Visita al paraíso

Silvia L. Cuesy

llego de puntillas para no despertarlo, me meto bajo las sábanas con sumo cuidado y acurruco y amoldo mi cuerpo al de él en la certeza cotidiana nocturna, de que envuelva mi cintura con su brazo y en ese breve territorio me haga sentir la criatura más colmada del mundo, porque de su costilla me formo cada noche.

De Silvia L. CuesyTomada de su libro de cuentos «Visita al paraíso»Premio Nacional de cuento Efrén Hernández 2009

Silvia L. cuesy

Historiadora, traductora e investigadora mexicana. Egresada del Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras ffyl de la Universidad Nacional Autónoma de México unam.

Autora de nueve libros. Trabaja en el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México inehrm y en el Colegio de México colmex.Obra de consulta: Enciclopedia de la literatura en México

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Intercambio*

Por Rubén García García

  • Rehaciendo un chiste

Eran las seis de la mañana cuando la madre superiora salía de su dormitorio. Monjas y novicias le hacían reverencia al cruzarse en los pasillos del convento. Las de más confianza la detenían y la interrogaban acerca de su descanso y ya para retirarse se despedían con un “ me saluda al padre Ramón” Recordó que en quince minutos estaría con él en el confesionario y  la referencia a él, lo atribuyó a este hecho.

Después de haberse confesado el padre le pidió que se acercara y discretamente le dio un pequeño bulto que se sacó de entre la sotana y le dice:

Ahora me da mis sandalias y aquí tiene las suyas.

Yucatán | El Ilustrador: Mérida, pasado y presente: Monjas (6)

¿EL PERÚ SIN MÁSCARA?

Cualquier parecido con mi país es pura coincidencia

Avatar de manoloprofemanologo

Hay momentos en los que me gustaría ser letón o circasiano. Momentos en los que mi bilis burbujea como espumante. Momentos en los que no puedo creer lo que mis ojos ven y mis oídos escuchan. Momentos en los que la vergüenza se avergüenza.

Un vecino del barrio de Magdalena en Lima, sale con su perro y sin la mascarilla – que es obligatoria- los serenos del distrito le reconvienen y pidiéndole que salga con mascarilla. El vecino los insulta con términos racistas y palabrotas, a pesar de lo cual los serenos le siguen indicando que es necesario el uso de mascarilla o que regrese a su casa. Más insultos del vecino y su negativa a irse… Todo grabado en video.

Me duele mucho decirlo, pero pareciera que así es el Perú sin máscara, “a la hora de los loros” … No se trata de denigrar a mi…

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Senryu

Rubén García García

Llueve de un cielo

enlodado de nubes.

Tirita el perro

Me da por las pequeñas obras. Es un tiempo presente. Hablo del medio ambiente y el perro seguro está en algún recoveco con la cabeza metida entre las piernas. ¿y si el dueño del perro es un niño?

LUJURIA — Reve Cossue – Encadenado a mis palabras

Desespero entre tus piernas por el sabor de tus mieles, y entre que busco el azahar de tu vientre me derrito a tus placeres, que llevar me llevan a la mano de la lujuria, y disfruto más que nunca de tus labios más maduros.

LUJURIA — Reve Cossue – Encadenado a mis palabras

POESÍA JAPONESA(詩歌) SEDOKA (旋頭歌) — POESÍA JAPONESA DE ELFICAROSA.

Hola amigos míos, ya conocéis el sedoka, pero daré una somera explicación para los seguidores nuevos. Este estilo fue registrado en Man’yōshū por Kokin Wakashu.El sedoka tiene una métrica de: 5-7-7-5-7-7. Lleva título, se escribe sin rima, ningún poema japonés la admite. Y habla de todos los aspectos de la vida.Hay tres tipos de sedoka: de seis líneas […]

POESÍA JAPONESA(詩歌) SEDOKA (旋頭歌) — POESÍA JAPONESA DE ELFICAROSA.

Pruebas diagnósticas C.19

De Rubén García García


Caronte no tenía problemas con las almas, sólo lo había si no le pagabas. Tampoco las aceptaba si éstas provenían de un cuerpo colmado de virus. En la entrada al inframundo custodiaba la puerta Cancerbero, un monstruo con tres cabezas de perro, que poseía olfato para escrutar aromas virulentos. Si lo distinguía, ipso facto, los situaba en cuarentena*. Caronte sabía de tamañas cualidades.
En este dato se basó Dominique Grandjean de la Escuela Nacional de Veterinaria de Alfort de Francia para entrenar perros, que sale más económico y rápido que estar haciendo pruebas en las terminales por un personal altamente capacitado**.

Cerberus: The three headed dog, Guardian of the Underworld, who was the twelve labor of Hercules.
Rubén García García jubilado mexicano que gusta escribir historias breves que llaman minificción. Tiene 74 años y padece de curiosidad .
  • La cuarentena posiblemente consistía en vagar por la rivera del río Aquaronte, junto con las almas que no pagaban.

**Tomado de la prensa nacional

Nadadores

De dina Grijalva tomado del microdecamerón compiladora Paola Tena


Las vecinas nos reunimos cada tarde. Cuando agotamos el tema de las niñas, los niños y el clima, entramos como sin querer en el tema de divertirnos a costa de los maridos. Que si Juan se duerme
apenas se acuesta, sin nada de nada; que si Jorge lo intenta pero no consigue nada; que Julián casi nada; que si Eduardo apenas logra hacer casi nada. Si algún niño nos escucha tal vez crea que hablamos de competencias de natación o de una nueva corriente artística llamada nadaísmo.

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Abelardo Castillo y Julio Cortazar

Del muro de Dina Grijalva

“…Después de unos vasos de vino 🍷, el humor de Cortázar es irrefrenable…”.

Una ES-PEC-TA-CU-LAR y cómica anécdota relatada por Abelardo.

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Este año he conocido personalmente a Cortázar, de la manera más insospechada y cómica. Una mañana, a eso de las nueve y media, me llaman por teléfono y una voz grave me pregunta si ésta es la casa de Abelardo Castillo.

Yo le digo que sí, en bastante mal tono porque estaba medio dormido, quizá me había acostado dos horas antes. La voz me dice: “Le habla Julio Cortázar”. Y yo, con absoluta indiferencia: “Ah, sí, qué bien”. Esto sólo es explicable por esa manía tan nacional de sospechar que si una voz en el teléfono nos dice que habla Julio Cortázar sólo puede tratarse de una broma.

Supuse que era Athos Barbieri o algún amigo de San Pedro que, cuando me oyera contestar: “¡Ah, Cortázar!, pero cómo le va, qué sorpresa”, iba a decir: “Así que a Cortázar lo atendés de mañana y con nosotros te hacés el raro…”. La voz, un poco cortada, me dice: “Pero, ¿hablo con la casa de Abelardo Castillo?”, y en el “pero” y en el “Abelardo” noté el gangoseo típico de Cortázar, que pronuncia la “r” a la francesa; no podía ser Athos ni mucho menos mis amigos ajedrecistas quienes, hablando en general, no son lingüistas tan refinados como para reparar en detalles fonéticos. Le digo: “Pero, quién habla”. “Cortázar”, me dice Cortázar. Vuelvo a notar la “r” francesa y le digo que me perdone, que estoy medio dormido, me acuesto muy tarde, estoy durmiendo con mi novia, qué sé yo qué disparates. O eso de decirle que estaba durmiendo con Sylvia sucedió más tarde, cuando volví a pedirle disculpas personalmente.

El hecho es que Cortázar quería conocerme, lo que viene a ser algo así como el mundo puesto al revés, Julio Cortázar en la Argentina, yo que ni siquiera me había enterado y él que quería verme a mí. Le propuse encontrarnos donde él quisiera, y él mismo dijo de venir a casa. Le pregunté si podía invitar a algún integrante del Escarabajo. Me pidió que no hubiera demasiados, porque los argentinos hablábamos muy alto y ya estaba desacostumbrado a nuestros decibeles.

Sylvia recuerda que cuando yo le comenté a Cortázar que estaba durmiendo con mi novia, él dijo: “No hay nada más lindo que dormir con la novia”. Cortázar vino a casa esa tarde. Cuando lo atiende Sylvia, ocurrió un mínimo milagro. Estábamos oyendo jazz, a Charlie Parker, pero por pura casualidad. La radio del escritorio estaba prendida, no era un disco nuestro. El dijo: “Qué linda música”, como si nos agradeciera algo. Yo le dije que no, que no era una grabación nuestra, era algo mucho más extraordinario.

Era la radio, como si la radio, cuando él entró, se hubiera puesto a tocar por su cuenta el saxo de Charlie Parker. No le pareció asombroso, más bien le pareció natural. En su literatura se nota que estos pequeños milagros le parecían naturales.

Más tarde llegaron Liliana Heker, Bernardo Jobson, uno o dos más. Lo que nos asombró esa primera tarde fue no encontrar en Cortázar el humor de sus libros, el de Cronopios o de algunos capítulos de Rayuela.

Me pareció un alto señor muy serio, casi circunspecto, muy tímido, que hablaba en voz baja y, que cuando se reía, se tapaba la boca con la mano. Hablamos muy poco de política. El mismo confesó no entender mucho del tema. Apoya a Cuba, a Nicaragua, al movimiento obrero argentino y a los movimientos de liberación por razones viscerales, aunque ésta no es del todo la palabra. No da la idea de ser un hombre visceral. Sus razones políticas son más bien impulsos éticos. Da toda la impresión de creer, sin pudor, en lo sobrenatural: cuando habla de vampiros, cruza los dedos.

Cuando habla de los cronopios los describe como a objetos o seres reales: los vio por primera vez en un teatro, él estaba en un palco y de pronto los cronopios bajaban de alguna parte. Y, cuando lo decía, hacía el gesto de cronopios bajando y los seguía con la mirada. En esos momentos, impresiona un poco. Elogió el sentido del tiempo en la narrativa de Vargas Llosa, pero pareció asombrado por su falta de humor. Me dijo que una vez fueron juntos a ver una de las grandes películas de Chaplin, no sé si no era El pibe, y que Vargas Llosa no se rió ni se conmovió ni le encontró mérito de ninguna clase. Yo me callé la observación de que, aparte de falta de humor, eso me parece, más bien, un grave defecto moral.

No habló mal de ningún escritor argentino, cosa muy rara entre escritores argentinos, aunque yo creo que, en parte lo hace, o lo hizo, por una especie de astucia candorosa, no por las mismas razones por las que Marechal no hablaba mal de nadie. Cortázar se cuida un poco, por su condición de argentino a medias. Es ambiguo y querible, sobre todo, pude comprobarlo, muy querible para las mujeres. Es altísimo, cerca de dos metros. Una combinación rarísima de gigante y de huérfano.

Tiene casi sesenta años, barba absolutamente negra, pelo negro y tupido; parece un hombre de treinta que se ha dejado crecer la barba para parecer mayor. Hasta que nos reencontramos, esa misma noche o alguna otra, no lo oímos reír. Estaba entusiasmado por recorrer “el barrio de los piringundines”, en la calle 25 de Mayo, y nadie se animaba a decirle que a estas alturas ya no había tantos piringundines como él recordaba, pero igual nos fuimos a caminar por la calle 25 de Mayo, por Alem, a tomar vino y a comer en algún bodegón del Bajo. Y ahí sí, ahí apareció el verdadero Julio Cortázar.

Después de unos vasos de vino, el humor de Cortázar es irrefrenable. Está hecho de cosas mínimas, como las que a veces pone en sus libros. Contó una miniatura inolvidable. No sé si en Villa Crespo o en Flores, o tal vez en Banfield o en alguno de los pueblos donde vivió, había una profesora de Teoría y Solfeo, una de esas señoritas mayores un poco mamarrachos, un poco patéticas. Esta mujer tenía unas tarjetas de presentación donde decía:

Fulana de Tal Profesora de Piano, Teoría y Solfeo y abajo, en letra muy chiquita, casi invisible: Se vende un arpa usada.

Esa primera noche, en la puerta del departamento en que paraba, me llevó aparte y me preguntó, no sin cierto misterio, cuándo había escrito yo “Los ritos”.

Se lo dije. Movió la cabeza aprobatoriamente, sin comentar nada.
Del muro de Damián Lanzieri

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Areola o aureola

Pensamiento para hoy acerca de las palabras «areola (o aréola) – aureola»

De tanto fijarnos en las suculencias del cuerpo humano —y de tanto gozarlas— a veces ni se nos ocurre preguntar cómo se llaman. Una de estas suculencias es, sin duda, el pecho, sea de hombre o mujer. Pero si decimos «pechos», casi siempre nos referimos a los senos, que son femeninos siempre. Los hombres no tienen senos. Pecho, sí; pechos, tal vez; senos, jamás, salvo que sean operados. Pero todos tenemos pezones, casi siempre dos, y ese círculo rojizo, rosáceo o moreno que los rodea tiene su nombre: «areola».

A veces confundimos esta palabra con la más sagrada «aureola», el disco aquel que sobrevuela la cabeza de los santos en las representaciones. Los dos términos provienen del latín, con las mismas ortografías que en español. El hecho de que se trate en ambos casos de formas geométricas iguales —círculos— y que se escriban de manera tan parecida, es probablemente un accidente de la naturaleza lingüística.

Y para agregar aún más confusión, el Diccionario de la Academia da «aureola», en su segunda acepción, como sinónimo de «areola» (o aréola). Tal vez sea justicia poética, pues cuando se juntan dos pares de areolas —o aureolas—, ¿quién no siente que se eleva al cielo?

Rutinas

Avatar de Marti LelisCEREMONIA DE PALABRAS

Gato lo estaba esperando como siempre en la repisa de la ventana. Fernán abrió la puerta y vio al fantasma parado detrás del sofá. Gato, maullando, recibió a Fernán con alegría. No le faltaba agua ni alimento. Era auténtica alegría.

     Pero el fantasma lucía distinto ahora, avejentado y harapiento, la piel grisácea y delgada. No se movía. Quería que la vieran. Era una fantasma venida a menos luego de años de ser la reina de la casa, la inevitable compañía. Fernán acarició a Gato y se sentó en el sillón, reprimiendo el impulso primario de echar aquella figura repugnante a la calle. Tomó en brazos a Gato y escuchó su ronroneo con los ojos cerrados, los ojos de ambos. Concentrarse en la respiración, cambiar el color del aire, sentir la suavidad del pelaje.

     Ya estaba tranquilo cuando levantó de nuevo los párpados y ahí seguía ella…

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