio, porque Daniel se manifiesta muy deseoso de dinero, mírelo usted.

Efectivamente, Brown gastaba el dinero a puñados. Su alma de campesino se desquiciaba. Con ojos de reproche, mi vecino añadió:

-Ya llegarás al séptimo año, ya.

Tuve un estremecimiento. Daniel Brown me inspiraba simpatía. No pude menos de preguntar:

-Usted, perdóneme, ¿no se ha encontrado pobre alguna vez?

El perfil de mi vecino, esfumado en la oscuridad, sonrió débilmente. Apartó los ojos de la pantalla donde ya Daniel Brown comenzaba a sentir remordimientos y dijo sin mirarme:

-Ignoro en qué consiste la pobreza, ¿sabe usted?

-Siendo así…

-En cambio, sé muy bien lo que puede hacerse en siete años de riqueza.

Hice un esfuerzo para comprender lo que serían esos años, y vi la imagen de Paulina, sonriente, con un traje nuevo y rodeada de cosas hermosas. Esta imagen dio origen a otros pensamientos:

-Usted acaba de decirme que el alma de Daniel Brown no valía nada: ¿cómo, pues, el diablo le ha dado tanto?

-El alma de ese pobre muchacho puede mejorar, los remordimientos pueden hacerla crecer -contestó filosóficamente mi vecino, agregando luego con malicia-: entonces el diablo no habrá perdido su tiempo.

-¿Y si Daniel se arrepiente?…

Mi interlocutor pareció disgustado por la piedad que yo manifestaba. Hizo un movimiento como para hablar, pero solamente salió de su boca un pequeño sonido gutural. Yo insistí:

-Porque Daniel Brown podría arrepentirse, y entonces…

-No sería la primera vez que al diablo le salieran mal estas cosas. Algunos se le han ido ya de las manos a pesar del contrato.

-Realmente es muy poco honrado -dije, sin darme cuenta.

-¿Qué dice usted?

-Si el diablo cumple, con mayor razón debe el hombre cumplir -añadí como para explicarme.

-Por ejemplo… -y mi vecino hizo una pausa llena de interés.

-Aquí está Daniel Brown -contesté-. Adora a su mujer. Mire usted la casa que le compró. Por amor ha dado su alma y debe cumplir.

A mi compañero le desconcertaron mucho estas razones.

-Perdóneme -dijo-, hace un instante usted estaba de parte de Daniel.

-Y sigo de su parte. Pero debe cumplir.

-Usted, ¿cumpliría?

No pude responder. En la pantalla, Daniel Brown se hallaba sombrío. La opulencia no bastaba para hacerle olvidar su vida sencilla de campesino. Su casa era grande y lujosa, pero extrañamente triste. A su mujer le sentaban mal las galas y las alhajas. ¡Parecía tan cambiada!

Los años transcurrían veloces y las monedas saltaban rápidas de las manos de Daniel, como antaño la semilla. Pero tras él, en lugar de plantas, crecían tristezas, remordimientos.

Hice un esfuerzo y dije:

-Daniel debe cumplir. Yo también cumpliría. Nada existe peor que la pobreza. Se ha sacrificado por su mujer, lo demás no importa.

-Dice usted bien. Usted comprende porque también tiene mujer, ¿no es cierto?

-Daría cualquier cosa porque nada le faltase a Paulina.

-¿Su alma?

Hablábamos en voz baja. Sin embargo, las personas que nos rodeaban parecían molestas. Varias veces nos habían pedido que calláramos. Mi amigo, que parecía vivamente interesado en la conversación, me dijo:

-¿No quiere usted que salgamos a uno de los pasillos? Podremos ver más tarde la película.

No pude rehusar y salimos. Miré por última vez a la pantalla: Daniel Brown confesaba llorando a su mujer el pacto que había hecho con el diablo.

Yo seguía pensando en Paulina, en la desesperante estrechez en que vivíamos, en la pobreza que ella soportaba dulcemente y que me hacía sufrir mucho más. Decididamente, no comprendía yo a Daniel Brown, que lloraba con los bolsillos repletos.

-Usted, ¿es pobre?

Habíamos atravesado el salón y entrábamos en un angosto pasillo, oscuro y con un leve olor de humedad. Al trasponer la cortina gastada, mi acompañante volvió a preguntarme:

-Usted, ¿es muy pobre?

-En este día -le contesté-, las entradas al cine cuestan más baratas que de ordinario y, sin embargo, si supiera usted qué lucha para decidirme a gastar ese dinero. Paulina se ha empeñado en que viniera; precisamente por discutir con ella llegué tarde al cine.

-Entonces, un hombre que resuelve sus problemas tal como lo hizo Daniel, ¿qué concepto le merece?

-Es cosa de pensarlo. Mis asuntos marchan muy mal. Las personas ya no se cuidan de vestirse. Van de cualquier modo. Reparan sus trajes, los limpian, los arreglan una y otra vez. Paulina misma sabe entenderse muy bien. Hace combinaciones y añadidos, se improvisa trajes; lo cierto es que desde hace mucho tiempo no tiene un vestido nuevo.

-Le prometo hacerme su cliente -dijo mi interlocutor, compadecido-; en esta semana le encargaré un par de trajes.

-Gracias. Tenía razón Paulina al pedirme que viniera al cine; cuando sepa esto va a ponerse contenta.

-Podría hacer algo más por usted -añadió el nuevo cliente-; por ejemplo, me gustaría proponerle un negocio, hacerle una compra…

-Perdón -contesté con rapidez-, no tenemos ya nada para vender: lo último, unos aretes de Paulina…

-Piense usted bien, hay algo que quizás olvida…

Hice como que meditaba un poco. Hubo una pausa que mi benefactor interrumpió con voz extraña:

-Reflexione usted. Mire, allí tiene usted a Daniel Brown. Poco antes de que usted llegara, no tenía nada para vender, y, sin embargo…

Noté, de pronto, que el rostro de aquel hombre se hacía más agudo. La luz roja de un letrero puesto en la pared daba a sus ojos un fulgor extraño, como fuego. Él advirtió mi turbación y dijo con voz clara y distinta:

-A estas alturas, señor mío, resulta por demás una presentación. Estoy completamente a sus órdenes.

Hice instintivamente la señal de la cruz con mi mano derecha, pero sin sacarla del bolsillo. Esto pareció quitar al signo su virtud, porque el diablo, componiendo el nudo de su corbata, dijo con toda calma:

-Aquí, en la cartera, llevo un documento que…

Yo estaba perplejo. Volvía a ver a Paulina de pie en el umbral de la casa, con su traje gracioso y desteñido, en la actitud en que se hallaba cuando salí: el rostro inclinado y sonriente, las manos ocultas en los pequeños bolsillos de su delantal. Pensé que nuestra fortuna estaba en mis manos. Esta noche apenas si teníamos algo para comer. Mañana habría manjares sobre la mesa. Y también vestidos y joyas, y una casa grande y hermosa. ¿El alma?

Mientras me hallaba sumido en tales pensamientos, el diablo había sacado un pliego crujiente y en una de sus manos brillaba una aguja.

“Daría cualquier cosa porque nada te faltara.” Esto lo había dicho yo muchas veces a mi mujer. Cualquier cosa. ¿El alma? Ahora estaba frente a mí el que podía hacer efectivas mis palabras. Pero yo seguía meditando. Dudaba. Sentía una especie de vértigo. Bruscamente, me decidí:

-Trato hecho. Sólo pongo una condición.

El diablo, que ya trataba de pinchar mi brazo con su aguja, pareció desconcertado:

-¿Qué condición?

-Me gustaría ver el final de la película -contesté.

-¡Pero qué le importa a usted lo que ocurra a ese imbécil de Daniel Brown! Además, eso es un cuento. Déjelo usted y firme, el documento está en regla, sólo hace falta su firma, aquí sobre esta raya.

La voz del diablo era insinuante, ladina, como un sonido de monedas de oro. Añadió:

-Si usted gusta, puedo hacerle ahora mismo un anticipo.

Parecía un comerciante astuto. Yo repuse con energía:

-Necesito ver el final de la película. Después firmaré.

-¿Me da usted su palabra?

-Sí.

Entramos de nuevo en el salón. Yo no veía en absoluto, pero mi guía supo hallar fácilmente dos asientos.

En la pantalla, es decir, en la vida de Daniel Brown, se había operado un cambio sorprendente, debido a no sé qué misteriosas circunstancias.

Una casa campesina, destartalada y pobre. La mujer de Brown estaba junto al fuego, preparando la comida. Era el crepúsculo y Daniel volvía del campo con la azada al hombro. Sudoroso, fatigado, con su burdo traje lleno de polvo, parecía, sin embargo, dichoso.

Apoyado en la azada, permaneció junto a la puerta. Su mujer se le acercó, sonriendo. Los dos contemplaron el día que se acababa dulcemente, prometiendo la paz y el descanso de la noche. Daniel miró con ternura a su esposa, y recorriendo luego con los ojos la limpia pobreza de la casa, preguntó:

-Pero, ¿no echas tú de menos nuestra pasada riqueza? ¿Es que no te hacen falta todas las cosas que teníamos?

La mujer respondió lentamente:

-Tu alma vale más que todo eso, Daniel…

El rostro del campesino se fue iluminando, su sonrisa parecía extenderse, llenar toda la casa, salir del paisaje. Una música surgió de esa sonrisa y parecía disolver poco a poco las imágenes. Entonces, de la casa dichosa y pobre de Daniel Brown brotaron tres letras blancas que fueron creciendo, creciendo, hasta llenar toda la pantalla.

Sin saber cómo, me hallé de pronto en medio del tumulto que salía de la sala, empujando, atropellando, abriéndome paso con violencia. Alguien me cogió de un brazo y trató de sujetarme. Con gran energía me solté, y pronto salí a la calle.

Era de noche. Me puse a caminar de prisa, cada vez más de prisa, hasta que acabé por echar a correr. No volví la cabeza ni me detuve hasta que llegué a mi casa. Entré lo más tranquilamente que pude y cerré la puerta con cuidado.

Paulina me esperaba.

Echándome los brazos al cuello, me dijo:

-Pareces agitado.

-No, nada, es que…

-¿No te ha gustado la película?

-Sí, pero…

Yo me hallaba turbado. Me llevé las manos a los ojos. Paulina se quedó mirándome, y luego, sin poderse contener, comenzó a reír, a reír alegremente de mí, que deslumbrado y confuso me había quedado sin saber qué decir. En medio de su risa, exclamó con festivo reproche:

-¿Es posible que te hayas dormido?

Estas palabras me tranquilizaron. Me señalaron un rumbo. Como avergonzado, contesté:

-Es verdad, me he dormido.

Y luego, en son de disculpa, añadí:

-Tuve un sueño, y voy a contártelo.

Cuando acabé mi relato, Paulina me dijo que era la mejor película que yo podía haberle contado. Parecía contenta y se rió mucho.

Sin embargo, cuando yo me acostaba, pude ver cómo ella, sigilosamente, trazaba con un poco de ceniza la señal de la cruz sobre el umbral de nuestra casa.

FIN

Un pacto con el diablo, el proyecto de gran visión

Sin título de Carmen leñero

La empatía entre los cuerpos lleva a una inercia de imitación: cuando salíamos apresurados del hotel, a media tarde, traías uno de mis aretes puesto.

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Hayku el hombre

Se entrega al vuelo
la monarca en el viento.
Crepita el bosque.

Las monarcas llegan al Mariposario de Chapultepec, México | WWF

 

Doloroso. muy doloroso. que un ser que pesa más un dedo de nuestra mano sea capaz de volar cientos de kilómetros para llegar a su bosque y lo encuentre en llamas por la mano del hombre.

Olga Tokareczuck fragmentos

Mis padres no eran del todo una tribu sedentaria. Se mudaron muchas veces de un lugar a otro hasta que finalmente se asentaron por un tiempo en una escuela de provincias, lejos de cualquier estación de tren y de toda carretera merecedora de tal nombre. El mero hecho de cruzar la linde para ir a la pequeña ciudad comarcal se convertía en todo un viaje. La compra, el papeleo en la oficina municipal, el peluquero de siempre en la plaza del mercado junto al ayuntamiento, ataviado con el mismo delantal lavado y blanqueado una y otra vez, sin éxito, porque los tintes de pelo de las clientas dejaban en él manchas caligráficas, ideogramas chinos. Cuando mamá se teñía el pelo, papá la esperaba en el café Nowa, en una de las dos mesas que instalaban fuera. Leía el periódico local, cuya sección más interesante siempre era la de sucesos, con sus crónicas de robos de mermeladas y pepinillos de los sótanos donde se guardaban.

Esos viajes vacacionales suyos, un poco acobardados, en un Škoda cargado hasta los topes. Largamente preparados, planeados durante las tardes preprimaverales, apenas se fundía la nieve, pero la tierra aún no volvía en sí; había que esperar a que por fin entregara su cuerpo a arados y azadas, a que se dejara inseminar, entonces los tendría ocupados desde la mañana hasta la noche.

Olga Nawoja Tokarczuk nació en Sulechów (Polonia). Se graduó en psicología en la Universidad de Varsovia y más tarde trabajó en una clínica de salud mental. Su debut como escritora lo hizo en 1979 como redactora en la revista Na przelaj. Allí forjó sus primeras historias y lo hizo bajo el seudónimo de Natasza Borodin.

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