La mujer regalada de Julio y Edmundo de Gouncourt

Atacaban Constantinopla los ingleses y fracasaron en su empeño gracias a los consejos del general Sabastiani. Agradecido, el sultán Salim le dijo:

—Pídeme cuanto quieras y te lo concederé.

—Ruego a su alteza que me deje ver el harén.

—Está bien, lo verás.

Luego de haberlo visitado, le preguntó el sultán.

—¿Te agradó alguna de las mujeres que viste?

—Sí —respondió el general y señaló a una de ellas.

—Está bien —dijo nuevamente el sultán.

Y en la noche, el general Sebastiani recibió en un plato maravillosamente cincelado la cabeza de la mujer que lo cautivara, con este mensaje.

“En mi calidad de musulmán, no podía ofrecerte a ti, cristiano, una mujer de mi religión. Pero puedes estar seguro de que ésta, en la que demoraste tus miradas, ya no pertenecerá a nadie en la tierra”.

Constantinopla, la nueva Roma

 

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