Un amigo ordenando sus cosas encuentra un recibo de unos zapatos que mandó a arreglar hace 8 años y que nunca recogió. Piensa
-Será que paso a ver si todavía existe la zapatería y¿ si me tienen esos zapatos?
Al día siguiente llega y la zapatería existe aún, le pasa el recibo al zapatero y éste dice:
-Jueeeputa…………….mae…… esto si es viejo, dejáme a ver si están, pero lo dudo.
El tipo se mete y pasa 15min, 1/2 hora, 1 hora, 2 horas.. y sale todo mugriento, sudado, y le dice:
-Puta man !TENÉS SUERTE guevón……………… sí los encontré. ¡Pero están p’al jueves!
Saldaña es una institución en sus años finales rescató cantantes y compositores para darlos a conocer a los jóvenes . El programa «Añoranzas» . En éste, se encuentra la hija de Alberto domínguez que cuenta la historia de algunas de sus canciones «mala noche». Se da reconocimiento a Abel y Alberto Armando, hermanos y compositores que dejaron un legado de sentimiento y arte. Tenor invitado Garcel, de Colombia. Si tiene tiempo, es romántico, y tiene algo frío en la mano, pues disfrútelo.
El resto de los vídeos, ser´na dedicados a los hermanos Domínguez.
Un hallazgo Canta la hija de Alberto Dominguez
La cantante se llama Dora Luz, fue un proyecto de Disney y Salvador Dali
Ahora puedo sonreír y decir Destino Mi corazón estaba triste y solo Al saber que solo Podías traer mi amor a mí Destino Este corazón mío está emocionado ahora Mis brazos vacíos están llenos ahora Como deberían ser Para llegaste Fuera de un sueño Recuerdo que viniste Para responder a mi llamado Sé que ahora eres mi destino Seremos como uno solo porque conocemos Nuestro destino de amor Destino, destino, destino, siempre que sigo, sigo, sigue mi Destino …
Caminaba un viejito por el bosque cuando escuchó una débil voz a sus pies. Se agachó y descubrió que quien le hablaba era una ranita.
«Soy una princesa hermosa, erótica y sensual, diestra en todos los placeres de la carne y el amor.
La reina mala, envidiosa de mis encantos, me convirtió en rana, pero sí me das un beso volveré a ser bella.
Entonces te daré todos los goces y deleites que mi voluptuoso temperamento puede producir». Sin decir nada, el viejito levanta la rana, se la echa al bolsillo y sigue su camino… Desconcertada, la ranita asoma la cabeza y le pregunta:¿Qué?¿No me vas a besar?
-¡Por supuesto que no! «A mi edad es mucho más divertido tener una rana que habla, que una pinche vieja loca, maniática sexual, y que me chingue mi pensión……ni madres!
Dichas canciones han sido grabadas internacionalmente en diferentes ritmos, entre ellos el rock y el jazz. Algunos de sus intérpretes más reconocidos son Frank Sinatra, Dave Brubeck, George Shearing, Erroll Garner, Oscar Peterson, Gerry Mulligan, Cal Tjader, Woody Herman, Benny Goodman, Nat King Cole, B. B. King, Sarita Montiel, Javier Solís, Vikki Carr, Simone, Raphael, Raúl di Blasio, Marcel Azzola, Andrea Bocelli, Plácido Domingo, Filippa Giordano, Café Tacvba y Luis Miguel, así como grandes bandas, grupos de música popular, orquestas sinfónicas —las cuales han realizado arreglos especiales para estas obras— y muchos artistas más quienes han hecho posible que la música del maestro Domínguez siga vigente hasta nuestros días.
Glenn Miller lo llamaba Musicalizador de las Segunda Guerra Mundial debido a que, según palabras de Miller: “Cuando llegaba con mi espectáculo musical a los diferentes frentes que visitaba para distraer a los soldados, la canción que más solicitaban era Perfidia”, comentaba el jazzista estadounidense.
Nace en San cristobal de las casas Chiapas en 1905. falleció el 2 de septiembre de 1975 siendo Vicepresidente de la Sociedad de Autores y Compositores de México, de la que también fue socio fundador. Su cuerpo fue inhumado en el Lote de Compositores del Panteón Jardín.
Todavía se puede encontrar en internet un artículo del escritor español Andrés Ibáñez, publicado el 22 de marzo de 2009 en diario español ABC. Es un texto contra la minificción: una invectiva que desarrolla el viejo tema de que el microrrelato —así lo llama Ibáñez— es sólo un chiste sin mayor mérito, una ocurrencia que prefieren quienes no quieren o no pueden esforzarse en escribir algo más meritorio, es decir, una novela. El texto estaba escrito para indignar y lo consiguió, a juzgar por la respuesta de un buen número de cibernautas españoles que discutieron la cuestión, en muchas ocasiones de forma airada, mientras le duró la novedad.
He aquí los dos párrafos iniciales del texto de Ibáñez:
¿Conocen ustedes la anécdota de Tolstoi y los microrrelatos? Después de escribir varias novelas de inmensa longitud (Guerra y paz, Anna Karenina, Resurrección), un periodista le preguntó al anciano escritor que por qué no intentaba el género del microrrelato. Y Tolstoi, que nunca tuvo pelos en la lengua, contestó: “Porque son muy aburridos.”
Me parece una excelente respuesta. Los microrrelatos, en efecto, son muy aburridos. Y no es ese, probablemente, el peor de sus defectos. Me atrevería a decir que los microrrelatos son a la literatura lo que un sobrecito de ketchup es a la alimentación humana. En otras palabras, que los microrrelatos no son en realidad literatura porque no son, en realidad, nada. No son un género literario. No son un relato muy breve. No son “el resultado de una enorme depuración expresiva”. En el 99.99 por ciento de los casos no son más que chorradas. Y chorradas llenas de clichés, además. Microrrelato: la mínima extensión que puede alcanzar una obra literaria de calidad pésima.
Como se ve, la entonación es más importante que la argumentación en el artículo; no reproduzco el resto porque sigue más o menos la misma línea y, en realidad, no ofrece argumentos que no se hayan reproducido en cien ocasiones: los lugares comunes, por otra parte, incluyen la riqueza mayor de los textos abundantes y lo “fácil” que es escribir breve. En el fondo el texto no es más que una bravata: la manifestación de una pose más o menos estudiada, como tantos que se publican en todas partes.
Me interesa más notar el hecho de que el arranque del texto de Ibáñez, la anécdota de Tolstoi, es una mala minificción: un chiste conservador. Parte de un lugar común —reducir a Tolstoi a la caricatura de “el tipo que escribía libros gordos”— y entonces, sin ninguna ironía, agrega la sugerencia de que le divertía escribirlos y, tal vez, también leerlos: poco más podemos inferir de que el microrrelato aburra al personaje. Ni siquiera se aprovecha el anacronismo de que el concepto de la minificción se inventó después de la muerte de Tolstoi.
Sólo hay una o dos cosas en las que Ibáñez acierta, y una de ellas es que no hay muchas buenas minificciones. La de él es un ejemplo. Por otro lado, eso significa que la narración debe ser realmente fácil de mejorar. Intentémoslo.
Tendríamos que empezar por considerar el remate. Como no se trata de mostrar fidelidad a la realidad histórica ni a ningún dogma literario, sino de crear un texto interesante, podemos quedarnos con el anacronismo de oír a Tolstoi opinando sobre la minificción, pero también podemos buscar una paradoja auténtica: la paradoja, en una buena minificción, acostumbra ser un modo de confrontar las ideas preconcebidas del lector, y no de reforzarlas. Digamos, sólo por seguir con el juego, que a Tolstoi no le disgustaban las minificciones sino que le encantaban, pero no las escribía porque no era capaz. Una nueva versión de la anécdota con este cambio paradójico podría ser:
¿Conocen ustedes la anécdota de Tolstoi y los microrrelatos? Después de escribir varias novelas de inmensa longitud (Guerra y paz, Anna Karenina, Resurrección), un periodista le preguntó al anciano escritor que por qué no intentaba el género del microrrelato. Y Tolstoi, que nunca tuvo pelos en la lengua, contestó: “Porque son muy difíciles.”
Está un poco mejor, tal vez, pero ahora hace falta eliminar la palabrería: nada de presentaciones del autor (”Conocen ustedes”, etc.) y nada de explicaciones: si alguien no sabe quién fue Tolstoi lo aprenderá mejor de Guerra y paz o Ana Karenina, de un libro sobre el escritor o de Wikipedia. Y precisamente el sentido de una buena minificción es jugar con lo que su lector ya sabe: el efecto de las relaciones intertextuales llega al máximo posible en la minificción porque apenas hay más que esas relaciones ante la vista del lector. Así que la siguiente revisión podría ser:
Un periodista le preguntó a Tolstoi que por qué no intentaba el género del microrrelato. Y Tolstoi, que nunca tuvo pelos en la lengua, contestó: “Porque son muy difíciles”.
Pero todavía no es suficiente. La acotación “que nunca tuvo pelos en la lengua” podría haber servido en la “denuncia” de la minificción que está en el fondo del texto de Ibáñez, porque la frase hecha sugiere que se habla de una persona valiente, que no tiene miedo de incomodar a otros con sus opiniones. A esta altura, sin embargo, la declaración de Tolstoi ya no es un “atrevimiento” en el sentido que pretendía tener en el texto de Ibáñez. La acotación se puede quitar, por lo tanto, y junto con ella puede eliminarse también la mención explícita del periodista, que tampoco sirve de nada pues la pregunta podría hacerla Turguéniev, Dostoievsky, el Dalai Lama, cualquiera. Una nueva iteración podría ser, por tanto:
Le preguntaron a Tolstoi por qué no intentaba el género del microrrelato. Él contestó:
—Porque es muy difícil.
Pero todavía no es suficiente. Como en este caso la opinión paradójica de Tolstoi se ha vuelto más llamativa que cualquier otra cosa, la intervención del narrador podría eliminarse por completo para que no le estorbe y el texto podría quedar así:
—Señor Tolstoi, ¿por qué no intenta el género del microrrelato?
—Porque es muy difícil.
O más enfáticamente:
—Señor Tolstoi, ¿por qué no escribe minificciones?
—¡Porque son muy difíciles!
Tal vez el resultado tampoco es tan bueno. Un lugar común en el que también acierta el texto de Ibáñez es el de que muchos creen que hacer minificción es fácil. Pero aquí, como en el trabajo habitual de la minificción, tal vez todo lo que queda, luego de tantas podas y modificaciones, es tirar el texto a la basura. Algo que no siempre se ve es que la minificción no trata de lograr la brevedad por la brevedad misma; quienes buscan el cuento más corto del mundo (típicamente se plantea así: el que supere en brevedad a “El dinosaurio” de Monterroso) corren el riesgo de caer en una suerte de machismo al revés (“a ver quién la tiene más chica”) y producir meros juegos derivativos, gestos imposibles de leer sin una larga glosa… y en efecto, aburridísimos; esto es el otro juicio con el que Ibáñez, si no consigue ser original, al menos tiene razón.
Por otra parte, hay algo que Ibáñez, y algunas de las (pocas) personas que lo defendieron razonablemente, no tienen en cuenta en ningún momento: la mayoría de las minificciones que valen la pena existen acompañadas, pero no de un aparato de lectura a modo, sino de otras minificciones: se escriben y se publican en series y su propósito no es que tengan la contundencia de un cuento tradicional sino que logren, por acumulación, una impresión de vastedad distinta a la que logra una novela: la de las variaciones que se pueden crear sobre un concepto, una idea, una referencia intertextual, un tema. Quienes atacan la minificción declarando que no conocen buenos libros completos de la especialidad deberían asomarse, por dar sólo unos pocos ejemplos, a la obra de Ana María Shua, de José de la Colina, de Mario Levrero, de José Luis Zárate…, todos llenos de este tipo de series. Es muy difícil escribir, desde luego, buenas colecciones así, porque cada “término” de la serie debe proponer efectivamente alguna novedad y no quedarse en el refrito o el chiste fácil. Pero puede hacerse. A lo mejor algún microcuentista de talento podría, incluso, crear una sexta versión de Tolstoi y colocarla en un conjunto que ironizara sobre ideas recibidas, que hablara de las especialidades literarias…
Todo esto tiene el propósito de sugerir que la “depuración” en la que Ibáñez no cree sí es posible. Hay quienes la llevan a cabo y han producido, luego de muchos trabajos, textos extraordinarios. Es cierto que la mayor parte de las personas que escribe minificciones no se toma nada de este trabajo y produce (y publica, dios nos asista) pura porquería. Pero también es una porquería la mayor parte de los grandes y gordos novelones, las esbeltas nouvelles, los discursos de los políticos, los planos arquitectónicos, las composiciones musicales, los peinados en el salón de belleza, los planes de gobierno, etcétera.
Una última observación: si a usted le interesa leer y no le gusta la minificción, no la lea. Así de fácil. Déjenos leer en paz a los demás y no habrá ningún problema. Pero si le interesa escribir y no le gusta la minificción, entonces léala de todos modos: busque buenos ejemplos, aunque le cueste (aunque haya tantos textos malos por ahí, aunque no se sienta cómodo en historias de menos de 500 páginas) porque de lo que se trata en su caso es de enterarse de todo lo que hay, de ir un poco más allá de lo que ya conoce. Vea los desfiguros de quienes lo rodean y se dará cuenta de que usted está, aunque sea por poco, en el grupo de los más amenazados por los prejuicios y los clichés.
Publicado en la edición 149 de Crítica
Por Alberto Chimal
Alberto Chimal es un escritor mexicano. Autor de más de una docena de libros de narrativa, ensayo y dramaturgia; colaborador frecuente de revistas y suplementos, y profesor y coordinador de talleres con larga experiencia, Chimal ha sido considerado “uno de los escritores más originales y enérgicos” de su país (de acuerdo con CNN en español) y uno de los 100 mexicanos más destacados de su generación (según la revista Día Siete). Además es el primer autor de su generación en ser objeto de un volumen de estudios académicos: la colección Mito, fantasía y recepción en la obra de Alberto Chimal, compilada por Samuel Gordon y publicada por la Universidad Iberoamericana.
Esta gran canción fue compuesta por Pepe Guizar en 1954, nacido en Guadalajara en 1912; decidió fotografiar con palabras la belleza de la que consideraba la ciudad más mexicana. La fidelidad y poesia con las que describió esta región, le valieron su apodo de Pintor Músical de México con el que fue reconocido cuando trabajó en la XEW de México.
Guizar nos lleva en esta canción a las colonias y municipios de Guadalajara, en especial a Zapopan, pasando por Tlaquepaque y la laguna de Chapala. Nos habla de su lluvia y el sonar de las campanas, nos describe olores, comida y tradiciones como los gallos y el mariachi. (http://tusamigosenmexico.tumblr.com/post/25576383588/nuestras-canciones-guadalajara)
Estudió leyes pero;
«Una vez, me acuerdo, cuando cursaba el tercer año, me tocó acompañar a un actuario para llevar a cabo un deshaucio. Me dio tanta pena que fui a casa, robé dinero de la caja fuerte de mi padre y liquidé el adeudo de aquella familia que iba a ser echada. Yo no serviría para abogado.”
Para el pueblo de México Pedro cada día canta mejor. Libertad Lamarque cino de la pampa argentina y nos deja su recuerdo. Lo que verán está tomado de una película.
La inauguración de los juegos panamericanos fue una fiesta de folklor. Tb se canta Guadalajara y algo más con Vicente Fernández.
El granjero sale de compras, regresa con un gallo viril. El nuevo inquilino mira a su alrededor, camina hacia el gallo viejo.
– llegó la hora de retirarte.
– Vamos, no me digas que tú vas a poder con todas ¡Mírame a mí? ¡Como me han dejado! ¿Por que no me dejas dos gallinas ?»
– ¡Piérdete viejo. estás acabado!
– Hagamos una cosa jovencito. Vamos a echar una carrera alrededor de la finca. El que gane se queda con el control absoluto del gallinero.
El gallo joven se echa a reír y le dice:
– «Vamos viejo, tú sabes bien que vas a perder. Pero para no ser injusto, te voy a dejar que salgas primero.
El gallo viejo arranca a correr. A los 15 segundos el gallo joven sale corriendo detrás de él. Le dan la vuelta al portal de la casa corriendo y el gallo joven cada vez está mas cerca. Ya está a sólo 5 metros detrás del gallo viejo y cada vez se le acerca más.
La mujer del granjero, grita a su esposo.
– ¡Mira! , el gallo joven anda persiguiendo al gallo viejo.
El granjero enojado saca su pistola y mata al gallo joven, y dice:
– ¡No puede ser!, el tercer gallo maricón que me sale en esta semana”.
No requería mucho tiempo. Teníamos un clima alimentado por caricias ocultas. Nuestro problema era distraer a la mamá.
Subir las escaleras burdas por la oscuridad del pasillo. Llegaba al penúltimo escalón con el resoplo de un caballo viejo.
La mamá veía películas en ingles, era sorda.
Siempre apoltronada. Un mueble que por su tamaño servía de división entre la sala y la cocina. Nosotros preferíamos la cocina, sentados frente a frente en un comedor de cuatro sillas, situado a espaldas de la señora. Yo llevaba bocadillos, refresco y cerveza fría.
Bajo la mesa teníamos un juego de pies. Ella ascendía por mis piernas, hasta localizar mis ingles y después frotaba y frotaba hasta que conseguía alterarme, se retiraba y seguía, se retiraba y seguía. Por mi parte respondía con fragor y pausa. Así que después de una hora de retozo los ojos brillaban, como un reflejo de lo que dentro ardía.
La mamá la llamó, sin quitar los ojos de la televisión. Interrumpimos el juego y ella se recargó en el filo del sofá, quedando su cuerpo en forma de arco. Su cara pegada a la mejilla de su progenitora, que le daba indicaciones en voz baja. Traía una falda corta, que dejaba ver con alegría la redondez de sus muslos y por la manera en que estaba, se miraban los pliegues y el color de las bragas. Me situé detrás de ella, con las yemas de los dedos las deslice suave por la piel blanca, turgente. Volteó, me hizo una seña con la cara de que me calmara; eso levantó mis ansias y recargué mi cuerpo sobre el de ella. Con la mano quiso apartarme, topó con mi dureza y cuando creí que me daría un pellizco, empezó a deslizarme su mano de un extremo a otro dándome unos apretones prolongados, luego lo puso entre sus muslos y los abría y cerraba como las alas de una mariposa; mientras, seguía hablando con su mamá; su figura ocultaba la mía.
Era casi la media noche, la mamá decidió ver otra película porque se le había ido el sueño. Con la efervescencia en mis ojos acepté que nada se podía hacer, así que al despedirme de la señora, sin que se percatara tomé un almohadón de la sala y me lo llevé hacia la salida. Me acompañó; en la oscuridad del pasillo no evitamos el contacto e iniciamos con frenesí una nueva ronda de caricias, besos sin control y abrazos asfixiantes. Minutos después su ropa interior quedaba sobre los escalones. Sus brazos recargaban sobre la pared y yo detrás de ella con las manos sujetando la cintura. No fue suficiente, el desnivel de la escalera se tornó molesto e incómodo. Así que tomando el almohadón le pedí que se hincara, ella entendió y justo cuando nuestros gritos se confundían se escuchó la voz de la mamá llamándola:
— ¡Ya súbete! ¡y por favor no maltrates el almohadón!, que es el que hace juego con el color de la sala.
Tomado del blog de Sonia luz https://hablasonialuz.wordpress.com/2011/01/10/la-leyenda-de-la-bikina/#comment-10623
Muchos conocemos la canción, está inspirada en una leyenda de una época convulsa de la historia mexicana, que tiene su origen en el Estado de Jalisco, a inicios del siglo XX, durante el enfrentamiento del gobierno y los Cristeros, movimiento armado que combatió la política laica del presidente Plutarco Calles.
Cuenta la leyenda que una noche de tormenta, un lucero chocó con la cima de un monte. Un campesino indígena divisó la luz y se dirigió al lugar y encontró a una recién nacida abandonada. Compasivo, la recogió y la llevó a su humilde morada donde su mujer, que acababa de ser madre, la cuidó y amamantó.
Pasó el tiempo pero a pesar del cariño que le tenían, temerosos de ser acusados de robo de la criatura, confiaron a la pequeña a un sacerdote, que a su vez la entregó a las monjas de un convento carmelita.
La niña fue cuidada con esmero y se convirtió en una bella joven y vivía en paz hasta que un día estallaron los problemas del Estado con la iglesia – en 1925 el presidente Calles inició la persecución de los cristeros por todo el país y especialmente en Jalisco donde este movimiento había cobrado mayor fuerza – llegaron a perturbar la paz.
Un pelotón del ejército llegó al convento, derrumbó la puerta con furia y destruyó todo lo que encontraba. En medio de la violencia la madre superiora fue asesinada delante de las monjas cuando trataba de impedirles el paso.
La niña resulto el blanco de los abusos de los hombres hasta que uno la tomó en vilo y la sacó del lugar: era el capitán Humberto Ruiz. Estuvo inconsciente durante días, pero contó con los cuidados y la ternura del capitán, que atento y servicial se limitó a curarla respetuosamente .
Sin embargo, poco después, capitán desapareció. La muchacha vagó triste y sin habla por pueblos y aldeas, trabajó en tareas domésticas, no sonreía y no dejaba que ningún hombre se acercara a ella.
Pasado un tiempo, quiso el destino que se encontrara frente a ella el capitán Ruíz. La joven lo reconoció, le sonrió, no necesito decirle nada y aceptó caminar para siempre a su lado. Vivieron una noche de amor y al amanecer la muchacha lo abandonó, subió a la montaña y se perdió en el firmamento.
La historia inspiró a la gente del lugar que empezó a llamarla La Bikina. Leyenda que en 1964 fue convertida en canción por el compositor mexicano Rubén Fuentes.
De mi tocayo Rubén fuentes que tiene 400 canciones escritas es una leyenda viviente como dijo Armando manzanero. Lo han grabado distinguidos cantantes, nacionales e internacionales y de a pocas hablaré de él