Es noche, las lagartijas fueron a su escondite. Escucho voces lejanas; el amanecer no tarda. Pienso en mi amada.¿ Qué estará soñando? Parece verla a tras luz. Es hermosa. Estoy por darle un beso en la mejilla, me detengo, tocaré sus labios. El viento trae sereno, el río pasa a grandes zancadas haciendo rodar las piedras. Despierto.
Inocencio se casó con Macorina. Fiesta en grande, no hubo noche nupcial, Chencho tomó su frazada y durmió como lirón. Paso una semana un mes y muchos mas y la casada estaba muy despistada, asi que le contó a su mamá. La señora sugirió que lo llevara al médico.
Macorina era un mujer de concurso, él un joven agradable y regordete bien vestido y con un reloj de oro. Después de haberlo explorado el facultativo, encontró que todo estaba normal y en su sitio. Entró directo a explicarle lo que era una vida sexual activa. El profesional no podía creer lo que había escuchado – Porque no me da un ejemplo. – No se encuentra mi esposa, dijo el médico. – No, con la mía dice él. Ella acepta, ¿verdad que sí mi amor? dijo que sí, moviendo la cabeza.
– Fíjese cómo hago. – Poco a poco Macorina se fue quedando sin ropa, y el médico cada vez más atrevido, Macorina le dice con cuidado Dr. que aún soy virgen. ¡Dios, que cosas me da la vida! Le dio un ejemplo contundente, macorina tuvo varios orgasmos y poco a poco todo volvió a la normalidad. – ¡Eso debe de hacer! inocencio nada dijo… – ¿Cuánto le debo Dr?, – No , no es nada,
– No dr, usted hizo un trabajo. le daré el doble su consulta, no, el triple de honorarios. Así le dejo pagada la próxima consulta, ¿ dígame cuando se la traigo…?
Los Panchos recorrieron buena parte del mundo y como reconocimiento a los anfitriones de la música, del bolero, ellos grabaron a su modo las canciones representativas del país. Entiendo que es solo eso. Pues Carlitos cada día canta mejor. Mismo que los mexicanos amantes del tango le tenemos admiración y respeto. La primera voz la hace jhoni Albino, la segunda Chucho Navarro, la tercera y requinto Alfredo Bojalil gil.
Todavía dormía ella, cuando él se levantó de la cama. La miró largamente, y en su mente volvió a escuchar los suspiros inconfundibles de ella cuando hacía el amor. Acarició su rostro casi infantil, iluminado por una plácida sonrisa, y caminó hacia el balcón. El ángel extendió sus alas, y se alejó hacia un nuevo llamado, en una tierna voz: «Ángel santo de mi guarda, de mi dulce compañía, no me desampares….».
Juzgaban en el pueblo a un anciano, de violación. el juez detrás del escritorio, el acusado sentado, y a uno y otro lado, el fiscal y defensor. La agredida al frente, una señora cuarentona, guapa, de mejor cuerpo que sus hijas adolescentes. Después de haber escuchado a las partes, el juez golpeó con el mazo y sacó un vara. Cansado del bla-bla de ambas partes, quiso poner término a la discusión.
– Acusado, póngase frente a mí y bajese los pantalones y calzones -Él hizo lo que pidió el juez. El miembro parecía un capullo de algodón, por las abundantes canas. Con la vara le movió el flácido pene, de un lado a otro sin que hubiese resistencia y dirigiéndose a la acusadora. – – Señora ¿usted cree que este moco de pavo, pueda ser capaz de violar?, mire, y movía el pene de un lado a otro sin obtener respuesta de erección.
-Señor juez, con el respeto que merece su señoría, no mueva el miembro con una varita, mejor hágalo con el culo y verá que si se lo ensarta. Dijo la mujer demandante.
Me sentí como un ave sin alas perdida en la selva. Envuelta en la oscuridad, no dormí esperando la garra final. Falta poco para que llegue la mañana; mi corazón está agotado de tanto correr.
El mago me ha invitado a que coja una carta de la baraja y la guarde en el bolsillo sin enseñársela a nadie. Luego ha colocado el mazo ante sus ojos, ha fingido atravesarlo con la mirada y, tras pronunciar en voz alta el nombre de la carta ausente, me ha pedido que la recupere y la muestre al público. Yo vengo a menudo a este local nocturno. Y no precisamente a dejarme engatusar por las argucias de un intruso con chistera, sino a ser yo el que seduzca a toda hembra apetecible que se me ponga por delante. Sabía que era solo cuestión de tiempo, que algún día el mago querría hacerme el numerito. Suele rondar por las mesas de la sala y elige grupos concurridos, ante los cuales pueda dejar en evidencia a quien lleve la voz cantante. Esta noche tengo suerte, soy el centro de atención de varias ninfas predispuestas, con las que llevo un buen rato tomando copas como si fuera un pachá. Por eso respondo a la propuesta del mago con una sonrisa díscola, que él, de momento, parece no querer entender. La entenderá enseguida, cuando de mi bolsillo -previamente lleno de cartas- saque aquella que él no espera.
Salí a fumarme un cigarro; mi patrona, Chavela, dice que el humo se mete entre los poros del queso. Lo vi desde que abrió el portón. Chavela también lo vio, pero siguió trasteando en la cocina. Era de la ciudad y al caminar parecía pedirle permiso a un pie para poner el otro, se parecía al muñequito que ponen a los pasteles. Se detuvo cuando ladraron los perros. Grité que pasara, temeroso, siguió. Observé la camisa blanca y la corbata que se enredaba alrededor del cuello por el viento seco, frío de las tardes y que hace remolinos con la hierba seca. —¡Buenas tardes! – dijo con voz fuerte. —¡Buenas, tenga usted! –respondí y pregunté qué se le ofrecía. —Busco a Doña Chavela —dijo, sujetándose la corbata de rayas azules. —Espérela tantito ahorita que se desocupe lo atiende.
Sabía que la señora había escuchado, pero ella no saldría hasta que yo le avisara. Fui a la cocina y antes de hablar, me hizo la seña de “qué quiere”. —¡No sé! —dije alzando los hombros. En el corredor había una silla desvencijada que le ofrecí. Sacó un pañuelo con el cual sacudió el polvo y se sentó sin perder compostura. —¿Tardará? —No creo, debe estar haciendo alguna cuenta. —¿Trabajas con ella? Asentí y antes de que me pudiese preguntar le comenté que por la noche haría harto frío. —¡Ojalá y no llueva! — exclamó. —Pues es lo que deseamos por aquí, qué llueva, tiene rato que no cae. En eso estábamos cuando la puerta se abrió, y salió la patrona con su reboso enredado en el cuello, la falda larga de manta oscura y unas chanclas de plástico que siempre llevaba. —¿En qué puedo servirle? Lo invitó a que pasara, el viento no dejaba platicar. Todavía escuché que decía. —Soy el señor Martínez de la compañía de alimentos…
Entraron y vi en la cara del señor un gesto de aprobación y la mueca inicial de la sonrisa. Yo sabía que lo pasaría a un lado de la cocina, una especie de mesa cuadrada de ocote sin barnizar que cubre con un plástico a rayas. Platicaron como quince minutos. El joven trajeado salió con la cara agria y para echar fuera su disgusto me dijo. —¿Tú crees que no me quiere vender queso? Le doy el precio que me pide y el cheque y me dijo que no. No entiendo por qué no acepta si el cheque es dinero contante y sonante. Además, no es de mi cuenta, sino de la compañía que represento.
Antes de llegar a la nopalera, leí en sus labios: “pinche india”.
Llegó joven y sin hijos. La recuerdo con el cabello rizado, piel morena, ojos vivos y de manos hábiles. Aquí se casó con Jeremías que tenía una parcela donde sembraba alfalfa y en poco se llenó de hijos. Ella misma se atendía el parto; y al día siguiente, andaba como si nada, solo se oían los lloros del recién nacido. Su prestigio de partera se lo ganó a pulso.
Un día amaneció sin marido y poco después supo que se había ido con una fulana. Tomó las riendas de todo; de las dos vacas lecheras, hizo cuatro; después doce que son las que tenemos en el traspatio. Todas suizas, las cuales dan leche todo el año por los cuidados que les prodiga. Aprendió a hacer queso de todo tipo y poco a poco se fue haciendo de fama. En principio utilizaba la leche de sus vacas, después empezó a comprar la que producían los ranchos aledaños.
Los fines de semana llegan los dueños a ofrecer su leche, ella les da dinero por adelantado y la trata por debajo del precio que está en el mercado. “El hombre medio borracho, es capaz de vender lo que sea para seguir tomando con las viejas que cada ocho días vienen a la cantina”, me decía.
Ella, con el paso del tiempo, se volvió de piel cobriza y le salieron manchas en los pómulos. Se viste como todas las de por aquí, pero no es de aquí. Como estaba sola, más de algún “vivillo” quiso hablarle bonito; ella no cayó. Sabía de sobra que si la buscaban no era por su belleza, sino por las vacas y las tierritas. Tengo mucho tiempo trabajando como peón de confianza; bueno, confianza digo yo, pero en realidad ella no confía en nadie. De vez en cuando me pide alguna opinión acerca de un animal o bien de algunas parcelas o de los chismes que corren. Solo me dice. —¿Sabes dónde está la propiedad de Tiburcio Moreno? Pues vas allá y con el tractor le das una buena revolcada a la tierra y le siembras Alfalfa. Voy, lo hago, nadie me dice nada. Muevo la cabeza, me digo.
—¿A que mi patrona ya se hizo de más tierritas?
Pensé que no iba a regresar. Era el mismo muñequito que caminaba, pero con paso más seguro. Ya conociendo el camino y a escaso metros me dijo que le hablará a mi patrona. Ella salió y me ordenó que empacara todos los quesos que hubiese en existencia. Cuando le subí la última caja, con voz queda me dijo.
—¡Oiga, qué difícil es la india!
Al día siguiente, después de tomar el café con el pan, escuché que le decía a la hija mayor. —¡Cuida a tus hermanos! No me tardo.
Ella tomó el reboso, se puso los zapatos cerrados, asió la bolsa de todos los días, sus enseres. Nos fuimos caminando al rancho de Matías. —Escoge las cinco mejores vacas y te las llevas al establo. Yo pasaré con doña Chucha que ya no tarda en parir y hay que darle su sobada.