Le dolía mucho más la miseria ajena que la propia, así que cuando fue inmensamente rico no le costó trabajo sentir repugnancia por la riqueza de los demás.

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Unos minutos en uno mismo no hace mal.
A pesar de lo poco humilde del título de la entrada, lo que me mueve a escribirla (al igual que las que seguirán a ésta) es un honesto sentimiento de pequeñez y de humildad. Trataré de explicarme: desde hace unos días vengo viendo a mi alrededor que algunas personas a las que quiero, se sienten presas de un pesimismo profundo e, incluso, de hasta una notable pérdida del natural deseo de vivir. Quien esto escribe cree, precisamente, que la vida carece de un sentido a priori y, también y por sobre todo, de un sentido soteriológico (es decir, de un sentido que tiene que ver con la doctrina de la salvación cristiana y, por extensión, de toda salvación post morten); en síntesis, vamos, que a esto que llamamos vida no le veo sentido alguno ni del derecho ni del revés; y sin embargo, me veo abrazando a esta oportunidad…
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-Éste es tu abuelo. -me dijo.
De tez blanca, nariz prominente. Supe que había salido de Líbano, llegó a Nueva York, de allí tomó otro barco y arribó al puerto de Tampico. Por tierra llegó a la ciudad de Monterrey, en tren se embarcó hacia la ciudad de México. Sus compatriotas le dieron mercancías y le orientaron a que se fuera a una ruta. Vendiendo telas iba de pueblo en pueblo hasta que se acercó a uno donde conocería a mi abuela paterna. Mi abuelo no sabía una letra de español, hoy en mi vejez, medito las dificultades que pasó para poder subsistir en una tierra extraña, con idioma y costumbres diferentes y lo peor con un pueblo próximo a una guerra civil como lo fue la Revolución Mexicana.
El amor no conoce idioma.


*A los cien años de su nacimiento
https://minisdelcuento.wordpress.com/category/juan-jose-arreola/

Van gogh
*A cien años de su nacimiento
Arreola y Rulfo

Arreola y Rulfo. Foto tomada de diario «Milenio»

Nada pesa más que el silencio.
Silencio que muerde fino,
que medra meticuloso
como animal. Come una porción,
luego otra y otra y otra y no mata,
solo hiere respetando el sístole
.Estas atrapado en una red que no se ve
pero la sientes, estas vivo porque piensas y percibes el frío escalpelo.
No hay grito, y si gritas solo es a tu alma,
ya nadie escucha y las promesas de la feria
se destiñen en harapos.
Tienes que reinventarte
sacudirte el silencio,
la nada, la oscuridad
e inventarte un nuevo sol
que abra espacios de esperanza.
Salir a otro día
y recomponer tu ceniza
y volar, volar
antes que el silencio se eternice y te haga olvidar la palabra.



Vicente Romero

y pasiones extrañas, se enamoró de él y de sus brazos como si desde niña no hablara latín, no supiera lógica, ni hubiera sorprendido a media ciudad copiando los juegos de Góngora y Sor Juana como quien responde a una canción en el recreo.


Alfonso Pedraza Pérez.
Creador y coordinador del
Taller de minicuento de Ficticia
