Amor que mata

Esa luz del amanecer tan pura me da miedo,
llueve, pero hoy creo que es un error del universo
todo tan puro, tan absolutamente hermoso…

Siento el aliento del desapego
ulular entre sonrisas saciadas de pétalos
y espinas en el jardín saqueado.

Debe de esconder algo así como
la punta de lanza de un amor que mata
con afilado instinto de posesión.

Temo la lluvia y su huella indeleble
que se deshace en la arena y esculpe la roca,
lluvia que hiere, hasta ablandar el limo.

Temo la lluvia que se fosiliza
sobre las sienes de los relámpagos;
con su hiriente belleza quebradiza.

MJ Beristain

Avatar de Maria Jesus BeristainMJB Maria Jesus Beristain

Esa luz del amanecer tan pura me da miedo,
llueve, pero hoy creo que es un error del universo
todo tan puro, tan absolutamente hermoso…

Siento el aliento del desapego
ulular entre sonrisas saciadas de pétalos
y espinas en el jardín saqueado.

Debe de esconder algo así como
la punta de lanza de un amor que mata
con afilado instinto de posesión.

Temo
su huella indeleble
que esculpe la roca
y se disuelve
en la arena, y hiere
la ladera de las montañas,

y se engrandece en los ríos
y despunta riscos
o ablanda el limo

Temo la lluvia que se fosiliza
en las sienes de los relámpagos
y en su hiriente belleza quebradiza.

@mjberistain

Ver la entrada original

La catedral de Raymond Carver

Un ciego, antiguo amigo de mi mujer, iba a venir a pasar la noche en casa. Su esposa había muerto. De modo que estaba visitando a los parientes de ella en Connecticut. Llamó a mi mujer desde casa de sus suegros. Se pusieron de acuerdo. Vendría en tren: tras cinco horas de viaje, mi mujer le recibiría en la estación. Ella no le había visto desde hacía diez años, después de un verano que trabajó para él en Seattle. Pero ella y el ciego habían estado en comunicación. Grababan cintas magnetofónicas y se las enviaban. Su visita no me entusiasmaba. Yo no le conocía. Y me inquietaba el hecho de que fuese ciego. La idea que yo tenía de la ceguera me venía de las películas. En el cine, los ciegos se mueven despacio y no sonríen jamás. A veces van guiados por perros. Un ciego en casa no era una cosa que yo esperase con ilusión.

Aquel verano en Seattle ella necesitaba trabajo. No tenía dinero. El hombre con quien iba a casarse al final del verano estaba en una escuela de formación de oficiales. Y tampoco tenía dinero. Pero ella estaba enamorada del tipo, y él estaba enamorado de ella, etc. Vio un anuncio en el periódico: Se necesita lectora para ciego, y un número de teléfono. Telefoneó, se presentó y la contrataron en seguida. Trabajó todo el verano para el ciego. Le ayudaba a organizar un pequeño despacho en el departamento del servicio social del condado. Mi mujer y el ciego se hicieron buenos amigos. ¿Que cómo lo sé? Ella me lo ha contado. Y también otra cosa. En su último día de trabajo, el ciego le preguntó si podía tocarle la cara. Ella accedió. Me dijo que le pasó los dedos por toda la cara, la nariz, incluso el cuello. Ella nunca lo olvidó. Incluso intentó escribir un poema. Siempre estaba intentando escribir poesía. Escribía un poema o dos al año, sobre todo después de que le ocurriera algo importante.

«Estaba diciendo que al final del verano ella permitió que el ciego le pasara las manos por la cara»

Cuando empezamos a salir juntos, me lo enseñó. En el poema, recordaba sus dedos y el modo en que le recorrieron la cara. Contaba lo que había sentido en aquellos momentos, lo que le pasó por la cabeza cuando el ciego le tocó la nariz y los labios. Recuerdo que el poema no me impresionó mucho. Claro que no se lo dije. Tal vez sea que no entiendo la poesía. Admito que no es lo primero que se me ocurre coger cuando quiero algo para leer.

En cualquier caso, el hombre que primero disfrutó de sus favores, el futuro oficial, había sido su amor de la infancia. Así que muy bien. Estaba diciendo que al final del verano ella permitió que el ciego le pasara las manos por la cara, luego se despidió de él, se casó con su amor, etc., ya teniente, y se fue de Seattle. Pero el ciego y ella mantuvieron la comunicación. Ella hizo el primer contacto al cabo del año o así. Le llamó una noche por teléfono desde una base de las Fuerzas Aéreas en Alabama. Tenía ganas de hablar. Hablaron. Él le pidió que le enviara una cinta y le contara cosas de su vida. Así lo hizo. Le envió la cinta. En ella le contaba al ciego cosas de su marido y de su vida en común en la base aérea. Le contó al ciego que quería a su marido, pero que no le gustaba dónde vivían, ni tampoco que él formase parte del entramado militar e industrial. Contó al ciego que había escrito un poema que trataba de él. Le dijo que estaba escribiendo un poema sobre la vida de la mujer de un oficial de las Fuerzas Aéreas. Todavía no lo había terminado. Aún seguía trabajando en él. El ciego grabó una cinta. Se la envió. Ella grabó otra. Y así durante años. Al oficial le destinaron a una base y luego a otra. Ella envió cintas desde Moody ACB, McGuire, McConnell, y finalmente, Travis, cerca de Sacramento, donde una noche se sintió sola y aislada de las amistades que iba perdiendo en aquella vida viajera. Creyó que no podría dar un paso más. Entró en casa y se tragó todas las píldoras y cápsulas que había en el armario de las medicinas, con ayuda de una botella de ginebra. Luego tomó un baño caliente y se desmayó.

Pero en vez de morirse, le dieron náuseas. Vomitó. Su oficial -¿por qué iba a tener nombre? Era el amor de su infancia, ¿qué más quieres?- llegó a casa, la encontró y llamó a una ambulancia. A su debido tiempo, ella lo grabó todo y envió la cinta al ciego. A lo largo de los años, iba registrando toda clase de cosas y enviando cintas a un buen ritmo. Aparte de escribir un poema al año, creo que ésa era su distracción favorita. En una cinta le decía al ciego que había decidido separarse del oficial por una temporada. En otra, le hablaba de divorcio. Ella y yo empezamos a salir, y por supuesto se lo contó al ciego. Se lo contaba todo. O me lo parecía a mí. Una vez me preguntó si me gustaría oír la última cinta del ciego. Eso fue hace un año. Hablaba de mí, me dijo. Así que dije, bueno, la escucharé. Puse unas copas y nos sentamos en el cuarto de estar. Nos preparamos para escuchar. Primero introdujo la cinta en el magnetófono y tocó un par de botones. Luego accionó una palanquita. La cinta chirrió y alguien empezó a hablar con voz sonora. Ella bajó el volumen. Tras unos minutos de cháchara sin importancia, oí mi nombre en boca de ese desconocido, del ciego a quien jamás había visto. Y luego esto: “Por todo lo que me has contado de él, sólo puedo deducir…”. Pero una llamada a la puerta nos interrumpió, y no volvimos a poner la cinta. Quizá fuese mejor así. Ya había oído todo lo que quería oír.

Y ahora, ese mismo ciego venía a dormir a mi casa.
-A lo mejor puedo llevarle a la bolera -le dije a mi mujer. Estaba junto al fregadero, cortando patatas para el horno. Dejó el cuchillo y se volvió.

-Si me quieres -dijo ella-, hazlo por mí. Si no me quieres, no pasa nada. Pero si tuvieras un amigo, cualquiera que fuese, y viniera a visitarte, yo trataría de que se sintiera a gusto.

Se secó las manos con el paño de los platos.

-Yo no tengo ningún amigo ciego.

-Tú no tienes ningún amigo. Y punto. Además -dijo-, ¡maldita sea, su mujer acaba de morirse! ¿No lo entiendes? ¡Ha perdido a su mujer!

No contesté. Me había hablado un poco de su mujer. Se llamaba Beulah. ¡Beulah! Es nombre de negra.

-¿Era negra su mujer? -pregunté.

-¿Estás loco? -replicó mi mujer-. ¿Te ha dado la vena o algo así?

Cogió una patata. Vi cómo caía al suelo y luego rodaba bajo el fogón.

-¿Qué te pasa? ¿Estás borracho?

-Sólo pregunto -dije.

Entonces mí mujer empezó a suministrarme más detalles de lo que yo quería saber. Me serví una copa y me senté a la mesa de la cocina, a escuchar. Partes de la historia empezaron a encajar.

Beulah fue a trabajar para el ciego después de que mi mujer se despidiera. Poco más tarde, Beulah y el ciego se casaron por la iglesia. Fue una boda sencilla -¿quién iba a ir a una boda así?, sólo los dos, más el ministro y su mujer. Pero de todos modos fue un matrimonio religioso. Lo que Beulah quería, había dicho él. Pero es posible que en aquel momento Beulah llevara ya el cáncer en las glándulas. Tras haber sido inseparables durante ocho años -ésa fue la palabra que empleó mi mujer, inseparables-, la salud de Beulah empezó a declinar rápidamente. Murió en una habitación de hospital de Seattle, mientras el ciego sentado junto a la cama le cogía la mano. Se habían casado, habían vivido y trabajado juntos, habían dormido juntos -y hecho el amor, claro- y luego el ciego había tenido que enterrarla. Todo esto sin haber visto ni una sola vez el aspecto que tenía la dichosa señora. Era algo que yo no llegaba a entender. Al oírlo, sentí un poco de lástima por el ciego. Y luego me sorprendí pensando qué vida tan lamentable debió llevar ella. Figúrense una mujer que jamás ha podido verse a través de los ojos del hombre que ama. Una mujer que se ha pasado día tras día sin recibir el menor cumplido de su amado. Una mujer cuyo marido jamás ha leído la expresión de su cara, ya fuera de sufrimiento o de algo mejor. Una mujer que podía ponerse o no maquillaje, ¿qué más le daba a él? Si se le antojaba, podía llevar sombra verde en un ojo, un alfiler en la nariz, pantalones amarillos y zapatos morados, no importa. Para luego morirse, la mano del ciego sobre la suya, sus ojos ciegos llenos de lágrimas -me lo estoy imaginando-, con un último pensamiento que tal vez fuera éste: “él nunca ha sabido cómo soy yo”, en el expreso hacia la tumba. Robert se quedó con una pequeña póliza de seguros y la mitad de una moneda mejicana de veinte pesos. La otra mitad se quedó en el ataúd con ella. Patético.

Así que, cuando llegó el momento, mi mujer fue a la estación a recogerle. Sin nada que hacer, salvo esperar -claro que de eso me quejaba-, estaba tomando una copa y viendo la televisión cuando oí parar al coche en el camino de entrada. Sin dejar la copa, me levanté del sofá y fui a la ventana a echar una mirada.

Vi reír a mi mujer mientras aparcaba el coche. La vi salir y cerrar la puerta. Seguía sonriendo. Qué increíble. Rodeó el coche y fue a la puerta por la que el ciego ya estaba empezando a salir. ¡El ciego, fíjense en esto, llevaba barba crecida! ¡Un ciego con barba! Es demasiado, diría yo. El ciego alargó el brazo al asiento de atrás y sacó una maleta. Mi mujer le cogió del brazo, cerró la puerta y, sin dejar de hablar durante todo el camino, le condujo hacia las escaleras y el porche. Apagué la televisión. Terminé la copa, lavé el vaso, me sequé las manos. Luego fui a la puerta.

-Te presento a Robert -dijo mi mujer-. Robert, éste es mi marido. Ya te he hablado de él.

Estaba radiante de alegría. Llevaba al ciego cogido por la manga del abrigo.

El ciego dejó la maleta en el suelo y me tendió la mano. Se la estreché. Me dio un buen apretón, retuvo mi mano y luego la soltó.

-Tengo la impresión de que ya nos conocemos -dijo con voz grave.

-Yo también -repuse. No se me ocurrió otra cosa. Luego añadí:

-Bienvenido. He oído hablar mucho de usted.

Entonces, formando un pequeño grupo, pasamos del porche al cuarto de estar, mi mujer conduciéndole por el brazo. El ciego llevaba la maleta con la otra mano. Mi mujer decía cosas como: “A tu izquierda, Robert. Eso es. Ahora, cuidado, hay una silla. Ya está. Siéntate ahí mismo. Es el sofá. Acabamos de comprarlo hace dos semanas”.

Empecé a decir algo sobre el sofá viejo. Me gustaba. Pero no dije nada. Luego quise decir otra cosa, sin importancia, sobre la panorámica del Hudson que se veía durante el viaje. Cómo para ir a Nueva York había que sentarse en la parte derecha del tren, y, al venir de Nueva York, a la parte izquierda.

-¿Ha tenido buen viaje? -le pregunté-. A propósito, ¿en qué lado del tren ha venido sentado?

-¡Vaya pregunta, en qué lado! -exclamó mi mujer-. ¿Qué importancia tiene?

-Era una pregunta.

-En el lado derecho -dijo el ciego-. Hacía casi cuarenta años que no iba en tren. Desde que era niño. Con mis padres. Demasiado tiempo. Casi había olvidado la sensación. Ya tengo canas en la barba. O eso me han dicho, en todo caso. ¿Tengo un aspecto distinguido, querida mía? -preguntó el ciego a mi mujer.

-Tienes un aire muy distinguido, Robert. Robert -dijo ella-, ¡qué contenta estoy de verte, Robert!

Finalmente, mi mujer apartó la vista del ciego y me miró. Tuve la impresión de que no le había gustado su aspecto. Me encogí de hombros.

«A primera vista, sus ojos parecían normales, como los de todo el mundo, pero si uno se fijaba tenían algo diferente»

Nunca he conocido personalmente a ningún ciego. Aquel tenía cuarenta y tantos años, era de constitución fuerte, casi calvo, de hombros hundidos, como si llevara un gran peso. Llevaba pantalones y zapatos marrones, camisa de color castaño claro, corbata y chaqueta de sport. Impresionante. Y también una barba tupida. Pero no utilizaba bastón ni llevaba gafas oscuras. Siempre pensé que las gafas oscuras eran indispensables para los ciegos. El caso era que me hubiese gustado que las llevara. A primera vista, sus ojos parecían normales, como los de todo el mundo, pero si uno se fijaba tenían algo diferente. Demasiado blanco en el iris, para empezar, y las pupilas parecían moverse en sus órbitas como si no se diera cuenta o fuese incapaz de evitarlo. Horrible. Mientras contemplaba su cara, vi que su pupila izquierda giraba hacia la nariz mientras la otra procuraba mantenerse en su sitio. Pero era un intento vano, pues el ojo vagaba por su cuenta sin que él lo supiera o quisiera saberlo.

-Voy a servirle una copa -dije-. ¿Qué prefiere? Tenemos un poco de todo. Es uno de nuestros pasatiempos.

-Solo bebo whisky escocés, muchacho -se apresuró a decir con su voz sonora.

-De acuerdo -dije. ¡Muchacho!

Claro que sí, lo sabía. Tocó con los dedos la maleta, que estaba junto al sofá. Se hacía su composición de lugar. No se lo reproché.

-La llevaré a tu habitación -le dijo mi mujer.

-No, está bien -dijo el ciego en voz alta-. Ya la llevaré yo cuando suba.

-¿Con un poco de agua, el whisky? -le pregunté.

-Muy poca.

-Lo sabía.

-Solo una gota -dijo él-. Ese actor irlandés, ¿Barry Fitzgerald? Soy como él. Cuando bebo agua, decía Fitzgerald, bebo agua. Cuando bebo whisky, bebo whisky.

Mi mujer se echó a reír. El ciego se llevó la mano a la barba. Se la levantó despacio y la dejó caer.

Preparé las copas, tres vasos grandes de whisky con un chorrito de agua en cada uno. Luego nos pusimos cómodos y hablamos de los viajes de Robert. Primero, el largo vuelo desde la costa Oeste a Connecticut. Luego, de Connecticut aquí, en tren. Tomamos otra copa para esa parte del viaje.

«Terminamos con todo, incluyendo media tarta de fresas. Durante unos momentos quedamos inmóviles, como atontados. El sudor nos perlaba el rostro»

Recordé haber leído en algún sitio que los ciegos no fuman porque, según dicen, no pueden ver el humo que exhalan. Creí que al menos sabía eso de los ciegos. Pero este ciego en particular fumaba el cigarrillo hasta el filtro y luego encendía otro. Llenó el cenicero y mi mujer lo vació.

Cuando nos sentamos a la mesa para cenar, tomamos otra copa. Mi mujer llenó el plato de Robert con un filete grueso, patatas al horno, judías verdes. Le unté con mantequilla dos rebanadas de pan.

-Ahí tiene pan y mantequilla -le dije, bebiendo parte de mi copa-. Y ahora recemos.

El ciego inclinó la cabeza. Mi mujer me miró con la boca abierta.

-Roguemos para que el teléfono no suene y la comida no esté fría -dije.

Nos pusimos al ataque. Nos comimos todo lo que había en la mesa. Devoramos como si no nos esperase un mañana. No hablamos. Comimos. Nos atiborramos. Como animales. Nos dedicamos a comer en serio. El ciego localizaba inmediatamente la comida, sabía exactamente dónde estaba todo en el plato. Lo observé con admiración mientras manipulaba la carne con el cuchillo y el tenedor. Cortaba dos trozos de filete, se llevaba la carne a la boca con el tenedor, se dedicaba luego a las patatas asadas y a las judías verdes, y después partía un trozo grande de pan con mantequilla y se lo comía. Lo acompañaba con un buen trago de leche. Y, de vez en cuando, no le importaba utilizar los dedos.

Terminamos con todo, incluyendo media tarta de fresas. Durante unos momentos quedamos inmóviles, como atontados. El sudor nos perlaba el rostro. Al fin nos levantamos de la mesa, dejando los platos sucios. No miramos atrás. Pasamos al cuarto de estar y nos dejamos caer de nuevo en nuestro sitio. Robert y mi mujer, en el sofá. Yo ocupé la butaca grande. Tomamos dos o tres copas más mientras charlaban de las cosas más importantes que les habían pasado durante los últimos diez años. En general, me limité a escuchar. De vez en cuando intervenía. No quería que pensase que me había ido de la habitación, y no quería que ella creyera que me sentía al margen. Hablaron de cosas que les habían ocurrido -¡a ellos!- durante esos diez años. En vano esperé oír mi nombre en los dulces labios de mi mujer: “Y entonces mi amado esposo apareció en mi vida”, algo así. Pero no escuché nada parecido. Hablaron más de Robert. Según parecía, Robert había hecho un poco de todo, un verdadero ciego aprendiz de todo y maestro de nada. Pero en época reciente su mujer y él distribuían los productos Amway, con lo que se ganaban la vida más o menos, según pude entender. El ciego también era aficionado a la radio. Hablaba con su voz grave de las conversaciones que había mantenido con operadores de Guam, en las Filipinas, en Alaska e incluso en Tahití. Dijo que tenía muchos amigos por allí, si alguna vez quería visitar esos países. De cuando en cuando volvía su rostro ciego hacia mí, se ponía la mano bajo la barba y me preguntaba algo. ¿Desde cuándo tenía mi empleo actual? (Tres años.) ¿Me gustaba mi trabajo? (No.) ¿Tenía intención de conservarlo? (¿Qué remedio me quedaba?). Finalmente, cuando pensé que empezaba a quedarse sin cuerda, me levanté y encendí la televisión.

Mi mujer me miró con irritación. Empezaba a acalorarse. Luego miró al ciego y le preguntó:

-¿Tienes televisión, Robert?

-Querida mía -contestó el ciego-, tengo dos televisores. Uno en color y otro en blanco y negro, una vieja reliquia. Es curioso, pero cuando enciendo la televisión, y siempre estoy poniéndola, conecto el aparato en color. ¿No te parece curioso?

No supe qué responder a eso. No tenía absolutamente nada que decir. Ninguna opinión. Así que vi las noticias y traté de escuchar lo que decía el locutor.

-Esta televisión es en color -dijo el ciego-. No me preguntéis cómo, pero lo sé.

-La hemos comprado hace poco -dije. El ciego bebió un sorbo de su vaso. Se levantó la barba, la olió y la dejó caer. Se inclinó hacia adelante en el sofá. Localizó el cenicero en la mesa y aplicó el mechero al cigarrillo. Se recostó en el sofá y cruzó las piernas, poniendo el tobillo de una sobre la rodilla de la otra.

Mi mujer se cubrió la boca y bostezó. Se estiró.

-Voy a subir a ponerme la bata. Me apetece cambiarme. Ponte cómodo, Robert -dijo.

-Estoy cómodo -repuso el ciego.

-Quiero que te sientas a gusto en esta casa.

-Lo estoy -aseguró el ciego.

Cuando salió de la habitación, escuchamos el informe del tiempo y luego el resumen de los deportes. Para entonces, ella había estado ausente tanto tiempo, que yo ya no sabía si iba a volver. Pensé que se habría acostado. Deseaba que bajase. No quería quedarme solo con el ciego. Le pregunté si quería otra copa y me respondió que naturalmente que sí. Luego le pregunté si le apetecía fumar un poco de mandanga conmigo. Le dije que acababa de liar un porro. No lo había hecho, pero pensaba hacerlo en un periquete.

-Probaré un poco -dijo.

-Bien dicho. Así se habla.

Serví las copas y me senté a su lado en el sofá. Luego lié dos canutos gordos. Encendí uno y se lo pasé. Se lo puse entre los dedos. Lo cogió e inhaló.

-Reténgalo todo lo que pueda -le dije.

Vi que no sabía nada del asunto.

Mi mujer bajó llevando la bata rosa con las zapatillas del mismo color.

-¿Qué es lo que huelo? -preguntó.

-Pensamos fumar un poco de hierba -dije.

Mi mujer me lanzó una mirada furiosa. Luego miró al ciego y dijo:

-No sabía que fumaras, Robert.

-Ahora lo hago, querida mía. Siempre hay una primera vez. Pero todavía no siento nada.

-Este material es bastante suave -expliqué-. Es flojo. Con esta mandanga se puede razonar. No le confunde a uno.

-No hace mucho efecto, muchacho -dijo, riéndose.

Mi mujer se sentó en el sofá, entre los dos. Le pasé el canuto. Lo cogió, le dio una calada y me lo volvió a pasar.

-¿En qué dirección va esto? -preguntó-. No debería fumar. Apenas puedo tener los ojos abiertos. La cena ha acabado conmigo. No he debido comer tanto.

-Ha sido la tarta de fresas -dijo el ciego-. Eso ha sido la puntilla.

Soltó una enorme carcajada. Luego meneó la cabeza.

-Hay más tarta -le dije.

-¿Quieres un poco más, Robert? -le preguntó mi mujer.

-Quizá dentro de un poco.

Prestamos atención a la televisión. Mi mujer bostezó otra vez.

-Cuando tengas ganas de acostarte, Robert, tu cama está hecha -dijo-. Sé que has tenido un día duro. Cuando estés listo para ir a la cama, dilo. -Le tiró del brazo-. ¿Robert?

Volvió de su ensimismamiento y dijo:

-Lo he pasado verdaderamente bien. Esto es mejor que las cintas, ¿verdad?

-Le toca a usted -le dije, poniéndole el porro entre los dedos.

Inhaló, retuvo el humo y luego lo soltó. Era como si lo estuviese haciendo desde los nueve años.

-Gracias, muchacho. Pero creo que esto es todo para mí. Me parece que empiezo a sentir el efecto.

Pasó a mi mujer el canuto chisporroteante.

-Lo mismo digo -dijo ella-. Ídem de ídem. Yo también.

Cogió el porro y me lo pasó.

-Me quedaré sentada un poco entre vosotros dos con los ojos cerrados. Pero no me prestéis atención, ¿eh? Ninguno de los dos. Si os molesto, decidlo. Si no, es posible que me quede aquí sentada con los ojos cerrados hasta que os vayáis a acostar. Tu cama está hecha, Robert, para cuando quieras. Está al lado de nuestra habitación, al final de las escaleras. Te acompañaremos cuando estés listo. Si me duermo, despertadme, chicos. Al decir eso, cerró los ojos y se durmió. Terminaron las noticias. Me levanté y cambié de canal. Volví a sentarme en el sofá. Deseé que mi mujer no se hubiera quedado dormida. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo del sofá y la boca abierta. Se había dado la vuelta, de modo que la bata se le había abierto revelando un muslo apetitoso. Alargué la mano para volverla a tapar y entonces miré al ciego. ¡Qué coño! Dejé la bata como estaba.

-Cuando quiera un poco de tarta, dígalo -le recordé.

-Lo haré.

-¿Está cansado? ¿Quiere que le lleve a la cama? ¿Le apetece irse a la piltra?

-Todavía no -contestó-. No, me quedaré contigo, muchacho. Si no te parece mal. Me quedaré hasta que te vayas a acostar. No hemos tenido oportunidad de hablar. ¿Comprendes lo que quiero decir? Tengo la impresión de que ella y yo hemos monopolizado la velada.

Se levantó la barba y la dejó caer. Cogió los cigarrillos y el mechero.

-Me parece bien -dije, y añadí-: Me alegro de tener compañía.

Y supongo que así era. Todas las noches fumaba hierba y me quedaba levantado hasta que me venía el sueño. Mi mujer y yo rara vez nos acostábamos al mismo tiempo. Cuando me dormía, empezaba a soñar. A veces me despertaba con el corazón encogido.

En la televisión había algo sobre la iglesia y la Edad Media. No era un programa corriente. Yo quería ver otra cosa. Puse otros canales. Pero tampoco había nada en los demás. Así que volví a poner el primero y me disculpé.

-No importa, muchacho -dijo el ciego-. A mí me parece bien. Mira lo que quieras. Yo siempre aprendo algo. Nunca se acaba de aprender cosas. No me vendría mal aprender algo esta noche. Tengo oídos.

«En la pantalla, un grupo de hombres con capuchas eran atacados y torturados por otros vestidos con trajes de esqueleto y de demonios»

No dijimos nada durante un rato. Estaba inclinado hacia adelante, con la cara vuelta hacia mí, la oreja derecha apuntando en dirección al aparato. Muy desconcertante. De cuando en cuando dejaba caer los párpados para abrirlos luego de golpe, como si pensara en algo que oía en la televisión.

En la pantalla, un grupo de hombres con capuchas eran atacados y torturados por otros vestidos con trajes de esqueleto y de demonios. Los demonios llevaban máscaras de diablo, cuernos y largos rabos. El espectáculo formaba parte de una procesión. El narrador inglés dijo que se celebraba en España una vez al año. Traté de explicarle al ciego lo que sucedía.

-Esqueletos. Ya sé -dijo, moviendo la cabeza. La televisión mostró una catedral. Luego hubo un plano largo y lento de otra. Finalmente, salió la imagen de la más famosa, la de París, con sus arbotantes y sus flechas que llegaban hasta las nubes. La cámara se retiró para mostrar el conjunto de la catedral surgiendo por encima del horizonte.

A veces, el inglés que contaba la historia se callaba, dejando simplemente que el objetivo se moviera en torno a las catedrales. O bien la cámara daba una vuelta por el campo y aparecían hombres caminando detrás de los bueyes. Esperé cuanto pude. Luego me sentí obligado a decir algo:

-Ahora aparece el exterior de esa catedral. Gárgolas. Pequeñas estatuas en forma de monstruos. Supongo que ahora están en Italia. Sí, en Italia. Hay cuadros en los muros de esa iglesia.

-¿Son pinturas al fresco, muchacho? -me preguntó, dando un sorbo de su copa.

Cogí mi vaso, pero estaba vacío. Intenté recordar lo que pude.

-¿Me pregunta si son frescos? -le dije-. Buena pregunta. No lo sé.

La cámara enfocó una catedral a las afueras de Lisboa. Comparada con la francesa y la italiana, la portuguesa no mostraba grandes diferencias. Pero existían. Sobre todo en el interior. Entonces se me ocurrió algo.

-Se me acaba de ocurrir algo. ¿Tiene usted idea de lo que es una catedral? ¿El aspecto que tiene, quiero decir? ¿Me sigue? Si alguien le dice la palabra catedral, ¿sabe usted de qué le hablan? ¿Conoce usted la diferencia entre una catedral y una iglesia baptista, por ejemplo?

Dejó que el humo se escapara despacio de su boca.

-Sé que para construirla han hecho falta centenares de obreros y cincuenta o cien años -contestó-. Acabo de oírselo decir al narrador, claro está. Sé que en una catedral trabajaban generaciones de una misma familia. También lo ha dicho el comentarista. Los que empezaban no vivían para ver terminada la obra. En ese sentido, muchacho, no son diferentes de nosotros, ¿verdad?

Se echó a reír. Sus párpados volvieron a cerrarse. Su cabeza se movía. Parecía dormitar. Tal vez se figuraba estar en Portugal. Ahora, la televisión mostraba otra catedral. En Alemania, esta vez. La voz del inglés seguía sonando monótonamente.

-Catedrales -dijo el ciego.

Se incorporó, moviendo la cabeza de atrás adelante.

-Si quieres saber la verdad, muchacho, eso es todo lo que sé. Lo que acabo de decir. Pero tal vez quieras describirme una. Me gustaría. Ya que me lo preguntas, en realidad no tengo una idea muy clara.

Me fijé en la toma de la catedral en la televisión. ¿Cómo podía empezar a describírsela? Supongamos que mi vida dependiera de ello. Supongamos que mi vida estuviese amenazada por un loco que me ordenara hacerlo, o si no…

Observé la catedral un poco más hasta que la imagen pasó al campo. Era inútil. Me volví hacia el ciego y dije:

-Para empezar, son muy altas.

Eché una mirada por el cuarto para encontrar ideas.

-Suben muy arriba. Muy alto. Hacia el cielo. Algunas son tan grandes que han de tener apoyo. Para sostenerlas, por decirlo así. El apoyo se llama arbotante. Me recuerdan a los viaductos, no sé por qué. Pero quizá tampoco sepa usted lo que son los viaductos. A veces, las catedrales tienen demonios y cosas así en la fachada. En ocasiones, caballeros y damas. No me pregunte por qué.

Él asentía con la cabeza. Todo su torso parecía moverse de atrás adelante.

-No se lo explico muy bien, ¿verdad? -le dije. Dejó de asentir y se inclinó hacia adelante, al borde del sofá. Mientras me escuchaba, se pasaba los dedos por la barba. No me hacía entender, eso estaba claro. Pero de todos modos esperó a que continuara. Asintió como si tratara de animarme. Intenté pensar en otra cosa que decir.

-Son realmente grandes. Pesadas. Están hechas de piedra. De mármol también, a veces. En aquella época, al construir catedrales los hombres querían acercarse a Dios. En esos días, Dios era una parte importante en la vida de todo el mundo. Eso se ve en la construcción de catedrales. Lo siento -dije-, pero creo que eso es todo lo que puedo decirle. Esto no se me da bien.

-No importa, muchacho -dijo el ciego-. Escucha, espero que no te moleste que te pregunte. ¿Puedo hacerte una pregunta? Deja que te haga una sencilla. Contéstame sí o no. Sólo por curiosidad y sin ánimo de ofenderte. Eres mi anfitrión. Pero ¿eres creyente en algún sentido? ¿No te molesta que te lo pregunte? -Meneé la cabeza. Pero él no podía verlo. Para un ciego, es lo mismo un guiño que un movimiento de cabeza.

Supongo que no soy creyente. No creo en nada. A veces resulta difícil. ¿Sabe lo que quiero decir?

-Claro que sí.

-Así es.

El inglés seguía hablando. Mi mujer suspiró, dormida. Respiró hondo y siguió durmiendo.

-Tendrá que perdonarme -le dije-. Pero no puedo explicarle cómo es una catedral. Soy incapaz. No puedo hacer más de lo que he hecho.

El ciego permanecía inmóvil mientras me escuchaba, con la cabeza inclinada.

-Lo cierto es -proseguí- que las catedrales no significan nada especial para mí. Nada. Catedrales. Es algo que se ve en la televisión a última hora de la noche. Eso es todo.

Entonces fue cuando el ciego se aclaró la garganta. Sacó algo del bolsillo de atrás. Un pañuelo.

Luego dijo:

-Lo comprendo, muchacho. Esas cosas pasan. No te preocupes. Oye, escúchame. ¿Querrías hacerme un favor? Tengo una idea. ¿Por qué no vas a buscar un papel grueso? Y una pluma. Haremos algo. Dibujaremos juntos una catedral. Trae papel grueso y una pluma. Vamos, muchacho, tráelo.

«El ciego se bajó del sofá y se sentó en la alfombra, a mi lado. Pasó los dedos por el papel, de arriba a abajo. Recorrió los lados del papel. Incluso los bordes, hasta los cantos. Manoseó las esquinas.»

Así que fui arriba. Tenía las piernas como sin fuerza. Como si acabara de venir de correr. Eché una mirada en la habitación de mi mujer. Encontré bolígrafos encima de su mesa, en una cestita. Luego pensé dónde buscar la clase de papel que me había pedido.

Abajo, en la cocina, encontré una bolsa de la compra con cáscaras de cebolla en el fondo. La vacié y la sacudí. La llevé al cuarto de estar y me senté con ella a sus pies. Aparté unas cosas, alisé las arrugas del papel de la bolsa y lo extendí sobre la mesita.

El ciego se bajó del sofá y se sentó en la alfombra, a mi lado.

Pasó los dedos por el papel, de arriba a abajo. Recorrió los lados del papel. Incluso los bordes, hasta los cantos. Manoseó las esquinas.

-Muy bien -dijo-. De acuerdo, vamos a hacerla.

Me cogió la mano, la que tenía el bolígrafo. La apretó.

-Adelante, muchacho, dibuja -me dijo-. Dibuja. Ya verás. Yo te seguiré. Saldrá bien. Empieza ya, como te digo. Dibuja.

Así que empecé. Primero tracé un rectángulo que parecía una casa. Podía ser la casa en la que vivo. Luego le puse el tejado. En cada extremo del tejado, dibujé flechas góticas. De locos.

-Estupendo -dijo él-. Magnífico. Lo haces estupendamente. Nunca en la vida habías pensado hacer algo así, ¿verdad, muchacho? Bueno, la vida es rara, ya lo sabemos. Venga. Sigue.

Puse ventanas con arcos. Dibujé arbotantes. Suspendí puertas enormes. No podía parar. El canal de la televisión dejó de emitir. Dejé el bolígrafo para abrir y cerrar los dedos. El ciego palpó el papel. Movía las puntas de los dedos por encima, por donde yo había dibujado, asintiendo con la cabeza.

-Esto va muy bien -dijo.

Volví a coger el bolígrafo y él encontró mi mano. Seguí con ello. No soy ningún artista, pero continué dibujando de todos modos.

Mi mujer abrió los ojos y nos miró. Se incorporó en el sofá, con la bata abierta.

-¿Qué estáis haciendo? -preguntó-. Contádmelo. Quiero saberlo.

No le contesté.

-Estamos dibujando una catedral -dijo el ciego-. Lo estamos haciendo él y yo. Aprieta fuerte -me dijo a mí-. Eso es. Así va bien. Naturalmente. Ya lo tienes, muchacho. Lo sé. Creías que eras incapaz. Pero puedes, ¿verdad? Ahora vas echando chispas. ¿Entiendes lo que quiero decir? Verdaderamente vamos a tener algo aquí dentro de un momento. ¿Cómo va ese brazo? -me preguntó-. Ahora pon gente por ahí. ¿Qué es una catedral sin gente?

-¿Qué pasa? -inquirió mi mujer-. ¿Qué estás haciendo, Robert? ¿Qué ocurre?

-Todo va bien -le dijo a ella.

Y añadió, dirigiéndose a mí:

-Ahora cierra los ojos.

Lo hice. Los cerré, tal como me decía.

-¿Los tienes cerrados? -preguntó-. No hagas trampa.

-Los tengo cerrados.

-Mantenlos así. No pares ahora. Dibuja.

Y continuamos. Sus dedos apretaban los míos mientras mi mano recorría el papel. No se parecía a nada que hubiese hecho en la vida hasta aquel momento.

Luego dijo:

-Creo que ya está. Me parece que lo has conseguido. Echa una mirada. ¿Qué te parece?

Pero yo tenía los ojos cerrados. Pensé mantenerlos así un poco más. Creí que era algo que debía hacer.

-¿Y bien? -preguntó-. ¿Estás mirándolo?

Yo seguía con los ojos cerrados. Estaba en mi casa. Lo sabía. Pero yo no tenía la impresión de estar dentro de nada.

-Es verdaderamente extraordinario -dije.

 

Catedral Metropolitana – Alcaldía Cuauhtémoc

 

Catedral, un cuento de Raymond Carver

Una noche en el paraiso por Miguel Lorensi

Los cuentos de Lucia Berlin son cargas de profundidad. Esenciales y auténticos. Golpes secos y directos de literatura sin aditivos ni aspavientos. Relatos de turbadora belleza de una gran narradora cuyo talento brilló tras su muerte. Publicado hace dos años, ‘Manual para mujeres de la limpieza’, supuso su deslumbrante rescate. Un inesperado y sorprendente regalo para el lector que tiene ahora su continuación en ‘Una noche en el paraíso’ (Alfaguara), que reúne veintidós relatos inéditos que aparecen de forma simultánea en Estados Unidos y en España.

La crítica sitúa Berlin entre Raymond Carver , Alice Munro y otros gigantes del cuento estadounidense como Hemingway o Bukowski. Seduce por su estilo descarnado, no exento de ternura y de un humor sutil, y conectado con el realismo sucio. Con ‘Manual para mujeres de la limpieza’ el boca oreja funcionó mejor que la promoción editorial. Farrar Strauss and Giroux lo editó en EE UU y situó a Berlin en el lugar que merecía y la convirtió en narradora de culto a la autora de apenas un centenar de cuentos. En España se vendieron más de 100.000 copias de un libro considerado como el mejor del año por varios suplemento literarios y galardonado con el Premio Llibreter.

Dos de los hijos de la escritora son los responsables de esta colección de inéditos. Jeff Berlin se encarga de selección y Mark Berlin firma un prólogo que encadena anécdotas que retratan el indómito carácter de su progenitora. «Era una rebelde y una mujer con un arte extraordinario, y en su día su vida era un baile», escribe. Advierte que su madre escribía «historias verdaderas; no necesariamente autobiográficas, pero por poco».

Portada del libro.
Portada del libro.

Lucia Brown Berlin (Juneau, Alaska, 1936 – Marina del Rey, Los Ángeles, 2004) tuvo una vida azarosa y difícil. Hija de un ingeniero de minas y un ama de casa «fría, racista y alcohólica», vivió una infancia errante por Idaho, Montana, Kentucky y Texas, hasta que la familia se trasladó a Santiago de Chile. En 1968 regresó a la Universidad de Nuevo México, donde sería alumna del escritor español Ramón J. Sender.

Publicó sus primeros relatos a los veinticuatro años en The Atlantic Monthly y en la revista de Saul Bellow y Keith Botsford, The Noble Savage. Sus historias se inspiran en sus recuerdos: su infancia en distintas poblaciones mineras, su feliz y chic adolescencia en Chile, sus estancias en El Paso, Nueva York, México o California. También en sus tres matrimonios fallidos, su batalla contra el alcoholismo, o los trabajos alimenticios que desempeñó para mantener a sus cuatro hijos: enfermera, telefonista, limpiadora, profesora de escritura en varias universidades y en una cárcel. El cáncer de pulmón segó su vida a los 68 años.

Movidas increíbles

«Si intentara contar las peripecias de Lucia, incluso desde mi punto de vista (ya fuera o no objetivo), pasaría por realismo mágico», ironiza su hijo Mark. «Nadie se creería esas movidas», advierte. Relata cómo «recogió a Smokey Robinson en la Avenida Central de Albuquerque, y lo llevó fumando un canuto al concierto que daba en el Tiki-Kai Lounge». O cómo en la familia, «todos aprendimos a bailar en la playa, en los museos, en restaurantes y clubes como si fuéramos los dueños del lugar, en centros de desintoxicación y cárceles y galas de entregas de premios, con yonquis, chulos, príncipes e inocentes». «Nos reíamos del primer precepto budista: la vida es sufrimiento. Y de la actitud mexicana de que la vida no vale mucho, pero desde luego puede ser divertida», recuerda de una vida itinerante, «con un promedio de nueve meses en cada escala».

En los veintidós relatos de ‘Una noche en el paraíso’ vuelve a brillar el estilo claro de Berlin que «no juzga y exhibe su singular capacidad para representar la belleza y el dolor de las rutinas de la vida», destacan sus editores. También «su extraordinaria honestidad, su magnetismo, la familiaridad de sus personajes y su sutil y abrumadora melancolía».

Con seis libros de cuentos, no logró en vida un reconocimiento que no buscó. Su empeño era escribir y lo hizo mientras cuidaba a sus hijos y encadenaba empleos precarios, borracheras y resacas. «El hogar era siempre ella. Sobrevivió por lo menos a tres maridos y sabe Dios a cuántos amantes… ¡y eso que a los catorce años los médicos le dijeron que nunca podría dar a luz y que no pasaría de los treinta! Trajo cuatro hijos al mundo, de los que soy el mayor y el más problemático, y criarnos le costó horrores. Pero lo hizo. Y bien», agradece su promogénito. «Mucho se han cargado las tintas en su alcoholismo y ella tuvo que luchar contra la vergüenza de ese estigma, pero al final vivió casi dos décadas sobria, en las que produjo lo mejor de su obra, e inspiró a buena parte de la nueva generación con sus clases. Eso no sorprende, porque desde los veinte años enseñaba de manera intermitente», concluye Mark Berlin.

https://www.hoy.es/culturas/libros/lucia-berlin-una-noche-paraiso-20181108110908-ntrc.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com%2F

La sonrisa maldita de Lucia Berlin

«Oye la instrucción de tu padre y tu madre, porque adorno de gracia serán a tu cabeza y collares a tu cuello. Si los pecadores te quisieran engañar, no consientas.»

Mamie, mi abuela, lo leyó dos veces. Intenté recordar qué instrucción me habían dado. No te hurgues la nariz. Pero yo quería un collar, uno que tintineara cuando me riera, como el de Sammy.

Me compré una cadena y fui a la terminal de autobuses, donde había una máquina que grababa letras en discos de metal… con una estrella en el centro. Escribí LUCHA y me lo puse de colgante.

Fue a finales de junio, en 1943, cuando Sammy y Jake nos metieron en el tinglado a Hope y a mí. Estaban hablando con Ben Padilla y al principio nos dijeron que nos largáramos. Cuando Ben se fue, Sammy nos llamó desde el porche.

—Sentaos, queremos que estéis en el ajo.

Sesenta cartones. Arriba, en cada cartón, había una imagen a color de un joyero musical y un sello rojo que decía NO ABRIR. Al rasgar la pestaña aparecía uno de los nombres del cartón. Treinta nombres de tres letras con una línea al lado. AMY, MAE, JOE, BEA, etcétera.

—Cuesta cinco centavos la apuesta. Al lado del nombre escribes el de la persona que lo compra. Cuando están todos vendidos, abrimos el sello. La persona que escogió ese nombre gana el joyero.

—¡Joyeros a mansalva! —dijo Jake con una risita.

—Cállate, Jake. Consigo estos cartones de Chicago. Con cada uno se saca un pavo y medio. Mando un dólar por cartón y me envían los joyeros. ¿Lo pilláis?

—Sí —dijo Hope—. ¿Y?

—Pues vosotras os lleváis un cuarto de dólar por cada cartón vendido, y nosotros nos llevamos otro cuarto. O sea que iremos a medias.

—No podrán vender todos esos cartones —dijo Jake.

—Claro que podemos —contesté. Detestaba a Jake. Gamberro adolescente.

—Claro que pueden —dijo Sammy. Le dio los cartones a Hope—. Lucha queda a cargo del dinero. Son las once y media. Poneos en marcha, os cronometraremos.

—¡Buena suerte! —nos gritaron. Se empujaban uno a otro en la hierba, riéndose.

—Se ríen de nosotras, ¡creen que no lo conseguiremos!

Llamamos a la primera puerta… Abrió una señora y se puso las gafas. Compró el primer nombre. ABE. Escribió su nombre y dirección al lado, nos dio cinco centavos y nos regaló su lápiz. Primores, nos llamó.

Fuimos casa por casa siguiendo la acera de Upson Drive. Cuando llegamos al parque, habíamos vendido veinte nombres. Nos sentamos en el muro del jardín de los cactus, sin aliento, triunfales.

A la gente le parecíamos adorables. Las dos éramos muy pequeñas para nuestra edad. Siete años. Si abría una mujer, hablaba yo. Mi pelo rubio y rizado abultaba el doble que mi cabeza, parecía un rastrojo rodante amarillo.

—¡Algodón de azúcar dorado!

Estaba mellada y sonreía sacando la punta de la lengua, como si fuera tímida. Las señoras me daban palmaditas y se agachaban para oírme.

—¿Cómo dices, cielo? ¡Vaya, me encantaría!

Si era un hombre, le tocaba a Hope.

—Cinco centavos…, elija un nombre —decía arrastrando las palabras, y les entregaba el cartón y el lápiz antes de que pudieran cerrar la puerta. A los hombres les gustaba su temple y le pellizcaban las mejillas morenas y huesudas. Ella los miraba con sus ojos centelleantes a través del tupido velo de pelo negro.

Ahora solo nos preocupaba el tiempo. Resultaba difícil saber si había alguien en casa. Llamábamos al timbre, esperábamos. Lo peor llegaba cuando éramos las únicas visitas «desde hacía una eternidad». Eran todos muy viejos. La mayoría debieron de morir pocos años después.

Además de los que se sentían solos y de los que se enternecían al vernos, había algunos —dos aquel día— que realmente creían que el azar llamaba a su puerta ofreciéndoles una oportunidad, una elección. Se tomaban su tiempo, pero no nos importaba… Esperábamos también con emoción contenida, mientras hablaban consigo mismos. ¿Tom? Condenado Tom. Sal. Mi hermana me llamaba Sal. Tom. Sí, me quedo con Tom. ¿Y si gana?

Ni siquiera cruzamos a la acera de enfrente. Vendimos el resto en los apartamentos del otro lado del parque.

La una. Hope le entregó el cartón a Sammy, yo vacié el dinero sobre su pecho.

—¡Dios! —dijo Jake.

Sammy nos dio un beso. Estábamos radiantes, sonriendo en el césped.

—¿Quién ha ganado?

Sammy se incorporó. Tenía las rodilleras de los Levi’s verdes y mojadas, los codos teñidos de hierba.

—¿Qué pone? —Hope no sabía leer. Había suspendido el primer curso.

ZOE.

—¿Quién? —nos miramos—. ¿Cuál era ese?

—Es el último del cartón.

—Oh.

El hombre del ungüento en las manos. Psoriasis. Fue una desilusión, había dos personas encantadoras que nos hubiera gustado que ganaran.

Sammy dijo que podíamos quedarnos los cartones y el dinero hasta rifarlos todos. Saltamos la cerca y nos los llevamos al porche. Encontré una vieja panera donde guardarlos.

Cogimos tres cartones y salimos por el callejón de atrás. No queríamos que Sammy y Jake pensaran que estábamos demasiado ansiosas. Cruzamos la calle y corrimos de casa en casa, llamando a las puertas del otro lado de Upson hasta el final. Luego seguimos por una de las aceras de Mundy hasta el colmado Sunshine.

Habíamos vendido dos cartones enteros… Nos sentamos en el bordillo a tomar una gaseosa de uva. El señor Haddad nos metía las botellas en el congelador, así que salía granizada… como un polo derretido. Los autobuses tenían que hacer un giro cerrado en la esquina, pasándonos muy cerca, y tocaban el claxon. A nuestras espaldas el polvo y el humo se levantaban alrededor de la sierra del Cristo Rey, espuma amarilla en el atardecer de Texas.

Yo leía los nombres en voz alta, una y otra vez. Poníamos una X al lado de nuestros favoritos, una O al lado de los que nos caían mal.

El soldado descalzo. «¡Necesito un joyero musical!» La señora Tapia. «¡Bueno, pasad! ¡Cómo me alegro de veros!» Una chica de dieciséis años, recién casada, que nos enseñó cómo había pintado la cocina de rosa, ella sola. El señor Raleigh, que nos dio miedo. Mandó callar a dos dogos, a Hope la llamó «bomboncito».

—Oye… Podríamos vender mil nombres cada día si tuviéramos unos patines.

—Sí, necesitamos unos patines.

—¿Sabes cuál es el problema?

—¿Cuál?

—Siempre decimos: «¿Quiere elegir un nombre para la rifa?». Deberíamos decir «nombres».

—¿Y qué tal «quiere todo el cartón»?

Nos reímos, contentas, sentadas en el bordillo.

—Vamos a vender el último.

Doblamos la esquina, la calle por debajo de Mundy Drive. Era oscura, tupida de eucaliptos, higueras y granados, jardines mexicanos, helechos, adelfas y cinias. Las viejecitas no hablaban inglés. «No, gracias»,[1] y cerraban la puerta.

El cura de la parroquia de la Sagrada Familia compró dos nombres. JOE y FAN.

Después había una manzana llena de mujeres alemanas, con las manos embadurnadas de harina. Cerraban de un portazo. ¡Tsch!

—Vámonos a casa… Aquí no hay nada que hacer.

—No, subiendo por el Colegio Vilas hay muchos soldados.

Hope tenía razón. Los hombres estaban fuera, en pantalones militares y camiseta, regando la grama amarillenta y bebiendo cerveza. Le tocó a ella. Su pelo caía ahora en hebras lacias sobre la tez siria aceitunada, como una cortina de abalorios negros.

Un hombre nos dio un cuarto de dólar y su mujer lo llamó antes de que le devolviéramos el cambio.

—¡Dadme cinco! —nos gritó a través de la puerta mosquitera.

Empecé a escribir su nombre.

—No —dijo Hope—. Podemos venderlos otra vez.

Sammy rasgó los sellos.

La señora Tapia ganó con SUE, el nombre de su hija. Le habíamos puesto una X, era majísima. La señora Overland ganó el siguiente. Ninguna de las dos recordábamos quién era. El tercer ganador fue un hombre que compró LOU, cuando en realidad quien merecía el premio era el soldado que nos había dado el cuarto de dólar.

—Deberíamos dárselo al soldado —dije.

Hope se levantó el flequillo para mirarme, casi sonriendo…

—Vale.

Salté la cerca que daba a nuestro patio. Mamie estaba regando. Mi madre había ido a jugar al bridge, mi cena estaba en el horno. Con el boletín informativo de H. V. Kaltenborn a todo volumen dentro de la casa, tuve que leerle los labios a Mamie. No es que el abuelo estuviera sordo, era solo que le gustaba ponerlo muy alto.

—¿Puedo regar yo, Mamie? —no, gracias.

Golpeé la puerta de la entrada y el vidrio esmerilado reverberó contra la pared.

—¡Ven aquí ahora mismo! —gritó el abuelo para hacerse oír con el estruendo de la radio. Sorprendida, entré a toda prisa, sonriendo, y fui a sentarme en sus rodillas, pero me ahuyentó con un periódico lleno de recortes—. ¿Has estado con esos sucios árabes?

—Sirios —dije. Su cenicero resplandecía con una luz rojiza como el vidrio esmerilado de la puerta.

Aquella noche… Fibber McGee y Amos y Andy en la radio. No sé por qué le gustaban tanto. Siempre decía que odiaba a la gente de color.

Mamie y yo nos sentamos a leer la Biblia en el comedor. Todavía estábamos con los Proverbios.

—«Vale más reprender con franqueza que amar en secreto.»

—¿Por qué?

—No le des más vueltas.

Cuando me dormí, me acostó en la cama.

Me desperté cuando volvió mi madre… Me quedé despierta a su lado mientras ella comía palitos de queso y leía una novela de misterio. Años después, calculé que solo durante la Segunda Guerra Mundial mi madre se comió más de novecientas cincuenta cajas de palitos de queso.

Quería hablar con ella, contarle cosas de la señora Tapia, del tipo de los perros, que íbamos a medias con Sammy. Recosté la cabeza en su hombro, cubierto de migas, y me quedé dormida.

Al día siguiente, Hope y yo fuimos primero a los apartamentos de Yandell Avenue. Mujeres de soldados jóvenes con los rulos puestos, albornoces de felpilla, enfadadas porque las habíamos despertado. Ninguna quiso comprar.

—No, nena, no tengo cinco centavos.

Fuimos en autobús hasta la plaza, hicimos trasbordo a Kern Place. Un barrio de ricos…, paisajismo, campanillas en las puertas. Fue aún mejor que con las viejecitas. Amantes de las causas benéficas, bronceado, bermudas, pintalabios y melenas a lo paje estilo June Allyson. No creo que hubieran visto nunca niñas como nosotras, niñas vestidas con las blusas de gasa de sus madres.

Niñas con un pelo como el nuestro. Mientras que a Hope se le derramaba por la cara negro y espeso como la pez, a mí me crecía encrespado y rubio como una pelota de playa acolchada, chisporroteando al sol.

Siempre se reían al enterarse de lo que vendíamos, iban a buscar algo de «cambio». Escuchamos a una de ellas decirle a su marido: «Sal a verlas. ¡Auténticas pícaras!». El hombre salió, y fue el único que nos compró. Las mujeres simplemente nos daban dinero. Sus hijos nos miraban con curiosidad, pálidos, desde los columpios.

—Anda, vamos a la terminal.

Solíamos ir allí ya antes de las rifas… a deambular y a ver a todo el mundo besándose y llorando, a recoger las monedas caídas que se colaban debajo del puesto de los periódicos. En cuanto entramos por la puerta empezamos a darnos codazos y a reírnos. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? Millones de personas con centavos sueltos y nada que hacer salvo esperar. Millones de soldados y marineros que tenían una novia o una esposa o un crío con un nombre de tres letras.

Nos hicimos un horario. Por las mañanas íbamos a la estación de trenes. Marineros tumbados en los bancos de madera, los gorros doblados sobre los ojos, como paréntesis.

—¿Eh? ¡Ah, buenos días, preciosas! Cómo no.

Viejos sentados matando el rato. Pagaban cinco centavos para hablar de la otra guerra, de algún difunto con un nombre de tres letras.

Entramos en la sala de espera para la gente DE COLOR, vendimos tres nombres antes de que un revisor blanco nos sacara agarrándonos del brazo. Pasábamos las tardes en la Organización de Servicios Unidos al otro lado de la calle. Los soldados nos daban almuerzos gratis, bocadillos rancios de jamón y queso envueltos en papel encerado, Coca-Cola, chocolatinas Milky Way. Jugábamos al ping-pong y a las máquinas del millón mientras los soldados rellenaban los cartones. Una vez ganamos veinticinco centavos cada una contando con un aparatito cuántos hombres de servicio entraban mientras la mujer que se ocupaba de eso iba a algún sitio con un marinero.

Llegaban nuevos soldados y marineros en cada tren. Los que ya estaban allí les decían que participaran en nuestra rifa. A mí me llamaban Cielo, y a Hope, Infierno.

Al principio el plan era quedarnos los sesenta cartones hasta venderlos todos, pero íbamos reuniendo más y más dinero y un montón de propinas y ni siquiera podíamos contarlo.

Además, nos moríamos de ganas por saber quién había ganado, aunque solo nos faltaban diez cartones. Recogimos las tres cajas de puros con el dinero y los cartones y se las llevamos a Sammy.

—¿Setenta dólares? —madre mía. Los dos se sentaron de golpe en la hierba—. Mocosas chifladas. Lo han conseguido.

Nos besaron y nos abrazaron. Jake se revolcaba de la risa, agarrándose la tripa, aullando.

—Dios…, Sammy, ¡eres un genio, un cerebro!

Sammy nos abrazó.

—Sabía que podíais hacerlo.

Hojeó todos los cartones, pasándose la mano por el pelo, largo y tan negro que siempre parecía mojado. Se reía al leer los nombres que habían ganado. Soldado raso Octavius Oliver, Fort Sill, Oklahoma.

—Eh, ¿dónde encontráis a estos tipos?

Samuel Henry Throper, Cualquier parte, EE. UU. Era un viejo de la zona DE COLOR que dijo que, si ganaba, nos podíamos quedar el joyero musical.

Jake fue al colmado Sunshine y nos compró unos helados de plátano. Sammy nos preguntaba por todos los nombres, cómo lo habíamos hecho. Le hablamos de Kern Place y las preciosas amas de casa con vestidos camiseros de batista, de la Organización de Servicios Unidos, de las máquinas del millón, del sátiro con los dogos.

Nos dio diecisiete dólares…, más de lo que nos tocaba al ir a medias. Ni siquiera cogimos un autobús, fuimos corriendo al centro hasta Penney’s. Lejos. Nos compramos patines y llaves para ajustarlos, pulseras de la suerte en Kress y una bolsa de pistachos rojos salados. Nos sentamos en la plaza cerca de los caimanes… Soldados, mexicanos. Borrachines.

Hope miró alrededor.

—Podríamos vender aquí.

—No, aquí nadie tiene dinero.

—¡Salvo nosotras!

—El problema será entregar los joyeros musicales.

—No, porque ahora tenemos patines.

—Mañana aprenderemos a patinar… Oye, hasta podemos bajar patinando por el viaducto y ver la escoria de la fundición.

—Si la gente no está en casa, podemos abrir la puerta mosquitera y dejarlos dentro.

—Los vestíbulos de los hoteles serían un buen sitio para vender.

Compramos té helado chorreante y zarzaparrilla con una bola de helado para llevar. Así se nos acabó el dinero. No nos tomamos nada hasta llegar al solar baldío al principio de Upson Drive.

El solar estaba al final de una cuesta tapiada, a una buena altura de la acera, abandonado y lleno de unas enredaderas desmadradas con flores violetas. Entre las plantas, por toda la parcela había vidrios rotos que el sol teñía de diferentes tonos de morado. A esa hora del día, al atardecer, los rayos caían oblicuos en el solar y la luz parecía venir desde abajo, desde el interior de las flores, de los cristales de amatista.

Sammy y Jake estaban lavando un coche. Un cacharro azul sin techo ni puertas. Echamos a correr desde la esquina, con los patines traqueteando dentro de las cajas.

—¿De quién es?

—Nuestro, ¿queréis dar una vuelta?

—¿De dónde lo habéis sacado?

Estaban lavando las llantas.

—De un tipo que conocemos —dijo Jake—. ¿Queréis dar una vuelta?

—¡Sammy!

Hope estaba de pie en el asiento. Parecía que se hubiera vuelto loca. Yo aún no lo entendía.

—¡Sammy! ¿De dónde habéis sacado el dinero para este coche?

—Bah, de aquí y de allá… —Sammy le sonrió, bebió de la manguera y se limpió la barbilla con la camisa.

—¿De dónde habéis sacado el dinero?

Hope parecía una de las viejas brujas de antaño, pálida y amarillenta.

—¡Tramposo hijo de puta! —chilló.

Entonces comprendí. La seguí al otro lado de la cerca hasta el porche.

—¡Lucha! —gritó Sammy, mi primer ídolo, pero me quedé con Hope, arrodillada junto a la panera.

Me pasó el fajo de los cartones rifados.

—Cuéntalos.

Tardé un buen rato.

Más de quinientas personas. Leímos los nombres que habíamos marcado con una X esperando que ganaran.

—Podríamos comprar joyeros musicales para algunos…

Hope me miró con desdén.

—¿Con qué dinero? De todos modos no existen, ¿alguna vez habías oído hablar de joyeros musicales?

Abrió la panera y sacó los diez cartones que quedaban por vender. Estaba ida, arrastrándose por el porche polvoriento como un pollo moribundo.

—¿Qué haces, Hope?

Jadeante, se agazapó en la madreselva que crecía hacia el patio. Sostuvo los cartones en alto, como el abanico de una reina demente.

—Ahora son míos. Si quieres, puedes venir. Iremos a medias. O puedes quedarte. Si vienes, significará que eres mi socia y no volverás a dirigirle la palabra a Sammy en tu vida, o te mataré con un cuchillo.

Se marchó. Me estiré en la tierra húmeda. Estaba cansada. Solo quería seguir ahí tumbada, para siempre, y no hacer nada nunca más.

Me quedé allí un buen rato y luego trepé la cerca de madera que daba al callejón. Hope estaba sentada en la acera en la esquina, su pelo como un balde negro sobre la cabeza. Inclinada, como una Pietà.

—Vamos —dije.

Subimos la cuesta hacia Prospect Street. Anochecía… Todas las familias estaban fuera regando el césped, hablando en murmullos desde las mecedoras del porche que chirriaban tan rítmicamente como las cigarras.

La sonrisa maldita de Lucia Berlin | Cultura | EL PAÍS

La mujer regalada de Julio y Edmundo de Gouncourt

Atacaban Constantinopla los ingleses y fracasaron en su empeño gracias a los consejos del general Sabastiani. Agradecido, el sultán Salim le dijo:

—Pídeme cuanto quieras y te lo concederé.

—Ruego a su alteza que me deje ver el harén.

—Está bien, lo verás.

Luego de haberlo visitado, le preguntó el sultán.

—¿Te agradó alguna de las mujeres que viste?

—Sí —respondió el general y señaló a una de ellas.

—Está bien —dijo nuevamente el sultán.

Y en la noche, el general Sebastiani recibió en un plato maravillosamente cincelado la cabeza de la mujer que lo cautivara, con este mensaje.

“En mi calidad de musulmán, no podía ofrecerte a ti, cristiano, una mujer de mi religión. Pero puedes estar seguro de que ésta, en la que demoraste tus miradas, ya no pertenecerá a nadie en la tierra”.

Constantinopla, la nueva Roma

 

En Gamud de Antonio Fernández Molina

En Gamud, cuando se da una fiesta en honor de la hija de la casa, la madre se escapa con el invitado más viejo y repulsivo. Aunque es una costumbre admitida que nadie trata de impedir, lo hace de una manera secreta o simulando cualquier pretexto.
La hija, en cuanto nota la falta de la madre, pregunta afectando un aire de inocencia:
-¿Dónde está mamá?
A esta pregunta, que repite varias veces, invariablemente le contestan:
-¿Tu mamá? Está haciendo el amor.
El que así habla recibe un beso de la joven y él le entrega una moneda.
Algunas muchachas consiguen besar de una manera turbadora y si son previsoras y hermosas llegan a reunir una fortuna.

Cómo limpiar monedas para su conservación

Texto tomado de Fb

 

El pozo de Luis Mateo Diez

El pozo

Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años. Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa. Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse. En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior. «Este es un mundo como otro cualquiera», decía el mensaje.

Luis Mateo Díez, en Albanito, amigo mío y otros relatos. Incluido en Antología del microrrelato español (1906-2011).

Ciencias de la Tierra y M.Ambientales: Pozo artesiano

Bernardino de Ana María Matute

Siempre oímos decir en casa, al abuelo y a todas las personas mayores, que Bernardino
era un niño mimado.
Bernardino vivía con sus hermanas mayores, Engracia, Felicidad y Herminia, en “Los
Lúpulos”, una casa grande, rodeada de tierras de labranza y de un hermoso jardín, con
árboles viejos agrupados formando un diminuto bosque, en la parte lindante con el río.
La finca se hallaba en las afueras del pueblo y, como nuestra casa, cerca de los grandes
bosques comunales.
Alguna vez, el abuelo nos llevaba a “Los Lúpulos”, en la pequeña tartana, y, aunque el
camino era bonito por la carretera antigua, entre castaños y álamos, bordeando el río,
las tardes en aquella casa no nos atraían. Las hermanas de Bernardino eran unas
mujeres altas, fuertes y muy morenas. Vestían a la moda antigua -habíamos visto
mujeres vestidas como ellas en el álbum de fotografías del abuelo- y se peinaban con
moños levantados, como roscas de azúcar, en lo alto de la cabeza. Nos parecía extraño
que un niño de nuestra edad tuviera hermanas que parecían tías, por lo menos. El
abuelo nos dijo:
-Es que la madre de Bernardino no es la misma madre de sus hermanas. Él nació del
segundo matrimonio de su padre, muchos años después.
Esto nos armó aún más confusión. Bernardino, para nosotros, seguía siendo un ser
extraño, distinto. Las tardes que nos llevaban a “Los Lúpulos” nos vestían
incómodamente, casi como en la ciudad, y debíamos jugar a juegos necios y pesados,
que no nos divertían en absoluto. Se nos prohibía bajar al río, descalzarnos y subir a los
árboles. Todo esto parecía tener una sola explicación para nosotros:
-Bernardino es un niño mimado -nos decíamos. Y no comentábamos nada más.
Bernardino era muy delgado, con la cabeza redonda y rubia. Iba peinado con un
flequillo ralo, sobre sus ojos de color pardo, fijos y huecos, como si fueran de cristal. A
pesar de vivir en el campo, estaba pálido, y también vestía de un modo un tanto
insólito. Era muy callado, y casi siempre tenía un aire entre asombrado y receloso, que
resultaba molesto. Acabábamos jugando por nuestra cuenta y prescindiendo de él, a
pesar de comprender que eso era bastante incorrecto. Si alguna vez nos lo reprochó el
abuelo, mi hermano mayor decía:
-Ese chico mimado… No se puede contar con él.
Verdaderamente no creo que entonces supiéramos bien lo que quería decir estar
mimado. En todo caso, no nos atraía, pensando en la vida que llevaba Bernardino.
Jamás salía de “Los Lúpulos” como no fuera acompañado de sus hermanas. Acudía a la
misa o paseaba con ellas por el campo, siempre muy seriecito y apacible.
Los chicos del pueblo y los de las minas lo tenían atravesado. Un día, Mariano
Alborada, el hijo de un capataz, que pescaba con nosotros en el río a las horas de la
siesta, nos dijo:
-A ese Bernardino le vamos a armar una.
-¿Qué cosa? -dijo mi hermano, que era el que mejor entendía el lenguaje de los chicos
del pueblo.
-Ya veremos -dijo Mariano, sonriendo despacito-. Algo bueno se nos presentará un día,
digo yo. Se la vamos a armar. Están ya en eso Lucas, Amador, Gracianín y el Buque…
¿Queréis vosotros?
Mi hermano se puso colorado hasta las orejas.
-No sé -dijo-. ¿Qué va a ser?
-Lo que se presente -contestó Mariano, mientras sacudía el agua de sus alpargatas,
golpeándolas contra la roca-. Se presentará, ya veréis.
Sí: se presentó. Claro que a nosotros nos cogió desprevenidos, y la verdad es que
fuimos bastante cobardes cuando llegó la ocasión. Nosotros no odiábamos a
Bernardino, pero no queríamos perder la amistad con los de la aldea, entre otras cosas
porque hubieran hecho llegar a oídos del abuelo andanzas que no deseábamos que
conociera. Por otra parte, las escapadas con los de la aldea eran una de las cosas más
atractivas de la vida en las montañas.
Bernardino tenía un perro que se llamaba “Chu”. El perro debía de querer mucho a
Bernardino, porque siempre le seguía saltando y moviendo su rabito blanco. El nombre
de “Chu” venía probablemente de Chucho, pues el abuelo decía que era un perro sin
raza y que maldita la gracia que tenía. Sin embargo, nosotros le encontrábamos mil,
por lo inteligente y simpático que era. Seguía nuestros juegos con mucho tacto y se
hacía querer en seguida.
-Ese Bernardino es un pez -decía mi hermano-. No le da a “Chu” ni una palmada en la
cabeza. ¡No sé cómo “Chu” le quiere tanto! Ojalá que “Chu” fuera mío…
A “Chu” le adorábamos todos, y confieso que alguna vez, con mala intención, al salir de
“Los Lúpulos” intentábamos atraerlo con pedazos de pastel o terrones de azúcar, por
ver si se venía con nosotros. Pero no: en el último momento “Chu” nos dejaba con un
palmo de narices y se volvía saltando hacia su inexpresivo amigo, que le esperaba
quieto, mirándonos con sus redondos ojos de vidrio amarillo.
-Ese pavo… -decía mi hermano pequeño-. Vaya un pavo ese…
Y, la verdad, a qué negarlo, nos roía la envidia.
Una tarde en que mi abuelo nos llevó a “Los Lúpulos” encontramos a Bernardino
raramente inquieto.
-No encuentro a “Chu” -nos dijo-. Se ha perdido, o alguien me lo ha quitado. En toda la
mañana y en toda la tarde que no lo encuentro…
-¿Lo saben tus hermanas? -le preguntamos.
-No -dijo Bernardino-. No quiero que se enteren…
Al decir esto último se puso algo colorado. Mi hermano pareció sentirlo mucho más
que él.
-Vamos a buscarlo -le dijo-. Vente con nosotros, y ya verás como lo encontraremos.
-¿A dónde? -dijo Bernardino-. Ya he recorrido toda la finca…
-Pues afuera -contestó mi hermano-. Vente por el otro lado del muro y bajaremos al
río… Luego, podemos ir hacia el bosque. En fin, buscarlo. ¡En alguna parte estará!
Bernardino dudó un momento. Le estaba terminantemente prohibido atravesar el
muro que cercaba “Los Lúpulos”, y nunca lo hacía. Sin embargo, movió
afirmativamente la cabeza.
Nos escapamos por el lado de la chopera, donde el muro era más bajo. A Bernardino le
costó saltarlo, y tuvimos que ayudarle, lo que me pareció que le humillaba un poco,
porque era muy orgulloso.
Recorrimos el borde del terraplén y luego bajamos al río. Todo el rato íbamos llamando
a “Chu”, y Bernardino nos seguía, silbando de cuando en cuando. Pero no lo
encontramos.
Íbamos ya a regresar, desolados y silenciosos, cuando nos llamó una voz, desde el
caminillo del bosque:
-¡Eh, tropa!…
Levantamos la cabeza y vimos a Mariano Alborada. Detrás de él estaban Buque y
Gracianín. Todos llevaban juncos en la mano y sonreían de aquel modo suyo, tan
especial. Ellos sólo sonreían cuando pensaban algo malo.
Mi hermano dijo:
-¿Habéis visto a “Chu”?
Mariano asintió con la cabeza:
-Sí, lo hemos visto. ¿Queréis venir?
-Bernardino avanzó, esta vez delante de nosotros. Era extraño: de pronto parecía
haber perdido su timidez.
-¿Dónde está “Chu”? -dijo. Su voz sonó clara y firme.
Mariano y los otros echaron a correr, con un trotecillo menudo, por el camino.
Nosotros les seguimos, también corriendo. Primero que ninguno iba Bernardino.
Efectivamente: ellos tenían a “Chu”. Ya a la entrada del bosque vimos el humo de una
fogata, y el corazón nos empezó a latir muy fuerte. Habían atado a “Chu” por las patas
traseras y le habían arrollado una cuerda al cuello, con un nudo corredizo. Un
escalofrío nos recorrió: ya sabíamos lo que hacían los de la aldea con los perros
sarnosos y vagabundos. Bernardino se paró en seco, y “Chu” empezó a aullar,
tristemente. Pero sus aullidos no llegaban a “Los Lúpulos”. Habían elegido un buen
lugar.
-Ahí tienes a “Chu”, Bernardino -dijo Mariano-. Le vamos a dar de veras.
Bernardino seguía quieto, como de piedra. Mi hermano, entonces, avanzó hacia
Mariano.
-¡Suelta al perro! -le dijo-. ¡Lo sueltas o…!
-Tú, quieto -dijo Mariano, con el junco levantado como un látigo-. A vosotros no os da
vela nadie en esto… ¡Como digáis una palabra voy a contarle a vuestro abuelo lo del
huerto de Manuel el Negro!
Mi hermano retrocedió, encarnado. También yo noté un gran sofoco, pero me mordí
los labios. Mi hermano pequeño empezó a roerse las uñas.
-Si nos das algo que nos guste -dijo Mariano- te devolvemos a “Chu”.
-¿Qué queréis? -dijo Bernardino. Estaba plantado delante, con la cabeza levantada,
como sin miedo. Le miramos extrañados. No había temor en su voz.
Mariano y Buque se miraron con malicia.
-Dineros -dijo Buque.
Bernardino contestó:
– No tengo dinero.
Mariano cuchicheó con sus amigos, y se volvió a él:
-Bueno, pos cosa que lo valga…
Bernardino estuvo un momento pensativo. Luego se desabrochó la blusa y se
desprendió la medalla de oro. Se la dio.
De momento, Mariano y los otros se quedaron como sorprendidos. Le quitaron la
medalla y la examinaron.
-¡Esto no! -dijo Mariano-. Luego nos la encuentran y… ¡Eres tú un mal bicho! ¿Sabes?
¡Un mal bicho!
De pronto, les vimos furiosos. Sí; se pusieron furiosos y seguían cuchicheando. Yo veía
la vena que se le hinchaba en la frente a Mariano Alborada, como cuando su padre le
apaleaba por algo.
-No queremos tus dineros -dijo Mariano-. Guárdate tu dinero y todo lo tuyo… ¡Ni eres
hombre ni… ná!
Bernardino seguía quieto. Mariano le tiró la medalla a la cara. Le miraba con ojos fijos
y brillantes, llenos de cólera. Al fin, dijo:
-Si te dejas dar de veras tú, en vez del chucho…
Todos miramos a Bernardino, asustados.
-No… -dijo mi hermano.
Pero Mariano gritó:
-¡Vosotros a callar, o lo vais a sentir…! ¡Qué os va en esto? ¿Qué os va…?
Fuimos cobardes y nos apiñamos los tres juntos a un roble. Sentí un sudor frío en las
palmas de las manos. Pero Bernardino no cambió de cara. (“Ese pez…”, que decía mi
hermano). Contestó:
-Está bien. Dadme de veras.
Mariano le miró de reojo, y por un momento nos pareció asustado. Pero en seguida
dijo:
-¡Hala, Buque…!
Se le tiraron encima y le quitaron la blusa. La carne de Bernardino era pálida,
amarillenta, y se le marcaban mucho las costillas. Se dejó hacer, quieto y flemático.
Buque le sujetó las manos a la espalda, y Mariano dijo:
-Empieza tú, Gracianín…
Gracianín tiró el junco al suelo y echó a correr, lo que enfureció más a Mariano.
Rabioso, levantó el junco y dio de veras a Bernardino, hasta que se cansó.
A cada golpe mis hermanos y yo sentimos una vergüenza mayor. Oíamos los aullidos
de “Chu” y veíamos sus ojos, redondos como ciruelas, llenos de un fuego dulce y
dolorido que nos hacía mucho daño. Bernardino, en cambio, cosa extraña, parecía no
sentir el menor dolor. Seguía quieto, zarandeado solamente por los golpes, con su
media sonrisa fija y bien educada en la cara. También sus ojos seguían impávidos,
indiferentes. (“Ese pez”, “Ese pavo”, sonaba en mis oídos).
Cuando brotó la primera gota de sangre Mariano se quedó con el mimbre levantado.
Luego vimos que se ponía muy pálido. Buque soltó las manos de Bernardino, que no le
ofrecía ninguna resistencia, y se lanzó cuesta abajo, como un rayo.
Mariano miró de frente a Bernardino.
-Puerco -le dijo-. Puerco.
Tiró el junco con rabia y se alejó, más aprisa de lo que hubiera deseado.
Bernardino se acercó a “Chu”. A pesar de las marcas del junco, que se inflamaban en
su espalda, sus brazos y su pecho, parecía inmune, tranquilo, y altivo, como siempre.
Lentamente desató a “Chu”, que se lanzó a lamerle la cara, con aullidos que partían el
alma. Luego, Bernardino nos miró. No olvidaré nunca la transparencia hueca fija en sus
ojos de color de miel. Se alejó despacio por el caminillo, seguido de los saltos y los
aullidos entusiastas de “Chu”. Ni siquiera recogió su medalla. Se iba sosegado y
tranquilo, como siempre.
Sólo cuando desapareció nos atrevimos a decir algo. Mi hermano recogió del suelo la
medalla, que brillaba contra la tierra.
-Vamos a devolvérsela -dijo.
Y aunque deseábamos retardar el momento de verle de nuevo, volvimos a “Los
Lúpulos”. Estábamos ya llegando al muro, cuando un ruido nos paró en seco. Mi
hermano mayor avanzó hacia los mimbres verdes del río. Le seguimos, procurando no
hacer ruido.
Echado boca abajo, medio oculto entre los mimbres, Bernardino lloraba
desesperadamente, abrazado a su perro.

Mar, un cuento de Ana María Matute - Zenda

Ratones de Lydia Davis

 

Hay ratones que viven en nuestras paredes pero nunca entran a nuestra cocina. Estamos contentos pero no podemos entender por qué no vienen a nuestra cocina donde tenemos trampas puestas, y sí van a las cocinas de nuestros vecinos. Aunque estamos contentos, también estamos un poco tristes, porque los ratones se comportan como si hubiera algo malo con nuestra cocina. Lo que hace esto todavía más misterioso es que nuestra casa es mucho menos ordenada que las casas de nuestros vecinos. Hay más restos de comida en nuestra cocina, más migajas en la barra y restos sucios de cebolla pateados por debajo de la alacena. De hecho, hay tanta comida suelta en la cocina que solo se me ocurre pensar que los ratones mismos se sienten intimidados por ella. En una cocina limpia, es un reto para los ratones encontrar suficiente comida noche tras noche para sobrevivir hasta la primavera. Pacientemente cazan y mordisquean hora tras hora hasta quedar satisfechos. Pero en nuestra cocina se encuentran frente a algo tan fuera de su experiencia habitual que no pueden contra ello. Pueden aventurarse y dar algunos pasos, pero al enfrentarse a los abrumadores monumentos y olores, vuelven resignado a sus hoyos, incómodos y apenados de no poder husmear como deberían…
▷ ¿Por qué aparecen las Ratas y Ratones en la Casa?

La coma, ese dolor de cabeza

El uso de la coma | De Boca en Boca

Debo de confesar que mis dolores de cabeza empiezan y nunca terminan. He finalizado cuentos, narraciones  que cobijo y corrijo: alguna palabra o  tengo dudas en la puntuación y es la humilde coma la que me saca las canas verdes, que ya se pusieron blancas. Encontré en la red este texto y como es seguro que muchos padezcamos del mismo mal,  lo tomo y lo comparto. Por supuesto dando el crédito: https://parles.upf.edu/llocs/cr/casacd/coma5cs.htm#l

  • Errores más frecuentes

En muchas ocasiones la coma aparece donde no tendría que aparecer y el uso de la coma es excesivo. Los errores por exceso son los siguientes:

a) Coma entre sujeto y verbo
b) Coma entre verbo y complementos
c) Coordinación de elementos en una enumeración
d) Elisiones verbales
e) Cambios de orden
f) Oraciones subordinadas adverbiales
g) Ausencia de coma antes de los nexos adversativos y consecutivos
h) Vocativos
i) Cláusulas adjetivas explicativas
j) Aposiciones
k) Construcciones absolutas
l) Conectores
m) Adverbios que complementan a todo un enunciado
n) La coma después de luego
o) La coma después del adverbio mientras
p) La coma y como
q) La abreviatura etc.

Tornar adalt

a) Coma entre sujeto y verbo. No es posible colocar una coma entre el sujeto y el predicado, a menos que se introduzca un inciso. En este caso, son necesarias dos comas: una para abrir el inciso y otra para cerrarlo (RAE, 1999:5.2.12). Es incorrecta, por tanto, la puntuación del siguiente ejemplo:

*La intervención de los países extranjeros en otros míseros, se debe a los cuantiosos intereses de una zona.

Sin embargo, el siguiente ejemplo es correcto:

Aznar, y no Matutes, viajará a Argentina.

Tornar adalt

b) Coma entre verbo y complementos. No hay que colocar coma entre el verbo y uno de sus complementos fuertes (complemento directo, complemento indirecto y complemento preposicional, o atributo en el caso de los verbos copulativos). No resulta adecuada una puntuación como la siguiente:

*Esto dificulta, que estas personas que tienen sus raíces natales fuera del territorio español puedan instalarse en nuestro país con libertqad para poder disfrutar de un estado de bienestar, de unas condiciones dignas para poder vivir con un mínimo de garantías.


c) Coordinación de elementos en una enumeración.
 Una de las funciones básicas de la coma es la de separar los elementos individuales de una serie. En los siguientes ejemplos, las comas coordinan componentes que forman parte del mismo conjunto (es decir, se trata de entidades homogéneas). Un error muy común es colocar una coma antes de las conjunciones que unen los dos últimos elementos de la serie ( yenio).

Filósofos, místicos, científicos y artistas han debatido la naturaleza del color.

Sentados sobre almohadones de lino y seda, pueden hacer una pausa para degustar higos secos, jugar una partida de ajedrez o tocar el laúd.

Sin embargo, la coma se puede emplear en lugar de la conjunción cuando la serie es abierta:

Al igual que el texto de la Gesta episcoporum cameracensium que durante siglos fue prolongado, copiado, modificado.

Restricciones a la regla:

La Academia señala que cabe la posibilidad de emplear una coma antes de la conjunción, si la secuencia que sigue tiene un significado (consecutivo, temporal…) diferente al del segmento anterior. Por ejemplo:

Ya en Occidente, el último factor económico, el capitalismo, ha servido de arma a la masonería, y ahora los judíos se han apropiado diestramente de ese arma.
Al poco de regresar a Viena, Gödel sufrió una grave crisis mental. Se recuperó a tiempo para retornar a Princeton en el otoño de 1935; al mes de su llegada sufrió una recaída, y no volvió a impartir enseñanza hasta la primavera de 1937, en Viena.

 

d) Elisiones verbales. Es necesario tener en cuenta que cuando en una secuencia se elimina el verbo (o el verbo y algunos de sus complementos), es preciso emplear una coma en el lugar que ocuparía el elemento si estuviera explícito. Veamos algunos ejemplos:

Primero se desprenden los Países Bajos y el Milanesado; luego, Nápoles.

Kurt Gödel demostró que los sistemas matemáticos son esencialmente incompletos: no se puede demostrar que sea verdadero todo cuanto lo es. Más avanzada su vida, volvió la atención hacia otros problemas; entre ellos, la teoría de la relatividad.

Volver arriba

e) Cambios de orden. Puede ocurrir que algún elemento de la frase aparezca antepuesto (es decir, se haya alterado el orden habitual de los elementos). En estos casos, se separa el elemento desplazado por medio de una coma. Por ejemplo:

*A través de una carta del mismo Federico sabemos que Hildegarda fue pronto invitada a verle a su palacio de Ingelheim.
A través de una carta del mismo Federico, sabemos que Hildegarda fue pronto invitada a verle a su palacio de Ingelheim.

*El retraso en el envío de ayuda a la zona lo justificó el vicepresidente del Gobierno apelando a las limitaciones de Albania y Macedonia para canalizar las aportaciones internacionales.
El retraso en el envío de ayuda a la zona, lo justificó el vicepresidente del Gobierno apelando a las limitaciones de Albania y Macedonia para canalizar las aportaciones internacionales.

Cabe destacar que la puntuación en estos casos es fluctuante. Lo más común es que, si el complemento colocado al principio es largo, el segmento que ha cambiado de orden se separe del resto del enunciado con una coma.

Volver arriba

f) Oraciones subordinadas adverbiales. Las oraciones subordinadas de tiempo, lugar y modo también pueden aparecer al principio de la secuencia. Como se trata de complementos largos y pesados, es necesario delimitarlos por medio de una coma:

*Cuando una caída u otro tipo de fuerza producen una fractura o una luxación de la columna los cuerpos vertebrales que, en condiciones normales, rodean y protegen la médula espinal pueden aplastarla.
Cuando una caída u otro tipo de fuerza producen una fractura o una luxación de la columna, los cuerpos vertebrales que, en condiciones normales, rodean y protegen la médula espinal pueden aplastarla.

*Donde fueron localizados los restos del naufragio los submarinistas encontraron una importante colonia de corales.
Donde fueron localizados los restos del naufragio, los submarinistas encontraron una importante colonia de corales.

Estas subordinadas pueden aparecer intercaladas en el enunciado. En tal caso, requieren aparecer delimitadas por comas:

Se negó a retirar la demanda y, tan pronto como cobró la indemnización, desapareció sin dejar ni rastro.

Las oraciones condicionales, causales, concesivas, finales, adversativas, etc., también pueden ser objeto de un cambio de orden. En tal caso es necesaria una coma para separarlo del resto del enunciado:

Aunque somos conscientes de que es extremadamente difícil mantener con el tiempo la intensidad sexual original, la pérdida o incluso la disminución de la pasión puede ser devastadora para la supervivencia de la pareja.

Volver arriba

g) Ausencia de coma antes de los nexos adversativos y consecutivos. Generalmente estos nexos van precedidos de coma. Veamos unos ejemplos:

*Vida y cultura no deberían ser cosas diferentes pero si llegaran a serlo y hubiera que elegir, uno preferiría quedarse con la cultura.
Vida y cultura no deberían ser cosas diferentes, pero si llegaran a serlo y hubiera que elegir, uno preferiría quedarse con la cultura.

*La Sociedad de las Naciones, de la que Abisinia era miembro desde 1923, impuso sanciones económicas a Italia aunque estados no miembros, como Alemania y EE.UU., no las cumplieron.
La Sociedad de las Naciones, de la que Abisinia era miembro desde 1923, impuso sanciones económicas a Italia, aunque estados no miembros, como Alemania y EE.UU., no las cumplieron.

h) Vocativos. Los vocativos tanto si aparecen al principio o al final, se separan por medio de una coma del resto de la secuencia. En caso de que se inserten en el interior del enunciado, hay que delimitarlos entre dos comas:

No es preciso que te preocupes por nada, Alberto.
José Luis, no es preciso que te preocupes por nada.
No es preciso, Andrés, que te preocupes por nada.


i) Cláusulas adjetivas explicativas. 
A diferencia de las cláusulas adjetivas especificativas, las explicativas se separan de la oración subordinada con una coma.

*Este formulario tiene un solo botón de pulsación que cumple las siguientes funciones: […].
Este formulario tiene un solo botón de pulsación, que cumple las siguientes funciones: […].

La inexistencia de comas entre la subordinada adjetiva y su antecedente (botón) convierte la adjetiva en especificativa; se dice, pues, que hay un solo botón de esa clase, con lo que se sobreentiende que hay otros de otra clase. Pero lo que se quería expresar es que hay un solo botón y que éste tiene determinadas funciones. Se trata, por tanto, de una subordinada explicativa que introduce una cualidad de dicho botón. Es necesario marcarlo con comas.

Volver arriba

j) Aposiciones. La coma toma un alto valor en el caso de las aposiciones; es decir, aquellas que, desde el punto de vista del significado, definen al sujeto o lo complementan:

El presidente del Gobierno, José María Aznar, declaró ayer […].

En este caso la aposición (José María Aznar) equivale a todo el grupo el presidente del Gobierno. Por tanto, estamos hablando de un presidente del Gobierno al que adjudicamos un artículo determinado; y eso implica que tanto el emisor como el receptor saben de qué presidente del Gobierno se trata. En este caso, sabemos que se trata del actual presidente, y que el Gobierno del que hablamos es el español. Y sólo una persona reúne todos esos requisitos: José María Aznar.

Veamos ahora otro ejemplo:

*El jugador del Real Madrid, Davor Suker, viajó ayer a Croacia.

Si bien es cierto que el jugador del Real Madrid equivale a Davor Suker, nótese que, en efecto, estamos hablando de el jugador, no de un jugador. Y de ahí se rompe la lógica de la frase tal como estaba expresada, ya que previamente no teníamos establecido que el jugador del Real Madrid ha de ser necesariamente Davor Suker (al contrario de lo que pasaba con José María Aznar, donde no cabía más opción). Así que es necesario eliminar la aposición:

El jugador del Real Madrid Davor Suker viajó ayer a Croacia.

Sí habría servido, en cambio, la aposición si hubiéramos utilizado el artículo indeterminado:

Un jugador del Real Madrid, Davor Suker, viajó ayer a Croacia.

Porque Davor Suker es, en efecto, un jugador del Real Madrid. No el jugador. Hay más jugadores, y por tanto no podemos establecer el acuerdo tácito de que nos referimos precisamente a él.


k) Construcciones absolutas. 
Estas construcciones son segmentos autónomos desde el punto de vista sintáctico que presentan un participio. Este tipo de construcciones deben delimitarse con comas. Por ejemplo:

Situados los corredores en el punto de partida, puede empezar la competición.
Los trabajadores, vista la situación, decidieron declararse en huelga.

 

l) Conectores. Se producen muchos errores en el uso de los signos de puntuación, ya que los estudiantes raramente los marcan con comas. Se trata de un caso especial que aparezcan siempre separados del resto de la secuencia por medio de una coma; si, por el contrario, están situados en mitad del enunciado, es necesario emplear dos comas.

El que, en efecto, quiere luchar, empieza por creer que el enemigo existe, que es poderoso; por tanto, respetable.

Es un hecho, sin embargo, que los ciudadanos no se sienten obligados, en el sentido moral del término, con la mayoría de las leyes que emanan de los gobiernos democráticos.

m) Adverbios que complementan a todo el enunciado. Como ocurre con los conectores, los adverbios de modo que se emplean para valorar o calificar el contenido global del enunciado deben estar separados del resto de la secuencia por una coma. Se trata de adverbios como desgraciadamenteefectivamentelamentablemente, etc. Obsérvese la diferencia de significado entre las siguientes cláusulas:

Afortunadamente, ha acabado el trabajo. (Creo que es afortunado que haya acabado el trabajo)

Ha acabado el trabajo afortunadamente. (Ha acabado el trabajo con éxito)

Volver arriba

n) La coma después de luego. Es necesario hacer una distinción entre el significado de estos dos enunciados:

He ido sin comer. Luego, volveré hambriento.
He ido sin comer. Luego volveré hambriento.

En el primer caso, luego funciona como conjunción consecutiva (igual que lo haría por tanto). En el segundo, estamos ante un adverbio temporal (equivalente a después) que tiene capacidad para ocupar otro lugar en la oración: Volveré hambriento luego. La coma resulta fundamental para distinguirlos.

o) La coma después del adverbio mientras. Igual que sucede con luego, el adverbio mientras puede tomar valor de conjunción según se ponga o no una coma. Veamos la diferencia entre los siguientes enunciados:

Mientras tú vienes.
Mientras, tú vienes.

La falta de cuidado en ese detalle conduce muchas veces a que el lector no entienda nada, como en estos casos:

*Mientras Jordi Mollà, Nancho Novo y Carlos Fuentes resultan mucho mejor que Juan Diego Botto, que funciona con un registro menos convincente que el resto de sus compañeros del amplio, atractivo y bien conjuntado grupo.

Volver arriba


p) La coma y como. 
Éste es uno de los errores en los que caen los estudiantes, ya que la ausencia o la introducción de coma puede alterar el mensaje.

He venido como me dijiste.
He venido, como me dijiste.


q) La abreviatura etc
Si la enumeración no está cerrada, se suprime la conjunción copulativa y la oración acaba con la abreviatura etc. (precedida de coma) o con puntos suspensivos (no precedidos de coma), recursos que no pueden aparecer nunca simultáneamente.

*Existen diversas razones para odiar a ese individuo: desdén, grosería, malhumor, etc…
Existen diversas razones para odiar a ese individuo: desdén, grosería, malhumor, etc.
Existen diversas razones para odiar a ese individuo: desdén, grosería, malhumor…


ERRORES MÁS FRECUENTES (Continuación) / VÍNCULOS

 

Primero nada, después poco a poco Miriam Cairo

En el bar encuentro a la muchacha rubia con vestido negro y gesto de hoja que se desprende del árbol. Encuentro a la morena alta, de cabellos cortos y dedos largos. Entre las mesas se abren pequeñas calles humeantes y mal iluminadas. Ellas las recorren de tal modo que siempre las pueda ver. Yo evalúo cuestiones de peso e ingravidez. Cuando todos se marchan, me dan de comer frutos fuera de estación y bebemos ron con sabor a pelo de montaña. Las tres usamos las bocas para algo más que pronunciar palabras. La rubia me llena el crepúsculo con pétalos viejos para que yo no sueñe con músicos ni
con boxeadores. Hago todo para que la morena no hable mientras mete sus dedos en mi madrugada.

Mi debilidad por las meseras jóvenes y la escritura en espiral es simétrica e ingobernable.

El Universal - Nación - Los afanes de los solteros

La caricia Patricia Nasello

 

Quizá se debió a un ansia inconsciente de elevarme hasta encontrarte, o a un efecto de la desesperación; el caso es que comencé a volar.

Sostener mi cuerpo en el aire, orientarme según los vientos, descubrir en las alturas un presagio de tormenta fue un aprendizaje arduo, un proceso peligroso que ocupó mi tiempo y dio sentido a mi vida.

En las montañas la vista es maravillosa y el silencio casi perfecto. Los cóndores ya no recelan mi presencia, sin embargo bajo a diario al llano. Visito el camposanto. Recorro con mis yemas las letras de tu nombre.

 

Otro día en la nieve - El baile de la Victoria

Patricia Nasello

PATRICIA NASELLO (Argentina), Magíster en Escritura Creativa por la Universidad de Salamanca (USAL) y Contadora Pública por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).Publicó la micronovela «Acabemos con ellos de una vez» (Alción, 2019), los libros de microrrelatos «Qué buen disfraz de leona» (Micrópolis, 2019), «Una mujer vuelta al revés» (2017, Macedonia), «Nosotros somos eternos» (2016, Macedonia) y «El manuscrito» (2001, edición de autor, microrrelatos y cuentos breves).Participó en antologías, periódicos y revistas culturales (soporte papel) en Argentina, México, España, Perú, Rumania, Venezuela y Bolivia.Trabajos suyos han sido traducidos al francés, italiano, rumano e inglés.Desde el año 2014 administra Piedra y nido, antología digital de minificción (más de trescientos escritores/as publicados/as de veintisiete países). http://piedraynido.blogspot.com