Salí a fumarme un cigarro; mi patrona, Chavela, dice que el humo se mete entre los poros del queso. Lo vi desde que abrió el portón. Chavela también lo vio, pero siguió trasteando en la cocina. Era de la ciudad y al caminar parecía pedirle permiso a un pie para poner el otro, se parecía al muñequito que ponen a los pasteles. Se detuvo cuando ladraron los perros. Grité que pasara, temeroso, siguió. Observé la camisa blanca y la corbata que se enredaba alrededor del cuello por el viento seco, frío de  las tardes y que hace remolinos con la hierba seca.
—¡Buenas tardes! – dijo con voz fuerte.
—¡Buenas, tenga usted! –respondí y pregunté qué se le ofrecía.
—Busco a Doña Chavela —dijo, sujetándose la corbata de rayas azules.
—Espérela tantito ahorita que se desocupe lo atiende.
Sabía que la señora había escuchado, pero ella no saldría hasta que yo le avisara. Fui a la cocina y antes de hablar, me hizo la seña de “qué quiere”.
—¡No sé!  —dije alzando los hombros.
En el corredor había una silla desvencijada que le ofrecí. Sacó un pañuelo con el cual sacudió el polvo y se sentó sin perder compostura.
—¿Tardará?
—No creo, debe estar haciendo alguna cuenta.
—¿Trabajas con ella?
Asentí y antes de que me pudiese preguntar le comenté que por la noche haría harto frío.
—¡Ojalá y no llueva! — exclamó.
—Pues es lo que deseamos por aquí, qué llueva, tiene rato que no cae.
En eso estábamos cuando la puerta se abrió, y salió la patrona con su reboso enredado en el cuello, la falda larga de manta oscura y unas chanclas de plástico que siempre llevaba.
—¿En qué puedo servirle?
Lo invitó a que pasara, el viento no dejaba platicar. Todavía escuché que decía.
—Soy el señor Martínez de la compañía de alimentos…
Entraron y vi en la cara del señor un gesto de aprobación y la mueca inicial de la sonrisa. Yo sabía que lo pasaría a un lado de la cocina, una especie de mesa cuadrada de ocote sin barnizar que cubre con un plástico a rayas. Platicaron como quince minutos. El joven trajeado salió con la cara agria y para echar fuera su disgusto me dijo.
—¿Tú crees que no me quiere vender queso? Le doy el precio que me pide y el cheque y me dijo que no. No entiendo por qué no acepta si el cheque es dinero contante y sonante. Además, no es de mi cuenta, sino de la compañía que represento.
Antes de llegar a la nopalera, leí en sus labios: “pinche india”.
Llegó joven y sin hijos. La recuerdo con el cabello rizado, piel morena, ojos vivos y de manos hábiles. Aquí se casó con Jeremías que tenía una parcela donde sembraba alfalfa y en poco se llenó de hijos. Ella misma se atendía el parto; y al día siguiente, andaba como si nada, solo se oían los lloros del recién nacido. Su prestigio de partera se lo ganó a pulso.
Un día amaneció sin marido y poco después supo que se había ido con una fulana. Tomó las riendas de todo; de las dos vacas lecheras, hizo cuatro; después doce que son las que tenemos en el traspatio. Todas suizas, las cuales dan leche todo el año por los cuidados que les prodiga. Aprendió a hacer queso de todo tipo y poco a poco se fue haciendo de fama. En principio utilizaba la leche de sus vacas, después empezó a comprar la que producían los ranchos aledaños.
Los fines de semana llegan los dueños a ofrecer su leche, ella les da dinero por adelantado y la trata por debajo del precio que está en el mercado. “El hombre medio borracho, es capaz de vender lo que sea para seguir tomando con las viejas que cada ocho días vienen a la cantina”, me decía.
Ella, con el paso del tiempo, se volvió de piel cobriza y le salieron manchas en los pómulos. Se viste como todas las de por aquí, pero no es de aquí. Como estaba sola, más de algún “vivillo” quiso hablarle bonito; ella no cayó. Sabía de sobra que si la buscaban no era por su belleza, sino por las vacas y las tierritas. Tengo mucho tiempo trabajando como peón de confianza; bueno, confianza digo yo, pero en realidad ella no confía en nadie. De vez en cuando me pide alguna opinión acerca de un animal o bien de algunas parcelas o de los chismes que corren. Solo me dice.
—¿Sabes dónde está la propiedad de Tiburcio Moreno? Pues vas allá y con el tractor le das una buena revolcada a la tierra y le siembras Alfalfa.
Voy, lo hago, nadie me dice nada. Muevo la cabeza, me digo.
—¿A que mi patrona ya se hizo de más tierritas?
Pensé que no iba a regresar. Era el mismo muñequito que caminaba, pero con paso más seguro. Ya conociendo el camino y a escaso metros me dijo que le hablará a mi patrona. Ella salió y me ordenó que empacara todos los quesos que hubiese en existencia. Cuando le subí la última caja, con voz queda me dijo.
—¡Oiga, qué difícil es la india!
Al día siguiente, después de tomar el café con el pan, escuché que le decía a la hija mayor.
—¡Cuida a tus hermanos! No me tardo.
Ella tomó el reboso, se puso los zapatos cerrados, asió la bolsa de todos los días, sus enseres. Nos fuimos caminando al rancho de Matías.
—Escoge las cinco mejores vacas y te las llevas al establo. Yo pasaré con doña Chucha que ya no tarda en parir y hay que darle su sobada.

paisaje56.pedro diego alvarado

Pedro Diego Alvarado