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Volver, volver
Todo se fue, pero un día volvió, como vuelven las mariposas y lo que nunca se pudre: con menos fuego, pero con eternidad.
Dime si aceptas
Tirémonos.
Vivo en tu interior y sueño en tu boca.
Seamos viento y flauta.
Dobla tu cintura con la fuerza de un tango.
Seré barco en tu mar,
agitación en tu vientre.
Tu ombligo redondo, profundo,
almacigo del deseo.
Mi lengua un carro de fuego.
que perecerá en tu bosque de luciérnagas.
El gusano
No te estremeces
como en aquellos años
en que transitabas del asombro al suspiro.
Hoy tienes un camino rodeado por claveles
pero subsiste la poesía del gusano
que levanta el cuello
reconoce tu zafra
olisquea tu vientre
tu espasmo
tu laguna
tu río.
El gusano deletrea tu chispa;
Y aunque lo niegues,
Acecha la nuca de tus sueños.
Los fantasmas no tallerean
Cursaba la preparatoria, pregunté al subdirector ¿si yo terminase un libro, podría tener apoyo para publicarlo?
—Claro Rubén, faltaba menos, veríamos cómo, lo mandaríamos a la imprenta. Sería grato que la escuela contase con un escritor.
Me río. Él sabía lo complicado que es hacer un libro; sólo fue una mentira piadosa.
Han pasado más de cincuenta años. Algunas de las historias forman parte de antologías, pero no he hecho un libro. Me inspira temor, respeto. Y es que para algunos es carta de presentación, estrella para el ego, parte curricular. No aspiro más a que el lector diga, está bien escrito, entretenido, me dio una idea. Si se vende o lo regalo es aparte. Si trasciende o no, está fuera de mi ámbito.
Espero decidirme. Recuerdo que los fantasmas no tallerean.
Muñequita de barro
La puerta minúscula abrió y pasé. El espacio reducido, con música de los setentas y ambiente impregnado de tabaco. Di con ella. Platicaba con sus compañeras, al verme sonrío y me hizo una seña. Joven, pequeña. Con una camisera de seda transparente que no ocultaba sus pechos circulares, simétricos y levantados. Era india, color canela, con ojos vivos, cejas alargadas y boca carnosa y sensual. Abajo sólo traía sus bragas oscuras, resaltando sus nalgas firmes.
Me besó en la mejilla. Nos sentamos, me invitó de su refresco y apretó mi mano. Estas mujeres que ves, que son todo sonrisa, no son de confiar, harían cualquier cosa por dinero. Nunca te enamores de ninguna de ellas, ni de mí. Termina tus estudios, verás que vendrán las palomitas hacia ti. Nunca una de éstas. Las conozco por dentro y por fuera.
Había encontrado el sitio por pura casualidad. Vivía en una pocilga de dos por dos, escasamente cabía la cama, un buró, un foco que me permitía leer y hacer tareas. Gustaba estudiar por la noche, disminuía el bullicio de los carros, el griterío de los chamacos en las calles. A las dos o tres de la mañana, sentía asfixia y salía a vagar por las calles, fue así como encontré la casa de citas. Sólo pedía una cerveza, no me alcanzaba para más. Por mi juventud, las pupilas me tomaron confianza, después parte de sus bromas, se repegaban a mi pubis y con movimientos sensuales hacían que me erectara. Disfrutaba de las guasas. Poco a poco vieron que podía ser útil; estudiaba medicina, más de alguna preguntaba y entre plática les decía que comprar. Por suerte se curaban, empezaron a tomar aprecio. Susana, la más guapa de todas ellas, se encabronaba que me hicieran bromas subidas de tono. Cierta vez me vio tan inquieto, que me dijo en secreto
–¿Qué tiempo tienes que no estás con una mujer?
–Tiene algo, dije.
Había un pasillo lateral que daba a unos pequeños cuartos
–Sígueme, dijo. Y fui tras ella.
–No tengo dinero, le dije nervioso.
–No importa, me simpatizas. Media hora después salía sonriendo.
Mañana te espero en la iglesia de nuestra señora de las mercedes, como a las doce, te invitaré a comer a mi casa y sirve que te presento a mis padres. Le dirás que eres médico y que trabajamos en el mismo sanatorio.
No la reconocía. Vestía con una falda oscura, que le llegaba hasta el tobillo, una blusa de algodón de manga larga bordada con grecas de diferentes colores y un reboso gris que le tapaba la cabeza y envolvía su cuello. Aquella larga cabellera que bajaba por sus hombros hasta llegar a la mitad de su espalda que lucía en la casa de citas, se ocultaba. Fue difícil reconocerla, de hecho, fue ella quien me dijo aquí estoy. Tomamos el autobús y no podía entender la transformación. No era ella, ella era otra indígena de las tantas que por la merced van y vienen o que con su canasta venden fruta en el mercado. La mujer que me quitaba el aliento y me daba consejos por las noches, era otra mujer.
La casa estaba en obra negra. Dijo sonriéndome. Esta casa la he construido con esfuerzo, tesón, la empecé hace dos años y al menos ya está el cascaron, ya sirve para que mis padres no pasen frío.
Todo resulto tal cual, sus padres se quedaron con la idea de que su hija trabajaba por las noches en un sanatorio y que yo era el médico de guardia, que habíamos hecho una buena amistad. Es una hija muy buena, me dijo la madre, ya para despedirme, cuídemela, pues es lo único que tengo.
Días después fui al “Bull” y encontré la puerta cerrada y sellada con papeles pegados que decían Clausurado.
Era india.
Muñequita de barro. Arde en mi memoria.
Un día de pesca
Treinta años tiene que Pepe me invitó. llegamos al puerto con dos compañeros más. clareaba el día. El pescador esperaba en la ribera del río, nos instalamos en una lancha amplia. El aire fresco, gotas minúsculas se esparcían en la cara. El cielo, rayas blancas sobre un fondo rosa, las garzas en bandadas. A medio río el bote dejaba su estela de burbujas; chapoteo y ruido del motor. llegamos a la bocana y nos internamos en el mar.
Había visto su bastedad, estando de pie sobre un acantilado, desde la playa, las olas mansas, nunca había estado cara a cara, asombra, enmudeces; abruma, empequeñeces ante tal inmensidad. Vuelves, al escuchar el graznido de las aves y te extasías al ver la marcha de los delfines o el vuelo mudo de los pelicanos, hay agua viva, percibes que abajo hay un cuerpo que respira.
El plan era adentrarnos, llegar a unos “bajos” atracar allí. Traíamos bocadillos del hogar a cambio llevaríamos pescado fresco. Me veía con el cordel en la mano y escuchando los fragmentos de agua y a lo lejos los barcos.
Fueron quince minutos de ir mar adentro, percibimos algunos cambios; la cresta del mar se dividía rápido, el fondo parecía despertar. En el cielo el sol fue cubierto por algunas nubes que salieron de la nada y el día brillante se hizo denso. Lo que vi sólo lo había percibido en algún pueblo de la sierra. llegaron en bandada sombras de neblina y acamparon sobre nuestra embarcación, en un instante nos vimos como figuras mal cortadas: como espectros. Nos quedamos mudos, hasta que el pescador rompió el silencio.
— No se asusten, esto pasa a veces.
Unos minutos, el sonido del motor se escuchaba menos y nuestra nave parecía subir y bajar entre el mar. Intentaba tranquilizarme. Los cambios causaron que mi pulso saltara desordenado.
¡Regresemos! —Exclamó Pepe.
El pescador dio la media vuelta. Las briznas de agua no tan sólo procedían de la quilla del cayuco, sino que empezaba a llover fino. Quince minutos después nos dimos cuenta que el perfil de la costa no aparecía por ningún lado.
—Paremos. —dijo uno de los amigos. Tratemos de orientarnos, pues si seguimos sin saber, podríamos ir mar adentro. ¿Dónde tienes la brújula?
Nos quedamos viendo al pescador y éste balbuceó:
— No la traje.
La pequeña embarcación parecía en ese momento una cuna zarandeada por el vaivén de olas encrespadas. Mientras la nave iba en movimiento, me había sentido bien, pero diez minutos después vomitaba y vomitaba, era una nausea que te copa y te rebalsa y la única respuesta era arquear de manera incontenible. Me daban, agua, me apretaron la cabeza con un pañuelo y el vómito parecía quitarse, pero volvía, siempre volvía. No sé cuánto tiempo pasó, y aún de que trataba de asumir fortaleza, sentía un trompo en mi panza, en mi cerebro. Muy cerca retumbó el silbato de un barco y un grito de alegría se escuchó.
— ¡Un barco! Sigámoslo y ellos nos podrán sacar de este apuro.
El Pescador echó mano al arranque del motor. Nada, solo tosía, no arrancó. Varias veces lo intentó. En silencio veía el barco cada vez más lejos.
— Deja descansar el motor; ya lo ahogaste. —Escuché.
Ignoro que le habrán hecho, pero minutos después arrancó. La voz cantada del pescador se escuchó de nuevo.
— Solamente tenemos un cuarto de tanque de gasolina.
En mis adentros me preguntaba de los años cursados en la universidad ¡para qué madres sirven!, si en este momento no sé para donde está el norte, el oriente. Veía agua a mi alrededor, un agua que a cada momento se rompía en espumas que parecían vociferar. Veía los ojos de Pepe y se notaba preocupación, miraba al pescador y percibía indecisión y solo se rascaba la testa.
Pepe se puso de pie, se dilataron sus pupilas verdes y dijo
— Hay que tomar una decisión, Si viene tormenta las cosas se pondrán más difíciles. ¡Vayámonos por allá y que Diosito nos ayude!
Ya en marcha el vómito y la náusea cedieron, poco a poco la neblina dio paso a lluvia fina, persistente que nublaba la mirada. Diez minutos que se nos hicieron siglos, pues teníamos en el pensamiento la voz cantadita del pescador: “Sólo tenemos un cuarto de gasolina en el tanque” Escuché el sonido agudo de la gaviota y traté de seguirla, poco después, veíamos grotescamente el perfil de la costa, no se veía el puerto, sino el dibujo tenue de montes lejanos. Comprendimos que navegábamos paralelo a la costa.
Regresamos a nuestra ciudad, con más pena que gloria, pero antes de tomar carretera, fuimos a las bodegas de pescado y nos trajimos camarón, róbalo en suficiente cantidad; nuestras esposas esperaban a los “pescadores”
Caminos de agua y lodo
La lluvia diminuta y fría, los caminos de lodo, la hierba tupida. Contraté a Zoila, delgada, de labios finos, dentadura blanca, cabello a la cintura. Aprendió a inyectar, notable paciencia para atender a los enfermos. Nada raro que se hiciese de amigas. llegaban de varias partes.
Juana vendía tamales los domingos en la plaza. Arribaba de su ranchería salpicada de lodo hasta en los ojos. Con servilletas de algodón bordadas cubría la cesta. Me pedía permiso para cambiarse. Cuando salía, me percataba de que se había lavado con esmero sus pies y piernas, la cara polveada con retoque labial, su cabello peinado y de algún lugar oculto, sacaba un par de sandalias limpias.
—Andas de novia, ¿verdad? Le decía sonriéndome. Como no hablaba español mi secretaria traducía y ella avergonzada ponía sus ojos negros coquetos y al lado de las comisuras se le formaban dos hoyuelos.
Se iba a vender como si hubiese salido de un salón de belleza. Luego, hablaba en totonaco a Zoila, y yo preguntaba, ¿qué te dijo?
—Me da las gracias, y a usted le deja dos bocadillos, para que se los coma.
La lotería
Por las tarde repican campanas llamando a misa, hoy el sonido duele, es diferente; habrá una misa de cuerpo presente. Murió Gervacio. Compañero de todos. Un abuelo se abre paso. Se acerca al féretro, dice en silencio: «me fallaste». Después del sepelio se reúne el clan de la tercera edad . En el cuaderno tachan el nombre del finado y el ganador obtiene jugosa ganancia. Ya se ofertan los números del siguiente evento.

Despedida
Hoy vino a verme. La abrace con íntima calidez. Dijo que se encontraba bien, con intenso trabajo. Entendí entonces que no nos veríamos por mucho tiempo y volví a abrazarla para desearle fortuna. Nadie se dijo adiós. Se fue. La vi caminar bajo el sol sin su sombra.
El tesoro(Haibun)
Llegué al pueblo, la iglesia que piedra tras piedra conquistó altura. La entrada miraba al mar. Desde el atrio, contemplé el paisaje; caminos reales, senderos. Casuchas sobre la grama, el ganado vacuno sesteando bajo viejos árboles.
La nave principal, amplia, adornada con retablos tallados por manos artesanales. Al centro, la imagen de Jesús, iluminado por veladoras. Aroma a silencio que se esparcía con la misma intensidad con que la humedad lo hace sobre las paredes. El tiempo allí, no existe.
Recorrí calles, comercios, platiqué con algunas familias y, por último, me entrevisté con las autoridades.
—Señor Presidente, ¿aquí hay dentista?
—No hay, pero viene uno cada mes. ¿También saca muelas?
—Para nada.
No tuve duda, mi intuición decía que allí estaba un tesoro. Años después, sabría que el tesoro no eran riquezas, sino la comprensión de un pueblo olvidado, rico en cultura, despojado de sus tierras.
Tiempo y silencio,
Jesús crucificado;
olor de rezos.

Andariego
Bajo la sombra, sentada, una adolescente escudriña el caserío; imagina que su perro yace con el lomo quebrado en alguna callejuela. Su mirada triste y húmeda. No le arden, no le pican, pero ella los talla. Varias amigas la saludan, más de alguna acompañada por su perro. Está por regresar, cuando siente el roce de un lomo peludo por sus piernas, sabe que es “callejero”. Se hace la indiferente y alzando la voz lo regaña por no avisarle dónde es que se había metido. “Dos días sin saber de ti es demasiado». El Perro le mueve la cola. Ella no se inmuta. Su mirada proyecta que en un futuro “Callejero” no regresará. De muy dentro sale un grito “ No has sido buen perro. Eres libertino, andariego” El can lame sus manos, chilla, mueve la cola. Ella suspira. Toma piedras, cierra los ojos, tira a no darle. “vete” camina dándole la espalda a pasos cortos y después corre hasta ser un punto.
Hayku
.
La nieve cubre
los pinos de la tundra.
El sol emerge.
El baile
Me habían dicho que Lillo era quien bailaba vestido de payaso. No imaginé que aquel viejo aserrador, diestro en trepar los árboles, fuese el danzante. De cara terrosa, cuarteada y con ojillos que simulan persianas entrecerradas, llegaba a la falda de la montaña al clarear la mañana para aserrar la caoba, el cedro o el carboncillo. Es el oficio que aprendió y sabe del quehacer, pues una tabla serruchada por él mide una pulgada por cualquier lado. Lo hacía a escondidas de los militares, por encargo de los ricos. Es un trabajo duro que lo contrapone con sus emociones, por lo que murmuraba -en totonaco- un rezo de perdón.
Tirar el árbol, derramarlo, trozarlo, subirlo a una tarima exige destreza. Trabajaba en silencio. El único ruido que se oía era el roer de los dientes de acero. Era una sierra manual que requería un ojo aritmético y un pulso fino para mantener la dirección del corte. Su oído tenía que ignorar el dolor de la madera y concentrarse en el ruido que hacen las pisadas de los caballos, las voces y ecos. Adquirió con los años un oído de centinela.
Por las tardes, Lillo deambulaba por el parque, la iglesia o el palacio municipal y al saludarlo, sabías que su mano era una pinza revestida por una piel callosa y gruesa. Traía cabello corto que lo cubría con su sombrero de palma; la frente, surcada por canales, servía de marco para unos ojos que ven mejor cuando los entrecierra, pero no adivinas qué hay detrás; sólo se ve una carnosidad, que amenaza con saltar.
En la plaza había ruido de tambores y violines. Sobre la gente arremolinada, atisbé, entre los hombros y sombreros, el baile del payaso. En medio del cuadrado estaba él vestido de colores y con mascara; en cada ángulo, un bailador. Movía hombros y piernas con gracia y elasticidad; se acercaba a cada uno de los danzantes y, bajo el influjo de la música, estremecía su cuerpo, lo hacía temblar durante unos minutos. Con vertiginosa armonía, saltaba de una esquina a otra. Tal parecía un reto que finalizaba consigo mismo. Bailaba solo; sus acompañantes habían desaparecido. Entre el silencio y la risa destacaba –más aún – su profunda soledad: se hacía irreal, sin tiempo. Era un espíritu libre, lejos de la pobreza y la miseria diaria. Poco a poco, doblaba su cuerpo, llegaban las convulsiones y la muerte que coincidía con la nota aguda y lastimera del violín. El público le miraba con tristeza, como viendo parte de su vida en la muerte del payaso. Poco después, cada quién seguía su camino.
El tigre

En la fría, soleada mañana llegó el pájaro que acicala , es un ave que le acomoda el pelo con la peineta de su pico. Él responde con gruñidos , el ave entre chisme y chisme quita las garrapatas del cuello y sigue.
Hoy no gruñó el tigre y el ave comprendió que era un día diferente y calló respetando su deseo.Tiene la cabeza oculta entre sus patas y no percibe que las mariposas revolotean alrededor de su testa. Arriba hay sol tibio, no siente el calor que cae sobre el lomo.
Anoche no levantó su testa al cielo. La luna se fue malhumorada; gusta reflejarse en sus ojos; Allí se peina, corrige sus aretes y se retira.
¡Se fue el hijo del tigre! él se ha quedado solo, ya no harán las correrías por caminos que le enseñó. Sabe que es viejo, no tendrá más hijos. Tiene una mirada lejana. Recuerda los besos del cachorro sobre su hocico, los juegos insistentes, con sus manazas.
Todo fue después de la tormenta, del rayo que mordió los hombros de la montaña.¿Qué dislocó su corazón? para que su hijo cambiara tanto: se hizo taciturno, de mal carácter, y luego enmudeció.
Está solo, pero eso no le preocupa. Él disfruta del viento, la mirada de la luna y el grito en la lejanía de los búhos. Su hijo se fue; eso pasaría tarde o temprano., preocupa lo que dijo antes de irse, lo dijo sin decirlo. Pero el padre adivina que le han dado ansias de matar por el sólo placer de matar y eso no lo soporta.









