Como si fuera oroderretido en los caucesdel río que se alejarevuelan emocionesal paso de las horasson las hojas del chopoque caen en la miradade un tiempo que suspirasoledades…… laten los corazonesabrazadosel camino sonríejunto a la música del aguabajo el soplo del vientoque las deja en la orillamostrando en sus coloresla fuerza de la vidao el […]
¡Ah!, ya cerca de casa después de un día desastroso, hoy me sucedió de todo, nunca pensé que el destino me hiciera pasar por tantos malos ratos, todo me lo complicó, de haber sabido, me preparo o de plano, no voy a trabajar. Me quedé dormida por culpa del despertador que no sonó, como ya […]
. . ¿Cómo se te ocurre? ¿Cómo se te ocurre escribir un poema? ¿Cómo crees que una palabra detrás de otra palabra puede siquiera llegar a tener algún significado? “Brilla en la noche el silencio magnífico de las estrellas y su luz, su cuña su astilla filigrana de plata […]
Hay quienes son y quienes se hacen. Los primeros porque padecen de un estado que puede ser congénito y los otros que intentan disimular, mirando al techo y poniendo cara de pregunta. Hay situaciones donde quienes se hacen, no es que sean muchos, pero sí son notorios. Haciéndose, obtienen notoriamente mucho y celebran su premio. […]
3542 TankaCaen las hojas,y en la desnuda rama…duerme la luna.Mece la cuna el vientodel soñoliento otoño. 12/11/20 j.ll.folch Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.
Probabilidad y posibilidad son dos términos que suelen ser usados como palabras sinónimas para referirse a la expectativa de que ocurra un evento, es decir, para referirse a algo que puede suceder. Sin embargo, son términos diferentes que no deben ser utilizados de forma indistinta.
La probabilidad es una situación que puede suceder o que hay mayor factibilidad de que suceda, basado en pruebas o razones que la sustenten. es decir, se basa en pruebas.
La posibilidad es una situación que puede o no suceder o ejecutarse y no se sabe si se hará o no, es decir, esta basado en hipótesis o suposiciones que se pueden dar o no.
Ejemplo: en un juego de futbol entre el Barcelona y el Celta existen tres posibilidades, gana el Barcelona, empate o pierde el Barca, pero las probabilidades de que una cosa u otra ocurra son diferentes.
En conclusión, la probabilidad habla de la factibilidad de que algo suceda mientras que la posibilidad habla de la potencialidad de que algo suceda.
Quizá nos quiso decir: ¿ es posible que vea un organismo pensante extraterrestre? o es Si o es No.. Si la respuesta es sí entonces preguntaré ¿ Con que probabilidad? podría cuantificarse de una en cien millones. ¿Es posible que yo viaje al espacio en los próximos diez años? como ya tengo 74 años, la respuesta lógica es decirme que No tengo posibilidad, RGG
Hace un tiempo atrás escribí acerca del Premio Nobel de Literatura Mo Yan porque en su discurso se definía como un cuentacuentos y porque reivindicaba no sólo el oficio de la narración oral sino además todo aquello que en la tradición popular alimenta lo más profundo del arte, en este caso el de la Literatura. […]
Tomado de la antología «O dispara usted o disparo yo»
Il capo de tutti capi, Giuseppe Morello, sintiéndose acorralado por la familia rival de Slavatore Riina y sin posibilidad de zafarse se decidió a convocar un concurso internacional de epitafios. A tal efecto creó con sus lugartenientes la comisión evaluadora. Resultó que nadie 194 fue acreedor del galardón, ya por falta de talento, ya por carecer de la cualidad de hiperbreves. A la postre tomo la decisión de que entre sus lugartenientes quien sacará la carta más alta tendría el honor de pasar a la posterioridad. Uno a uno los fue eliminando por incompetentes. A la postre, no tuvo más remedio que descerrajarse un tiro en la boca. En su lápida figura la leyenda: «Aquí yace un hombre de principios». Algunos lo consideran el mejor microrrelato, muchos otros opinan que seis palabras siguen siendo demasiadas.
Atilano Sevillano. Dr. en Filología Hispánica, Lcdo. en Teoría de la literatura y Literatura comparada, poeta y narrador. Reside en Valladolid (España). Autor de los poemarios (1999) Presencia indebida, Devenir, Madrid y (2008) Hojas volanderas-Haikus, Celya, Salamanca. Ha publicado los libros de microrrelatos: (2010 ) De los derroteros de la palabra, Celya, Salamanca y (2015) Lady Ofelia y otros microrrelatos, Amarante, Salamanca. Cultiva la poesía visual y colabora en diversas revistas literarias españolas e hispanoamericanas.
El cuento tomado de ciudad Seva y el análisis de la revista Archivos del sur
Amor
[Cuento – Texto completo.]Clarice Lispector
Un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar. Entonces se recostó en el banco en busca de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción. Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso. Crecían, se bañaban, exigían, malcriados, por momentos cada vez más completos. La cocina era espaciosa, el fogón estaba descompuesto y hacía explosiones. El calor era fuerte en el departamento que estaban pagando de a poco. Pero el viento golpeando las cortinas que ella misma había cortado recordaba que si quería podía enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo mismo que un labrador. Ella había plantado las simientes que tenía en la mano, no las otras, sino esas mismas. Y los árboles crecían.
Crecía su rápida conversación con el cobrador de la luz, crecía el agua llenando la pileta, crecían sus hijos, crecía la mesa con comidas, el marido llegando con los diarios y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente de vida. Cierta hora de la tarde era la más peligrosa. A cierta hora de la tarde los árboles que ella había plantado se reían de ella. Cuando ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se sentía más sólida que nunca, su cuerpo había engrosado un poco, y había que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, con la gran tijera restallando sobre el género. Todo su deseo vagamente artístico hacía mucho que se había encaminado a transformar los días bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo decorativo se había desarrollado suplantando su íntimo desorden. Parecía haber descubierto que todo era susceptible de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestaría una apariencia armoniosa; la vida podría ser hecha por la mano del hombre.
En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar, sorprendentemente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se había casado era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había surgido de ella muy pronto para descubrir que también sin la felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada a la que tantas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo había querido ella y así lo había escogido. Su precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin necesitar ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones. Mirando los muebles limpios, su corazón se apretaba un poco con espanto. Pero en su vida no había lugar para sentir ternura por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad que le habían transmitido los trabajos de la casa. Entonces salía para hacer las compras o llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía ya era el final de la tarde y los niños, de regreso del colegio, le exigían. Así llegaba la noche, con su tranquila vibración. De mañana despertaba aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran arrepentidos. En cuanto a ella misma, formaba oscuramente parte de las raíces negras y suaves del mundo. Y alimentaba anónimamente la vida. Y eso estaba bien. Así lo había querido y elegido ella.
El tranvía vacilaba sobre las vías, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba un viento más húmedo anunciando, mucho más que el fin de la tarde, el final de la hora inestable. Ana respiró profundamente y una gran aceptación dio a su rostro un aire de mujer.
El tranvía se arrastraba, enseguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre detenido en la parada. La diferencia entre él y los otros es que él estaba realmente detenido. De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era un ciego.
¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió: el ciego masticaba chicle… Un hombre ciego masticaba chicle.
Ana todavía tuvo tiempo de pensar por un segundo que los hermanos irían a comer; el corazón le latía con violencia, espaciadamente. Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad. Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar, lo hacía parecer sonriente y de pronto dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír -como si él la hubiese insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendría la impresión de una mujer con odio. Pero continuaba mirándolo, cada vez más inclinada -el tranvía arrancó súbitamente, arrojándola desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de malla rodó de su regazo y cayó en el suelo. Ana dio un grito y el conductor dio la orden de parar antes de saber de qué se trataba; el tranvía se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió pálida. Una expresión desde hacía tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad, todavía incierta, incomprensible. El muchacho de los diarios reía entregándole sus paquetes. Pero los huevos se habían quebrado en el paquete de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la malla. El ciego había interrumpido su tarea de masticar chicle y extendía las manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente la marcha.
Pocos instantes después ya nadie la miraba. El tranvía se sacudía sobre los rieles y el ciego masticando chicle había quedado atrás para siempre. Pero el mal ya estaba hecho.
La bolsa de malla era áspera entre sus dedos, no íntima como cuando la había tejido. La bolsa había perdido el sentido, y estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía qué hacer con las compras en el regazo. Y como una extraña música, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por qué?, ¿acaso se había olvidado de que había ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba con dificultad. Aun las cosas que existían antes de lo sucedido ahora estaban precavidas, tenían un aire hostil, perecedero… El mundo nuevamente se había transformado en un malestar. Varios años se desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían. Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad; y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia dónde ir. Notar una ausencia de ley fue tan súbito que Ana se agarró al asiento de enfrente, como si se pudiera caer del tranvía, como si las cosas pudieran ser revertidas con la misma calma con que no lo eran. Aquello que ella llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso con que ahora gozaba de las cosas, sufriendo espantada. El calor se había vuelto menos sofocante, todo había ganado una fuerza y unas voces más altas. En la calle Voluntarios de la Patria parecía que estaba pronta a estallar una revolución. Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire cargado de polvo. Un ciego mascando chicle había sumergido al mundo en oscura impaciencia. En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego, y las personas la asustaban con el vigor que poseían. Junto a ella había una señora de azul, ¡con un rostro! Desvió la mirada, rápido. ¡En la acera, una mujer dio un empujón al hijo! Dos novios entrelazaban los dedos sonriendo… ¿Y el ciego? Ana se había deslizado hacia una bondad extremadamente dolorosa.
Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.
Solamente entonces percibió que hacía mucho que había pasado la parada para descender. En la debilidad en que estaba, todo la alcanzaba con un susto; descendió del tranvía con piernas débiles, miró a su alrededor, asegurando la bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no consiguió orientarse. Le parecía haber descendido en medio de la noche.
Era una calle larga, con altos muros amarillos. Su corazón latía con miedo, ella buscaba inútilmente reconocer los alrededores, mientras la vida que había descubierto continuaba latiendo y un viento más tibio y más misterioso le rodeaba el rostro. Se quedó parada mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminando un poco más a lo largo de la tapia, cruzó los portones del Jardín Botánico.
Caminaba pesadamente por la alameda central, entre los cocoteros. No había nadie en el Jardín. Dejó los paquetes en el suelo, se sentó en un banco de un atajo y allí se quedó por algún tiempo.
La vastedad parecía calmarla, el silencio regulaba su respiración. Ella se adormecía dentro de sí.
De lejos se veía la hilera de árboles donde la tarde era clara y redonda. Pero la penumbra de las ramas cubría el atajo.
A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas sorpresas entre los “cipós”. Todo el Jardín era triturado por los instantes ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande. Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó: se volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa, desapareció.
Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse.
En los árboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo había carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas. Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. En el tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos.
Al mismo tiempo que imaginario, era un mundo para comerlo con los dientes, un mundo de grandes dalias y tulipanes. Los troncos eran recorridos por parásitos con hojas, y el abrazo era suave, apretado. Como el rechazo que precedía a una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y a la vez era fascinada.
Los árboles estaban cargados, el mundo era tan rico que se pudría. Cuando Ana pensó que había niños y hombres grandes con hambre, la náusea le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida y abandonada. La moral del Jardín era otra. Ahora que el ciego la había guiado hasta él, se estremecía en los primeros pasos de un mundo brillante, sombrío, donde las victorias-regias flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas sobre el césped no le parecían amarillas o rosadas, sino del color de un mal oro y escarlatas. La descomposición era profunda, perfumada… Pero todas las pesadas cosas eran vistas por ella con la cabeza rodeada de un enjambre de insectos, enviados por la vida más delicada del mundo. La brisa se insinuaba entre las flores. Ana, más adivinaba que sentía su olor dulzón… El Jardín era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno.
Ahora era casi noche y todo parecía lleno, pesado, un esquilo pareció volar con la sombra. Bajo los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia. Era fascinante, y ella se sentía mareada.
Pero cuando recordó a los niños, frente a los cuales se había vuelto culpable, se irguió con una exclamación de dolor. Tomó el paquete, avanzó por el atajo oscuro y alcanzó la alameda. Casi corría, y veía el Jardín en torno de ella, con su soberbia impersonalidad. Sacudió los portones cerrados, los sacudía apretando la madera áspera. El cuidador apareció asustado por no haberla visto.
Hasta que no llegó a la puerta del edificio, había parecido estar al borde del desastre. Corrió con la bolsa hasta el ascensor, su alma golpeaba en el pecho: ¿qué sucedía? La piedad por el ciego era muy violenta, como una ansiedad, pero el mundo le parecía suyo, sucio, perecedero, suyo. Abrió la puerta de la casa. La sala era grande, cuadrada, los picaportes brillaban limpios, los vidrios de las ventanas brillaban, la lámpara brillaba: ¿qué nueva tierra era ésa? Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría y la abrazaba. Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había sido creado, amaba con repugnancia. Del mismo modo en que siempre había sido fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera de un mal -¿el ciego o el hermoso Jardín Botánico?- se prendía a él, a quien quería por encima de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en caso de seguir el llamado del ciego? Iría sola… Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos…
-Tengo miedo -dijo. Sentía las costillas delicadas de la criatura entre los brazos, escuchó su llanto asustado.
-Mamá -exclamó el niño. Lo alejó de sí, miró aquel rostro, su corazón se crispó.
-No dejes que mamá te olvide -le dijo.
El niño, apenas sintió que el abrazo se aflojaba, escapó y corrió hasta la puerta de la habitación, de donde la miró más seguro. Era la peor mirada que jamás había recibido. La sangre le subió al rostro, afiebrándolo.
Se dejó caer en una silla, con los dedos todavía presos en la bolsa de malla. ¿De qué tenía vergüenza?
No había cómo huir. Los días que ella había forjado se habían roto en la costra y el agua se escapaba. Estaba delante de la ostra. Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué tenía vergüenza? Porque ya no se trataba de piedad, no era solamente piedad: su corazón se había llenado con el peor deseo de vivir.
Ya no sabía si estaba del otro lado del ciego o de las espesas plantas. El hombre poco a poco se había distanciado, y torturada, ella parecía haber pasado para el lado de los que le habían herido los ojos. El Jardín Botánico, tranquilo y alto, la revelaba. Con horror descubría que ella pertenecía a la parte fuerte del mundo -¿y qué nombre se debería dar a su misericordia violenta? Sería obligada a besar al leproso, pues nunca sería solamente su hermana. Un ciego me llevó hasta lo peor de mí misma, pensó asustada. Sentíase expulsada porque ningún pobre bebería agua en sus manos ardientes. ¡Ah!, ¡era más fácil ser un santo que una persona! Por Dios, ¿no había sido verdadera la piedad que sondeara en su corazón las aguas más profundas? Pero era una piedad de león.
Humillada, sabía que el ciego preferiría un amor más pobre. Y, estremeciéndose, también sabía por qué. La vida del Jardín Botánico la llamaba como el lobo es llamado por la luna. ¡Oh, pero ella amaba al ciego!, pensó con los ojos humedecidos. Sin embargo, no era con ese sentimiento con el que se va a la iglesia. Estoy con miedo, se dijo, sola en la sala. Se levantó y fue a la cocina para ayudar a la sirvienta a preparar la cena.
Pero la vida la estremecía, como un frío. Oía la campana de la escuela, lejana y constante. El pequeño horror del polvo ligando en hilos la parte inferior del fogón, donde descubrió la pequeña araña. Llevando el florero para cambiar el agua -estaba el horror de la flor entregándose lánguida y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo secreto se hacía allí en la cocina. Cerca de la lata de basura, aplastó con el pie a una hormiga. El pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño cuerpo temblaba. Las gotas de agua caían en el agua inmóvil de la pileta. Los abejorros de verano. El horror de los abejorros inexpresivos. Horror, horror. Caminaba de un lado para otro en la cocina, cortando los bifes, batiendo la crema. En torno a su cabeza, en una ronda, en torno de la luz, los mosquitos de una noche cálida. Una noche en que la piedad era tan cruda como el mal amor. Entre los dos senos corría el sudor. La fe se quebrantaba, el calor del horno ardía en sus ojos.
Después vino el marido, vinieron los hermanos y sus mujeres, vinieron los hijos de los hermanos.
Comieron con las ventanas todas abiertas, en el noveno piso. Un avión estremecía, amenazando en el calor del cielo. A pesar de haber usado pocos huevos, la comida estaba buena. También sus chicos se quedaron despiertos, jugando en la alfombra con los otros. Era verano, sería inútil obligarlos a ir a dormir. Ana estaba un poco pálida y reía suavemente con los otros.
Finalmente, después de la comida, la primera brisa más fresca entró por las ventanas. Ellos rodeaban la mesa, ellos, la familia. Cansados del día, felices al no disentir, bien dispuestos a no ver defectos. Se reían de todo, con el corazón bondadoso y humano. Los chicos crecían admirablemente alrededor de ellos. Y como a una mariposa, Ana sujetó el instante entre los dedos antes que desapareciera para siempre.
Después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acostados, ella era una mujer inerte que miraba por la ventana. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado, ¿cabría en sus días? ¿Cuántos años le llevaría envejecer de nuevo? Cualquier movimiento de ella, y pisaría a uno de los chicos. Pero con una maldad de amante, parecía aceptar que de la flor saliera el mosquito, que las victorias-regias flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendía entre los frutos del Jardín Botánico.
¡Si ella fuera un abejorro del fogón, el fuego ya habría abrasado toda la casa!, pensó corriendo hacia la cocina y tropezando con su marido frente al café derramado.
-¿Qué fue? -gritó vibrando toda.
Él se asustó por el miedo de la mujer. Y de repente rió, entendiendo:
-No fue nada -dijo-, soy un descuidado -parecía cansado, con ojeras.
Pero ante el extraño rostro de Ana, la observó con mayor atención. Después la atrajo hacia sí, en rápida caricia.
-¡No quiero que te suceda nada, nunca! -dijo ella.
-Deja que por lo menos me suceda que el fogón explote -respondió él sonriendo. Ella continuó sin fuerzas en sus brazos.
Ese día, en la tarde, algo tranquilo había estallado, y en toda la casa había un clima humorístico, triste.
-Es hora de dormir -dijo él-, es tarde.
En un gesto que no era de él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la mujer, llevándola consigo sin mirar para atrás, alejándola del peligro de vivir. Había terminado el vértigo de la bondad.
Había atravesado el amor y su infierno; ahora peinábase delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día.
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sobre “el efecto” en el cuento “Amor» de Clarice Lispector (Mar del Plata) Martha Minteguía
Tomado del libro la fuerza de la costumbre y otras brevedades
Cuando se separaron después de 30 años de matrimonio, él decidió olvidarla. Tiró a la basura sus fotografías, cartas, regalos y hasta las mancuernillas de plata del último cumpleaños.
Hace varios días se sorprendió gratamente porque ya no recordaba cuál era el sonido de su voz, en diversas ocasiones fue incapaz de visualizar su rostro y solo entre sombras recuerda su figura. Ahora no tiene memoria para recordarla, pero ha olvidado el lugar donde vive y los nombres de sus hijos.
Gabriel Ramos Zepeda: Nació en la Ciudad de México. Es psicólogo, Coach Profesional, escritor y promotor cultural. Su interés está centrado en la creación de minificciones y cuentos breves. Ha publicado en: La Revista Minificción, Falsaria, Tus relatos, Cincuenta palabras, Cultura Colectiva, Culturizando y En sentido figurado. “Vivir es arriesgarse” es su primera publicación en papel. Cuenta con una publicación de sus minificciones traducida al francés en Lectures du Mexique 2. Auteurs Mexicains. Nouvelles et microrécits.
Ayer los noticieros, dijeron que hubo un aumento de contagiados y muertos por el coronavirus en El Alto, la ciudad más joven del país. Sabemos cómo autoridades que somos, que está saturado el sistema de salud y también los servicios funerarios. En cuestión de días, la explosión de la mortalidad abrumó a las autoridades nacionales, y cientos de cuerpos comenzaron a acumularse en hospitales, morgues, hogares y en las calles. No hay más espacio en el infierno, digo cementerio, los muertos están sobre la tierra. Los vecinos claman para que las autoridades lleven los cuerpos. Estamos haciendo todo lo posible. Los medios muestran imágenes de cuerpos abandonados acumulados en las aceras. Cómo autoridades tratamos de recoger en camiones los cuerpos (como si de basura se tratara) para incinerarlos o enterrarlos. De cualquier manera, las funerarias, sin ataúdes, usan cajas de cartón de las mercancías que llegan de contrabando. La pandemia afecta a todos, pero los sectores más pobres, los que carecen de todos los recursos, son los más problemáticos. La debilidad de los servicios públicos de salud es una realidad que se suma a la ignorancia de aquellos que pensaban que el virus no atacaría a quien estaba bien alimentado. Hasta ayer las calles de El Alto, estaban abarrotadas a pesar de las medidas restrictivas. La gente hablaba que era mentira de la derecha. ¿Pueden creerlo? ¿Se acuerdan de los que se enfrentaban a la policía? Ahora, muchos de esos están en las aceras envueltos en plástico, dejados en las puertas de sus casas por sus propios parientes. Ahora que tantos mueren, recién empiezan a respetar el confinamiento. Vecinos de la ciudad de El Alto, como alcaldesa estoy obligada a recordarles que estamos haciendo todo lo posible, hoy, de cada cuatro personas tres están infectadas, por no lavarse las manos, no usar barbijo, no mantener la distancia social. Ustedes saben que siempre las pesadillas asechan por la madrugada, cuando el silencio es total y la oscuridad envuelve todo. Uno trata de despertar y no lo logra, siente alguien ahí, sentado ahí, al lado de la cama y no puede despertar. ¡Entiendan señores vecinos! ¡Nuestra situación es una pesadilla de la que no podemos despertar! Les digo como alcaldesa. Hagamos lo que hagamos, ahora es tarde. Cuando cierro mis ojos, tengo miedo de abrirlos. Porque esa es una pesadilla colectiva. Una pesadilla de nunca acabar.
Márcia Batista Ramos,
nació en Brasil. Licenciada en Filosofía. Es gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Es columnista en la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia y en el periodismo binacional Exilio, Puebla, México. Publicó: Mi Ángel y Yo; La Muñeca Dolly; Consideraciones sobre la vida y los cuernos; Patty Barrón De Flores: La Mujer Chuquisaqueña Progresista Del Siglo XX; Tengo Prisa Por Vivir; Escala de Grises – Primer Movimiento; Rostros del Maltrato en Nuestra Sociedad; Dueto; Escritoras Cruceñas, Caballero, Reck & Batista; Escritoras Contemporáneas Bolivianas, Caballero, Decker & Batista; “Caspa de Ángel – antología de cuentos, crónicas y testimonios del narcotráfico” Batista Ramos & Carvalho Oliva. Colaboradora en diversas revistas internacionales.
Tomada de la antología coordinada por Lilian Elphick
El último retorcimiento del cuchillo de Cristobal Zapata
En la nevera el cuchillo reposa su larga siesta de invierno. Separado de mi mano, descansamos. Cuando lo despierte derretirá su hielo en la caliente linfa de tu ombligo. Quiero escuchar cómo se quiebra tu sangre en su glacial cubierta hasta ahora intacta, helada, llena de amor.
Alberto Blanco Rubio (Salamanca, 1987)
El asesino se confundió con su víctima para matar las horas de tedio». «Aquella pista le llevó a comprender que el único final que verían sus ojos tendría el perfume de la sangre».
Ninguna tiene tanto éxito como La Que No Está. Aunque todavía es joven, muchos años de práctica consciente la han perfeccionado en el sutilísimo arte de la ausencia. Los que preguntan por ella terminan por conformarse con otra cualquiera, a la que toman distraídos, tratando de imaginar que tienen entre sus brazos a la mejor, a la única, a La Que No Está. (De Casa de Geishas)
Rebajas
de Paola Tena
Empezaron las rebajas. Vi el que me gustaba colgando de una percha pero otra mujer se me adelantó y lo aferró de una manga. Se lo llevó al probador y la esperé por fuera, pensando que si no le gustaba lo dejaría por allí. «¿Se lo lleva?», le pregunté cuando la vi salir. «Sí», me contestó con un tonito engreído. Así son las rebajas, me dije intentando consolarme, quien lo ve primero… Meses después volví a la tienda, buscando los saldos de invierno. Lo vi ahí, otra vez en la percha; la mujer lo había devuelto después de todo. El hombre me miró con ojitos esperanzados, como pidiendo «llévame a mí», pero no sé, ¿seré rara?, ahora que nadie lo quiere ya no me resulta tan atractivo.
de Ildiko Nassr Siempre me declaré más proclive al incesto que al parricidio. Prefiero acostarme con los padres que matarlos. Prefiero la convivencia a la ausencia (perdón por la cacofonía). Aborrezco a quienes salen de cacería de padres. Prefiero un aquelarre a una masacre. Sin embargo, me he retirado. No me caso con nadie. Abandoné a los padres en su cama y me encerré en una biblioteca..
Juan J. Arreola en Prosodia
A principios de nuestra era, las llaves de San Pedro se perdieron en los suburbios del Imperio Romano. Se suplica a la persona que las encuentre, tenga la bondad de devolverlas inmediatamente al Papa reinante, ya que desde hace más de quince siglos, las puertas del Reino de los Cielos no han podido ser forzadas con ganzúas.
Peor que usted
Jose M Dorrego
Se ovilla sobre las baldosas frías y comienza a temblar: ese es, básicamente, el Modelo 1, señor. Y créame que impresiona tanto como deprime. El modelo 2 también se ovilla y tiembla, pero añade unos gemidos entrecortados que ponen los pelos de punta, permítaseme la frase hecha. Cuesta algo más, claro está, pero compensa el sacrificio económico. El modelo 3, añade a sus predecesores un llanto con lágrimas hiperrealistas que le estremecerán. Junto a él, comprenderá lo que significa realmente la desolación. Todos incluyen garantía de cinco años, piezas y mano de obra incluidas. Créame, señor, si busca alguien más desdichado que usted, nuestros modelos son el complemento ideal: su aciaga y desdichada existencia harán que sus problemas le parezcan una bendición.
El último texto del libro virtual que deje a propósito como reconocimiento a la coordinadora y participante del libro.
El mundo
Según la tradición, Dios vivía en el bosque y gustaba de acoger a los peregrinos, ofrecerles alojamiento y regar sus viandas con los vinos mejores, por lo cual mereció fama de magnificente. Mucho después el Demonio –que vivía en el desierto– quiso imitarlo y construyó un hogar más grande, de camas blandas y los banquetes más profusos, pero aún así nadie hablaba de él con tanta admiración como de Dios; por eso, siendo joven e impulsivo, decidió ir en su búsqueda y matarlo. Cuando llegó a la casa de Dios, se encontró con un anciano encorvado paseando en el jardín, que lo escuchó con tanta paciencia que el Demonio le confió sus angustias y planes. El anciano le aconsejó lo que debía hacer: acudir una noche sin luna al claro en el centro del bosque, donde habría de encontrar a Dios sin defensa. El Demonio, haciendo así, se armó con su puñal de oro y llegado al lugar encontró al anciano sentado sobre una piedra lisa, contemplando los astros. Entonces, comprendiéndolo todo, cayó a sus pies e imploró perdón. –Eres joven –le dijo Dios, acariciándole la cabeza. –Y yo estoy viejo y cansado, pero joven como tú quisiera volver a ser. Entonces Dios le propuso intercambiar sus moradas. Y aquí termina la historia; no sabemos qué pasó después. Algunos creen que Dios sigue en el bosque, y otros afirman que esa noche se marchó al desierto. Pero lo que de verdad nos preocupa es ser incapaces de distinguir la diferencia.
Paola Tena. (México, 1980). Pediatra de profesión y escritora por vocación. Ha publicado algunos de sus microcuentos en antologías de minificción (Señales mínimas , Ediciones Idea, Tenerife, 2012; Érase una vez… un microcuento, Diversidad Literaria, Madrid, 2013; Saborea la locura, Chiado Editorial, Barcelona, 2013; Vamos al circo, BUAP, Cd. de México, 2017; Las musas perpetúan lo efímero, Micrópolis, Lima, 2017). Ha publicado sus microcuentos en diversos blogs y revistas digitales, participando de manera activa en las redes sociales. Las pequeñas cosas es su primer libro.
Adriana Azucena Rodríguez: He terminado el Microdecamerón.