El duende de Elena Garro

Sendero

A las tres de la tarde el sol se detenía en limitad del ciclo. El silencio podía estallar en cualquier instante y el jardín podía caer roto en mil pedazos. La casa entera estaba quieta. Solo Rutilio regaba las losetas del corredor. A los pocos instantes, el agua, convertida en vapor, se levantaba de los ladrillos. La valla de helechos que separaba al jardín del corredor no detenía a la ola ardiente que llegaba hasta las habitaciones.

En dos hamacas paralelas Eva y Leli se mecían. El ir y ve­nir de las hamacas columpiaba a la tarde con un ruido de reatas secas. Todos los días a esa hora, la muerte las rondaba: se detenía sobre las ramas y desde allí las miraba.

Eva, ¿te da miedo morir?

No, el otro mundo es tan bonito como este.

—¿Cómo lo sabes?

Me lo dijo mi abuela Francisca.

Eva lo sabía todo, era distinta, estaba en la casa porque tenía curiosidad por este mundo, pero pertenecía a un or­den diferente. Era una aliada poderosa y la única liga que Leli poseía entre este mundo y el mundo tenebroso que la esperaba. “El otro mundo es tan bonito como este”… Durante un rato la frase la dejó convencida, pero luego la puerta que la esperaba y que conducía al vacío volvió a to­mar cuerpo. Con su propio pie daría el paso que iba a pre­cipitarla al abismo por el cual iría descendiendo por los siglos de los siglos, con la cabeza hacia abajo, en una caída sin fin dentro del pozo negro que era la muerte. Por ahí caerían también su padre, su madre y sus hermanos. Y nunca se encontrarían, porque todos caerían en diferentes horas. Solo Eva se quedaría flotando en el jardín, mirando con sus ojos amarillos las cosas que pasaban en la casa.

¿Estás segura de que el otro mundo es tan bonito co­mo este?

Sí, y como no tenemos cuerpo no sudamos.

Era irremediable no tener cuerpo. Elisa decía lo mismo. El sacerdote decía lo mismo. El cuerpo se quedaba acá y no podíamos llevarnos ni un mechoncito de pelo, para recor­dar de qué color habíamos sido. Miró el cabello dorado de Eva. Cerca de las sienes era muy pálido y con el sudor se le pegaba a la piel y tomaba la forma de plumas muy finas. Eva se estaba mirando las manos contra la luz del sol.

Adentro de las manos tenemos luz.

Leli recordó el día que jugando con la navaja de su padre se cortó un dedo y la sangre salió a borbotones. Sintió ver­güenza al sorprender a Eva en una mentira.

¡Mentirosa!

—¿Has visto a Nuestro Señor? De cada dedo le sale un rayo de luz. Mis dedos se van a encender un día y me voy a ir en lo oscuro.

Era verdad que Nuestro Señor y los santos echaban luz por los dedos y por la cabeza y que a Eva no le daba miedo lo oscuro. Tampoco le daba miedo columpiarse de las ra­mas más altas de los árboles.

—¡Te vas a caer! —le gritaba Leli cuando la veía colum­piarse de las hojas altísimas de las palmeras.

—Si me caigo me detiene el Duende —explicaba Eva cuando bajaba a tierra.

El Duende, el dueño del jardín, era muy amigo suyo. Por eso cuando su padre las regañaba porque aplastaban los plátanos tiernos Eva comentaba:

—Pobre, cree que es el dueño de todo…

Esa tarde, Rutilio siguió regando los ladrillos y las tres de la tarde siguieron escritas mucho tiempo en la torre de la iglesia que se asomaba en el cielo del jardín.

Vamos a bañarnos —dijo Eva.

Salieron al jardín. Pasaron bajo las Jacarandas, rodearon a la fuente, cruzaron el macizo de los plátanos, llegaron a los linderos del terreno y alcanzaron el pozo. El pozo era el lugar más fresco del jardín, rodeado de helechos, espadañas y otras hojas que rezu­maba humedad. Hasta allí no llegaban los rumores de la casa. Era la parte secreta del jardín. Un pretil de piedra negra guardaba a su agujero profundo. Muy abajo corría el agua de los ríos en los cuales se bañan las mujeres plateadas y los pájaros de plumas de oro.

Las niñas se desnudaron y luego subieron los cántaros llenos del agua misteriosa. El agua helada convirtió sus cuerpos en dos islas frías en el mar caliente de la tarde. El agua del pozo era un agua risueña; sin embargo, las niñas se bañaban en silencio. Era una tarde predestinada a lo que sucedió después. Leli miraba a las hojas que eran siempre las mismas hojas verdes. Detrás de las mafafas se asomaba una hoja de un verde más oscuro. La hoja tenía venas rojas y por debajo del verde oscuro había un verde clarísimo, que iluminaba al verde oscuro con reflejos de vidrio. La niña cortó una de aquellas hermosas hojas desconocidas y la mordisqueó. La hoja era muy dulce. Cor­tó más y las comió. Eva siempre hacía los descubrimien­tos. Esta vez había sido ella. Iba a reírse satisfecha, cuando sintió que una aguja le atravesaba la lengua. Se quedó quieta. Las encías empezaron a crecerle y en ese momento recordó al negro de Las mil y una noches que con el alfanje en la cintura reparte los venenos para matar a las favoritas infieles. “Estoy envenenada”, se dijo.

No coman yerbas, se van a envenenar —les repetía Antonio.

No le creas a mi papá. El Duende es muy amigo mío y ya les quitó el veneno a todas las plantas —le susurraba Eva a espaldas de su padre.

Eva la había engañado. “Estoy envenenada”, se repitió mirando a su hermana, que ignorante de su suerte seguía jugando con el agua. La presencia de su muerte próxima la asombró. Pronto empezaría a caer cabeza abajo por los siglos de los siglos. ¿Quién iba a darle la mano? No Eva, que ajena al mal irremediable que había caído sobre ella, seguiría regocijándose con el agua. Tenían horas diferentes. Estaban en distintos espacios y cada segundo que pasa­ba sus tiempos se separaban más y más. Los lazos que la ataban a Evita se soltaban y caían sin ruido sobre la hierba. Debía ir sola al otro mundo. Y solo era una hoja verde lo que la separaba de su hermana. Siempre son cosas minúscu­las las que determinan las catástrofes. Miró a Eva con ojos postreros. Pero no podía despedirse, ni irse sola, ni de­jarla sola. Una idea acudió a su cabeza: matar a su herma­na. Se inclinó y cortó un ramo de hojas venenosas.

—Evita, prueba estas hojas, son muy dulces.

Su voz no delató su traición y Eva aceptó agradecida el regalo. ¿Sabría que eran venenosas? Ella lo sabía todo. “¡Dios mío, haz que se las coma!” Y Dios la oyó, porque su hermana empezó a comer las hojas. ¿Y si para ella no eran mortales? Tal vez el Duende había quitado el veneno de las hojas de Eva. “¡Dios mío, que se muera!” Y Dios volvió a oírla, porque de pronto su hermana abrió la boca como para decir algo, sacó la punta de la lengua, la miró con los ojos muy abiertos y su mirada cambió del estupor al espanto.

¡Mala!

La vio salir huyendo. Su cuerpo desnudo y delgadito se perdió entre los árboles. Un segundo grito la alcanzó:

¡Mala!

Eva estaba en la misma hora que ella. “El otro mundo es tan bonito como este, allí no se suda porque no tenemos cuerpo”… ¿Era Evita la que le decía aquellas palabras? Leli cayó muerta.

La tendieron en su cama y corrieron el mosquitero blan­co. En la camita de junto tendieron a Eva. Por la mañana temprano, Leli abrió los ojos y miró con cuidado el día de su muerte. Desde la cama vecina Evita la miraba asqueada. Se volvió a la pared. Leli vio entrar a Elisa. Venía de puntillas, se acercó, descorrió el mosquitero y le tocó la frente como cuando tenía fiebre. Luego retiró la mano preocu­pada.

¿Es cierto lo que dice Evita?

Leli comprendió que ninguna de las dos estaba muerta y se sintió defraudada. Eva mentía. No era verdad su amis­tad con el Duende, ni verdaderos sus poderes. La hoja ver­de les había hecho el mismo daño. Disgustada, también ella se volvió a mirar a la pared.

—¿Verdad que no es cierto?… Tú no quisiste matarla —insistió su madre, que como siempre no entendía nada.

Leli miró con visible disgusto la cal blanca de la pared.

No sabías que eran venenosas. ¿Verdad, hijita?

La niña se sentó en la cama y miró con ojos serios a su madre.

Sí lo sabía, y le pedí a Dios que me ayudara a matarla.

Elisa abrió la boca, sacó la punta de la lengua como para decir algo, abrió mucho los ojos y su mirada pasó del estu­por al espanto.

—¡Mala!

Se alejó de prisa de su cama.

—¡Mala! —volvió a repetir, dirigiéndose hacia la cama de Evita. Su hermana se abrazó a su madre y las dos se pu­sieron a llorar. Acudió su padre y miró a Leli con ojos asus­tados. Después entraron Estrellita y Antoñito. Su hermano levantó el mosquitero, le guiñó un ojo, puso la mano en forma de pistola y le disparó una descarga cerrada: ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Estrellita, sola, de pie en medio de la habita­ción, pareció asombrada, como si su familia y sus crímenes le dieran mucha vergüenza.
Su padre, indeciso primero, avanzó al cabo de unos se­gundos hacia la cama de Eva. Los niños lo siguieron. Leli se quedó sola, mirada por toda la familia, que transida es­cuchaba los sollozos de Eva. Volvían a ser distintas, pero de distinta manera. Se sentó en la cama asombrada. ¿Por qué la hoja le había hecho el mismo daño a Evita? Su madre to­mó en brazos a su hermana y salió con ella de la habita­ción. Su padre y sus hermanos la siguieron. Leli se quedó sola reflexionando.

Al mediodía le llevaron un caldo desgrasado. Candelaria la miró aburrida.

—Anda, come… —le dijo con tedio.

Se bebió el caldo que sabía a trapo mojado. También ella estaba aburrida. Quiso hablar con Candelaria, pero es­ta sólo le contesto con banalidades.

—¿Hasta cuándo dejarás de hacer maldades?

Leli observó que Candelaria tenía las narices aplastadas y que su voz la aburría tanto como sus gestos. Ya no le inte­resaban sus consejos: siempre eran los mismos. Al atardecer su cuarto no le interesaba nada. Las garzas habían desapa­recido de las manchas de humedad y los rincones se habían quedado vacíos. De cuando en cuando, le llegaban desde lejos las risas de Evita y el ¡Bum! iBum! ¡Bum! de la pistola de Antoñito. Las entradas y salidas de sus padres aumenta­ban el aburrimiento. La miraban y le hacían la misma pre­gunta:

—¿Verdad que no quisiste matar a Evita?

Su respuesta afirmativa los hacía huir cada vez más asus­tados.

Cuando encendieron los quinqués, entró Estrellita. Avanzó cautelosa, descorrió el mosquitero y se sentó par­simoniosa en los pies de su cama. Desde allí la miró par­padeando, como si sus grandes pestañas le pesaran tanto que le cansaban los párpados. No dijo ni una palabra. Estrellita nunca hablaba, solo las miraba. Leli le observó las manos cruzadas sobre la faldita blanca, los pies descalzos y rosas y enredados en el velo del mosquitero y las mechas rubias y lacias sobre los hombros. Inmóvil, imperturbable, parecía un idolito dorado. Nunca se había fijado en ella. Se incorporó en la cama para mirarla mejor. Estrellita per­maneció impasible, como si Leli no se hubiera movido o como si le diera absolutamente igual cualquier cosa que hiciera.

Estrellita, dime ¿tú has visto alguna vez al Duende?

—¿Qué duende?

—El del jardín.

No. Yo estoy en los tejados.

—¿Y desde allí no ves al Duende?

No. Desde allí solo te veo a ti y veo a Eva.

—¿Siempre nos ves?

—Siempre

Estrellita parecía un doctor javanés, de párpados pesados flequillo lacio y labios muy arqueados. Ningún músculo de la cara le cambiaba de sitio y las manos cruzadas con solem­nidad sobre la faldita blanca, inmóviles.

Estrellita, yo me envenené primero. Luego le di la ho­ja a Eva y ella también se envenenó. ¿Por qué?

Estrellita la miró sin pestañear.

Porque eran de la misma mata.

—¡Claro! Eso ya lo sé. Pero, ¿por qué se envenenó Eva?

Porque tú quisiste matarla —contestó Estrellita impávi­da, mirando a su hermana—. ¿Te gustó matarla? —preguntó sin cambiar de voz ni de actitud.

—No… no me gustó… o tal vez sí…

Antes no se le había ocurrido que podía gustar o no gus­tar matar. Miró a Estrellita con admiración.

—¿Entonces, por qué la mataste?

Porque quería que se muriera conmigo.

—¡Ah!

Entró Rutilio a llevarle una jarra de agua de limón, la co­locó sobre la mesita de noche, se agachó a mirar a Leli y movió la cabeza con disgusto. Antes de salir murmuró unas palabras. Estrellita no se movió para mirarlo, ni para alcan­zar un vaso de refresco.

Rutilio no sabe nada —dijo Estrellita, que ese día no había subido a los tejados a mirar el jardín y que estaba allí, en la cama de Leli, esperando saber lo que otros no sabían.

No, no sabe nada —confirmó Leli.

Apenas había salido Rutilio, cuando entró su madre alarmada.

—¡Estrellita!

Cogió a la niña de la mano y la sacó de la habitación. Nadie había entendido nada. Solo Estrellita, porque ella miraba desde los tejados.

En los días que siguieron, Estrellita vio desde los tejados la ruina que cayó sobre el jardín. Los plátanos, las Jacarandas, las bugambilias y los helechos se cubrieron de polvo. También desde el tejado, Estrellita miraba las cabezas aburridas de Eva y Leli que se mecían en las hamacas sin hablarse. Estrellita sabía que Leli ya sabía que Eva no tenía ningún secreto y que por menti­rosa no la frecuentaba. Eva todavía tenía la lengua llagada y trataba de ignorar a su hermana. Las dos se daban la es­palda, mientras el jardín caía en ruinas.

Una tarde Estrellita supo que Eva había tomado una de­cisión: maliciosa, le sonreía a Leli desde su hamaca. Estrellita vio que por unos instantes el jardín volvía a ser para Leli como antes, radiante de aromas, pictórico de ho­jas. Pero Leli siguió inmóvil en su hamaca, y el polvo volvió a caer sobre las ramas. Estrellita, incrédula, se limpió los ojos y esperó. Esas dos no podían estar solas.

¡Leli! ¡Lelinca! —dijo Eva.

Su hermana se volvió a su llamado, poseída por una emoción tan violenta que llegó a los tejados.

Lelinca, tú no fuiste…

Estrellita oyó la frase de Eva desde los tejados y movió la cabeza con disgusto.

No, yo no fui… —repitió Leli con su voz de tonta.

Sus palabras llegaron al tejado y Estrellita, con las manos cruzadas sobre la falda blanca, constató que Leli había olvi­dado que Eva no tenía ningún secreto.

Fue el Duende, que estaba enojado conmigo —afirmó Eva con desvergüenza.

¡Es cierto! ¡Es cierto! Él les puso el veneno —gritó Leli abriendo la boca como una completa tonta.

Alegre, se levantó de su hamaca. Estrellita oyó que para Leli se había levantado un canto de pájaros y que los cocos de oro se mecían entre las palmas verdes. Asqueada movió la cabeza. Ella, Estrellita, miró incrédula el esplendor de aquel amor desde su tejado, y sin descruzar las manos, par­padeó varias veces, disgustada. Su faldita blanca brillaba como un hongo sobre el tejado rojo. Una teja se levantó a su lado y la niña miró hacia allí sin sorpresa.

Tú sabes que no fui yo. ¿Verdad?

¡Claro que lo sé! Eva es una mentirosa y Leli es una matona. No les hagas caso —dijo Estrellita con voz segura y ya acostumbrada a los crímenes de su familia.

El Duende se quitó el gorro rojo, se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y desde el espacio libre de la teja levantada, miró con alivio a su única amiga: Estrelli­ta Garro.

Dos Niñas Pequeñas Que Se Sientan En La Hamaca En La Playa Fotos, Retratos,  Imágenes Y Fotografía De Archivo Libres De Derecho. Image 46165756.

En primavera de Jhumpa lahiri

Hindu

En primavera sufro; la estación no me estimula, la encuentro agotadora. La nueva luz me aturde, la naturaleza fulminante me hace sufrir, el aire cargado de polen me irrita los ojos. Todas las mañanas necesito una pastilla para mitigar las alergias, pero me da somnolencia. Me entra modorra, no hay modo de concentrarme, y a la hora del almuerzo solo tengo ganas de irme a la cama. De día sudo y por la noche me muero de frío. No existen zapatos adecuados para esta época caprichosa del año.

Todas las huellas amargas de mi vida están relacionadas con la primavera. Todos los golpes duros. Por eso me acongojan el verde intenso de los árboles, los primeros melocotones en el mercado, las faldas acampanadas y ligeras que llevan las mujeres de mi barrio. Estas cosas me remiten a pérdidas, traiciones, decepciones. Me molesta despertarme y sentirme empujada inevitablemente hacia delante. Pero hoy es sábado y no tengo que salir. Qué gozada despertar y no levantarse

Jhumpa Lahiri Biography | Chicago Public Library
Nilanjana Sudeshna Lahiri conocida como Jhumpa Lahiri es un escritora indobritánica-estadounidense. Nació el 11 de julio de 1967 en Londres (Reino Unido). Jhumpa Lahiri ganó el Premio Pulitzer de novela (2000) por su primera colección de cuentos, «Intérprete de las enfermedades» (1999), y escribió su primera novela, «El buen nombre» (2003), que fue adaptado al cine del mismo nombre en marzo de 2007, dirigida por Mira Nair y protagonizada por Kal Penn como Gogol y estrellas de Bollywood Tabu y Irrfan Khan como sus padres.
Obras
https://malsalvaje.com/2020/12/20/en-primavera-un-minicuento-de-jhumpa-lahiri/

Cocinando la minificción de Paola tena, imperdible.

Medica, pediatra y gran escritora.

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Una inteligencia artificial lo ha confirmado, sólo existen seis tipos de historias literarias

https://magnet.xataka.com/un-mundo-fascinante/inteligencia-artificial-ha-confirmado-solo-existen-seis-tipos-historias-literarias-1

Un cuento de Ray Bradburi

Norteamericano

—Tom —dijo Douglas—, prométeme algo, ¿sí?

—Prometido, ¿qué es?

—Eres mi hermano y te odio a veces, pero no te separes de mí, ¿eh?

—¿Me dejarás entonces que ande contigo y los mayores?

—Bueno… aún eso. Quiero decirte que no desaparezcas, ¿eh? No dejes que te atropelle un coche y no te caigas en algún precipicio.

—¡Claro que no! ¿Por quién me tomas?

—Y si ocurre lo peor, y los dos llegamos a ser realmente viejos, de cuarenta o cuarenta y cinco años, podemos comprar una mina de oro en el Oeste, y quedarnos allí, y fumar y tener barba.

—¡Tener barba, Dios!

—Como te digo. No te separes y que no te pase nada.

—Confía en mi.

—No me preocupas tú —dijo Douglas—, sino el modo como Dios gobierna el mundo.

Tom pensó un momento.

—Bueno, Doug —dijo—, hace lo que puede

https://malsalvaje.com/2020/12/20/prometeme-algo-un-cuento-de-ray-bradbury/

Elena Garro de Marco Aurelio Carballo

Tomado del material de lectura e UNAM

Elena Garro (1920) quería ser coreógrafa, bailarina o general, y de pronto se puso a escribir cuentos. Pero ha escrito más novelas que cuentos, si pudiera hacerse esa clase de equiparación contando el número de cuartillas publicadas. Mientras la mayoría de los escritores afirma que desde siempre ambicionaba escribir, Elena Garro sostiene, en cuanto se lo preguntan, que su vocación era otra. Quizá por esa otra vocación escribió también, antes que las novelas, varias obras de teatro que figuran en el libro Un hogar sólido, con seis piezas en un acto, y Felipe Ángeles, obra en tres actos.

Lo cierto es que la Garro ha escrito muchos cuentos y algunos, si no es que la mayoría, extraordinarios. Hasta antes de su autoexilio —Nueva York, Madrid, París— los antologadores decían que su mejor historia corta es “La culpa es de los tlaxcaltecas”. Ni aquéllos, los antologadores, ni los críticos han hecho un balance acerca de los más recientes cuentos publicados como para señalar que tal o cual texto es el mejor de lo que se ha creado en los últimos años.

Elena Garro ha dicho que sus esfuerzos, con una salud minada a partir de un corazón roto, están dedicados a escribir una novela en torno a la Revolución Rusa, más que historias cortas. En ese libro se sostendría la tesis de que la Gran Duquesa María —hija del Zar a la que se dio por desaparecida, salvándose en apariencia de la matanza— podría haber aparecido en el mundo occidental, y desde luego en el cine, con el nombre de Greta Garbo. Nadie puede asegurar, sin embargo, que no haya escrito cuentos en seguida de Andamos huyendo Lola, volumen editado por Joaquín Mortiz, aunque publicara hasta ahora otras tres novelas, luego de Los recuerdos del porvenir, la primera y más conocida. El otro libro de cuentos es La semana de colores, editado por la Universidad Veracruzana.

Los años pasan —unos ocho desde que anunció la escritura de la novela sobre la Revolución Rusa— pero se ignora si el libro está terminado y si hay algún editor comprometido ya a publicarla, como se ignoran muchas cosas de Elena Garro. Por ejemplo que tenía una máquina de escribir desvencijada y que luego pasó mucho tiempo sin máquina. Habría que especular que la novela sobre la Revolución Rusa está escrita de tal forma novelada que, a lo largo de sus páginas, habrá, seguro, minihistorias tejidas de tal suerte que el lector salte de una a otra, fascinado por el lenguaje electrizante y encantador de la Garro.

En alguna ocasión la escritora dijo en Madrid que escribía las novelas a vuelamáquina. Urgían los adelantos, en cuanto a regalías, para sobrevivir en ese país, España. Por extraños móviles iba de un hostal a otro, de un hotel a otro, huyendo de sombras inidentificables que la acosaban a ella y también a su hija, Helena Paz Garro. Quizá no fue con esa misma rapidez, empleada en las novelas, como escribió Andamos huyendo Lola, cuyos textos están bien trabajados. Aun cuando los personajes principales de los cuentos sean una madre y una hija y dos gatos que andan a salto de urbes y de países, merodean alrededor de ellos otros seres que dan fe con sus actos de lo terrible que puede ser la condición humana, hablen de ellos en inglés, en francés o en español castizo. No es el caso de que hayan sido escritos con celeridad y con descuido —se insiste—, porque son textos redondos.

Henry Miller nunca daba a leer un texto escrito tres años antes, al contrario de Juan José Arreola que cuando se ha releído, según palabras suyas, ha descubierto que sus cuentos fueron publicados sin que, al releerlos, sintiera que algo sobraba o la necesidad de agregar algo. Por supuesto, para Elena Garro, Henry Miller no es uno de los autores de su predilección, como para que siguiera ejemplos que el escritor norteamericano sugiriera copiar. Elena Garro se identifica con autores como Francis Scott Fitzgerald, por mencionar a uno, cuyos personajes son opuestos del todo a los de Henry Miller. En lugar de hombres andrajosos y de amores sórdidos, son caballeros y damas que viven y aman como gente civilizada.

Alguna vez la escritora mexicana —originaria de Puebla y que vivió su niñez en Iguala, Guerrero— deploró la existencia actual de jóvenes de arete, maquillaje, aturdidos de ruido por la música moderna, drogados y salvajes, y se preguntó: “¿Dónde están los bellos y los hermosos, llenos de ideales y de valor?”. Ella misma se respondió: “Desaparecidos para siempre”. Habría que preguntar si con la desaparición de los jóvenes bellos y valientes desaparecerán también los personajes de Elena Garro, es decir, sus cuentos, novelas y obras de teatro.

Lástima que los editores mexicanos poco hayan ofrecido más allá de Andamos huyendo Lola y de sus novelas: Los recuerdos del porvenir, Reencuentro de personajes, Testimonios sobre Mariana y La casa junto al río.

Se ignora si hay tantos más cuentos como para integrar un volumen, pero se sabe que cuando menos una novela —¿sobre la Revolución Rusa?— está terminada. No sería extraño que a Elena Garro empezaran a publicarle en francés y entonces principiara un reconocimiento que aquí se le ha regateado.

Marco Aurelio Carballo

“Estoy absolutamente sola, ya no tengo amigos”*: Elena Garro

Las puertas de la Tía de Rubén García García

Sendero

La tía Gertrudis no puede ver una puerta abierta de la alacena porque se enoja, pero ella deja abierta la de su dormitorio. La puerta del estante, se entiende, se meten las pipiliacas* que se comen el chile del mole. La de su recámara no sé, quizá extraña a su difunto esposo. La escucho llorar y creo que por sofocarlo se oye como un quejido.-¡Flaco, flaco! ve con don Demetrio y pides un kilo de bistecs y medio de chorizo. Buscó el dinero y no lo encontró.-Dile que te lo apunte, luego voy y se lo pago.-Me dijo el carnicero que más tarde pasa a cobrarle. Hizo un gesto de rechazo y luego la cambió a una sonrisa forzada. Yo no vi que don Demetrio llegara ni por la tarde, ni por la noche. Algunos susurros en la madrugada y los quejidos de mi tia antes de que cantara el gallo. Lo que recuerdo es que nunca faltó en la mesa un trozo de carne. Aún me timbra en el oído su voz aflautada:» No desperdicien nada, ni se la den al gato, que no me la regalan»

  • un insecto como un pequeña mariposa que gusta comerse el ají, el chile con los que se hace el mole, un platillo selecto de la cocina mexicana.
Hay una epidemia que está agravando el coronavirus y es que comemos comida  de baja calidad”

Tres textos finalistas, para disfrutar, zenda libros.

Clara Obligado, Lola sanabria y José luis Rodríguez.

Ganadora y finalistas del concurso #HistoriasdePioneras

Crítica al poderoso miligramo de Juan José Arreola de Martha Vivanco

Crítica a: EL PRODIGIOSO MILIGRAMO de Juan José Arreola

Crítica a: EL PRODIGIOSO MILIGRAMO de Juan José Arreola
Por Martha Vivanco
Antes que nada debo reconocer que a mi edad y dueña de una basta biblioteca personal forjada durante cincuenta años de mi vida lectora, me tenga que recriminar por no haberme interesado antes en la vida y obra de Juan José Arreola; en mi acervo sólo El Bestiario que me pareció genial. Más ningún otro intento. Hoy, apenas si le he rozado y ya me cautivó.
Juan José Arreola gran dialogante jalisciense, nacido en 1918 en Zapotlán El Grande, actualmente llamado Cd. Guzmán, donde apenas tuvo oportunidad de iniciar su educación primaria y ya a los doce años de edad trabajaba como encuadernador, labrando allí su pasión por los libros. Autodidacta, reconoció que en alguno de sus empleos, la tarea consistía en leer libros de diferentes autores y esa fue su universidad. Muchos de sus críticos mencionan que su prosa es poesía.
El prodigioso miligramo, cuento publicado en su libro Confabulario en 1952, año en que iniciaba su gobierno como Presidente de la República Adolfo Ruiz Cortínez, quién enfatizó en una política agrarista y social. ¿Cómo saber si las vivencias de Arreola en su tierra natal, provincia en ese entonces aún diáfana y moralista, más lo que se percataba en las conductas de la capital y el entorno político, lo inspiraron a escribir este cuento con ironía y sarcasmo como una caricatura de la sociedad?
Nunca antes intenté escribir una crítica e ignoro el propósito del autor, sin embargo aprecio que es un texto interesante pleno de metáforas con una sátira social en que podemos darle a su cuento sentidos múltiples; personalmente lo enfoco en un tema universal: Ausencia de valores.
En mi adolescencia viví en el Puerto de Veracruz, en ocasiones para refrescar los ardores del clima, acostumbraba tirarme al piso a estudiar o leer, y más de una vez terminaba observando el trajín de las hormigas; insectos que se caracterizan por su laboriosidad. Por lo que, en ánimo de interpretar las metáforas de Arreola, descubro que las hormigas representan el trabajo en una sociedad bien estructurada. Los hombres también en una sociedad trabajamos para vivir. Según el concepto borgeano “Lo que hace un hombre, afecta a todos los hombres”; igual, lo que hizo una hormiga, afectó a todas las hormigas.
En el cuento que nos ocupa, una hormiga que se deduce perezosa pues menciona: “sus antecedentes eran pésimos y era censurada por la sutileza de sus cargas”. Cuando descubre el prodigiosomiligramo, lleva orgullosa su tesoro al hormiguero, donde se lo confiscan y la encarcelan.
Bien pudiera tener el cuento como base los siete pecados capitales: Pereza, Envidia, Avaricia, Soberbia, Ira, Gula y Lujuria.
La hormiga es envidiada por sus compañeras y por la inspectora en jefe. Por lo mismo es causa de avaricia; ella se llena de ira y responde con soberbia a las preguntas que le hacen las autoridades y en el colmo del orgullo dijo: “que lamentaba formar parte de un hormiguero tan imbécil”. Por otro lado, la hormiga en su celda no duerme y la pasa en “éxtasis contemplativo” dando vueltas a su miligramo, ¿avaricia de parte de ella también?. El texto así mismo comenta: “Se organizaron exequias suntuosas, colmadas de bailes y banquetes”, aquí entraría la gula. Y “A duras penas logró funcionar poco después un consejo de ancianas que puso termino a la prolongada etapa de orgiásticos honores”, y en estas líneas encasillaría a la lujuria.
En este caso el miligramo podrían ser los valores morales ya que asevera “lo verdaderamente importante fue olvidado”, o “los falsos miligramos”. Bien pudiera enlistar lo que leo entre líneas: un gobierno autoritario e inepto, desorden nacional, caos, inseguridad, poder e injusticia (que van de la mano), orden (léase sometimiento) a través de la violencia, ambición, crímenes, mentiras, engaño, fraudes y escándalo en los medios de comunicación como artero distractor para el pueblo.
El ser humano sin valores auténticos, su felicidad, como las hormigas, la encuentran en remedos de la dicha: bajas pasiones, vicios, superficialidad, robos, atropellos, desorden, venganza, cobardías y riñas, poder, riquezas.
¿Dónde hemos escuchado antes que las autoridades ofrecen al extranjero nuestra riqueza del país por un puñado de…? Así ocurre en el miligramo.
Actualmente el hombre, como las hormigas, vive una crisis universal, olvidado de buenas y arcaicas costumbres, tradiciones, léase VALORES, y se entrega a una desenfrenada lucha por la riqueza material. Malinchista, pone el tapete a los extranjeros, a los poderosos y menosprecia y envidia al hermano.
Lo mismo en todas las épocas de la historia, desde la Biblia con Abel y Caín o en El Éxodo con el becerro de oro, o en la mitología, los males que cubrieron al mundo a causa de la curiosidad de Pandora, con el despliegue de su contenido para la decadencia y destrucción de la humanidad.
Concluyo: En palabras de Arreola “Todo hombre que quiere decir lo que siente, ya ha fracasado de entrada”. No se si mi crítica induce a pensar como yo, en todo caso, lea la obra y saque sus propias conclusiones. Acaso el miligramo signifique para algunos el amor, la dicha, el conocimiento, la religión o la esperanza.
Arreola en su preocupación por el destino del mundo y el drama de los hombres, remata el cuento de esta manera: “Actualmente las hormigas afrentan una crisis universal. Olvidados de sus costumbres, tradicionalmente prácticas y utilitarias, se entregan en todas partes a una desenfrenada búsqueda de miligramos. Comen fuera del hormiguero y sólo almacenan sutiles y deslumbrantes objetos. Tal vez muy pronto desaparezcan como especie”.
Para usted lector ¿cual es su miligramo?

https://revistaelaguila.blogspot.com/2010/09/critica-el-prodigioso-miligramo-de-juan.html

Si no lo leyó, aquí esta la liga: https://sendero.blog/2021/03/22/el-poderoso-miligramo-de-juan-jose-arreola

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Confabulario - Detalle de la obra - Enciclopedia de la Literatura en México  - FLM - CONACULTA

El niño de Rubén García García

Sendero
El niño duerme y despierta.
El viento frío hace bailar a los árboles.
Los dos cartones que tiene no le bastan,
despierta, tirita y escucha
los pasos de hormiga que huyen.

Llega un perro y se echa a su lado.
Su piel, pulso y corazón de pajaro agradecen.
Mañana llegará el sol.

La niña prodigio de Carson Maccullers

Entró en la sala, con la carpeta de la música golpeándole contra las piernas con medias de invierno y el otro brazo caído por el contrapeso de los libros de clase; se quedó quieta un momento escuchando los sonidos que venían del estudio. Una procesión suave de acordes de piano y el afinar de un violín. Luego el señor Bilderbach la llamó con su voz gutural y pastosa:

—¿Eres tú, Bienchen?

Al tirar de sus mitones vio que sus dedos se contraían con los movimientos de la fuga que había estado estudiando esa mañana.

—Sí —contestó—. Soy yo.

—Un momento.

Se oía hablar al señor Lafkowitz; sus palabras se devanaban en un murmullo sedoso e ininteligible. Una voz casi de mujer, pensó, comparada con la del señor Bilderbach. La inquietud dispersó su atención. Manoseó el libro de geometría y Le Voyage de Monsieur Perrichon antes de dejarlos sobre la mesa. Se sentó en el sofá y empezó a sacar de la carpeta sus papeles de música. Se miró otra vez las manos, los tendones palpitantes que bajaban tensos de los nudillos, la herida de un dedo enfundada en una cintita enrollada y sucia. Al verla, se agudizó el miedo que la había empezado a atormentar en los últimos meses.

En voz baja se murmuró a sí misma unas palabras de aliento. Una buena lección, como antes. Cerró los labios cuando oyó el ruido pesado de los pasos del señor Bilderbach atravesando el suelo del estudio y el crujido de la puerta al abrirse.

Por un momento tuvo la extraña sensación de que durante los quince años de su vida, la mayor parte del tiempo se la había pasado mirando el rostro y los hombros que sobresalían ahora por detrás de la puerta, en un silencio que solo rompía el pellizcar asordinado y ausente de una cuerda de violín. El señor Bilderbach. Su profesor, el señor Bilderbach. Los ojos vivos detrás de las gafas con cerco de concha, el pelo suave y claro, y, debajo, la cara estrecha; los labios gruesos y cerrados con suavidad, el de abajo rosa y brillante de mordérselo con los dientes; las venas bifurcadas en las sienes latiendo tan claramente que se las podía ver desde el otro lado de la habitación.

—¿No has venido un poco temprano? —le preguntó echando una mirada al reloj de la chimenea, que, desde hacía un mes, señalaba las doce y cinco—. Ahí está Josef. Estamos mirando una sonatina de uno que él conoce.

—Muy bien —dijo ella tratando de sonreír—. La escucharé.

Le parecía ver sus dedos hundiéndose impotentes en una confusión de teclas de piano. Se sintió cansada, sintió que si él la seguía mirando mucho rato le temblarían las manos.

Él se quedó indeciso en mitad de la habitación. Apretó los dientes con fuerza en el labio inferior, hinchado y brillante.

—¿Tienes hambre, Bienchen? —preguntó—. Hay un poco de pastel de manzana que ha hecho Anna, y leche.

—Esperaré a después —dijo ella—. Gracias.

—Cuando termines una clase muy buena, ¿eh? —la sonrisa de él pareció desmigarse por las comisuras.

Se oyó un ruido detrás de él en el estudio y el señor Lafkowitz empujó la otra hoja de la puerta y se quedó quieto a su lado.

—¿Qué hay, Frances? —dijo sonriendo—. Y ¿qué tal va el trabajo?

Sin quererlo, el señor Lafkowitz la hacía siempre sentirse sin gracia, desgarbada. Era un hombre pequeñito, de aspecto fatigado cuando no sostenía el violín. Las cejas se curvaban muy altas sobre su cara cetrina de judío, como preguntando algo, pero los párpados se cerraban lánguidos e indiferentes. Hoy tenía un aire distraído. Lo miró entrar en la habitación sin propósito visible, sosteniendo el arco con incrustaciones de nácar entre los dedos tranquilos y haciendo pasar las crines blancas por el pedazo de resina. Hoy tenía los ojos como hendiduras agudas y brillantes y el pañuelo de hilo que le asomaba por el cuello oscurecía sus ojeras.

—Supongo que estás trabajando mucho ahora —sonrió el señor Lafkowitz, aunque ella no había contestado a su pregunta.

Ella miró al señor Bilderbach y él se volvió. Sus hombros pesados empujaron la puerta abriéndola y el último sol de la tarde entró por la ventana del estudio, una línea amarilla por el cuarto de estar polvoriento. Detrás de su profesor podía ver el largo piano agazapado, la ventana y el busto de Brahms.

—No —contestó ella a Lafkowitz—, lo estoy haciendo muy mal. —Sus dedos delgados aletearon por las hojas de música—. No sé lo que me pasa —dijo mirando la espalda musculosa e inclinada del señor Bilderbach, que estaba en tensión escuchando.

El señor Lafkowitz sonrió.

—Me parece que hay veces que uno…

Sonó en el piano un acorde duro.

—¿No creen que sería mejor que siguiéramos con esto? —preguntó el señor Bilderbach.

—En seguida —dijo Lafkowitz dándole al arco otra pasada antes de dirigirse a la puerta. Ella pudo verlo recoger su violín de encima del piano. Él la vio y bajó el instrumento—. ¿Has visto el retrato de Heime?

Sus dedos se agarraron con fuerza a los bordes agudos de la carpeta.

—¿Qué retrato? —preguntó.

—Uno de Heime en el Musical Courier que está ahí en la mesa. Detrás de la cubierta.

Empezó la sonatina. Discordante, pero de todas maneras sencilla. Vacía, pero con un estilo propio bien cortado. Frances tomó la revista y la abrió.

Ahí estaba Heime, en el ángulo de la izquierda. Sostenía el violín con los dedos curvados hacia abajo sobre las cuerdas, para el pizzicato. Con sus pantalones bombachos oscuros sujetos con cuidado bajo las rodillas y un suéter de cuello alto. Era una foto mala. Aunque estaba de perfil, sus ojos se volvían hacia el fotógrafo y parecía que el dedo iba a equivocarse de cuerda. Parecía sufrir de tenerse que volver hacia el aparato fotográfico. Estaba más delgado (la tripa ya no le sobresalía), pero no había cambiado mucho en estos seis meses. «Heime Israelsky, joven violinista de talento, fotografiado mientras ensaya en el estudio de su profesor en Riverside Drive. El joven maestro Israelsky, que pronto cumplirá quince años, ha sido invitado a tocar el Concierto de Beethoven con…»

A ella, esa mañana, después de estudiar de seis a ocho, su padre la había hecho sentarse con la familia a desayunar. Odiaba el desayuno; luego se quedaba como marcada. Prefería esperar y comprarse cuatro barras de chocolate con sus veinte centavos del almuerzo y comérselas durante la clase, sacándolas a pedacitos del bolsillo, debajo del pañuelo, y parándose en seco cada vez que el papel de plata hacía ruido. Pero aquella mañana su padre le había puesto un huevo frito en el plato, y sabía que, si se rompía y el amarillo viscoso se escurría sobre el blanco, lloraría. Y había pasado eso. Esa sensación le venía también ahora. Dejó otra vez la revista con cuidado y cerró los ojos.

La música del estudio parecía buscar violentamente y sin gracia alguna algo que no se podía lograr. Un momento después sus pensamientos se alejaron de Heime y el concierto y la foto, y revolotearon otra vez en torno a la lección. Se tumbó en el sofá hasta que pudo ver bien el estudio: los dos tocando, escudriñando las anotaciones sobre el piano, sacando con afán todo lo que estaba allí escrito.

No podía olvidar el recuerdo de la cara del señor Bilderbach cuando la había mirado un rato antes. Sus manos, que todavía se crispaban inconscientemente con los movimientos de la fuga, se agarraban a sus rodillas huesudas. Cansada, eso es lo que estaba. Y con aquella sensación de hundirse y disolverse en ondas, como la que le venía tan a menudo antes de echarse a dormir por la noche cuando había estudiado demasiado. Como aquellos medio sueños fatigosos que zumbaban y la arrastraban en sus torbellinos.

Una niña prodigio, prodigio, prodigio. Las sílabas le venían rodando, le golpeaban contra los oídos y luego se hacían un murmullo. Y con los rostros girando, hinchándose hasta la distorsión, achicándose en pálidas burbujas. El señor Bilderbach, la señora Bilderbach, Heime, el señor Lafkowitz. Dando vueltas y más vueltas en círculo en torno a “prodigio”. Y el señor Bilderbach, enorme en mitad del círculo, su rostro apremiante, y todos los demás a su alrededor.

Frases musicales balanceándose locamente. Notas que había tocado cayendo unas sobre otras como un puñado de canicas escaleras abajo. Bach, Debussy, Prokofiev, Brahms… llevando el compás grotescamente con el último latido de su cuerpo cansado y el círculo zumbante.

Algunas veces, cuando no había estudiado más de tres horas, o no había ido al instituto, los sueños no eran tan confusos. La música se remontaba con claridad en su cabeza y volvían pequeños recuerdos, rápidos y precisos, claros como esa ñoña foto de la “Edad de la Inocencia” que Heime le había dado al terminar el concierto en que tocaron juntos.

Prodigio, prodigio. Eso la había llamado el señor Bilderbach cuando, a los doce años, fue a su estudio por primera vez. Los alumnos mayores lo habían repetido.

No que el señor Bilderbach se lo hubiera dicho nunca a ella. «Bienchen…» (Ella tenía un nombre corriente, pero él lo usaba solamente cuando ella cometía equivocaciones muy grandes.) «Bienchen», solía decir. «Sé que debe de ser terrible llevar todo el tiempo una cabeza tan cargada. Pobre Bienchen…»

El padre del señor Bilderbach fue un violinista holandés. Su madre era de Praga. Él había nacido en esa ciudad y había pasado su juventud en Alemania. ¡Cuántas veces había deseado ella no haber nacido y haberse criado simplemente en Cincinnati! «¿Cómo se dice queso en alemán?, señor Bilderbach.» «¿Cómo se dice en holandés no lo entiendo

El primer día vino ella al estudio. Tocó toda la Rapsodia húngara n.° 2 de memoria. El cuarto ensombreciéndose con el crepúsculo. El rostro del señor Bilderbach al encorvarse sobre el piano.

—Ahora empezaremos todo otra vez —dijo aquel primer día—. Esto; tocar música, es algo más que una maña. Que los dedos de una niña de doce años cubran tantas teclas en un segundo, no quiere decir nada. —Se golpeó con su mano grandota el pecho ancho y la frente—: Aquí y aquí. Eres lo bastante mayor para entenderlo. —Encendió un cigarrillo y le sopló bromeando el humo sobre la cabeza—. Trabajar, trabajar, trabajar. Vamos a empezar ahora con estas Invenciones de Bach y estas piezas de Schumann. —Se movieron otra vez sus manos, ahora para tirar de la cadenilla de la lámpara que estaba detrás de ella y señalar la música—. Te voy a enseñar cómo quiero que estudies esto. Escucha con atención.

Había estado al piano casi tres horas y se sentía muy cansada. La voz honda del señor Bilderbach sonaba como si vagase dentro de ella desde hacía mucho tiempo. Quería alcanzar y tocar sus dedos flexibles y musculosos que señalaban las frases; quería sentir el anillo fulgurante y su mano velluda y fuerte.

Tenía clase los martes después de la escuela y los sábados por la tarde. Muchas veces se quedaba después de terminar la lección del sábado y cenaba y dormía con ellos y a la mañana siguiente tomaba el tranvía para su casa. La señora Bilderbach la quería a su manera tranquila, casi en silencio. Era muy diferente de su marido. Era pacífica, gorda y lenta. Cuando no estaba en la cocina haciendo alguno de los ricos platos que a los dos les gustaban tanto, parecía pasarse todo el tiempo arriba, en su cama, leyendo revistas o, simplemente, mirando a la nada con una semisonrisa. Cuando se casaron en Alemania, ella se dedicaba a cantar lieder. Ya no volvió a cantar (decía que era por la garganta). Cuando el señor Bilderbach iba a la cocina a llamarla para que escuchara a un alumno, sonreía siempre y decía que estaba gut, muy gut.

Cuando Frances tenía trece años, se le ocurrió un día que los Bilderbach no tenían hijos. Le pareció extraño. Una vez estaba con la señora Bilderbach en la cocina cuando llegó del estudio él, en tensión, furioso contra algún alumno que lo fastidiaba. Ella siguió batiendo la sopa espesa, hasta que el señor Bilderbach, con su mano, como a tientas, se apoyó en su hombro. Entonces se volvió, con aire plácido, mientras él la abrazaba y escondía su cara seca en la carne blanca y sin nervios de su cuello. Así estuvieron sin moverse. Luego él levantó bruscamente la cara, en la que la ira se había cambiado en una tranquila falta de expresión, y volvió a su estudio.

Desde que había empezado con el señor Bilderbach, no tenía tiempo de ver a la gente del colegio, y Heime había sido el único amigo de su edad. Era alumno del señor Lafkowitz y venía con él a casa del señor Bilderbach las tardes en que ella estaba allí. Oían tocar a sus profesores y, a veces, también ellos dos hacían juntos música de cámara, sonatas de Mozart o Bloch.

Prodigio, prodigio.

Heime era un niño prodigio. Él y ella.

Heime tocaba el violín desde los cuatro años. No tenía que ir al colegio; el hermano del señor Lafkowitz, que era tullido, le enseñaba por las tardes geometría, la historia de Europa y los verbos franceses. A los trece años tenía una técnica como el mejor violinista de Cincinnati, todo el mundo lo decía. Pero tocar el violín debe ser más fácil que el piano. Estaba segura de que lo era.

Heime parecía oler siempre a pantalones de pana, a la comida que había comido y a resina. Casi siempre, también, tenía las manos sucias alrededor de los nudillos y los puños de la camisa le salían grisáceos por las mangas del suéter. Ella le miraba siempre las manos cuando tocaba: flacas solamente en las articulaciones, con duras burbujitas de carne rebosando encima de las uñas raspadas, y el pliegue, tan niño, que se le notaba en la muñeca arqueada.

Lo mismo dormida que despierta, podía recordar el concierto solo en una nebulosa. No supo hasta algunos meses después que ella no había tenido éxito. Era verdad que los periódicos habían alabado a Heime más que a ella. Pero él era más pequeño. Cuando estaban de pie, juntos, en el escenario, él le llegaba solo a los hombros. Y eso para la gente importaba mucho, ella lo sabía. También había aquello de la sonata que tocaron juntos. La de Bloch.

—No, no. No creo que esto sea lo apropiado —había dicho el señor Bilderbach cuando sugirieron lo de Bloch para finalizar el concierto—. Mejor eso de John Powell, la Sonata virginalesca.

Ella no lo había comprendido entonces; quería que fuera la de Bloch, igual que el señor Lafkowitz y Heime.

El señor Bilderbach había cedido. Después, cuando en las reseñas dijeron que le faltaba temperamento para esa clase de música, después que llamaron a su manera de tocar floja y sin sentimiento, se sintió defraudada.

—Eso de oi-oi —dijo el señor Bilderbach apuntándole con los periódicos— no es para ti, Bienchen. Deja eso para los Heime, los witzes y los eskis.

Una niña prodigio. No importaba qué dijeran los periódicos; eso era lo que él la había llamado. ¿Por qué Heime lo había hecho mucho mejor que ella en el concierto? En la escuela, a veces, cuando debería estar mirando al que resolvía el problema de geometría en la pizarra, la pregunta se revolvía como un cuchillo dentro de ella. Pensaba en ello en la cama y, a veces, hasta cuando debería estar concentrada en el piano. No era culpa de Bloch ni de que ella no fuera judía; no del todo, por lo menos. ¿Sería que Heime no tenía que ir a la escuela y había empezado a tocar tan pequeño? ¿Sería…?

Por fin pensó que ya sabía el porqué.

—Toca la Fantasía y fuga —le había dicho el señor Bilderbach una tarde hacía un año, después de que él y el señor Lafkowitz habían terminado de leer algo de música juntos.

Mientras tocaba, le pareció que Bach le salía bien. Con el rabillo del ojo podía ver la expresión tranquila y contenta del rostro del señor Bilderbach, podía verlo levantar las manos de los brazos de la silla en los momentos culminantes y luego dejarlas caer satisfechas, cuando los puntos cumbres de las frases habían salido bien. Ella se levantó del piano al terminar la pieza, tragando como para aflojar las ligaduras que la música parecía haberle atado alrededor de la garganta y del pecho. Pero…

—Frances —había dicho entonces el señor Lafkowitz, mirándola de pronto con una curva en su boca fina y sus ojos casi cubiertos por sus pestañas delicadas—. ¿Sabes cuántos hijos tenía Bach?

Ella se volvió intrigada:

—Muchos, veintitantos…

—Bien, entonces… —los bordes de su sonrisa se marcaban suavemente en su cara pálida—. Entonces… no podía ser tan frío.

Al señor Bilderbach esto no le gustó; su refulgencia gutural de palabras alemanas parecía dejar oír Kind en alguna parte. El señor Lafkowitz levantó las cejas. Ella se había dado cuenta, pero quiso guardar un rostro inexperto y sin expresión porque era como al señor Bilderbach le gustaba verla.

Pero estas cosas no tenían nada que ver. No importaban mucho por lo menos, porque ya se haría mayor. El señor Bilderbach lo comprendía y, después de todo, tampoco el señor Lafkowitz había dicho en serio lo que dijo.

En sus sueños, el rostro del señor Bilderbach se ensanchaba y se contraía en el centro de un círculo en torbellino, los labios alzándose suavemente, las sienes insistiendo.

Pero, a veces, antes de dormirse, había recuerdos tan claros como cuando se remetió un agujero que tenía en la media para que lo tapara el zapato.

—¡Bienchen, Bienchen!

Y el traer la señora Bilderbach la cesta de la costura para enseñarle cómo se zurcía y no eso de apretarlo todo en un montón arrebujado.

Y cuando se examinó de grado medio en la escuela: «¿Qué te vas a poner?», le preguntó la señora Bilderbach el domingo por la mañana, durante el desayuno, cuando ella les contó cómo habían ensayado la entrada en el salón de actos.

—Un traje de noche que se puso el año pasado mi prima.

—¡Ay, Bienchen! —dijo él dando vueltas con sus pesadas manos a la taza de café, mirándola, con pliegues alrededor de sus ojos risueños—. Apuesto a que sé lo que quiere Bienchen…

Él insistió. No le creyó cuando ella le dijo que, de verdad, no le importaba nada.

—Así, Anna —dijo, empujando la servilleta al otro lado de la mesa. Y cruzó la habitación con andares afectados, moviendo las caderas y girando los ojos detrás de las gafas de concha.

El sábado siguiente por la tarde, después de la clase, se la llevó a los almacenes de la ciudad. Sus dedos gruesos acariciaban los tejidos finos y los organdíes crujientes que las dependientas sacaban de sus perchas. Le ponía los colores junto a la cara, torciendo la cabeza a un lado, y escogió el rosa. También se acordó de los zapatos. Prefirió unos zapatos blancos de niña. A ella le parecieron un poco de señora vieja, y la etiqueta con la cruz roja en el talón les daba un aire de beneficencia. Pero no importaba. Cuando la señora Bilderbach empezó a acortarlo y a sujetarlo con alfileres, el señor Bilderbach interrumpió la clase para verlo y sugerir fruncidos en las caderas y en el cuello y una rosa de fantasía en el hombro. La música iba saliendo bien. Los trajes y la fiesta de fin de curso y demás no cambiaban nada.

Nada importaba mucho, excepto tocar la música como había que tocarla, haciendo salir lo que tenía dentro, tocando y tocando, hasta que el rostro del señor Bilderbach perdiera algo de su mirada apremiante. Poniendo en la música lo que ponían Myra Hess, Yehudi Menuhin… ¡Incluso Heime!

¿Qué le había empezado a pasar en los últimos cuatro meses? Las notas comenzaban a salir con una entonación muerta y rota. La adolescencia, pensó. Algunos niños prometen tocando y tocan y tocan hasta que, como ella, cualquier bobada los hace llorar. Y se cansan queriendo sacarlo bien, y están anhelando algo; algo extraño empieza a ocurrir. ¡Pero ella no! Ella era como Heime. Tenía que serlo. Ella…

En otro tiempo, era seguro que tenía ese don. Y esas cosas no se pierden. Prodigio… Prodigio… había dicho de ella el señor Bilderbach, arrastrando las palabras a la segura y profunda manera alemana. Y en los sueños más profundamente aún, más cierta que nunca. Con su cara como un espejismo ante ella, y las anhelantes frases musicales mezcladas en el zumbante girar y girar. Prodigio, prodigio…

Aquella tarde, el señor Bilderbach no acompañó al señor Lafkowitz hasta la puerta, como de costumbre. Se quedó en el piano, apretando con suavidad una nota solitaria. Escuchando, Frances vio al violinista enrollarse la bufanda alrededor de la garganta pálida.

—Una buena fotografía de Heime —dijo ella cogiendo sus papeles de música—. Me escribió una carta hace un par de meses contándome que había oído a Schnabel y a Hubermann, y sobre el Carnegie Hall y lo que se come en la sala de té rusa.

Para retrasar un poco más su entrada en el estudio, esperó hasta que el señor Lafkowitz se dispuso a marchar y se quedó detrás de él hasta que abrió la puerta. El frío helado de fuera entró cortante en la habitación. Se hacía tarde y el aire estaba teñido del amarillo pálido del atardecer del crepúsculo invernal. Al girar la puerta en los goznes, la casa parecía más oscura y más silenciosa que nunca.

Cuando ella entró en el estudio, el señor Bilderbach se levantó del piano y, en silencio, la miró sentarse al teclado.

—Bueno, Bienchen —dijo—. Esta tarde vamos a empezar desde el principio. Olvida estos últimos meses.

Parecía como si tratara de representar un papel en una película. Balanceaba su cuerpo sólido y se frotaba las manos, y hasta sonrió de una manera satisfecha, cinematográfica. Luego, de pronto, dejó esta actitud de manera brusca. Dejó caer sus hombros pesados y empezó a mirar el montón de música que ella había traído.

—Bach… no, todavía no, no —murmuró—. ¿Beethoven? Sí, la Sonata con variaciones, op. 26.

Las teclas del piano la aprisionaban, tiesas y blancas como muertas.

—Espera un momento —dijo él. Estaba de pie, en la curva del piano, apoyado de codos, mirándola—. Hoy espero algo de ti. Esta sonata es la primera sonata de Beethoven que estudiaste. No te falla ni una sola nota técnicamente; no tienes que preocuparte más que de la música. Eso es todo lo que tienes que pensar.

Recorrió las páginas del tomo hasta que encontró dónde estaba. Luego empujó su silla hasta la mitad de la habitación, le dio la vuelta y se sentó a horcajadas, apoyándose en el respaldo.

Por alguna razón, ella sabía que esta postura de él tenía un buen efecto en su actuación. Pero sentía que hoy iba a verlo con el rabillo del ojo y que se distraería. El señor Bilderbach estaba sentado, tieso, con las piernas en tensión. El pesado libro parecía balancearse peligrosamente sobre el respaldo de la silla.

—Vamos ya —dijo él lanzando un disparo de sus ojos hacia ella.

Ella curvó las manos sobre las teclas y luego las hundió. Las primeras notas fueron demasiado fuertes, las otras frases siguieron secas. El señor Bilderbach levantó la mano de la música:

—Espera; piensa un momento en lo que estás tocando. ¿Cómo está marcado este principio?

—An…andante.

—Muy bien. No lo hagas un adagio entonces. Y toca bien en las notas. No las arrastres por encima de esa manera. A ver. Un andante gracioso y expresivo.

Probó otra vez. Sus manos parecían estar separadas de la música que había dentro de ella.

—Escucha —interrumpió él—. ¿Cuál de estas variaciones domina el conjunto?

—La marcha fúnebre.

—Prepárate entonces para ella. Esto es un andante, pero no una pieza de salón según tú la has tocado. Empieza suavemente, piano, y no hagas el crescendo hasta llegar al arpegio. Hazlo cálido y dramático. Y aquí abajo, donde pone dolce, haz cantar a la melodía. Sabes ya todo eso. Ya lo hemos visto todo. Ahora tócalo. Siéntelo como Beethoven lo escribió. Siente esa tragedia y contención.

No podía dejar de mirar las manos de él. Parecían posarse intencionadamente en la música, dispuestas a levantarse en señal de parada tan pronto como ella empezara, con el brillo de su sortija avisándole el alto.

—Señor Bilderbach, puede ser que si yo… si usted me dejara tocar la primera variación sin pararme, lo haría mejor.

—No te interrumpiré —dijo él.

Agachó demasiado su cara pálida sobre las teclas. Tocó la primera parte y, obedeciendo a una señal de él, empezó la segunda. No había faltas que le molestaran, pero las frases salían de sus dedos antes de que pudiera poner en ellas lo que sentía que quería decir.

Cuando terminó, él levantó la vista de la música y empezó a hablar con calma gris:

—No he oído casi esos acordes de la mano derecha. Y, por cierto, esta parte tendría que ir creciendo en intensidad, desarrollando los temas que tenían que haberse destacado en la primera parte. En fin, pasa a la siguiente.

Quería empezar con una tristeza contenida, para ir llegando paulatinamente a una expresión de dolor hondo, desbordante. Eso era lo que le decía la cabeza. Pero las manos parecían pegársele a las teclas como macarrones blandos y no podía imaginar cómo tenía que ser la música.

Cuando cesó de resonar la última nota, el señor Bilderbach cerró el libro y se levantó de la silla poco a poco. Movía la mandíbula inferior de un lado a otro y entre sus labios abiertos se podía ver la pequeña línea roja de la garganta y sus dientes amarillos de tabaco. Dejó el libro de Beethoven sobre el montón de música y apoyó los codos otra vez en el piano negro y suave.

—No —dijo sencillamente, mirándola.

La boca de ella empezó a temblar.

—No puedo remediarlo. Yo…

Repentinamente, él se sonrió.

—Escucha, Bienchen —empezó con una voz suave, forzada—. ¿Tocas todavía El herrero armonioso, no? Te dije que no lo quitaras de tu repertorio.

—Sí —dijo ella—, lo toco de vez en cuando.

Era la voz que él usaba con los niños.

—¿Te acuerdas? Fue de las primeras cosas que tocamos juntos. Lo solías tocar muy fuerte, como si fueras de verdad la hija de un herrero. Ya ves, Bienchen, te conozco tan bien… como si fueras mi propia hija. Sé lo que tienes. Te he oído tocar tan bien… Solías tocar…

Se paró sin saber qué decir y chupó la colilla pulposa de su cigarrillo. El humo salía como adormecido de los rosados labios de él y se enredaba en una niebla gris por los lisos cabellos y la frente infantil de Frances.

—Hazlo sencillo y alegre —dijo él encendiendo la lámpara detrás de ella y alejándose del piano. Se quedó un momento dentro del círculo brillante que hacía la luz. Luego, impulsivamente, se puso casi en cuclillas—. Vigoroso —dijo.

Ella no podía dejar de mirarlo, sentado en un talón con el otro pie delante de él para guardar el equilibrio, los músculos de sus fuertes muslos en tensión bajo la tela de los pantalones, la espalda derecha, los codos apoyados sólidamente en las rodillas.

—Ahora, sencillamente —repitió con un gesto de sus manos carnosas—, piensa en el herrero trabajando todo el día al sol. Trabajando tranquilo y sin que lo molesten.

Ella no podía mirar al piano. La luz le iluminaba el vello de las manos extendidas y hacía brillar los cristales de sus gafas.

—¡Todo seguido! —ordenó él—. ¡Vamos ya!

Ella sintió que la médula de sus huesos se vaciaba y que no le quedaba sangre dentro. El corazón, que toda la tarde le había golpeado contra el pecho, lo sintió muerto, lo vio gris, blando y encogido por los bordes como una ostra.

El rostro del señor Bilderbach parecía vibrar en el espacio delante de ella, acercarse al ritmo de las sacudidas de las venas de sus sienes. Evasivamente ella miró al piano. Sus labios temblaban como jalea y una oleada de lágrimas silenciosas hizo que las teclas blancas se le empañaran.

—No puedo —murmuró—. No sé por qué, pero no puedo. No puedo más.

El cuerpo tenso del señor Bilderbach se relajó y poniéndose la mano en el costado se levantó. Ella recogió su música y le pasó por delante corriendo.

Su abrigo. Los mitones. Los chanclos. Los libros de la escuela y la cartera que él le había regalado en su cumpleaños. Todo lo que en el cuarto silencioso era suyo. De prisa, antes de que él hablara.

Al atravesar el vestíbulo no pudo dejar de ver las manos de él, colgando del cuerpo, que se apoyaba contra la puerta del estudio, relajado y sin designio. Cerró la puerta con fuerza. Con los libros y la cartera a rastras, bajó tropezándose por las escaleras de piedra, se equivocó de dirección al salir, corrió por la calle que se había vuelto una confusión de ruidos y bicicletas y juegos de otros niños.

FIN