La niña prodigio de Carson Maccullers

Entró en la sala, con la carpeta de la música golpeándole contra las piernas con medias de invierno y el otro brazo caído por el contrapeso de los libros de clase; se quedó quieta un momento escuchando los sonidos que venían del estudio. Una procesión suave de acordes de piano y el afinar de un violín. Luego el señor Bilderbach la llamó con su voz gutural y pastosa:

—¿Eres tú, Bienchen?

Al tirar de sus mitones vio que sus dedos se contraían con los movimientos de la fuga que había estado estudiando esa mañana.

—Sí —contestó—. Soy yo.

—Un momento.

Se oía hablar al señor Lafkowitz; sus palabras se devanaban en un murmullo sedoso e ininteligible. Una voz casi de mujer, pensó, comparada con la del señor Bilderbach. La inquietud dispersó su atención. Manoseó el libro de geometría y Le Voyage de Monsieur Perrichon antes de dejarlos sobre la mesa. Se sentó en el sofá y empezó a sacar de la carpeta sus papeles de música. Se miró otra vez las manos, los tendones palpitantes que bajaban tensos de los nudillos, la herida de un dedo enfundada en una cintita enrollada y sucia. Al verla, se agudizó el miedo que la había empezado a atormentar en los últimos meses.

En voz baja se murmuró a sí misma unas palabras de aliento. Una buena lección, como antes. Cerró los labios cuando oyó el ruido pesado de los pasos del señor Bilderbach atravesando el suelo del estudio y el crujido de la puerta al abrirse.

Por un momento tuvo la extraña sensación de que durante los quince años de su vida, la mayor parte del tiempo se la había pasado mirando el rostro y los hombros que sobresalían ahora por detrás de la puerta, en un silencio que solo rompía el pellizcar asordinado y ausente de una cuerda de violín. El señor Bilderbach. Su profesor, el señor Bilderbach. Los ojos vivos detrás de las gafas con cerco de concha, el pelo suave y claro, y, debajo, la cara estrecha; los labios gruesos y cerrados con suavidad, el de abajo rosa y brillante de mordérselo con los dientes; las venas bifurcadas en las sienes latiendo tan claramente que se las podía ver desde el otro lado de la habitación.

—¿No has venido un poco temprano? —le preguntó echando una mirada al reloj de la chimenea, que, desde hacía un mes, señalaba las doce y cinco—. Ahí está Josef. Estamos mirando una sonatina de uno que él conoce.

—Muy bien —dijo ella tratando de sonreír—. La escucharé.

Le parecía ver sus dedos hundiéndose impotentes en una confusión de teclas de piano. Se sintió cansada, sintió que si él la seguía mirando mucho rato le temblarían las manos.

Él se quedó indeciso en mitad de la habitación. Apretó los dientes con fuerza en el labio inferior, hinchado y brillante.

—¿Tienes hambre, Bienchen? —preguntó—. Hay un poco de pastel de manzana que ha hecho Anna, y leche.

—Esperaré a después —dijo ella—. Gracias.

—Cuando termines una clase muy buena, ¿eh? —la sonrisa de él pareció desmigarse por las comisuras.

Se oyó un ruido detrás de él en el estudio y el señor Lafkowitz empujó la otra hoja de la puerta y se quedó quieto a su lado.

—¿Qué hay, Frances? —dijo sonriendo—. Y ¿qué tal va el trabajo?

Sin quererlo, el señor Lafkowitz la hacía siempre sentirse sin gracia, desgarbada. Era un hombre pequeñito, de aspecto fatigado cuando no sostenía el violín. Las cejas se curvaban muy altas sobre su cara cetrina de judío, como preguntando algo, pero los párpados se cerraban lánguidos e indiferentes. Hoy tenía un aire distraído. Lo miró entrar en la habitación sin propósito visible, sosteniendo el arco con incrustaciones de nácar entre los dedos tranquilos y haciendo pasar las crines blancas por el pedazo de resina. Hoy tenía los ojos como hendiduras agudas y brillantes y el pañuelo de hilo que le asomaba por el cuello oscurecía sus ojeras.

—Supongo que estás trabajando mucho ahora —sonrió el señor Lafkowitz, aunque ella no había contestado a su pregunta.

Ella miró al señor Bilderbach y él se volvió. Sus hombros pesados empujaron la puerta abriéndola y el último sol de la tarde entró por la ventana del estudio, una línea amarilla por el cuarto de estar polvoriento. Detrás de su profesor podía ver el largo piano agazapado, la ventana y el busto de Brahms.

—No —contestó ella a Lafkowitz—, lo estoy haciendo muy mal. —Sus dedos delgados aletearon por las hojas de música—. No sé lo que me pasa —dijo mirando la espalda musculosa e inclinada del señor Bilderbach, que estaba en tensión escuchando.

El señor Lafkowitz sonrió.

—Me parece que hay veces que uno…

Sonó en el piano un acorde duro.

—¿No creen que sería mejor que siguiéramos con esto? —preguntó el señor Bilderbach.

—En seguida —dijo Lafkowitz dándole al arco otra pasada antes de dirigirse a la puerta. Ella pudo verlo recoger su violín de encima del piano. Él la vio y bajó el instrumento—. ¿Has visto el retrato de Heime?

Sus dedos se agarraron con fuerza a los bordes agudos de la carpeta.

—¿Qué retrato? —preguntó.

—Uno de Heime en el Musical Courier que está ahí en la mesa. Detrás de la cubierta.

Empezó la sonatina. Discordante, pero de todas maneras sencilla. Vacía, pero con un estilo propio bien cortado. Frances tomó la revista y la abrió.

Ahí estaba Heime, en el ángulo de la izquierda. Sostenía el violín con los dedos curvados hacia abajo sobre las cuerdas, para el pizzicato. Con sus pantalones bombachos oscuros sujetos con cuidado bajo las rodillas y un suéter de cuello alto. Era una foto mala. Aunque estaba de perfil, sus ojos se volvían hacia el fotógrafo y parecía que el dedo iba a equivocarse de cuerda. Parecía sufrir de tenerse que volver hacia el aparato fotográfico. Estaba más delgado (la tripa ya no le sobresalía), pero no había cambiado mucho en estos seis meses. «Heime Israelsky, joven violinista de talento, fotografiado mientras ensaya en el estudio de su profesor en Riverside Drive. El joven maestro Israelsky, que pronto cumplirá quince años, ha sido invitado a tocar el Concierto de Beethoven con…»

A ella, esa mañana, después de estudiar de seis a ocho, su padre la había hecho sentarse con la familia a desayunar. Odiaba el desayuno; luego se quedaba como marcada. Prefería esperar y comprarse cuatro barras de chocolate con sus veinte centavos del almuerzo y comérselas durante la clase, sacándolas a pedacitos del bolsillo, debajo del pañuelo, y parándose en seco cada vez que el papel de plata hacía ruido. Pero aquella mañana su padre le había puesto un huevo frito en el plato, y sabía que, si se rompía y el amarillo viscoso se escurría sobre el blanco, lloraría. Y había pasado eso. Esa sensación le venía también ahora. Dejó otra vez la revista con cuidado y cerró los ojos.

La música del estudio parecía buscar violentamente y sin gracia alguna algo que no se podía lograr. Un momento después sus pensamientos se alejaron de Heime y el concierto y la foto, y revolotearon otra vez en torno a la lección. Se tumbó en el sofá hasta que pudo ver bien el estudio: los dos tocando, escudriñando las anotaciones sobre el piano, sacando con afán todo lo que estaba allí escrito.

No podía olvidar el recuerdo de la cara del señor Bilderbach cuando la había mirado un rato antes. Sus manos, que todavía se crispaban inconscientemente con los movimientos de la fuga, se agarraban a sus rodillas huesudas. Cansada, eso es lo que estaba. Y con aquella sensación de hundirse y disolverse en ondas, como la que le venía tan a menudo antes de echarse a dormir por la noche cuando había estudiado demasiado. Como aquellos medio sueños fatigosos que zumbaban y la arrastraban en sus torbellinos.

Una niña prodigio, prodigio, prodigio. Las sílabas le venían rodando, le golpeaban contra los oídos y luego se hacían un murmullo. Y con los rostros girando, hinchándose hasta la distorsión, achicándose en pálidas burbujas. El señor Bilderbach, la señora Bilderbach, Heime, el señor Lafkowitz. Dando vueltas y más vueltas en círculo en torno a “prodigio”. Y el señor Bilderbach, enorme en mitad del círculo, su rostro apremiante, y todos los demás a su alrededor.

Frases musicales balanceándose locamente. Notas que había tocado cayendo unas sobre otras como un puñado de canicas escaleras abajo. Bach, Debussy, Prokofiev, Brahms… llevando el compás grotescamente con el último latido de su cuerpo cansado y el círculo zumbante.

Algunas veces, cuando no había estudiado más de tres horas, o no había ido al instituto, los sueños no eran tan confusos. La música se remontaba con claridad en su cabeza y volvían pequeños recuerdos, rápidos y precisos, claros como esa ñoña foto de la “Edad de la Inocencia” que Heime le había dado al terminar el concierto en que tocaron juntos.

Prodigio, prodigio. Eso la había llamado el señor Bilderbach cuando, a los doce años, fue a su estudio por primera vez. Los alumnos mayores lo habían repetido.

No que el señor Bilderbach se lo hubiera dicho nunca a ella. «Bienchen…» (Ella tenía un nombre corriente, pero él lo usaba solamente cuando ella cometía equivocaciones muy grandes.) «Bienchen», solía decir. «Sé que debe de ser terrible llevar todo el tiempo una cabeza tan cargada. Pobre Bienchen…»

El padre del señor Bilderbach fue un violinista holandés. Su madre era de Praga. Él había nacido en esa ciudad y había pasado su juventud en Alemania. ¡Cuántas veces había deseado ella no haber nacido y haberse criado simplemente en Cincinnati! «¿Cómo se dice queso en alemán?, señor Bilderbach.» «¿Cómo se dice en holandés no lo entiendo

El primer día vino ella al estudio. Tocó toda la Rapsodia húngara n.° 2 de memoria. El cuarto ensombreciéndose con el crepúsculo. El rostro del señor Bilderbach al encorvarse sobre el piano.

—Ahora empezaremos todo otra vez —dijo aquel primer día—. Esto; tocar música, es algo más que una maña. Que los dedos de una niña de doce años cubran tantas teclas en un segundo, no quiere decir nada. —Se golpeó con su mano grandota el pecho ancho y la frente—: Aquí y aquí. Eres lo bastante mayor para entenderlo. —Encendió un cigarrillo y le sopló bromeando el humo sobre la cabeza—. Trabajar, trabajar, trabajar. Vamos a empezar ahora con estas Invenciones de Bach y estas piezas de Schumann. —Se movieron otra vez sus manos, ahora para tirar de la cadenilla de la lámpara que estaba detrás de ella y señalar la música—. Te voy a enseñar cómo quiero que estudies esto. Escucha con atención.

Había estado al piano casi tres horas y se sentía muy cansada. La voz honda del señor Bilderbach sonaba como si vagase dentro de ella desde hacía mucho tiempo. Quería alcanzar y tocar sus dedos flexibles y musculosos que señalaban las frases; quería sentir el anillo fulgurante y su mano velluda y fuerte.

Tenía clase los martes después de la escuela y los sábados por la tarde. Muchas veces se quedaba después de terminar la lección del sábado y cenaba y dormía con ellos y a la mañana siguiente tomaba el tranvía para su casa. La señora Bilderbach la quería a su manera tranquila, casi en silencio. Era muy diferente de su marido. Era pacífica, gorda y lenta. Cuando no estaba en la cocina haciendo alguno de los ricos platos que a los dos les gustaban tanto, parecía pasarse todo el tiempo arriba, en su cama, leyendo revistas o, simplemente, mirando a la nada con una semisonrisa. Cuando se casaron en Alemania, ella se dedicaba a cantar lieder. Ya no volvió a cantar (decía que era por la garganta). Cuando el señor Bilderbach iba a la cocina a llamarla para que escuchara a un alumno, sonreía siempre y decía que estaba gut, muy gut.

Cuando Frances tenía trece años, se le ocurrió un día que los Bilderbach no tenían hijos. Le pareció extraño. Una vez estaba con la señora Bilderbach en la cocina cuando llegó del estudio él, en tensión, furioso contra algún alumno que lo fastidiaba. Ella siguió batiendo la sopa espesa, hasta que el señor Bilderbach, con su mano, como a tientas, se apoyó en su hombro. Entonces se volvió, con aire plácido, mientras él la abrazaba y escondía su cara seca en la carne blanca y sin nervios de su cuello. Así estuvieron sin moverse. Luego él levantó bruscamente la cara, en la que la ira se había cambiado en una tranquila falta de expresión, y volvió a su estudio.

Desde que había empezado con el señor Bilderbach, no tenía tiempo de ver a la gente del colegio, y Heime había sido el único amigo de su edad. Era alumno del señor Lafkowitz y venía con él a casa del señor Bilderbach las tardes en que ella estaba allí. Oían tocar a sus profesores y, a veces, también ellos dos hacían juntos música de cámara, sonatas de Mozart o Bloch.

Prodigio, prodigio.

Heime era un niño prodigio. Él y ella.

Heime tocaba el violín desde los cuatro años. No tenía que ir al colegio; el hermano del señor Lafkowitz, que era tullido, le enseñaba por las tardes geometría, la historia de Europa y los verbos franceses. A los trece años tenía una técnica como el mejor violinista de Cincinnati, todo el mundo lo decía. Pero tocar el violín debe ser más fácil que el piano. Estaba segura de que lo era.

Heime parecía oler siempre a pantalones de pana, a la comida que había comido y a resina. Casi siempre, también, tenía las manos sucias alrededor de los nudillos y los puños de la camisa le salían grisáceos por las mangas del suéter. Ella le miraba siempre las manos cuando tocaba: flacas solamente en las articulaciones, con duras burbujitas de carne rebosando encima de las uñas raspadas, y el pliegue, tan niño, que se le notaba en la muñeca arqueada.

Lo mismo dormida que despierta, podía recordar el concierto solo en una nebulosa. No supo hasta algunos meses después que ella no había tenido éxito. Era verdad que los periódicos habían alabado a Heime más que a ella. Pero él era más pequeño. Cuando estaban de pie, juntos, en el escenario, él le llegaba solo a los hombros. Y eso para la gente importaba mucho, ella lo sabía. También había aquello de la sonata que tocaron juntos. La de Bloch.

—No, no. No creo que esto sea lo apropiado —había dicho el señor Bilderbach cuando sugirieron lo de Bloch para finalizar el concierto—. Mejor eso de John Powell, la Sonata virginalesca.

Ella no lo había comprendido entonces; quería que fuera la de Bloch, igual que el señor Lafkowitz y Heime.

El señor Bilderbach había cedido. Después, cuando en las reseñas dijeron que le faltaba temperamento para esa clase de música, después que llamaron a su manera de tocar floja y sin sentimiento, se sintió defraudada.

—Eso de oi-oi —dijo el señor Bilderbach apuntándole con los periódicos— no es para ti, Bienchen. Deja eso para los Heime, los witzes y los eskis.

Una niña prodigio. No importaba qué dijeran los periódicos; eso era lo que él la había llamado. ¿Por qué Heime lo había hecho mucho mejor que ella en el concierto? En la escuela, a veces, cuando debería estar mirando al que resolvía el problema de geometría en la pizarra, la pregunta se revolvía como un cuchillo dentro de ella. Pensaba en ello en la cama y, a veces, hasta cuando debería estar concentrada en el piano. No era culpa de Bloch ni de que ella no fuera judía; no del todo, por lo menos. ¿Sería que Heime no tenía que ir a la escuela y había empezado a tocar tan pequeño? ¿Sería…?

Por fin pensó que ya sabía el porqué.

—Toca la Fantasía y fuga —le había dicho el señor Bilderbach una tarde hacía un año, después de que él y el señor Lafkowitz habían terminado de leer algo de música juntos.

Mientras tocaba, le pareció que Bach le salía bien. Con el rabillo del ojo podía ver la expresión tranquila y contenta del rostro del señor Bilderbach, podía verlo levantar las manos de los brazos de la silla en los momentos culminantes y luego dejarlas caer satisfechas, cuando los puntos cumbres de las frases habían salido bien. Ella se levantó del piano al terminar la pieza, tragando como para aflojar las ligaduras que la música parecía haberle atado alrededor de la garganta y del pecho. Pero…

—Frances —había dicho entonces el señor Lafkowitz, mirándola de pronto con una curva en su boca fina y sus ojos casi cubiertos por sus pestañas delicadas—. ¿Sabes cuántos hijos tenía Bach?

Ella se volvió intrigada:

—Muchos, veintitantos…

—Bien, entonces… —los bordes de su sonrisa se marcaban suavemente en su cara pálida—. Entonces… no podía ser tan frío.

Al señor Bilderbach esto no le gustó; su refulgencia gutural de palabras alemanas parecía dejar oír Kind en alguna parte. El señor Lafkowitz levantó las cejas. Ella se había dado cuenta, pero quiso guardar un rostro inexperto y sin expresión porque era como al señor Bilderbach le gustaba verla.

Pero estas cosas no tenían nada que ver. No importaban mucho por lo menos, porque ya se haría mayor. El señor Bilderbach lo comprendía y, después de todo, tampoco el señor Lafkowitz había dicho en serio lo que dijo.

En sus sueños, el rostro del señor Bilderbach se ensanchaba y se contraía en el centro de un círculo en torbellino, los labios alzándose suavemente, las sienes insistiendo.

Pero, a veces, antes de dormirse, había recuerdos tan claros como cuando se remetió un agujero que tenía en la media para que lo tapara el zapato.

—¡Bienchen, Bienchen!

Y el traer la señora Bilderbach la cesta de la costura para enseñarle cómo se zurcía y no eso de apretarlo todo en un montón arrebujado.

Y cuando se examinó de grado medio en la escuela: «¿Qué te vas a poner?», le preguntó la señora Bilderbach el domingo por la mañana, durante el desayuno, cuando ella les contó cómo habían ensayado la entrada en el salón de actos.

—Un traje de noche que se puso el año pasado mi prima.

—¡Ay, Bienchen! —dijo él dando vueltas con sus pesadas manos a la taza de café, mirándola, con pliegues alrededor de sus ojos risueños—. Apuesto a que sé lo que quiere Bienchen…

Él insistió. No le creyó cuando ella le dijo que, de verdad, no le importaba nada.

—Así, Anna —dijo, empujando la servilleta al otro lado de la mesa. Y cruzó la habitación con andares afectados, moviendo las caderas y girando los ojos detrás de las gafas de concha.

El sábado siguiente por la tarde, después de la clase, se la llevó a los almacenes de la ciudad. Sus dedos gruesos acariciaban los tejidos finos y los organdíes crujientes que las dependientas sacaban de sus perchas. Le ponía los colores junto a la cara, torciendo la cabeza a un lado, y escogió el rosa. También se acordó de los zapatos. Prefirió unos zapatos blancos de niña. A ella le parecieron un poco de señora vieja, y la etiqueta con la cruz roja en el talón les daba un aire de beneficencia. Pero no importaba. Cuando la señora Bilderbach empezó a acortarlo y a sujetarlo con alfileres, el señor Bilderbach interrumpió la clase para verlo y sugerir fruncidos en las caderas y en el cuello y una rosa de fantasía en el hombro. La música iba saliendo bien. Los trajes y la fiesta de fin de curso y demás no cambiaban nada.

Nada importaba mucho, excepto tocar la música como había que tocarla, haciendo salir lo que tenía dentro, tocando y tocando, hasta que el rostro del señor Bilderbach perdiera algo de su mirada apremiante. Poniendo en la música lo que ponían Myra Hess, Yehudi Menuhin… ¡Incluso Heime!

¿Qué le había empezado a pasar en los últimos cuatro meses? Las notas comenzaban a salir con una entonación muerta y rota. La adolescencia, pensó. Algunos niños prometen tocando y tocan y tocan hasta que, como ella, cualquier bobada los hace llorar. Y se cansan queriendo sacarlo bien, y están anhelando algo; algo extraño empieza a ocurrir. ¡Pero ella no! Ella era como Heime. Tenía que serlo. Ella…

En otro tiempo, era seguro que tenía ese don. Y esas cosas no se pierden. Prodigio… Prodigio… había dicho de ella el señor Bilderbach, arrastrando las palabras a la segura y profunda manera alemana. Y en los sueños más profundamente aún, más cierta que nunca. Con su cara como un espejismo ante ella, y las anhelantes frases musicales mezcladas en el zumbante girar y girar. Prodigio, prodigio…

Aquella tarde, el señor Bilderbach no acompañó al señor Lafkowitz hasta la puerta, como de costumbre. Se quedó en el piano, apretando con suavidad una nota solitaria. Escuchando, Frances vio al violinista enrollarse la bufanda alrededor de la garganta pálida.

—Una buena fotografía de Heime —dijo ella cogiendo sus papeles de música—. Me escribió una carta hace un par de meses contándome que había oído a Schnabel y a Hubermann, y sobre el Carnegie Hall y lo que se come en la sala de té rusa.

Para retrasar un poco más su entrada en el estudio, esperó hasta que el señor Lafkowitz se dispuso a marchar y se quedó detrás de él hasta que abrió la puerta. El frío helado de fuera entró cortante en la habitación. Se hacía tarde y el aire estaba teñido del amarillo pálido del atardecer del crepúsculo invernal. Al girar la puerta en los goznes, la casa parecía más oscura y más silenciosa que nunca.

Cuando ella entró en el estudio, el señor Bilderbach se levantó del piano y, en silencio, la miró sentarse al teclado.

—Bueno, Bienchen —dijo—. Esta tarde vamos a empezar desde el principio. Olvida estos últimos meses.

Parecía como si tratara de representar un papel en una película. Balanceaba su cuerpo sólido y se frotaba las manos, y hasta sonrió de una manera satisfecha, cinematográfica. Luego, de pronto, dejó esta actitud de manera brusca. Dejó caer sus hombros pesados y empezó a mirar el montón de música que ella había traído.

—Bach… no, todavía no, no —murmuró—. ¿Beethoven? Sí, la Sonata con variaciones, op. 26.

Las teclas del piano la aprisionaban, tiesas y blancas como muertas.

—Espera un momento —dijo él. Estaba de pie, en la curva del piano, apoyado de codos, mirándola—. Hoy espero algo de ti. Esta sonata es la primera sonata de Beethoven que estudiaste. No te falla ni una sola nota técnicamente; no tienes que preocuparte más que de la música. Eso es todo lo que tienes que pensar.

Recorrió las páginas del tomo hasta que encontró dónde estaba. Luego empujó su silla hasta la mitad de la habitación, le dio la vuelta y se sentó a horcajadas, apoyándose en el respaldo.

Por alguna razón, ella sabía que esta postura de él tenía un buen efecto en su actuación. Pero sentía que hoy iba a verlo con el rabillo del ojo y que se distraería. El señor Bilderbach estaba sentado, tieso, con las piernas en tensión. El pesado libro parecía balancearse peligrosamente sobre el respaldo de la silla.

—Vamos ya —dijo él lanzando un disparo de sus ojos hacia ella.

Ella curvó las manos sobre las teclas y luego las hundió. Las primeras notas fueron demasiado fuertes, las otras frases siguieron secas. El señor Bilderbach levantó la mano de la música:

—Espera; piensa un momento en lo que estás tocando. ¿Cómo está marcado este principio?

—An…andante.

—Muy bien. No lo hagas un adagio entonces. Y toca bien en las notas. No las arrastres por encima de esa manera. A ver. Un andante gracioso y expresivo.

Probó otra vez. Sus manos parecían estar separadas de la música que había dentro de ella.

—Escucha —interrumpió él—. ¿Cuál de estas variaciones domina el conjunto?

—La marcha fúnebre.

—Prepárate entonces para ella. Esto es un andante, pero no una pieza de salón según tú la has tocado. Empieza suavemente, piano, y no hagas el crescendo hasta llegar al arpegio. Hazlo cálido y dramático. Y aquí abajo, donde pone dolce, haz cantar a la melodía. Sabes ya todo eso. Ya lo hemos visto todo. Ahora tócalo. Siéntelo como Beethoven lo escribió. Siente esa tragedia y contención.

No podía dejar de mirar las manos de él. Parecían posarse intencionadamente en la música, dispuestas a levantarse en señal de parada tan pronto como ella empezara, con el brillo de su sortija avisándole el alto.

—Señor Bilderbach, puede ser que si yo… si usted me dejara tocar la primera variación sin pararme, lo haría mejor.

—No te interrumpiré —dijo él.

Agachó demasiado su cara pálida sobre las teclas. Tocó la primera parte y, obedeciendo a una señal de él, empezó la segunda. No había faltas que le molestaran, pero las frases salían de sus dedos antes de que pudiera poner en ellas lo que sentía que quería decir.

Cuando terminó, él levantó la vista de la música y empezó a hablar con calma gris:

—No he oído casi esos acordes de la mano derecha. Y, por cierto, esta parte tendría que ir creciendo en intensidad, desarrollando los temas que tenían que haberse destacado en la primera parte. En fin, pasa a la siguiente.

Quería empezar con una tristeza contenida, para ir llegando paulatinamente a una expresión de dolor hondo, desbordante. Eso era lo que le decía la cabeza. Pero las manos parecían pegársele a las teclas como macarrones blandos y no podía imaginar cómo tenía que ser la música.

Cuando cesó de resonar la última nota, el señor Bilderbach cerró el libro y se levantó de la silla poco a poco. Movía la mandíbula inferior de un lado a otro y entre sus labios abiertos se podía ver la pequeña línea roja de la garganta y sus dientes amarillos de tabaco. Dejó el libro de Beethoven sobre el montón de música y apoyó los codos otra vez en el piano negro y suave.

—No —dijo sencillamente, mirándola.

La boca de ella empezó a temblar.

—No puedo remediarlo. Yo…

Repentinamente, él se sonrió.

—Escucha, Bienchen —empezó con una voz suave, forzada—. ¿Tocas todavía El herrero armonioso, no? Te dije que no lo quitaras de tu repertorio.

—Sí —dijo ella—, lo toco de vez en cuando.

Era la voz que él usaba con los niños.

—¿Te acuerdas? Fue de las primeras cosas que tocamos juntos. Lo solías tocar muy fuerte, como si fueras de verdad la hija de un herrero. Ya ves, Bienchen, te conozco tan bien… como si fueras mi propia hija. Sé lo que tienes. Te he oído tocar tan bien… Solías tocar…

Se paró sin saber qué decir y chupó la colilla pulposa de su cigarrillo. El humo salía como adormecido de los rosados labios de él y se enredaba en una niebla gris por los lisos cabellos y la frente infantil de Frances.

—Hazlo sencillo y alegre —dijo él encendiendo la lámpara detrás de ella y alejándose del piano. Se quedó un momento dentro del círculo brillante que hacía la luz. Luego, impulsivamente, se puso casi en cuclillas—. Vigoroso —dijo.

Ella no podía dejar de mirarlo, sentado en un talón con el otro pie delante de él para guardar el equilibrio, los músculos de sus fuertes muslos en tensión bajo la tela de los pantalones, la espalda derecha, los codos apoyados sólidamente en las rodillas.

—Ahora, sencillamente —repitió con un gesto de sus manos carnosas—, piensa en el herrero trabajando todo el día al sol. Trabajando tranquilo y sin que lo molesten.

Ella no podía mirar al piano. La luz le iluminaba el vello de las manos extendidas y hacía brillar los cristales de sus gafas.

—¡Todo seguido! —ordenó él—. ¡Vamos ya!

Ella sintió que la médula de sus huesos se vaciaba y que no le quedaba sangre dentro. El corazón, que toda la tarde le había golpeado contra el pecho, lo sintió muerto, lo vio gris, blando y encogido por los bordes como una ostra.

El rostro del señor Bilderbach parecía vibrar en el espacio delante de ella, acercarse al ritmo de las sacudidas de las venas de sus sienes. Evasivamente ella miró al piano. Sus labios temblaban como jalea y una oleada de lágrimas silenciosas hizo que las teclas blancas se le empañaran.

—No puedo —murmuró—. No sé por qué, pero no puedo. No puedo más.

El cuerpo tenso del señor Bilderbach se relajó y poniéndose la mano en el costado se levantó. Ella recogió su música y le pasó por delante corriendo.

Su abrigo. Los mitones. Los chanclos. Los libros de la escuela y la cartera que él le había regalado en su cumpleaños. Todo lo que en el cuarto silencioso era suyo. De prisa, antes de que él hablara.

Al atravesar el vestíbulo no pudo dejar de ver las manos de él, colgando del cuerpo, que se apoyaba contra la puerta del estudio, relajado y sin designio. Cerró la puerta con fuerza. Con los libros y la cartera a rastras, bajó tropezándose por las escaleras de piedra, se equivocó de dirección al salir, corrió por la calle que se había vuelto una confusión de ruidos y bicicletas y juegos de otros niños.

FIN

Frenesí de Rubén García García

Sendero

Frenesí de Rubén García García
Pasó más de media vida para encontrarla.
Después de recorrerla » es lo que siempre he buscado». se dijo.
Volvió el deseo y los dedos se convirtieron en tentáculos ansiosos.
El perfume de sus cabellos, la geometría de sus pechos lo enloquecía.
Dentro, en el corazón de su corriente, la barca del infarto desataba sus nudos.

Locuciones latinas

Tomado de fb

https://www.facebook.com/groups/229079571011002/permalink/852335118685441/?sfnsn=scwspmo

La cometa de Rubén García García

Sendero


He construido una cometa grande y resistente. Al contacto con el aire se sacude. ¡Qué hermosa! ¡Cómo se eleva! ¡Lleva dos carretes de hilo y quiere más! Óyela zumbar.
Hay un cielo sin nubes y mi pandorga luce.
Mi pasión es armar con esmero mis pájaras de papel, sentirme parte de ellas y percibir el viento y el paisaje.

Esta cometa es especial. La construí como una despedida. La semana que viene estaré lejos, les cuento la otra parte…

«El bambú tiene que ser largo, seco y resistente. El viejo Meraz lo tiene. Sé que lo serena cuando la luna enrojece. Una receta para darle alma, según la abuela. El tarro curado es muy demandado.
Un día me hice el aparecido. El viejo sonrió con la mirada.

  • ¿Qué buscas? me preguntó con ironía. Estaba chimuelo, tenía dos ventanas, por donde se le escapaba el aire al hablar.
  • ¿Dónde tiene el bambú?
  • ¡Qué!, ¿vas a hacer tu casa, te quieres casar…?
    -Véndame un pedazo.
    –Ya lo vendí. Ayer se lo llevaron.
    Me retiraba con las espaldas aplastadas cuando me gritó. Volví y sacó de su casucha una mitad, dorado como una cal color de luna. Sabía que vendrías…

Noemí llegó de la ciudad. Pelo negro, corto, orejas pegadas a la cabeza y aretes que bamboleaban al ritmo de su paso. Frente a ella enmudecía y con mi cara de bobo la saludaba alzando el brazo.

Ese día intentaba elevar una pandorga, tan obesa que daba de brincos, como esos canguros que salen en las caricaturas. Me animé.
¿Si deseas, podemos hacer una…?

La cometa danzaba en el cielo. Construíamos una diferente en forma, color y las elevábamos. Un día que formábamos una estrella, nuestras caras quedaron a un suspiro y la timidez me paralizó las manos, pero no mi boca, y cerrando los ojos nos dimos un beso. Para mí fue el primero. Jugábamos en el riachuelo, nos perdíamos entre los árboles y luego nos hacíamos los encontradizos. Una tarde se fue. Sin que yo supiese que se iba a ir, tal vez ni ella lo sabía.
Conseguí su dirección. Las cartas llegaban cada semana, después cada mes, luego…»

La cometa es un punto. Tiene ya tres carretes de hilo y quiere más. Intenté recortarle el hilo y da de vueltas,exige por el zumbido y lo hago, de no hacerlo el riesgo es que se vaya en picada.

Una tarde Noemí pintó su boca en un papel y al lado, la mía. Era nuestro secreto de seguir juntos.

Hoy la mía se irá sola, quizá un día se encuentre con ella en alguna parte. El recado ya no se ve.

Es duro y doloroso, y no puedo evitar un sollozo. Cierro los ojos y con toda la fuerza aviento el carrete a la corriente del arroyo.
La cometa se envuelve con el viento y el carrete es arrastrado por la corriente hacia el río.
Mañana será otro día.

Dalia de Rubén García García

Sendero

«Mamá, ¿qué tanto gritaba anoche doña Delia?
Nada que tú debas de saber. Son cosas de mayores»

DELIA de Rubén García García

A la vecina de mamá. Tal vez alguien la comprenda. Juvenil, ojos grises y un cabello rizado castaño que caía en bucles hasta el hombro. Mediana de estatura, pechos generosos, caderas macizas que iban y venían entre las maceras del corredor. Cantaba y removía la tierra de las rosas. Ella tenía estudios universitarios, sin que hubiese terminado una carrera.
Los padres murieron.

Allí hizo vida con el Capitán. Hombre serio, de bigote ancho. Lo recuerdo con uniforme cubierto de insignias, y por su zapateo. Cada pisada era firme, tronadora, como diciendo: ya llegué. Su trabajo en el ejercito consistía, en viajar hacia la sierra para descubrir irregularidades.

Sabía que el capitán, la mitad del mes estaba fuera. De los quince días restantes, siete eran de felicidad, otros cinco de indiferencia, enojo y explosión; los tres restantes aparecía una paz y él se iba a la montaña con una sonrisa en la boca.

La casa tenía corredores con enredaderas en donde el viento iba y venía como niño.
Cuando escuchaba el ronroneo de la Pawer, salía a recibirlo con abrazos y besos para animarle a que dejase el ceño fruncido. De esos siete días los tres primeros era de mucho cariño. Muy temprano salía del baño y antes de que él se levantase, ya tenía el desayuno. Lo sabía porque los olores se filtraban hasta mi dormitorio. Algunas veces comían en el corredor entregados a la sonrisa y el mimo. Lo mecía en la hamaca y cuando dormía, ella se acomodaba. Una noche, mamá me ordenó regar el jardín. El agua llegaba después de medianoche, Estaban acostados en el pasto, iluminados por un débil foco, más por la luna llena. Escuché que ella decía:
¿Dime que me quieres?
—Sabes que sí.
—Dímelo, anda quiero oírlo.
—Te quiero—
Dímelo de nuevo anda quiero oírlo
.—Te quiero —Esa boca dice que me ama y me siento hinchada. No te puedo negar nada, eres mi bebe. No. Eres mi santo de adoración. Nunca puedo decirte no. Tómame. Quedaron en silencio, sólo el chasquido de besos. Ella sobre él y el reflejo de la luna sobre los rulos de su cabellera que subía y bajaba. Me quedé en silencio. Sabía lo que estaban haciendo. Después entraron a su casa, Delia abrazándolo, él tomado de sus caderas. Para el quinto día el entusiasmo se mantenía, pero sin llegar al furor de los primeros. Salían de compras. Ella atendía la casa y él pasaba más tiempo en el cuartel, de tal manera que llegaba hasta entrada la noche. Seguía solícita y cuando él hablaba, de inmediato atendía su deseo. El décimo día era pobre en caricias. Regaba el jardin, y por la tarde se perdía en el televisor. Y si hablaba, salían las palabras sin aquella música de los primeros días. Lo atendía a secas, como si fuese algún visitante. En la mudez de la noche se escuchaban sus voces alteradas: gritos, reclamos.
—Me dijeron que te vieron con otra mujer.
—Son chismes
—A mi no me vas a ver la cara de pendeja. Ahora sé porque anoche te hiciste el dormido.
—Estás loca. Sólo tuve reunión con mi general y tomamos unos tragos.
Las voces daban paso al silencio, pero más tarde volvían a la carga. Dos o tres noches se repetía la escena, hasta que explotaban en gritos. Eran como diez minutos de refriega. Ruidos de muebles, como si los arrastraran. Golpes a mano limpia, forcejeo, el splash de la mano abierta. El zumbido del cinturón y la voz suplicante:
—Ya no me pegues. —ya no. —luego la mudez. Al día siguiente el capitán salía temprano y ordenaba:
—Alista la maleta.
Ella volvía a la quietud, volvía a ser la misma, amorosa, servicial y a él se le pasaba el enojo y mientras ella regaba las glicinas, bajo la luz de la luna, él volvía a meter mano y ella caminaba hacia la recámara preguntándole.
– ¿Compraste la crema de fresa?

Salí de mi ciudad para continuar los estudios en la capital del estado. Regresé para las fiestas de navidad y pregunté por ella.
–Se fue para México.
-¿Se fue con el capitán?
-No, se fue sola. El capitán tal vez lo cambiaron. Dicen las gentes que hubo muchos muertos en la sierra. Primero venían soldados a entregarle cartas o razones, pero desde hace seis meses que no sabe nada de él.

Dos años después llegó a visitarnos con su nueva pareja. Eran días de asueto, de vacaciones, semana santa, semana para divertirse en la playa. En la noche, la casa se llenó de luz y la música se escuchaba hasta después de la media noche. Desde mi ventana vi que estaba sobre el pecho de su pareja, acariciándolo.
—¿Verdad que me quieres?
—Claro… claro.
—Pero dilo, me llena escuchar un te quiero en tus labios.
—Te quiero…
—Mmmm … lo dices sin ganas, como si te obligaran. ¡Dilo fuerte! Anda dilo. Porque cuando lo dices en voz alta, mi corazón se hincha. Así, esa boca dice que me ama y yo me siento inflamada y nada puedo negarte.

El oficio de crear de Rogelio Gudea y Mijaíl Bajtin

Dos textos acerca del oficio

Los que no escriben saben que escribir es fácil. Que para ello sólo es necesario un jardín, una mujer y un hombre que, por alguna circunstancia de la vida, ha olvidado la cita. Los que no escriben saben que eso es suficiente para escribir una novela o un cuento, según si en medio del hombre y la mujer interviene un tercero con intenciones de contrariarlo todo. De eso dependen la extensión y la intención de la historia. Sin embargo, los que escriben piensan todo lo contrario, y si se empeñan en estar horas enteras frente a la página en blanco, quemándose la s pestañas y la sesera, creando largos e intrincados argumentos, es sólo porque quisieran encontrar, finalmente, esa verdad que de tan buena fuente saben los que no escriben.
Rogelio Guedea
«El escritor corrige con la cabeza, en efecto, pero escribe con el corazón. Escribe con su vida, sus viernes soleados, sus besos, sus astillas, sus zozobras, sus huecos. Escribe con las cosas más extrañas imaginables, pero no con la cabeza. La fantasía es en nosotros más primitiva que la realidad. Ahora bien, ni en el puro fantaseo, ni en la corrección a secas, reside exactamente la esencia de la creatividad. Los momentos auténticamente creativos de la escritura literaria tienen lugar en una zona intermedia también; allí donde el pensamiento dirigido y el pensamiento fantaseador se equilibran, se alternan, y lejos de oponerse comienzan a trabajar al unísono».

Mijaíl Bajtin

La indecisión o el deseo de Sergio Astorga

Mexicano

La indecisión o el deseo

Toda su vida quiso ventilar su cerebro enterrando a todos sus muertos, los de carne y los de hueso. No creía en la iluminación y era indiferente a las luces del aforismo. Fue geómetra. Vivió del ocio sagrado de los ángulos rectos y nunca su hipotenusa compartió habitación con el escaleno. Animoso, buscó novia durante tres meses. El enigma de la conquista nunca le fue revelado. Así que intentó primero con Ovidio, al ver que las muchachas ni siquiera volteaban, intentó con Neruda, pero cuando llego al verso “para que nada nos amarre que no nos una nada” como respuesta recibió miradas furibundas y despechadas. Resuelto a no dejarse intimidar buscó al infalible Bataille. Tanto se concentró en la lectura que cerró puertas y ventanas y llenó el espinazo del resto de sus días con la imaginacion.

Las malas lenguas, que son muchas y carnosas, dejaron crecer la culebra del chisme. Bipolar, alcohólico, misógino, pervertido, corrían calle arriba y calle abajo las explicaciones de su enclaustramiento.

Un día poligonal, que tenia rostro de febrero, lo vieron asomarse por la ventana. No profirió palabra. Los estudiantes de lingüística afirman que le vieron bajo el brazo, El Placer del Texto de Barthes. Algunas admiradoras, apasionadas de lo imposible, dejaron en el quicio de su puerta un ejemplar del Cantar de los Cantares, con la esperanza recóndita de convertirse en Sulamitas.

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Sensibilidad hayku de Gonzalo Marquina

Gon

Para apreciar mejor el Shōfū Haiku (蕉風), es decir, el estilo poético desarrollado por Matsuo Bashō en sus composiciones, debemos de entender que su génesis se encuentra en una aspiración superior a la meramente literaria. Bashō concibió al Haiku como un camino de ascesis espiritual o lo que algunos autores contemporáneos llaman Dō (道): una senda, una vía, una manera, un medio, un verdadero camino de vida.

Esa palabra lo define todo: Dō, término esencial que podemos rastrear en distintas artes japonesas como, por ejemplo, la exigente y hermosa disciplina de la caligrafía: Shodō (書道) o el «camino de la escritura». El calígrafo frota la barra de tinta contra una bandejita de piedra que contiene agua (elemento cargado de espiritualidad en múltiples culturas) de manera él mismo «fabrica» su propia tinta, la cual se transforma en múltiples formas esparcidas gracias al contacto entre el pincel y la fina superficie de un papel inmaculado. Quiere decir que para los japoneses como Bashō, independientemente de su tiempo, un arte como la caligrafía no se basa únicamente en escribir con pulcritud cada uno de los caracteres, sino que existe algo que va mucho más allá de lo meramente tangible y que, como hemos visto, resulta casi un ritual. Pero hay un aspecto fundamental que no puede pasarse por alto: durante el desarrollo de su actividad, el calígrafo no pretende escribir bellamente, no basa su concentración en la finalidad del trabajo sino que busca encontrarse, reflejarse, expresarse a sí mismo mediante cada trazo. Y esto mismo ocurre con el Kyūdō o «camino de la arquería», el Chadō o «camino de la ceremonia del té» o el Karatedō, el «camino del Karate o de la mano vacía». En todas estas estas disciplinas hallaremos una enorme carga espiritual contenida que empuja al desarrollo de una técnica o un estilo y que basa toda su armonía en el proceso y muy por encima del acabado o el fin, es decir, en el recorrido y no en la meta, en el camino: en el Dō. Así pues, ni el arquero, ni el hacedor de té, ni el karateca buscan realmente acertar en el blanco, preparar una taza de té con un sabor determinado o asestar un golpe preciso, sino que trascienden su propio ámbito y empalman con un punto íntimo en donde se encuentran con su propia naturaleza como seres humanos. Y esto mismo ocurre en el Haiku.

Por eso, para apreciar la profundidad del estilo cultivado por Bashō es imprescindible la noción de Haikudō (俳句): el «camino del haiku». Solo así, podremos paladear mejor haikus tan enigmáticos pero hermosos como:

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初雪や水仙の葉のたわむまで

Liviana nieve
primera: apenas dobla
las hojas del narciso.
(Trad. Fernando Rodríguez-Izquierdo)
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枯枝にからすのとまりたるや秋の暮

Se posan los cuervos
sobre una rama seca.
Tarde de otoño.
(Trad. Gonzalo Marquina)
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古池 蛙飛びこむ水の音

Un viejo estanque:
salta una rana,
ruido del agua.
(Trad. O. Paz & E. Hayashiya)
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Con su estilo Bashō nos exhorta no solo al deleite estético producido por el poema, sino desarrollar una actitud de especial concentración en donde las energías del espíritu y del cuerpo se sumergen en el mundo y sus cosas continuamente. Es una invitación, pues, a recorrer con calma el camino del haiku.

Poesía japonesa de Rubén García García

La soledad
es el grito profundo
del que se fue.

Sendero

La soledad
es el grito profundo
del que se fue.

Coincidencias de Rubén García García

Sendero

Me perturba con solo escuchar su voz. ¡ no lo aguanto! He decidido matar a mi marido.

Lo conozco bien. El momento idoneo es cuando toma su café por la tarde. Es gordo, de presión alta y azucarado.

Solo tenemos en común, que los dos estamos enfermos de la presión. Pero a él le sube, a mí me baja. Unas gotas de mi medicina en su café no lo notará. Sustituir sus tabletas por unas de almidón no es dificil.

Estos días lo atenderé como siemre: seria y amable.Y a esperar.., lo que venga primero. Un infarto es rápido.

He comprado un vestido negro discreto. Suelto, tres cuartos, de buen algodón, fina caída. Me queda mejor, que si me lo hubise hecho la modista…
.
Ese día calźé el vestido negró, maquillaje discreto. Al verme en el velatorio pensaron que estaba dormida. -¡ qué hermosa se ve! -Dijo mi vecina.

Debo de aclarar que mi esposo y yo no tan solo coincidiamos en la presión arterial, sino que teníamos la misma intención.

El niño y el anciano por Rubèn García García

Sendero

Sendero
Tengo que admitirlo. A mis setenta años, en las noches oscuras escucho los horrores de aquel momento, aunque el el presente me propone un final cercano.

Sudoroso, tenso, percibo los tambores desordenados de mi corazón. Voy al baño, orino sobre la blancura de la taza; y el chorro final se queda a medias, pujo hasta que las gotas se reúnen en un flujo fatigado.

Camino a oscuras hacia la cocina para tomar agua: me calma, me refresca; al beber, el ardor abdominal se vuelve tolerante. Mi oído es muy perceptivo; la familia ignora lo bien que escucho. Soy un anciano débil, subordinado, que vive gracias a Dios y a los inventos del hombre.
Sin embargo, ellos han decidido adelantarme la muerte. Mis bienes, prácticamente ya se los han repartido; no les pertenecen, pero saben que en el futuro los tendrán. Cuchichean en los pasillos: si me llevarán a la iglesia antes de darme sepultura.

Tengo deseos de abandonarme a la corriente al sufrir este duelo diario, pero una mano pequeña, dentro de mí, me dice que no.
Y entonces me veo en el recuerdo como un chamaco de diez años.

Vagaba descuidado por el malecón. Mi padre en la cantina, mamá en alguna casa lavando ajeno para darnos un pedazo de pan y, a veces, yo llevaba las ropas sucias, raídas y los zapatos rotos.

— ¡Chamaco, chamaco!
La voz provenía de una señora robusta, acanelada, de mediana edad, con grandes ojos verdes, y un lunar que le abarcaba la mejilla derecha.
— ¿Qué haces chamaco?
– Nada.
— ¿No quieres ganarte unos centavos?
– ¿Cómo? —dinero era lo que necesitaba para ir a comprar comida.
— ¡Vente conmigo! Tengo una lonchería y necesito que me ayudes.
Me vio indeciso y continuó.
—Te ocuparás de llevarme agua y moler el maíz para hacer las tortillas. ¡Anda, súbete a la lancha que nos vamos!
La sorpresa me había dejado inmóvil, sólo hacía gestos.
— ¡Súbete! ¡Súbete, que nos vamos!
Salté al bote; creí que atravesaríamos el río, pero siguió corriente abajo para incrustarse en la desembocadura y adentrarse al mar abierto. Por allá estaba “El Esperanza”, un barco carguero de mediano calado. La señora se llamaba Ema y con el peine de sus uñas me acicalaba el pelo.
—No te asustes, te va ir bien conmigo —me decía al oído.
¿Asustado? Yo no lo estaba. ¡Lo que veía era grandioso! Montarme e imaginar que era un potro y cabalgarlo sobre su lomo líquido, me llenaba de fuego. ¡Estaba arrobado! ¡Tanta agua! Mi mano sentía la brisa chispeada de gotas minúsculas que me rociaban brazos, pecho y cara.
Había muchos hombres, pero pocas mujeres y todos dormíamos en la cubierta bajo una lona que servía para protegernos del sol o de la lluvia; tocaríamos tierra cerca de la frontera con Guatemala, me dijeron.
Ellos debían introducirse en la selva, subir a lo más alto del árbol del chicle y hacerle surcos, para que la resina bajara poco a poco y su leche blanca fuese transformada en dulces o pelotas.

Se acabó la travesía en el mar y, una vez en el puerto, me compró dos mudas de ropa, zapatos y unas botas que sobrepasaban mis rodillas. ¡Nunca había tenido tanto!
— ¿Ya llegamos? —quise saber.
—No, aquí tomamos el tren.
– ¡Ahí viene! ¡Ahí viene!
Subimos y pronto se puso en movimiento. El vaivén era suave y parecía que bailábamos. Las mujeres con sus crías y los hombres metiendo al vagón gallinas. De cuando en cuando veía la acrobacia de los cotorros y escuchaba el canto del cenzontle.
Un día después, estábamos en la estación. El pueblo tenía casas de tarro, palma, adobe y algunas con dos pisos hechos en madera.
— ¿Aquí es? —pregunté con curiosidad.
—Todavía falta, pero acá vamos a dormir.
Muy temprano en la mañana salimos a lomo de bestias; nunca había montado así que a las tres horas de viaje, sentía que un enorme tumor me iba creciendo en las nalgas y pedí seguir a pie.
Sólo escuché que alguien me decía: “¡cuidado con las víboras!”
Hubo un momento en el que no tuve más remedio que subirme a la mula ya que había partes donde el barro me hubiese llegado a la cintura. Un lodo tan apestoso que cuando los animales salían, el olor putrefacto se quedaba terco, en la nariz.
Arribamos al anochecer. Sin vestigios de casas ni de calles, estábamos en un claro comido a la selva entre la inmensidad de los árboles, donde habían hecho galeras enormes para descansar y dormir.
De pared a pared se tendían las hamacas; encima, el pabellón que nos protegería de los moscos. ¡Moscos, muchos moscos! Aplaudía sobre la cabeza y terminaban hechos puré entre mis palmas.
Antes de acostarnos, la gente quemaba hierba para hacer abundante humo y forzarlos a irse.

—Bueno, hijito, se nos acabaron las vacaciones – me ordenó levantar.
Era de madrugada
– Ahí están las cubetas, ¡ve al pozo y tráeme agua!
Después de cinco viajes, me hizo señas de que era suficiente. Aún no abría el día y pensé en dormir otro poco.
—Amorcito, el día apenas empieza —dijo con firmeza adivinando mi intención.
La señora tenía a su cargo veinte hombres, a quienes les daba un desayuno abundante casi al amanecer, el almuerzo para que después engulleran en lo profundo de la selva y un plato fuerte que los esperaba a su retorno, cayendo ya la tarde. Al volver tenían hambre, sueño y un intenso escozor ocasionado por las picaduras de insectos que solían mitigar con gelatina de sábila cocida en caña.
Por la mañana había que llenar los tanques de agua, cortar la leña, ponerla al sol, cuidarla de los aguaceros, cocer el maíz con cal, pasarlo al molino y obtener la masa para que cuando regresaran, hubiese tortillas.
En la vejez de la tarde –atontado y dispuesto a dormir– dejaba caer el pabellón y la hamaca se mecía con mi peso; a las tres de la madrugada, la voz de la señora me volvía a la realidad.
—Anda, ¡párate muchachito, ve a traer agua!
El domingo era el único día en el que los chicleros no se internaban en la selva; quisiera o no, tenía que moler el maíz, pero más de uno me ayudaba. Doña Ema debía guisar.
Al descender el sol, nos gustaba ir a una poza y retozar en el agua, o a los lodazales con resorteras para sorprender a las chachalacas desde algún escondite. Si nos sonreía la suerte, había alimento fresco para llevar a la boca y era un agasajo ya que estábamos hasta la coronilla de la carne salada.

Ese domingo, el Compa me invitó a pasear con él.
—Cerca de aquí hay un árbol de zapote, yo subo a cortarlos y tú los atrapas para que no se destruyan.
Le pedí permiso a doña Ema, salí alborozado.
—Ten cuidado con las víboras —le dije en el camino.
—Hay que cuidarse de todo, pero mucho más de los humanos —y se echó una carcajada.
Cerca del frutal, hizo señas para que me mantuviera cerca y sin hablar.
Prendió un cigarro y observó hacia dónde se dirigía el viento.
—Hay un puerco salvaje, lo mataré —susurró— súbete a un árbol, pero no hagas ruido.
Desde lo alto lo vi con el machete en la mano. Cuando lo hacía caer, la luz del sol se reflejó en el plano del fierro limado, zumbó en el aire y la oreja del jabalí salió despedida como si hubiese dado un brinco.
El puerco –que tenía una alzada de casi un metro– en vez de correr embistió al Compa y le metió su hocico entre las piernas. Cerca estaba la manada y seis de ellos se abalanzaron haciendo que perdiera el equilibrio; ya en el suelo, clavaron sus colmillos de media luna, rasgándole el cuerpo. La sangre manaba a borbotones, parecía una fuente y sus gritos de dolor laceraban mis oídos con un ¡ayúdenme!, que todavía sueño.
Sobre el final, uno de los cerdos le tumbó una oreja; pude verlo cuando arremetió alzándolo por el aire: le faltaba un ojo y uno de sus mofletes había desaparecido, dándole la falsa apariencia de estar sonriendo.
Ya no pude resistir y lloré, ocultando mi cara sobre el brazo. Sólo respiraba el hedor del miedo cada vez que sollozaba.
Ahí quedé hasta que me encontraron y fui cargado hasta las cabañas; allí sentí que amarraban mi cabeza a un camastro para frotarme el cuerpo con alcohol mientras me hacían tomar caña con azúcar para curar el espanto; horas después, dejé de temblar. Ese día permitieron que durmiera hasta entrada la mañana. Ya repuesto, pude seguir; después, nada me asustaba.

¡Cuántos años! Nada más triste que ver cómo la familia se quita las máscaras y sus sentimientos quedan descarnados.
La lucha sorda entre ellos, su actitud felina de restregar el lomo en la entrepierna o el ósculo que se dan en la mejilla.
Esperan mi muerte y nada más fácil que dejarme sin medicinas. Sólo murmuran, hacen señas entre ellos, guiñan el ojo y se frotan las manos.

¡Oh, Dios! ¡Otra vez el sudor! Mi frente es pequeña para tanta agua, parece que el aire es menos y una losa multiplica su peso en el centro del pecho.
Simulé dormir profundamente, tomé la reserva oculta de medicinas, documentos de identidad, dinero que tenía en un viejo pantalón y salí de la casa con el resguardo de la noche, la suerte y mi voluntad.
¡Ahí estaba el niño!
El viento fresco del río me produce cosquillas y por las márgenes van en paralelo las mariposas . La lejanía tiene un cielo ocre mientras que los montes rompen en rojos eléctricos y azules en floración. Hay olor de vida.
Estoy dentro del mar; es bello ver cómo brincan los delfines y salpican de elípticas. Es bello. Sólo tendré que ajustar el acelerador de la embarcación,
pienso mientras lustro con la mirada el peso del ancla que amarraría con doble nudo al cuero de mis botas. Pronto platicaré con la sirena de mis sueños.
El niño me dice que no, que él no desea morir.
Ahora puedo ver bien, como si a mi corazón lo bañara la luz de la mañana. Ordeno el pensamiento y vuelvo a la ciudad.

En el acuario que está en la sala del hospital, los peces mueven la cola espantando imaginarias moscas; algunos se quedan mirándome: el pulpo de plástico me observa oculto tras los corales, y una pequeña sirenita de juguete sonríe, cómplice.
Apoltronado, espero el resultado de los estudios a los que fui sometido ya que el tratamiento inicial me ha devuelto la fuerza y el ánimo.

Voy en un crucero, llevo de la mano al niño; llegaremos al puerto donde hace sesenta años, él caminó en la búsqueda de sí mismo.
Hemos planeado comernos una nieve, ver el mar y sentir la majestuosidad de la selva; mañana… será otro día.

El autor del cuento

Ko-un

Sendero

Reminiscencia

                        Durante decenas de años

                         esperé un copo de nieve

mi cuerpo que ardía como una brasa

                                                         se apagó